La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net La palabra "Espiritualidad" en el magisterio del Postconcilio
La espiritualidad proporciona a la persona la forma y las motivaciones por las que una persona consagrada vive los elementos esenciales de la consagración.
La palabra "Espiritualidad" en el magisterio del Postconcilio
El Concilio y la importancia de contar con un Magisterio Cuando Benedicto XVI inició su pontificado el 24 de abril
de 2005 conocía de antemano algunos de los problemas más
acuciantes de la Iglesia ya que como Prefecto de la
Congregación de la Doctrina y colaborador directo de Juan Pablo
II, y miembro de diversos dicasterios de la Curia romana,
no era ajeno a la situación por la que atravesaba,
y atraviesa, la Iglesia. Después de un largo pontificado en
el que Juan Pablo II puso en práctica las enseñanzas
del Concilio Vaticano II, precedido de un pontificado en el
que Pablo VI trataba de conciliar las posturas antagónicas de
los católicos, toca a Benedicto XVI descubrir, o por lo
menos, hacer ver la realidad del Concilio Vaticano II, su
oportunidad y las deformaciones causadas por quienes lo han querido
leer en una óptica distinta a la que fue concebida,
“hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura” la llamará
en su ya famoso discurso del 20 de diciembre de
20051 . No sin gran estupor, se sigue afirmando el
creciente descontento que existe en algunos sectores de la Iglesia,
que se sienten en cierta medida “traicionados” por ella, pues
las reformas propuestas por el Concilio Vaticano II no concordaban
con sus expectativas. “La hermenéutica de la discontinuidad corre el
riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e
Iglesia posconciliar. Afirma que los textos del Concilio como tales
no serían aún la verdadera expresión del espíritu del Concilio.
Serían el resultado de componendas, en las cuales, para lograr
la unanimidad, se tuvo que retroceder aún, reconfirmando muchas cosas
antiguas ya inútiles. Pero en estas componendas no se reflejaría
el verdadero espíritu del Concilio, sino en los impulsos hacia
lo nuevo que subyacen en los textos: sólo esos
impulsos representarían el verdadero espíritu del Concilio, y partiendo de
ellos y de acuerdo con ellos sería necesario seguir adelante.
Precisamente porque los textos sólo reflejarían de modo imperfecto el
verdadero espíritu del Concilio y su novedad, sería necesario tener
la valentía de ir más allá de los textos, dejando
espacio a la novedad en la que se expresaría la
intención más profunda, aunque aún indeterminada, del Concilio. En una
palabra: sería preciso seguir no los textos del Concilio,
sino su espíritu.”2
Esta discordancia y descontento entre los que
se esperaban del Concilio una ruptura neta con el pasado
para afirmar sus ideas, y lo que realmente fueron los
objetivos del Concilio, ha tenido también sus implicaciones en la
vida consagrada femenina. Si el objetivo del Concilio Vaticano II
para la vida consagrada era “la adecuada adaptación y renovación
de la vida religiosa”3 , era de esperarse que la
vida consagrada reflexionara sobre su propia realidad y de esta
forma adaptara dicha realidad a las circunstancias de tiempos y
lugares. No se pedía un cambio, sino una adaptación. Pablo
VI ya lo decía en la exhortación apostólica Evangelica testificatio:
“Cari figli e figlie in Cristo, la vita religiosa, per
rinnovarsi, deve adattare le sue forme accidentali ad alcuni cambiamenti
che toccano, con una rapidità ed un’ampiezza crescenti, le condizioni
di ogni esistenza umana. Ma come giungervi mantenendo quelle "
forme stabili di vita ", riconosciute dalla chiesa, se non
mediante un rinnovamento dell’autentica ed integrale vocazione dei vostri istituti?
Per un essere che vive, l’adattamento al suo ambiente non
consiste nell’abbandonare la sua vera identità, ma nell’affermarsi, piuttosto, nella
vitalità che gli è propria. La profonda comprensione delle tendenze
attuali e delle istanze del mondo moderno deve far zampillare
le vostre sorgenti con rinnovato vigore e freschezza. Tale impegno
è esaltante, in proporzione delle difficoltà.”4 De esta
manera, era necesario que el organismo de la vida consagrada
se conociera con mayor profundidad, que dejara a un lado
las incrustaciones culturales que durante años o siglos fueron adhiriéndose
a su cuerpo, de forma que llegara a conocer su
esencia y de esta manera, se adaptara al mundo, a
los nuevos tiempos, con el fin de que imbuyera a
este mundo de los valores evangélicos, de los que la
vida consagrada debía ser perenne testimonio. Esta afirmación que acabamos
de dar requiere una explicación más detallada para lograr captar
la importancia del Concilio, sus consecuencias en la vida consagrada
femenina y las repercusiones que se dan hoy en día.
El
objetivo del Concilio Vaticano II era el de buscar la
mejor forma para que el tesoro de la fe católica
pudiera llegar a todos los hombres, especialmente en un momento
histórico crítico, en dónde los cambios y las transformaciones culturales
estaban a la orden del día. Se trataba por tanto
de un esfuerzo doble: conocer al hombre en su esencia
y en sus circunstancias accidentales y conocer las realidades de
la fe. Una reflexión de estos elementos, de la esencia
del hombre y de la esencia de las verdades de
la fe, debería llevar a un diálogo maduro, sereno en
el que se pusieran en contacto ambas realidades, de forma
que el hombre pudiera llegar al conocimiento de las realidades
de la fe y de esta forma conocer, vivir y
transmitir mejor el mensaje de la salvación. Se trataba por
tanto de un movimiento sincrónico en dónde la fe debería
llegar nuevamente al hombre. Era un movimiento netamente misionero que
urgía a toda la Iglesia a ponerse en marcha para
no perder al hombre de la modernidad.
Los cambios científicos
y técnicos, así como los sociales prometían al hombre el
paraíso en esta tierra, relegando la fe, cuando algo podía
concedérsele, a la esfera del privado. Cambios que Benedicto XVI
resumía en tres grupos de preguntas fundamentales: “Se podría decir
que ahora, en la hora del Vaticano II, se habían
formado tres círculos de preguntas, que esperaban una respuesta. Ante
todo, era necesario definir de modo nuevo la relación entre
la fe y las ciencias modernas; (…) En segundo lugar,
había que definir de modo nuevo la relación entre la
Iglesia y el Estado moderno, que concedía espacio a ciudadanos
de varias religiones e ideologías, comportándose con estas religiones de
modo imparcial y asumiendo simplemente la responsabilidad de una convivencia
ordenada y tolerante entre los ciudadanos y de su libertad
de practicar su religión. En tercer lugar, con eso estaba
relacionado de modo más general el problema de la tolerancia
religiosa, una cuestión que exigía una nueva definición de la
relación entre la fe cristiana y las religiones del mundo.
En particular, ante los recientes crímenes del régimen nacionalsocialista y,
en general, con una mirada retrospectiva sobre una larga historia
difícil, resultaba necesario valorar y definir de modo nuevo la
relación entre la Iglesia y la fe de Israel.”5
Todos estos problemas tocaban de alguna manera a la vida
religiosa y más concretamente a la vida religiosa femenina. La
valoración de la mujer, con las tendencias feministas en boga,
influían ciertamente a la mujer consagrada. Si en el mundo
la mujer comenzaba a ser valorada y ahora se le
tenía en cuenta en sectores hasta hace poco negados para
ella, esta tendencia cultural llegaba también a los muros de
los conventos. La revaloración de la mujer y el nuevo
contexto cultural que se estaba formando con su apertura a
una participación más activa de ella, hacía que muchas cuestiones
culturales de la vida consagrada femenina tuvieran que ser revalorizadas.
De hecho, unos años después escucharemos a Juan Pablo II
insistir en este aspecto y proponer a la mujer nuevos
areópagos de la misión, más aptos a las circunstancias de
los nuevos tiempos y a la condición de la mujer:
“Ciertamente no es posible desconocer lo fundado de muchas de
las reivindicaciones que se refieren a la posición de la
mujer en los diversos ámbitos sociales y eclesiales. Es obligado
reconocer igualmente que la nueva conciencia femenina ayuda también a
los hombres a revisar sus esquemas mentales, su manera de
autocomprenderse, de situarse en la historia e interpretarla, y de
organizar la vida social, política, económica, religiosa y eclesial. La
Iglesia, que ha recibido de Cristo un mensaje de liberación,
tiene la misión de difundirlo proféticamente, promoviendo una mentalidad y
una conducta conformes a las intenciones del Señor. En este
contexto la mujer consagrada, a partir de su experiencia de
Iglesia y de mujer en la Iglesia, puede contribuir a
eliminar ciertas visiones unilaterales, que no se ajustan al pleno
reconocimiento de su dignidad, de su aportación específica a la
vida y a la acción pastoral y misionera de la
Iglesia. Por ello es legítimo que la mujer consagrada aspire
a ver reconocida más claramente su identidad, su capacidad, su
misión y su responsabilidad, tanto en la conciencia eclesial como
en la vida cotidiana. También el futuro de la nueva
evangelización, como de las otras formas de acción misionera, es
impensable sin una renovada aportación de las mujeres, especialmente de
las mujeres consagradas.”6 Este elemento cultural, la revisión del
papel de la mujer en la sociedad, como otros muchos,
debería ser tomado en cuenta en el momento de aplicar
las adecuadas reformas a la vida religiosa femenina.
Otro elemento no
menos importante para la vida religiosa femenina, sería la revisión
del valor de la vida consagrada en el momento actual
de la sociedad y del mundo. Cuando se comenzaba a
asomar el fantasma del relativismo, los valores fundamentales comenzaban a
tambalearse. Se cuestionaban las elecciones de largo plazo como incompatibles
con los nuevos tiempos y se veían con recelo, cuando
no se las tildaba de fundamentalistas o contra la naturaleza
del hombre actual. Este diálogo entre este elemento de la
cultura y la vida consagrada debía haberse establecido una vez
revisada la identidad de la vida consagrada, ya que, siguiendo
el esquema sugerido por Pablo VI en la citada exhortación
apostólica Evangelica testitficatio, para que el organismo de la vida
consagrada pudiera entrar en diálogo con el mundo moderno, necesitaba
conocerse bien, es decir, tener bien centrada su propia identidad.
Sin ella, sin una identidad clara y definida, sin saber
quién se es y para qué se es en la
vida, el organismo en cuestión corre el peligro de diluirse
en el ambiente perdiendo su identidad o, pero aún renunciar
a su propia identidad por adaptar otra que le viene
impuesta del ambiente externo.
Quizás este elemento ha sido el
que más ha hecho sufrir a la vida consagrada. Hoy
vemos, desgraciadamente, a muchas religiosas que han perdido o están
en busca de su identidad y aún cuestionan la validez
de su consagración en el mundo. No es ya una
contestación de tintes políticos y sindicales como en los años
setentas que, especialmente en los Estados Unidos, dejaron diezmados a
no pocos institutos de vida consagrada y sociedades de vida
apostólica. Hoy es, especialmente en Europa, una desilusión, una desesperanza,
una falta de espíritu combativo que lleva a las religiosas
a estados de letargo espiritual y humano. Han perdido el
gozo de ser mujeres consagradas y se contentan con ir
pasando, de la manera más digna posible, pero sin dejar
huella, sin una chispa de fuerza combativa por transmitir el
evangelio. Una de las finalidades del Concilio Vaticano II, la
evangelización del hombre, no ha sido llevado a cabo por
este tipo de mujeres consagradas. Y la nueva evangelización en
Europa está pagando a caro precio esta situación de desesperanza
en la vida consagrada femenina.
Cuando el organismo de la vida
consagrada, que debía ser un organismo vivo y había de
reflexionar sobre sí mismo para ofrecer, no una nueva identidad,
sino una nueva faceta de la misma identidad, cae en
el letargo, podemos afirmar que pierde su identidad. La pérdida
de la identidad, o mejor dicho, la búsqueda de una
nueva identidad ha llevado en no pocos casos a la
asimilación de elementos culturales que no pertenecen al mundo de
la vida consagrada. Si por una parte el Concilio pedía
una revisión de los elementos culturales (accidentales) de la consagración
para adaptarlos a los elementos culturales (accidentales) del mundo actual,
no era menos cierto que esta adaptación debería hacerse una
vez fijada la propia naturaleza e identidad de la vida
consagrada femenina (esencia). No es posible adaptarse a lo accidental
si no se conoce lo esencial. Sin embargo, tal parece
que muchos interpretaron esta directriz en forma diversa y se
lanzaron a buscar lo esencial (la identidad) en los elementos
culturales externos. Asistimos por tanto al triste espectáculo de ver
cómo las mujeres consagradas dejaban o diluían su identidad en
elementos de la cultura actual.
Tomemos por ejemplo un caso,
del todo banal, pero que puede ilustrar cuanto estamos afirmando.
