Autor: n/a | Fuente: Clarisas Capuchinas de Alcobendas, Madrid Hermanas Clarisas Capuchinas
Invitamos a las chicas que esten interesadas a conocer nuestra vida, a ponerse en contacto con nosotras
Hermanas Clarisas Capuchinas
Comunidad de Hnas. Clarisas Capuchinas de Alcobendas
Las
Hermanas Clarisas Capuchinas están bajo la protección de Sta. Clara
y su gran amor a CRISTO a quien adoraba de
modo especial en la Eucaristía y de su imitación a
San Francisco en el seguimiento evangélico.
Desde su aprobación en 1535
las Clarisas buscan cultivar la pobreza y austeridad en
sus pequeñas comunidades en que la fraternidad y alegría ,
a la vez que están atentas a la Palabra Divina.
Con
gran devoción a la Santisima Virgen le presentan sus trabajos,
encuentros con el Señor en la Liturgia y en la
oración y contemplación personales asi como en la Lectura y
rezo del Breviario.
Aunque la clausura les separa de familiares, amigos
y del mundo, no significa que se olvidan de ellos
sino que al contrario les tienen de modo muy
especial en su cercanía y oración.
Dos polos de su vida
comunitaria son la sala de trabajos manuales, etc. de donde
buscan su propia manutención y sobre todo la Capilla en
que saben está: EL MAESTRO QUE ESTA AQUÍ Y NOS
LLAMA....
Por la edad y enfermedades de las religiosas la comunidad
se ha ido reduciendo.
Clarisas y Terciarias Capuchinas
Orden de las Hermanas Franciscanas Clarisas Capuchinas
Las divisiones y reformas
de los franciscanos de la primera Orden se reflejó también
en la orden de las Clarisas, que dependían espiritualmente de
ellos. De ahí que, pocos años después del nacimiento oficial
de la Orden de los Capuchinos (1525), surgiera en Nápoles
el primer monasterio de clarisas capuchinas. Su origen fue un
hospital de incurables de Nápoles, fundado por la noble viuda
española María Lorenza Longo. Los primeros capuchinos llegados a la
ciudad se hospedaron allí y se hicieron cargo de la
dirección espiiritual de la comunidad de terciarias franciscanas que lo
atendían.
En 1533 la dirección cayó en manos de San
Cayetano de Thienne, fundador de los teatinos, que dió al
grupo un marcado acento contemplativo y obtuvo de la Santa
Sede para ellas la aprobación canónica con el nombre de
Hermanas Franciscanas de la Tercera Orden, mientras María Lorenza establecía
una clausura rigurosa. En 1538, San Cayetano las confió al
cuidado de los capuchinos, que no eran ajenos al nuevo
rumbo que tomaba la nueva fundación. Y el 10 de
diciembre del mismo año Pablo III confirmaba la erección definitiva
del monasterio bajo la Regla de Santa Clara, poniéndolo bajo
la dirección de los capuchinos, por expreso deseo de la
fundadora. Una disposición pontificia limitaba el número de monjas a
33, por lo que fue llamado popularmente "il Monastero delle
Trentatrè".
La característica principal de la nueva Orden de las
capuchinas será "la estrictísima observancia de la regla de santa
Clara": máxima pobreza, austeridad, estricta clausura, sencillez fraterna e intensa
vida de oración. Para lograrlo, sor María Lorenza adoptó las
Constituciones de santa Coleta, completándolas y sustituyéndolas en parte con
algunos puntos de las Constituciones de los capuchinos. La veneración
general de que fueron objeto desde un principio fue la
causa de que la nueva congregación se extendiera enseguida con
nuevas fundaciones en Italia (Perusa, Gubbio, Roma, Milán...) y en
el mundo. La primera fundación fuera de Italia fue la
de Granada, en España, donde Lucía de Ureña (+1597) fundó
las Capuchinas Mínimas del Desierto de Penitencia. En 1599
Angela Margarita Serafina Prat fundaba en Barcelona otra comunidad, "conforme
a la regla y estatutos de las monjas capuchinas de
Roma y Granada", como se decía en el decreto de
erección. A finales del siglo XVII eran ya 24 monasterios
en España. En 1665, un grupo de capuchinas fundaba en
la ciudad de México, extendiéndose la reforma rapidamente por todo
el país. Y desde Madrid llegaban a Lima (Perú) en
1713 y a La Antigua (Guatemala) en 1725. En Francia,
entre el 16013 y el 1619 surgieron monasterios de capuchinas
en París, Amiens (ex-recoletas) Marsella y Tours, de donde salieron
para fundar en Lisboa en 1665, a petición de la
reina de Portugal.
Siendo monasterios autónomos, tenían gran variedad de
usos y observancias, hasta que, en 1610, el Procurador general
de los capuchinos Jerónimo Castelferretti revisó las constituciones de Nápoles,
que fueron adoptadas por numerosos monasterios de Italia y España.
Otras obtuvieron constituciones propias aprobadas por sus obispos o por
breve pontificio. Hoy la Congregación cuenta con más de dos
mil religiosas y unos 150 monasterios (ver Directorio).
Entre sus
miembros destacan la fundadora, que murió el 21 de diciembre
de 1542 en loor de santidad, y la estigmatizada Santa
Verónica Giuliani (1660-1727), con su voluminoso diario donde relata sus
experiencias espirituales, que la convierten en una de las mayores
místicas contemplativas de la Iglesia. Recordamos también a su discípula
la beata Florida o Fiorita Cévoli (1685-1767) y a
la beata María Magdalena Martinengo (1687-1737), prodigio de penitencia y
austeridad.
Clarisas Capuchinas Sacramentarias o de la Adoración Perpétua
Las Clarisas Capuchinas
de la Adoración Perpétua son una rama de la orden
anterior, compuesta por 25 monasterios que comparten los mismos orígenes
y espiritualidad. La diferencia es que se dedican, por encima
de todo, a interceder y a ralizar el fin más
noble de la comunidad de orantes que es la Iglesia:
glorificar a Dios a todas horas en nombre de toda
la humanidad, sobre todo con la participación activa en la
Celebración Eucarística, que se prolonga en la Adoración, ofreciéndose a
sí mismas en favor de todo el mundo y de
las necesidades de la Iglesia.
Terciarias Franciscanas Capuchinas (TORCap)
Además de las
clarisas capuchinas, están afiliadas a la orden de los Hermanos
Menores Capuchinos las Capuchinas de Frances Taffin, pequeño grupo de
23 hermanas que viven en 4 monasterios y las Capuchinas
de la Tercera Orden Regular, con unos 16 monasterios.
También hay
Capuchinas fruto de la reforma homónima masculina. Se trata de
aquellos conventos femeninos de la tercera orden regular franciscana
(TOR) de entre los siglos XIV y XVI que, en
base a las Constituciones de la Orden, se convirtieron en
Terciarias Capuchinas, con autonomía propia. Entre ellas destaca la reforma
iniciada en Pfanneregg, Suiza, por Elisabeth Spitzlin, que se extendió
a otros conventos. A partir de 1958, 15 conventos de
terciarias capuchinas, sometidos a la visita del ministro provincial capuchino
o al obispo diocesano, se unieron en la Federación de
Santa Clara, que en 1965 contaba con 573 religiosas y
con 209 en el 2003. Se dedican principalmente a la
vida contemplativa, a la elaboración de hostias y ornamentos litúrgicos
y a la catequesis. En 1888, 1965 y 1967 fundaron
varias misiones y conventos en América Latina y en África.
Beata Florida Cevoli
Florida nació en Pisa el 11
de noviembre de 1685, de familia noble. Ingresó en las
clarisas capuchinas el año 1703, llegando a ser la mejor
discípula y compañera de Santa Verónica Giuliani, a la que
sucedió en el cargo de abadesa. Se distinguió por su
espíritu de oración, su inserción en las tareas sencillas y
cotidianas de la vida comunitaria, sus carismas extraordinarios, y por
el impulso que dio a su Orden en la observancia
fiel de la Regla. Murió el 12 de junio de
1767 en Città di Castello (Perusa). La beatificó Juan Pablo
II el 16 de mayo de 1993.
Lucrecia, undécima de los
catorce hijos de los condes Curzio Cevoli y Laura della
Seta, nació en Pisa el 11 de noviembre de 1685:
«Salió una niña agraciada, de índole despierta y de buena
inteligencia», afirman quienes oyeron hablar de sus primeros años. En
contraste con la precocidad mental, tardó en aprender a andar;
era gordota y no podía tenerse en pie. La condesa,
su madre, lo atribuía al vicio de hacerse llevar en
brazos y hacía responsable del retraso a la nodriza; pero
hubo de convencerse de que la causa estaba en la
debilidad de las piernas, que no sostenían el peso del
cuerpo.
Entre tantos hermanos y hermanas mayores que ella, era normal
que se convirtiera en el centro de atención de la
noble familia y de la servidumbre. Pero a medida que
Lucrecia fue adquiriendo conciencia de sí misma, se observó en
ella una reacción de rechazo hacia las manifestaciones de afecto,
que pudo ser interpretado como síntoma de un temperamento apático
o esquivo que podía comprometer la normalidad de las relaciones
en el futuro. La realidad era que estaba naciendo en
su ánimo -como ella explicará más tarde- un instinto superior
que la llevaba a evitar todo apego humano y toda
complacencia sensible, para poder reservar su corazón para Aquel que,
ya entonces, atraía su corazón, si bien todavía a escala
infantil.
Sorprendía a los demás con imprevistos desplantes, que desconcertaban. Hallándose
toda la familia de veraneo en su quinta de Cevoli,
la turba de los hermanos organizó una comedia de títeres.
Todos se dieron a componer y vestir los muñecos y
a disponer la sucesión de las escenas. A Lucrecia se
le confió el encargo de manejar los hilos, escondida bajo
el tablado. En lo mejor de la representación, ante numerosos
invitados, he aquí que las figuras se paran de pronto;
la pequeña operadora se niega a continuar no obstante todas
las insistencias. Aquella normal satisfacción ante el aplauso general por
el éxito produjo en ella una repulsa súbita, como si
estuviera sustrayendo a Dios lo que a El solo pertenecía.
A
este sentido de rectitud se unía una capacidad tal de
discernimiento que la hacía descubrir sin esfuerzo el desagrado de
Dios en sus acciones y en sus sentimientos. Hasta el
afecto que profesaba a su buena nodriza le pareció quitárselo
a Dios. Una de las infidelidades de la infancia, que
dejó en ella recuerdo permanente, fue en relación con la
Virgen María. Una mañana le había ofrecido un hermoso clavel
ante un gran cuadro que había en una sala; pero
más tarde, con la volubilidad propia de la edad, fue
a quitarlo y llevárselo. Por la noche, en el examen
de conciencia que acostumbraba a hacer, tuvo fuerte remordimiento de
semejante conducta.
