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| Reprogramando la propia vida |
En algunos lugares la programación neurolingüística está de moda.
Es presentada como un medio para reformular el propio modo
de ver las cosas. Para abrir los ojos, el corazón,
la mente, a nuevas perspectivas. Para afrontar la vida más
allá de los límites de tensiones y prejuicios que se
han incrustado con mayor o menor profundidad a lo largo
de los años.
Sin querer analizar una técnica muy criticada por
unos, y defendida con entusiasmo por otros, pensemos simplemente en
la posibilidad de reprogramar la programación lingüística. ¿De qué se
trata? De descubrir en el corazón humano energías y fuerzas
para ver la realidad del mejor modo posible, sin tener
necesidad de acudir a un consultor de programación neurolingüística, sin
tener que pagar nada.
Los ingredientes para esta “reprogramación” pueden ser
mucho. Vamos a considerar ahora algunos de ellos.
El primero consiste
en volver a apreciar la belleza, la alegría, la sorpresa
de vivir. Simplemente. Tú y yo existimos, estamos en el
mundo. Algunos quizá se sienten oprimidos por su pasado. Otros
no ven nada claro en el horizonte del futuro. Otros
sienten que el presente es una cadena tan fuerte que
impide cualquier reacción, cualquier paso hacia una mejora.
En esas y
en otras situaciones, basta con que abramos los ojos y
repitamos, con sencillez, como un niño: hoy existo, participo en
la vida, gozo del pensamiento, estoy abierto al amor (a
dar, a recibir). Hoy, en el planeta tierra, convivo con
jilgueros y con abejas, con lobos y con corderos, con
el vecino de arriba (siempre con su música a todo
volumen), y con ese familiar al que tanto debo y
que, sin embargo, tal vez me resulta un poco antipático.
El
segundo ingrediente es sentir cuánto puedo controlar mis manos, mis
pies, mis pensamientos. En realidad, algunos no llegan a tener
el control que quisieran de su cuerpo. Una enfermedad les
ha limitado en la vista o en los pulmones, o
les ha dejado una cojera entre simpática y confusa. Otros
tienen serios problemas psicológicos, obsesiones y fijaciones que vuelven una
y otra vez (un odio, una pulsión sexual, una amargura
profunda, una depresión).
Algunos problemas deberán ser tratados por un experto
(un médico, un psicólogo). Más allá de esos casos, todos
tenemos pequeñas limitaciones, pero esas limitaciones no nos privan del
tesoro de la libertad, de esa capacidad de dar un
sentido, un rumbo, a la propia vida.
Desde las coordenadas que
me aprisionan, mil vectores se abren ante mí. Puedo asumir
un riesgo u optar por la fuga. Puedo pedir perdón
o darlo a quien me lo pide. Puedo poner más
esfuerzo en el trabajo o dedicarme a un crucigrama mientras
no me ven los otros. Puedo amar al hijo o
encerrarme otra vez en el cuarto para ver una película
en la televisión.
No hace falta ir con un “reprogramador” para
abrir los ojos ante tantos horizontes. Lo que sí hace
falta es expandir el corazón para darme cuenta de tantos
seres que me rodean y esperan un gesto de afecto
y de cariño; de tantas plantas que pueden recibir agua
de mis manos; de tantos gorriones que buscan ese pedazo
de pan que puedo ofrecerles en mi ventana; de tantos
enfermos a los que nadie visita y que rejuvenecen de
alegría cuando alguien se sienta a su lado simplemente para
escucharles un rato una tarde de domingo.
El tercer ingrediente radica
en el imprevisible juego de relaciones humanas. Cada día, miles
de existencias cambian radicalmente porque han empezado a amar, porque
se han sentido amadas. Hoy es una chica deprimida que
siente que su padre la ama mucho más de lo
que ella se imaginaba. Mañana es un esposo que escucha
de su esposa la noticia de un nuevo embarazo, la
aventura de la llegada de ese nuevo hijo. Otro día
será un obrero enfermo acostumbrado a odiar a sus capataces
que se siente sorprendido al recibir la visita de aquel
a quien odiaba, que siente que su jefe también tiene
un corazón humano y ganas de hablar un rato juntos,
como amigos.
Recibir y dar amor. Puedo mirar otra vez mi
existencia y verla como un punto, una posibilidad, de enriquecer
a otros, de embellecer la vida de un anciano abandonado,
de un niño huérfano, de un político que ha perdido
su fama y que espera a alguno que no le
señale con un dedo acusatorio. Salir a amar es algo
infinitamente grande, es lo que más puede realizar a cualquier
ser humano, por gris, oculta y triste que haya podido
ser, hasta el día de hoy, su existencia.
El cuarto ingrediente
va mucho más a fondo. Se trata de buscar respuesta
a un enigma que ha rodeado a los hombres durante
siglos: somos hijos de Dios o somos productos casuales de
un proceso evolutivo. Necesito descubrir mi lugar en el universo,
las fuerzas que han permitido mi existencia, el sentido profundo
de mi energía interna.
Resolver este interrogante exige tomar en serio
el problema de la vida. Analizar si no hay un
Dios que mire al mundo, o abrir los ojos del
alma para descubrir que soy parte de un magnífico proyecto
de amor, de bien, de esperanza, y una parte muy
querida, muy amada: que soy hijo de un Padre bueno.
Al
buscar la respuesta, tal vez sea el momento para volver
a tomar un Evangelio y descubrir, desde la voz de
Cristo, que el Padre nos ama, que la muerte no
es la última palabra, que poseer un mundo de riquezas
no puede impedir la caducidad de lo terreno, ni opacar
el brillo de la sonrisa de un niño que nos
da las gracias por dedicarle un momento de descanso.
Muchos buscarán
un nuevo horizonte, energías y paz en técnicas como las
de la programación neurolingüística. Sin dinero, sin tanto tiempo, podrían
descubrir ese tesoro interior, esa frescura del niño que todos
escondemos, esa paz que nos da el escuchar la voz
de Jesús que dice, simplemente: “Venid a mí todos los
que estáis cansados y agobiados... Aprended de mí, que soy
manso y humilde de corazón... No te condeno: tus pecados
están perdonados, vete en paz... Yo estaré con vosotros (contigo)
hasta el fin del mundo...”.
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Imagen: corbis.com |
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