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Religiosas | sección
Diferentes carismas en la vida religiosa | categoría
Contemplativas | tema
Autor: n/a | Fuente: Clarisas Capuchinas de Alcobendas, Madrid
Hermanas Clarisas Capuchinas
Invitamos a las chicas que esten interesadas a conocer nuestra vida, a ponerse en contacto con nosotras
 
Hermanas Clarisas Capuchinas
Hermanas Clarisas Capuchinas
Comunidad de Hnas. Clarisas Capuchinas de Alcobendas

Las Hermanas Clarisas Capuchinas están bajo la protección de Sta. Clara y su gran amor a CRISTO a quien adoraba de modo especial en la Eucaristía y de su imitación a San Francisco en el seguimiento evangélico.

Desde su aprobación en 1535 las Clarisas buscan cultivar la pobreza y austeridad en sus pequeñas comunidades en que la fraternidad y alegría , a la vez que están atentas a la Palabra Divina.

Con gran devoción a la Santisima Virgen le presentan sus trabajos, encuentros con el Señor en la Liturgia y en la oración y contemplación personales asi como en la Lectura y rezo del Breviario.

Aunque la clausura les separa de familiares, amigos y del mundo, no significa que se olvidan de ellos sino que al contrario les tienen de modo muy especial en su cercanía y oración.

Dos polos de su vida comunitaria son la sala de trabajos manuales, etc. de donde buscan su propia manutención y sobre todo la Capilla en que saben está: EL MAESTRO QUE ESTA AQUÍ Y NOS LLAMA....


Por la edad y enfermedades de las religiosas la comunidad se ha ido reduciendo.


Clarisas y Terciarias Capuchinas

Orden de las Hermanas Franciscanas Clarisas Capuchinas

Las divisiones y reformas de los franciscanos de la primera Orden se reflejó también en la orden de las Clarisas, que dependían espiritualmente de ellos. De ahí que, pocos años después del nacimiento oficial de la Orden de los Capuchinos (1525), surgiera en Nápoles el primer monasterio de clarisas capuchinas. Su origen fue un hospital de incurables de Nápoles, fundado por la noble viuda española María Lorenza Longo. Los primeros capuchinos llegados a la ciudad se hospedaron allí y se hicieron cargo de la dirección espiiritual de la comunidad de terciarias franciscanas que lo atendían.

En 1533 la dirección cayó en manos de San Cayetano de Thienne, fundador de los teatinos, que dió al grupo un marcado acento contemplativo y obtuvo de la Santa Sede para ellas la aprobación canónica con el nombre de Hermanas Franciscanas de la Tercera Orden, mientras María Lorenza establecía una clausura rigurosa. En 1538, San Cayetano las confió al cuidado de los capuchinos, que no eran ajenos al nuevo rumbo que tomaba la nueva fundación. Y el 10 de diciembre del mismo año Pablo III confirmaba la erección definitiva del monasterio bajo la Regla de Santa Clara, poniéndolo bajo la dirección de los capuchinos, por expreso deseo de la fundadora. Una disposición pontificia limitaba el número de monjas a 33, por lo que fue llamado popularmente "il Monastero delle Trentatrè".

La característica principal de la nueva Orden de las capuchinas será "la estrictísima observancia de la regla de santa Clara": máxima pobreza, austeridad, estricta clausura, sencillez fraterna e intensa vida de oración. Para lograrlo, sor María Lorenza adoptó las Constituciones de santa Coleta, completándolas y sustituyéndolas en parte con algunos puntos de las Constituciones de los capuchinos. La veneración general de que fueron objeto desde un principio fue la causa de que la nueva congregación se extendiera enseguida con nuevas fundaciones en Italia (Perusa, Gubbio, Roma, Milán...) y en el mundo. La primera fundación fuera de Italia fue la de Granada, en España, donde Lucía de Ureña (+1597) fundó las Capuchinas Mínimas del Desierto de Penitencia. En 1599 Angela Margarita Serafina Prat fundaba en Barcelona otra comunidad, "conforme a la regla y estatutos de las monjas capuchinas de Roma y Granada", como se decía en el decreto de erección. A finales del siglo XVII eran ya 24 monasterios en España. En 1665, un grupo de capuchinas fundaba en la ciudad de México, extendiéndose la reforma rapidamente por todo el país. Y desde Madrid llegaban a Lima (Perú) en 1713 y a La Antigua (Guatemala) en 1725. En Francia, entre el 16013 y el 1619 surgieron monasterios de capuchinas en París, Amiens (ex-recoletas) Marsella y Tours, de donde salieron para fundar en Lisboa en 1665, a petición de la reina de Portugal.

Siendo monasterios autónomos, tenían gran variedad de usos y observancias, hasta que, en 1610, el Procurador general de los capuchinos Jerónimo Castelferretti revisó las constituciones de Nápoles, que fueron adoptadas por numerosos monasterios de Italia y España. Otras obtuvieron constituciones propias aprobadas por sus obispos o por breve pontificio. Hoy la Congregación cuenta con más de dos mil religiosas y unos 150 monasterios (ver Directorio).

Entre sus miembros destacan la fundadora, que murió el 21 de diciembre de 1542 en loor de santidad, y la estigmatizada Santa Verónica Giuliani (1660-1727), con su voluminoso diario donde relata sus experiencias espirituales, que la convierten en una de las mayores místicas contemplativas de la Iglesia. Recordamos también a su discípula la beata Florida o Fiorita Cévoli (1685-1767) y a la beata María Magdalena Martinengo (1687-1737), prodigio de penitencia y austeridad.


Clarisas Capuchinas Sacramentarias o de la Adoración Perpétua

Las Clarisas Capuchinas de la Adoración Perpétua son una rama de la orden anterior, compuesta por 25 monasterios que comparten los mismos orígenes y espiritualidad. La diferencia es que se dedican, por encima de todo, a interceder y a ralizar el fin más noble de la comunidad de orantes que es la Iglesia: glorificar a Dios a todas horas en nombre de toda la humanidad, sobre todo con la participación activa en la Celebración Eucarística, que se prolonga en la Adoración, ofreciéndose a sí mismas en favor de todo el mundo y de las necesidades de la Iglesia.


Terciarias Franciscanas Capuchinas (TORCap)

Además de las clarisas capuchinas, están afiliadas a la orden de los Hermanos Menores Capuchinos las Capuchinas de Frances Taffin, pequeño grupo de 23 hermanas que viven en 4 monasterios y las Capuchinas de la Tercera Orden Regular, con unos 16 monasterios.

También hay Capuchinas fruto de la reforma homónima masculina. Se trata de aquellos conventos femeninos de la tercera orden regular franciscana (TOR) de entre los siglos XIV y XVI que, en base a las Constituciones de la Orden, se convirtieron en Terciarias Capuchinas, con autonomía propia. Entre ellas destaca la reforma iniciada en Pfanneregg, Suiza, por Elisabeth Spitzlin, que se extendió a otros conventos. A partir de 1958, 15 conventos de terciarias capuchinas, sometidos a la visita del ministro provincial capuchino o al obispo diocesano, se unieron en la Federación de Santa Clara, que en 1965 contaba con 573 religiosas y con 209 en el 2003. Se dedican principalmente a la vida contemplativa, a la elaboración de hostias y ornamentos litúrgicos y a la catequesis. En 1888, 1965 y 1967 fundaron varias misiones y conventos en América Latina y en África.




Beata Florida Cevoli

Florida nació en Pisa el 11 de noviembre de 1685, de familia noble. Ingresó en las clarisas capuchinas el año 1703, llegando a ser la mejor discípula y compañera de Santa Verónica Giuliani, a la que sucedió en el cargo de abadesa. Se distinguió por su espíritu de oración, su inserción en las tareas sencillas y cotidianas de la vida comunitaria, sus carismas extraordinarios, y por el impulso que dio a su Orden en la observancia fiel de la Regla. Murió el 12 de junio de 1767 en Città di Castello (Perusa). La beatificó Juan Pablo II el 16 de mayo de 1993.

Lucrecia, undécima de los catorce hijos de los condes Curzio Cevoli y Laura della Seta, nació en Pisa el 11 de noviembre de 1685: «Salió una niña agraciada, de índole despierta y de buena inteligencia», afirman quienes oyeron hablar de sus primeros años. En contraste con la precocidad mental, tardó en aprender a andar; era gordota y no podía tenerse en pie. La condesa, su madre, lo atribuía al vicio de hacerse llevar en brazos y hacía responsable del retraso a la nodriza; pero hubo de convencerse de que la causa estaba en la debilidad de las piernas, que no sostenían el peso del cuerpo.

Entre tantos hermanos y hermanas mayores que ella, era normal que se convirtiera en el centro de atención de la noble familia y de la servidumbre. Pero a medida que Lucrecia fue adquiriendo conciencia de sí misma, se observó en ella una reacción de rechazo hacia las manifestaciones de afecto, que pudo ser interpretado como síntoma de un temperamento apático o esquivo que podía comprometer la normalidad de las relaciones en el futuro. La realidad era que estaba naciendo en su ánimo -como ella explicará más tarde- un instinto superior que la llevaba a evitar todo apego humano y toda complacencia sensible, para poder reservar su corazón para Aquel que, ya entonces, atraía su corazón, si bien todavía a escala infantil.

Sorprendía a los demás con imprevistos desplantes, que desconcertaban. Hallándose toda la familia de veraneo en su quinta de Cevoli, la turba de los hermanos organizó una comedia de títeres. Todos se dieron a componer y vestir los muñecos y a disponer la sucesión de las escenas. A Lucrecia se le confió el encargo de manejar los hilos, escondida bajo el tablado. En lo mejor de la representación, ante numerosos invitados, he aquí que las figuras se paran de pronto; la pequeña operadora se niega a continuar no obstante todas las insistencias. Aquella normal satisfacción ante el aplauso general por el éxito produjo en ella una repulsa súbita, como si estuviera sustrayendo a Dios lo que a El solo pertenecía.