Lucrecia crecía bella, con una belleza que todos
admiraban. Un día, siendo de unos seis años, oyó cómo
las mujeres de casa ponderaban entre ellas el atractivo de
la condesita silenciosa. Y le vino el deseo de cerciorarse
hasta dónde era verdad. Se subió con una silla sobre
una mesita para mirarse en un espejo, pero al puesto
de éste se encontró delante un cuadro de la Virgen,
y oyó en su interior que le decía:
-- ¡Eres
boba! ¿De qué sirven tales vanidades? Te basta ser bella
en el alma.
Le hicieron tal efecto estas palabras que, llena
de vergüenza, cerró todos los ventanillos. Y por toda la
vida lloraría aquella condescendencia con la vanidad.
Por lo demás, su
adiposidad venía a contrapesar la delicadeza de sus facciones y
le procuraba no pocas desazones, ya que a veces tenía
que renunciar a acompañar a los suyos en las salidas
para no serles de estorbo.
Entre los hermanos mayores había uno,
Doménico, que supo ganarse de modo especial su confianza, tal
vez por cierta afinidad de temperamento y de riqueza interior.
Era aficionado a la pintura y pasaba parte del tiempo
encerrado en su estudio, donde nadie tenía entrada excepto Lucrecia,
once años más joven que él. Vino a ser su
confidente y también su maestro de dibujo, habilidad que le
sería muy útil después en la vida claustral. Este pintor-ermitaño,
que moriría en fama de santidad, ejerció sin duda un
influjo en la orientación ascética de la hermanita.
Lucrecia aprendió las
primeras letras y se había iniciado en las labores femeninas
en la casa paterna; pero su rango familiar exigía una
formación intelectual y social en un internado según el uso
de la época. A los trece años entró como educanda
en el «noble monasterio» de clarisas de San Martín, donde
ya la habían precedido dos hermanas suyas. Bajo la guía
de las religiosas adquirió una esmerada formación literaria, con un
dominio notable de la lengua latina e italiana, sin excluir
la poesía; se perfeccionó en el bordado y demás aptitudes
femeninas.
Al propio tiempo llamó la atención de sus educadoras por
su profunda piedad, su espíritu de mortificación y su afán
de retiro, como también por su porte absorto y grave,
que le mereció el sobrenombre de la abadesita; y no
precisamente a motivo de sus modales afectados: todo lo contrario,
mostraba fuerte repugnancia a dejarse servir por las religiosas conversas,
como ya lo había hecho en su casa con la
servidumbre.
La educación recibida no modificó en ella aquella su
actitud esquiva hacia cualquier lisonja o halago por parte de
nadie, aun a riesgo de pasar por descortés, siendo como
era de trato fino y afable.
El llamamiento de Dios
Cuando Lucrecia
se despidió de las clarisas, su vocación estaba ya decidida.
Ella misma refirió más tarde el porqué de su opción
por el lejano monasterio de las capuchinas de Città di
Castello. Estando todavía en el educandato, aprovechó la presencia de
un confesor extraordinario, barnabita, que gozaba fama de docto y
de santo, para exponerle sus anhelos de una vida de
escondimiento y de austeridad, en pobreza total. El religioso examinó
el espíritu de la joven y sus motivos. Luego lo
hizo delante de sus padres. Al reparo de éstos sobre
la lejanía de aquel monasterio, respondió Lucrecia que precisamente por
eso lo había preferido, para poner distancia entre su vida
retirada y su patria y familia. Había además otro motivo:
hasta Pisa había llegado la fama de sor Verónica Giuliani,
la estigmatizada, que formaba parte de aquella comunidad.
No fue fácil
lograr el consentimiento de las capuchinas; fue necesario valerse de
algunas influencias, entre otras la de la princesa Violante de
Baviera, esposa de Fernando de Médici, hijo del Gran Duque
de Toscana. En marzo de 1703 llegó respuesta afirmativa. Y
comenzaron los preparativos para el viaje de la esposa. Era
uso entonces que, antes de dejar el mundo para encerrarse
en el convento, la joven aspirante hiciera una gira, en
traje nupcial, para despedirse de parientes y conocidos, emprendiendo después
el viaje. Llegado el día de la vestición, la esposa
era llevada por las calles hasta la iglesia conventual, en
carroza, bien escoltada de damas y caballeros. Pues bien, Lucrecia
había soñado para tal ocasión «un vestido de brocado con
fondo rosa»; pero, cuando llegó el momento de probárselo, se
halló con que el que le habían preparado tenía el
fondo blanco. Pudo dominar el primer sentimiento de contrariedad acordándose
de que había pedido al Señor verse privada, en aquella
gira, de toda satisfacción por legítima que fuera.
Recorrió primero los
monasterios de Pisa. Después, acompañada de sus padres, se puso
en camino, haciendo etapa en Florencia, donde fue muy agasajada
por el Gran Duque y su familia. Reanudó el viaje,
o mejor peregrinación, hacia el santuario de Loreto, donde pidió
por devoción el honor de barrer la santa Casa, y
lo hizo de rodillas, vestida de esposa, con el alma
llena de consuelo.
Llegada a Città di Castello, esperó la admisión
formal, con el voto de la comunidad, y la vestición;
ésta se celebró el 7 de junio de 1703, fiesta
de Corpus Christi; la presidió el obispo, quien le impuso
el nombre de sor Florida, por devoción al patrono de
la ciudad, san Florido. Se había preparado a la nueva
vida mediante la renuncia a toda satisfacción terrena; Dios le
hizo ver, en ese mismo momento, que debía renunciar también
a los consuelos espirituales. El rito de la vestición se
concluía con un gesto de elocuente significado: el obispo ponía
en el hombro de la novicia una cruz desnuda de
madera, y ella se encaminaba, a lo largo de la
iglesia, hacia la puerta del monasterio. La cruz era ligera,
pero sor Florida la halló tan pesada, que a duras
penas podía andar.
A la escuela de sor Verónica Giuliani
Sor Verónica
había sido depuesta del cargo de maestra de novicias en
1699, en virtud de las medidas tomadas por el Santo
Oficio respecto a ella después de la estigmatización. Pero la
comunidad pensó que nadie mejor que ella podía hacerse cargo
de la formación de la noble candidata y obtuvo le
fuera levantada la suspensión. Ella ha dejado descrita en su
Diario la lucha interior que hubo de sostener, no sintiéndose
a la altura de una misión tan delicada: ¿qué podía
enseñar a una joven dotada de una cultura muy superior
a la suya y con una madurez espiritual poco común?
Pero se sintió confortada cuando Jesús le prometió: «Yo seré
el maestro tuyo y de la novicia». También la Virgen
María vino en su ayuda, dándole a entender que se
trataba de un alma muy selecta: «Te recomiendo, Verónica, a
mi Floridina, gozo mío y gozo de mi divino Hijo».
Cuando
sor Florida se puso bajo la dirección de sor Verónica,
ésta gozaba ya de gran aceptación entre las hermanas; habían
quedado atrás sus penitencias rebuscadas, aquellas que ella definía ahora
«locuras que me hacía hacer el amor», y también en
gran parte los fenómenos externos; todo en ella se había
«intronsecado», todo era más íntimo y secreto. La novicia sería
muy pronto, no sólo su mejor discípula, sino su confidente
y testigo de algunas de sus experiencias corporales, ello por
disposición de los confesores.
No fue difícil la sintonía entre maestra
y novicia, especialmente cuando sor Verónica descubrió que la joven
estaba llamada a recorrer, como ella, el camino de la
cruz. Le costó, sí, a la condesita hacerse al modo
llano y espontáneo, quizá no siempre delicado, tradicional en las
capuchinas; pero no tardó en asimilarlo, contenta de sacudirse el
amaneramiento del ambiente en que había crecido. Sufría cuando se
veía tratada con especiales miramientos por causa de su origen
familiar. A un confesor, que le preguntó sobre su condición
social, le respondió:
-- Mi padre vendía aceite.
Y no mentía:
uno de los mejores ingresos de los nobles de Toscana
provenía, en efecto, de la cosecha de los olivares de
sus tierras.
Hubiera querido abrazar con el máximo rigor todas las
observancias conventuales, de modo particular el ayuno perpetuo impuesto por
la Regla; pero, después de varias pruebas, hubo de convencerse
de que no era ésa la voluntad de Dios: su
estómago no soportaba tal régimen, por causa de la rapidez
de su digestión; por prescripción médica se veía obligada a
tomar alimento varias veces al día.
Emitió la profesión el 10
de junio de 1704. Era norma que las neoprofesas continuaran
en régimen de noviciado por otros dos años, si bien
con velo negro y colaborando con las otras profesas en
los oficios. Sor Florida pidió, por gracia, proseguir con el
velo blanco, observando el silencio como lo había hecho el
primer año.
De lo que fue para ella la dirección de
su venerada maestra poseemos su propio testimonio en el proceso
de canonización de sor Verónica: era una pedagogía exquisitamente evangélica,
centrada en lo fundamental.
En 1708 sor Florida tuvo la amarga
noticia de la muerte de su querido padre, el conde
Curzio Cevoli, seguida a los pocos días de la de
su madre, ambas repentinas. Al dolor de la pérdida se
juntó la incertidumbre sobre la suerte eterna de los dos.
Sólo recobró la paz cuando su santa maestra conoció por
luz superior que estaban en camino de salvación y cuando,
juntamente con ella, se ofreció a satisfacer por ellos las
penas del purgatorio.
Discípula e hija espiritual de sor Verónica, no
fue sin embargo una copia de ella. Ni por carácter
ni por fe era una mujer propensa a mimetismos infantiles.
Amó a su maestra, la admiró profundamente, veneró en ella
la riqueza de dones superiores de que estaba adornada; fue
para ella un modelo de fidelidad a Dios, pero no
un patrón que reproducir; más aún, reaccionaría siempre con repulsa
ante favores o fenómenos extraordinarios que pudieran colocarla a la
par con la estigmatizada.