El hábito religioso ha sido siempre un distintivo de la
vida consagrada, así lo afirmó el Concilio cuando explicitó: “El
hábito religioso, como signo que es de la consagración, sea
sencillo y modesto, pobre a la par que decente, que
se adapte también a las exigencias de la salud y
a las circunstancias de tiempo y lugar y se acomode
a las necesidades del ministerio. El hábito, tanto de hombres
como de mujeres, que no se ajuste a estas normas,
debe ser modificado.”7 Dejaba establecido que el hábito era
un signo de la consagración y que por tanto, no
se podía renunciar a él. Se debería tan sólo adaptar
o modificar de acuerdo a las circunstancias cambiantes, no esenciales,
culturales de nuestro tiempo. Estas cuestiones culturales se referían a
la sencillez, la modestia, la decencia, la salud, el tiempo,
el lugar, el ministerio. Un elemento esencial de la vida
consagrada, como era el hábito, debería de ser adaptado. No
se pedía la renuncia o la supresión del hábito, sino
su adaptación, su reforma. Quienes querían leer e interpretar el
Concilio a su propia conveniencia o siguiendo la hermenéutica de
la discontinuidad pensaban que se debía descubrir el espíritu que
se encontraba detrás de estas palabras. Para ellos las palabras
carecían de un valor total, ya que eran fruto de
una componenda, una especia de acuerdo tácito, pero que no
reflejaba verdaderamente lo que se había querido decir. Había que
descubrir por tanto “el espíritu” de esta expresión. Es decir,
lo que se había escrito no reflejaba lo que se
había querido expresar. Entonces, había que interpretar adecuadamente estas palabras.
Si esto fuera cierto, surge una duda no menos grave.
La cuestión de saber quién posee esta clave de interpretación.
Si todo lo escrito en el Concilio Vaticano II asemeja
más a un pacto de no agresión, en el que
no se ha querido escribir la verdad, que a una
verdad en el que quedan elencados ciertos principios, debemos recurrir
por tanto a una fuente válida de interpretación. Sin embargo
no se aclara quién es esta fuente válida de interpretación.
En realidad observamos que durante estos cuarenta años, los profetas
de la discontinuidad se han erigido como autoridad, pues sólo
ellos, dicen, poseen la clave de la verdadera interpretación del
Concilio, es decir, del verdadero espíritu que encerraban esas palabras.
Nos encontramos, ni más ni menos, de frente a un
magisterio paralelo, erigido por voluntad propia de unos cuantos que
se han abrogado la facultad de interpretar el Concilio e
incluso, como ha llegado a suceder, de corregir al Santo
Padre. La postura del relativismos ha tocado definitivamente a la
Iglesia8 .
Siguiendo con nuestro ejemplo del hábito, se llega por
tanto a afirmaciones netamente contrarias a lo que quería el
Concilio, diciendo que el Concilio no quería significar lo que
había escrito, sino que más bien quería decir que se
debería abolir completamente el hábito. Benedicto XVI, siguiendo la línea
del Concilio ha recordado últimamente a las Superioras Generales la
importancia del hábito: “Vivir una vida casta significa también renunciar
a la necesidad de aparecer, asumir un estilo de vida
sobrio y modesto. Los religiosos y las religiosas están llamados
a demostrarlo también con la elección del vestido, un vestido
sencillo, que sea signo de la pobreza vivida en unión
con Aquel que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos
con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9). Así, y
sólo así, se puede seguir sin reservas a Cristo crucificado
y pobre, sumergiéndose en su misterio y haciendo propias sus
opciones de humildad, pobreza y mansedumbre.”9 Un ejemplo banal,
pero que nos ilustra la forma en qué debió haberse
cumplido los objetivos del Concilio para un elemento que pertenecía
a la cultura de la vida consagrada.
El Concilio había
abierto las puertas para conocer los orígenes de la vida
consagrada y sentar así los fundamentos de la futura teología
de la misma vida consagrada10 . Se iniciaba por tanto
un debate y un diálogo que debía darse dentro de
la Iglesia para mejor conocer la realidad de la vida
consagrada y ofrecer al mundo una nueva visión de este
elemento que pertenecía desde siempre a la vida de la
Iglesia. De este conocimiento surgirían los elementos esenciales de la
vida consagrada que tendrían que adaptarse a las condiciones cambiantes
del mundo, pero sin perder su esencia, es decir su
vitalidad.
Volviendo al ejemplo del hábito, debemos recordar que otros elementos
más importantes, los elementos esenciales de la vida consagrada, deberían
haber seguido también ese proceso de adaptación. Hablamos por tanto
de un conocimiento interno de la esencia de estos elementos
y un conocimiento de los elementos culturales que pedían que
los elementos esenciales de la vida consagrada se adaptaran, no
cambiaran a las nuevas exigencias de los tiempos. Había por
tanto que conocer primero la esencia de la vida consagrada,
definir los elementos que conformaban su identidad para que, una
vez definidos, se pudieran buscar las mejores adaptaciones, si fuera
necesario, a las cambiantes situaciones del mundo, de la sociedad,
de los tiempos y de los lugares en dónde se
desarrollaba la vida consagrada. Se necesitaba por tanto recurrir siempre
a los principios para adaptarlos a los elementos culturales. “Era
necesario aprender a reconocer que, en esas decisiones, sólo los
principios expresan el aspecto duradero, permaneciendo en el fondo y
motivando la decisión desde dentro. En cambio, no son igualmente
permanentes las formas concretas, que dependen de la situación histórica
y, por tanto, pueden sufrir cambios. Así, las decisiones de
fondo pueden seguir siendo válidas, mientras que las formas de
su aplicación a contextos nuevos pueden cambiar.”11
No era fácil
realizar esta adaptación. Se recorrería un camino largo y paciente.
Durante muchos años se habían adherido a la vida consagrada
elementos externos que no pertenecían a la esencia de ella,
pero que parecían que pertenecían a su misma esencia. Era
necesario una labor de purificación. Pero antes, habría sido conveniente
fijar los elementos esenciales de la consagración. El Concilio dio
las directrices para conocer esos elementos, especialmente los elementos constitutivos
para cada instituto de vida consagrada cuando impulsó a cada
uno de ellos a conocerse a sí mismo, a través
de su propio carisma, de su historia, de su patrimonio
espiritual, de las intenciones del propio fundador. “Redunda en bien
mismo de la Iglesia el que todos los Institutos tengan
su carácter y fin propios. Por tanto, han de conocerse
y conservarse con fidelidad el espíritu y los propósitos de
los Fundadores, lo mismo que las sanas tradiciones, pues, todo
ello constituye el patrimonio de cada uno de los Institutos.”12
Y años más adelante esta indicación viene profundizada. “Por
eso la Iglesia defiende y sostiene la índole propia de
los diversos Institutos religiosos (LG 44; cfr. CD 33; 35,
1, 2, etc.). La índole propia lleva además consigo, un
estilo particular de santificación y apostolado que va creando una
tradición típica cuyos elementos objetivos pueden ser fácilmente individuados. Es
necesario por lo mismo que en las actuales circunstancias de
evolución cultural y de renovación eclesial, la identidad de cada
Instituto sea asegurada de tal manera que pueda evitarse el
peligro de la imprecisión con que los religiosos sin tener
suficientemente en cuenta el modo de actuar propio de su
índole, se insertan en la vida de la Iglesia de
manera vaga y ambigua.”13
No era raro encontrar institutos
de vida consagrada que habían vivido de espaldas o casi
ignorando la figura y el carisma del fundador. Por ello,
el decreto Decreto Perfectae caritatis invitaba
a establecer claramente la propia identidad fundamentada en los orígenes
del la congregación: “La adecuada adaptación y renovación de la
vida religiosa comprende a la vez el continuo retorno a
las fuentes de toda vida cristiana y a la inspiración
originaria de los Institutos, y la acomodación de los mismos,
a las cambiadas condiciones de los tiempos. Esta renovación habrá
de promoverse, bajo el impulso del Espíritu Santo y la
guía de la Iglesia, teniendo en cuenta los principios siguientes:
(…) b) Redunda en bien mismo de la Iglesia
el que todos los Institutos tengan su carácter y fin
propios. Por tanto, han de conocerse y conservarse con fidelidad
el espíritu y los propósitos de los Fundadores, lo mismo
que las sanas tradiciones, pues, todo ello constituye el patrimonio
de cada uno de los Institutos.”14
La acomodación de estos
elementos esenciales a las distintas condiciones culturales requiere también de
un elemento que Pablo VI no dudó en definir como
discernimiento. Sin él, era muy probable que se pudieran suprimir
elementos esenciales de la vida consagrada o que se incluyeran
elementos culturales no pertenecientes a la vida consagrada. Por eso
recomendó: “Nell’ambito stesso di questo processo dinamico, in cui lo
spirito del mondo rischia costantemente di mescolarsi all’azione dello Spirito
santo, come aiutarvi ad operare con il necessario discernimento? Come
salvaguardare o raggiungere l’essenziale? Come beneficiare dell’esperienza del passato e
della riflessione presente, per rafforzare questa forma di vita evangelica?
Secondo la responsabilità singolare che il Signore ci ha affidato
nella sua chiesa - quella di " confermare i nostri
fratelli " -, noi vorremmo, da parte nostra, stimolarvi a
procedere con maggior sicurezza e con più lieta fiducia lungo
la strada che avete prescelto. Nella " ricerca della carità
perfetta ", che guida la vostra esistenza, quale altro atteggiamento
vi sarebbe per voi, se non quello di una disponibilità
totale allo Spirito Santo che, agendo nella chiesa, vi chiama
alla libertà dei figli di Dio?”15
Éste es quizás
una de las tareas más importantes de las superioras mayores
en este momento actual de la historia: aprender de los
errores de la aplicación del Concilio Vaticano II, confirmar los
aciertos y lanzarse a la conquista de los ideales propuestos
a través de un adecuado discernimiento. Para llevarlo a cabo
es necesario contar con puntos de referencia, claros, sencillos, objetivos.
Es decir con principios. Dichos principios para la vida consagrada
podrían ser el carisma, reflejado en las Constituciones y los
escritos del fundador, las sanas tradiciones de la congregación, el
patrimonio espiritual del Instituto y el Magisterio de la Iglesia.
Se
presenta por tanto el imperativo de conocer los elementos esenciales
de la vida consagrada, algo que pudiera parecer de Perogrullo.
Y sin embargo el debate iniciado en la mitad de
los años sesentas prosiguió durante varias décadas. El problema estribaba
en confundir muchas veces las adaptaciones con los elementos esenciales
de la vida consagrada, por falta, precisamente, de un conocimiento
exacto de dichos elementos esenciales. Así vemos como estas dudas
van desde el punto de vista teológico, hasta puntos prácticos
como el ya mencionado del hábito. Los votos religiosos, la
vida fraterna en comunidad, el concepto de autoridad, el mismo
vocablo y significado de la consagración16 , todo comenzaba a
ser revisado. De esta confusión de los elementos esenciales de
la vida consagrada, Juan Pablo II se hace eco en
su discurso dirigido a las religiosas en México: “Más tampoco
faltan ejemplos de confusión acerca de la esencia misma de
la vida consagrada y del propio carisma. A veces se
abandona la oración, sustituyéndola con la acción; se interpretan los
votos según la mentalidad secularizante que difumina les motivaciones religiosas
del propio estado; se abandona con cierta ligereza la vida
en común; se adoptan posturas socio-políticas como el verdadero objetivo
a perseguir, incluso con bien definidas radicalizaciones ideológicas. Y cuando
se oscurecen, a veces, les certezas de la fe, se
aducen motivos de búsqueda de nuevos horizontes y experiencias, quizá
con el pretexto de estar más cerca de los hombres,
acaso de grupos bien concretos, elegidos con criterios no siempre
evangélicos.”17
La revisión de los elementos esenciales de la
vida consagrada era saludable, mientras se tuviera como punto de
referencia las coordenadas emanadas por los padres conciliares y posteriormente,
por el dicasterio encargado de la vida religiosa, dicasterio que
incluso a lo largo de estos años fue cambiando de
nombre para adaptarse mejor a las nuevas circunstancias que ofrecía
la reflexión teológica de la vida consagrada. La reflexión imponía
puntos de referencia claros y precisos. De lo contrario se
terminaría en una torre de Babel en dónde cada uno
hablaría su propia lengua y al final nadie se entendería.
