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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net La religiosa y las necesidades del mundo
La Iglesia debe buscar el mejor medio para lograr que el agua llegue al hombre
La religiosa y las necesidades del mundo
Introducción. Los cuarenta años de vida post-conciliar han enseñado a la
vida consagrada han ayudado a la Iglesia, y por ende
a las mujeres consagradas, a conocerse mejor, para mejor evangelizar.
Este es a mi parecer, el núcleo del Concilio, su
interés y su objetivo prioritario, como lo podemos leer en
la última sesión pública del mismo Concilio1 , y como
recientemente el Papa Ratzinger ha subrayado2 . El Concilio no
pretendía definir nuevos dogmas, sino hacer frente a una situación,
hasta cierto punto alarmante. La humanidad cambiaba a pasos acelerados.
Los procesos de maduración del hombre y de las culturas
habían cambiado en el curso de unos cuantos años. Las
transformaciones de una sociedad meramente agrícola a una sociedad industrial,
la forma de concebir el mundo y las relaciones humanas,
incidían en modo dramático y muchos veces desconcertante en el
hombre. La Iglesia, como “madre y maestra” de la humanidad,
debía estar al corriente de estos cambios para ayudar al
hombre a cumplir con el fin para el cual había
sido creado. Sin embargo, se notaba un gran desfase entre
la Iglesia y la humanidad.
Aunque no podemos simplificar el objetivo
del Concilio en unas cuantas líneas, me permito hacer una
ilustración que pretende visualizar y sintetizar los propósito del Concilio.
Bien sabemos que la Iglesia ha sido fundada por Cristo
como sacramento de salvación3 , procurando buscar los medios más
adecuados para que todos los hombres lleguen a la plenitud
de la vida para la cual han sido creados. Podemos
decir, a manera de ejemplo, que la Iglesia es la
encargada de llevar el agua de la salvación a todos
los hombres. Para cumplir con esta misión, la Iglesia, formada
por todos los hombres, debe conocer muy bien al agua
y a los hombres, destinatarios últimos de esta agua. Ignorando
ambos elementos la Iglesia correría un doble riesgo. El primero
sería el de desconocer qué tipo de agua debe llevar
a los hombres, pudiendo cambiarla, tomarla de otras fuentes, o
adulterarla con otro tipo de agua. Su deber en primer
lugar es la de ser la depositaria de esta agua,
conociéndola bien para que no cambie y se mantenga con
la misma frescura como cuando la recibió de su fundador,
Cristo. El segundo riesgo es la de desconocer el hombre,
el tipo de hombre al que debe llevar esta agua.
Si el hombre está vestido con un impermeable, es difícil
que esta agua llegue hasta lo más profundo de su
cuerpo. Si el hombre no se ha bañado por un
buen tipo, la suciedad impedirá que penetre el alma por
todo su cuerpo. En fin, un conocimiento adecuado y profundo
del hombre es necesario para que la función de la
Iglesia, llevar el agua a los hombres, se cumpla eficazmente.
En
este ejemplo no debemos olvidar que la Iglesia debe buscar
también el mejor medio para lograr que el agua llegue
al hombre. El simple hecho de conocer el agua y
de conocer al hombre no son motivos suficientes para cumplir
con su misión. Debe construir los medios adecuados para hacer
llegar el agua al hombre. Esos medios se construirían en
gran parte de acuerdo al tipo de hombre y de
cultura al que quiere llegar. Si el hombre y su
cultura están hechos en forma de jarra, entonces un embudo
será un medio suficiente para lograr que el agua de
la salvación llegue a ese hombre y su cultura. Pero
si ellos, hombre y cultura, tienen la forma de un
plato, entonces un embudo resultará del todo inadecuado. Versar el
agua sobre un plato con un embudo puede resultar inútil
o simplemente portador de pocos frutos. Buscar el medio más
adecuado para hacer llegar el agua a un plato, sería
el construir una manguera de dimensiones adecuadas, de forma tal
que el agua no se disperse en el momento de
llegar al plato.
El ejemplo podrá parecer un poco tonto, pero
pienso que es ejemplificativo del objetivo que pretendía el Concilio:
profundizar sobre las verdades de la fe para hacerlas accesibles
al hombre de hoy, después de haber reflexionado a su
vez sobre este hombre. De aquí la doble necesidad en
el momento de aplicar el Concilio Vaticano II: conocer las
verdades de la fe4 y conocer al hombre de
hoy. Y esta consigna quedó esculpida para la vida consagrada
en el decreto Perfectae caritatis.
El hecho de concebir a una
religiosa como una evangelizadora en medio de las necesidades del
mundo, es un fruto del Concilio. Bien sabemos que el
documento conciliar del Vaticano II dedicado a la vida consagrada,
Perfectae caritatis, buscando como objetivo la adecuada renovación de la
vida consagrada5 , había delineado cinco principios básicos. Uno de
ellos traza admirablemente el perfil de la mujer consagrada como
evangelizadora: “Promuevan los Institutos entre sus miembros un conocimiento adecuado
de las condiciones de los hombres y de los tiempos
y de las necesidades de la Iglesia, de suerte que,
juzgando prudentemente a la luz de la fe las circunstancias
del mundo de hoy y abrasados de celo apostólico, puedan
prestar a los hombres una ayuda más eficaz.”6 Este
carácter evangelizador se va desarrollando a lo largo del periodo
post-conciliar, de forma que Juan Pablo II no duda en
expresar el deseo de ver Europa nuevamente evangelizada a través
de la labor de las personas consagradas7 .
Se abre por
tanto un nuevo capítulo para la vida consagrada pues el
Concilio está lanzando a la vida consagrada a prestar a
los hombres la ayuda más eficaz, apoyándose siempre en los
principios del Concilio Vaticano II: conocer la propia fe, conocer
al hombre actual y buscar los medios más eficaces para
hacer que la salvación llegue a este hombre actual.
Conocer las
verdades de la fe, para conocer al hombre de hoy. De
esta forma, a mediados de los años sesentas, dio inicio
una aventura para la vida consagrada que aún estamos percibiendo
sus efectos8 . Desde la convocación de los Capítulos Generales
extraordinarios, hasta la modificación de las Constituciones, pasando en muchos
casos a la apertura de casas en tierras de misión,
o simplemente a re-plantearse las diversas actividades de apostolado, los
objetivos del Concilio vaticano II han ido tomando forma en
la vida de muchas mujeres consagradas y de muchos Institutos
de vida consagrada.