A tal abadesa tal vicaria
De profesa
sor Florida se ejercitó en los varios servicios a la
comunidad, aun los más humildes, como era uso entre las
capuchinas: cocina, lavandería, enfermería, etc. Desempeñó, todavía joven, el importante
cargo de portera o tornera. Pero el empleo en el
cual la hallamos habitualmente es el de boticaria o encargada
de la farmacia conventual, donde eran preparados los remedios empíricos,
siempre bajo vigilancia del médico. Es posible que tuviera ya
de antes alguna preparación en este ramo. Lo cierto es
que a esta su especialización debe el monasterio el valioso
botiquín portátil, regalo de la familia Médici de Florencia.
El 5
de abril de 1716, después de haber obtenido de Roma
la revocación de la privación de la voz pasiva, que
pesaba sobre sor Verónica, ésta fue elegida abadesa; la comunidad
le dio como vicaria a sor Florida, que entonces contaba
31 años de edad. Terminado el primer trienio, fueron reelegidas
ambas para los mismos cargos; lo cual se fue repitiendo
al cabo de cada trienio hasta la muerte de sor
Verónica.
Sor Florida será siempre la colaboradora fiel y válida de
la que para ella seguirá siendo maestra más que superiora.
Ésta halló en su vicaria una ayuda verdaderamente preciosa, una
verdadera secretaria, ante todo en el sentido etimológico del término,
o sea, una confidente con quien podía compartir los «secretos
de Dios», tareas que requerían un nivel cultural superior al
de la Giuliani. Recibía y respondía a las cartas que
le llegaban en gran número, ya que Verónica tenía prohibido
mantener correspondencia si no era con el obispo, con el
confesor y con sus hermanas clarisas. Le transcribía largas secciones
del Diario, ya sea porque se requería el duplicado, ya
para una mejor presentación ortográfica.
Y Verónica siguió ayudándola en la
respuesta cada día más generosa a la acción de la
gracia, dejándola caminar bajo la guía del Espíritu.
En la corte
de los Médici se mantenía viva la impresión dejada por
Lucrecia en su visita de despedida. De manera especial le
había quedado aficionada la princesa Violante, la cual, en 1714,
fue a visitar el monasterio para verla y venerar a
sor Verónica. Más tarde, cuando ella era vicaria, el Gran
Duque Cosme III, espléndido bienhechor del monasterio, se propuso fundar
un convento de capuchinas en la capital de su estado,
Florencia; hizo cuanto pudo para obtener que fuera como fundadora
«su Cevolina», como él la llamaba, pero halló siempre la
negativa cerrada, sea por parte de sor Verónica, apoyada por
la comunidad, que no se resignaba a perder a una
religiosa de tanta valía, como por parte de la misma
sor Florida que, en su voluntad de desapego total, se
resistía a volver al ambiente social y familiar del cual
se había alejado para seguir su vocación. La fundación se
hizo, pero con capuchinas del monasterio de Perusa.
Veinticinco años
a la guía de la comunidad
El 9 de julio de
1727 la muerte ponía fin a la peregrinación de amor
y de dolor de Verónica Giuliani. El 21 del mismo
mes se celebró capítulo, en el cual fue elegida abadesa
sor Florida. Ninguna como ella, pensaron las religiosas, estaba en
grado de dar continuidad al magisterio y a las directivas
de la santa maestra. Con sus 42 años de edad,
poseía cuanto se podía desear de madurez humana, de talla
espiritual y de dotes morales para ser guía y modelo
de la numerosa comunidad.
Ella, en cambio, no se sentía a
la altura de semejante responsabilidad. Orando ante una imagen de
la Virgen que tenía en su celda, le pareció entender
que la misma Virgen le aseguraba que no sería elegida
mientras tuviera consigo la imagen. Al exponer esta esperanza suya
al confesor, éste le dio orden de llevar al coro
aquella imagen; así es cómo María mantuvo su palabra y
ella se vio elegida. Y sería reelegida por tres trienios
consecutivos (1730, 1733 y 1736); después de un trienio de
reposo, fue nuevamente elegida en 1742 y luego reelegida otras
dos veces. Y todavía en 1761, con 76 años de
edad, cuando pensaba en ir preparándose «para morir como capuchina»,
según escribía a la abadesa del convento de Siena, hubo
de plegarse una vez más a la voluntad de las
hermanas. Apoyada en un bastoncito, logró seguir la observancia y
atender a las exigencias del cargo. Complexivamente ejerció el oficio
de abadesa por 25 años y el de vicaria por
otros 20. No asumió la responsabilidad inmediata de la formación
de las novicias, pero ejerció este oficio en forma indirecta,
ya que las actas capitulares añaden al nombre de la
designada como maestra: «Con la ayuda de la abadesa».
Cada nueva
elección era para ella motivo de confusión y de sufrimiento,
pensando en la gran responsabilidad que pesaba sobre ella; por
otra parte, la conciencia de tener que ser modelo de
sus hermanas era un nuevo estímulo para su entrega a
Dios y para su fidelidad a los compromisos de la
vida religiosa. En sus cartas a las capuchinas de Siena
se expresaba en estos términos: «No tengo de religiosa otra
cosa que el hábito... Por caridad, ayudadme con la oración
para que Jesús me conceda comenzar de una vez a
ser lo que debo, y que no siga sirviendo de
obstáculo a esta santa comunidad, sólo por mí profanada... Esta
pobre comunidad, ¡oh, cómo pierde con mi mal gobierno!»
Hermana entre
las hermanas, tomaba parte como cualquier otra en las faenas
conventuales, aun las más humildes. No permitía actitudes obsequiosas con
su persona. Repetía: «Jesús me guarde de la tentación de
dejarme servir». Obediencia pronta y alegre sí, pero nunca manifestaciones
serviles. Una hermana, viéndola moverse con dificultad, se ofreció a
barrerle la celda, pero no se lo permitió en manera
alguna.
Hubiera querido estar a los pies de todas. No perdía
oportunidad de satisfacer este deseo mediante actos de humillación pública,
entonces en uso en las comunidades claustrales. Lejos de usar
modos autoritarios, cuando debía dar una orden o una corrección
lo hacía con gran caridad y humildad.
No obstante dejó en
el monasterio el recuerdo de un rigorismo inflexible en el
modo de guiar la comunidad, atenta a la pura observancia
de la Regla y de las Constituciones, especialmente por lo
que hace a la pobreza. No se contentó con mantener
el nivel alcanzado bajo el gobierno de santa Verónica, quiso
ir más adelante, contando con el fervor de las hermanas
y con la confianza que éstas depositaban en ella al
reelegirla. Con los años, como sucede de ordinario, fue suavizando
aquel rigor y se mostró más comprensiva y condescendiente, convencida
tal vez de que la tensión permanente en pretender lo
perfecto puede degenerar en un formalismo sin vigor evangélico.
Las hermanas
que testificaron en orden al proceso de beatificación recuerdan con
admiración la eficacia de su ejemplo personal, sus exhortaciones llenas
de sabiduría superior y de celo por el bien de
todas. Solía repetir: «Jesús quiere ser servido por nosotras y
por todos a modo suyo, no a modo nuestro». Y
también: «Por nuestro buen Dios todo es poco, lo que
se hace y lo que se padece».
Insistía sobre la caridad
fraterna, que se debía manifestar en la solicitud de las
unas por las otras, en la colaboración y hasta en
las maneras delicadas y corteses del trato. Todo en un
clima de alegre sencillez franciscana y de igualdad, sin diferencia
entre hermanas de coro y conversas o «de obediencia», sin
títulos ni tratamientos rebuscados. Ella se hacía llamar sencillamente «sor
Florida». Y quería le fuera dado el tratamiento italiano del
voi, común entre iguales, y no el de lei (usted),
que era la fórmula de respeto, uso al que les
costaba habituarse a las jóvenes recién llegadas. No contenta con
la igualdad interna, sin discriminación alguna, hubiera querido volver también
a la Regla de santa Clara en lo tocante a
las hermanas externas, que no profesaban clausura. Por propia cuenta
pidió y obtuvo de Roma hacerlas vivir con las demás
dentro del convento, a fin de que pudieran compartir la
vida comunitaria con las demás. Pero halló fuerte oposición entre
las claustrales y, probablemente, también entre las interesadas; y tuvo
que renunciar a su intento.
Desde novicia sor Florida se distinguió
por una extrema pobreza personal. En la renovación de la
comunidad, llevada a cabo por santa Verónica durante su gobierno,
la pobreza ocupaba el centro del programa, y se pensaba
que no se podía ir más lejos en la «expropiación»
de las hermanas. Pero sor Florida desplegó un celo todavía
más avanzado, imponiendo un desprendimiento radical y una línea de
austeridad y de sencillez así personal como comunitaria. No toleró
ninguna curiosidad en las celdas. En 1732 el capítulo de
la comunidad tomó la decisión de quitar de los ornamentos
sagrados toda ornamentación en oro. Otro paso audaz dio en
1737, asimismo por decisión capitular, y fue la sustitución de
los cuadros al óleo, que había en el coro, con
sencillas estampas de papel de las estaciones del Vía Crucis.
Todo ello con el consiguiente consentimiento del obispo.
Austera consigo misma,
y amante de la sencillez y de la austeridad en
las cosas externas, era en cambio generosa en proveer a
las hermanas de todo lo necesario, sobre todo cuando se
trataba de mirar por la salud y por la higiene
personal.
En todos esos años sor Florida se sintió obligada con
una doble deuda para con santa Verónica. Ante todo, se
ocupó de impulsar la prosecución del Proceso de canonización de
la que todos designaban con el título de Venerable; había
sido iniciado ya el mismo año de su muerte, 1727,
a nivel diocesano; durante el proceso apostólico, con una larga
declaración muy detallada. La comunidad halló modo de afrontar los
gastos gracias a la ayuda de válidos bienhechores, entre los
que figuraban los hermanos de la abadesa. Ella seguía de
cerca todos los pasos de la Causa; hacía imprimir y
difundir estampas de la Venerable. Pero los procedimientos eran lentos
y los gastos se multiplicaban. Sor Florida murió sin ver
logrado su anhelo: la beatificación de Verónica no llegaría hasta
el año 1804 y su canonización en 1839.
La otra deuda
con su venerada maestra era la fundación de un monasterio
de capuchinas en Mercatello, en la antigua casa de los
Giuliani. No le fue fácil lograr que el proyecto fuera
aceptado por el obispo de Urbania y por el clero
de Mercatello, población pequeña de montaña, donde ya existía el
monasterio de Santa Clara. Pero logró conseguir buenos colaboradores y
bienhechores. En 1753 fue colocada la primera piedra. Sor Florida
estaba al tanto de cada particular; se conservan medio centenar
de cartas suyas a los delegados del obispo para la
construcción del edificio. Antes de morir, en 1767, pudo tener
el consuelo de saber que la obra estaba terminada y
que sólo se esperaba la aprobación pontificia para realizar la
fundación. El monasterio sería inaugurado seis años después, en 1773.
