Autor: Ignacio Andereggen, P.U.G y P.U C.A | Fuente: e-aquinas.net Santo Tomás de Aquino , Psicólogo
La actividad correspondiente a lo que en nuestros días se denomina Psicología
fue desarrollada en modo eminente, aunque por supuesto diferente en su contexto, modalidad, resultados y objetivos, por Santo Tomás de Aquino en su dimensión de “humanista”.
Santo Tomás de Aquino , Psicólogo
La actividad correspondiente a lo que en nuestros días se
denomina Psicología fue desarrollada en modo eminente, aunque por supuesto
diferente en su contexto, modalidad, resultados y objetivos, por Santo
Tomás de Aquino en su dimensión de “humanista”.
La afirmación
que acabamos de formular contiene una tesis de la mayor
importancia. En efecto, envuelve una gran cantidad de datos especulativos
y valorativos acerca de su pensamiento y de nuestra situación
actual, así como, en parte un proyecto de acción cultural.
El casi instintivo rechazo que produce en algunos la aserción
arriba consignada, por otra parte, no es independiente de los
factores más profundos que determinan el desarrollo de la honda
crisis en la que se encuentra la cultura cristiana y
católica. En efecto, muchos ven aquí, con razón, un punto
en el que se dividen las aguas respecto de la
relación del cristianismo con la cultura moderna. Muchos, además, no
quieren sacar las consecuencias que derivan en términos de combate
cultural de admitir que Santo Tomás se refiere a la
cosa misma a la que también se refieren Freud, Jung,
Adle, Frankl.
La admisión de esta verdad, para muchos, equivale
a la renuncia a navegar en el río que arrastra
la cultura contemporánea; y a ello no están dispuestos. Freud,
sin embargo, para reducirnos sólo al más influyente de los
psicólogos, sabía muy bien que él intentaba dar otra explicación
a lo mismo que toda la más genuina tradición cristiana
había declarado desde la fe.
La renuencia a admitirlo por
parte de los teólogos, filósofos, y psicólogos que se consideran
católicos, además de su superficial conocimiento de la doctrina de
Freud y de otros psicólogos clásico, manifiesta su falta de
claridad epistemológica y eventualmente su debilidad profunda para extraer a
fondo las consecuencias de su fe. En efecto, como nos
enseña el Concilio Vaticano II, en realidad el misterio del
hombre solamente encuentra verdadera luz en el misterio del Verbo
encarnado (2) Y no se trata simplemente de aquello de
lo que se ocupa la antropología filosófica, sin o muy
especialmente de la condición concreta del hombre al que Cristo
vino a salvar.
De esa condición concreta, a sus últimos
niveles de profundidad, tara Freud, y también Santo Tomás. Naturalmente,
uno desde su ateísmo nietzscheano, y el otro desde la
luz de la Escritura divina y de la Razón natural.
Algunos tomistas, al tratar acerca del ámbito psicológico, apelan al
principio de que “la gracia supone la naturaleza y la
eleva”. Para fundar la necesidad de una terapéutica psicológica que
prepare el camino de la gracia, como condición para su
eficacia. Sutilmente, caen en una concepción profundamente contraria a la
de Santo Tomás, para el cual, fundándose sobre San Agustín,
nunca p0dría haber una disposición natural humana para lo sobrenatural
gratuito. Es siempre desde la gracia, al contrario, que la
naturaleza puede restaurarse o recomponerse, desde la que el hombre,
radicalmente, puede curarse, si estamos al nivel propiamente humano y
no meramente psiquiátrico o médico.
Lejos de estar relegada a
algunos puntos particulares, como por ejemplo el tratado de las
pasiones, las doctrinas tomistas sobre las que podría apoyarse una
verdadera psicología que no caiga en las trampas que acompañan
la condición moderna –y que, a diferencia de la filosofía,
no puede ser sino “cristiana”. Por referirse al hombre históricamente
considerado- abarcan la mayor parte del pensamiento del Aquinate.