Sin embargo los resultados no son uniformes, a
pesar de la diferencia natural de cada Instituto debido a
su propia identidad. La diferencia, como dirá Benedicto XVI en
el discurso ya citado del 22 de diciembre de 2005,
está en la forma en que se recibió y en
el que se aplicó el Concilio. Diferencia que estriba principalmente
en el vínculo que se estableció con el pasado histórico9
, siendo para algunos el Concilio Vaticano II un momento
claro de ruptura con el pasado para inventar nuevas formas
de llegar al hombre, una nueva antropología y también una
nueva fe. Observamos por tanto distintos panoramas en el mundo
religioso femenino.
Están los Institutos que han preferido la hermenéutica de
la discontinuidad y se han dedicado a interpretar el Concilio
de acuerdo a sus propios principios o a sus propias
ideas, convencidas que los documentos del Concilio no reflejaron fielmente
el verdadero espíritu del mismo. Siendo que en el Concilio,
piensan ellas, se encontraban personas que debían resguardar muchos intereses
ya creados, impidieron al Espíritu el poder expresarse libremente, de
forma que los documentos no fueron fruto de las inspiraciones
del Espíritu, sino de componendas humanas, de forma tal que
se debe ir más allá de los documentos, para descubrir
el verdadero espíritu del Concilio. A ello se han dedicado,
utilizando claves de lectura diversas como la sociología, la psicología
y la política, muchas veces sin respetar los cánones de
la más elemental moral humana. Son congregaciones que más que
modernizarse, se han aseglarado, copiando formas de vida ajenas a
la vida consagrada. En sus apostolados han olvidado la labor
de la evangelización, dedicándose casi por completo a labores de
promoción humana, cuando no de agitación política activa o pasiva.
Están
aquellas congregaciones que no han querido o no han podido
llevar la adecuada renovación del Instituto. Han cambiado algunos elementos
externos, pocos, pero se han aferrado a una mentalidad pre-conciliar
privilegiando muchas de las formas, pero sobretodo una manera de
pensar muy distinta a la del hombre actual. Sus obras
de apostolado están muy lejos de ser verdaderamente representativas de
una Iglesia post-conciliar.
No podemos olvidar a las congregaciones religiosas que
no con poco esfuerzo, caminan al paso de la Iglesia
y que han llevado a cabo una adecuada renovación del
Instituto, tanto en su mentalidad como en las obras. Estas
congregaciones religiosas han comenzado en forma lenta pero segura a
través de la identificación del propio carisma. No han dudado
en invertir material humano y económico para identificar los elementos
característicos del propio carisma. Y luego sí, con el carisma
bien definido, iniciar una labor de renovación de los elementos
externos o internos, tomando como punto de referencia los documentos
conciliares y el carisma. Han comenzado con la formación de
todas las religiosas, de tal manera que todas pudieran conocer,
vivir y transmitir el carisma de la congregación y así
aplicarlo en su obrar cotidiano. Para las obras de apostolado
han seguido el criterio de conocer primero el hombre y
después buscar en el carisma los aspectos que más pudieran
adaptarse a la situación de este hombre, de forma de
brindar una ayuda eficaz, sin renunciar a su propia identidad.
Han llevado a cabo lo que Juan Pablo II llamó
la fidelidad creativa10 .
Y un cuarto estadio lo forman la
inmensa mayoría de congregaciones que se encuentran, sino indecisas, yo
diría en un estado permanente de búsqueda de la propia
identidad. Son congregaciones que si bien han llevado a cabo
algunas reformas al interno de la congregación, éstas no se
han basado en le propio carisma, por el desconocimiento del
mismo. Han hecho modificaciones de fachada que no han satisfecho
las aspiraciones más profundas de renovación. Se vive en una
constante incertidumbre, con un cierto peso y desencantamiento por la
vida consagrada. No existe un rumbo fijo y así un
Capítulo general puede deshacer lo que el otro empezó a
construir. Coexisten directrices para la formación y las religiosas frecuentan
cursos guiadas más bien por el gusto personal, que por
una verdadera necesidad. El problema fundamental de estas congregaciones es
que o han hecho los estudios necesarios para conocer el
propio carisma, de forma que éste pueda informar todos los
aspectos de su vida y quehacer cotidiano.
No ha sido fácil
por tanto, renovar el carisma de la vida consagrada ni
renovar cada carisma de los institutos de vida consagrada. Hay
quien cree que el carisma viene renovado porque la congregación
se dedica a obras de ecología o a los así
llamados “apostolados de frontera”. Nada más lejos de la realidad11
. El camino que se debe recorrer es doble. Por
un lado es necesario conocer al hombre de hoy y
por otro lado es necesario conocer perfectamente el carisma y
promover su desarrollo.
Decía el teólogo alemán Bonhoeffer12 que actualmente
se debía leer el periódico con una mano y tener
el evangelio en la otra. Quien por misión13 propia
está llamada a dar a conocer a Cristo al mundo
entero, no puede encerrarse en su propio espacio. Debe conocer
al mundo y lo que en él acontece. Atrás han
quedado las concepciones erróneas de la vida consagrada como la
fuga mundi en que se daba la espalda al mundo
por considerarlo exclusivamente materia de tentaciones. Este conocimiento del mundo
es la concretización de la llamada de la Perfectae caritatis
en el número antes citado. Un conocimiento que no se
reduce solamente a estar al tanto en las noticias o
en los acontecimientos políticos del mundo. Es necesario en primer
lugar conocer la configuración natural de este hombre, es decir,
cómo está constituido. Muchos se han ayudado en este trabajo
de conocer al hombre de diversas ciencias humanas, especialmente la
psicología y la sociología, pero creo que han olvidado o
dejado a un lado la antropología filosófica que puede dar
una visión más completa y amplia de la configuración del
hombre. Quien se ha ido por la psicología o la
sociología creo que ha reducido su conocimiento del hombre a
meros accidentes y fenómenos de conducta. Es necesario por tanto
conocer el material primario del que está hecho el hombre
y así poder encuadrar en este marco conceptual todos los
accidentes y fenómenos adscritos a su situación cultural y a
su devenir natural.