«No
se enciende una lámpara para tenerla oculta bajo el celemín»
(Mt 5,15)
La paradoja de la vida contemplativa, que se repite
dondequiera que haya un corazón abierto enteramente a la acción
de Dios, es patente en la vida de Florida Cevoli:
una espléndida irradiación benéfica sobre cuantos buscan su intercesión, su
consejo o sencillamente su don de consolar y de dar
ánimos, tantísimos que experimentan el atractivo de su experiencia de
lo divino.
Por mucho que la hija de los condes de
Cevoli tratara de olvidar y hacer olvidar su rango social,
era aquella una realidad que no era posible anular. Sus
hermanos y sus hermanas se sentían muy unidos a ella
y se convirtieron en bienhechores habituales del monasterio. Familiares y
parientes eran conscientes de tener una santa en la capuchina
de Città di Castello. Esta fama de santidad tuvo amplia
difusión desde que sor Florida fue elegida abadesa. Según algunos
testimonios, el radio de expansión de la fama de la
Cevoli fue más vasto de lo que había sido el
de santa Verónica, teniendo en cuenta que ésta vivió totalmente
incomunicada con el exterior, mientras que la Cevoli recibía visitas
de toda clase de personas y mantenía una constante correspondencia.
Casi todas las cartas recibidas por ella tenían como fin
pedirle oraciones y consejo en situaciones delicadas.
Sería largo enumerar las
personalidades de quienes se tiene noticia que mantuvieron comunicación con
ella. De la familia Médici de Florencia, además de la
ya mencionada princesa Violante, la visitó en 1728 la princesa
Eleonora y el marqués Lucas de Médici, que le consultó
sobre su elección de estado. Mención especial merece la amistad
espiritual con María Clementina Sowieski, princesa polaca, esposa de Jacobo
III Stuardo, pretendiente al trono de Inglaterra, residente en Roma.
Città
di Castello es deudora a sor Florida por su mediación
de paz en una coyuntura grave de su historia. A
la muerte del papa Benedicto XIV, en 1758, estalló en
la ciudad un motín popular contra la autoridad local; durante
un mes los amotinados fueron dueños de la población, hasta
que llegó la noticia de la elección del nuevo papa
Clemente XIII, y las tropas lograron poner orden. Fueron procesados
los numerosos responsables de la sublevación. El obispo, monseñor Lattanzi,
apoyado por el clero secular y regular, asumió el difícil
cometido de lograr la amnistía; para ello se sirvió de
un expediente que consideró eficaz: invitó al comisario pontificio a
hacer una visita al monasterio de las capuchinas; en un
momento, como estaba planeado, sor Florida, que era vicaria, se
arrodilló a los pies del comisario y, con gran vehemencia,
pidió misericordia para los imputados y compasión para sus familias.
El comisario prometió referir al papa la petición de la
religiosa. Siguieron días de incertidumbre. Sor Florida escribió personalmente al
secretario de Estado, cardenal Torregiani, que la veneraba desde que
fue gobernador de Città di Castello. Por fin llegó el
decreto de amnistía total, que fue recibido con general algazara
por toda la ciudadanía.
Una espiritualidad centrada en el amor
Sor Florida,
al dar comienzo a su noviciado bajo la guía de
sor Verónica, poseía ya una no exigua experiencia interior de
rasgos bien definidos. Verdadera discípula de la Santa, no anuló
su personalidad humana ni espiritual ante la exuberancia mística de
su maestra.
Los datos biográficos que conocemos permiten trazar, en parte,
los rasgos del sujeto humano, sobre el cual obró la
gracia. Como hemos visto, ya desde niña tendía a la
obesidad. Las enfermedades que la aquejaron fueron doblegando progresivamente sus
miembros, pero sin hacerle perder aquel su innato continente que
infundía respeto. Estaba dotada de gran habilidad para las labores,
escribía con soltura y buen ingenio sus cartas, con una
bella caligrafía cuyos trazos revelan claridad de objetivos y firmeza
de carácter. Se movía holgadamente en los varios asuntos, aun
económicos, demostrando notable sentido práctico. No faltaban, con todo, las
limitaciones, por ejemplo su inhabilidad para el canto, que constituía
una semejanza más con santa Verónica, la cual dejó escrito:
«No sé cantar». De sor Florida afirma una de las
hermanas en el proceso: «No poseía buena voz para el
canto, y ni siquiera oído». De sus cualidades literarias, especialmente
poéticas, tenemos ejemplos en algunas composiciones hechas con ocasión de
los solaces familiares de la comunidad.
Los testimonios la describen como
muy afable y suave en el trato, más por virtud
que por temperamento, ya que «era de natural enérgico y
fuerte, y hasta difícil, por lo cual tenía que dominarse
mucho, logrando, con la ayuda de Dios, domar su carácter».
Entre
las virtudes evangélicas de sor Florida la que más ponderan
quienes la conocieron es su humildad, que se manifestaba en
cada palabra, en cada acción suya, no menos que en
su afán de verse humillada. Pero era una humildad sin
afectación. Enemiga de comportamientos convencionales, trataba de habituar a las
religiosas a la sinceridad en el obrar y a la
rectitud en el juzgar. Por causa de su debilidad de
estómago, como hemos visto, no podía observar el ayuno de
regla como las demás y debía tomar alimento fuera de
hora. Pues bien, en vez de esconderse, para evitar de
hacerlo en público, se dejaba ver delante de todas con
trozos de pan o una fruta en la mano, comiendo
con desenvoltura; y, cuando alguna de las antiguas le decía
que hiciera por no dejarse ver de las jóvenes, que
podrían desedificarse, respondía:
-- Lo sabe Dios, y me gusta que,
si Él lo sabe, lo sepan también las criaturas, que
yo no ayuno.
Lo mismo que en el caso de santa
Verónica, también en el de nuestra Beata tuvieron una parte
importante los confesores, con los cuales se conducía con fe
y obediencia total. Pero no hay indicios de que ellos
hayan ejercido un influjo determinante en su espiritualidad.
En sus cartas
sor Florida usa un encabezamiento que resume la esencia de
su espiritualidad: Iesus Amor Fiat Voluntas tua (Jesús, Amor, hágase
tu voluntad). Son los dos polos en torno a los
cuales se movía su vida toda: Jesús, el Esposo divino,
blanco de su amor, y la voluntad de Dios, esa
«maestra de toda virtud», como la denominaba santa Verónica.
Su contemplación
habitual era de la Pasión de Cristo. Cada viernes era
para ella el día de sensibles experiencias íntimas. Declara una
de las hermanas: «La compasión de los dolores de la
Pasión se manifestaba en suspiros del corazón y en lágrimas
de los ojos, si bien por su natural no era
fácil al llanto».
Otro centro de su piedad era la Eucaristía.
Suspiraba por el momento de la comunión. Hubiera querido introducir
en la comunidad la comunión diaria, pero no había llegado
el tiempo de semejante frecuencia; a los dos días semanales
ya existentes, logró añadir otros dos, y buscaba motivos litúrgicos
para acrecentar la frecuencia.
Añadamos la devoción al Sagrado Corazón de
Jesús, heredada de santa Verónica; fue para ella una fecha
de júbilo extático cuando la comunidad rezó por primera vez
el Oficio de la fiesta del Sagrado Corazón, aprobado por
Clemente XIII. Y, como no podía ser menos en una
discípula de santa Verónica, sor Florida profesaba un amor tierno
a la Virgen María; más que devoción, era una verdadera
espiritualidad mariana.
El itinerario místico de sor Florida hubiera podido ser
conocido, como el de su santa maestra, si poseyéramos sus
relaciones autobiográficas. Hubo un confesor que la obligó a poner
por escrito sus experiencias; pero, a la muerte de éste,
Florida se hizo devolver todos sus apuntes y, sin más,
los dio a las llamas. Le repugnaba ser tenida en
esto, como en otros particulares, como una réplica de su
maestra.
Hemos de contentarnos, pues, con los testimonios de las religiosas
y de sus últimos confesores. Y éstas nos hablan del
hábito permanente de la presencia de Dios que observaban en
ella, de su continua absorción en Él, incluso durante sus
ocupaciones exteriores. Todas las hermanas fueron testigo de sus ímpetus
de amor, de los incendios en el corazón, de los
arrobamientos y de la violencia que con frecuencia tenía que
hacerse para no ceder a la absorción interior. Pero la
manifestación más elocuente de su corazón enamorado era el modo
como hablaba de su «amado Bien», sea en los capítulos
de comunidad, sea en sus exhortaciones privadas a las hermanas.
Fue
un 25 de marzo, fiesta de la Anunciación, en el
segundo año de su cargo de abadesa, cuando tuvo un
cúmulo de gracias y de experiencias místicas, a las que
siguieron otras en años posteriores, entre ellas el desposorio místico,
la corona de espinas, la herida en el corazón. Cuando
ésta se produjo, por el año 1747, lloró copiosamente, sea
por la confusión de verse con aquella señal externa, sea
porque miraba con horror todo cuanto pudiera asemejarla a santa
Verónica. A las hermanas, que le preguntaban qué le sucedía,
les dijo que la atormentaba un cáncer que se le
había formado en el pecho; pero al confesor hubo de
decirle la verdad, y le rogó que interpusiera su obediencia
para verse libre de la herida externa; se ofrecía a
Dios para verse llena de llagas de la cabeza a
los pies antes que recibir tales favores divinos. Así lo
hizo el confesor, y ella se vio libre de los
efectos de la herida; y fue diciendo a las hermanas
que el confesor la había curado milagrosamente del cáncer. Parece
que la misma sustitución del favor místico por una llaga
general en todo el cuerpo pidió al Señor cuando, en
un éxtasis ante el crucifijo, Él le hizo comprender que
quería comunicarle sus sagradas llagas.
Tal debió de ser el origen
del herpes que la invadió totalmente y la tuvo en
un estado digno de compasión en los dos últimos decenios
de su vida.
Los testimonios hablan de numerosos hechos milagrosos operados
por sor Florida como efecto de su fe sencilla en
la providencia amorosa de Dios. Hablan también de sus sorprendentes
previsiones y del don de penetrar el interior de las
personas.
En el misterio del amor "penante"
Cuando el amor pasa por
la Cruz, se hace «amor penante», diría santa Verónica; la
vida misma toma el significado de una crucifixión purificante y
redentora, de un martirio cuyo verdugo es el Amor.
