 |
| Sigmund Freud y la antropología cristiana |
Sigmund Freud y la antropología cristiana
Prólogo
Tema I. El complejo de
Edipo y la religión del Padre Tema II. Dios como imagen
del hombre viejo Tema III. El sacrificio religioso Tema IV. Moral y
neurosis Tema V. Instinto, libido y objeto Tema VI. Destinos de la
libido Tema VII. Estructura anímica Tema VIII. La angustia Tema IX. Amor y
odio Tema X. La identificación Tema XI. Egoísmo constitutivo Tema XII. El inconsciente
y el conocimiento Tema XIII. Voluntad y apetito sensible Tema XIV. Deseo
y consentimiento Tema.XV. Insuficiencia del pasado Tema XVI. El pecado original
APÉNDICE.
SÍNTESIS TEOLÓGICA DE LA SEXUALIDAD
I. La persona humana II. Varón y
mujer III. La fractura del pecado IV. Redención y sanación de la
concupiscencia V. Vocación escatológica del cuerpo VI. La virginidad cristiana como vértice
de la sexualidad VII. El matrimonio cristiano como signo del desposorio
de Cristo con la Iglesia Conclusión
PRÓLOGO
El propósito de este ensayo consiste
en la confrontación entre la antropología cristiana y la imagen
antropológica que se desprende del análisis freudiano. Aunque breve y
fragmentario este estudio comparativo es ambicioso: la imagen freudiana y
la imagen cristiana del hombre, frente a frente.
El hombre es
un ser que no puede vivir sin algún grado de
comprensión de sí mismo —debe autocomprenderse de alguna manera—: el
modo de concebir su propia esencia es un elemento determinante
de su modo de existencia. Por eso, la exploración del
alcance cognoscitivo de las diversas concepciones antropológicas no se circunscribe
al campo de un mero interés académico, entra en juego
la propia vida. Aunque es difícil medir el grado de pervivencia
de un pensamiento, está fuera de duda que el estereotipo
modelado por Freud ha marcado la autocomprensión del hombre en
vastos sectores de la cultura contemporánea.
En Freud confluyen largas franjas
de la filosofía moderna que han dado muestras de una
extraña ceguera frente a la revelación cristiana: se dan cita
un materialismo con pretensiones de rigor científico de corte positivista
y un evolucionismo sombrío, condimentado con ecos mitológicos de sabor
arcaico. El hombre se concibe como un terreno disputado por
fuerzas cósmicas, impersonales...
Heredero del iluminismo progresista, del positivismo de Comte,
del evolucionismo materialista de Darwin, el psicoanálisis deduce sus categorías
de un burdo mecanicismo, con un modelo hidráulico del dinamismo
psíquico. Parejamente a la antropología de Marx y de Darwin, considera
a la materia como principio y al espíritu como derivado
o reflejo. La espiritualidad se considera como una superestructura (Marx),
una evolución (Darwin), una sublimación (Nietzsche) de la materia.
En sus
antecedentes filosóficos también figura Schopenhauer para quien el amor no
es otra cosa que el instinto sexual más determinado. La
"voluntad" de Schopenhauer sería análoga a las pulsiones del inconsciente.
También mantiene una deuda con Feuerbach, que piensa la religión
como una forma de alienación de las perfecciones naturales del
hombre, y con Nietzsche, para quien la conciencia moral no
es otra cosa que una forma de enfermedad, una retorsión
de los instintos reprimidos. La revelación cristina nos muestra al hombre
como imagen de Dios, pero imagen deformada por el pecado
y la injusticia, aplastada y oprimida de tal manera que
se hace difícil su reconocimiento.
Jesucristo es el Salvador que viene
a restaurar la imagen primitiva y enriquecerla con una belleza
aún mayor. Jesús es el Hijo de Dios Padre, la
misma substancia, y esa filiación es puro amor, libertad, suprema
intimidad y goce de comunión personal. Salva al hombre en
cuanto lo introduce en esa filiación divina. Por contraste, la
filiación en Freud no traspasa el horizonte mitológico de un
conflicto fatal.