Este conocimiento permite establecer las bases de ayuda,
como pide el citado número de la Perfectae caritatis: puedan
prestar a los hombres una ayuda más eficaz (Perfectae caritatis,
n.2d). La ayuda más eficaz será aquella que aporta al
hombre el medio o los medios concretos y realizables para
lograr su salvación. Es cierto que la salvación está unida
a las circunstancias socioculturales del hombre y que no se
puede pensar muchas veces en la salvación del hombre en
forma desencarnada, cuando se le debe muchas veces ayudar a
resolver sus necesidades primarias. Pero es cierto también que sin
unas bases firmes de la doctrina cristiana, sin tener claro
el objetivo de la salvación, se puede caer en un
trabajo meramente de desarrollo humano, perdiendo la finalidad última, como
es la evangelización del hombre. Se puede evangelizar al hombre
promoviendo su desarrollo integral, pero no se puede promover integralmente
al hombre olvidando su evangelización.
La exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata
ha dejado ya establecidos cuáles son los areópagos privilegiados de
la misión (Vita consecrata, 96) en donde viene privilegiado el
campo de la educación. No cabe duda que la educación
es un campo privilegiado para las mujeres consagradas en dónde
pueden ayudar eficazmente a que el hombre encuentre su salvación.
Educación entendida no solamente desde el punto de vista académico,
sino como una ayuda para crecer en humanidad bajo la
acción del Espíritu Santo (Vita consecrata 96). De esta manera,
el hombre podrá comenzar a verse a sí mismo y
ver al mundo con los ojos de Dios y coadyuvar
a la misión salvífica del mundo, comenzando primero por su
propia evangelización.
Para lograr este proceso educativo de la evangelización en
todos los niveles, no solamente en el nivel educativo, es
necesario que la mujer conozca perfectamente al hombre que debe
evangelizar y las verdades de la fe que debe transmitir.
Sin este doble conocimiento se corre el riesgo de que
la comunicación venga viciada, ya que al no conocer el
destinatario no se saben adecuar los contenidos del mensaje al
destinatario concreto. No se escogerá por tanto el medio propicio
para hacer llegar este mensaje.
Cuando la mujer consagrada conoce
y reflexiona los contenidos de la fe que debe transmitir
para evangelizar al hombre, entonces podrá establecer un diálogo adecuado
con el hombre de hoy. De lo contrario corre el
riesgo que la evangelizadora sea evangelizada con el mensaje anti-evangélico
del mundo de hoy. El diálogo propuesto por el Concilio
Vaticano II y ratificado por Pablo VI como el medio
privilegiado de la evangelización14 , sólo tiene sentido cuando se
conoce perfectamente las verdades de fe sobre las que se
van a dialogar.
Diálogo no es otra cosa que buscar
el medio más adecuado para hacer llegar al hombre de
hoy las verdades de la fe. Es buscar la forma
de hacer llegar el agua de la fe al plato
que puede ser el hombre de hoy. Este medio está
compuesto de una metodología y de una espiritualidad bien precisa,
pues al hablar de la transmisión de la Palabra, no
hablamos solamente de la transmisión de unos datos, sino de
vida, de verdadera vida divina. Por ello, además de buscar
e idear unas formas precisas, es necesario que estas formas
estén llenas de Dios o hagan siempre referencia a Él,
de lo contrario el medio será simplemente un aparato humano
que no llegará al fondo del corazón del hombre.
En el
proceso de encontrar el medio más adecuado, la religiosa lleva
ventaja a los laicos, ya que, cuando conoce el carisma,
se apoya en él como medio para evangelizar, encontrando ahí
una metodología y unos medios muy precisos que hacen siempre
referencia a una espiritualidad concreta. Esto se puede lograr a
condición de que se conozca perfectamente el carisma del fundador
y se esté dispuesta a desarrollarlo en las diversas circunstancias
que la evangelización lo requiera.
Conocer perfectamente el carisma no significa
conocerlo de memoria, sabiendo las fechas más importantes de la
vida del fundador o de la historia de la congregación.
Conocer perfectamente el carisma no es estudiar las Constituciones y
ser capaz de repetir algunos números de memoria. Conocer perfectamente
el carisma es saber distinguir el evento que dio origen
al carisma, la experiencia del Espíritu hecha por el Fundador
y ser capaz de sacar de ahí los elementos necesarios
para aplicarlos a las circunstancias actuales. Como dice el documento
Mutuae relationes: “El carisma mismo de los Fundadores se revela
como una experiencia del Espíritu (Evang. testificatio, 11), transmitida a
los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada
y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo
en crecimiento perenne.”
Cuando el carisma se vive como la
continuación en el tiempo de esta experiencia del Espíritu se
han identificado por una parte los elementos que permitieron al
fundador poner en pie el Instituto y las obras más
características de él y por otra, los sentimientos y los
propósitos que el fundador tenía para poner en pie dichas
obras. La forma en que pueden solucionarse algunas de las
necesidades del mundo actual, se basará en los sentimientos y
los propósitos del fundador, es decir la forma en qué
Él hubiera resuelto dichos problemas. Sentimientos y propósitos del fundador
se encuentran englobados en lo que la Iglesia reconoce como
patrimonio del instituto16 .
Por ello la Iglesia habla del desarrollo
constante del carisma, pus si bien las necesidades que dieron
origen al carisma pueden haber pasado, permanece sin embargo el
espíritu con que el fundador enfrentó dichas necesidades. Es este
espíritu el que debe aplicarse cada vez que las mujeres
consagradas se cuestionan sobre la forma más idónea para ayudar
al hombre actual.
De ahí que la lectura de los problemas
actuales necesariamente requiera primero un conocimiento adecuado de las verdades
de la fe, unido a un conocimiento perfecto del carisma,
que les permita aplicarlo a las circunstancias actuales, buscando las
formas más adecuadas de hacer llegar el aguade la salvación,
siempre a través de la aplicación de la espiritualidad y
la metodología apostólica propias, basadas en el carisma.
Formarse en y
con la propia identidad para formar en la identidad. Reducir la
misión a una acción específica, es despojar a la misión
de su fundamento teológico y de su proyecto carismático. Por
una parte al exhortación apostólica Vita consecrata fundamenta la misión
en la consagración, estableciendo un vínculo tal entre ambas que
no puede concebirse misión sin consagración ni consagración sin misión.