Sor Florida
alimentaba una sed insaciable de padecimientos, cuyo origen no era
otro que la contemplación amorosa de la pasión de Cristo
y el deseo de configurarse con el Redentor paciente. No
contenta con las renuncias, austeridades y privaciones que comporta la
vida de una capuchina, buscó en las penitencias la expresión
de su amor al Esposo crucificado. Se añadieron luego las
desolaciones interiores, las tentaciones de toda especie, las dolorosas y
molestísimas enfermedades.
En los primeros años de vida religiosa hizo largo
uso de disciplinas, cadenas, cilicios y otros instrumentos de mortificación
corporal; pero más tarde le fue suficiente para tener sujeta
la parte inferior el sufrimiento de sus dolencias; todavía, sin
embargo, la oyeron las hermanas ensañarse con sus miembros hechos
pura llaga.
El padecer interior, más cruel que el exterior, la
acompañó desde su ingreso en el monasterio. Durante treinta años
fue acosada por horribles tentaciones contra la virtud de la
fe y de la esperanza, hasta ponerla a veces al
borde de la desesperación. Ella misma refirió en el proceso
de canonización de santa Verónica cómo, siendo novicia, fue liberada
por su maestra de una fortísima tentación en que llegó
a ver el infierno abierto delante de sí. Otra vez,
hallándose enferma la misma Santa, fue a verla, presa de
verdadero desvarío, y le dijo:
-- ¿Me salvaré o no me
salvaré?
La Santa le mandó traer un niño Jesús, al que
pidió una señal de la seguridad de la salvación de
su hija espiritual. El Niño tomó con su manecita un
dedo de Verónica, teniéndolo muy estrecho por espacio de una
hora. Sor Florida fue a llamar a las religiosas para
que presenciaran el prodigio. A duras penas se consiguió separar
la mano del Niño. «Quedó en el dedo de sor
Verónica -concluye sor Florida su declaración- la señal de la
comprensión. Todo ello, ocurrió en mi presencia». Y efectivamente, todavía
hoy se conserva el milagroso Niño con su dedito encorvado,
como se le vio entonces.
Pero las ansiedades de la joven
no terminaron. Y llegaron al punto de no poder quedarse
sola de noche en su celda, por lo que intervino
el confesor a fin de que fuera a dormir en
la de sor Verónica, como lo hizo durante siete años.
Las
tentaciones y las ansiedades duraron hasta el año 1728, a
raíz de la muerte de santa Verónica, como si ésta,
ahora su protectora, le hubiera obtenido el don de la
paz.
Hacia el encuentro con el Amor
La verdadera cruz de
sor Florida fue el herpes, que como se ha dicho
la hizo sufrir indeciblemente en los veinte últimos años de
su vida; ella lo consideraba como un don del Señor
al puesto de los fenómenos místicos corporales. Las hermanas que
la conocieron la describen «despellatada de la cabeza a los
pies». Debía hacerse grandes esfuerzos para no rascarse; a veces
decía a la hermana que la acompañaba:
-- No me deje
sola, porque cuando estoy acompañada logro más fácilmente vencerme para
no rascarme.
Pero lo que más la hacía sufrir era el
saber que, por la fétida exudación del mal, era causa
de mortificación y de asco para cuantos se le acercaban.
Ella todo lo soportaba con gran fortaleza, más aún, con
verdadero gozo interior y exterior. A una religiosa que le
aconsejaba que pidiera a Dios la aliviara de un mal
tan atroz, le respondió:
-- ¡La voluntad, la voluntad de Dios
hasta el día del juicio!
Los médicos que la atendían quedaban
sorprendidos de tanta serenidad y paz, más aún, de aquel
buen humor con que se había hecho a tolerar una
dolencia que muchas veces lleva a la desesperación a los
pacientes.
Cuando se vio liberada finalmente de la responsabilidad como abadesa,
en 1764, si bien tuvo que aceptar aún el cargo
de vicaria, hizo unos ejercicios espirituales como disposición para el
paso a la eternidad. Desde tiempo atrás venía haciendo un
retiro mensual con ese fin.
Los males volvieron con mayor gravedad.
Su cuerpo era una pura llaga; no podía caminar sino
apoyada en una o dos hermanas. Y, lo que es
más sensible, su cerebro, a los ochenta años, mostraba las
señales de la senilidad que la infantilizaba. La abadesa, de
acuerdo con el confesor, encomendó el cuidado continuo de la
anciana vicaria a una joven profesa, imponiéndole a ella que
le obedeciera en todo. Era conmovedor verla ejecutar puntualmente cuanto
le mandaba la joven, estarse junto a ella y responderle
con sencillez a sus preguntas.
La Eucaristía seguía siendo el centro
de su vida. No se podía resignar a verse privada
de la comunión. En los últimos meses las hermanas la
llevaban en una silla; se hacía llevar también a visitar
al Santísimo y más de una vez la hallaron arrastrándose
trabajosamente para ir al corito de la enfermería.
A los sufrimientos
exteriores se unieron crueles crisis interiores. Pero fueron tempestades de
breve duración: la impresión que daba a quien se le
acercaba era de una profunda paz interior; su espíritu, aun
en aquella situación de chochez, se hallaba absorto en el
deseo del sumo Bien, aún con evidentes ímpetus de amor.
Recibió
en pleno uso de sus facultades el santo Viático y
la unción de los enfermos, y el 12 de junio
de 1767, de madrugada, expiró plácidamente. Su rostro quedó sonrosado,
con una expresión de gozo como si estuviera en éxtasis.
Sabiendo
que sor Florida, de modo semejante a santa Verónica, había
hablado alguna vez, en plan íntimo, de ciertos signos que
tenía grabados en el corazón, el obispo autorizó el examen
necroscópico, bajo la dirección del cirujano Bonzi. Se hicieron detenidas
inspecciones y se pudo comprobar que, en el arranque de
la arteria aorta, se distinguían unas formaciones que no tenían
una explicación natural.
Apenas se esparció la noticia de la
muerte de sor Florida, hubo una conmoción en la ciudad.
Por tres días desfilaron toda clase de personas para venerar
su cuerpo. Y comenzaron a difundirse las gracias obtenidas por
intercesión de la sierva de Dios. Habían pasado sólo unos
meses desde el funeral, cuando apareció en Città di Castello
el padre Carlos de Padua, capuchino, con especial comisión pontificia
para mover el proceso informativo diocesano en orden a la
beatificación. Logró reunir buena documentación y, sobre todo, numerosas relaciones
escritas por las capuchinas; pero el proceso no fue iniciado
canónicamente hasta el año 1827, y procedió muy lentamente; sólo
el 19 de julio de 1910 Pío X promulgó el
decreto de la heroicidad de las virtudes. Todavía se ha
tenido que esperar largo tiempo hasta contar con el requisito
del milagro; pero también éste ha llegado, al reconocerse el
carácter sobrenatural de una curación obtenida por intercesión de sor
Florida, en virtud del decreto de Juan Pablo II del
13 de junio de 1992. Tras lo cual, el mismo
Romano Pontífice procedió a la solemne beatificación el 16 de
mayo de 1993.
Santa Verónica Giuliani (1660-1727)
Santa Verónica,
monja clarisa capuchina, fue de niña caprichosa y vivaracha, a
la vez que piadosa y de buen corazón. A los
16 años entró en el monasterio de Città di Castello,
en el que fue muchos años maestra de novicias y
abadesa. Destacó por su vida de oración y alta contemplación,
acompañada de fenómenos místicos extraordinarios, relacionados especialmente con la Pasión
de Cristo. En el «Diario» que escribió por orden de
sus confesores nos ha dejado un elocuente testimonio de sus
experiencias místicas.
En medio de populosas ciudades, en las que el
tráfago impetuoso de la vida moderna se mueve alocado y
febril, vemos a veces un pobre convento, circundado de misterio
y de austeridad: es un convento de monjas capuchinas. El
alma se estremece ante noticias y leyendas que pretenden traspasar
los muros y revelarnos los secretos de esas monjitas, prodigios
de penitencia y de virtud, sepulcros de silencio, huertos perfumados
con una fragancia celestial, pero impenetrables como los jardines de
los dioses. En uno de esos conventos vivió su vida
de amores divinos Verónica Giuliani.
Las puertas de su monasterio, y
aun las puertas de su alma, se nos abren de
par en par en este caso, porque la misma Verónica
nos ha dejado una llave de oro, invitándonos a entrar
y a recrearnos con las bellezas escondidas del más deleitoso
de los vegetales. Esa llave es su «Diario», escrito por
un providencial mandato de sus confesores. Hoy esa alma no
tiene secretos para el lector: podemos enfrascarnos y nadar en
un piélago de maravillas, sin peligro de que asome a
nuestros labios el gesto del desdén o de la incredulidad.
Los santos no mienten, aunque nos hablen prolijamente, como Verónica
Giuliani, de sus arrobamientos, de sus éxtasis o de sus
triunfos.
* * *
Nuestra heroína es una de las almas
más extraordinarias que han florecido en la Iglesia Católica. Su
vida llegaría a parecernos inverosímil, como un relato fantástico, si
no contáramos con los más autorizados y serios testimonios. Además
de sus propios escritos, abundantes de pormenores, tenemos las declaraciones
no menos prolijas de sus confesores y de otras muchas
personas que conocieron a la extática virgen capuchina.
Alguien ha podido
decir que «ninguna mujer, después de la Virgen María, ha
sido tan favorecida por el cielo como nuestra santa»; y
que «en ella se encuentran reunidas y superadas todas las
maravillas que admiramos en otras santas como Catalina de Siena,
Teresa de Jesús, Magdalena de Pazzis; en ella brillan los
dones más extraordinarios, más raros y más ricos de la
gracia; y en ella se completa, por manera inefable y
única en los faustos de la Iglesia, la misma Pasión
de Nuestro Señor Jesucristo».
La gran vidente capuchina lleva hasta el
límite, por así decirlo, el endiosamiento de un alma, su
entrega total al Señor, esa «vida oculta con Cristo en
Dios», según la frase magistral y expresiva de San Pablo.
Su
biografía es un tejido deslumbrante de piedras preciosas: todos los
carismas, todos los dones del Espíritu Santo, los favores más
estupendos y los dolores más insoportables aparecen narrados con infantil
sinceridad en las páginas del «Diario»: «A mayor honra de
Dios, y para cumplir su santa voluntad, con mortificación y
rubor describo cuanto paso a explicar, sólo por pura obediencia».