A este sentido de rectitud se unía una capacidad tal de discernimiento que la hacía descubrir sin esfuerzo el desagrado de Dios en sus acciones y en sus sentimientos. Hasta el afecto que profesaba a su buena nodriza le pareció quitárselo a Dios. Una de las infidelidades de la infancia, que dejó en ella recuerdo permanente, fue en relación con la Virgen María. Una mañana le había ofrecido un hermoso clavel ante un gran cuadro que había en una sala; pero más tarde, con la volubilidad propia de la edad, fue a quitarlo y llevárselo. Por la noche, en el examen de conciencia que acostumbraba a hacer, tuvo fuerte remordimiento de semejante conducta.

Lucrecia crecía bella, con una belleza que todos admiraban. Un día, siendo de unos seis años, oyó cómo las mujeres de casa ponderaban entre ellas el atractivo de la condesita silenciosa. Y le vino el deseo de cerciorarse hasta dónde era verdad. Se subió con una silla sobre una mesita para mirarse en un espejo, pero al puesto de éste se encontró delante un cuadro de la Virgen, y oyó en su interior que le decía:

-- ¡Eres boba! ¿De qué sirven tales vanidades? Te basta ser bella en el alma.

Le hicieron tal efecto estas palabras que, llena de vergüenza, cerró todos los ventanillos. Y por toda la vida lloraría aquella condescendencia con la vanidad.

Por lo demás, su adiposidad venía a contrapesar la delicadeza de sus facciones y le procuraba no pocas desazones, ya que a veces tenía que renunciar a acompañar a los suyos en las salidas para no serles de estorbo.

Entre los hermanos mayores había uno, Doménico, que supo ganarse de modo especial su confianza, tal vez por cierta afinidad de temperamento y de riqueza interior. Era aficionado a la pintura y pasaba parte del tiempo encerrado en su estudio, donde nadie tenía entrada excepto Lucrecia, once años más joven que él. Vino a ser su confidente y también su maestro de dibujo, habilidad que le sería muy útil después en la vida claustral. Este pintor-ermitaño, que moriría en fama de santidad, ejerció sin duda un influjo en la orientación ascética de la hermanita.

Lucrecia aprendió las primeras letras y se había iniciado en las labores femeninas en la casa paterna; pero su rango familiar exigía una formación intelectual y social en un internado según el uso de la época. A los trece años entró como educanda en el «noble monasterio» de clarisas de San Martín, donde ya la habían precedido dos hermanas suyas. Bajo la guía de las religiosas adquirió una esmerada formación literaria, con un dominio notable de la lengua latina e italiana, sin excluir la poesía; se perfeccionó en el bordado y demás aptitudes femeninas.

Al propio tiempo llamó la atención de sus educadoras por su profunda piedad, su espíritu de mortificación y su afán de retiro, como también por su porte absorto y grave, que le mereció el sobrenombre de la abadesita; y no precisamente a motivo de sus modales afectados: todo lo contrario, mostraba fuerte repugnancia a dejarse servir por las religiosas conversas, como ya lo había hecho en su casa con la servidumbre.

La educación recibida no modificó en ella aquella su actitud esquiva hacia cualquier lisonja o halago por parte de nadie, aun a riesgo de pasar por descortés, siendo como era de trato fino y afable.

El llamamiento de Dios

Cuando Lucrecia se despidió de las clarisas, su vocación estaba ya decidida. Ella misma refirió más tarde el porqué de su opción por el lejano monasterio de las capuchinas de Città di Castello. Estando todavía en el educandato, aprovechó la presencia de un confesor extraordinario, barnabita, que gozaba fama de docto y de santo, para exponerle sus anhelos de una vida de escondimiento y de austeridad, en pobreza total. El religioso examinó el espíritu de la joven y sus motivos. Luego lo hizo delante de sus padres. Al reparo de éstos sobre la lejanía de aquel monasterio, respondió Lucrecia que precisamente por eso lo había preferido, para poner distancia entre su vida retirada y su patria y familia. Había además otro motivo: hasta Pisa había llegado la fama de sor Verónica Giuliani, la estigmatizada, que formaba parte de aquella comunidad.

No fue fácil lograr el consentimiento de las capuchinas; fue necesario valerse de algunas influencias, entre otras la de la princesa Violante de Baviera, esposa de Fernando de Médici, hijo del Gran Duque de Toscana. En marzo de 1703 llegó respuesta afirmativa. Y comenzaron los preparativos para el viaje de la esposa. Era uso entonces que, antes de dejar el mundo para encerrarse en el convento, la joven aspirante hiciera una gira, en traje nupcial, para despedirse de parientes y conocidos, emprendiendo después el viaje. Llegado el día de la vestición, la esposa era llevada por las calles hasta la iglesia conventual, en carroza, bien escoltada de damas y caballeros. Pues bien, Lucrecia había soñado para tal ocasión «un vestido de brocado con fondo rosa»; pero, cuando llegó el momento de probárselo, se halló con que el que le habían preparado tenía el fondo blanco. Pudo dominar el primer sentimiento de contrariedad acordándose de que había pedido al Señor verse privada, en aquella gira, de toda satisfacción por legítima que fuera.

Recorrió primero los monasterios de Pisa. Después, acompañada de sus padres, se puso en camino, haciendo etapa en Florencia, donde fue muy agasajada por el Gran Duque y su familia. Reanudó el viaje, o mejor peregrinación, hacia el santuario de Loreto, donde pidió por devoción el honor de barrer la santa Casa, y lo hizo de rodillas, vestida de esposa, con el alma llena de consuelo.

Llegada a Città di Castello, esperó la admisión formal, con el voto de la comunidad, y la vestición; ésta se celebró el 7 de junio de 1703, fiesta de Corpus Christi; la presidió el obispo, quien le impuso el nombre de sor Florida, por devoción al patrono de la ciudad, san Florido. Se había preparado a la nueva vida mediante la renuncia a toda satisfacción terrena; Dios le hizo ver, en ese mismo momento, que debía renunciar también a los consuelos espirituales. El rito de la vestición se concluía con un gesto de elocuente significado: el obispo ponía en el hombro de la novicia una cruz desnuda de madera, y ella se encaminaba, a lo largo de la iglesia, hacia la puerta del monasterio. La cruz era ligera, pero sor Florida la halló tan pesada, que a duras penas podía andar.

A la escuela de sor Verónica Giuliani

Sor Verónica había sido depuesta del cargo de maestra de novicias en 1699, en virtud de las medidas tomadas por el Santo Oficio respecto a ella después de la estigmatización. Pero la comunidad pensó que nadie mejor que ella podía hacerse cargo de la formación de la noble candidata y obtuvo le fuera levantada la suspensión. Ella ha dejado descrita en su Diario la lucha interior que hubo de sostener, no sintiéndose a la altura de una misión tan delicada: ¿qué podía enseñar a una joven dotada de una cultura muy superior a la suya y con una madurez espiritual poco común? Pero se sintió confortada cuando Jesús le prometió: «Yo seré el maestro tuyo y de la novicia». También la Virgen María vino en su ayuda, dándole a entender que se trataba de un alma muy selecta: «Te recomiendo, Verónica, a mi Floridina, gozo mío y gozo de mi divino Hijo».

Cuando sor Florida se puso bajo la dirección de sor Verónica, ésta gozaba ya de gran aceptación entre las hermanas; habían quedado atrás sus penitencias rebuscadas, aquellas que ella definía ahora «locuras que me hacía hacer el amor», y también en gran parte los fenómenos externos; todo en ella se había «intronsecado», todo era más íntimo y secreto. La novicia sería muy pronto, no sólo su mejor discípula, sino su confidente y testigo de algunas de sus experiencias corporales, ello por disposición de los confesores.

No fue difícil la sintonía entre maestra y novicia, especialmente cuando sor Verónica descubrió que la joven estaba llamada a recorrer, como ella, el camino de la cruz. Le costó, sí, a la condesita hacerse al modo llano y espontáneo, quizá no siempre delicado, tradicional en las capuchinas; pero no tardó en asimilarlo, contenta de sacudirse el amaneramiento del ambiente en que había crecido. Sufría cuando se veía tratada con especiales miramientos por causa de su origen familiar. A un confesor, que le preguntó sobre su condición social, le respondió:

-- Mi padre vendía aceite.

Y no mentía: uno de los mejores ingresos de los nobles de Toscana provenía, en efecto, de la cosecha de los olivares de sus tierras.

Hubiera querido abrazar con el máximo rigor todas las observancias conventuales, de modo particular el ayuno perpetuo impuesto por la Regla; pero, después de varias pruebas, hubo de convencerse de que no era ésa la voluntad de Dios: su estómago no soportaba tal régimen, por causa de la rapidez de su digestión; por prescripción médica se veía obligada a tomar alimento varias veces al día.

Emitió la profesión el 10 de junio de 1704. Era norma que las neoprofesas continuaran en régimen de noviciado por otros dos años, si bien con velo negro y colaborando con las otras profesas en los oficios. Sor Florida pidió, por gracia, proseguir con el velo blanco, observando el silencio como lo había hecho el primer año.

De lo que fue para ella la dirección de su venerada maestra poseemos su propio testimonio en el proceso de canonización de sor Verónica: era una pedagogía exquisitamente evangélica, centrada en lo fundamental.

En 1708 sor Florida tuvo la amarga noticia de la muerte de su querido padre, el conde Curzio Cevoli, seguida a los pocos días de la de su madre, ambas repentinas. Al dolor de la pérdida se juntó la incertidumbre sobre la suerte eterna de los dos. Sólo recobró la paz cuando su santa maestra conoció por luz superior que estaban en camino de salvación y cuando, juntamente con ella, se ofreció a satisfacer por ellos las penas del purgatorio.

Discípula e hija espiritual de sor Verónica, no fue sin embargo una copia de ella. Ni por carácter ni por fe era una mujer propensa a mimetismos infantiles. Amó a su maestra, la admiró profundamente, veneró en ella la riqueza de dones superiores de que estaba adornada; fue para ella un modelo de fidelidad a Dios, pero no un patrón que reproducir; más aún, reaccionaría siempre con repulsa ante favores o fenómenos extraordinarios que pudieran colocarla a la par con la estigmatizada.