Demos
una rápida idea de ello a partir de la estructura
y los temas sólo de la Suma de Teología. La
primera parte de esta obra trata acerca de Dios y
su creación. Y aquí acerca de los ángeles y los
hombres
Cualquier psicología digna de este nombre debe fundarse sobre
un adecuado conocimiento de la naturaleza humana del sujeto concreto
que quiere ayudar y conocer. Lamentablemente, la casi totalidad de
las corrientes psicológicas contemporáneas adolecen de gravísimos defectos en este
orden, que limitan en la práctica su eficacia positiva, y,
por el contrario, las convierten tantas veces en instrumentos de
profundas deformaciones humanas. La trampa consiste aquí en la aceptación
acrítica –lamentablemente también por parte de muchos cristianos-, del principio
freudiano de que la psicología, tal como Freud mismo la
estableció como psicoanálisis, consiste en una verdadera ciencia con objeto
propio, y distinto perfectamente de la antropología filosófica y de
la antropología teológica. La falta de precisión especulativa juega aquí
un papel capital, sumada, por supuesto, a la carencia de
connaturalizad profunda con la plenitud de la vida humana y
cristiana.
En este sentido, los claros principios de la antropología
filosófica tomista deben jugar un papel capital para la reconstrucción
de una auténtica psicología en el ámbito cristiano. No se
podrá conocer nunca al hombre concreto sin entender la inteligencia,
la voluntad, el alma humana, sus potencias sensitivas, en resumen,
el verdadero ser y funcionamiento “profundo” –la verdadera psicología profunda-
de la persona humana. Solo la superficialidad del pensamiento podría
intentar una verdadera síntesis especulativa entre la doctrina filosófica clásica
sobre el hombre, tal como aparece formulada en Santo Tomás
de Aquino, por ejemplo, y la psicología de Freud, Jung,
Frankl, Piaget, Lancan, Kohut y muchos otros. Por quedarnos solamente
en la dimensión que determina esencial y radicalmente toda la
condición humana, la concepción de la inteligencia de estos autores
es no sólo profundamente insuficiente, sino que también profundamente distorsionada.
En este campo delicadísimo, del que dependen todos los otros
que se refieren al hombre, las ilusiones concordistas solo podrían
conducir a errores fatales de muy negativas consecuencias, especialmente en
el ámbito de la vida cristiana.
El tratado acerca de
los ángeles, en el que Santo Tomás desarrolla toda su
maestría, solo aparentemente, y, por supuesto, para los que no
tienen profunda fe y profunda experiencia de la vida, puede
quedar fuera del ámbito de la verdadera psicología. San Ignacio
de Loyola mostró de modo insuperable, en la práctica, lo
que significa la influencia constante de la parte principal de
la realidad natural, el mundo de los ángeles, sobre la
vida de los hombres, en sentido positivo y en sentido
negativo. La experiencia de la dirección espiritual, demuestra, por otra
parte, que las más enrevesadas situaciones humanas no pueden resolverse
con prescindencia de la acción de los ángeles buenos y
malos sobre la vida de los hombres.
Por otra parte,
el pecado original, del que Santo Tomás trata largamente en
la Prima Secundae de la Summa, es el capital par
entender la situación y el funcionamiento concreto de la vida
de los hombres. (3) Todo lo que el hombre hace
y padece, desde el más elemental sentimiento hasta la aceptación
plena de la Redención de Cristo, está afectado por la
referencia a ese drama del principio de la humanidad. Freud
mismo, a su manera, da testimonio de que no se
puede entender la vida humana prescindiendo de la culpa, y
especialmente de la culpa original, de la cual para él
el hombre no puede sino estar orgulloso, pues tomando consciencia
de ella llega verdaderamente a ser lo que es, hombre
racional. La presencia determinante de la culpa original en el
mundo somete a éste, según toda la línea constante de
la antropología teológica ortodoxa, hasta la del último Catecismo de
la Iglesia Católica, al poder del demonio y de los
demonios, que lo tienen esclavizado, obrando especialmente sobre la imaginación
y la afectividad sensitiva, que son las facultades en las
que se centra fundamentalmente la vida psíquica de la mayoría
de los hombres. (4)
No se trata pues, de un
dato meramente teórico sino sólo para aquellos que no conocen
profundamente el funcionamiento de la existencia concreta de los hombres,
individual y socialmente considerados. Santo Tomás, entre otros grandes maestros
de la auténtica sabiduría cristiana, puede ser una guía luminosa
en este campo.