Así comienza este libro de maravillas. Y nosotros debemos bendecir
al Señor con toda el alma por haber inspirado a
los superiores y confesores de la santa ese mandamiento que
viene a mostrarnos a la luz del día lo que
con mucha razón se ha titulado: «Tesoro oculto». Muchos años
ignoró el mundo gran parte de ese tesoro, hasta que
el jesuita padre Pizzicaria lo sacó al público, editándolo en
los últimos años del pasado siglo. Son diez grandes volúmenes
escritos en 1693 y años siguientes, y llegan hasta los
últimos días de la santa. Su lectura ha de hacerse
en pequeños sorbos, porque el estilo desaliñado de la autora,
sus digresiones y la narración de infinitos casos parecidos producen
a la larga alguna fatiga que privaría al lector de
sacar todo el provecho posible.
* * *
La pluma de Santa
Verónica no tiene aquel gracejo y ática finura de las
obras similares de Santa Teresa de Jesús; no deleita con
el donaire y el desenfado españolísimos de la virgen de
Avila; aquí no hay galas de estilo, sino incendios de
amor. Teresa tiene un carácter más varonil y más audaz;
Verónica es más afectuosa y delicada; la española es una
mística «de armas tomar», la italiana es un espíritu dulce
y sosegado; la carmelita corre por todos los caminos de
España, levantando conventos, hablando con reyes y con mendigos, promoviendo
la reforma y llevando a Dios consigo a dondequiera que
va; la capuchina vive oculta en el claustro, sin hablar
más que con sus hermanas y con sus confesores, encerrada
en el costado de Jesús, enfrascada en continua y sublime
oración. Teresa vive en la tierra, y toca en los
cielos; Verónica vive en el cielo, pero toca la tierra.
Dos almas igualmente gigantescas, gemelas a pesar de su diverso
carácter; dos ejemplares excepcionales, de los cuales puede sentirse orgullosa
la humanidad.
* * *
En 1660 nació nuestra santa en Mercatello,
ciudad del antiguo ducado de Urbino (Italia). En el bautismo
le pusieron por nombre Úrsula. Su madre, Benita Mancini, era
dechado de madres cristianas, y los hijos formados en aquel
piadoso hogar se distinguieron por una virtud poco común: era
una familia de santos. Dios reinaba en el corazón de
todos y se recreaba en habitar la casa donde tanto
se le amaba. El jefe de la familia, Francisco Giuliani,
aunque poseía un excelente corazón, era quizás la nota discordante:
aficionado en demasía a las vanidades y pasatiempos, abandonó durante
algunos años las prácticas cristianas. Su hija Úrsula, que lo
amaba tiernamente y que era correspondida en la misma forma,
consiguió, andando el tiempo, que volviese al buen camino, que
muriese en gracia de Dios, y aun pudo librarle de
una parte de las penas del purgatorio.
Nuestra pequeña Úrsula dio,
desde los primeros años, pruebas inequívocas de su futura santidad:
era la predilecta de Jesús. Su virtud naciente no fue
consecuencia de una sensibilidad enfermiza y veleidosa, sino el fruto
maduro de una excelente educación, y tenía el apoyo de
dos sólidas bases, las mismas que serán el fundamento de
toda su vida: amor sin límites a su Dios y
deseos de sufrir mil dolores por Él. Estos dos rasgos
de la fisonomía espiritual de nuestra santa comenzaron a percibirse,
aunque borrosos e imprecisos, en su más temprana edad. Oigamos
una anécdota, tal como nos la cuenta ella misma: «Contaba
yo unos tres años de edad, cuando oyendo leer la
vida de algunos santos mártires me dio gran deseo de
padecer. Entre los tormentos que padecieron estaba el de haber
sido abrasados; y al oír esto, también yo sentía deseos
de ser quemada por amor a Jesús, tanto que hallándonos
en invierno, puse una mano en el brasero, con la
idea de quemarme como aquellos santos mártires. La mano se
abrasó por completo, y si no me quitan el fuego,
ya se asaba... Me parece que en aquel instante ni
siquiera sentía el fuego, porque estaba como fuera de mí
de contenta. Bien es verdad que pronto sentí el dolor
de la quemadura, y ya se me habían contraído los
dedos. Todos los de casa lloraban, pero yo no recuerdo
haber derramado una lágrima».
A la misma edad, queriendo imitar a
Santa Rosa de Lima, cuya vida oyó leer, inventó un
modo infantil de darse las disciplinas. «No teniendo con qué
disciplinarme, me quitaba el delantal, hacía muchos nudos en las
cintas del mismo y, puesta detrás de alguna puerta, me
golpeaba».
* * *
Pero no todo era apariencia e imitación exterior.
La santa niña fortalecía su espíritu con la oración continua,
adivinando ya que la verdadera santidad no está en padecer
ni en mortificarse, sino en la unión total con la
voluntad de Dios. Su deseo más vehemente era llegar a
la edad de la primera comunión, pues preveía que por
el alimento del sagrario había de llegar a esa unión,
en la que soñaba despierta y dormida. Comulgar era, en
aquellos primeros años de su vida, la idea dominante, la
suprema aspiración de todo su ser. Dos hermanas suyas, religiosas
ambas, atestiguaron, muchos años más tarde, estos preciosos recuerdos: «Al
regresar a casa nuestra tía o nuestra madre, después de
haber comulgado, salíales al encuentro Úrsula, y les decía muy
alegre: "¡Oh, qué rico olor, qué exquisito perfume!" Y a
la edad de seis años, cuando nuestra madre fue viaticada,
Úrsula subió a su lecho, y se esforzaba en acercar
la boca a la de su madre moribunda, atraída por
la fragancia de la sagrada hostia».
La enamorada niña tuvo que
esperar hasta los diez años, según la costumbre de la
época, para acercarse a su Amado. En 1670, estando en
Piacenza, comulgó por primera vez, y debió sentir tales incendios
de amor, que preguntó ingenuamente a sus hermanas cuánto tiempo
solían durar aquellos maravillosos efectos.
Por el mismo estilo fue transcurriendo
toda la infancia de nuestra admirable santa; «y conforme iba
creciendo en edad -cuenta ella-, iban aumentando mis deseos de
ser monja; pero no tenía quien me creyese, y todos
me llevaban la contraria». Su padre, con una obstinación inexplicable,
no quería que nadie le hablara de aquellos propósitos de
su más querida hija, y se esforzaba, con tenaz ahínco,
por hacerla desistir de sus ideas. Se entabló una lucha
larga entre la niña y todos los parientes, alrededor de
aquella decisión; y, naturalmente, Úrsula ganó la batalla a fuerza
de oraciones y de penitencias.
* * *
Tenía una hermosura delicada
y grácil, un carácter vivo, una sensibilidad excepcional; era querida
de todos, y nadie podía sufrir el apartarse para siempre
de tan gustosa compañía. Era además voluntariosa y dominante, zalamera
y caprichosa, no soportaba contradicciones y parecía que sus arrestos
se multiplicaban ante los obstáculos o las negativas.
En su
«Diario» nos descubre una interesante mezcla de defectos y de
virtudes; la santa no omite ni el más insignificante pormenor.
«Un día me vestí de hombre e hice que todas
mis hermanas hicieran lo mismo, con lo que me divertí
no poco... Sentía estímulos de no hacerlo más; pero después
lo volví a hacer muchas veces». Leemos también en las
primeras páginas este otro rasgo de un carácter excesivamente celoso:
«Una vez, entre otras, di un bofetón a una criada,
porque me pareció que hacía algo no muy bueno».
Para aquilatar
la bondad de su corazón sensible, es necesario saber que,
aun en aquellos años juveniles, no podía sosegarse ante el
espectáculo de la miseria o del dolor ajeno; se enternecía
de tal manera, que daba a los pobres todo cuanto
hallaba al alcance de las manos, aun sus propios vestidos
y juguetes. Nos cuenta que una vez, habiendo estrenado unos
zapatos muy hermosos, y viendo en la calle a un
pobre que pedía limosna, se quitó sus zapatos y se
los dio en el acto. «Muchos años después -escribe en
sus relaciones-, hallándome en oración, parecióme ver al Señor llevando
en la mano un par de zapatos de oro, y
me dijo: "Estos son aquellos zapatos que tú, de pequeña,
me diste. Aquel pobre era yo"».
Basten los hechos que acabamos
de narrar para formarnos una idea aproximada de la niñez
y de la juventud de esta alma extraordinaria y del
disgusto y pena que tendrían sus amigos y parientes al
verla desaparecer para siempre detrás de los muros de un
monasterio.
* * *
A los diecisiete años, vencidas todas las resistencias,
su vocación religiosa tuvo el ansiado cumplimiento: en el convento
de capuchinas de Città di Castello, la joven se encerró
definitivamente para vivir sólo para Dios. Al llegar a la
puerta de la clausura, se volvió a la concurrencia que
lloraba de emoción, y dijo con voz firme y alegre:
«Adiós, mundo. Te dejo». Las puertas se cerraron, y la
joven corrió anhelante a ocultar su alegría en la oscuridad
de una pobre celda, iluminada por la presencia del divino
Esposo.
La nueva monjita se llama sor Verónica; pero todas sus
hermanas añaden un gracioso apodo lleno de cariño: «la Bambina»,
la Niña.
No vaya a creerse, sin embargo, que todo fue
dulzura y consuelos en la nueva vida que tan gratamente
comenzaba. A los pocos días apareció la cruz, vino el
desaliento y todo se le hacía insoportable. «Parecíame la madre
abadesa indiscreta, la madre maestra incapaz, y ninguna de las
monjas me era simpática». A fuerza de oraciones y de
vencimientos, consiguió por fin aquietar su espíritu y gustar las
sabrosas mieles de la vida religiosa.
* * *
Después de su
profesión, pasó por todos los oficios y cargos del monasterio,
desde el más humilde hasta el más honroso, siendo sucesivamente
cocinera, despensera, enfermera, tornera, panadera, sacristana, maestra de novicias y,
finalmente, abadesa, cargo que ejerció once años hasta su muerte.
En todos esos puestos dejó un recuerdo imborrable por su
caridad, observancia, fervor y habilidad. Cuando tenía a su cargo
la despensa, un bienhechor regaló cierta cantidad de duraznos, los
suficientes para que a cada religiosa le tocaran dos o
tres. Pero sor Verónica continuó poniendo muchos días en el
refectorio aquella sabrosa fruta, hasta que su compañera de oficio,
sabedora de la escasa cantidad que se había recibido, le
preguntó asombrada: «¿Cómo hacéis para que duren tanto tiempo estos
duraznos?» Y la santa, sonriente y un poco avergonzada, le
contestó: «Comedlos, y no penséis más en eso». La humildad
de sor Verónica hizo que aquel mismo día cesara la
prodigiosa multiplicación de los ricos duraznos.