A tal abadesa tal vicaria

De profesa sor Florida se ejercitó en los varios servicios a la comunidad, aun los más humildes, como era uso entre las capuchinas: cocina, lavandería, enfermería, etc. Desempeñó, todavía joven, el importante cargo de portera o tornera. Pero el empleo en el cual la hallamos habitualmente es el de boticaria o encargada de la farmacia conventual, donde eran preparados los remedios empíricos, siempre bajo vigilancia del médico. Es posible que tuviera ya de antes alguna preparación en este ramo. Lo cierto es que a esta su especialización debe el monasterio el valioso botiquín portátil, regalo de la familia Médici de Florencia.

El 5 de abril de 1716, después de haber obtenido de Roma la revocación de la privación de la voz pasiva, que pesaba sobre sor Verónica, ésta fue elegida abadesa; la comunidad le dio como vicaria a sor Florida, que entonces contaba 31 años de edad. Terminado el primer trienio, fueron reelegidas ambas para los mismos cargos; lo cual se fue repitiendo al cabo de cada trienio hasta la muerte de sor Verónica.

Sor Florida será siempre la colaboradora fiel y válida de la que para ella seguirá siendo maestra más que superiora. Ésta halló en su vicaria una ayuda verdaderamente preciosa, una verdadera secretaria, ante todo en el sentido etimológico del término, o sea, una confidente con quien podía compartir los «secretos de Dios», tareas que requerían un nivel cultural superior al de la Giuliani. Recibía y respondía a las cartas que le llegaban en gran número, ya que Verónica tenía prohibido mantener correspondencia si no era con el obispo, con el confesor y con sus hermanas clarisas. Le transcribía largas secciones del Diario, ya sea porque se requería el duplicado, ya para una mejor presentación ortográfica.

Y Verónica siguió ayudándola en la respuesta cada día más generosa a la acción de la gracia, dejándola caminar bajo la guía del Espíritu.

En la corte de los Médici se mantenía viva la impresión dejada por Lucrecia en su visita de despedida. De manera especial le había quedado aficionada la princesa Violante, la cual, en 1714, fue a visitar el monasterio para verla y venerar a sor Verónica. Más tarde, cuando ella era vicaria, el Gran Duque Cosme III, espléndido bienhechor del monasterio, se propuso fundar un convento de capuchinas en la capital de su estado, Florencia; hizo cuanto pudo para obtener que fuera como fundadora «su Cevolina», como él la llamaba, pero halló siempre la negativa cerrada, sea por parte de sor Verónica, apoyada por la comunidad, que no se resignaba a perder a una religiosa de tanta valía, como por parte de la misma sor Florida que, en su voluntad de desapego total, se resistía a volver al ambiente social y familiar del cual se había alejado para seguir su vocación. La fundación se hizo, pero con capuchinas del monasterio de Perusa.

Veinticinco años a la guía de la comunidad

El 9 de julio de 1727 la muerte ponía fin a la peregrinación de amor y de dolor de Verónica Giuliani. El 21 del mismo mes se celebró capítulo, en el cual fue elegida abadesa sor Florida. Ninguna como ella, pensaron las religiosas, estaba en grado de dar continuidad al magisterio y a las directivas de la santa maestra. Con sus 42 años de edad, poseía cuanto se podía desear de madurez humana, de talla espiritual y de dotes morales para ser guía y modelo de la numerosa comunidad.

Ella, en cambio, no se sentía a la altura de semejante responsabilidad. Orando ante una imagen de la Virgen que tenía en su celda, le pareció entender que la misma Virgen le aseguraba que no sería elegida mientras tuviera consigo la imagen. Al exponer esta esperanza suya al confesor, éste le dio orden de llevar al coro aquella imagen; así es cómo María mantuvo su palabra y ella se vio elegida. Y sería reelegida por tres trienios consecutivos (1730, 1733 y 1736); después de un trienio de reposo, fue nuevamente elegida en 1742 y luego reelegida otras dos veces. Y todavía en 1761, con 76 años de edad, cuando pensaba en ir preparándose «para morir como capuchina», según escribía a la abadesa del convento de Siena, hubo de plegarse una vez más a la voluntad de las hermanas. Apoyada en un bastoncito, logró seguir la observancia y atender a las exigencias del cargo. Complexivamente ejerció el oficio de abadesa por 25 años y el de vicaria por otros 20. No asumió la responsabilidad inmediata de la formación de las novicias, pero ejerció este oficio en forma indirecta, ya que las actas capitulares añaden al nombre de la designada como maestra: «Con la ayuda de la abadesa».

Cada nueva elección era para ella motivo de confusión y de sufrimiento, pensando en la gran responsabilidad que pesaba sobre ella; por otra parte, la conciencia de tener que ser modelo de sus hermanas era un nuevo estímulo para su entrega a Dios y para su fidelidad a los compromisos de la vida religiosa. En sus cartas a las capuchinas de Siena se expresaba en estos términos: «No tengo de religiosa otra cosa que el hábito... Por caridad, ayudadme con la oración para que Jesús me conceda comenzar de una vez a ser lo que debo, y que no siga sirviendo de obstáculo a esta santa comunidad, sólo por mí profanada... Esta pobre comunidad, ¡oh, cómo pierde con mi mal gobierno!»

Hermana entre las hermanas, tomaba parte como cualquier otra en las faenas conventuales, aun las más humildes. No permitía actitudes obsequiosas con su persona. Repetía: «Jesús me guarde de la tentación de dejarme servir». Obediencia pronta y alegre sí, pero nunca manifestaciones serviles. Una hermana, viéndola moverse con dificultad, se ofreció a barrerle la celda, pero no se lo permitió en manera alguna.

Hubiera querido estar a los pies de todas. No perdía oportunidad de satisfacer este deseo mediante actos de humillación pública, entonces en uso en las comunidades claustrales. Lejos de usar modos autoritarios, cuando debía dar una orden o una corrección lo hacía con gran caridad y humildad.

No obstante dejó en el monasterio el recuerdo de un rigorismo inflexible en el modo de guiar la comunidad, atenta a la pura observancia de la Regla y de las Constituciones, especialmente por lo que hace a la pobreza. No se contentó con mantener el nivel alcanzado bajo el gobierno de santa Verónica, quiso ir más adelante, contando con el fervor de las hermanas y con la confianza que éstas depositaban en ella al reelegirla. Con los años, como sucede de ordinario, fue suavizando aquel rigor y se mostró más comprensiva y condescendiente, convencida tal vez de que la tensión permanente en pretender lo perfecto puede degenerar en un formalismo sin vigor evangélico.

Las hermanas que testificaron en orden al proceso de beatificación recuerdan con admiración la eficacia de su ejemplo personal, sus exhortaciones llenas de sabiduría superior y de celo por el bien de todas. Solía repetir: «Jesús quiere ser servido por nosotras y por todos a modo suyo, no a modo nuestro». Y también: «Por nuestro buen Dios todo es poco, lo que se hace y lo que se padece».

Insistía sobre la caridad fraterna, que se debía manifestar en la solicitud de las unas por las otras, en la colaboración y hasta en las maneras delicadas y corteses del trato. Todo en un clima de alegre sencillez franciscana y de igualdad, sin diferencia entre hermanas de coro y conversas o «de obediencia», sin títulos ni tratamientos rebuscados. Ella se hacía llamar sencillamente «sor Florida». Y quería le fuera dado el tratamiento italiano del voi, común entre iguales, y no el de lei (usted), que era la fórmula de respeto, uso al que les costaba habituarse a las jóvenes recién llegadas. No contenta con la igualdad interna, sin discriminación alguna, hubiera querido volver también a la Regla de santa Clara en lo tocante a las hermanas externas, que no profesaban clausura. Por propia cuenta pidió y obtuvo de Roma hacerlas vivir con las demás dentro del convento, a fin de que pudieran compartir la vida comunitaria con las demás. Pero halló fuerte oposición entre las claustrales y, probablemente, también entre las interesadas; y tuvo que renunciar a su intento.

Desde novicia sor Florida se distinguió por una extrema pobreza personal. En la renovación de la comunidad, llevada a cabo por santa Verónica durante su gobierno, la pobreza ocupaba el centro del programa, y se pensaba que no se podía ir más lejos en la «expropiación» de las hermanas. Pero sor Florida desplegó un celo todavía más avanzado, imponiendo un desprendimiento radical y una línea de austeridad y de sencillez así personal como comunitaria. No toleró ninguna curiosidad en las celdas. En 1732 el capítulo de la comunidad tomó la decisión de quitar de los ornamentos sagrados toda ornamentación en oro. Otro paso audaz dio en 1737, asimismo por decisión capitular, y fue la sustitución de los cuadros al óleo, que había en el coro, con sencillas estampas de papel de las estaciones del Vía Crucis. Todo ello con el consiguiente consentimiento del obispo.

Austera consigo misma, y amante de la sencillez y de la austeridad en las cosas externas, era en cambio generosa en proveer a las hermanas de todo lo necesario, sobre todo cuando se trataba de mirar por la salud y por la higiene personal.

En todos esos años sor Florida se sintió obligada con una doble deuda para con santa Verónica. Ante todo, se ocupó de impulsar la prosecución del Proceso de canonización de la que todos designaban con el título de Venerable; había sido iniciado ya el mismo año de su muerte, 1727, a nivel diocesano; durante el proceso apostólico, con una larga declaración muy detallada. La comunidad halló modo de afrontar los gastos gracias a la ayuda de válidos bienhechores, entre los que figuraban los hermanos de la abadesa. Ella seguía de cerca todos los pasos de la Causa; hacía imprimir y difundir estampas de la Venerable. Pero los procedimientos eran lentos y los gastos se multiplicaban. Sor Florida murió sin ver logrado su anhelo: la beatificación de Verónica no llegaría hasta el año 1804 y su canonización en 1839.