La vida cristiana representa una transformación profunda de la
persona, desde el "hombre viejo", esclavo del pecado, al "hombre
nuevo", liberado, redimido por Jesucristo. Estas dos figuras se enfrentan
dentro de la misma persona y mientras permanece la pugna,
constituyen un drama existencial.
¿Cuáles son los rasgos que determinan la
fisonomía del uno y del otro? El hombre pecador se
halla dominado por una injusticia de fondo. Es incapaz de
vivir una relación de amor verdadero. No sabe lo que
significa la entrega desinteresada a las otras personas. Ni siquiera
se posee a sí mismo, más bien se halla poseído
por fuerzas compulsivas que lo empujan a ejercer una relación
de codicia sobre las personas y las cosas, en un
afán utilitario. Todo lo convierte en medio para un fin
ilusorio: el placer, el poder... Pero, ¿qué es placer y
qué es poder para el hombre pecador?: una ilusión de
plenitud, el anhelo del Bien infinito, pero groseramente falaz, porque
el bien no se encuentra en cualquier experiencia de placer
o de poder, sino en la realidad personal que se
vive solamente en la relación de entrega recíproca, es decir,
en el amor. Pero, justamente, el pecador se niega a
entregarse y también se niega a aceptar sin condiciones a
la otra persona. Pretende someter todo a la categoría de
objeto inmediato de posesión y, en esa misma medida, suprime
la raíz del vivir personal: no ejercita la libertad como
regalo y ofrenda de sí mismo. El hombre viejo está
perdido, es la antítesis del hombre nuevo. "El que quiera
conservar su vida la perderá, pero el que entregue su
vida por amor a Mí, la encontrará", dice Jesús.
El hombre
nuevo vive en libertad, gratuitamente, en actitud de servicio generoso
a los demás. Dios le ha revelado el valor de
la persona creada, invitada a participar de la vida divina.
La vida de Dios es amor infinito de su intimidad
trinitaria. Toda la familia humana fue elevada con la misma
vocación.
Jesucristo se ofreció en holocausto para restituir al hombre la
relación filial con Dios Padre en el Infinito Amor. Destruyó
el pecado con todos sus daños y perjuicios. Hijo eterno
del Padre, y además hombre verdadero, realizó en beneficio de
toda la humanidad lo que ningún otro hombre podría jamás
haber realizado: la respuesta al don del Padre con un
don del mismo valor —la Persona de Cristo hombre es
la Persona del Hijo eterno, de la misma naturaleza que
el Padre— y con idéntico Amor Infinito. En Jesucristo, toda
la humanidad tiene acceso a la relación de Vida y
Amor eterno del Hijo con el Padre.
Pues bien, a la
hora de establecer una confrontación entre la imagen cristiana y
la freudiana, ¿cuáles piezas calzan y cuáles se repelen? En
los análisis y teorías de Freud no se encuentra la
más mínima traza del "hombre nuevo", ni el más débil
vestigio de la obra redentora de Cristo, como si ésta
nunca hubiera existido. Las interpretaciones que Freud propone del "mito"
cristiano no rozan siquiera el concepto que el cristianismo administra
sobre el contenido de la propia fe.
Indudablemente el interés de
Freud se centra en el hombre deteriorado por la enfermedad
mental. Si tenemos en cuenta que del pecado se derivaron
todos las falencias y malaventuras —la misma naturaleza humana enfermó—,
no nos sorprende que comparezcan en su registro ciertos rasgos
típicos del "hombre viejo": el afán posesivo, el odio a
quien se contraponga a los deseos de placer, los celos,
la envidia, los miedos, la agresividad, un envilecimiento radical de
todas las relaciones humanas desde sus más tempranos albores... De
una u otra manera Freud detecta estos elementos a lo
largo de sus observaciones sobre los conflictos y alteraciones que
padecen sus pacientes; después los procesa y levanta su edificio
teórico y especulativo. Así surge lo que podríamos llamar "antropología
freudiana".