Toda la Segunda Parte de la Suma,
dedicada a estudiar al hombre como imagen de Dios, es
un gran tratado de psicología fundamental, no sólo teórica sino
también práctica. Desde aquí podría comenzarse una verdadera obra de
reconstrucción de la psicología cristiana. Esta debería discernir, desde la
fe y lo que la recta razón descubre acerca del
hombre concreto a la luz de la revelación, todo aquello
que el desarrollo de la cultura posterior a Santo Tomás
aporta como positivo y como negativo para la comprensión de
la naturaleza humana dinámicamente considerada, y para la ayuda práctica
en orden a subsanar las deficiencias del hombre concreto. El
principio que guía al Aquinate es el del hombre como
creado a , y destinado y elevado al orden sobrenatural.
Es imposible absolutamente comprender la situación de la persona concreta
–que implica la totalidad de lo que alguien es- fuera
de este orden.
La consideración del fin del hombre con
la que comienza la Prima Secundae es del todo capital
en psicología.(5) Y es aquí donde se sitúa, coherentemente con
la deficientísima concepción de la inteligencia, una de las fatales
fallas de las corrientes psicológicas contemporáneas, con la notable excepción
parcial –en este punto determinado-, de la de Alfred Adler,
que considera principalmente la función de la finalidad de la
vida humana. Si el fin es lo más importante en
la conducta, y el único fin último de todos los
hombres tengan o no la gracia es la Beatitud,(6) es
claro que sin la consideración de la situación del hombre
concreto respecto de ella será ininteligible el verdadero significado del
complejo de realidades y fenómenos que la determinan, y será
imposible también toda ayuda verdaderamente eficaz y no dañina –por
ejemplo, en el psicoanálisis freudiano, según su idea fundamental, haciendo
consciente la inconsciente rebelión contra la autoridad paterna de Dios,
que determina la concreción de la vida humana en general
en cuanto desconectada de la gracia-.
Si la psicología ha
de desarrollarse en un nivel verdaderamente científico y eficaz, en
contraste con la impresionante confusión que reina en el estudio
de la psicología contemporánea, cuando logra a veces superar el
nivel meramente extrínseco en la consideración del hombre, común a
las ciencias biológicas y físicas, para asomarse al nivel de
la vida humana-, no podrá prescindir de la comprensión precisa
y técnica de los actos humanos en cuanto tales, distintos
de los actos meramente del hombre , como son los
actos inconscientes de todo tipo.
Es lo que Santo Tomás
trata a continuación de la Beatitud en la Prima Secundae.(7)
Es especialmente importante en este punto la adecuada captación del
funcionamiento de la voluntad espiritual, la potencia humana más dejada
de lado en la psicología de nuestros días, y, por
otra parte, la más deteriorada en la condición del hombre
concreto.(8)
Llegamos así al tratado de las pasiones.(9) Estas no
pueden ser entendidas independientemente de su radicación en el alma
humana espiritual, y de su función respecto de los acatos
de las potencias superiores. El significado concreto de los actos
de las pasiones sólo puede captarse en su situación respecto
de los acatos espirituales. Esta idea está presente unilateralmente y
de manera deformada en el mismo Freud, para el cual
toda la vida psíquica es camino para la plena realización
de lo que él entiende que es la razón. Santo
Tomás nos provee de una consideración más completa y detallada
de la vida psíquica al nivel de los actos inferiores
a la razón y la voluntad, dándonos, además, los instrumentos
para considerarlos en su verdadero significado concreto, al entenderlos respecto
del verdadero funcionamiento de la razón y la voluntad humanas,
y respecto del último fin. Abundan en este punto las
observaciones verdaderamente “psicológicas” de Santo Tomás, según la imprecisa e
ideológica significación contemporánea del término “psicología”.