Una presupone la otra: “Se puede decir por tanto que
la persona consagrada está «en misión» en virtud de su
misma consagración, manifestada según el proyecto del propio Instituto. Es
obvio que, cuando el carisma fundacional contempla actividades pastorales, el
testimonio de vida y las obras de apostolado o de
promoción humana son igualmente necesarias: ambas representan a Cristo, que
es al mismo tiempo el consagrado a la gloria del
Padre y el enviado al mundo para la salvación de
los hermanos y hermanas.”17
Por otra parte, el mismo párrafo
apenas citado establece el proyecto carismático de cada Instituto que
no es obra de la genialidad de unos hombres o
de unas mujeres, sino que responde a una o más
necesidades de la Iglesia18 . Una necesidad que no viene
inscrita en el tiempo, sino que se prolonga a lo
largo del tiempo, ya que el proyecto carismático de un
Instituto no queda reducido a las obras o a las
acciones apostólicas, sino que comprende la experiencia del Espíritu hecha
por el fundador y que deja una huella en la
manera de afrontar las necesidades, cualesquiera que éstas sean a
lo largo de la historia. La experiencia del Espírituda origen
a una metodología apostólica, que se concretiza en una forma
especial de ver las necesidades, una manera muy específica de
afrontarlas.
De ahí que frente a las necesidades del mundo, las
religiosas deben en primer lugar formarse en y formarse con
la identidad propia, es decir con el propio carisma. Una
mujer idéntica es aquella que tiene claro en la mente
lo que es y hacia dónde quiere llegar. Como mujer
consagrada con un carisma específico, sabe que debe vivir el
seguimiento más cercano de Cristo a través de los consejos
evangélicos para vivir el proyecto carismático del Instituto. Se trata
por tanto de una formación eminentemente metafísica en donde primero
debe aprender a ser y luego a hacer, como lo
viene subrayando Benedicto XVI: “Los consagrados y las consagradas, incluso
desempeñando muchos servicios en el campo de la formación humana
y en la atención a los pobres, en la enseñanza
o en la asistencia a los enfermos, saben que el
objetivo principal de su vida es « la contemplación de
las cosas divinas y la unión asidua con Dios ».
La contribución esencial que la Iglesia espera de la vida
consagrada es más en el orden del ser que en
el del hacer.”
El ser para la mujer consagrada le
viene del carisma. Conocer, vivir y transmitir el carisma en
un programa que debe orientar el ser y el quehacer
de la mujer consagrada, ya que en el carisma encuentra
el fundamento de lo que es y de lo que
hace. Por ello, ya desde la formación inicial debe aprender
no sólo lo que es el carisma, sino a vivir
del carisma y a vivir como el carisma se lo
pide. Una asimilación tal del carisma, permitirá desarrollarlo, según los
auspicios del Magisterio de la Iglesia: “El carisma mismo de
los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu (Evang.
test. 11), transmitida a los propios discípulos para ser por
ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con
el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne.”20 Esta custodia,
profundización y desarrollo, si quiere ser verdadero e integral, deberá
abarcar todas las facultades del hombre, en manera tal que
su antropología quede conformada al carisma. Una antropología fundamentada en
principios básicos y sólidos como el concebir al hombre como
creado a imagen y semejanza de Dios21 .
De esta manera,
formándose en el carisma y con el carisma, la mujer
consagrada adquiere una identidad que le perite afrontar en una
forma muy específica las necesidades apremiantes del mundo, sin temor
alguno a que se deje llevar por modas o posturas
de corte netamente horizontalista, en dónde el bienestar individual, los
puntos de vista personales, los intereses políticos o sociales, las
visiones psicologistas de la persona, prevalecen más que la urgente
misión de la vida consagrada, como es la de testimoniar
a Cristo en todas las cosas.
La tan temida secularización que
vive el mundo se ha infiltrado también en la vida
consagrada. Se vive más con los criterios del mundo
que con los criterios de Cristo, que han quedado reflejados
en el evangelio y en las Constituciones. Para muchas mujeres
consagradas las Constituciones han pasado a ser un documento de
letra muerta, superadas por visiones personalistas o por las circunstancias
del lugar, pareciendo que se viven distintos tipos de Constituciones
como cuantas comunidades existan en el mundo. Los vientos del
relativismo han penetrado también los muros del convento23 .
Por ello
quien se enfrenta a las necesidades del mundo y desconoce
o tienen una identidad débil, corre el riesgo de asimilarse
a dichas realidades, en base a un diálogo malentendido. Y
hoy por hoy, en Europa las realidades a las que
debe enfrentarse la vida consagrada pueden leerse bajo el signo
de una identidad débil. Muy útil para nuestro estudio es
el número 38 de la exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in
Europa en el que se describen ampliamente las necesidades
de Europa24 . Necesidades que bien podríamos resumir en la
siguiente frase del citado número: “La aportación específica que las
personas consagradas pueden ofrecer al Evangelio de la esperanza proviene
de algunos aspectos que caracterizan la actual fisonomía cultural y
social de Europa”. Si hemos dicho que el Concilio Vaticano
II quería provocar en los consagrados una toma de conciencia
de los problemas del mundo para ofrecer desde la propia
consagración una solución a dichos problemas, queda por descontado el
hecho de que uno de estos problemas en Europa es
la pérdida de la identidad cristiana. Consecuentemente, la religiosa puede
enfocar su proyecto carismático en la misión de dar nuevamente
a Europa su identidad cristiana.
Esta misión implica una lucha
frontal contra el relativismo imperante que ha dado origen a
la pérdida de la identidad personal de los europeos. Pérdida
de identidad que significa un analfabetismo antropológico en donde las
personas desconocen lo que son, su conformación personal y la
finalidad para la cual fueron creadas. La mujer consagrada, desde
su proyecto carismático puede venir en ayuda para recuperar la
noción del hombre como criatura de Dios. Esta recuperación de
la propia identidad, el saberse criatura de Dios, creado a
su imagen y semejanza, caído por el pecado original y
redimido por Jesucristo, podría parecer ajeno al proyecto carismático de
cada Congregación. Sin embargo lo es sólo en apariencia, ya
que cada acción apostólica guiada por el carisma, pretende ayudar
al hombre a recuperar su puesto delante del Creador.
Cuando el
fundador o la fundadora, bajo la inspiración del Espíritu santo,
pone en marcha una Congregación religiosa, si bien la chispa
que ha dado inicio a todo este mecanismo ha sido
una necesidad urgente en la Iglesia, la obra de caridad
no queda reducida al plano meramente material. La experiencia del
Espíritu que Dios suscita en el fundador le permite ver
más allá de las necesidades materiales para ver el Cristo
que sufre en cada una de esas personas. Es el
rostro de Cristo desfigurado, bien sea por el hambre, la
enfermedad, la soledad o los nuevos tipos de pobreza que
amenazan al continente europeo. Este Cristo doliente es una llamada
al carisma de cada Congregación, que habiendo aprendido a contemplar
un aspecto específico del misterio de Cristo o de la
Revelación puede venir en ayuda de estas dolencias. Aquí se
lleva a cabo la fusión entre lo antiguo y lo
nuevo. Aquí se realiza en pocas palabras, la deseada renovación
para la vida consagrada cuando frente al Cristo doliente de
la actualidad, cada congregación religiosa sabe encontrar en su propia
espiritualidad los medios necesarios para confortar ese Cristo que sufre
en la actualidad.
Y bien sabemos que en Europa, como hemos
mencionado, el sufrimiento más lacerante es el de haber perdido
su propia identidad. Sin cambiar nada, sin inventar métodos o
pedirlos prestados de otras ciencias, la religiosa puede encontrar en
el carisma los medios para dar hacer que las personas
puedan descubrir nuevamente su identidad como cristianos. Están lógicamente las
congregaciones con un carisma netamente educativo que tienen un campo
privilegiado en este aspecto, sea en la escuela o en
la catequesis. Pero todas las congregaciones, cumpliendo con su proyecto
carismático, están dando al hombre un sentido a su vida,
a su existencia. Desde el testimonio de vida, con el
que provocan un fuerte cuestionamiento sobre el sentido de la
existencia, hasta las acciones específicas de su carisma, si es
vivido con radicalidad, dejan entrever la existencia de Dios. Este
sólo hecho, el de ser testimonios verídico y creíbles de
la existencia de Dios, bastaría a los hombres para ayudarles
a lograr una ubicación en la propia vida. Ya Benedicto
XVI lo viene diciendo, que el papel más importante de
la vida consagrada es el de ser testigos que transfiguren
la presencia de Dios en el mundo: “Los consagrados y
las consagradas hoy tienen la tarea de ser testigos de
la transfigurante presencia de Dios en un mundo cada vez
más desorientado y confuso, un mundo en el que colores
difuminados han sustituido a los colores claros y nítidos. Ser
capaces de ver nuestro tiempo con la mirada de la
fe significa poder mirar al hombre, el mundo y la
historia a la luz de Cristo crucificado y resucitado, la
única estrella capaz de orientar "al hombre que avanza entre
los condicionamientos de la mentalidad inmanentista y las estrecheces de
una lógica tecnocrática.”25
Por ello el carisma, vivido con la
radicalidad y la pasión propia de quien vive una identidad
fuerte, es el punto de cohesión entre lo antiguo y
lo nuevo, entre la espiritualidad de una congregación y las
necesidades del mundo actual. No hay que buscar fuera lo
que se tiene dentro. La respuesta para las necesidades del
hombre de hoy se encuentra en la vivencia fiel, delicada,
gozosa y radical del propio carisma. Pues sólo ahí la
mujer consagrada es capaz de dar a conocer los principios
de una antropología cristiana que da al hombre su sentido
en la vida: creado a imagen de Dios, caído pro
el pecado original, redimido por Cristo. Cada acción del proyecto
carismático debe llevar a traslucir esta verdad. Si las personas
logran ver la presencia de Dios en la mujer consagrada,
lograrán ver también su propia identidad de hijos de Dios.
Dejarse
interpelar por el Amor. Quizás todos estos discursos pueden ser ya
conocidos por las religiosas y de hecho apreciados. Sin embargo
no son vividos, o cuestan mucho ser puestos en práctica.
No cabe duda de que los problemas que aquejan hoy
al mundo religioso femenino y a la misma humanidad pueden
en apariencia ser apabullantes y sin solución, o por lo
menos, sin una solución a corto plazo. Bien sabemos que
en Europa la vivencia de la virtud teológica de la
esperanza ha sido el llamado de Juan Pablo II a
todos los que de alguna manera están interesados en la
evangelización de este continente. Por ello conviene bajar al corazón
lo que se conoce con la mente.
Este proceso cordial, no
es sólo un sentimiento. Los sentimientos pasan . Lo que
se debe lograr son las convicciones profundas que nacen de
un corazón que contemplando las necesidades del mundo, deja que
esas necesidades toquen las puertas de su corazón, es decir,
de su voluntad y se lance a las obras prácticas.
Si, como decíamos en el capítulo precedente, el carisma debe
hacer de perno para vivir la propia identidad y hacer
vivir la identidad cristiana a tantas personas que la han
perdido, será el carisma el punto de inicio y de
llegada en este dejarse tocar el corazón.
Cuando la religiosa se
siente llamada por un sentimiento a sanar las heridas del
prójimo no debe quedarse meramente en el sentimiento sino que
debe comenzar a involucrar todo su ser. Quien puede asistir
a misa, comulgar, participar en la liturgia de las horas
en comunidad sin sentir su corazón apesadumbrado frente a las
necesidades del mundo, limitándose a una queja o a una
lamentación, no puede estar tranquila consigo mismo. Reduce el amor
a un sentimiento y en dado caso a una oración.
Jesucristo, siendo hombre y Dios, podría habernos salvado con un
solo acto de obediencia, pero, para enseñarnos su solidaridad con
el hombre y el misterio salvífico del dolor, ha elegido
el camino más difícil, el de la Cruz27 .
Hoy día,
el mundo religioso femenino vive como narcotizado frente a las
necesidades de los hombres. Hace de todo por no inmiscuirse
en primera persona en resolver las necesidades de los hombres,
siendo la más importante o urgente, por lo menos en
Europa, la de recobrar su identidad cristiana. Las mujeres consagradas
se engañan a sí mismas dándose argumentos para no lanzarse
a la acción. Argumentos que de todos ya son bien
sabidos: el envejecimiento de la congregación, las pocas fuerzas que
hay en comunidad, las dificultades que se tienen para comunicarse
con los jóvenes, la misma fragilidad de los jóvenes y
los adultos que no saben tomar decisiones maduras y mantenerlas
a lo largo del tiempo. Todo se convierte en una
excusa para no dejarse tocar el corazón por la situación
de grave necesidad por la que pasan los europeos, especialmente
los jóvenes. Es significativo, y hasta causa pena y risa,
ver Congregaciones enteras debatiéndose por al actualización del carisma, creyendo
que podrán vivir el carisma en la actualidad enrolándose en
la lucha por los derechos del hombre al agua, dejando
a un lado la verdadera y única necesidad del hombre,
que es la de encontrar en primer lugar su sentido
en la vida como criaturas de Dios.
De ahí que la
mujer consagrada deba hacer una verdadera contemplación mística de las
necesidades del hombre, para darse cuenta que están pidiendo a
gritos quien les dé un sentido a la existencia28 .
Mística porque debe unir al conocimiento de las realidades y
de las necesidades del hombre, su propio corazón unido al
de Cristo a través del carisma. Es leer la fragilidad
de los hombres a la luz del carisma para descubrir
en éste los medios más adecuados para dar esperanza al
hombre y ayudarle así a salir de su fragilidad, robusteciendo
su naturaleza humana. “Y me alegro también de las debilidades,
los insultos, las necesidades, las persecuciones y las dificultades que
sufro por Cristo, porque cuanto más débil me siento, tanto
más fuerte soy” (2Cor 12, 10). El carisma, conteniendo la
experiencia del espíritu29 que ha hecho el fundador, permite
a la mujer consagrada descubrir las cualidades y alas actitudes
con las que el fundador encaró la necesidad que dio
origen al carisma. La necesidad podrá haber desaparecido, o más
bien, se habrá transformado con el tiempo. Pero las actitudes
y las cualidades con las que el fundador enfrentó dicha
necesidad, forman parte del patrimonio espiritual del Instituto y deben
ser propuestas a todos los miembros del mismo como herramientas
para ayudar a solucionar las nuevas necesidades del mundo30 .
Leer por tanto las nuevas necesidades bajo el signo del
carisma, implica conocer el carisma y conocer las nuevas necesidades.
El conocimiento del carisma deberá pasar del conocimiento intelectual al
conocimiento cordial de forma tal que la religiosa quiera hacer
lo mismo que hizo su fundador, ame lo mismo que
amo su fundador y sufra lo mismo que el fundador
sufrió al ver las distintas necesidades de los hombres que
dieron origen al carisma. Estos sentimientos, no sentimentalismos, deben desembocar
en la contemplación del Cristo doliente, el mismo Cristo que
contempló el fundador bajo un ángulo y desde una perspectiva
muy especial, originada en la experiencia del espíritu. Esta contemplación
debe arrancar en la religiosa las mismas decisiones, los mismos
afectos que arrancó al fundador, de forma tal que del
sentir se pase a la voluntad de acción para ayudar
en lo concreto a este Cristo doliente.
Entonces desaparecerán los pretextos
para dedicarse a ayudar a los hombres en su fragilidad.
Se comenzará a trabajar seguros de poder ayudar a los
hombres en sus necesidades actuales.
La “fantasía” de la caridad. La necesidad
urgente por la que pasa Europa es la pérdida de
la propia identidad con las diversidades fragilidades que esta necesidad
comporta. Urgente por tanto, es la tarea de la nueva
evangelización: “Se da, por último, una situación intermedia, especialmente en
los países de antigua cristiandad, pero a veces también en
las Iglesias más jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han
perdido el sentido vivo de la fe o incluso no
se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una
existencia alejada de Cristo y de su Evangelio. En este
caso es necesaria una « nueva evangelización » o «
reevangelización ».”31
Es necesario saber descubrir las formas más adecuadas
para ayudar a los hombres a encontrar el sentido de
su vida y el sentido de ser criaturas de Dios.
Como hemos dicho, se debe contar con el carisma de
tal manera que permitirá buscar las formas más idóneas para
ayudar a los hombres a reapropiarse de su identidad, siempre
siendo estas formas en consonancia con los tiempos y con
el magisterio de la Iglesia. Es de alguna manera, cooperar
con el Espíritu que no se cansa de enviar nuevas
formas para ayudar a los hombres. Quien ama no puede
quedarse satisfecho hasta no ver contento al amado. Para las
personas consagradas que viven y trabajan en Europa el amado
es Cristo en el hombre que goza del bienestar material,
pero sufre en su espíritu al haber perdido el sentido
de su vida. El carisma dará las actitudes y las
cualidades necesarias de forma que se encuentren soluciones concretas para
ayudar a llenar esta carencia. Si el dejarse interpelar por
el Amor es el inicio de esta nueva evangelización con
el carisma, la vivencia del Amor hará que la mujer
consagrada, teniendo como base el carisma, descubra las formas más
adecuadas para evangelizar nuevamente a los hombres y mujeres de
Europa. No es solamente su cerebro el que se pone
a trabajar, es toda su persona motivada por su corazón
que no puede no dejar de amar lo que necesita
el amado. Es poner en juego la fantasía o la
imaginación de la caridad: “El panorama de la pobreza puede
extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas,
que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes
de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin
sentido, a la insidia de la droga, al abandono en
la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación
o a la discriminación social. El cristiano, que se asoma
a este panorama, debe aprender a hacer su acto de
fe en Cristo interpretando el llamamiento que él dirige desde
este mundo de la pobreza. Se trata de continuar una
tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en
los dos milenios pasados, pero que hoy quizás requiere mayor
creatividad. Es la hora de un nueva « imaginación de
la caridad », que promueva no tanto y no sólo
la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de
hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el
gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino
como un compartir fraterno.”32
NOTAS 1 “Por tanto,
este Concilio viene a resumirse en su conclusivo significado religioso,
que no es sino una potente y amigable invitación a
la humanidad de hoy a encontrar, por los caminos del
amor fraterno, aquel Dios "del que alejarse es caer, al
que dirigirse es resurgir, en el que permanecer es estar
seguro, al que retornar es renacer y en el cual
habitar es vivir" (S. Agustín, Solil. 1, 1, 3;
P.L. 32, 870)” Pablo VI, Discursos, 7.12.1965. 2 “En
el gran debate sobre el hombre, que caracteriza el tiempo
moderno, el Concilio debía dedicarse de modo especial al tema
de la antropología. Debía interrogarse sobre la relación entre la
Iglesia y su fe, por una parte, y el hombre
y el mundo actual, por otra (cf. ib., pp. 1173-1181).
La cuestión resulta mucho más clara si en lugar del
término genérico "mundo actual" elegimos otro más preciso: el
Concilio debía determinar de modo nuevo la relación entre la
Iglesia y la edad moderna.” Benedicto XVI, Discursos, 22.12.2005. 3
Catecismo de la Iglesia Católica: “775 "La Iglesia es
en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de
la unión íntima con Dios y de la unidad de
todo el género humano "(LG 1): Ser el sacramento de
la unión íntima de los hombres con Dios es el
primer fin de la Iglesia. Como la comunión de los
hombres radica en la unión con Dios, la Iglesia es
también el sacramento de la unidad del género humano. Esta
unidad ya está comenzada en ella porque reúne hombres "de
toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7, 9); al
mismo tiempo, la Iglesia es "signo e instrumento" de la
plena realización de esta unidad que aún está por venir. 776
Como sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo. Ella es
asumida por Cristo "como instrumento de redención universal" (LG 9),
"sacramento universal de salvación" (LG 48), por medio del cual
Cristo "manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del
amor de Dios al hombre" (GS 45, 1). Ella "es
el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad"
(Pablo VI, discurso 22 junio 1973) que quiere "que todo
el género humano forme un único Pueblo de Dios, se
una en un único Cuerpo de Cristo, se coedifique en
un único templo del Espíritu Santo" (AG 7; cf. LG
17). 4 Es necesario que esta doctrina, verdadera e
inmutable, a la que se debe prestar fielmente obediencia, se
profundice y exponga según las exigencias de nuestro tiempo. En
efecto, una cosa es el depósito de la fe, es
decir, las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra
distinta el modo como se enuncian estas verdades, conservando sin
embargo el mismo sentido y significado" (Concilio ecuménico Vaticano II,
Constituciones. Decretos. Declaraciones, BAC, Madrid 1993, pp. 1094-1095). 5
“Mas para que el eminente valor de la vida consagrada
por la profesión de los consejos evangélicos y su función
necesaria, también en las actuales circunstancias, redunden en mayor bien
de la Iglesia, este Sagrado Concilio establece lo siguiente que,
sin embargo, no expresa más que los principios generales de
renovación y acomodación de la vida y de la disciplina
de las familias religiosas y también, atendida su índole peculiar
de las sociedades de vida común sin voto y de
los institutos seculares.” Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965,
n.1. 6 Ibidem, 2d. 7 “El testimonio de
las personas consagradas es particularmente elocuente. A este propósito, se
ha de reconocer, ante todo, el papel fundamental que ha
tenido el monacato y la vida consagrada en la evangelización
de Europa y en la construcción de su identidad cristiana.
Este papel no puede faltar hoy, en un momento en
el que urge una « nueva evangelización » del Continente,
y en el que la creación de estructuras y vínculos
más complejos lo sitúan ante un cambio delicado. Europa necesita
siempre la santidad, la profecía, la actividad evangelizadora y de
servicio de las personas consagradas. Juan Pablo II, Exhortación apostólica
post-sinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 37 8 Utilizaré
libremente para esta parte el libro de German Sánchez Griese,
Il risveglio del carisma, Edición Art, Roma 2007. 9
“Surge la pregunta: ¿Por qué la recepción del Concilio,
en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta
ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende
de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy,
de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura
y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del
hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y
se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado
confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más
visible, ha dado y da frutos. Por una parte existe
una interpretación que podría llamar "hermenéutica de la discontinuidad y
de la ruptura"; a menudo ha contado con la simpatía
de los medios de comunicación y también de una parte
de la teología moderna. Por otra parte, está la "hermenéutica
de la reforma", de la renovación dentro de la continuidad
del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es
un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla,
pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de
Dios en camino.” Benedicto XVI, Discursos, 22.12.2005 10 “Se
invita pues a los Institutos a reproducir con valor la
audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y
fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que
surgen en el mundo de hoy.” Juan Pablo II Exhortación
apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37. 11 Arnaldo
Pigna, Fedeltà al carisma, en Duc in altum! Edizioni Art
2006, Roma, pp. 67 – 78. 12 Dietrich Bonhoeffer
(1906 – 1945) 13 “A la vida consagrada
se confía la misión de señalar al Hijo de Dios
hecho hombre como la meta escatológica a la que todo
tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece,
la infinita belleza que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón
humano. Por tanto, en la vida consagrada no se trata
sólo de seguir a Cristo con todo el corazón, amándolo
« más que al padre o a la madre, más
que al hijo o a la hija » (cf. Mt
10, 37), como se pide a todo discípulo, sino de
vivirlo y expresarlo con la adhesión «conformadora» con Cristo de
toda la existencia, en una tensión global que anticipa, en
la medida posible en el tiempo y según los diversos
carismas, la perfección escatológica.” Juan Pablo II Exhortación apostólica post-sinodal
Vita consecrata, 25.3.1996, n. 16. 14 “El deber congénito
al patrimonio recibido de Cristo es la difusión, es el
ofrecimiento, es el anuncio, bien lo sabemos: Id, pues, enseñad
a todas las gentes(43) es el supremo mandato de Cristo
a sus Apóstoles. Estos con el nombre mismo de Apóstoles
definen su propia e indeclinable misión. Nosotros daremos a este
impulso interior de caridad que tiende a hacerse don exterior
de caridad el nombre, hoy ya común, de "diálogo".” Pablo
VI, Ecclesiam suam, 6.8.1964, n. 26. 15 Sagrada congregación
para los religiosos e institutos seculares, Mutuae relationes, 23.4.1978, n.
11. 16 Códice de Derecho Canónico, Canon 578 Todos
han de observar con fidelidad la mente y propósitos de
los fundadores, corroborados por la autoridad eclesiástica competente, acerca de
la naturaleza, fin, espíritu y carácter de cada instituto, así
como también sus sanas tradiciones, todo lo cual constituye el
patrimonio del instituto. 17 Pablo II Exhortación apostólica post-sinodal
Vita consecrata, 25.3.1996, n. 72. 18 Pier Giordano cabra,
Breve corso sulla Vita consacrata, Ed. Queriniana, Brescia 2004, p.
182 – 183. 19 Benedicto XVI, Exhortación apostólica post-sinodal
Sacramentum caritatis, 22.2.2007, n. 81. 20 Sagrada Congregación para
los religiosos e Institutos seculares, Mutuae relationes, 14.5.1978, n. 11.
21 “La base de la antropología cristiana es bíblica
y está en la afirmación que el hombre ha sido
creado a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1, 26).