Un cuadro se compone de luces y sombras en resaltado
contraste. Así, en la revelación cristiana es posible medir la
oscura densidad del "hombre viejo" desde la luz del "hombre
nuevo". El "hombre nuevo" se encuentra en el principio y
en el fin de la historia, mientras que el "hombre
viejo", el hombre del pecado, es efecto de una caída.
La
antropología freudiana no conoce este "contraste" y, por lo tanto,
no comprende las dimensiones del deterioro, menos aún encuentra la
solución. Es una antropología que no excede el horizonte fatalista
y desesperado, denominador común de todas las culturas y civilizaciones
que habitan fuera de la revelación judeocristiana.
Freud está persuadido que
los primeros sucesos de la infancia ejercen un influjo determinante.
Sobre cada individuo pesa, además, fuertemente marcada por los acontecimientos
del origen, la historia psíquica de toda la humanidad. La
primera experiencia traumática se remontaría a un suceso ocurrido en
los albores de la historia. El padre de aquella sociedad
primitiva, el caudillo de la tribu, era un individuo feroz
y autoritario. En todos los súbditos cundía un sentimiento de
temor, unido al de admiración y reconocimiento por el beneficio
de amparo. Ese padre déspota consideraba como propiedad privada a
todas las mujeres de la tribu. La tensión entre los
súbditos y su jefe fue en aumento, hasta culminar en
un regicidio o parricidio. Más tarde vinieron los remordimientos, el
ansia de recuperar la figura paterna, la idealización de un
ser superior, poderoso, dominante, protector.
Esta teoría del parricidio, que se
presenta como una suerte de pecado original, no puede menos
que sugerirnos un franco cotejo con la enseñanza cristiana: las
consecuencias del primer pecado envenenan a los descendientes, y sólo
Dios puede subsanarlo con su obra redentora.
En todas las antropologías
se menciona alguna quiebra, alienación o fracaso del hombre, un
grave percance que lo dejó seriamente averiado. Se siente la
importancia de conocer el inicio del decurso histórico y todo
el resto de la trama. Una reflexión penetrante sobre la
esencia del pecado original permite ubicar las coordenadas dentro de
las cuales se hace posible el discernimiento de las diferentes
concepciones antropológicas.
Freud entiende que la enfermedad es un escaparate de
privilegio donde se manifiestan los elementos y conflictos de la
psiquis. Pero, ¿es posible medir la deformación, saber hasta dónde
llega la avería de una enfermedad, sin conocer de antemano
el modelo original, sin haber recibido la noticia sobre la
verdadera esencia del hombre? La antropología cristiana, gracias a la
revelación divina, cuenta justamente con esa noticia. Me atrevo a decir
que Freud contempla al hombre "caído" sin sospechar el desnivel,
la altura de la caída y, por consiguiente, sin ninguna
perspectiva trascendente de redención. Para Freud, cualquier "mejoramiento" moral es
puro artificio, mero encubrimiento del egoísmo. Dios es considerado simplemente
como una instancia psíquica represora, sin otro fundamento que lo
vivido entre los hijos y el padre. Ignora la primera
comunión de Amor Infinito entre el hombre y Dios, el
pecado como ruptura y pérdida de esa comunión y, con
desconocimiento aún mayor, la realidad de la nueva y eterna
Alianza inaugurada por Jesucristo.
En la concepción cristiana el hombre sostuvo
al principio una relación personal positiva y libre con Dios,
y también con sus semejantes. El pecado fue el rechazo
de esa relación; a partir de ese momento, aparece en
los descendientes la herencia de una voluntad opuesta al querer
divino. Para Freud, al revés, la incompatibilidad con el padre,
el conflicto, siempre existió como una marca de fábrica, como
algo intrínseco a la esencia humana: no se recuerda una
época, al comienzo, donde reinara la armonía.
