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| Boletín 40 de la Comundiad de Psicólogos Católicos |

INDICACIONES IMPORTANTES
6.1. Una
necesidad: acompañamiento y formación sólida
¿Cristo o Acuario?
La
Nueva Era casi siempre tiene que ver con « alternativas
»: una visión alternativa de la realidad, o una manera
alternativa de mejorar la propia situación presente (magia).(88)
Las alternativas no
ofrecen dos posibilidades, sino únicamente la posibilidad de escoger una
cosa frente a otra. En términos religiosos, la Nueva Era
ofrece una alternativa a la herencia judeocristiana. La Era de
Acuario se concibe como la que sustituirá a la Era
de Piscis, predominantemente cristiana. Los pensadores de la Nueva Era
son plenamente conscientes de esto. Algunos de ellos están convencidos
de que es inevitable el cambio que se avecina, mientras
que otros están además activamente comprometidos en su llegada. Quienes
se preguntan si es posible creer al mismo tiempo en
Cristo y en Acuario conviene que sepan que se hallan
ante una alternativa excluyente, « aut-aut, o esto o aquello
». « Ningún criado puede servir a dos señores, porque
aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se
entregará a uno y despreciará al otro » (Lc 16,
13). A los cristianos les basta pensar en la diferencia
entre los Magos de Oriente y el rey Herodes para
darse cuenta de los tremendos efectos que conlleva la opción
a favor o en contra de Cristo. No debemos olvidar
nunca que muchos de los movimientos que han alimentado la
Nueva Era son explícitamente anticristianos. Su postura frente al cristianismo
no es neutral, sino neutralizadora:
A pesar de lo que se
suele decir sobre la apertura a todos los puntos de
vista religiosos, el cristianismo tradicional no es considerado sinceramente una
alternativa aceptable. De hecho, con frecuencia queda bien claro que
no « hay cabida tolerable para el cristianismo auténtico »,
incluso con argumentos que justifican un comportamiento anticristiano.(89) Esta oposición,
que inicialmente se limitaba a los ambientes enrarecidos de quienes
van más allá de una vinculación superficial con la Nueva
Era, ha comenzado recientemente a penetrar en todos los niveles
de la cultura « alternativa », que ejerce una poderosa
fascinación, sobre todo en las sofisticadas sociedades occidentales.
¿Fusión o
confusión?
Las tradiciones de la Nueva Era consciente y deliberadamente difuminan
las diferencias reales: entre Creador y creación, entre humanidad y
naturaleza, entre religión y psicología, entre realidad subjetiva y objetiva.
Idealmente, la intención es siempre superar el escándalo de la
división, pero para la teoría de la Nueva Era se
trata de la fusión sistemática de elementos que normalmente han
estado claramente diferenciados en la cultura occidental. Quizá sea más
justo llamarla « confusión ». Decir que la Nueva Era
se alimenta de la confusión no es un mero juego
de palabras. La tradición cristiana siempre ha valorado el papel
de la razón para justificar la fe y comprender a
Dios, al mundo y a la persona humana.(90) La Nueva
Era acierta cuando sintoniza con un estado de ánimo que
rechaza la razón fría, calculadora, inhumana. Y si bien recuerda
la necesidad de un equilibrio entre todas nuestras facultades, ello
no justifica la marginación de una facultad que es esencial
para una vida plenamente humana. La racionalidad tiene la ventaja
de la universalidad: está al alcance de todos, gratuitamente, a
diferencia del carácter misterioso y fascinante de la religión «
mística », esotérica o gnóstica. Todo aquello que alimenta la
confusión conceptual o el secretismo ha de ser examinado con
sumo cuidado, pues en lugar de revelar la naturaleza última
de la realidad, la esconde. Corresponde a la pérdida de
confianza en las sólidas certezas de antaño propia de la
posmodernidad, que con frecuencia lleva a refugiarse en el irracionalismo.
El gran desafío consiste en mostrar cómo una sana colaboración
entre la fe y la razón mejora la vida humana
y promueve el respeto a la creación.
Crea
tu propia realidad.
La convicción generalizada en la Nueva Era de
que cada uno crea su propia realidad es atractiva pero
ilusoria. Cristaliza en la teoría de Jung, según la cual
el ser humano es una vía de acceso desde el
mundo exterior a un mundo interior de infinitas dimensiones, donde
cada persona es un Abraxas que da a luz su
propio mundo o lo devora. La estrella que brilla en
este mundo interior infinito es el dios y meta del
hombre. La consecuencia más dolorosa y problemática de la aceptación
de la idea de que las personas crean su propia
realidad es la cuestión del sufrimiento y de la muerte:
las personas con graves deficiencias o enfermedades incurables se sienten
engañadas y degradadas cuando se les sugiere que son ellas
quienes han hecho caer la desgracia sobre sí mismas, o
que su incapacidad para cambiar las cosas indica una debilidad
en su manera de afrontar la vida. Todo esto dista
mucho de ser un tema puramente académico: tiene profundas implicaciones
en el enfoque pastoral de la Iglesia ante las difíciles
cuestiones existenciales que todo el mundo se plantea. Nuestras limitaciones
son parte de la vida, inherentes a la condición de
criatura. La muerte y el sufrimiento constituyen un desafío y
una oportunidad, pues la tentación de refugiarse en una reelaboración
occidentalizada de la reencarnación es una prueba clara del temor
ante la muerte y del deseo de vivir para siempre.