El tratado acerca de
los hábitos, las virtudes, los dones del Espíritu Santo, las
bienaventuranzas y los frutos del Espíritu Santo constituyen el núcleo
de una psicología positiva, dirigida al desarrollo natural y sobrenatural
del hombre contra la tendencia unilateral contemporánea a la consideración
del hombre desde el punto de vista de la patología.(10)
En efecto, las psicologías contemporáneas consideran la naturaleza humana corrupta
con la ayuda de doctrinas filosóficas profundamente pesimistas, como son
las de Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger y los posmodernos, sin tener
connaturalizad para comprender un desarrollo verdadero y sano de la
naturaleza humana –de hecho imposible sin la gracia divina, de
la que huyen como de la muerte, y aún más
por que como Freíd señala, el fin de la vida,
para ellos, es la muerte-.(11) Una verdadera consideración del funcionamiento
positivo de la naturaleza humana restaurada por la gracia haría
imposible la trágica confusión de tantos psicólogos concordistas católicos, que
con su muchas veces afectada ingenuidad introducen el principio de
la muerte dentro de la doctrina de la vida corrompiéndola
desde adentro en la vida concreta de sus “pacientes”, el
en sentido literal de la palabra.
Si se intenta relacionar
la “neurosis” de la que trata la psicología o las
psicologías contemporáneas con la noción de “pecado” de la antropología
teológica cristiana, normalmente se produce una violenta reacción adversa. Tal
reacción se vería notablemente atenuada, o aún desaparecería por completo
si estudiase con seriedad el tratado sobre el pecado que
Santo Tomás hace seguir al de las virtudes en la
Prima Secundae. Se captaría así la amplitud de su significado
y su dramática incidencia real a múltiples niveles, sobre todo
estructurales, en la vida concreta del hombre.(12) Pero es sobre
todo el tema del pecado original , que el Aquinate
trata en las cuestiones 82 y 83, el que está
en el centro de la atención de Freud, e inconscientemente,
se lo quiera admitir o no, en el núcleo de
toda la actividad psicológica contemporánea que está configurada según la
actitud freudiana. En efecto, el psicoanálisis de Freud, como método
y técnica, es intrínsicamente solidario de su intento fundamental de
hacer consciente del modo más pleno la rebelión del hombre
contra Dios Padre, radicada en la estructura inconsciente de sus
vicios y pasiones no restauradas por el influjo de la
gracia. Para Freud, como para Nietzsche, que es en su
oposición consciente contra Dios y en la pretensión de ocupar
su lugar. (13)
Por otra parte, muchas distorsiones teológicas contemporáneas,
que tienen como punto de fuerza una inadecuada concepción del
pecado original por influjo y asimilación , a veces consciente,
de las filosofías idealistas, entrarn en una simbiosis del todo
natural con el pensamiento freudiano y psicoógico en general –que
aunque se oponga a los dogmas de Freud parcialmente, está
modelado muchas veces sobre sus exigencias y pretensiones, y produce
resultados semejantes, más allá de las intenciones de los psicoterapeutas-.
La Prima Secundae se cierra con la consideración de dos
temas capitales en psicología: la ley (14) y la gracia(15)
el hombre o puede realizarse autónomamente sin la ayuda de
Dios que es el autor de ambas. Ningún psicólogo podría
con su terapia reemplazar la ley ni ayudar al sujeto
a crearse una pseudo-ley subjetiva según las propias inclinaciones personales
y las circunstancias de su vida –como en cambio pretenden
solapadamente muchas teologías morales contemporáneas-. Tanto menos podría reemplazar la
acción de la gracia, la única que ordena al hombre
a su verdadero fin y que evita las profundas distorsiones
de la personalidad.
