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| Otro tipo de vida es posible |
Posiblemente habrá un número determinado de personas que han leído
alguna de sus publicaciones y conozcan al holandés Gerard J.M.
van den Aardweg, doctor en psicología por la Universidad de
Ámsterdam. Yo no lo conocía y sólo recientemente he sabido
de él a través de la entrevista realizada por una
periodista española. Ha impartido cursos en la Universidad de Brasil
y se le conocen numerosas publicaciones científicas en Europa y
Estados Unidos. Ejerce la psicoterapia en Aerdenhout (Holanda). Uno de
sus libros es Homosexualidad y esperanza. Según parece, intenta disipar
toda una nube de fatalismo que envuelve este tema. Pretende
hacer caer en la cuenta de que vivimos en una
sociedad tan erotizada que la adicción al sexo se produce
tanto en homosexuales como en heterosexuales.
Manifiesta cómo, en muchas
escuelas, se entrena a niños y adolescentes para la impureza
y apenas se plantea el ideal de la castidad, que
es un ideal posible y ventajoso. Indica algo muy positivo
y es que los seres humanos necesitan aprender a amar
ya que existe un gran número de personas neuróticas, tanto
homo como heterosexuales, marcadamente egocéntricas. Expresa lo importante que es
fomentar el amor e interés por los demás, habla de
sinceridad frente a autoengaño, de fortaleza y valentía para superar
la flojera y la cobardía. Lograr que el interés por
una vida limpia y generosa salga de lo más profundo
de la persona. Han venido a mi memoria vivencias familiares
de hace bastantes años. Mi madre me hablaba de la
suya, mi abuela materna, a la que no pude conocer
ya que murió joven. Era una mujer empresaria en los
años veinte y treinta del pasado siglo, adelantada para su
época. Trabajaba dirigiendo su propio hotel y conservo el periódico
de Albacete donde se comunicaba la noticia de su fallecimiento.
Pues bien, en el hotel trabajaba un cocinero que llegó
a ser considerado como alguien más de la familia. Según
referencias de mi madre, este cocinero tenía unas maneras afeminadas
que hoy se considerarían tendencias homosexuales. Era una persona sociable,
simpática y de gran generosidad, que colaboraba activamente en la
ayuda que mi abuela prestaba a gente necesitada en cuanto
al tema de la alimentación, en una época de grandes
carencias. Contaba mi madre cómo durante la enfermedad y muerte
de la suya, Siro, que así se llamaba el cocinero,
se volcó con ella como uno más de la familia.
Pasaron los años, muchos, y mis padres y yo fuimos
a Albacete, tras haber indagado donde se encontraba: trabajando en
otro hotel.
Fue totalmente sorprendido por nuestra visita. Mi madre y
él se abrazaron emocionados mientras mi padre y yo, adolescente,
presenciábamos la escena. A continuación, nos dirigimos al cementerio y
la sorpresa fue para mi madre al ver la tumba
de la suya cuidada y con flores frescas. Habían pasado
unos treinta años y Siro había demostrado su cariño, a
través del tiempo, de esta manera. Y rezando por ella.
Siro era alguien que se levantaba muy temprano los domingos
para asistir a misa antes de comenzar su trabajo. Una
vida limpia, generosa y alegre. Me satisface honrar su memoria.
Muchas veces he reflexionado sobre las ventajas de vivir en
una sociedad democrática en la que nadie es perseguido por
sus ideas y cada uno puede expresarse libremente. Eso es
lo que hace el terapeuta y ex homosexual Richard Cohen,
norteamericano que reside en Washington con su esposa y sus
tres hijos. En una entrevista manifiesta lo siguiente: “Dios ama
a todos y no dice: te quiero si cambias esto
o esto…simplemente te quiere. Cuando me he ido acercando más
a Dios, cuando he estudiado la Palabra, mi vida empezó
a cambiar. Debemos dar un lugar seguro en las familias,
en la Iglesia, en la sociedad, a los homosexuales para
que puedan ser comprendidos y amados de la forma apropiada.
Si hacemos esto correctamente, dejarán de ser homosexuales. Como yo”.
Cuando Richard Cohen presentó en España, en la Universidad San
Pablo CEU, su último libro, escuchó a unos activistas hostiles
y, al parecer, los desarmó con argumentos y con cariño,
mostrándoles que no estaba en su contra sino que los
comprendía totalmente. Volviendo a lo que expresaba al inicio de
este artículo, en esta sociedad altamente erotizada viene bien, creo,
conocer otras posturas. Por ejemplo la de Wendy Shalit, judía,
licenciada en filosofía, que ha publicado un libro, Retorno al
pudor, en el que expone cómo la falta de pudor
y de modestia de algunas mujeres es una forma de
coacción para someter a un hombre fácilmente y eso es
limitar su libertad de alguna manera. El pensamiento de esta
autora tiene una sólida base antropológica, pero la fuerza de
su mensaje reside, antes que nada, en el sentido común.
No es una experta en moral ni apela a la
religión.
El libro de Shalit hace pensar y, a veces,
reír. Y el humor es algo recomendable para todos y,
más, en estos tiempos de crisis generalizada.
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