¿Aprovechamos al máximo estas oportunidades para recordar lo que Dios
nos promete en la resurrección de Jesucristo? ¿Hasta qué punto
es real la fe en la resurrección de la carne
que los cristianos proclaman cada domingo en el credo? Aquí
se plantea sobre todo la idea de la Nueva Era
de que en cierto sentido también somos dioses. Toda la
cuestión depende, desde luego, de la propia definición de realidad.
Es preciso fortalecer de manera adecuada un enfoque sólido de
la epistemología y de la psicología en todos los niveles
de educación, formación y predicación católicas. Es importante concentrarse constantemente
sobre los modos más eficaces de hablar de la trascendencia.
La dificultad fundamental de todo el pensamiento de la Nueva
Era es que esa trascendencia es estrictamente una auto-trascendencia que
debe alcanzarse en un universo cerrado en sí mismo.
Recursos pastorales
En el capítulo 8 se ofrecen indicaciones sobre
los principales documentos de la Iglesia Católica, en los que
se puede encontrar una valoración de las ideas de la
Nueva Era. En primer lugar figura la alocución del papa
Juan Pablo II citada en el Prefacio. El papa reconoce
en esta tendencia cultural algunos aspectos positivos, tales como la
« búsqueda de un nuevo significado de la vida, una
nueva sensibilidad ecológica y el deseo de superar una religiosidad
fría y racionalista ». Pero también llama atención de los
fieles sobre ciertos elementos ambiguos que son incompatibles con la
fe cristiana: estos movimientos « prestan poca atención a la
Revelación », « tienden a relativizar la doctrina religiosa a
favor de una cosmovisión difusa », « con frecuencia proponen
un concepto panteísta de Dios », « sustituyen la responsabilidad
personal frente a Dios por nuestras acciones con un sentido
del deber respecto al cosmos, subvirtiendo así el verdadero concepto
del pecado y de la necesidad de la redención por
medio de Cristo ».(91)
6.2. Iniciativas
prácticas
En primer lugar, conviene recordar una vez
más que, dentro del vasto movimiento de la Nueva Era,
no todas las personas ni todas las cosas están vinculadas
de la misma manera a las teorías del movimiento. Igualmente,
la etiqueta misma de « Nueva era » con frecuencia
se aplica mal o se extiende a fenómenos que pueden
ser clasificados de otra manera. Incluso se ha abusado del
término Nueva Era para demonizar a ciertas personas y prácticas.
Es esencial examinar si los fenómenos vinculados a este movimiento,
aunque sea de manera tangencial, reflejan una visión cristiana de
Dios, la persona humana y el mundo o están en
conflicto con ella. La mera utilización del término « Nueva
Era » de por sí no significa nada. Lo que
cuenta es la relación de la persona, el grupo, la
práctica o el producto, con los principios del cristianismo.
• La Iglesia católica dispone de redes propias, muy
eficaces, que aún podrían utilizarse mejor. Por ejemplo, el gran
número de centros pastorales, culturales y de espiritualidad. Además de
servir a las necesidades de la Iglesia, estos mismos podrían
emplearse para abordar de forma creativa la confusión respecto a
la religiosidad de la Nueva Era, por ejemplo, con foros
de discusión y estudio. Desgraciadamente, hay que admitir que en
muchos casos algunos centros de espiritualidad específicamente católicos están comprometidos
activamente en la difusión de la religiosidad de la Nueva
Era dentro de la Iglesia. Es necesario corregir esta situación,
no sólo para detener la propagación de la confusión y
del error, sino también para que se conviertan en promotores
eficaces de la verdadera espiritualidad cristiana. Los centros culturales católicos
en particular no son sólo instituciones doctrinales, sino espacios para
el diálogo sincero.(92) Algunas instituciones especializadas abordan todas estas cuestiones
de modo excelente. Son recursos valiosísimos que deberían ser compartidos
generosamente con zonas más desfavorecidas.