Quizás esta es una de las imágenes que ahora vivimos
y que Benedicto XVI no ha dudado en aplicar a
nuestra época, en referencia con las distintas posturas que se
han tomado frente al Concilio Vaticano II: “Nadie puede negar
que, en vastas partes de la Iglesia, la recepción del
Concilio se ha realizado de un modo más bien difícil,
aunque no queremos aplicar a lo que ha sucedido en
estos años la descripción que hace san Basilio, el gran
doctor de la Iglesia, de la situación de la Iglesia
después del concilio de Nicea: la compara con una
batalla naval en la oscuridad de la tempestad, diciendo entre
otras cosas: "El grito ronco de los que por
la discordia se alzan unos contra otros, las charlas incomprensibles,
el ruido confuso de los gritos ininterrumpidos ha llenado ya
casi toda la Iglesia, tergiversando, por exceso o por defecto,
la recta doctrina de la fe..." (De Spiritu Sancto
XXX, 77: PG 32, 213 A; Sch 17
bis, p. 524). No queremos aplicar precisamente esta descripción dramática
a la situación del posconcilio, pero refleja algo de lo
que ha acontecido.”18
De frente por tanto a estos puntos
de vista encontrados, discordes y a veces hasta antagónicos al
interno de la Iglesia, es necesario encontrar un parámetro, un
punto de referencia común, no para frenar el debate, el
desarrollo del pensamiento teológico, sino precisamente, para encauzarlo, para guiarlo
en la libertad de pensamiento. Un libre pensador no es
necesariamente una persona libre en su pensamiento y que se
adecua a los lineamientos de la Iglesia. No es lo
mismo pensar de cualquier forma que pensar con el pensamiento
de la Iglesia. Este punto de referencia nos lo da
precisamente el magisterio de la Iglesia. Estas posturas discordantes son
testimoniadas por uno de los más recientes documentos del Magisterio
de la vida consagrada: “Oggi più che mai, davanti a
ricorrenti spinte centrifughe che mettono in dubbio principi fondamentali della
fede e della morale cattolica, le persone consacrate e le
loro istituzioni sono chiamate a dare prova di unità senza
incrinature attorno al Magistero della Chiesa, facendosi portavoce convinti e
gioiosi davanti a tutti.
È opportuno sottolineare quanto già il Papa
affermava nell´Esortazione Vita consecrata: «Un aspetto qualificante di questa comunione
ecclesiale è l´adesione di mente e di cuore al magistero
(del Papa e) dei Vescovi, che va vissuta con lealtà
e testimoniata con chiarezza davanti al Popolo di Dio da
parte di tutte le persone consacrate, particolarmente da quelle impegnate
nella ricerca teologica e nell´insegnamento, nelle pubblicazioni, nella catechesi, nei
mezzi di comunicazione sociale. Nello stesso tempo si riconosce che
molti teologi sono religiosi e molti istituti di ricerca sono
retti da Istituti di vita consacrata. Essi portano lodevolmente questa
responsabilità nel mondo della cultura. La Chiesa guarda con fiduciosa
attenzione il loro impegno intellettuale davanti alle delicate problematiche di
frontiera che oggi il Magistero deve fronteggiare.”19
Se presenta por
tanto la necesidad de tener un punto de referencia, unas
coordenadas por dónde pueda discurrir el adecuado discernimiento y así
distinguir lo esencial de lo accidental en la vida consagrada,
comenzando a partir de los elementos que constituyen su misma
esencia. De lo contrario podemos caer en el error de
confundir lo esencial con lo accidental y viceversa. No debemos
tampoco olvidar que el hombre y la mujer consagrados están
también tocados del pecado original, por lo que muchas veces
la visión de la verdad puede opacarse. Mons. Franc Rodé
describe esta situación de la siguiente manera: “Sin embargo, este
esfuerzo por buscar la novedad no siempre se ha realizado
siguiendo criterios evangélicos de discernimiento. A veces la "renovación" se
ha confundido con la adaptación a la mentalidad y a
la cultura dominante, con el peligro de olvidar los valores
auténticamente evangélicos. Es innegable que "la concupiscencia de la carne,
la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la
vida" (1 Jn 2, 16), propias del mundo y de
su cultura, han ejercido un influjo desorientador, originando conflictos graves
dentro de las comunidades y de las opciones apostólicas, no
siempre fieles al espíritu y a las inspiraciones originales del
instituto. Como siempre en la historia, la Iglesia se encuentra
situada entre el soplo del Espíritu, que abre nuevos caminos,
y las seducciones del mundo, que hacen el camino incierto
y pueden llevar al error.”20
Estos cambios que ha sufrido
la sociedad influyen también a la Iglesia. El concepto de
autoridad, es decir, el tener un punto de referencia seguro
y estable, muchas veces es cuestionado incluso dentro de la
misma Iglesia. Dicha postura proviene desde los tiempos del iluminismo
que exaltaba el rol de la razón contra cualquier esclavitud
proveniente de la ignorancia, de la superstición o de la
religión, y se presentó como un movimiento cultural que liberaba
al hombre haciéndolo plenamente dueño de sí mismo. En consecuencia,
la fe cristiana y la sujeción a una determinada autoridad
representaba para los iluministas lazos que impedían a las personas
convertirse en personas adultas y maduras. El influjo de estas
ideas llegará hasta nuestros días.
Después tenemos a los maestros de
la sospecha que son Marx, Freud y Nietzche. Para Freud,
la figura del padre, que se puede aplicar a la
de cualquier persona constituida en autoridad se convierte en una
fuente del super-ego, de la censura interiorizada durante la infancia
y de supuestas neurosis. Para Marx la religión es el
opio del pueblo que impide la revolución del proletariado contra
la esclavitud de los patrones. En esto contexto el Magisterio
de la Iglesia puede ser visto como uno de los
instrumentos que sirven para mantener el estado de opresión del
proletariado y así impedir la lucha de clases para la
llegada de la dictadura del proletariado. Por último Nietzche afirma
que la religión es la energía maléfica que mantiene a
los hombres en la mediocridad típica de los débiles y
les impide poder afirmarse delante a otros hombres o delante
de la imagen ilusoria de un Dios que es una
proyección de la debilidad humana. El iluminismo y los maestros
de la sospecha tendrán consecuencias graves que dejarán su huella
contra el Magisterio de la Iglesia, haciéndolo aparecer como un
producto cultural en manos de unas personas que buscan ejercer
un liderazgo a favor de una estructura y en contra
de la madurez integral de la persona.
Estas líneas del
pensamiento han llegado hasta nuestro días y se han consolidado
en lo que podría llamarse el pensamiento débil de la
post-modernidad, que no es otra cosa que la renuncia a
la búsqueda de la verdad objetiva. “Se l’inizio della modernità
era nell’affermazione della logica e della razionalità sistematica, che pretendeva
di essere universale, quest’epoca finisce in una rivincita del soggettivismo
o dell’individualismo, ad ogni modo in una rivincita della cultura
dell’autoaffermazione.”21 Se vive por tanto sin normas claras, objetivas,
seguras. Cada hombre se erige como centro y criterio de
su propia vida. Esta postura, lo hemos ya mencionado, se
infiltró y se ha infiltrado en la Iglesia, trayendo como
consecuencia la falta de unidad doctrinal en torno al Magisterio
de la Iglesia. En una época en la que parecía
que cada teólogo tenía la razón y dicha razón era
difundida y aprovechada por los medios de comunicación para hacer
ver al mundo entero la fragilidad y la crisis de
la Iglesia después del Concilio, era necesario más que nunca
el apoyarse en el Magisterio para tener criterios seguros sobre
el rumbo que seguir y tomar en momentos tan delicados.
No debemos olvidar que la fe católica se basa en
la Escritura, la Tradición y el Magisterio. Sin embargo, para
los teólogos de la discontinuidad, parecería que el Vaticano II
quería cancelar los dos últimos, Tradición y Magisterio, para quedarse
sólo con la Escritura, apoyándose en que el mismo Concilio
había propuesto “volver a los orígenes.”
El Magisterio en los
tiempos de la renovación de la vida consagrada se presenta
como una guía segura para lograr el adecuado discernimiento y
así distinguir objetivamente lo esencial de lo accidental. De esta
forma lo ha explicado Juan Pablo II cuando ha dejado
claro que el Magisterio no quiere ahogar nuevas posibilidades de
la vida consagrada, sino que quiere solamente ayudar a definir
sus elementos esenciales22 . Se presenta por tanto el Magisterio,
como un punto seguro en dónde anclar y de dónde
partir para definir los elementos esenciales de la vida consagrada.
Conociendo dichos elementos será más fácil hacer el trabajo de
discernimiento que auspiciaba Pablo VI para vivir con mayor vigor
y frescura dichos elementos y adaptarlos a los circunstancias cambiantes
de tiempos y lugares, es decir, adaptarlos a lo accidental.
“El Concilio sólo quiso poner al día algunos usos accidentales
que ya no eran útiles o válidos en la forma
de vivir la vida religiosa, pero jamás quiso cambiar su
esencia... La vida religiosa ha comportado una separación del mundo,
una ruptura con las formas de vida seculares que distan
de acordarse con el espíritu del evangelio. No se puede
servir a dos señores. No se puede ser religioso y
vivir una vida mundana. Esta ruptura es necesaria, aunque no
es el fin de la vida religiosa que, como sabemos,
es vivir la caridad perfecta para con Dios y el
prójimo. Es una respuesta a una llamada a amar más,
a amar mejor que en el mundo, un amor más
puro, más perfecto, más bello.”23
Los elementos esenciales de la
vida consagrada y el carisma Puede considerarse afortunado quien siguiendo las
directrices del Magisterio de la Iglesia ha encontrado en los
elementos esenciales de la vida consagrada el camino seguro y
cierto para vivir mejor su consagración a Dios, y por
tanto, su servicio a los hombres. Durante los años del
posconcilio la Iglesia, a través del dicasterio para la vida
consagrada ha estado al pendiente del debate teológico y bíblico
que ha seguido la vida consagrada, así como a la
aportación de las ciencias humanas para ofrecer a las personas
consagradas lineamientos seguros con los que proceder para la debida
renovación. Uno de estos documentos, Elementos esenciales de la enseñanza de la Iglesia sobre la
vida religiosa puede ser considerado como iluminador en el camino
de la renovación, ya que en una forma clara y
explícita menciona cuáles deben ser considerados los elementos esenciales, es
decir, aquéllos sin los cuáles no puede constituirse una vida
de total consagración al Señor. La historia de este documento
parte de una carta de Juan Pablo II escrita a
los obispos de Estados Unidos el 3 de abril de
1983 en la que recomienda a los purpurados el definir
claramente la identidad de la vida religiosa24 . “Anche se
può sembrare un documento particolare, destinato soltando ai vescovi e
ai religiosi degli Statu Uniti, in realtà, come afferma il
Papa nella sua lettera, esso presenta “i punti principali dell’insegnamento
della Chiesa sulla vita religiosa”, validi per i religiosi nei
cinque continenti. Perciò il documento, pur non portando al momento
della sua pubblicazione il nome di “istruzione”, tale è nella
sostanza, e sotto tale titolo è citato quattro volte dal
Papa nela sua esortazione Vita
Consacrata del 1996.”25
En una forma por demás clara y
sintética el documento afirma: “La Iglesia considera ciertos elementos como
esenciales para la vida religiosa: la vocación divina, la consagración
mediante la profesión de los consejos evangélicos con votos públicos,
una forma estable de vida comunitaria, para los institutos dedicados
a obras de apostolado, la participación en la misión de
Cristo por medio de un apostolado comunitario, fiel al don
fundacional específico y a las sanas tradiciones; la oración personal
y comunitaria, el ascetismo, el testimonio público, la relación característica
con la Iglesia, la formación permanente, una forma de gobierno
a base de una autoridad religiosa basada en la fe.”26
Sobre estos elementos debería seguirse llevando a cabo la
adecuada adaptación a los tiempos y lugares, pero la esencia,
ya había quedado establecida.
Estos elementos esenciales permiten fijar las líneas
directrices de la consagración y de esta forma ser vividas
por cada uno de los religiosas y religiosas pertenecientes a
los distintos institutos de vida consagrada o sociedades de vida
apostólica. Sin embargo la vivencia de estos elementos esenciales de
la vida consagrada no se dan en abstracto. No son
formas o directrices que puedan seguirse bajo la libre inspiración
de una persona. Son vividos de acuerdo a un estilo
muy peculiar que viene dado por el carisma de cada
instituto. “La consagración religiosa se vive dentro de un determinado
instituto, siguiendo unas Constituciones que la Iglesia, por su autoridad,
acepta y aprueba. Esto significa que la consagración se vive
según un esquema específico que pone de manifiesto y profundiza
la propia identidad. Esa identidad proviene de la acción del
Espíritu Santo, que constituye el don fundacional del instituto y
crea un tipo particular de espiritualidad, de vida, de apostolado
y de tradición (cfr. MR 11). Cuando se contemplan las
numerosas familias religiosas, queda uno asombrado ante la riqueza de
dones fundacionales. El Concilio insiste en la necesidad de fomentarlos
como dones que son de Dios (cf PC 2b). Ellos
determinan la naturaleza, espíritu, fin y carácter, que forman el
patrimonio espiritual de cada instituto y constituyen el fundamento del
sentido de identidad, que es un elemento clave en la
fidelidad de cada religioso (cf ET 51).”27
Nos encontramos
de frente a un nuevo elemento, particular y significativo, que
indicará la forma en que se deben vivir estos elementos
esenciales de la vida consagrada. Este elemento es el carisma28 . Si bien el Concilio no habló explícitamente del
carisma de cada uno de los institutos de vida consagrada
y sociedades de vida apostólica, dio todas las indicaciones concernientes
para que la profundización teológica se encaminara hacia él, cuando
menciona en el Decreto Perfectae caritatis la necesidad de conocer y profundizar la mente y
las intenciones del Fundador29 . Nace por tanto todo un
movimiento en las congregaciones tendiente a explorar este don recibido
por manos del Fundador. Un don que va a traer
grandes consecuencias en la historia de la renovación de las
congregaciones.