Siendo abadesa, a pesar de
sus muchos trabajos y de vivir en continua oración, se
preocupaba de todas las menudencias de la vida material y
se interesaba por todas las necesidades del monasterio. Gracias a
su solicitud, el convento de las capuchinas de Città di
Castello tiene hoy agua corriente, sana y en abundancia. La
santa superiora mandó instalar una red de cañerías que llevasen
el agua hasta los últimos rincones de la casa. La
pobreza evangélica y la mortificación propia nunca han estado reñidas
con la caridad.
* * *
Por espacio de veintidós años, tuvo
a su cuidado la formación espiritual de las novicias, y
en tan delicado oficio desplegó todas las dotes de su
alma y la habilidad de una artista consumada: las novicias
salían de sus manos no sólo perfectamente instruidas, sino también
santas. La fama de aquel monasterio se extendió rápidamente por
Italia y aun por lejanos países; y en todas partes
se hablaba con asombro de las capuchinas de Città di
Castello. Sor Verónica, que en los afectos era más tierna
que una madre, sabía también corregir y castigar cuando alguna
de sus novicias manifestaba mal espíritu o pocos deseos de
perfección. Acudía a todos los recursos que su gran corazón
y fina perspicacia le sugerían, para que todas las religiosas
se convirtieran en modelos de virtud, animando a las débiles,
refrenando a las demasiado impulsivas, reprendiendo a las negligentes, inflamando
a todas en aquel volcán de amor que ella llevaba
dentro de su alma. Una de las religiosas más santas
de aquel convento, discípula e íntima confidente de sor Verónica,
fue la Beata Florida Cevoli, alma seráfica y jardín fragante
de todas las virtudes, que mereció de Dios favores extraordinarios
y frecuentes, que vivió abrasada de amor y que murió
dejando un recuerdo profundo de admiración y no pequeña fama
de santidad. Dícese que también ella, como nuestra Verónica, mereció
llevar en su cuerpo las llagas de Cristo.
En el período
de su magisterio espiritual, nuestra santa sabía inculcar a sus
novicias aquellos pensamientos y amores fundamentales que llenaban toda su
vida: Jesús Sacramentado, la Pasión, la Virgen Santísima, el espíritu
de San Francisco, la perfecta pobreza, la no interrumpida oración,
el culto de la penitencia, la pureza inmaculada, la caridad
fraterna, la obediencia absoluta; en una palabra, todo aquello que
promueve y perfecciona la vida interior, todo lo que trueca
en paraísos los conventos y lo que lleva directamente a
la conformidad de un corazón con el corazón de Dios.
*
* *
La devoción a María Santísima, que, como podrá notar
el lector, es una especie de distintivo familiar de nuestros
santos capuchinos, tenía en Verónica Giuliani un sello especial de
poesía y de apasionamiento. Desde muy niña tuvo largos y
afectuosos coloquios con su madre del cielo, sobre todo después
que perdió a su madre de la tierra. En su
vida religiosa, la santísima Virgen fue su confidente y amiga
inseparable, la consolaba visiblemente en las penas, la conducía de
la mano por las altas cumbres de la perfección, era
su maestra y, como tal, le dictaba las páginas inmortales
de sus confidencias místicas y de su diario autobiográfico. La
mística capuchina gozaba casi diariamente de la visión y regalos
de María, unas veces contemplando su gloria o sus perfecciones,
otras veces participando de sus dolores y llorando con ella.
Nada hacía Verónica sin consultarlo antes con su madre celestial,
exponiéndole familiarmente sus dudas y obligándola con ternuras de hija
a que le sirviera de guía y de maestra.
Cuando fue
elegida abadesa, mandó que colocaran en el sillón abacial una
imagen de la Dolorosa, y puso en sus manos las
llaves, la regla y el sello del monasterio, rogándole que
fuese ella la verdadera y única superiora de la casa;
y dícese que todas las noches, antes de acostarse, repetía
la misma ceremonia.
Cuando se acercaba alguna de las festividades de
la Virgen, llovían sobre el monasterio regalos y limosnas en
tal abundancia, que las religiosas lo atribuían a la devoción
filial de la madre Verónica, y solían decir, a la
vista de aquellas abundantes provisiones: «Hoy, la divina Abadesa nos
paga la fiesta». Y Verónica llamaba a su querida Virgen
«la superiora y la procuradora del convento». A veces, en
graves apuros económicos, muy frecuentes en los conventos de capuchinas,
la sierva del Señor acudía con especial confianza a la
Virgen, le manifestaba sus necesidades y añadía con un mohín
de niña mimada: «Madre mía, no tenéis más remedio que
escucharme». Y, en efecto, ante tal confianza e ingenuidad, la
Madre de Dios no tenía más remedio que favorecer a
manos llenas a su hija, consolarla, ayudarla y santificarla.
* *
*
Pero los rasgos propios, personales e inconfundibles de la fisonomía
mística de Santa Verónica son los de su semejanza en
cuerpo y alma con Cristo Crucificado. No conocemos, en la
historia de las almas, ninguna que se pueda igualar o
comparar en este punto con nuestra santa. Es un caso
inaudito, único y asombroso, que sólo puede ser creído por
el testimonio de la misma Verónica que nos ha descrito,
con admirable sencillez, todos los carismas con que el Señor
la favoreció en los cincuenta años de su vida religiosa.
La pasión de Santa Verónica viene a ser una segunda
edición de la Pasión de Jesús; es el martirio de
un alma, al lado del Dios mártir.
Nada tienen que hacer
aquí las ciencias humanas; la crítica y la filosofía deben
enmudecer; la biología tiene que postrarse de hinojos ante un
caso que sale de los límites de todos los conocimientos
científicos. Dejemos paso libre a la omnipotencia de Dios, a
su sabiduría y a su bondad. Los mismos ángeles del
cielo confesarán su incapacidad para explicarnos ese cúmulo de fenómenos
extraordinarios.
* * *
¿En qué época comenzaron las gracias especiales que
recibió Verónica? «Paréceme -escribe ella- que cuando contaba tres o
cuatro años, hallándome una mañana recreándome en el jardín cortando
flores, parecióme ver visiblemente al Niño Jesús, que cortaba conmigo
dichas flores. Dejé éstas y me dirigí hacia el divino
Niño, y Él pareció decirme: "Yo soy la verdadera flor"».
Y desapareció.
En sus escritos vemos numerosas referencias a estos favores
celestiales, visiones de Jesús y de María, de varios santos,
especialmente del seráfico Patriarca y del Ángel de la Guarda,
iluminaciones, voces, deliquios y éxtasis. Pero la verdadera lluvia de
regalos y de martirios, en compañía de Cristo crucificado, tuvo
lugar desde que nuestra santa dejó el mundo para vestir
el sayal capuchino. En los cincuenta años de vida monástica,
puede decirse que no pasó día sin que Verónica participase
de la vista y de los dones y sufrimientos de
su celestial Esposo. A veces le sucedía sentir por algún
tiempo una especie de alejamiento de Dios, una sequedad del
alma que le ponía en trance de muerte; pero esas
pruebas, como borrascas terribles y pasajeras, se desvanecían rápidamente, y
volvía a lucir el sol vivificante, derramando sobre ella esplendores
y delicias.
Verónica recorrió, paso a paso, todos los tormentos y
todas las amarguras de la Pasión. Desde el cenáculo hasta
el calvario, el alma de la seráfica virgen participó íntegramente
de todas las escenas de aquel drama divino; ora descansando
dulcemente sobre el pecho de Jesús, como el discípulo amado;
ora sintiendo las espinas punzantes en la cabeza, los azotes,
los clavos, la herida del costado, el peso de la
cruz y el abandono mortal del cielo y de la
tierra. El demonio la perseguía sin descanso, con toda su
astucia diabólica; algunos de sus confesores la sumían en un
mar de dudas y confusiones, la mortificaban con mandatos rigurosos
y hasta juzgaban locura o hipocresía todo lo que ella
candorosamente les contaba; y Cristo la asoció a su banquete
de dolor y al cáliz de sus amarguras, dándole también,
con larga mano, los exquisitos goces de su cariño.
* *
*
El «Diario», comenzado el 13 de diciembre de 1693, abre
sus páginas con este prólogo: «Estando por la noche en
oración, me sentí invitar al convite del sufrimiento, y en
aquel instante tuve un poco de recogimiento, durante el cual
Dios me mostró aquella gran cruz, por mí tantas veces
vista, haciéndome saber que hasta la santa Natividad debía experimentar
muchos sufrimientos, y que en señal de esto, todos los
días vería dicha cruz, con vista intelectual. Así ha sucedido;
y a cada visión paréceme que se me acrecentaba el
deseo de más padecer».
Después de esto, bien podía Verónica repetir
con la esposa de los Cantares: «El Señor me llevó
a la cámara de sus vinos, y ordenó en mí
el amor».
Aceptada aquella invitación, la enamorada de Cristo vivirá una
larga vida de fuego y de cruz, recorriendo un camino
erizado de espinas, ascendiendo sin vacilar a la cima de
todos los heroísmos. Lleva en su cabeza y en su
corazón el tormento mil veces renovado de la corona punzante;
bebe hasta saciarse el cáliz de Getsemaní, apurado en repetidas
ocasiones, con sed creciente de padecer por su Dios; ve
a Cristo azotado, hecho una llaga desde los pies a
la cabeza; y ella pide con ansia una parte de
aquellos dolores, y su cuerpo se cubre de heridas que,
al abrirse, difunden una fragancia delicada por todo el monasterio;
quiere llevar la carga de la cruz, y sus hombros
se hunden con el terrible peso del madero, y sus
espaldas se ponen cárdenas y doloridas; ve a Jesús abandonado
de los discípulos, y ella cae también en mortal angustia,
al creerse abandonada del mismo Dios; contempla con absoluta claridad
al Redentor del mundo, clavado en la cruz, agonizante o
muerto, y el día 5 de abril de 1697, Viernes
Santo, recibe Verónica en su cuerpo las cinco llagas, tangibles,
sangrantes, llagas que le contraen los nervios a la vista
de todos, con todos sus dolores y espasmos, derramando tal
cantidad de sangre, que mancha el suelo y los vestidos;
ve el costado abierto del Salvador, y también ella participa
de esa última llaga, sintiendo muchas veces que su corazón
está traspasado por una lanza misteriosa, y muriendo a cada
latido por las contracciones espantosas de todo su ser.