La otra deuda con su venerada maestra era la fundación de un monasterio de capuchinas en Mercatello, en la antigua casa de los Giuliani. No le fue fácil lograr que el proyecto fuera aceptado por el obispo de Urbania y por el clero de Mercatello, población pequeña de montaña, donde ya existía el monasterio de Santa Clara. Pero logró conseguir buenos colaboradores y bienhechores. En 1753 fue colocada la primera piedra. Sor Florida estaba al tanto de cada particular; se conservan medio centenar de cartas suyas a los delegados del obispo para la construcción del edificio. Antes de morir, en 1767, pudo tener el consuelo de saber que la obra estaba terminada y que sólo se esperaba la aprobación pontificia para realizar la fundación. El monasterio sería inaugurado seis años después, en 1773.

«No se enciende una lámpara
para tenerla oculta bajo el celemín» (Mt 5,15)

La paradoja de la vida contemplativa, que se repite dondequiera que haya un corazón abierto enteramente a la acción de Dios, es patente en la vida de Florida Cevoli: una espléndida irradiación benéfica sobre cuantos buscan su intercesión, su consejo o sencillamente su don de consolar y de dar ánimos, tantísimos que experimentan el atractivo de su experiencia de lo divino.

Por mucho que la hija de los condes de Cevoli tratara de olvidar y hacer olvidar su rango social, era aquella una realidad que no era posible anular. Sus hermanos y sus hermanas se sentían muy unidos a ella y se convirtieron en bienhechores habituales del monasterio. Familiares y parientes eran conscientes de tener una santa en la capuchina de Città di Castello. Esta fama de santidad tuvo amplia difusión desde que sor Florida fue elegida abadesa. Según algunos testimonios, el radio de expansión de la fama de la Cevoli fue más vasto de lo que había sido el de santa Verónica, teniendo en cuenta que ésta vivió totalmente incomunicada con el exterior, mientras que la Cevoli recibía visitas de toda clase de personas y mantenía una constante correspondencia. Casi todas las cartas recibidas por ella tenían como fin pedirle oraciones y consejo en situaciones delicadas.

Sería largo enumerar las personalidades de quienes se tiene noticia que mantuvieron comunicación con ella. De la familia Médici de Florencia, además de la ya mencionada princesa Violante, la visitó en 1728 la princesa Eleonora y el marqués Lucas de Médici, que le consultó sobre su elección de estado. Mención especial merece la amistad espiritual con María Clementina Sowieski, princesa polaca, esposa de Jacobo III Stuardo, pretendiente al trono de Inglaterra, residente en Roma.

Città di Castello es deudora a sor Florida por su mediación de paz en una coyuntura grave de su historia. A la muerte del papa Benedicto XIV, en 1758, estalló en la ciudad un motín popular contra la autoridad local; durante un mes los amotinados fueron dueños de la población, hasta que llegó la noticia de la elección del nuevo papa Clemente XIII, y las tropas lograron poner orden. Fueron procesados los numerosos responsables de la sublevación. El obispo, monseñor Lattanzi, apoyado por el clero secular y regular, asumió el difícil cometido de lograr la amnistía; para ello se sirvió de un expediente que consideró eficaz: invitó al comisario pontificio a hacer una visita al monasterio de las capuchinas; en un momento, como estaba planeado, sor Florida, que era vicaria, se arrodilló a los pies del comisario y, con gran vehemencia, pidió misericordia para los imputados y compasión para sus familias. El comisario prometió referir al papa la petición de la religiosa. Siguieron días de incertidumbre. Sor Florida escribió personalmente al secretario de Estado, cardenal Torregiani, que la veneraba desde que fue gobernador de Città di Castello. Por fin llegó el decreto de amnistía total, que fue recibido con general algazara por toda la ciudadanía.

Una espiritualidad centrada en el amor

Sor Florida, al dar comienzo a su noviciado bajo la guía de sor Verónica, poseía ya una no exigua experiencia interior de rasgos bien definidos. Verdadera discípula de la Santa, no anuló su personalidad humana ni espiritual ante la exuberancia mística de su maestra.

Los datos biográficos que conocemos permiten trazar, en parte, los rasgos del sujeto humano, sobre el cual obró la gracia. Como hemos visto, ya desde niña tendía a la obesidad. Las enfermedades que la aquejaron fueron doblegando progresivamente sus miembros, pero sin hacerle perder aquel su innato continente que infundía respeto. Estaba dotada de gran habilidad para las labores, escribía con soltura y buen ingenio sus cartas, con una bella caligrafía cuyos trazos revelan claridad de objetivos y firmeza de carácter. Se movía holgadamente en los varios asuntos, aun económicos, demostrando notable sentido práctico. No faltaban, con todo, las limitaciones, por ejemplo su inhabilidad para el canto, que constituía una semejanza más con santa Verónica, la cual dejó escrito: «No sé cantar». De sor Florida afirma una de las hermanas en el proceso: «No poseía buena voz para el canto, y ni siquiera oído». De sus cualidades literarias, especialmente poéticas, tenemos ejemplos en algunas composiciones hechas con ocasión de los solaces familiares de la comunidad.

Los testimonios la describen como muy afable y suave en el trato, más por virtud que por temperamento, ya que «era de natural enérgico y fuerte, y hasta difícil, por lo cual tenía que dominarse mucho, logrando, con la ayuda de Dios, domar su carácter».

Entre las virtudes evangélicas de sor Florida la que más ponderan quienes la conocieron es su humildad, que se manifestaba en cada palabra, en cada acción suya, no menos que en su afán de verse humillada. Pero era una humildad sin afectación. Enemiga de comportamientos convencionales, trataba de habituar a las religiosas a la sinceridad en el obrar y a la rectitud en el juzgar. Por causa de su debilidad de estómago, como hemos visto, no podía observar el ayuno de regla como las demás y debía tomar alimento fuera de hora. Pues bien, en vez de esconderse, para evitar de hacerlo en público, se dejaba ver delante de todas con trozos de pan o una fruta en la mano, comiendo con desenvoltura; y, cuando alguna de las antiguas le decía que hiciera por no dejarse ver de las jóvenes, que podrían desedificarse, respondía:

-- Lo sabe Dios, y me gusta que, si Él lo sabe, lo sepan también las criaturas, que yo no ayuno.

Lo mismo que en el caso de santa Verónica, también en el de nuestra Beata tuvieron una parte importante los confesores, con los cuales se conducía con fe y obediencia total. Pero no hay indicios de que ellos hayan ejercido un influjo determinante en su espiritualidad.

En sus cartas sor Florida usa un encabezamiento que resume la esencia de su espiritualidad: Iesus Amor Fiat Voluntas tua (Jesús, Amor, hágase tu voluntad). Son los dos polos en torno a los cuales se movía su vida toda: Jesús, el Esposo divino, blanco de su amor, y la voluntad de Dios, esa «maestra de toda virtud», como la denominaba santa Verónica.

Su contemplación habitual era de la Pasión de Cristo. Cada viernes era para ella el día de sensibles experiencias íntimas. Declara una de las hermanas: «La compasión de los dolores de la Pasión se manifestaba en suspiros del corazón y en lágrimas de los ojos, si bien por su natural no era fácil al llanto».

Otro centro de su piedad era la Eucaristía. Suspiraba por el momento de la comunión. Hubiera querido introducir en la comunidad la comunión diaria, pero no había llegado el tiempo de semejante frecuencia; a los dos días semanales ya existentes, logró añadir otros dos, y buscaba motivos litúrgicos para acrecentar la frecuencia.

Añadamos la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, heredada de santa Verónica; fue para ella una fecha de júbilo extático cuando la comunidad rezó por primera vez el Oficio de la fiesta del Sagrado Corazón, aprobado por Clemente XIII. Y, como no podía ser menos en una discípula de santa Verónica, sor Florida profesaba un amor tierno a la Virgen María; más que devoción, era una verdadera espiritualidad mariana.

El itinerario místico de sor Florida hubiera podido ser conocido, como el de su santa maestra, si poseyéramos sus relaciones autobiográficas. Hubo un confesor que la obligó a poner por escrito sus experiencias; pero, a la muerte de éste, Florida se hizo devolver todos sus apuntes y, sin más, los dio a las llamas. Le repugnaba ser tenida en esto, como en otros particulares, como una réplica de su maestra.

Hemos de contentarnos, pues, con los testimonios de las religiosas y de sus últimos confesores. Y éstas nos hablan del hábito permanente de la presencia de Dios que observaban en ella, de su continua absorción en Él, incluso durante sus ocupaciones exteriores. Todas las hermanas fueron testigo de sus ímpetus de amor, de los incendios en el corazón, de los arrobamientos y de la violencia que con frecuencia tenía que hacerse para no ceder a la absorción interior. Pero la manifestación más elocuente de su corazón enamorado era el modo como hablaba de su «amado Bien», sea en los capítulos de comunidad, sea en sus exhortaciones privadas a las hermanas.

Fue un 25 de marzo, fiesta de la Anunciación, en el segundo año de su cargo de abadesa, cuando tuvo un cúmulo de gracias y de experiencias místicas, a las que siguieron otras en años posteriores, entre ellas el desposorio místico, la corona de espinas, la herida en el corazón. Cuando ésta se produjo, por el año 1747, lloró copiosamente, sea por la confusión de verse con aquella señal externa, sea porque miraba con horror todo cuanto pudiera asemejarla a santa Verónica. A las hermanas, que le preguntaban qué le sucedía, les dijo que la atormentaba un cáncer que se le había formado en el pecho; pero al confesor hubo de decirle la verdad, y le rogó que interpusiera su obediencia para verse libre de la herida externa; se ofrecía a Dios para verse llena de llagas de la cabeza a los pies antes que recibir tales favores divinos. Así lo hizo el confesor, y ella se vio libre de los efectos de la herida; y fue diciendo a las hermanas que el confesor la había curado milagrosamente del cáncer. Parece que la misma sustitución del favor místico por una llaga general en todo el cuerpo pidió al Señor cuando, en un éxtasis ante el crucifijo, Él le hizo comprender que quería comunicarle sus sagradas llagas.