El verdadero psicólogo, aún a nivel meramente
humano, ayudará a su atendido a descubrir las implicaciones de
la ley natural en sus propias circunstancias vitales, y sobre
todo, ayudará a quitar los impedimentos para el cumplimiento de
la ley evangélica, cuya realidad principal es la gracia del
Espíritu Santo, y que es la única norma que lleva
con certeza a la plenitud de la vida humana encaminándola
hacia su único y verdadero fin. (16)
La afirmación que
Santo Tomás pone en el prólogo de la Segunda Secundae
acerca de que las consideraciones genéricas en campo moral son
menos útiles, porque las acciones humanas son particulares nos hace
entrever el nexo esencial que existe no solamente entre la
psicología y la ética, sino también y sobre todo entre
la psicología y la Teología, por ser esta ciencia al
mismo tiempo de lo universal y de lo particular, como
reflejo de la infinita ciencia de Dios que abarca ambos.
Es claro que para captar ese nexo hace falta la
fe, la primera de las virtudes teologales de las que
se trata en esta sección. Junto con la esperanza y
la caridad conforman el centro de la existencia cristiana.(17) La
configuración psíquica, sobre todo si es considerada dinámicamente, se manifiesta
de modo muy divergente en la persona que tiene tales
virtudes, o en la que tiene los vicios contrarios.
Esto
es especialmente válido por lo que se refiere al amor
teologal y al odio, magistralmente tratados por Santo Tomás en
esta sección.(18) Lo mismo sucede, de una manera menos profunda
pero más notable, ante la presencia o la ausencia de
las cuatro virtudes cardinales.(19) Es aquí donde encontramos el centro
de lo que es psicológicamente observable de modo humano. Si
no llega a nivel específico de la virtud humana en
cuanto tal, la psicología en sus múltiples variantes no podrá
traspasar en concreto el nivel del conductismo, por más sofisticada
y abstractamente elaborada que pudiere estar.
Un psicólogo que conociese
de modo concreto y vital el modo de obrar de
las personas a partir de la rica descripción de las
virtudes y los vicios que realiza el Aquinate en esta
parte de la Segunda Secundae, tendría un instrumento para la
ayuda psicológica mucho más elaborado y eficaz que el de
los métodos diagnósticos y terapéuticos contemporáneos. Y, a su vez,
éstos –aun eventualmente conservando su apariencia exterior en cuanto se
refiere a los test, técnicas, relación profesional psicólogo-paciente etc., factor
accidental, pero que suele preocupar sobremanera a los psicólogos y
estudiantes de psicología cristianos- se podrían regenerar de una manera
digna del hombre y del cristiano, y que sobre todo
no introdujese consciente o inconscientemente profundas distorsiones bajo su apariencia
neutra, y especialmente a causa de ella.
Desde el punto
de vista negativo, es especialmente importante para la psicología –siguiendo
el desarrollo de la Segunda Secundae la consideración de la
soberbia como primer pecado y fuente de los otros, y
especialmente su gravedad en cuanto implica una rebelión contra Dios.
No podemos dejar de mencionar en este punto el acierto
de las intuiciones de Alfred Adler, quien coloca en aquello
que la tradición de la sabiduría cristiana llama soberbia la
causa más profunda de la neurosis.(20)
La Segunda Parte de
la Suma Teológica se cierra con algunas cuestiones referentes a
los estados de vida del critiano, y especialmente a la
diferencia entra la vida activa y la vida contemplativa, y
la superioridad de ésta,(20) que son imprescindibles en las actuales
circunstancias de confusión en la vida cristiana y en la
vida consagrada. No olvidemos que de hecho muchas personas consagradas,
también entre las dedicadas a la vida contemplativa, son sometidas
a tratamientos psicoterapéuticos indiscriminados sin que encuentre quienes entiendan la
verdadera causa de sus padecimientos, ni entre quienes deberían guiarles
espiritualmente, ni entre los psicólogos.