• No pocos
grupos de la Nueva Era aprovechan cualquier oportunidad para exponer
su filosofía y sus actividades. Convendría abordar con cuidado los
encuentros con este tipo de grupos, incluyendo siempre personas capaces
tanto de explicar la fe y la espiritualidad católicas, como
de reflexionar críticamente sobre el pensamiento y las prácticas de
la Nueva Era. Es sumamente importante comprobar las credenciales de
las personas, grupos e instituciones que pretenden ofrecer orientación e
información sobre la Nueva Era. En algunos casos, lo que
había comenzado como una investigación imparcial acaba convirtiéndose en una
promoción activa o en una defensa de las « religiones
alternativas ». Algunas instituciones internacionales están realizando activamente campañas de
promoción del respeto a la « diversidad religiosa » y
reclaman el carácter religioso para algunas organizaciones más que dudosas.
Esto concuerda con la visión de la Nueva Era, de
pasar a una época en que la limitación de las
religiones particulares ceda el paso a la universalidad de una
nueva religión o espiritualidad. Por el contrario, el diálogo sincero
debe respetar siempre la diversidad desde el principio y nunca
intentará desdibujar las distinciones fundiendo en una todas las tradiciones
religiosas.
• Algunos grupos locales de la Nueva
Era califican sus encuentros como « grupos de oración ».
Quienes sean invitados a dichos grupos deben buscar los signos
de una espiritualidad auténticamente cristiana y comprobar que no haya
ceremonias de iniciación de ningún tipo. Tales grupos se aprovechan
de la falta de preparación teológica o espiritual de las
personas para atraerlas gradualmente a lo que en realidad puede
ser una forma de culto falso. Hay que educar a
los cristianos respecto al verdadero objeto y contenido de la
oración –dirigida al Padre, por medio de Jesucristo, en el
Espíritu Santo–, para juzgar rectamente la intención de un «
grupo de oración ». La oración cristiana y el Dios
de Jesucristo son fácilmente reconocibles.(93) Muchas personas están convencidas de
que no hay peligro alguno en « tomar prestados »
elementos de la sabiduría oriental. Sin embargo, el caso de
la Meditación Trascendental (MT) debería invitar a los cristianos a
ser más cautos ante la posibilidad de afiliarse sin saberlo
a otra religión (en este caso, el Hinduismo), pese a
que los promotores de la MT insistan en su neutralidad
religiosa. El aprendizaje de la meditación en sí mismo no
plantea problema alguno, pero el objeto o el contenido del
ejercicio determinan claramente si se establece una relación con el
Dios revelado por Jesucristo, o bien con alguna otra revelación,
o simplemente con las profundidades ocultas del yo.
• También hay que prestar el debido reconocimiento a los
grupos cristianos que promueven el cuidado de la tierra como
creación de Dios. El respeto a la creación también debe
abordarse creativamente en las escuelas católicas. Con todo, gran parte
de lo que proponen los elementos más radicales del movimiento
ecológico es difícilmente conciliable con la fe católica. El cuidado
del medio ambiente, en general, es una señal oportuna de
una renovada preocupación por lo que Dios nos ha dado,
quizá incluso una señal del necesario cuidado cristiano de la
creación. La « ecología profunda », sin embargo, se basa
con frecuencia en principios panteístas y, en ocasiones, gnósticos.(94)
• El comienzo del Tercer Milenio ofrece un auténtico
kairós para la evangelización. Las mentes y los corazones están
abiertos como nunca antes a recibir información seria sobre la
visión cristiana del tiempo y de la historia de la
salvación. La prioridad no debería consistir tanto en poner de
relieve las carencias de otros enfoques, sino más bien regresar
constantemente a las fuentes de nuestra propia fe, para poder
ofrecer una presentación adecuada y sólida del mensaje cristiano. Podemos
estar orgullosos de lo que se nos ha confiado y
por eso hemos de resistir a las presiones de la
cultura dominante y no enterrar esos dones (cf. Mt 25,
24-30). Uno de los instrumentos más útiles de que disponemos
es el Catecismo de la Iglesia Católica. Tenemos también una
inmensa herencia de caminos de santidad en las vidas de
los cristianos del pasado y del presente. Allí donde el
rico simbolismo cristiano, sus tradiciones artísticas, estéticas y musicales es
desconocido o ignorado, los cristianos han de realizar una enorme
labor en beneficio propio y, en definitiva, de todos aquellos
que buscan una experiencia o una mayor conciencia de la
presencia de Dios. El diálogo entre los cristianos y las
personas seducidas por la Nueva Era, tendrá mayores garantías de
éxito si tiene en cuenta la atracción que ejercen el
mundo de las emociones y el lenguaje simbólico. Si nuestra
tarea consiste en conocer, amar y servir a Jesucristo, tiene
una importancia capital comenzar con un buen conocimiento de la
Sagrada Escritura. Pero, sobre todo, salir al encuentro del Señor
Jesús en la oración y en los sacramentos, que son
precisamente los momentos de santificación de nuestra vida ordinaria, y
el camino más seguro para encontrar el sentido de todo
el mensaje cristiano.