Antes de este lanzamiento al descubrimiento del carisma propio, la
mayor parte de las congregaciones religiosas vivían de espaldas o
ignorando el propio carisma. Los elementos esenciales de la vida
consagrada eran vividos por todos, pero sin una clara diferencia.
Al máximo la diferencia se daba en algunas oraciones devocionales,
una cierta forma de entender y vivir los votos y,
sobretodo, en las obras de apostolado. La importancia que se
le da a diferenciar este último elemento tiende a ser
tan grande, que en los primeros tentativos por explorar el
carisma se le llega a identificar como las obras del
Instituto. El carisma era la obra de apostolado específica, por
tanto, quedaba reducida al quehacer y no al ser. Fabio
Ciardi30 , ha dicho que el carisma más que un
dato que pueda englobarse en unas palabras o una explicación,
es una historia que debe contarse. Feliz expresión para tratar
de entender lo que es una experiencia del Espíritu que
debe ser vivida, compartida, profundizada y desarrollada por todos los
discípulos espirituales del fundador. Esta experiencia del Espíritu “crea un
tipo particular de espiritualidad, de vida, de apostolado y de
tradición.31 ” Podemos afirmar que son algunas de las manifestaciones
concretas del carisma. Así como los elementos de la consagración
no se viven en abstracto, sino bajo un carisma específico,
de la misma manera el carisma necesita manifestarse en forma
concreta, no puede existir en abstracto, ya que la experiencia
del Espíritu, como todo carisma, es donado por Dios para
la edificación de toda la Iglesia.
El Concilio Vaticano
II impulsó en forma decidida el que cada Instituto de
vida consagrada y sociedad de vida apostólica poseyera un conocimiento
profundo del propio carisma con el fin de llevar a
cabo el proceso de reforma, necesario para adecuarse a los
tiempos cambiantes. El carisma, entendido como la experiencia del Espíritu
(Evangelica testificatio, n. 11) vivida por el fundador y compartida
por los discípulos a lo largo del tiempo, fija el
rumbo para cada instituto y por lo tanto se convierte
en un elemento válido e imprescindible para el discernimiento. Si
es necesario juzgar la forma concreta en la que se
debe vivir cada uno de los elementos esenciales de la
vida consagrada, el carisma será un punto de referencia al
que se debe recurrir.
Pero el carisma no es una pieza
de museo que se debe conservar para la eternidad. Es,
como dice Sicari32 , una gracia viva que se renueva
en cada momento y que cada discípulo del fundador está
llamado a vivir, custodiar, profundizar y desarrollar constantemente33 . Es
posible por tanto no sólo contrastar las nuevas realidades y
las circunstancias cambiantes con el carisma, sino hacerlo vivir esas
mismas circunstancias cambiantes. No es una empresa fácil, es una
empresa de altos riesgos, pues corremos el peligro de que
en la adaptación del carisma a las nuevas realidades, pueda
perderse algo de su originalidad, es decir, algo de su
esencia. Para que esta empresa pueda llevarse a cabo se necesita
conocer con exactitud el carisma, los elementos que lo componen
y la forma en que permea los elementos esenciales de
la vida consagrada. D e lo contrario cada instituto de vida
consagrada puede caer en el relativismo, en dónde cada
religiosa o cada Capítulo general puede erigirse en un “comentador”
oficial del carisma y escoger aquellos elementos que considere sean
los esenciales a la vida consagrada. Testimonio de algunos de
estos excesos los trae a colación los primeros dos números
del documento Elementos esenciales de
la enseñanza de la Iglesia sobre la vida religiosa: “La
renovación de la vida religiosa durante los últimos veinte anos
ha sido en múltiples aspectos una experiencia de fe. Se
han hecho esfuerzos generosos para explorar a fondo en la
oración qué significa vivir la vida consagrada según el Evangelio,
el carisma fundacional de un instituto religioso y los signos
de los tiempos. Los institutos religiosos de vida apostólica han
intentado, además, afrontar los cambios exigidos por la rápida evolución
de la sociedad a la cual son enviados y por
el desarrollo de los medios de comunicación que condicionan sus
posibilidades de evangelización. Al mismo tiempo, estos institutos se han
encontrado con cambios imprevistos en su misma situación interna, elevación
del promedio de edad de sus miembros, disminución de vocaciones,
merma consiguiente de sus efectivos, diversidades en los estilos de
vida y en las obras y, con frecuencia, incertidumbre acerca
de su identidad. El resultado ha sido una experiencia comprensiblemente
compleja, con muchos aspectos positivos y algunos otros notablemente dudosos.
Ahora, pasado el período de experimentación extraordinaria ordenado por Ecclesiae
Sanctae II, muchos institutos religiosos dedicados a obras de apostolado
están revisando sus experiencias. Con la aprobación de sus Constituciones
revisadas y la entrada en vigor del nuevo Código de
Derecho Canónico, se adentran en una nueva fase de su
historia. En este momento de reiniciación, escuchan una vez más
la llamada pastoral del Papa Juan Pablo II a «
hacer una evaluación objetiva y humilde de los años de
experimentación, de modo que puedan identificar los elementos positivos, así
como las posibles desviaciones» (Disc. a la UISG 1979; a
los Superiores Mayores de religiosos y religiosas en Francia 1980).”34
Los elementos que componen el carisma deberán pernear los
elementos esenciales de la vida consagrada, de forma que no
se contrapongan, sino que se complementen mutuamente. Utilizando una imagen
por demás sencilla podemos afirmar que los elementos esenciales de
la vida consagrada son en contenedor sobre el que se
deberá verter un contenido, que en este caso es el
carisma. “La consagración religiosa se vive dentro de un determinado
instituto, siguiendo unas Constituciones que la Iglesia, por su autoridad,
acepta y aprueba. Esto significa que la consagración se vive
según un esquema específico que pone de manifiesto y profundiza
la propia identidad.”35 Muchos son los elementos del carisma
y sus manifestaciones concretas que llenan el contenido de los
elementos esenciales de la vida consagrada. Dentro de estos elementos
constitutivos podemos incluir la espiritualidad, el especial seguimiento de Cristo,
un cierto tipo de obras, una comprensión específica del evangelio.
Es interesante adelantar el hecho de que la espiritualidad generada
por el carisma será siempre un elemente presente en los
elementos esenciales de la vida consagrada. Y demostrarlo será nuestro
objetivo en los siguientes renglones.
Daremos algunas nociones básicas de lo
que significa la palabra espiritualidad, partiendo principalmente del Magisterio de
la Iglesia del post-concilio, para después tratar el término de
acuerdo con algunos de los autores espirituales que más han
contribuido y después también mencionar algunas desviaciones más recientes que
se están dando sobre el término espiritualidad. Procedemos de esta
manera con el fin de fundamentar lo que hasta este
momento hemos venido afirmando, diciendo que en un mundo cada
vez más convulsionado por el relativismo y el individualismo, conviene
ir a las fuentes seguras, siendo una de ellas el
Magisterio de la Iglesia. Además creemos que nuestra contribución en
el debate de la vida consagrada tendrá mayor solidez si
lo cimentamos en el Magisterio. Por ello haremos un análisis
sucinto pero profundo de esta palabra a lo largo de
los documentos del Magisterio de la Iglesia, que más se
relacionan con la vida consagrada, desde el Concilio Vaticano II
hasta nuestros días.
Posteriormente, y una vez que se tenga claro
el concepto de espiritualidad veremos cuál es la dinámica mediante
la cual cada carisma da origen a una peculiar espiritualidad,
que debe vivirse en todos los elementos esenciales de la
consagración y principalmente en el seguimiento de Cristo. Esta espiritualidad,
como parte del carisma, debe ser conocida, profundizada y desarrollada
por cada uno de los miembros del instituto, por lo
que daremos también algunos consejos sobre la forma de vivir
la espiritualidad peculiar en diversos ámbitos de la vida consagrada,
de modo que toda la vida espiritual de las personas
consagradas quede impregnada del propio carisma. Nos mueve principalmente a
hacer esta consideración el hecho de que Benedicto XVI viene
refiriéndose a las personas consagradas como aquellas que no anteponen
nada al amor de Dios36 . Y no anteponer nada
al amor de Cristo es parte de la vida espiritual,
como lo veremos.
La palabra “espiritualidad” en el Magisterio de la
Iglesia del post-concilio El Decreto Perfectae
caritatis (28.10.1965) es el primer documento del Concilio y
del postconcilio que menciona claramente la palabra espiritualidad. Y no
solamente hace mención de la palabra, sino que la relaciona
con su objeto, es decir da una definición completa, al
perfilar su objeto y los medios para alcanzarla. La definición
que da de espiritualidad la circunscribe en un contexto de
lo que debe ser una persona consagrada: “Los que profesan
los consejos evangélicos, ante todo busquen y amen a Dios,
que nos amó a nosotros primero.”37 Por lo tanto,
la palabra espiritualidad, que vendrá definida enseguida, tiene que ver
con la búsqueda y el amor de Dios. Resulta por
demás curioso y significativo, como este concepto de vida consagrada,
es decir, personas que ante todo buscan y aman a
Dios, Benedicto XVI lo está tomando también como punto de
referencia cuando quiere señalar a las personas consagradas. Tal parecería
que sólo debiera existir para las personas consagradas estas coordenadas:
“No se puede lograr una auténtico relanzamiento de la vida
religiosa si no es tratando de llevar una existencia plenamente
evangélica, sin anteponer nada al único Amor, sino encontrando en
Cristo y en su palabra la esencia más profunda de
todo carisma del fundador y de fundadora.”38 El gran
documento de la vida consagrada del post-concilio, Vita Consacrata recalca también este concepto de darle
la primacía a Dios, sin anteponer nada a su amor:
“La función de signo, que el Concilio Vaticano II reconoce
a la vida consagrada, se manifiesta en el testimonio profético
de la primacía de Dios y de los valores evangélicos
en la vida cristiana. En virtud de esta primacía no
se puede anteponer nada al amor personal por Cristo y
por los pobres en los que El vive.”39 Y
el Código de Derecho Canónico en el canon 573 también
consigna esta intuición de lo que debe ser la vida
consagrada:
1. La vida consagrada por
la profesión de los consejos evangélicos es una forma estable
de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de
cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se
dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, para
que entregados por un nuevo y peculiar título a su
gloria, a la edificación de la Iglesia y a la
salvación del mundo, consigan la perfección de la caridad en
el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo
preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial.” Queda subrayada
por tanto la importancia para la persona consagrada de la
primacía que debe dar a Dios y de no anteponer
nada al amor a Cristo.
Decreto
Perfectae caritatis continua la exposición señalando los medios por
los que se puede alcanzar esta primacía de Dios y
amor a Cristo. Ante todo, dice, cultivando la espiritualidad cristiana
y entiende por espiritualidad los medios más idóneos para llegar
a Dios, como son: “el espíritu de oración y la
oración misma. En primer lugar, manejen cotidianamente la Sagrada Escritura
para adquirir en la lectura y meditación de los sagrados
Libros "el sublime conocimiento de Cristo Jesús". Fieles a la
mente de la Iglesia, celebren la sagrada Liturgia y, principalmente,
el sacrosanto Misterio de la Eucaristía no sólo con los
labios, sino también con el corazón, y sacien su vida
espiritual en esta fuente inagotable.”40 Estos son algunos medios
con los que la persona consagrada puede alimentar su vida
espiritual. Empezamos por tanto a comprender que la espiritualidad se
refiere a una forma específica como la persona vive su
vida espiritual, cuyo objeto es la de alcanzar a Dios.
El
siguiente documento del Magisterio del post-concilio que utiliza la palabra
espiritualidad es el documento La dimensión contemplativa de la vida
religiosa (marzo 19080), que manifiesta la intención de resaltar la
importancia de la consagración. El objetivo del documento aparece claro
desde el inicio: “Al hacer resaltar entonces la importancia del
elemento espiritual en todas las formas de vida consagrada, se
advirtió la necesidad y la urgencia de poner de relieve
la primacía absoluta de la vida en el Espíritu.”41
Si la palabra espiritualidad manejada en el decreto Decreto Perfectae caritatis hacia referencia a la
vida del Espíritu, resulta curioso ver cómo puede darse una
vida del Espíritu en el apostolado, que es la aplicación
que este documento da al término espiritualidad: “La naturaleza misma
de la acción apostólica y caritativa encierra una riqueza propia
que alimenta la unión con Dios; es preciso acrecentar cada
día su conocimiento y profundización. El ser conscientes de esta
realidad hará que religiosos y religiosas santifiquen de tal modo
sus actividades que se conviertan en fuente de comunión con
Dios, a cuyo servicio están consagrados por un titulo nuevo
y especial. Por otra parte, la valorización de la espiritualidad
apostólica concreta del propio Instituto ayudará aún más a percibir
la riqueza santificante contenida en todo ministerio eclesial.”42
Sin
embargo no resulta curioso sino significativo que, si el objetivo
del citado documento es el de poner de relieve la
primacía absoluta de la vida en el Espíritu, esta misma
dimensión pueda darse en el apostolado. Y no sólo es
que pueda darse, sino que debe darse, si la persona
realmente vive dándole la primacía al Espíritu. Darle la primacía
al Espíritu no significa darle la espalda a las realidades
terrenas, como pudieran ser los compromisos generados por el apostolado,
sino darle el lugar que le corresponde. Significa por tanto
que la persona consagrada debe vivir de tal manera la
vida del Espíritu que genere un estilo de vida capaz
de llevar un apostolado de acuerdo a dicha vida del
Espíritu. No hay y no debe haber desunión entre una
realidad y la otra, o más bien, los dos campos,
vida espiritual y vida de apostolado, son expresión de una
misma realidad, es decir, la vida del Espíritu. De esta
manera, el Magisterio pone en guardia contra una falsa concepción
de la vida espiritual que sería una vida de pietismo
en dónde sólo las prácticas espirituales son las que cuentan
para la vida espiritual, y también una vida doble en
dónde se es espiritual durante las prácticas de piedad y
no lo es cuando se deben afrontar los compromisos del
apostolado.