Tal debió de ser el origen del herpes que la invadió totalmente y la tuvo en un estado digno de compasión en los dos últimos decenios de su vida.

Los testimonios hablan de numerosos hechos milagrosos operados por sor Florida como efecto de su fe sencilla en la providencia amorosa de Dios. Hablan también de sus sorprendentes previsiones y del don de penetrar el interior de las personas.

En el misterio del amor "penante"

Cuando el amor pasa por la Cruz, se hace «amor penante», diría santa Verónica; la vida misma toma el significado de una crucifixión purificante y redentora, de un martirio cuyo verdugo es el Amor.

Sor Florida alimentaba una sed insaciable de padecimientos, cuyo origen no era otro que la contemplación amorosa de la pasión de Cristo y el deseo de configurarse con el Redentor paciente. No contenta con las renuncias, austeridades y privaciones que comporta la vida de una capuchina, buscó en las penitencias la expresión de su amor al Esposo crucificado. Se añadieron luego las desolaciones interiores, las tentaciones de toda especie, las dolorosas y molestísimas enfermedades.

En los primeros años de vida religiosa hizo largo uso de disciplinas, cadenas, cilicios y otros instrumentos de mortificación corporal; pero más tarde le fue suficiente para tener sujeta la parte inferior el sufrimiento de sus dolencias; todavía, sin embargo, la oyeron las hermanas ensañarse con sus miembros hechos pura llaga.

El padecer interior, más cruel que el exterior, la acompañó desde su ingreso en el monasterio. Durante treinta años fue acosada por horribles tentaciones contra la virtud de la fe y de la esperanza, hasta ponerla a veces al borde de la desesperación. Ella misma refirió en el proceso de canonización de santa Verónica cómo, siendo novicia, fue liberada por su maestra de una fortísima tentación en que llegó a ver el infierno abierto delante de sí. Otra vez, hallándose enferma la misma Santa, fue a verla, presa de verdadero desvarío, y le dijo:

-- ¿Me salvaré o no me salvaré?

La Santa le mandó traer un niño Jesús, al que pidió una señal de la seguridad de la salvación de su hija espiritual. El Niño tomó con su manecita un dedo de Verónica, teniéndolo muy estrecho por espacio de una hora. Sor Florida fue a llamar a las religiosas para que presenciaran el prodigio. A duras penas se consiguió separar la mano del Niño. «Quedó en el dedo de sor Verónica -concluye sor Florida su declaración- la señal de la comprensión. Todo ello, ocurrió en mi presencia». Y efectivamente, todavía hoy se conserva el milagroso Niño con su dedito encorvado, como se le vio entonces.

Pero las ansiedades de la joven no terminaron. Y llegaron al punto de no poder quedarse sola de noche en su celda, por lo que intervino el confesor a fin de que fuera a dormir en la de sor Verónica, como lo hizo durante siete años.

Las tentaciones y las ansiedades duraron hasta el año 1728, a raíz de la muerte de santa Verónica, como si ésta, ahora su protectora, le hubiera obtenido el don de la paz.

Hacia el encuentro con el Amor

La verdadera cruz de sor Florida fue el herpes, que como se ha dicho la hizo sufrir indeciblemente en los veinte últimos años de su vida; ella lo consideraba como un don del Señor al puesto de los fenómenos místicos corporales. Las hermanas que la conocieron la describen «despellatada de la cabeza a los pies». Debía hacerse grandes esfuerzos para no rascarse; a veces decía a la hermana que la acompañaba:

-- No me deje sola, porque cuando estoy acompañada logro más fácilmente vencerme para no rascarme.

Pero lo que más la hacía sufrir era el saber que, por la fétida exudación del mal, era causa de mortificación y de asco para cuantos se le acercaban.

Ella todo lo soportaba con gran fortaleza, más aún, con verdadero gozo interior y exterior. A una religiosa que le aconsejaba que pidiera a Dios la aliviara de un mal tan atroz, le respondió:

-- ¡La voluntad, la voluntad de Dios hasta el día del juicio!

Los médicos que la atendían quedaban sorprendidos de tanta serenidad y paz, más aún, de aquel buen humor con que se había hecho a tolerar una dolencia que muchas veces lleva a la desesperación a los pacientes.

Cuando se vio liberada finalmente de la responsabilidad como abadesa, en 1764, si bien tuvo que aceptar aún el cargo de vicaria, hizo unos ejercicios espirituales como disposición para el paso a la eternidad. Desde tiempo atrás venía haciendo un retiro mensual con ese fin.

Los males volvieron con mayor gravedad. Su cuerpo era una pura llaga; no podía caminar sino apoyada en una o dos hermanas. Y, lo que es más sensible, su cerebro, a los ochenta años, mostraba las señales de la senilidad que la infantilizaba. La abadesa, de acuerdo con el confesor, encomendó el cuidado continuo de la anciana vicaria a una joven profesa, imponiéndole a ella que le obedeciera en todo. Era conmovedor verla ejecutar puntualmente cuanto le mandaba la joven, estarse junto a ella y responderle con sencillez a sus preguntas.

La Eucaristía seguía siendo el centro de su vida. No se podía resignar a verse privada de la comunión. En los últimos meses las hermanas la llevaban en una silla; se hacía llevar también a visitar al Santísimo y más de una vez la hallaron arrastrándose trabajosamente para ir al corito de la enfermería.

A los sufrimientos exteriores se unieron crueles crisis interiores. Pero fueron tempestades de breve duración: la impresión que daba a quien se le acercaba era de una profunda paz interior; su espíritu, aun en aquella situación de chochez, se hallaba absorto en el deseo del sumo Bien, aún con evidentes ímpetus de amor.

Recibió en pleno uso de sus facultades el santo Viático y la unción de los enfermos, y el 12 de junio de 1767, de madrugada, expiró plácidamente. Su rostro quedó sonrosado, con una expresión de gozo como si estuviera en éxtasis.

Sabiendo que sor Florida, de modo semejante a santa Verónica, había hablado alguna vez, en plan íntimo, de ciertos signos que tenía grabados en el corazón, el obispo autorizó el examen necroscópico, bajo la dirección del cirujano Bonzi. Se hicieron detenidas inspecciones y se pudo comprobar que, en el arranque de la arteria aorta, se distinguían unas formaciones que no tenían una explicación natural.

Apenas se esparció la noticia de la muerte de sor Florida, hubo una conmoción en la ciudad. Por tres días desfilaron toda clase de personas para venerar su cuerpo. Y comenzaron a difundirse las gracias obtenidas por intercesión de la sierva de Dios. Habían pasado sólo unos meses desde el funeral, cuando apareció en Città di Castello el padre Carlos de Padua, capuchino, con especial comisión pontificia para mover el proceso informativo diocesano en orden a la beatificación. Logró reunir buena documentación y, sobre todo, numerosas relaciones escritas por las capuchinas; pero el proceso no fue iniciado canónicamente hasta el año 1827, y procedió muy lentamente; sólo el 19 de julio de 1910 Pío X promulgó el decreto de la heroicidad de las virtudes. Todavía se ha tenido que esperar largo tiempo hasta contar con el requisito del milagro; pero también éste ha llegado, al reconocerse el carácter sobrenatural de una curación obtenida por intercesión de sor Florida, en virtud del decreto de Juan Pablo II del 13 de junio de 1992. Tras lo cual, el mismo Romano Pontífice procedió a la solemne beatificación el 16 de mayo de 1993.


Santa Verónica Giuliani (1660-1727)

Santa Verónica, monja clarisa capuchina, fue de niña caprichosa y vivaracha, a la vez que piadosa y de buen corazón. A los 16 años entró en el monasterio de Città di Castello, en el que fue muchos años maestra de novicias y abadesa. Destacó por su vida de oración y alta contemplación, acompañada de fenómenos místicos extraordinarios, relacionados especialmente con la Pasión de Cristo. En el «Diario» que escribió por orden de sus confesores nos ha dejado un elocuente testimonio de sus experiencias místicas.

En medio de populosas ciudades, en las que el tráfago impetuoso de la vida moderna se mueve alocado y febril, vemos a veces un pobre convento, circundado de misterio y de austeridad: es un convento de monjas capuchinas. El alma se estremece ante noticias y leyendas que pretenden traspasar los muros y revelarnos los secretos de esas monjitas, prodigios de penitencia y de virtud, sepulcros de silencio, huertos perfumados con una fragancia celestial, pero impenetrables como los jardines de los dioses. En uno de esos conventos vivió su vida de amores divinos Verónica Giuliani.

Las puertas de su monasterio, y aun las puertas de su alma, se nos abren de par en par en este caso, porque la misma Verónica nos ha dejado una llave de oro, invitándonos a entrar y a recrearnos con las bellezas escondidas del más deleitoso de los vegetales. Esa llave es su «Diario», escrito por un providencial mandato de sus confesores. Hoy esa alma no tiene secretos para el lector: podemos enfrascarnos y nadar en un piélago de maravillas, sin peligro de que asome a nuestros labios el gesto del desdén o de la incredulidad. Los santos no mienten, aunque nos hablen prolijamente, como Verónica Giuliani, de sus arrobamientos, de sus éxtasis o de sus triunfos.

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Nuestra heroína es una de las almas más extraordinarias que han florecido en la Iglesia Católica. Su vida llegaría a parecernos inverosímil, como un relato fantástico, si no contáramos con los más autorizados y serios testimonios. Además de sus propios escritos, abundantes de pormenores, tenemos las declaraciones no menos prolijas de sus confesores y de otras muchas personas que conocieron a la extática virgen capuchina.

Alguien ha podido decir que «ninguna mujer, después de la Virgen María, ha sido tan favorecida por el cielo como nuestra santa»; y que «en ella se encuentran reunidas y superadas todas las maravillas que admiramos en otras santas como Catalina de Siena, Teresa de Jesús, Magdalena de Pazzis; en ella brillan los dones más extraordinarios, más raros y más ricos de la gracia; y en ella se completa, por manera inefable y única en los faustos de la Iglesia, la misma Pasión de Nuestro Señor Jesucristo».