• Tal vez la medida
más sencilla, la más obvia y urgente que hay que
tomar, y acaso también la más eficaz, sea aprovechar al
máximo las riquezas de la herencia espiritual cristiana. Las grandes
órdenes religiosas son depositarias de ricas tradiciones de meditación y
espiritualidad, que podrían hacerse más asequibles mediante cursos o periodos
de permanencia en sus casas, ofrecidos a personas con auténtico
espíritu de búsqueda. Esto ya se está llevando a cabo,
pero hace falta ir más allá. Ayudar a las personas
en su búsqueda espiritual ofreciéndoles técnicas ya aprobadas y experiencias
de auténtica oración podría abrir un diálogo que revelaría las
riquezas de la tradición cristiana y tal vez clarificaría en
ese mismo proceso muchas de las cuestiones planteadas por la
Nueva Era.
Con una imagen sugerente
y directa, uno de los mismos exponentes del movimiento de
la Nueva Era ha comparado las religiones tradicionales con las
catedrales, y la Nueva Era con una feria mundial. El
Movimiento Nueva Era es una invitación a los cristianos para
que lleven el mensaje de las catedrales a la feria
que ahora ocupa el mundo entero. Esta imagen plantea a
los cristianos un desafío positivo, pues cualquier momento es bueno
para llevar el mensaje de las catedrales a la gente
de la feria. Los cristianos, en efecto, no deben aguardar
una invitación para llevar la Buena Noticia de Jesucristo a
quienes andan buscando respuestas a sus preguntas, un alimento espiritual
que les satisfaga, el agua viva. Siguiendo la imagen propuesta,
los cristianos deben salir de la catedral, alimentados por la
palabra y los sacramentos, para llevar el Evangelio a todos
los ámbitos de la vida cotidiana. « Ite, Missa est,
Id, la misa ha terminado ». En la carta apostólica
Novo Millennio Ineunte el Padre Santo destaca el gran interés
por la espiritualidad que se descubre en el mundo de
hoy día, y cómo las demás religiones están respondiendo a
esta demanda de modo atrayente. A continuación lanza un reto
a los cristianos: « Nosotros, que tenemos la gracia de
creer en Cristo, revelador del Padre y Salvador del mundo,
debemos enseñar a qué grado de interiorización nos puede llevar
la relación con él » (n. 33). Para quienes hacen
sus compras en la feria mundial de propuestas religiosas, la
llamada del cristianismo se manifestará, en primer lugar, a través
del testimonio de los miembros de la Iglesia, de su
confianza, su calma, su paciencia y su optimismo, y de
su amor concreto al prójimo. Todo ello, fruto de una
fe alimentada en la oración personal auténtica.
Notas
(88) Cf. Paul Heelas, op. cit., p. 138.
(89) Elliot
Miller, A Crash Course in the New Age. Eastbourne (Monarch)
1989, p. 122. Para una documentación sobre la postura vehementemente
anticristiana del espiritismo, cf. R. Laurence Moore, « Spiritualism »,
en Edwin S. Gaustad(ed.), The Rise of Adventism: Religion and
Society in Mid-Nineteenth-Century America, Nueva York 1974, pp. 79-103, y
también R. Laurence Moore, In Search of White Crows: Spiritualism,
Parapsychology, and American Culture, Nueva York (Oxford University Press) 1977.
(90) Cf. Juan PabloII, Carta encíclica Fides et Ratio (14
de septiembre de 1998), 36-48.
(91) Cf. Juan PabloII, Alocución
a los Obispos Norteamericanos de Iowa, Kansas, Missouri y Nebraska
en su visita «ad limina», 28 de mayo de 1993.
(92) Cf. Juan PabloII, Exhortación Apostólica Post-Sinodal Ecclesia in Africa,
103. El Consejo Pontificio para la Cultura ha publicado un
guía que contiene una lista de estos centros en todo
el mundo: Centros Culturales Católicos (3a edición, Ciudad del Vaticano,
2001).
(93) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe,
Orationis Formas, y § 3 supra.
(94) Ésta es un
campo donde la falta de información puede desorientar a los
responsables de la educación a causa de los grupos cuya
verdadero programa es contrario al mensaje del Evangelio. Es el
caso particularmente de los colegios y escuelas, donde los jóvenes,
llenos de curiosidad y obligados a escuchar constituyen una presa
fácil y un objetivo ideal para el comercio ideológico. Cf.
la llamada de atención en Massimo Introvigne, New Age &
Next Age, Casale Monferrato (Piemme) 2000, p. 277s.
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