El siguiente documento que habla de espiritualidad es Elementos esenciales
de la vida religiosa(31.5.1983) del que hemos ya esbozado su
origen. Este documento tiene como objetivo presentar una síntesis sobre
la doctrina de la Iglesia acerca de la vida religiosa,
cuyos elementos esenciales ya han quedado antes elencados. Para nuestros
fines, es importante señalar que en unas cuantas líneas define
lo que es la espiritualidad y establece los nexos entre
carisma y espiritualidad, nexos que nos servirán para nuestro posterior
estudio. Señalemos entonces este párrafo: “La consagración religiosa se vive
dentro de un determinado instituto, siguiendo unas Constituciones que la
Iglesia, por su autoridad, acepta y aprueba. Esto significa que
la consagración se vive según un esquema específico que pone
de manifiesto y profundiza la propia identidad. Esa identidad proviene
de la acción del Espíritu Santo, que constituye el don
fundacional del instituto y crea un tipo particular de espiritualidad,
de vida, de apostolado y de tradición (cfr. MR 11).
Cuando se contemplan las numerosas familias religiosas, queda uno asombrado
ante la riqueza de dones fundacionales. El Concilio insiste en
la necesidad de fomentarlos como dones que son de Dios
(cf PC 2b). Ellos determinan la naturaleza, espíritu, fin y
carácter, que forman el patrimonio espiritual de cada instituto y
constituyen el fundamento del sentido de identidad, que es un
elemento clave en la fidelidad de cada religioso (cf ET
51).”43
El párrafo está centrado sobre el carisma, llamado por
el documento acción del Espíritu que constituye el don fundacional
del instituto. No lo llama carisma, pero envía a la
definición de carisma cuando expresamente cita el número 11 del
documento Mutuae Relationes que
es ya un clásico en la definición del carisma. Centra
por tanto su atención en el carisma como origen de
la identidad de cada instituto, identidad que genera un esquema
específico con el que se vivirán los elementos propios de
la consagración religiosa. Pero esta acción del Espíritu no es
sólo el origen de una identidad, sino que es la
creadora de un tipo particular de espiritualidad, de vida, de
apostolado y de tradición. Y esto no puede ser de
otra manera, pues si en el párrafo se ha insistido
en el hecho de que la consagración religiosa se vive
bajo un estilo determinado por el carisma, esta consagración, definida
por los elementos esenciales44 , genera un cierto estilo de
vida, de apostolado, de tradición, pero sobre todo de espiritualidad.
Los elementos esenciales de la consagración conforman un estilo de
vida muy definido, una forma de relacionarse con el mundo,
pero sobre todo, una forma de acercarse y de amar
a Dios. Los votos, la vida comunitaria, el apostolado, la
oración, el ascetismo, el testimonio público, la relación con la
Iglesia, la formación permanente, una forma de gobierno basado en
la fe, todo ello no son sino medios para vivir
la primacía del Espíritu y para poner el amor de
Dios sobre todas las cosas, no anteponiéndole nada. La primera
definición de espiritualidad que hemos estudiado en Magisterio de la
Iglesia, aquella de Decreto Perfectae caritatis n. 6, señalaba algunos medios espirituales, pero faltaban otros
muchos. La vida consagrada de por sí es una vida
privilegiada, pues por su misma estructura facilita la vida espiritual,
es decir la vida del Espíritu, la vida en la
cual todo se centra en Dios, parte de Él para
cubrirlo todo. Los elementos de la consagración acercan por sí
mismos a la persona a Dios, pero también, vividos bajo
un estilo específico, es decir, bajo un carisma, generan una
espiritualidad específica, es decir, un camino hacia Dios muy determinado.
Este camino determinado hacia Dios no es otra cosa que
la espiritualidad. El carisma, por tanto, genera una espiritualidad que
no es otra cosa que una forma muy concreta de
vivir la vida del Espíritu, es decir de acercarse cada
día más a Dios. Pero ahondaremos aún más en este
concepto en páginas posteriores.
La siguiente definición que da el Magisterio
se encuentra en Orientaciones sobre
la formación en los institutos religiosos (2.2.1990), explícitamente en
los nn. 46, 68 y 92. Este documento, que es
propiamente una instrucción45 , inicia con la afirmación de la
Decreto Perfectae caritatis “La
renovación y adaptación de los Institutos depende principalmente de la
formación de sus miembros.”46 Destaca algunas directrices imprescindibles en
la formación de los religiosos, con el fin de que
cada Instituto pueda establecer la ratio formationis, después de haber
pasado un fuerte período de experimentación. Insiste a lo largo
del documento que la formación no es otra cosa sino
“(…) permitir que los candidatos a la vida religiosa y
los jóvenes profesos descubran en primer lugar, asimilen y profundicen
después, en qué consiste la identidad del religioso.”47
Por tanto, todo el proceso de formación girará en torno
a construir la identidad de la persona consagrada.
Cuando utiliza la
palabra espiritualidad, el documento da por descontado el significado de
esta palabra, pero se puede intuir que toma como base
lo afirmado en Elementos esenciales de la doctrina de la
Iglesia sobre la vida religiosa, en donde recalca el hecho
de que la espiritualidad es un cierto modo de vivir
los elementos de la consagración. Así, en el noviciado, la
espiritualidad se convierte en uno de los ideales que debe
conocer y vivir el novicio. “La iniciación integral que caracteriza
el noviciado va mucho más allá de una simple enseñanza.
Ella es: (…) iniciación en la historia, en la misión
propia y en la espiritualidad del instituto48 .” Es un
hecho entonces que la espiritualidad es algo que forma parte
de cada Instituto, que no es un objeto de enseñanza
meramente académico, ya que el documento lo habría catalogado en
ese rubro, y que puede ser percibido incluso por quien
comienza a adentrarse en los caminos de la vida espiritual.
Por lo tanto, la espiritualidad es algo más vivencial que
teórico, es algo que debe contemplarse para vivirse y no
aprenderse para ejercitarse. Como el novicio está “aprendiendo” a vivir
como consagrado, y está adquiriendo su nueva identidad, la espiritualidad
debe reflejarse en todo aquello que está conociendo y experimentando
como futuro religioso. Todos estos elementos, lo hemos dicho ya,
se viven de una manera especial y única, gracias al
carisma del Instituto. “No hay pues un modo uniforme de
observar los consejos evangélicos, sino que cada instituto debe definir
su propia manera « teniendo en cuenta sus fines y
carácter propios » y esto no solamente en lo que
se refiere a la observancia de los consejos evangélicos sino
también en todo lo relacionado con el estilo de vida
de sus miembros con el fin de tender a la
perfección de su estado.”49
Esta forma de vivir especial y
única es lo que genera la espiritualidad del Instituto que
el joven puede y debe percibir. Resulta significativo la forma
en que los jóvenes religiosos logran captar todos los elementos
de la vida consagrada que los maestros de noviciado les
van presentando, ya que, de por sí, el joven está
abierto a lo nuevo y, como dice Sartori, capta más
por la imagen que por la palabra50 . Por tanto,
cuando en el Instituto se vive con fidelidad el carisma
en cada uno de los elementos constitutivos de la consagración,
en esa medida se genera una espiritualidad específica que el
joven formando estará en disposición de captar y asimilar.
Cuando esto
no se da, surge un fenómeno nada despreciable ni aislado,
que sería la fuga de jóvenes religiosos y de otros
no tan jóvenes, hacia los nuevos movimientos, que poseen una
fuerte espiritualidad, o al menos una espiritualidad más clara y
objetiva que los Institutos de pertenencia de estas personas que
se fugan “espiritualmente” del propio Instituto. No tiene nada de
extraño. Si la persona consagrada es por definición del Código
de Derecho Canónico aquella que “siguiendo más de cerca a
Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente
a Dios como a su amor supremo, para que dedicados
por un nuevo y peculiar título a la gloria de
Dios, a la edificación de la Iglesia y a la
salvación del mundo, consigan la perfección de la caridad en
el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo
preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial”51 será
lógico que se adhieran a quienes más medios espirituales pueden
darles para cumplir con este cometido, que es netamente espiritual.
Esta formación espiritual deberá continuar a lo largo de toda
la vida de las personas consagradas, instituyéndose lo que comenzaba
a llamarse formación continua o permanente. “La formación continua es
un proceso global de renovación que abarca todos los aspectos
de la persona del religioso y el conjunto del instituto
mismo. Se debe realizar teniendo en cuenta el hecho de
que sus diversos aspectos son inseparables y se influencian mutuamente
en la vida de cada religioso y de cada comunidad.
Son dignos de considerar los siguientes aspectos: - la vida
según el Espíritu o espiritualidad: ésta debe tener la primacía
porque incluye la profundización en la fe y en el
sentido de la profesión religiosa.”52 Nuevamente se da en
este caso la primacía a la vida del espíritu y
se dan elementos concretos para continuar dicha formación espiritual. Más
adelante, insistirá en la importancia de basar toda la formación
continua en el propio carisma, aspecto éste que tiene un
carácter revolucionador. Comenzaban a darse los primero pasos para constituir
lo que sería la ratio formationis. Se hablaba por tanto
de fundamentar la formación en el propio carácter del Instituto,
es decir en su identidad propia a partir del carisma
singular con el que Dios le había regalado a través
del Fundador, Resultaba obvio que en las etapas de la
formación inicial se hiciera esta fuerte experiencia del Espíritu con
el fin de compartir con el Fundador la experiencia del
Espíritu que daba origen al carisma. Lo que no resultaba
tan claro era que esa experiencia se debía prolongar a
lo largo de todos los años, incluso hasta hacerla parte
de la formación permanente. De esta forma el conocimiento del
carisma53 se concebía no como un argumento académico, sino
como un argumento vital. Si el carisma abarcaba, o debía
abarcar toda la estructura de la persona a lo largo
de toda su existencia, no se cerraba a una lección
de clases, sino que debía continuarse en todos los aspectos
de su vivir, especialmente a los tocantes a su vida
consagrada: “la participación en la vida de la Iglesia según
el carisma del instituto y especialmente la actualización de los
métodos y de los contenidos de las actividades pastorales, en
colaboración con los otros agentes de la pastoral local.”54
El
siguiente documento que trata la palabra espiritualidad, es bastante significativo
y emblemático de la vida consagrada, especialmente por la conflictividad
que trata de solucionar. Nos referimos a la Instrucción La vida fraterna en comunidad,
(2.2.1994). La introducción de este documento reporta claramente la situación
que se venía dando en el mundo y la influencia
que de éste había sufrido la vida consagrada, especialmente en
lo tocante a la autoridad. Serán dos los fenómenos que
más influencia tendrán en el posconcilio: la ruptura de 1968
y la ruptura de 1989 tras la caída de
los regímenes comunistas55 . La autoridad se había visto vulnerada
en sus principios y comenzaba a ser presa de un
relativismo rampante en dónde cada individuo pasaba a ser actor,
centro y modelo de su propia vida. De esta forma,
el principio de autoridad caía y con él, los principios
que sustentaba. También la vida consagrada sufrió esta influencia, cuestionándose
hasta la saciedad el principio de autoridad en la vida
consagrada. Cierto, se debían revisar y quitar muchas incrustaciones culturales
que se habían adherido a la autoridad y la reducían,
o peor aún, la identificaban a una serie de formulismos
ya caducos, muchas veces inoperantes. Pero en ningún momento debía
desaparecer el concepto de autoridad56 y de la vida
fraterna en comunidad.
En este contexto histórico y cultural la Instrucción
utiliza cuatro veces la palabra espiritualidad, dos de ellas en
forma bastante novedosa. Como respuesta a una cultura individualista y
tendiente más hacia la acción y la actividad, que pretende
desligarse de la vida fraterna en comunidad o reducirla a
sus aspectos más externos como es el compartir un mismo
horario y unas mismas celebraciones litúrgicas, la instrucción reflexiona sobre
la naturaleza mística y teologal de la comunidad, es decir,
como un misterio en dónde se hace presente Cristo y
en dónde se puede seguir mejor a Cristo. Pero para
lograr esta visión mística y teologal es necesario tener una
grande fe, lo cual no siempre es fácil. De frente
al elemento humano que compone la comunidad, un elemento humano
herido por el pecado y por psicologías diversas, es difícil
elevarse de ese elemento, o más bien, como diría P.