La Tercera Parte de la
Suma Teológica se refiere a Cristo, en quien se encuentra
la consumación o perfección de toda la actividad teológica. Decía
la frase del Concilio Vaticano II antes citada que sólo
en El se esclarece el misterio del hombre. Para quien
lo supiere mirar, se encontraría en esta parte el ideal
hacia el cual debería apuntar toda ayuda psicológica. Pero en
este punto debemos enfrentar una tarea suplementaria que no encontrábamos
en los temas anteriores.
En efecto, en nuestras situación contemporánea
no se trata solamente de lograr que la atención al
hombre perfecto ilumine definitivamente participando de su claridad de las
zonas más obscuras del psiquismo humano. Se trata además, y
antes, de conseguir liberar a la teología contemporánea de la
creciente proyección de una psicología modelada exclusivamente sobre la patología
y los límites humanos sobre la Persona de Cristo. Se
trata de no olvidar que respecto en él nos encontramos
con la psiquis humana de una persona que no es
humana sin o divina. No es posible imaginar ni pensar
la unidad de la mente ni de la conciencia de
Cristo. Es por excelencia objeto de la fe. Lo sabe
muy bien el Aquinate, quien explica de la manera más
admirable y más precisa lo que se refiere a la
ciencia y las demás perfecciones de la humanidad de Cristo,
así como los defectos que voluntariamente asumió para nuestra salvación.(22)
Las cuestiones que siguen, acerca de la vida, la pasión,
la muerte, la resurrección y la vida gloriosa, nos muestran
en su plenitud el misterio pascual, que implícita y explícitamente
debe ser el centro de la verdadera “psicología profunda” del
cristiano.
A partir de la cuestión 60 de la tercera
parte Santo Tomás trata acerca de los sacramentos. ¿Quién no
entenderá que tomados en serio, con toda su importancia vital
transformadora de la vida, cada uno de ellos está repleto
de implicaciones psíquicas? La trasformación de la mente humana en
su pensar, obrar y sentir concretos son su verdadera finalidad.
El bautismo, el orden sagrado, el matrimonio y sobre todo
la Eucaristía implican una total transformación de la mente humana
y de todo el psiquismo. La vida humana fundada seriamente
sobre ellos, aún fenomenológicamente, es totalmente distinta de la vida
humana vivida con prescindencia de ellos.
Está muy claro que
por el sólo hecho de recibir la absolución sacramental la
persona no experimenta en sus afectos, imaginaciones, tendencias negativas en
el orden de la sensibilidad. ¿Pero se toman en serio
las disposiciones necesarias para recibir el sacramento como parte del
mismo sacramento? ¿No será que se piensa en la confesión
como en un acto casi mecánico en el que el
arrepentimiento juega un papel marginal y casi insignificante? ¿Se toma
en serio la importancia de los pecados objetivos, más allá
de la intención de la persona, y de su potencial
destructivo de la armonía del psiquismo humano?
Si para Freud,
como él señala explícitamente, el psicoanálisis reemplaza la confesión y
el psicoanalista al sacerdote, una vez constatadas las consecuencias devastadoras
del influjo de las ideas freudianas en la cultura y
en la vida concreta de los hombres de nuestros días.
Deberíamos tener el coraje cristiano de invertir la inversión y
de dar consiguientemente a los sacramentos de la reconciliación y
del orden sagrado el lugar que les corresponde como medios
imprescindibles para el logro de una auténtica vida cristiana, y,
por tanto plenamente humana.
Terminemos formulando algunas observaciones más prácticas.
En la situación actual, si queremos mantener viva la filosofía
y la Teología de Santo Tomás, no podremos prescindir de
la confrontación con la psicología contemporánea, que influye todavía más
y más directamente que la filosofía en la situación concreta
de la vida de los hombres de nuestros días.
En
vista de ello , es importante afrontar de lleno la
objeción común que se levanta cada vez que se destaca
el valor psicológico del pensamiento de Santo Tomás, así como
de los autores clásicos. Es la de que hoy se
encuentran en su filosofía y en su Teología los instrumentos
“técnicos” para diagnosticar las “neurosis” y para poder así “curarlas”,
tratándolas como verdaderas enfermedades. Para ello es necesario situar las
cosas en el nivel en el que verdaderamente se desarrolla
el pensamiento acerca del hombre en cuanto hombre. Esto es
el principio, y es también lo más difícil de lograr.