Supongamos una persona que
nunca ha visto un ánfora, y se encuentra de pronto
ante un conjunto de fragmentos —un ánfora hecha añicos—, los
examina, forja hipótesis sobre el trayecto descrito anteriormente por esos
trozos, y elabora una teoría sobre el ánfora. Es decir,
la imagen de lo que un ánfora es, la extrae
del conjunto de fragmentos dispersos. En todo caso, señala la
causa de algunos desplazamientos, pero sin vislumbrar el modelo inicial
unificado y sin comprender, por consiguiente, la existencia y menos
aún la naturaleza de un primer golpe. Imaginemos que después
se ofrece a su mirada un ánfora sana. Tal vez
se le ocurra pensar que se halla ante un bizarro
invento compuesto por el ensamblaje artificial de las piezas precedentes.
Para
Freud, el hombre "normal" es una síntesis poco exitosa de
fuerzas psíquicas que, en la enfermedad, están disgregadas y mutuamente
entorpecidas. La vida anímica se organiza sobre la base de
sensaciones de índole libidinosa que conservan casi siempre, en las
sucesivas etapas, su independencia y anarquía. Cuando la sexualidad entra
a gravitar en el orden genital y está en condiciones
de servir a la reproducción, alcanza su funcionamiento considerado "normal",
bastante ajeno a las primitivas apetencias del instinto que sólo
en algunos casos y siempre con dificultad se amoldan a
la función "normal". Las relaciones humanas, por su parte, no pasan
de ser una pugna donde cada uno sofoca al otro.
El primer trauma anímico, decisivo para la historia, supone en
el mismo comienzo, en la comunidad primitiva, un estado de
conflicto y latente ruptura desde la que es imposible ir
más atrás, hasta un nivel donde coincidan la armonía y
la madurez de las relaciones. Freud maneja una imagen antropológica compuesta
de elementos desunidos. El conflicto original se repite, irredimiblemente, en
todos los individuos de la especie. Los temas de los capítulos
de este ensayo responden a algunos conceptos freudianos más frecuentes.
No obedecen al orden cronológico de su evolución especulativa ni
tan siquiera a una estricta lógica, aunque he procurado afrontar
de entrada las ideas básicas sobre religión y moral, definitorias
del sentido antropológico de toda su teoría.
La parte expositiva, hilvanando
citas, suele ocupar la parte primera o todo un capítulo.
A medida que se avanza en la exposición, se van
interpolando observaciones críticas sobre la base de la antropología cristiana.
Como este libro surgió de los apuntes anotados a lo
largo de la lectura de las obras de Freud, adolece
del inconveniente que ambos planos comparezcan encimados. Pero bien mirado,
puede servir para suscitar la reflexión, pues no siempre el
orden pulido, los límites demasiado precisos, son el mejor método
para el pensamiento. Por último, en un apéndice, se añade una
síntesis de la teología cristiana sobre la sexualidad, resumen de
un conjunto de enseñanzas del Papa Juan Pablo II. La
lectura previa de este apéndice constituye el mejor instrumento, como
una reserva de sustancia argumental, para abordar con un distanciamiento
crítico adecuado la parte expositiva de las teorías de Freud. Los
escritos de Freud van desde 1885 hasta 1939, año de
su muerte, con su última obra Moisés y la religión
monoteísta. El entramado de citas que entretejen mi exposición crítica
se centra sobre todo en el período más maduro de
su pensamiento. Su interpretación del Dios de la Biblia mediante
el complejo de Edipo, contenida en el último libro, es
precisamente el fruto final de sus reflexiones. Psicología de la
vida erótica (1918), Más allá del principio del placer (1920),
Psicología de masas y análisis del Yo (1922), El Yo
y el Ello (1923), por ejemplo, aparecen en la etapa
más consolidada de su concepción antropológica.
|
|