Marko Rupnik, apoyarse en ese elemento para ver a Cristo
en la comunidad57 . No es una cuestión de sentimiento
la que permitirá elevarse siempre al plano sobrenatural, sino una
cuestión de fe que viene alimentada, como dice esta instrucción
a través de una espiritualidad común, basada sobre todo en
la oración. Se habla por tanto nuevamente de espiritualidad como
un camino para acercarse a Dios, en este caso a
través de la comunidad, considerada como un misterio en dónde
se hace presente Cristo. Cada Instituto religioso tendrá a disposición
sus momentos y sus encuentros de oración comunitaria que deberán
responder a una espiritualidad precisa. No se puede asistir a
la Eucaristía, rezar la liturgia de las horas o hace
una hora de adoración de la misma manera que lo
hace una carmelita, una franciscana o una dominica. Cada una
lo hace con un estilo diverso, es decir, con una
espiritualidad propia. El n. 12 de la presente instrucción presenta
por tanto la oración como una forma de mantener viva
esta espiritualidad: “En su componente místico primario, toda auténtica comunidad
cristiana aparece «en sí misma una realidad teologal objeto de
contemplación». De ahí que la comunidad religiosa sea ante todo
un misterio que ha de ser contemplado y acogido con
un corazón lleno de reconocimiento en una límpida dimensión de
fe. El mismo Cristo que los ha llamado convoca cada
día a sus hermanos y hermanas para conversar con ellos
y para unirlos a sí y entre ellos en la
Eucaristía, para convertirlos progresivamente en su Cuerpo vivo y visible,
animado por el Espíritu, en camino hacia el Padre. La
oración en común, que se ha considerado siempre como la
base de toda vida comunitaria, parte de la contemplación del
Misterio de Dios, grande y sublime, de la admiración de
su presencia, operante en los momentos más significativos de nuestras
familias religiosas, así como también en la humilde realidad cotidiana
de nuestras comunidades.”58
Una segunda aplicación de la palabra espiritualidad
la encontramos en el número 36, que es quizás una
de las definiciones o uso más revolucionaros que da a
esta palabra. Esta hablando de aquellos elementos de la vida
fraterna en comunidad que conforman la identidad de las personas
consagradas. Siguiendo la misma directriz que todos los documentos del
Magisterio, La vida fraterna en
comunidad continua la línea de pensamiento sobre la importancia de
tener una propia identidad y da algunos medios de cómo
la vida en comunidad puede ayudar a alcanzar dicha identidad.
Ha hablado de la espiritualidad común, según acabamos de describir.
Ha hablado del buen uso de la libertad personal, de
la importancia de la comunicación en comunidad, de la madurez
personal. Hablará de la afectividad, de la construcción de la
unidad, el carisma y el servicio de la autoridad. Con
este preámbulo podemos entender que la propia espiritualidad ayudará a
construir la propia identidad de una persona consagrada. Si la
espiritualidad prescribe la forma en que deban vivirse las realidades
de la vida consagrada, dicha forma irá modelando el carácter
de la persona, hasta conformar su madurez personal. Pero también
modelará su carácter espiritual, dándole una madurez espiritual propia y
característica del Instituto al que pertenece. Aunque el número hace
mención de un aspecto negativo de la falta de identificación
con la propia identidad59 , y la consiguiente necesidad de
contar con un experto que ayude a conseguir esta identidad,
conocer y respetuoso de la propia espiritualidad, podemos sacar en
consecuencia la forma en que la espiritualidad ayuda a construir
la propia identidad. La espiritualidad proporciona a la persona la
forma y las motivaciones por las que una persona consagrada
vive los elementos esenciales de la consagración. Viviéndolos, como ya
lo hemos dicho, de una forma especial, la personal realiza
no sólo un acto de su voluntad y de su
entendimiento, lo cual ya es bastante, sino un acto verdaderamente
espiritual, al conformar toda su persona (la parte espiritual no
se refiere únicamente al alma, sino que parte de ella
e inunda todo el ser)con este tipo de espiritualidad. Podemos
decir que vacía en ellos un valor muy especial, que
es el valor de la espiritualidad. El cumplimiento del deber,
de los votos, de la misión, por ejemplo, construye el
recipiente, pero la espiritualidad específica es la que llena dicho
recipiente.
Un aspecto no indiferente es el hecho que cada
Instituto debe contar con expertos conocedores de las vías del
Espíritu y de la espiritualidad propia, con el fin de
poder acompañar espiritualmente a sus hermanos, no sólo en las
etapas iniciales de la formación, sino a lo largo de
toda la vida consagrada. Sabemos por desgracia cuánto mal puede
hacerse a un alma consagrada cuando no se conoce o
no se respeta el propio carisma. Innumerables son los casos
de vocaciones que se han perdido por este triste hecho.
Una
nueva aplicación de la palabra espiritualidad la tenemos en el
n. 62, dónde la encontramos por dos veces: “Los movimientos
eclesiales en el sentido más amplio de la palabra, que
tienen una vigorosa espiritualidad y una gran vitalidad apostólica, han
llamado la atención de algunos religiosos, que han participado en
ellos, recibiendo, a veces, frutos de renovación espiritual, de entrega
apostólica y de revitalización vocacional; pero, a veces, han sido
causa también de división en la comunidad religiosa. Es oportuno,
por tanto, tener en cuenta lo siguiente: a) Algunos movimientos
son simplemente movimientos de animación; otros, por el contrario, tienen
proyectos apostólicos que pueden ser incompatibles con los de la
comunidad religiosa. También es diverso el nivel de pertenencia de
las personas consagradas. Algunas participan sólo como asistentes; otras, sólo
ocasionalmente; otras son miembros estables y en plena armonía con
la propia comunidad y espiritualidad.”60
Vuelve por tanto a
tocar el mismo punto que el documento anterior, Orientaciones sobre la formación en los institutos
religiosos, sobre el fenómeno de la fuga de algunos religiosos
a ciertos movimientos. Cabe aquí mencionar como la palabra espiritualidad
es matizada por distintos adjetivos, como vigorosa y, tácitamente porque
no se expresa, como débil. Un movimiento o una comunidad,
o una congregación o instituto religioso con una espiritualidad vigorosa
es capaz de atraer miembros, renovar la vida de las
personas, lanzarlas a proyectos apostólicos. No es patrimonio solamente de
los nuevos movimientos, pues en el mismo párrafo se establece
como también “la gran tradición espiritual -ascética y mística- de
la vida religiosa y del instituto puede ser útil también
para los nuevos movimientos.”61 Es importante esta división a
acepción que hace el Magisterio del término espiritualidad para no
entenderlo como alguna cosa vaga o misteriosa, más propias de
las almas místicas y ascéticas, que del común de los
mortales. La espiritualidad, si es la forma de llegar a
Dios, puede languidecer en el aburrimiento o puede ser fuerza
que encienda a las personas. La diferencia depende de la
forma en que los miembros han captado la forma de
vida que el fundador ha querido proponer a sus discípulos
para hacer la misma experiencia del Espíritu que él ha
hecho. Se creía que por el hecho de que muchos
movimientos poseían a su fundador en vida o recientemente fallecido,
tenían por tanto aún fresca y clara las formas típicas
de espiritualidad expresadas en muy diversas formas. Esto no es
verdad, ya que se dan casos contrarios en los que
congregaciones de fundaciones recientes han perdido la frescura con la
que el fundador vivía su relación con Cristo y hay
congregaciones o Institutos religiosos nacidos siglos atrás que transpiran vida
en su espiritualidad, como si el fundador se las hubiese
dictado hacía apenas algunos años. La diferencia estriba por tanto
en un conocimiento exacto de la espiritualidad trazada por el
fundador, la confianza que se tenga en ella, la fidelidad
y la alegría por ponerla en práctica. Conocimiento, confianza, fidelidad
y alegría en la propia espiritualidad dan como resultado el
carácter vigoroso a la espiritualidad, de forma que puede contagiar
entusiasmo no sólo a los propios miembros del Instituto sino
a los seglares.
Y con esta última frase introducimos la última
acepción de esta palabra en la Instrucción La vida fraterna en comunidad, pues hablará
de una nueva relación de los institutos de vida consagrada
con los seglares. Dice el número 70: “La colaboración y
el intercambio de dones se hace más intenso cuando grupos
de seglares participan por vocación, y del modo que les
es propio, dentro de la misma familia espiritual, en el
carisma y en la misión del instituto. Entonces se instaurarán
relaciones fructuosas, basadas en relaciones de madura corresponsabilidad y sostenidas
por oportunos itinerarios de formación en la espiritualidad del instituto.
Sin embargo, para conseguir ese objetivo, es necesario tener: comunidades
religiosas con una clara identidad carismática, asimilada y vivida, es
decir, capaces de transmitirla también a los demás con disponibilidad
para el compartir; comunidades religiosas con una intensa espiritualidad y
un gran entusiasmo misionero para comunicar el mismo espíritu y
el mismo empuje evangelizador; comunidades religiosas que sepan animar y
estimular a los seglares a compartir el carisma del propio
instituto, según su índole secular y su diverso estilo de
vida, invitándolos a descubrir nuevas formas de actualizar el mismo
carisma y misión. Así la comunidad religiosa puede convertirse en
un centro de irradiación, de fuerza espiritual, de animación, de
fraternidad que crea fraternidad y de comunión y colaboración eclesial
donde las diversas aportaciones contribuyen a construir el Cuerpo de
Cristo que es la Iglesia.”62
Se establece por tanto, como
una novedad, la posibilidad de que los Institutos religiosos puedan
compartir el carisma con los seglares. Un estudio sereno y
objetivo deberá aclarar cuáles elementos de la espiritualidad pueden ser
compartidos con los seglares, pues no se trata di de
diluir el carisma en los seglares no de hacer de
los seglares personas consagradas en el mundo.
Importante la mención que
hace el documento de las condiciones necesarias para poder cumplir
con dicho objetivo, entre las que destacamos la vivencia intensa
de la propia espiritualidad. Ya no utiliza la palabra
“vigorosa”, sino que hace uso de una más fuerte, “intensidad”.
Esta palabra recuerda a ardor, a radicalismo, a un fervor
constante que no tiene momentos de descanso. Nuevamente será un
adjetivo que podrá utilizarse en el momento de calificar la
vivencia de la espiritualidad en las comunidades y en la
congregación en general.
Nos disponemos a tratar ahora uno de los
documentos más importantes de la vida consagrada que se hayan
escrito. Después del Concilio Vaticano II, con las directrices emanadas
por el Decreto Perfectae caritatis
y la Ecclesiae Sanctae II se fueron dando una
serie de documentos, revisados ya en este parte, que fueron
respondiendo a las dudas y a no pocos abusos, que
surgían ante la aplicación de lo que había querido el
Concilio Vaticano II para la vida consagrada. Era necesario, al
cabo de un cierto tiempo de madura reflexión, recopilar todas
estas experiencias y así es cuando en el mes de
octubre de 1994 se celebra en Roma la IX Asamblea
general del Sínodo de los Obispos que reúne a 348
personas, de las cuales 244 son padres sinodales, 75 auditores,
20 expertos y 9 son representantes de tradiciones cristianas no
católicas. Fruto de este Sínodo es la Exhortación apostólica post-sinodalVita Consacrata (25.3.1996), que
es un pontificio y al mismo tiempo post-sinodal, por lo
que tiene la autoridad de un texto magisterial. Es el
resultado de una profunda reflexión durada cuatro años, ya que
inicia con el anuncia del tema sinodal en enero de
1992 y termina con la publicación de la Exhortación
el 25 de marzo de 1996. “Il documento parte dalla
Vita Consacrata e torna alla Vita Consacrata, attraverso il processo
sinodale e la mediazione magisteriale ed autorevole del Papa.”63
Es un documento basilar para la vida consagrada ya que
no sólo reúne las aportaciones teológicas y pastorales del post-concilio,
sino que propone para los años venideros, nuevas reflexiones y
aplicaciones para la vida consagrada. Es fuente de inspiración para
quien quiera vivir con fidelidad la renovación en la vida
consagrada.