Esta afirmación si bien se encuentra en el libro del
Génesis y en el contexto de la creación del primer
hombre, no se refiere solamente al primer hombre, sino que
se aplica a todos los hombres. Se refiere por tanto
a la naturaleza misma del hombre y es parte constitutiva
de su definición.” Jean-Claude Larchet, L’inconscio spirituale, malattie psichiche e
malattie spirituali, Edizioni San Palo 2006, Milano, p. 19 22
“De hecho, la cultura secularizada ha penetrado en la
mente y en el corazón de no pocos consagrados, que
la entienden como una forma de acceso a la modernidad
y una modalidad de acercamiento al mundo contemporáneo. La consecuencia
es que, juntamente con un indudable impulso generoso, capaz de
testimonio y de entrega total, la vida consagrada experimenta hoy
la insidia de la mediocridad, del aburguesamiento y de la
mentalidad consumista.” Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006 23 “La legítima
pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado,
basado en el convencimiento de que todas las posiciones son
igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más difundidos
de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar
en el contexto actual.” Juan Pablo II, Encíclica Fides
et ratio, 14.9.1998, n. 5 24 “La aportación específica
que las personas consagradas pueden ofrecer al Evangelio de la
esperanza proviene de algunos aspectos que caracterizan la actual fisonomía
cultural y social de Europa. Así, la demanda de nuevas
formas de espiritualidad que se produce hoy en la sociedad,
ha de encontrar una respuesta en el reconocimiento de la
supremacía absoluta de Dios, que los consagrados viven con su
entrega total y con la conversión permanente de una existencia
ofrecida como auténtico culto espiritual. En un contexto contaminado por
el laicismo y subyugado por el consumismo, la vida consagrada,
don del Espíritu a la Iglesia y para la Iglesia,
se convierte cada vez más en signo de esperanza, en
la medida en que da testimonio de la dimensión trascendente
de la existencia. Por otro lado, en la situación actual
de pluralismo religioso y cultural, se considera urgente el testimonio
de la fraternidad evangélica que caracteriza la vida consagrada, haciendo
de ella un estímulo para la purificación y la integración
de valores diferentes, mediante la superación de las contraposiciones. La
presencia de nuevas formas de pobreza y marginación debe suscitar
la creatividad en la atención de los más necesitados, que
ha distinguido a tantos fundadores de Institutos religiosos. Por fin,
la tendencia de la sociedad europea a encerrarse en sí
misma se debe contrarrestar con la disponibilidad de las personas
consagradas a continuar la obra de evangelización en otros Continentes,
a pesar de la disminución numérica que se observa en
algunos Institutos.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in
Europa, 28.6.2003, n. 38. 25 Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006.
26 Una exposición magnífica al respecto la lleva a
cabo Benedicto XVI, cuando en su encíclica Deus caritas est
expone como el amor puede hincar en un sentimiento, pero
no debe reducirse a sentimiento, sino que de ahí debe
abarcar todas las potencias del hombre, es decir, su entendimiento
y su voluntad: “En el desarrollo de este encuentro se
muestra también claramente que el amor no es solamente un
sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa
chispa inicial, pero no son la totalidad del amor. Al
principio hemos hablado del proceso de purificación y maduración mediante
el cual el eros llega a ser totalmente él mismo
y se convierte en amor en el pleno sentido de
la palabra. Es propio de la madurez del amor que
abarque todas las potencialidades del hombre e incluya, por así
decir, al hombre en su integridad. El encuentro con las
manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros
el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de
ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad y
nuestro entendimiento. El reconocimiento del Dios viviente es una vía
hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a
la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto
único del amor. No obstante, éste es un proceso que
siempre está en camino: el amor nunca se da por
« concluido » y completado; se transforma en el curso
de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel
a sí mismo. Idem velle, idem nolle, querer lo mismo
y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han
reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante
al otro, que lleva a un pensar y desear común.
La historia de amor entre Dios y el hombre consiste
precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la
comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro
querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más:
la voluntad de Dios ya no es para mí algo
extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que
es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más
dentro de mí que lo más íntimo mío. Crece entonces
el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría (cf.
Sal 73 [72], 23-28).” Benedicto XVI, Deus caritas est, 25.12.2005,
n. 17. 27 Catecismo de la Iglesia católica, n.
615: “Como por la desobediencia de un solo hombre, todos
fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno
solo todos serán constituidos justos" (Rm 5, 19). Por su
obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución
del Siervo doliente que "se dio a sí mismo en
expiación", "cuando llevó el pecado de muchos", a quienes "justificará
y cuyas culpas soportará" (Is 53, 10-12). Jesús repara por
nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf.
Cc de Trento: DS 1529).”
28 “Pero, como han
subrayado los Padres sinodales, « el hombre no puede vivir
sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se convertiría
en insoportable ». Frecuentemente, quien tiene necesidad de esperanza piensa
poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. De este modo
la esperanza, reducida al ámbito intramundano cerrado a la trascendencia,
se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido por la
ciencia y la técnica, con las diversas formas de mesianismo,
con la felicidad de tipo hedonista, lograda a través del
consumismo o aquella ilusoria y artificial de las sustancias estupefacientes,
con ciertas modalidades del milenarismo, con el atractivo de las
filosofías orientales, con la búsqueda de formas esotéricas de espiritualidad
o con las diferentes corrientes de New Age. Sin embargo,
todo esto se demuestra sumamente ilusorio e incapaz de satisfacer
la sed de felicidad que el corazón del hombre continúa
sintiendo dentro de sí. De este modo permanecen y se
agudizan los signos preocupantes de la falta de esperanza, que
a veces se manifiesta también bajo formas de agresividad y
violencia.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa,
28.6.2003, n. 10. 29 Sagrada congregación para los religiosos
e institutos seculares, Mutuae relationes, 23.4.1978, n. 11. 30
Esto es lo que se conoce como fidelidad creativa sugerida
y auspiciado por Juan Pablo II como una forma de
llevar a cabo la adecuada renovación en los Institutos religiosos.
“Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor
la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores
y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos
que surgen en el mundo de hoy. Esta invitación es
sobre todo una llamada a perseverar en el camino de
santidad a través de las dificultades materiales y espirituales que
marcan la vida cotidiana. Pero es también llamada a buscar
la competencia en el propio trabajo y a cultivar una
fidelidad dinámica a la propia misión, adaptando sus formas, cuando
es necesario, a las nuevas situaciones y a las diversas
necesidades, en plena docilidad a la inspiración divina y al
discernimiento eclesial. Debe permanecer viva, pues, la convicción de que
la garantía de toda renovación que pretenda ser fiel a
la inspiración originaria está en la búsqueda de la conformación
cada vez más plena con el Señor.” Juan Pablo II
Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37.
31
Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris missio, 7.12.1990, n. 33. 32
Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, 6.1.2001,
n. 50.
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