Sin una visión que alcance a levantarse por encima de
los esquemas imaginativos y afectivos que tienen atrapada la mente
de tantos psicólogos y de otros que los siguen acríticamente
es imposible un diálogo serio acerca del tema.
La verdadera
“psicología”, aún aceptándola, como es razonable en nuestros días y
en nuestras circunstancias, como Actividad -no digo “ciencia”- Autónoma respecto
del estudio y la aplicación directa de la Teología-, la
verdadera psicología –digo- está toda por construir en su figura
concreta y determinada, en su traducción experimental y terapéutica. Esperemos
poder hacerlo sobre las bases de una filosofía y una
teología tan profundas como las de Santo Tomás.
Aunque en
la época que atravesamos, ya no sería poco si se
la pudiera fundar sobre el más elemental sentido humano y
cristiano. Y si ya muchos de los que han sido
formados según los principios de la psicología clásica de este
siglo XX están imposibilitados para ello, de no mediar una
intervención especial y casi extraordinaria de la Gracia divina, esperemos,
con esperanza sobrenatural, que la visión grande e iluminada de
los dirigen las instancias determinantes de la cultura católica pongan,
o permitan poner, las primeras semillas para aquella fundación.
Digamos
todavía alguna palabra sobre el método, que hemos dejado para
el final a fin de hacer comprender la importancia de
la perspectiva de la totalidad que debe emplearse en cualquier
reflexión de tipo “psicológico.” En este sentido es inconveniente, tal
como se ha hecho en algunos intentos concordistas no muy
recientes, reducir el valor psicológico del pensamiento de Santo Tomás
al tratado de las pasiones. Por el contrario, ese valor
qeuda máximamente en evidencia cuando se considera el hombre desde
la totalidad de ls perspectivas que encontramos en la filosofía
y sobre todo en la Teología del Aquinate. El fundamento
de este hecho nos lo da el mismo Doctor Angélico:
la persona es el todo(23) es por esta misma razón
que , desde un punto de vista absolutamente distinto, es
atrayente el discurso de los psicologías contemporáneas, que se presenta
como totalizador.
Los tomistas tenemos el deber de no caer
atrapados en la magia irracional que posee en nuestros días
lo relacionado con lo “psicológico”, y, en cambio, de proceder
científicamente según los más ciertos principios filosóficos y teológicos. Solo
así podremos orientarnos, con la ayuda de Santo Tomás, en
este campo, como en tantos otros en los que se
nos presentan los desafíos de la cultura contemporánea.
Bibliografía
1
Este artículo fue publicado en Sapientia, 205 (1999) 59-68 que
ha autorizado su publicación en e-aquinas 2 Gaudium et Spes
22. 3 S.Th. I-II q.82-83 4 S, Th. I q.
106-114 5 S, Th. I-II q. 1-5 6 S, Th
I-II q. 5-8. 7 S, Th. I-II q. 6-21 8
S, Th. I-II q 8-17 9 S, Th.I-II q. 22-48
10 S. Th. I-II q. 49-70. 11 Cfr. Sigmund Freud:
Mas allá del principio del placer, en Obras completas, Bliblioteca
Nueva, Madrid 1967, vol. I, p. 1112: 12S. Th. I-II
q. 71-89 13 Sigmund Freud, Totem y Tabú,nos Aires 1993,
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109-114. 16 S.Th. I-II q 106-108 17 S.Th II-II q
1-46. 18 S.Th II-II q. 23-46 19 S.Th. II-II q.
47-170 20 Cfr. M. Echararría. La soberbia y la Lujuria
como patologías centrales de la psique según Alfred Adler y
Santo Tomás de Aquino, en: I. Andereggen-Z Seligmann, La psicología
ante la gracia, Buenos Aires 1997 21 S. Th. II-II,
Q 179-189 22 S. Th. III q. 7-15 23. S.
Th. III q. 2-2.
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