Es de esperarse que muchas sean los números en los
que viene utilizada la palabra espiritualidad. El documento la utiliza
14 veces: nn. 30, 40, 46, 51, 54, 55, 58,
62, 68, 74, 93, 94, 95, 103. En el uso
de todas ellas se da ya por sobrentendido el concepto
de espiritualidad, de tal forma que incluso se llega a
pedir a las congregaciones religiosas e institutos de vida consagrada,
que incluyan la propia espiritualidad dentro de la ratio institutionis
de cada Instituto: “Los Padres sinodales han invitado vivamente a
todos los Institutos de vida consagrada y a las Sociedades
de vida apostólica a elaborar cuanto antes una ratio institutionis,
es decir, un proyecto de formación inspirado en el carisma
institucional, en el cual se presente de manera clara y
dinámica el camino a seguir para asimilar plenamente la espiritualidad
del propio Instituto. La ratio responde hoy a una verdadera
urgencia: de un lado indica el modo de transmitir el
espíritu del Instituto, para que sea vivido en su autenticidad
por las nuevas generaciones, en la diversidad de las culturas
y de las situaciones geográficas; de otro, muestra a las
personas consagradas los medios para vivir el mismo espíritu en
las varias fases de la existencia, progresando hacia la plena
madurez de la fe en Cristo.”64
Pero las aportaciones de
mayor peso doctrinal corresponden a los nn. 93, 94 y
95 en los que se da una verdadera definición de
espiritualidad y de los elementos que los constituyen. El contexto
en el que se escribe este número es el de
la santidad, es decir, el proyecto y la identidad de
la vida consagrada. Después de tres decenios de aparentes experimentaciones
y debates, se perfila, finalmente, la esencia de la vida
consagrada, el qué, el por qué y el para qué
de la misma. Juan Pablo II no duda en afirmar
que es la santidad la aspiración de toda persona consagrada
y da las pautas para seguirla. “Aspirar a la santidad:
este es en síntesis el programa de toda vida consagrada,
también en la perspectiva de su renovación en los umbrales
del tercer milenio. Un programa que debe empezar dejando todo
por Cristo (cf. Mt 4, 18-22; 19, 21.27; Lc 5,
11), anteponiéndolo a cualquier otra cosa para poder participar plenamente
en su misterio pascual.”65 Esta aspiración a la santidad,
que es invitación para todo fiel cristiano , comporta para
la persona consagrada en específico, un mayor asemejarse a todo
con Cristo pobre, casto y obediente. Podemos decir entonces que
se establece una alianza entre la persona consagrada y Cristo,
de forma que mientras la persona consagrada imite más a
Cristo, más fácilmente alcanzará la santidad, esto es, la perfección,
a la que está llamada. Esta forma de imitación de
Cristo para la persona consagrada, ya lo han dicho algunos
de los elementos precedentes, comportará características muy específicas que le
vienen dado del carisma. Si el carisma es una experiencia
del Espíritu que se materializa en un seguimiento más cercano
de Cristo, será lógico pensar que cada carisma dará origen
a una forma peculiar de seguir a Cristo, una forma
peculiar de asemejarse a Él. Se proponen tantas formas diversas
de seguir a Cristo, de santidad, como tantos son los
carismas. Cada carisma genera, por así decirlo, una forma peculiar
de santidad. Para llegar a ella, es necesario configurar toda
la persona a Cristo, de acuerdo a rasgos y vivencias
muy específicas del carisma. Estos rasgos y vivencias específicas del
carisma que ayudan a la persona consagrada a acercarse Cristo
y por lo tanto a asemejarse con Cristo y a
vivir la santidad, es lo que se conoce con el
nombre de espiritualidad. “Podemos decir que la vida espiritual,
entendida como vida en Cristo, vida según el Espíritu, es
como un itinerario de progresiva fidelidad, en el que la
persona consagrada es guiada por el Espíritu y conformada por
El a Cristo, en total comunión de amor y de
servicio en la Iglesia. Todos estos elementos, calando hondo en
las varias formas de vida consagrada, generan una espiritualidad peculiar,
esto es, un proyecto preciso de relación con Dios y
con el ambiente circundante, caracterizado por peculiares dinamismos espirituales y
por opciones operativas que resaltan y representan uno u otro
aspecto del único misterio de Cristo. Cuando la Iglesia reconoce
una forma de vida consagrada o un Instituto, garantiza que
en su carisma espiritual y apostólico se dan todos los
requisitos objetivos para alcanzar la perfección evangélica personal y comunitaria.
La vida espiritual, por tanto, debe ocupar el primer lugar
en el programa de las Familias de vida consagrada, de
tal modo que cada Instituto y cada comunidad aparezcan como
escuelas de auténtica espiritualidad evangélica. De esta opción prioritaria, desarrollada
en el compromiso personal y comunitario, depende la fecundidad apostólica,
la generosidad en el amor a los pobres y el
mismo atractivo vocacional ante las nuevas generaciones. Lo que puede
conmover a las personas de nuestro tiempo, también sedientas de
valores absolutos, es precisamente la cualidad espiritual de la vida
consagrada, que se transforma así en un fascinante testimonio.”67
Estamos
hablando de formas concretas de espiritualidad, un dato importante para
no pensar que la espiritualidad es algo vago o etéreo,
sino algo concreto y específico, que requiere de una formas
muy precisas que expresen ideales tan altos como son los
de vivir de acuerdo al espíritu68 . Estas formas concretas
vienen a ser la palabra de Dios, en especial la
lectura de las Horas, la Lectio divina, la liturgia, con
el lugar privilegiado que tiene la celebración de la Eucaristía69
. Siguen después el sacramento de la reconciliación, la dirección
espiritual y el santo rosario.
Por último, el n. 103 de
este documento recalca el hecho de que la búsqueda de
Dios genera formas específicas de espiritualidad. La persona consagrada, que
tiene como tarea principal no anteponer nada al amor de
Dios, de acuerdo con su propio carisma, generará caminos específicos
para llegar a Dios. Se puede hablar por tanto de
una gramática de la vida espiritual, en donde la espiritualidad
como sustantivo puede ser seguida de un adjetivo, de acuerdo
al carisma propia. Se hablará entonces de una espiritualidad dominica,
una espiritualidad teatina, una espiritualidad de la religiosas del Buen
pastor etc. Estas escuelas de espiritualidad, pueden ser compartidas, en
algunos de sus elementos, con los seglares, “rescatándolos de soluciones
que son generalmente ilusorias y que niegan frecuentemente la encarnación
salvífica de Cristo (cf. 1 Jn 4, 2-3), como son,
por ejemplo, las propuestas por las sectas.”70
El último documento
que trataremos se refiere a Ecclesia In Europa (28.6.2003). En el n. 10 conviene hacer
notar como la palabra espiritualidad puede aplicarse también en un
contexto diferente al cristiano. “Frecuentemente, quien tiene necesidad de esperanza
piensa poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. De este
modo la esperanza, reducida al ámbito intramundano cerrado a la
trascendencia, se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido por
la ciencia y la técnica, con las diversas formas de
mesianismo, con la felicidad de tipo hedonista, lograda a través
del consumismo o aquella ilusoria y artificial de las sustancias
estupefacientes, con ciertas modalidades del milenarismo, con el atractivo de
las filosofías orientales, con la búsqueda de formas esotéricas de
espiritualidad o con las diferentes corrientes de New Age.”71
Esta misma sed de espiritualidad que de ser saciada a
todo precio, viene tratada en el n. 38, cuando el
Papa afirma que frente a la demanda de espiritualidades intramundanas
que den sentido a la existencia, las personas consagradas, con
la propia espiritualidad pueden ayudar a encontrar una respuesta trascendente
a la vida, que les dé nuevamente el sentido y
la esperanza en la vida. Y, algo que es muy
importante, el consagrado lo puede hacer sin necesidad de inventar
nada, simplemente viviendo su vida consagrada, es decir, su propia
espiritualidad. “Así, la demanda de nuevas formas de espiritualidad que
se produce hoy en la sociedad, ha de encontrar una
respuesta en el reconocimiento de la supremacía absoluta de Dios,
que los consagrados viven con su entrega total y con
la conversión permanente de una existencia ofrecida como auténtico culto
espiritual. En un contexto contaminado por el laicismo y subyugado
por el consumismo, la vida consagrada, don del Espíritu a
la Iglesia y para la Iglesia, se convierte cada vez
más en signo de esperanza, en la medida en que
da testimonio de la dimensión trascendente de la existencia.”72
Esto
nos hace pensar que las formas de alcanzar a Dios
o el sentido de la vida generan también un cierto
tipo de espiritualidad, lo cual concuerda con lo que ha
venido afirmando el Magisterio, en el sentido que la espiritualidad
es una forma concreta para llegar a Dios. Cuando se
sustituye Dios y se pone una realidad intrascendente, se genera
también una forma de alcanzar ese objeto intrascendente y se
habla por tanto de espiritualidad intrascendental, recordando lo que dice
el refrán popular de que quien cancela a Dios en
su vida, ante cualquier burro se arrodilla.
CITAS
1 Benedicto
XVI, Discursos, 22.12.2005. 2 Ibidem. 3 Concilio Vaticano
II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 1. 4 Pablo
VI, Exhortación apostólica Evangelica testificatio, 29.6.1971, n. 51. 5
Benedicto XVI, Discursos, 22.12.2005. 6 Juan Pablo II, Exhortación
apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 57. 7 Concilio
Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 17. 8
“De ese modo, como es obvio, queda un amplio margen
para la pregunta sobre cómo se define entonces ese espíritu
y, en consecuencia, se deja espacio a cualquier arbitrariedad. Pero
así se tergiversa en su raíz la naturaleza de un
Concilio como tal. De esta manera, se lo considera como
una especie de Asamblea Constituyente, que elimina una Constitución antigua
y crea una nueva. Pero la Asamblea Constituyente necesita una
autoridad que le confiera el mandato y luego una confirmación
por parte de esa autoridad, es decir, del pueblo al
que la Constitución debe servir. Los padres no tenían ese
mandato y nadie se lo había dado; por lo demás,
nadie podía dárselo, porque la Constitución esencial de la Iglesia
viene del Señor y nos ha sido dada para que
nosotros podamos alcanzar la vida eterna y, partiendo de esta
perspectiva, podamos iluminar también la vida en el tiempo y
el tiempo mismo. Los obispos, mediante el sacramento que han
recibido, son fiduciarios del don del Señor. Son "administradores de
los misterios de Dios" (1 Co 4, 1), y como
tales deben ser "fieles y prudentes" (cf. Lc 12, 41-48).
Eso significa que deben administrar el don del Señor de
modo correcto, para que no quede oculto en algún escondrijo,
sino que dé fruto y el Señor, al final, pueda
decir al administrador: "Puesto que has sido fiel en
lo poco, te pondré al frente de lo mucho" (cf.
Mt 25, 14-30; Lc 19, 11-27). En estas parábolas evangélicas
se manifiesta la dinámica de la fidelidad, que afecta al
servicio del Señor, y en ellas también resulta evidente que
en un Concilio la dinámica y la fidelidad deben ser
una sola cosa.” Benedicto XVI, Discursos, 22.12.2005. 9 Benedicto
XVI, Discursos, 22.5.2006 10 “Tale ricerca è stata possibile
sopratutto peri l fatto che il Concilio non ha inteso
ancorare definitivamente la dottrina sulla vita religiosa alla teologia scolastica
e dunque ha lasciato aperta la strada ad un ulteriore
domandare sulle sue origini, liberando la ricerca stessa da ogni
forma di pregiudizio, da ogni condizionamento e da ogni chiusura
di tipo storico-culturale. Di qui è iniziato un animato e
vivacissimo dibattito che, come vedremo in questo capitolo, nel post-concilio,
passo dopo passo, ha riportato la vita religiosa, nei suoi
aspetti fondamentali, entro le sue coordinate bibliche, teologiche e giuridiche,
recuperando per essa l’evento primigenio e fondante, cioè, l’alleanza sponsale
con il Signore Gesù.” Elena Marchitielli, Chiamati a stare con
Cristo,l’essere e il divenire della vita religiosa. Edizioni Devoniane Roma,
Roma 1999, p. 227. 11 Benedicto XVI, Discursos,
22.12.2005. 12 Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis,
28.10.1965, n. 2b. 13 Sagrada congregación para los religiosos
e institutos seculares, Mutuae relationes, 14.5.1978, n. 11. 14
Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2. 15
Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelica testificatio, 29.6.1971, n. 6.
(Nota: no existe una traducción oficial en español, por lo
que consideramos oportuno dejarla en italiano.) 16 Per la
maggioranza delle persone, la parola consacrazione si è imposta come
termine che qualifica una forma speciale di vita cristiana. La
storia di tale espressione dimostra che non sempre è stata
una questione pacifica, anzi, ancora oggi non tutti i teologi
e canonisti sono d’accordo nel dare alla consacrazione religiosa il
significato che le attribuiscono la dottrina del Magistero e il
Codice di Diritto Canonico. Non possiamo negare cje ci troviamo
a vivere nella vita consacrata un tempo di crisi, all’interno
della quale sono necessari dei punti di riferimento per non
perdere la propria identità.” Stefania Bassotti, La consacrazione religiosa, Dal
Concilio Vaticano II all’Esortazione Apostolica “Vita consacrata”. Edizioni OCD, Roma
2003, p. 5. 17 Juan Pablo II, Discurso a
las religiosas de México, 27.1.1979. 18 Benedicto XVI, Discursos,
22.5.2006 19 Congregación para los Institutos de vida consagrada
y las sociedades de vida apostólica, Ripartire da Cristo, 19.5.2002,
n. 32. 20 Mons. Franc Rodé, cm. La vida
consagrada en la escuela de la Eucaristía, 25.8.2005. 21
Marko Ivan Rupnik, Nel fuoco del roveto ardente, Iniziazione alla
vita spirituale, Lipa, Srl, Roma 2003, p. 79. 22
Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n.