La gran vidente capuchina lleva hasta el límite, por así decirlo, el endiosamiento de un alma, su entrega total al Señor, esa «vida oculta con Cristo en Dios», según la frase magistral y expresiva de San Pablo.

Su biografía es un tejido deslumbrante de piedras preciosas: todos los carismas, todos los dones del Espíritu Santo, los favores más estupendos y los dolores más insoportables aparecen narrados con infantil sinceridad en las páginas del «Diario»: «A mayor honra de Dios, y para cumplir su santa voluntad, con mortificación y rubor describo cuanto paso a explicar, sólo por pura obediencia». Así comienza este libro de maravillas. Y nosotros debemos bendecir al Señor con toda el alma por haber inspirado a los superiores y confesores de la santa ese mandamiento que viene a mostrarnos a la luz del día lo que con mucha razón se ha titulado: «Tesoro oculto». Muchos años ignoró el mundo gran parte de ese tesoro, hasta que el jesuita padre Pizzicaria lo sacó al público, editándolo en los últimos años del pasado siglo. Son diez grandes volúmenes escritos en 1693 y años siguientes, y llegan hasta los últimos días de la santa. Su lectura ha de hacerse en pequeños sorbos, porque el estilo desaliñado de la autora, sus digresiones y la narración de infinitos casos parecidos producen a la larga alguna fatiga que privaría al lector de sacar todo el provecho posible.

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La pluma de Santa Verónica no tiene aquel gracejo y ática finura de las obras similares de Santa Teresa de Jesús; no deleita con el donaire y el desenfado españolísimos de la virgen de Avila; aquí no hay galas de estilo, sino incendios de amor. Teresa tiene un carácter más varonil y más audaz; Verónica es más afectuosa y delicada; la española es una mística «de armas tomar», la italiana es un espíritu dulce y sosegado; la carmelita corre por todos los caminos de España, levantando conventos, hablando con reyes y con mendigos, promoviendo la reforma y llevando a Dios consigo a dondequiera que va; la capuchina vive oculta en el claustro, sin hablar más que con sus hermanas y con sus confesores, encerrada en el costado de Jesús, enfrascada en continua y sublime oración. Teresa vive en la tierra, y toca en los cielos; Verónica vive en el cielo, pero toca la tierra. Dos almas igualmente gigantescas, gemelas a pesar de su diverso carácter; dos ejemplares excepcionales, de los cuales puede sentirse orgullosa la humanidad.

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En 1660 nació nuestra santa en Mercatello, ciudad del antiguo ducado de Urbino (Italia). En el bautismo le pusieron por nombre Úrsula. Su madre, Benita Mancini, era dechado de madres cristianas, y los hijos formados en aquel piadoso hogar se distinguieron por una virtud poco común: era una familia de santos. Dios reinaba en el corazón de todos y se recreaba en habitar la casa donde tanto se le amaba. El jefe de la familia, Francisco Giuliani, aunque poseía un excelente corazón, era quizás la nota discordante: aficionado en demasía a las vanidades y pasatiempos, abandonó durante algunos años las prácticas cristianas. Su hija Úrsula, que lo amaba tiernamente y que era correspondida en la misma forma, consiguió, andando el tiempo, que volviese al buen camino, que muriese en gracia de Dios, y aun pudo librarle de una parte de las penas del purgatorio.

Nuestra pequeña Úrsula dio, desde los primeros años, pruebas inequívocas de su futura santidad: era la predilecta de Jesús. Su virtud naciente no fue consecuencia de una sensibilidad enfermiza y veleidosa, sino el fruto maduro de una excelente educación, y tenía el apoyo de dos sólidas bases, las mismas que serán el fundamento de toda su vida: amor sin límites a su Dios y deseos de sufrir mil dolores por Él. Estos dos rasgos de la fisonomía espiritual de nuestra santa comenzaron a percibirse, aunque borrosos e imprecisos, en su más temprana edad. Oigamos una anécdota, tal como nos la cuenta ella misma: «Contaba yo unos tres años de edad, cuando oyendo leer la vida de algunos santos mártires me dio gran deseo de padecer. Entre los tormentos que padecieron estaba el de haber sido abrasados; y al oír esto, también yo sentía deseos de ser quemada por amor a Jesús, tanto que hallándonos en invierno, puse una mano en el brasero, con la idea de quemarme como aquellos santos mártires. La mano se abrasó por completo, y si no me quitan el fuego, ya se asaba... Me parece que en aquel instante ni siquiera sentía el fuego, porque estaba como fuera de mí de contenta. Bien es verdad que pronto sentí el dolor de la quemadura, y ya se me habían contraído los dedos. Todos los de casa lloraban, pero yo no recuerdo haber derramado una lágrima».

A la misma edad, queriendo imitar a Santa Rosa de Lima, cuya vida oyó leer, inventó un modo infantil de darse las disciplinas. «No teniendo con qué disciplinarme, me quitaba el delantal, hacía muchos nudos en las cintas del mismo y, puesta detrás de alguna puerta, me golpeaba».

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Pero no todo era apariencia e imitación exterior. La santa niña fortalecía su espíritu con la oración continua, adivinando ya que la verdadera santidad no está en padecer ni en mortificarse, sino en la unión total con la voluntad de Dios. Su deseo más vehemente era llegar a la edad de la primera comunión, pues preveía que por el alimento del sagrario había de llegar a esa unión, en la que soñaba despierta y dormida. Comulgar era, en aquellos primeros años de su vida, la idea dominante, la suprema aspiración de todo su ser. Dos hermanas suyas, religiosas ambas, atestiguaron, muchos años más tarde, estos preciosos recuerdos: «Al regresar a casa nuestra tía o nuestra madre, después de haber comulgado, salíales al encuentro Úrsula, y les decía muy alegre: "¡Oh, qué rico olor, qué exquisito perfume!" Y a la edad de seis años, cuando nuestra madre fue viaticada, Úrsula subió a su lecho, y se esforzaba en acercar la boca a la de su madre moribunda, atraída por la fragancia de la sagrada hostia».

La enamorada niña tuvo que esperar hasta los diez años, según la costumbre de la época, para acercarse a su Amado. En 1670, estando en Piacenza, comulgó por primera vez, y debió sentir tales incendios de amor, que preguntó ingenuamente a sus hermanas cuánto tiempo solían durar aquellos maravillosos efectos.

Por el mismo estilo fue transcurriendo toda la infancia de nuestra admirable santa; «y conforme iba creciendo en edad -cuenta ella-, iban aumentando mis deseos de ser monja; pero no tenía quien me creyese, y todos me llevaban la contraria». Su padre, con una obstinación inexplicable, no quería que nadie le hablara de aquellos propósitos de su más querida hija, y se esforzaba, con tenaz ahínco, por hacerla desistir de sus ideas. Se entabló una lucha larga entre la niña y todos los parientes, alrededor de aquella decisión; y, naturalmente, Úrsula ganó la batalla a fuerza de oraciones y de penitencias.

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Tenía una hermosura delicada y grácil, un carácter vivo, una sensibilidad excepcional; era querida de todos, y nadie podía sufrir el apartarse para siempre de tan gustosa compañía. Era además voluntariosa y dominante, zalamera y caprichosa, no soportaba contradicciones y parecía que sus arrestos se multiplicaban ante los obstáculos o las negativas.

En su «Diario» nos descubre una interesante mezcla de defectos y de virtudes; la santa no omite ni el más insignificante pormenor. «Un día me vestí de hombre e hice que todas mis hermanas hicieran lo mismo, con lo que me divertí no poco... Sentía estímulos de no hacerlo más; pero después lo volví a hacer muchas veces». Leemos también en las primeras páginas este otro rasgo de un carácter excesivamente celoso: «Una vez, entre otras, di un bofetón a una criada, porque me pareció que hacía algo no muy bueno».

Para aquilatar la bondad de su corazón sensible, es necesario saber que, aun en aquellos años juveniles, no podía sosegarse ante el espectáculo de la miseria o del dolor ajeno; se enternecía de tal manera, que daba a los pobres todo cuanto hallaba al alcance de las manos, aun sus propios vestidos y juguetes. Nos cuenta que una vez, habiendo estrenado unos zapatos muy hermosos, y viendo en la calle a un pobre que pedía limosna, se quitó sus zapatos y se los dio en el acto. «Muchos años después -escribe en sus relaciones-, hallándome en oración, parecióme ver al Señor llevando en la mano un par de zapatos de oro, y me dijo: "Estos son aquellos zapatos que tú, de pequeña, me diste. Aquel pobre era yo"».

Basten los hechos que acabamos de narrar para formarnos una idea aproximada de la niñez y de la juventud de esta alma extraordinaria y del disgusto y pena que tendrían sus amigos y parientes al verla desaparecer para siempre detrás de los muros de un monasterio.

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A los diecisiete años, vencidas todas las resistencias, su vocación religiosa tuvo el ansiado cumplimiento: en el convento de capuchinas de Città di Castello, la joven se encerró definitivamente para vivir sólo para Dios. Al llegar a la puerta de la clausura, se volvió a la concurrencia que lloraba de emoción, y dijo con voz firme y alegre: «Adiós, mundo. Te dejo». Las puertas se cerraron, y la joven corrió anhelante a ocultar su alegría en la oscuridad de una pobre celda, iluminada por la presencia del divino Esposo.

La nueva monjita se llama sor Verónica; pero todas sus hermanas añaden un gracioso apodo lleno de cariño: «la Bambina», la Niña.

No vaya a creerse, sin embargo, que todo fue dulzura y consuelos en la nueva vida que tan gratamente comenzaba. A los pocos días apareció la cruz, vino el desaliento y todo se le hacía insoportable. «Parecíame la madre abadesa indiscreta, la madre maestra incapaz, y ninguna de las monjas me era simpática». A fuerza de oraciones y de vencimientos, consiguió por fin aquietar su espíritu y gustar las sabrosas mieles de la vida religiosa.

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Después de su profesión, pasó por todos los oficios y cargos del monasterio, desde el más humilde hasta el más honroso, siendo sucesivamente cocinera, despensera, enfermera, tornera, panadera, sacristana, maestra de novicias y, finalmente, abadesa, cargo que ejerció once años hasta su muerte. En todos esos puestos dejó un recuerdo imborrable por su caridad, observancia, fervor y habilidad. Cuando tenía a su cargo la despensa, un bienhechor regaló cierta cantidad de duraznos, los suficientes para que a cada religiosa le tocaran dos o tres. Pero sor Verónica continuó poniendo muchos días en el refectorio aquella sabrosa fruta, hasta que su compañera de oficio, sabedora de la escasa cantidad que se había recibido, le preguntó asombrada: «¿Cómo hacéis para que duren tanto tiempo estos duraznos?» Y la santa, sonriente y un poco avergonzada, le contestó: «Comedlos, y no penséis más en eso». La humildad de sor Verónica hizo que aquel mismo día cesara la prodigiosa multiplicación de los ricos duraznos.

Siendo abadesa, a pesar de sus muchos trabajos y de vivir en continua oración, se preocupaba de todas las menudencias de la vida material y se interesaba por todas las necesidades del monasterio. Gracias a su solicitud, el convento de las capuchinas de Città di Castello tiene hoy agua corriente, sana y en abundancia. La santa superiora mandó instalar una red de cañerías que llevasen el agua hasta los últimos rincones de la casa. La pobreza evangélica y la mortificación propia nunca han estado reñidas con la caridad.

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Por espacio de veintidós años, tuvo a su cuidado la formación espiritual de las novicias, y en tan delicado oficio desplegó todas las dotes de su alma y la habilidad de una artista consumada: las novicias salían de sus manos no sólo perfectamente instruidas, sino también santas. La fama de aquel monasterio se extendió rápidamente por Italia y aun por lejanos países; y en todas partes se hablaba con asombro de las capuchinas de Città di Castello. Sor Verónica, que en los afectos era más tierna que una madre, sabía también corregir y castigar cuando alguna de sus novicias manifestaba mal espíritu o pocos deseos de perfección. Acudía a todos los recursos que su gran corazón y fina perspicacia le sugerían, para que todas las religiosas se convirtieran en modelos de virtud, animando a las débiles, refrenando a las demasiado impulsivas, reprendiendo a las negligentes, inflamando a todas en aquel volcán de amor que ella llevaba dentro de su alma. Una de las religiosas más santas de aquel convento, discípula e íntima confidente de sor Verónica, fue la Beata Florida Cevoli, alma seráfica y jardín fragante de todas las virtudes, que mereció de Dios favores extraordinarios y frecuentes, que vivió abrasada de amor y que murió dejando un recuerdo profundo de admiración y no pequeña fama de santidad. Dícese que también ella, como nuestra Verónica, mereció llevar en su cuerpo las llagas de Cristo.

En el período de su magisterio espiritual, nuestra santa sabía inculcar a sus novicias aquellos pensamientos y amores fundamentales que llenaban toda su vida: Jesús Sacramentado, la Pasión, la Virgen Santísima, el espíritu de San Francisco, la perfecta pobreza, la no interrumpida oración, el culto de la penitencia, la pureza inmaculada, la caridad fraterna, la obediencia absoluta; en una palabra, todo aquello que promueve y perfecciona la vida interior, todo lo que trueca en paraísos los conventos y lo que lleva directamente a la conformidad de un corazón con el corazón de Dios.

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La devoción a María Santísima, que, como podrá notar el lector, es una especie de distintivo familiar de nuestros santos capuchinos, tenía en Verónica Giuliani un sello especial de poesía y de apasionamiento. Desde muy niña tuvo largos y afectuosos coloquios con su madre del cielo, sobre todo después que perdió a su madre de la tierra. En su vida religiosa, la santísima Virgen fue su confidente y amiga inseparable, la consolaba visiblemente en las penas, la conducía de la mano por las altas cumbres de la perfección, era su maestra y, como tal, le dictaba las páginas inmortales de sus confidencias místicas y de su diario autobiográfico. La mística capuchina gozaba casi diariamente de la visión y regalos de María, unas veces contemplando su gloria o sus perfecciones, otras veces participando de sus dolores y llorando con ella. Nada hacía Verónica sin consultarlo antes con su madre celestial, exponiéndole familiarmente sus dudas y obligándola con ternuras de hija a que le sirviera de guía y de maestra.

Cuando fue elegida abadesa, mandó que colocaran en el sillón abacial una imagen de la Dolorosa, y puso en sus manos las llaves, la regla y el sello del monasterio, rogándole que fuese ella la verdadera y única superiora de la casa; y dícese que todas las noches, antes de acostarse, repetía la misma ceremonia.

Cuando se acercaba alguna de las festividades de la Virgen, llovían sobre el monasterio regalos y limosnas en tal abundancia, que las religiosas lo atribuían a la devoción filial de la madre Verónica, y solían decir, a la vista de aquellas abundantes provisiones: «Hoy, la divina Abadesa nos paga la fiesta». Y Verónica llamaba a su querida Virgen «la superiora y la procuradora del convento». A veces, en graves apuros económicos, muy frecuentes en los conventos de capuchinas, la sierva del Señor acudía con especial confianza a la Virgen, le manifestaba sus necesidades y añadía con un mohín de niña mimada: «Madre mía, no tenéis más remedio que escucharme». Y, en efecto, ante tal confianza e ingenuidad, la Madre de Dios no tenía más remedio que favorecer a manos llenas a su hija, consolarla, ayudarla y santificarla.

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Pero los rasgos propios, personales e inconfundibles de la fisonomía mística de Santa Verónica son los de su semejanza en cuerpo y alma con Cristo Crucificado. No conocemos, en la historia de las almas, ninguna que se pueda igualar o comparar en este punto con nuestra santa. Es un caso inaudito, único y asombroso, que sólo puede ser creído por el testimonio de la misma Verónica que nos ha descrito, con admirable sencillez, todos los carismas con que el Señor la favoreció en los cincuenta años de su vida religiosa. La pasión de Santa Verónica viene a ser una segunda edición de la Pasión de Jesús; es el martirio de un alma, al lado del Dios mártir.

Nada tienen que hacer aquí las ciencias humanas; la crítica y la filosofía deben enmudecer; la biología tiene que postrarse de hinojos ante un caso que sale de los límites de todos los conocimientos científicos. Dejemos paso libre a la omnipotencia de Dios, a su sabiduría y a su bondad. Los mismos ángeles del cielo confesarán su incapacidad para explicarnos ese cúmulo de fenómenos extraordinarios.

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¿En qué época comenzaron las gracias especiales que recibió Verónica? «Paréceme -escribe ella- que cuando contaba tres o cuatro años, hallándome una mañana recreándome en el jardín cortando flores, parecióme ver visiblemente al Niño Jesús, que cortaba conmigo dichas flores. Dejé éstas y me dirigí hacia el divino Niño, y Él pareció decirme: "Yo soy la verdadera flor"». Y desapareció.

En sus escritos vemos numerosas referencias a estos favores celestiales, visiones de Jesús y de María, de varios santos, especialmente del seráfico Patriarca y del Ángel de la Guarda, iluminaciones, voces, deliquios y éxtasis. Pero la verdadera lluvia de regalos y de martirios, en compañía de Cristo crucificado, tuvo lugar desde que nuestra santa dejó el mundo para vestir el sayal capuchino. En los cincuenta años de vida monástica, puede decirse que no pasó día sin que Verónica participase de la vista y de los dones y sufrimientos de su celestial Esposo. A veces le sucedía sentir por algún tiempo una especie de alejamiento de Dios, una sequedad del alma que le ponía en trance de muerte; pero esas pruebas, como borrascas terribles y pasajeras, se desvanecían rápidamente, y volvía a lucir el sol vivificante, derramando sobre ella esplendores y delicias.

Verónica recorrió, paso a paso, todos los tormentos y todas las amarguras de la Pasión. Desde el cenáculo hasta el calvario, el alma de la seráfica virgen participó íntegramente de todas las escenas de aquel drama divino; ora descansando dulcemente sobre el pecho de Jesús, como el discípulo amado; ora sintiendo las espinas punzantes en la cabeza, los azotes, los clavos, la herida del costado, el peso de la cruz y el abandono mortal del cielo y de la tierra. El demonio la perseguía sin descanso, con toda su astucia diabólica; algunos de sus confesores la sumían en un mar de dudas y confusiones, la mortificaban con mandatos rigurosos y hasta juzgaban locura o hipocresía todo lo que ella candorosamente les contaba; y Cristo la asoció a su banquete de dolor y al cáliz de sus amarguras, dándole también, con larga mano, los exquisitos goces de su cariño.

* * *

El «Diario», comenzado el 13 de diciembre de 1693, abre sus páginas con este prólogo: «Estando por la noche en oración, me sentí invitar al convite del sufrimiento, y en aquel instante tuve un poco de recogimiento, durante el cual Dios me mostró aquella gran cruz, por mí tantas veces vista, haciéndome saber que hasta la santa Natividad debía experimentar muchos sufrimientos, y que en señal de esto, todos los días vería dicha cruz, con vista intelectual. Así ha sucedido; y a cada visión paréceme que se me acrecentaba el deseo de más padecer».

Después de esto, bien podía Verónica repetir con la esposa de los Cantares: «El Señor me llevó a la cámara de sus vinos, y ordenó en mí el amor».

Aceptada aquella invitación, la enamorada de Cristo vivirá una larga vida de fuego y de cruz, recorriendo un camino erizado de espinas, ascendiendo sin vacilar a la cima de todos los heroísmos. Lleva en su cabeza y en su corazón el tormento mil veces renovado de la corona punzante; bebe hasta saciarse el cáliz de Getsemaní, apurado en repetidas ocasiones, con sed creciente de padecer por su Dios; ve a Cristo azotado, hecho una llaga desde los pies a la cabeza; y ella pide con ansia una parte de aquellos dolores, y su cuerpo se cubre de heridas que, al abrirse, difunden una fragancia delicada por todo el monasterio; quiere llevar la carga de la cruz, y sus hombros se hunden con el terrible peso del madero, y sus espaldas se ponen cárdenas y doloridas; ve a Jesús abandonado de los discípulos, y ella cae también en mortal angustia, al creerse abandonada del mismo Dios; contempla con absoluta claridad al Redentor del mundo, clavado en la cruz, agonizante o muerto, y el día 5 de abril de 1697, Viernes Santo, recibe Verónica en su cuerpo las cinco llagas, tangibles, sangrantes, llagas que le contraen los nervios a la vista de todos, con todos sus dolores y espasmos, derramando tal cantidad de sangre, que mancha el suelo y los vestidos; ve el costado abierto del Salvador, y también ella participa de esa última llaga, sintiendo muchas veces que su corazón está traspasado por una lanza misteriosa, y muriendo a cada latido por las contracciones espantosas de todo su ser.

Todos estos tormentos y otros mil que ella describe en su «Diario», no eran simples alucinaciones de la fantasía o meros efectos del sistema nervioso alterado. Los dolores iban acompañados de señales visibles que indicaban su intensidad; la cabeza se hinchaba, la sangre corría, las llagas resistían a todos los medicamentos y se cerraban instantánea y perfectamente sólo al mandato de los superiores. El obispo, los confesores, los médicos y las religiosas eran testigos de los efectos físicos de aquella continuada pasión. La misma Verónica, a pesar de su humildad y de su repugnancia, tenía que confesar claramente los extraordinarios fenómenos de su vida. Si fue mártir en cuerpo y alma por la participación de los tormentos de Cristo, no menos mártir fue por la obediencia impuesta por sus superiores.

Durante su larga vida religiosa pasaron por el convento de Città di Castello unos treinta y nueve confesores, entre fijos y extraordinarios; y todos ellos, lo mismo que los sucesivos obispos de la diócesis, están conformes en afirmar la absoluta veracidad de la santa y la realidad evidente de sus asombrosos martirios.

* * *

Añádase a esto la dura penitencia que ella misma se imponía, ya por sus pequeños defectos, ya por los pecados del prójimo... En sus relaciones se leen frases como éstas: «No siento pena de los tormentos, sino que sufro por no hallar penas... Tendíame sobre espinas, revolvíame entre ellas y no sentía sus pinchazos. Pedía penas con las mismas penas, y penaba por no hallar penas. Estas cosas las he experimentado muchas veces. No me extiendo más en esto, porque si quisiera referir todas las locuras que el amor me ha hecho hacer entre las mismas penas, no podría describirlo con la pluma». ¡Qué largo capítulo de penitencias se oculta en estas breves lineas! Su compañera, la Beata Florida Cevoli, dejó una larga relación de aquellas maceraciones; sus confesores declararon y descubrieron pormenores abundantes; y la misma Verónica, obligada por la obediencia, reveló en su «Diario» algunos secretos de su mortificación increíble. ¡Y entre tantos ayunos, disciplinas, cilicios y privaciones, la vidente capuchina vivió hasta los sesenta y siete años, sin perder un punto la alegría, sin sentir el cansancio, sin una queja y sin un lamento!

* * *

Una de las cosas más inauditas que experimentó la santa fue la transformación plástica de su corazón de carne en una especie de compendio de la Pasión de Jesús. Este fenómeno, único quizá en la historia, acaeció el día de Sábado Santo de 1727, pocos meses antes de su muerte. Cuando Verónica reveló el secreto al P. Guelfi, su último confesor, éste quedó mudo de asombro. Le mandó que representara en un papel, aproximadamente, lo que había sentido en su interior. Verónica, que no sabía dibujar, acudió a sus dos íntimas compañeras, sor Florida Cevoli y sor Magdalena Boscaini, las cuales, siguiendo sus datos, hicieron un dibujo que fue presentado al obispo de la ciudad y que todavía se conserva. A la muerte de la santa, el obispo Mons. Alejandro Codebó mandó que se hiciera la autopsia del cadáver con todas las formalidades que el caso pedía. Treinta y seis horas después del fallecimiento, en presencia del obispo y asistiendo el gobernador Torrigiani, el canciller Fabri, varias personalidades notables, el confesor Guelfi, el pintor Angelucci y otras muchas personas, dos médicos cirujanos abrieron el pecho y extrajeron una masa de carne que debía ser el corazón. Allí, perfectamente plasmados y como esculpidos por el Artífice divino, aparecieron los principales instrumentos de la Pasión: cordeles, martillos, clavos, espadas, cruz, lanza y varias letras misteriosas, formado todo de nervios y músculos, en puntual consonancia con el dibujo que había mandado hacer la santa.

Este es el hecho, narrado por el confesor de Verónica, presenciado por muchas y respetables personas, con todas las garantías de veracidad que un fenómeno como aquél debía tener. Dirá alguno que la ciencia no puede admitir seriamente tales afirmaciones, que el tamiz científico de nuestro tiempo es finísimo, y que sólo pasa por él lo que la razón demuestra de una manera inequívoca; que esas narraciones carecen de base, y que son imposibles para la naturaleza humana; que el milagro no se admite ya en nuestros laboratorios. En efecto, respondo: la ciencia humana conténtese con explorar dentro de los límites de la razón y de la experiencia; pero no niegue las infinitas posibilidades de Dios, ni se burle de su omnipotencia, ni se divorcie de la fe. El cerebro humano es muy estrecho para abarcar todo el poder infinito de Dios. Recuerden los sabios aquellas terminantes palabras de Jesucristo: «Para los hombres esto es imposible; pero para Dios todas las cosas son posibles» (Mt 19,26).

* * *

En la vida de Santa Verónica se encuentran mezclados los dolores más acervos con los goces más deliciosos, las escenas de sangre y de cruz con los transportes del triunfo y las visiones del paraíso. Un día Cristo celebra místicos desposorios con su fiel esposa, y le quita el corazón, encerrándole dentro del suyo; otro día se le aparece con todo el esplendor de su gloriosa humanidad, revestido de pontífice eterno, y administra a su sierva la sagrada comunión, en medio de un torrente de dulzura; la Santísima Virgen se deja ver, sonriente y maternal, toma la cabeza de su amada hija y la coloca en el descanso de su regazo; los ángeles y los santos bajan hasta la estrecha celda de la monja, y le dan lecciones sublimes de todas las virtudes; el Seráfico Patriarca, modelo y padre de Verónica, la visita resplandeciente y llagado, animándola a seguir con él por el camino de la cruz; las almas del purgatorio le piden su ayuda, y ella las libra del tormento tomándolo para sí.

El «Diario» de Santa Verónica no es más que eso: un recuento inacabable de virtudes, de vencimientos, de martirios y de favores celestiales. A veces asoma en sus páginas el rostro repugnante de Satán, ya en forma de perro rabioso y feroz, ya bajo las tocas y velos monjiles, insinuando tentaciones, promoviendo tempestades internas, mezclando su hedor pestilente con las burlas o los ataques solapados; pero la santa capuchina posee un escudo formidable para repeler los embates del enemigo: es la obediencia ciega y total a los confesores que dirigen su alma.

Dios puso cerca de la vidente hombres de excepcional virtud y prudencia, directores de férrea mano y vista de lince, que supieron encaminar a Verónica por seguros derroteros. Los nombres del jesuita P. Crivelli, de los filipenses Capelletti, Bastianelli y Guelfi, del canónigo Carsidoni, del servita Tassinari y de otros varios merecen una elogiosa mención entre los directores expertos, ecuánimes y santos. Gracias a ellos Verónica podía descansar tranquila en aquel mar de contrariedades y tentaciones que llovían sobre su alma. Dios vigilaba sobre ella por conducto de aquellos sabios consejeros. La obediencia nunca resistida fue el secreto de innumerables victorias.

* * *

La vida de la seráfica virgen había transcurrido más en el cielo que en la tierra: el fin de sus días se acercaba, y el espíritu, purificado por el dolor y por el amor, ansiaba dar el salto supremo para descansar eternamente en los brazos de su Esposo divino. Un ataque de apoplejía, momentos después de una comunión fervorosa, la postró en el lecho. El pobre cuerpo destrozado por la vejez, por las enfermedades y por el martirio de amor, fue insensiblemente perdiendo las fuerzas y el movimiento: sólo el espíritu parecía más joven cada día, más ágil y animoso. Cuando Verónica recibió los últimos sacramentos creyóse que el ímpetu de su santa impaciencia acabaría por transportarla súbitamente al paraíso. Pero la muerte no se apresuraba: la santa quiso apurar hasta las heces el cáliz de todos los sufrimientos, ofreciéndose como víctima expiatoria por los pecados del mundo. Fueron treinta días de nuevos dolores.

En la mañana del día 9 de julio de 1727, el confesor se acercó a la enferma y le dijo: «Sor Verónica, si es del agrado del Señor que vayáis ahora a gozarle, y si quiere Dios que para este trance intervenga la orden de su ministro, yo os la doy». La moribunda, imitadora perfecta de Cristo paciente, quiso imitarle hasta el fin. «Et inclinato capite, tradidit spiritum»: «E inclinando la cabeza, entregó su espíritu». Aquel día era viernes, el día predilecto de su corazón, el día en que Jesús solía regalarla con dolores y consuelos.

Verónica había pasado toda su vida en el amoroso costado de Cristo: el corazón de Jesús había sido su celda, su monasterio y su cielo.

Cuentan sus biógrafos que, estando su santa madre en la última enfermedad, llamó junto a su lecho a sus cinco hijas, les dio la bendición con un crucifijo, y les fue señalando las llagas de Jesús, una para cada una, como refugio y encierro de sus almas para toda la vida. A nuestra santa, por ser la menor, le tocó en suerte la llaga del costado, el refugio del amor. Y en verdad, que en ese Corazón divino hizo su morada durante la vida, y en él habitará para toda la eternidad...


Prudencio de Salvatierra, OFMCap, Santa Verónica de Julianis, en Ídem, Las grandes figuras capuchinas. Madrid, Ed. Studium, 1957, 2.ª ed.; pp. 141-160.

Alcobendas, Madrid (España)




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