Todos estos
tormentos y otros mil que ella describe en su «Diario»,
no eran simples alucinaciones de la fantasía o meros efectos
del sistema nervioso alterado. Los dolores iban acompañados de señales
visibles que indicaban su intensidad; la cabeza se hinchaba, la
sangre corría, las llagas resistían a todos los medicamentos y
se cerraban instantánea y perfectamente sólo al mandato de los
superiores. El obispo, los confesores, los médicos y las religiosas
eran testigos de los efectos físicos de aquella continuada pasión.
La misma Verónica, a pesar de su humildad y de
su repugnancia, tenía que confesar claramente los extraordinarios fenómenos de
su vida. Si fue mártir en cuerpo y alma por
la participación de los tormentos de Cristo, no menos mártir
fue por la obediencia impuesta por sus superiores.
Durante su larga
vida religiosa pasaron por el convento de Città di Castello
unos treinta y nueve confesores, entre fijos y extraordinarios; y
todos ellos, lo mismo que los sucesivos obispos de la
diócesis, están conformes en afirmar la absoluta veracidad de la
santa y la realidad evidente de sus asombrosos martirios.
* *
*
Añádase a esto la dura penitencia que ella misma se
imponía, ya por sus pequeños defectos, ya por los pecados
del prójimo... En sus relaciones se leen frases como éstas:
«No siento pena de los tormentos, sino que sufro por
no hallar penas... Tendíame sobre espinas, revolvíame entre ellas y
no sentía sus pinchazos. Pedía penas con las mismas penas,
y penaba por no hallar penas. Estas cosas las he
experimentado muchas veces. No me extiendo más en esto, porque
si quisiera referir todas las locuras que el amor me
ha hecho hacer entre las mismas penas, no podría describirlo
con la pluma». ¡Qué largo capítulo de penitencias se oculta
en estas breves lineas! Su compañera, la Beata Florida Cevoli,
dejó una larga relación de aquellas maceraciones; sus confesores declararon
y descubrieron pormenores abundantes; y la misma Verónica, obligada por
la obediencia, reveló en su «Diario» algunos secretos de su
mortificación increíble. ¡Y entre tantos ayunos, disciplinas, cilicios y privaciones,
la vidente capuchina vivió hasta los sesenta y siete años,
sin perder un punto la alegría, sin sentir el cansancio,
sin una queja y sin un lamento!
* * *
Una de
las cosas más inauditas que experimentó la santa fue la
transformación plástica de su corazón de carne en una especie
de compendio de la Pasión de Jesús. Este fenómeno, único
quizá en la historia, acaeció el día de Sábado Santo
de 1727, pocos meses antes de su muerte. Cuando Verónica
reveló el secreto al P. Guelfi, su último confesor, éste
quedó mudo de asombro. Le mandó que representara en un
papel, aproximadamente, lo que había sentido en su interior. Verónica,
que no sabía dibujar, acudió a sus dos íntimas compañeras,
sor Florida Cevoli y sor Magdalena Boscaini, las cuales, siguiendo
sus datos, hicieron un dibujo que fue presentado al obispo
de la ciudad y que todavía se conserva. A la
muerte de la santa, el obispo Mons. Alejandro Codebó mandó
que se hiciera la autopsia del cadáver con todas las
formalidades que el caso pedía. Treinta y seis horas después
del fallecimiento, en presencia del obispo y asistiendo el gobernador
Torrigiani, el canciller Fabri, varias personalidades notables, el confesor Guelfi,
el pintor Angelucci y otras muchas personas, dos médicos cirujanos
abrieron el pecho y extrajeron una masa de carne que
debía ser el corazón. Allí, perfectamente plasmados y como esculpidos
por el Artífice divino, aparecieron los principales instrumentos de la
Pasión: cordeles, martillos, clavos, espadas, cruz, lanza y varias letras
misteriosas, formado todo de nervios y músculos, en puntual consonancia
con el dibujo que había mandado hacer la santa.
Este es
el hecho, narrado por el confesor de Verónica, presenciado por
muchas y respetables personas, con todas las garantías de veracidad
que un fenómeno como aquél debía tener. Dirá alguno que
la ciencia no puede admitir seriamente tales afirmaciones, que el
tamiz científico de nuestro tiempo es finísimo, y que sólo
pasa por él lo que la razón demuestra de una
manera inequívoca; que esas narraciones carecen de base, y que
son imposibles para la naturaleza humana; que el milagro no
se admite ya en nuestros laboratorios. En efecto, respondo: la
ciencia humana conténtese con explorar dentro de los límites de
la razón y de la experiencia; pero no niegue las
infinitas posibilidades de Dios, ni se burle de su omnipotencia,
ni se divorcie de la fe. El cerebro humano es
muy estrecho para abarcar todo el poder infinito de Dios.
Recuerden los sabios aquellas terminantes palabras de Jesucristo: «Para los
hombres esto es imposible; pero para Dios todas las cosas
son posibles» (Mt 19,26).
* * *
En la vida de
Santa Verónica se encuentran mezclados los dolores más acervos con
los goces más deliciosos, las escenas de sangre y de
cruz con los transportes del triunfo y las visiones del
paraíso. Un día Cristo celebra místicos desposorios con su fiel
esposa, y le quita el corazón, encerrándole dentro del suyo;
otro día se le aparece con todo el esplendor de
su gloriosa humanidad, revestido de pontífice eterno, y administra a
su sierva la sagrada comunión, en medio de un torrente
de dulzura; la Santísima Virgen se deja ver, sonriente y
maternal, toma la cabeza de su amada hija y la
coloca en el descanso de su regazo; los ángeles y
los santos bajan hasta la estrecha celda de la monja,
y le dan lecciones sublimes de todas las virtudes; el
Seráfico Patriarca, modelo y padre de Verónica, la visita resplandeciente
y llagado, animándola a seguir con él por el camino
de la cruz; las almas del purgatorio le piden su
ayuda, y ella las libra del tormento tomándolo para sí.
El
«Diario» de Santa Verónica no es más que eso: un
recuento inacabable de virtudes, de vencimientos, de martirios y de
favores celestiales. A veces asoma en sus páginas el rostro
repugnante de Satán, ya en forma de perro rabioso y
feroz, ya bajo las tocas y velos monjiles, insinuando tentaciones,
promoviendo tempestades internas, mezclando su hedor pestilente con las burlas
o los ataques solapados; pero la santa capuchina posee un
escudo formidable para repeler los embates del enemigo: es la
obediencia ciega y total a los confesores que dirigen su
alma.
Dios puso cerca de la vidente hombres de excepcional virtud
y prudencia, directores de férrea mano y vista de lince,
que supieron encaminar a Verónica por seguros derroteros. Los nombres
del jesuita P. Crivelli, de los filipenses Capelletti, Bastianelli y
Guelfi, del canónigo Carsidoni, del servita Tassinari y de otros
varios merecen una elogiosa mención entre los directores expertos, ecuánimes
y santos. Gracias a ellos Verónica podía descansar tranquila en
aquel mar de contrariedades y tentaciones que llovían sobre su
alma. Dios vigilaba sobre ella por conducto de aquellos sabios
consejeros. La obediencia nunca resistida fue el secreto de innumerables
victorias.
* * *
La vida de la seráfica virgen había transcurrido
más en el cielo que en la tierra: el fin
de sus días se acercaba, y el espíritu, purificado por
el dolor y por el amor, ansiaba dar el salto
supremo para descansar eternamente en los brazos de su Esposo
divino. Un ataque de apoplejía, momentos después de una comunión
fervorosa, la postró en el lecho. El pobre cuerpo destrozado
por la vejez, por las enfermedades y por el martirio
de amor, fue insensiblemente perdiendo las fuerzas y el movimiento:
sólo el espíritu parecía más joven cada día, más ágil
y animoso. Cuando Verónica recibió los últimos sacramentos creyóse que
el ímpetu de su santa impaciencia acabaría por transportarla súbitamente
al paraíso. Pero la muerte no se apresuraba: la santa
quiso apurar hasta las heces el cáliz de todos los
sufrimientos, ofreciéndose como víctima expiatoria por los pecados del mundo.
Fueron treinta días de nuevos dolores.
En la mañana del
día 9 de julio de 1727, el confesor se acercó
a la enferma y le dijo: «Sor Verónica, si es
del agrado del Señor que vayáis ahora a gozarle, y
si quiere Dios que para este trance intervenga la orden
de su ministro, yo os la doy». La moribunda, imitadora
perfecta de Cristo paciente, quiso imitarle hasta el fin. «Et
inclinato capite, tradidit spiritum»: «E inclinando la cabeza, entregó su
espíritu». Aquel día era viernes, el día predilecto de su
corazón, el día en que Jesús solía regalarla con dolores
y consuelos.
Verónica había pasado toda su vida en el amoroso
costado de Cristo: el corazón de Jesús había sido su
celda, su monasterio y su cielo.
Cuentan sus biógrafos que, estando
su santa madre en la última enfermedad, llamó junto a
su lecho a sus cinco hijas, les dio la bendición
con un crucifijo, y les fue señalando las llagas de
Jesús, una para cada una, como refugio y encierro de
sus almas para toda la vida. A nuestra santa, por
ser la menor, le tocó en suerte la llaga del
costado, el refugio del amor. Y en verdad, que en
ese Corazón divino hizo su morada durante la vida, y
en él habitará para toda la eternidad...
Prudencio de Salvatierra, OFMCap,
Santa Verónica de Julianis, en Ídem, Las grandes figuras capuchinas.
Madrid, Ed. Studium, 1957, 2.ª ed.; pp. 141-160.
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hola por lo menos hagan una pagina web atractiva, que cosa mas fea han hecho, sean creativas y que por lo menos uno le de ganas de seguirlas. Ademas coloquen fotos para mirar que pagina mas sosa
Encontre extraordinario todo lo que sufrieron por amor a Dios y a la Santisima Virgen Maria estas dos hermanas Capuchinas. Estos testimonios ya no se dan en estos tiempos. Ayer comentaba a mi marido, lo cambiado que esta todo. Para la Iglesia, los jovenes, el tiempo, la desobediencia de los jovenes, las relaciones sexuales, el calentamiento del planeta, etc. Que hacer para volver a contentar a Nuestro Señor y a la Virgen.Realmente es inquietante. Los sacerdotes ya no son lo mismo que antes. Rita