13: “En estos años de renovación la vida consagrada ha
atravesado, como también otras formas de vida en la Iglesia,
un período delicado y duro. Ha sido un tiempo rico
de esperanzas, proyectos y propuestas innovadoras encaminadas a reforzar la
profesión de los consejos evangélicos. Pero ha sido también un
período no exento de tensiones y pruebas, en el que
experiencias, incluso siendo generosas, no siempre se han visto coronadas
por resultados positivos. Las dificultades no deben, sin embargo, inducir
al desánimo. Es preciso más bien comprometerse con nuevo ímpetu,
porque la Iglesia necesita la aportación espiritual y apostólica de
una vida consagrada renovada y fortalecida. (…) En actitud de
cordial apertura hacia los Padres sinodales, he ido recogiendo las
valiosas aportaciones surgidas durante las intensas asambleas de trabajo, en
las que he querido estar constantemente presente. Durante ese período,
he ofrecido a todo el Pueblo de Dios algunas catequesis
sistemáticas sobre la vida consagrada en la Iglesia. En ellas
he presentado de nuevo las enseñanzas del Concilio Vaticano II,
que ha sido punto de referencia luminoso para los desarrollos
doctrinales posteriores y para la misma reflexión realizada por el
Sínodo durante las semanas de sus trabajos. Mientras confío en
que los hijos de la Iglesia, y en particular las
personas consagradas, acogerán con adhesión cordial esta Exhortación, deseo que
continúe la reflexión para profundizar en el gran don de
la vida consagrada en su triple dimensión de la consagración,
la comunión y la misión, y que los consagrados y
consagradas, en plena sintonía con la Iglesia y su Magisterio,
encuentren así ulteriores estímulos para afrontar espiritual y apostólicamente los
nuevos desafíos.” 23 Marcial Maciel, Marcial Maciel, Mi vida
es Cristo, Logos Press, México D.F. 2003, p. 207.
24 “Los Institutos religiosos deben mantener un sentido claro
y firme de la propia identidad y misión. Un continuo
estado de cambio de dirección, la incoherencia entre como vienen
expuestos los valores y los ideales y cómo se viven
de hecho en la realidad, una introspección y un centrarse
excesivo en sí mismos, un énfasis exagerado por las necesidades
de los miembros del Instituto que se opone a las
necesidades del pueblo de Dios, constituyen a menudo obstáculos para
aquellos que desean seguir la llamada de Cristo” Juan Pablo
II, Cartas, On April 3rd 1983 o 22 abril 1989.
25 Ángel Pardilla, La forma di vita di Cristo
al centro della formazione alla vita religiosa, Il quadro biblico
e teologico della formazione,Editrice Rogate, Roma 2003, p. 241.
26 Sagrada congregación para los religiosos e institutos seculares,
Elementos esenciales de la vida religiosa, 31.5.1983, n. 4. 27
Ibidem. n.11. 28 Sobre el desarrollo y la
profundización del carisma, recomiendo la lectura de mi libro German
Sánchez Griese, Il risveglio del carisma,Ed. Art, Roma 2007. 29
“Redunda en bien mismo de la Iglesia el que
todos los Institutos tengan su carácter y fin propios. Por
tanto, han de conocerse y conservarse con fidelidad el espíritu
y los propósitos de los Fundadores, lo mismo que las
sanas tradiciones, pues, todo ello constituye el patrimonio de cada
uno de los Institutos.” Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis,
28.10.1965, n. 2b. 30 LA obra del P. Fabo Ciardi
se ha convertido ya en un clásico de la teologia
del carisma y es conveniente consultarla. Fabio Ciardi, I fondatori
uomini dello Spirito, Per una Teologia del carisma di fondatore,
Città Nuova Editrice, Roma 1982. 31 Sagrada congregación para
los religiosos e institutos seculares, Mutuae relationes, 14.5.1978, n. 11.
32 “El <> no se mantiene en la
historia como se mantiene un patrimonio de ideas, de valores,
de experiencias, sólo porque se le puede contrastar con nuevas
prospectivas y nuevas emergencias. Se mantiene más bien, como una
“gracia viva”, cuya dirección pertenece al Espíritu Santo: comienza con
un evento de gracia que involucra al carismático en un
ardiente camino para seguir a Cristo y puede permanecer en
la historia solamente como gracia que siempre se renueva.” Antonio
Maria Sicari, Gli antichi carisma nella Chiesa, Jaca Book, Milano,
2002, p. 32 – 33. 33 Sagrada Congregación para
los religiosos e institutos seculares, Mutuae relationes, 14.5.1978, n. 11.
34 Sagrada congregación para los religiosos e Instituto Seculares,
Elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia sobre la
vida religiosa, 31.5.1983, nn. 1 – 2. 35 Ibidem, n. 11.
36 “Por tanto, vuestro anhelo primero y supremo debe
ser testimoniar que es necesario escuchar y amar a Dios
con todo el corazón, con toda el alma y con
todas las fuerzas, antes que a cualquier otra persona o
cosa. Este primado de Dios es de suma importancia precisamente
en nuestro tiempo, en el que hay una gran ausencia
de Dios. (…) Haced vuestro el conocido lema que resumía
el programa de san Benito: "No anteponer nada al
amor de Cristo.” Benedicto XVI, Discursos,10.12.2005. 37 Concilio Vaticano
II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 6. 38
Benedicto XVI, Carta con motivo de la Asamblea plenaria de
la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las
Sociedades de vida apostólica, 27.9. 2005. 39 Juan Pablo
II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 84. 40
Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 6.
41 Sagrada congregación para los religiosos e institutos seculares,
Dimensión contemplativa de la vida religiosa, marzo de 1980, introducción.
42 Ibidem. 6 43 Sagrada congregación para
los religiosos e Instituto Seculares, Elementos esenciales de la doctrina
de la Iglesia sobre la vida religiosa, 31.5.1983, n. 11.
44 “La vocación divina, la consagración mediante la profesión
de los consejos evangélicos con votos públicos, una forma estable
de vida comunitaria, para los institutos dedicados a obras de
apostolado, la participación en la misión de Cristo por medio
de un apostolado comunitario, fiel al don fundacional específico y
a las sanas tradiciones; la oración personal y comunitaria, el
ascetismo, el testimonio público, la relación característica con la Iglesia,
la formación permanente, una forma de gobierno a base de
una autoridad religiosa basada en la fe.” Sagrada congregación para
los religiosos e institutos seculares, Elementos esenciales de la vida
religiosa, 31.5.1983, n. 4. 45 Una instrucción, es como dice este
mismo documento en la introducción: “La Congregación para los Institutos
de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, que
publica el presente documento, le atribuye el carácter de Instrucción
según el c. 34 del Código de Derecho Canónico. Se
trata de disposiciones y orientaciones aprobadas por el Santo Padre
y propuestas por el Dicasterio con objeto de explicitar las
normas del Derecho y de promover su aplicación. Por tanto,
estas disposiciones y orientaciones suponen las prescripciones jurídicas ya en
vigor en virtud del Derecho, refiriéndose a ellas cuando se
da el caso, sin derogarlas en modo alguno.” Congregación
para los Institutos de vida consagrada y sociedades de vida
apostólica, Orientaciones sobre la formación en los Institutos religiosos 46
Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, introducción. 47
Congregación para los Institutos de vida consagrada y sociedades
de vida apostólica, Orientaciones sobre la formación en los Institutos
religiosos, n. 18. 48 Ibidem, 46. 49 Ibidem.
n. 16. 50 “La cuestión es que, en general,
la cultura de la imagen creada por la primacía de
lo visible es portadora de mensajes "candentes" que agitan nuestras
emociones, encienden nuestros sentimientos, excitan nuestros sentidos y, en definitiva,
nos apasionan. El saber es logos, no es pathos, y
para administrar la ciudad política es necesario el logos. La
cultura escrita no alcanza este grado de "agitación". Y aun
cuando la palabra también puede inflamar los ánimos (en la
radio, por ejemplo), la palabra produce siempre menos conmoción que
la imagen. Así pues, la cultura de la imagen rompe
el delicado equilibrio entre pasión y racionalidad. La racionalidad del
homo sapiens está retrocediendo, y la política emotivizada, provocada por
la imagen, solivianta y agrava los problemas sin proporcionar absolutamente
ninguna solución. Y así los agrava.” Giovanni Sartori, Homo
videns. La sociedad teledirigida, Taurus, Madrid, 1998. 51 Código
de Derecho Canónico, cc. CC. 605 y 573, 1 52
Congregación para los Institutos de vida consagrada y sociedades
de vida apostólica, Orientaciones sobre la formación en los Institutos
religiosos, n. 68. 53 “La fidelidad al carisma propio,
por un conocimiento siempre mejor del fundador, de la historia
del instituto, de su espíritu, de su misión, y un
esfuerzo correlativo por vivirlo personal y comunitariamente.” Ibidem. n. 68.
54 Ibidem. n. 68. 55 Benedicto XVI, Encuentro
del Santo Padre con los sacerdotes, L’Osservatore Romano, edición semanal
en lengua española, N. 31 (2.104), 3 de agosto de
2007, p. 7. 56 “Si bien es cierto que
la autoridad debe ser ante todo fraterna y espiritual, y
que quien la detenta debe consecuentemente saber involucrar mediante el
diálogo a los hermanos y hermanas en el proceso de
decisión, conviene recordar, sin embargo, que la última palabra corresponde
a la autoridad, a la cual compete también hacer respetar
las decisiones tomadas.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita
consecrata, 25.3.1996, n. 43. 57 “Il peccatore che incontra
Colui che perdona, finalmente può dimenticare la angoscia del peccato,
ma si ricorderà per sempre di Colui che ha perdonato.
La memoria ferita e inchiodata sul male viene guarita e
trasfigurata in una memoria del bene. Anzi del buono, ovvero
del Salvatore.” Marko Ivan Rupnik, Nel fuoco del roveto ardente,
Iniziazione alla vita spirituale, Lipa, Srl, Roma 2003, p. 54.
58 Congregación para los Institutos de vida consagrada y
sociedades de vida apostólica, Vida fraterna en comunidad, 2.2.1994, n.
12. 59 “La identidad de la persona consagrada depende
de la madurez espiritual: es obra del Espíritu, que impulsa
a configurarse con Cristo, según la particular modalidad que nace
del «carisma originario, mediación del Evangelio, para los miembros de
un determinado Instituto». Es muy importante, en estos casos, la
ayuda de un guía espiritual, que conozca bien y respete
la espiritualidad y la misión del instituto, para «discernir la
acción de Dios, acompañar al hermano en las vías del
Señor, alimentar la vida con sólida doctrina y con la
vida de la oración». Este acompañamiento, particularmente necesario en la
formación inicial, resulta también útil para todo el resto de
la vida, en orden a conseguir el «verdadero crecimiento en
Cristo».” Ibidem. n. 36. 60 Ibidem. n. 62.
61 Ibidem. n. 62. 62 Ibidem. n.70
63 F. Frezza, “Vita Consacrata”: Iter e struttura, in
AA.VV., “Vita Consacrata” Studi e Riflessioni, Rogate, Roma 1996, p.
37. 64 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita
consecrata, 25.3.1996, n. 68. 65 Ibidem., n. 93.
66 “Una misma es la santidad que cultivan en
cualquier clase de vida y de profesión los que son
guiados por el espíritu de Dios y, obedeciendo a la
voz del Padre, adorando a Dios y al Padre en
espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado
con la cruz, para merecer la participación de su gloria.”
Lumen gentium, 21.11. 1964, n. 41. 67 Juan
Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 94.
68 “Ogni norma, se non vuole rischiare il legalismo
o il fariseismo ipocrita, ha bisogno di agganciarsi a una
forma, nel senso pieno del termine, come modo d’essere e
stile esistenziale. Anzi, la norma nasce da una forma ed
è in funzione d’essa. Così come, d’altro canto, ogni forma,
se non vuol divenire evanescente e insignificante, deve concretizzarsi in
norme.” Amedeo Cencini, Verginità e celibato oggi, Per una sessualità
pasquale, Edizioni Devoniane Bologna, Bologna 2005, p. 102. 69
“Quien ha sido llamado a elegir a Cristo como único
sentido de su vida en la profesión de los consejos
evangélicos, ¿cómo podría no desear instaurar con El una comunión
cada vez más íntima mediante la participación diaria en el
Sacramento que lo hace presente, en el sacrificio que actualiza
su entrega de amor en el Gólgota, en el banquete
que alimenta y sostiene al Pueblo de Dios peregrino? Por
su naturaleza la Eucaristía ocupa el centro de la vida
consagrada, personal y comunitaria. Ella es viático cotidiano y fuente
de la espiritualidad de cada Instituto.” Ibidem., n.95. 70
Ibidem., n. 103. 71 Juan Pablo II, Ecclesiae in
Europa, 28.6.2003, n. 10. 72 Ibidem., n. 38.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR