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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net El papel de la Superiora de Comunidad
El trato humano y el trato espiritual han dado inicio a un nuevo papel de la superiora de comunidad.
El papel de la Superiora de Comunidad
La labor de la superiora de comunidad a lo largo
del Magisterio. “Los tiempos han cambiado”, es quizás una de las
frases más escuchadas en los discursos, las clases, y el
hablar cotidiano. Los profundos cambios que el hombre ha tenido
son más que evidentes y sería largo, tedioso e incompleto,
el tratar de establecer un elenco de dichos cambios. Bien
podemos ayudarnos del análisis que recientemente ha hecho Benedicto XVI,
cuando, hablando a los sacerdotes de las diócesis de Belluno
– Feltre y Treviso ha dejado ver que la
revolución del ’68 y la caída del muro de Berlín
han marcado definitivamente a la humanidad de Occidente en estos
últimos años1 .
Estos cambios influyen también en la Iglesia y
concretamente en la vida consagrada. El afán del cambio por
el cambio y el relativismo influyen en la vida consagrada
porque ésta, como realidad humana y espiritual no permanece impermeable
a los cambios del mundo, sino que participa de estos
cambios. Esta participación le viene sobretodo por la acción constante
de fermento que debe ejercer sobre la masa. El desconocimiento
de la masa la haría llegar a un encerramiento total
en sí misma, secando de raíz su labor de cambio.
Por otro lado, las nuevas vocaciones que llegan al convento
llegan cargadas de estos cambios a los cuales la vida
consagrada, sin dejar su esencia, debe adaptarse. Ni todo es
malo ni todo es bueno. Hay que saber discernir.
El documento
del magisterio de la Iglesia, Vida fraterna en comunidad ha
trazado muy bien estos cambios y sus influencias en la
vida consagrada2 . Nos queremos referir, en este caso, a
los cambios que han afectado a la humanidad en su
aspecto social, y por lo tanto a la vida consagrada:
los movimientos de emancipación política y social, la reivindicación de
la libertad personal y de los derechos humanos, la promoción
de la mujer, la explosión de los medios de comunicación,
el consumismo y el hedonismo. Dichos cambios influyen en cada
una persona en forma singular y quizás, hoy más que
nunca el aspecto de la reivindicación personal de los derechos
humanos, tal y como lo menciona el citado documento: “La
reivindicación de la libertad personal y de los derechos humanos
ha estado en la base de un amplio proceso de
democratización que ha favorecido el desarrollo económico y el crecimiento
de la sociedad civil. En el período inmediatamente posterior al
Concilio, este proceso -especialmente en Occidente- ha experimentado una aceleración
caracterizada por movimientos «asamblearios» y por actitudes renuentes a la
autoridad. El rechazo de la autoridad no ha perdonado ni
siquiera a la Iglesia ni a la vida religiosa, con
consecuencias evidentes también en la vida comunitaria. La afirmación unilateral
y exasperada de la libertad ha contribuido a difundir en
Occidente la cultura del individualismo, con el debilitamiento del ideal
de la vida común y del compromiso por los proyectos
comunitarios. Hay que señalar también algunas reacciones igualmente unilaterales, como
pueden ser las evasiones hacia formas de autoritarismo, basadas en
la confianza ciega en un guía que inspira seguridad.”3
La
parte humana es aquella a la que más se la
ha dado importancia, especialmente en la vida consagrada. Resulta curioso
contemplar la forma en que muchos noviciados se han adaptado
a esta nueva sensibilidad, hasta el grado de confundir la
espiritualidad con el psicologismo. Se tiende a pensar que sólo
es posible seguir a Jesucristo después de haber pasado una
serie de tests psicológicos y haber obtenido por tanto un
status cualificado de salud mental. No cabe duda que una
cierta sanidad mental es necesario, no sólo para seguir a
Jesucristo, sino para desarrollar cualquier trabajo o profesión, pero en
algunos ambientes se ha tendido a exagerar o a malinterpretar
el papel de la psicología en las comunidades de religiosa
o de vida consagrada, hasta hacerla aparecer como el punto
más importante de la formación e incluso, de la vida
consagrada. Creemos que en esos ciertos ambientes se ha perdido
la conciencia de lo que es la vida consagrada, y
aún más, lo que debe ser la finalidad del hombre,
es decir, su propia deificación. “Dios se ha hecho hombre
para que el hombre sea como Dios”4 , para convertirla
en un puro bienestar psicológico en dónde el hombre busca
tan sólo su propio equilibrio psicológico. Pueden ser exageraciones, pero
algunos hechos hablan por sí mismos. Veamos la explosión bibliográfica
de libros con corte psicológico en las librerías católicas, o
la importancia que tiene el test psicológico en los noviciados,
o ante cualquier dificultad la recurrencia que se tiene al
profesional de la psicología, antes que al sacerdote, al confesor
o al director espiritual.
Quien sufre con mayor peso las insidias
de estos cambios lo es la superiora de comunidad. A
diferencia de las formadoras que se preparan y cuentan con
medios que la congregación pone a su disposición, resulta que
la superiora de comunidad es aquella menos preparada para enfrentar
estos cambios y a la que más le tocan,
ya que ella recibe todo tipo de personas como pueden
ser junioras aun en período de formación, profesas de votos
perpetuos que inician su labor apostólica, religiosas de una cierta
edad y con un cierto desencanto acumulado, religiosas que dudan
de su propia identidad, en fin una gama enorme de
problemas5 que debe resolver ella sola, sin la posibilidad
muchas veces de acudir a una hermana que la guíe
o la ayude.
Y sin embargo la Iglesia no ha olvidado
a las superioras de comunidad. Ya desde el Concilio vaticano
II, sensible a los cambios de la humanidad, fue trazando
las líneas para el papel que necesitaba desarrollar la superiora
de comunidad y que cristalizaron en el documento Vita consecrata.
Observamos en primer lugar en el Decreto Perfectae caritatis, como
los padres conciliares señalan: “Mas los Superiores, que habrán de
dar cuenta a Dios de las almas a ellos encomendadas,
dóciles a la voluntad divina en el desempeño de su
cargo, ejerzan su autoridad en espíritu de servicio para con
sus hermanos, de suerte que pongan de manifiesto la caridad
con que Dios los ama. Gobiernen a sus súbditos como
a hijos de Dios y con respeto a la persona
humana.”6
Vale la pena detenernos en la última frase pues
encierra todo un trayecto histórico y espiritual. Por un lado
recuerda a los superiores la necesidad de gobernar, es decir,
que no deben renunciar a la facultad de ejercer la
dirección de la comunidad. Como capitanes de una barca, no
pueden dejar a la deriva el timón, so pena de
que naufrague la nave entera con todos los tripulantes. Ésta
es una tarea irrenunciable de toda aquella persona que se
precie de llevar sobre sí el peso de la dirección
de una comunidad. Contrasta por tanto con todas aquellas teorías
muy en boga en los años setentas del asamblearismo o
de la toma de decisiones en comunidad. Sin embargo el
gobierno o la dirección de comunidad no son despóticos, puesto
que no se hace lo que quiere el superior de
comunidad, sino lo que quiere Dios. Para lograr que todos
los miembros de la comunidad respondan a lo que es
la voluntad de dios, la superiora de comunidad debe tratarlos
como lo que son, es decir, como hijos de Dios
y como personas humanas. Este binomio lograr conjugar toda una
práctica que la Iglesia tendrá a partir del Concilio conjugando
la parte humana y la parte espiritual. La dignidad espiritual
se equipara a la dignidad humana, formando una unidad indisoluble.
Por ello, la superiora de comunidad deber ser una experta
en espiritualidad y una experta en humanidad. Tratar a una
persona es un arte, tratar a una persona consagrada es
una vocación. Los elementos de una sana espiritualidad deben conjugarse
con un trato humano a la altura de la dignidad
de la persona consagrada.
El trato humano y el trato
espiritual han dado inicio a este nuevo papel de la
superiora de comunidad. Para afrontar esta tarea, algunas de superioras
buscaron fuera lo que se encontraba en casa, es decir,
han preferido peregrinar por espiritualidades ajenas a la cristiana para
estar, según ella, a la altura de esta función. En
cuanto a la parte humana, como ya hemos mencionado, se
han amurallado en la psicología, dejando a un lado la
inmensa riqueza de las virtudes cristianas, que no por ser
virtudes han dejado de llevar en ellas mismas una gran
carga de humanidad.
Estas bases del nuevo papel de la superiora
de comunidad se irían afirmando y desarrollando a lo largo
de los años. Un documento que bajo mi punto de
vista debe ser revalorizado y estudiado con mayor profundidad es
el de Mutuae relaciones, sobre las relaciones entre los obispos
y los religiosos. Nacido precisamente en el momento más duro
y álgido del periodo de la contestación, 1978, Mutuae relaciones
encierra tesoros tales como la aproximación a lo que debe
ser el carisma y las funciones de la superiora de
comunidad. Su papel era el de conciliar las labores de
los religiosos dentro de la diócesis en un momento en
que parecería que toda autoridad debía ser contestada, discutida o
puesta en evidencia. Por ello, no resulta extraño que se
dedique a explicar cuáles son las funciones de la superiora
de comunidad y lo hace precisamente en concomitancia con las
funciones del obispo, es decir, aquellas de enseñar, santificar y
gobernar7 .
Esta triple función presupone, nuevamente, el equilibrio entre la
parte espiritual y la parte humana. No se debe mayor
peso a una y a otra, puesto que se trata
de llevar a la perfección de la caridad a cada
una de las personas encomendadas, siempre dentro del marco del
propio carisma. “Es propio de los Superiores la misión y
mandato de perfeccionar, con diversas incumbencias, en todo aquello que
tiene relación con el incremento de la vida de caridad
conforme al modo de ser del Instituto. ” De esta
manera se continua sobre la misma línea, pero se subraya
la parte del gobierno, es decir la de “ejercitar el
servicio de ordenar la vida de su propia comunidad, organizar
los efectivos del Instituto en orden al fomento de la
misión peculiar del mismo y a su inserción en la
acción eclesial bajo la guía de los Obispos.”9
Continuando con
el desarrollo histórico del nuevo papel de la superiora de
comunidad, es importante mencionar el documento La dimensión contemplativa de
la vida religiosa. Pasan los años y cada vez más
cobra importancia la autonomía y el individualismo en la vida
consagrada. Nos encontramos en el año 1980 en dónde se
empiezan a notar las secuelas de estos elementos en la
dirección de las comunidades religiosas. Las personas consagradas comienzan a
convertirse, refrendando el valor de la libertad, en islas de
un inmenso archipiélago que es la comunidad, conectadas entre sí
por algunas actividades comunes de carácter litúrgico o meramente humano.
Pero la unidad de mentes y corazones en torno al
seguimiento de Cristo comienza a fraccionarse, como lo testimonió Juan
Pablo II en su primer viaje a México: “Más tampoco
faltan ejemplos de confusión acerca de la esencia misma de
la vida consagrada y del propio carisma. A veces se
abandona la oración, sustituyéndola con la acción; se interpretan los
votos según la mentalidad secularizante que difumina les motivaciones religiosas
del propio estado; se abandona con cierta ligereza la vida
en común; se adoptan posturas socio-políticas como el verdadero objetivo
a perseguir, incluso con bien definidas radicalizaciones ideológicas.”10 .
Frente
a estas ideologías que comienzan a infiltrarse en la vivencia
de los elementos de la vida consagrada, la labor de
la superiora de comunidad vendrá refrendada como una labor eminentemente
espiritual, con el fin de animar la vida entera de
las religiosas. Vale la pena anotar todo el número de
referencia: “El Superior desempeña en la comunidad un papel de
animación simultáneamente espiritual y pastoral en conformidad con la "gracia
de unidad" propia de cada Instituto. Aquellos que son llamados
a ejercer el ministerio de la autoridad deben comprender y
ayudar a comprender que, en esas comunidades de consagrados, el
espíritu de servicio hacia todos los hermanos se convierte en
expresión de la caridad con la cual Dios los ama.
Este servicio de animación unitaria requiere, por lo tanto, que
los superiores y superioras no se muestren ni ajenos y
desinteresados frente a las exigencias pastorales, ni absorbidos por tareas
simplemente administrativas, sino que se sientan y sean considerados en
primer lugar como guías para el desarrollo simultáneo, tanto espiritual
como apostólico, de todos y cada uno de los miembros
de la comunidad.”11
Esta indicación del número 16 del documento
La dimensión contemplativa de la vida religiosa parece estar en
completa sintonía con el número del Decreto Perfectae caritatis en
donde anotaba que “Ordenándose ante todo la vida religiosa a
que sus miembros sigan a Cristo y se unan a
Dios por la profesión de los consejos evangélicos, habrá que
tener muy en cuenta que aun las mejores adaptaciones a
las necesidades de nuestros tiempos no surtirían efecto alguno si
no estuvieren animadas por una renovación espiritual, a la que,
incluso al promover las obras externas, se ha de dar
siempre el primer lugar.”12 La verdadera renovación debía seguir
el camino de la renovación espiritual. Para ello habría sido
necesario comenzar con la renovación espiritual de cada persona. Esta
no puede llevarse a cabo en una forma individual, ya
que se corre el peligro de una fragmentación, de dónde
pudiera nacer una congregación con hermanas de tipo A, las
que ya han hecho la renovación espiritual y hermanas de
tipo B, las que no lo han hecho. Si bien
las líneas guía de la renovación era una asignatura de
los directores mayores13 , dichas disposiciones vienen decantadas y actuadas
en comunidad. No podría dejarse al libre albedrío de cada
persona la aplicación de las disposiciones capitulares. Era necesaria por
tanto una vigilancia, un cuidado maternal de quien era la
responsable de la comunidad. De ahí que el nuevo papel
de la superiora de comunidad se comenzaba a perfilar como
una verdadera animadora espiritual de la comunidad, lo cual no
significaba desentenderse de las cuestiones prácticas o disciplinares, sino saber
inyectar en el espíritu el carisma de la congregación para
vivir con mayor conciencia y renovado amor la propia consagración,
manifestada en el cumplimiento de las normas, horarios, votos y
todos los elementos que conforman la esencia de la vida
consagrada.
Un nuevo embestida que debe afrontar el concepto de autoridad
se tarta del asamblearismo, es decir, pensar que la autoridad
reside en todos los miembros de la comunidad. Esta postura
tuvo su origen en parte por la proliferación del concepto
de libertad, entendido como la capacidad de autodeterminación y en
parte por la lectura meramente horizontalista de la obediencia dialogada.
El hecho de que los superiores “consulten y oigan, de
manera conveniente, a los súbditos14 ,” fue entendido como compartir
de la autoridad entre todos los miembros, llegándose a casos
extremos como los de rotar mensualmente el cargo de la
superiora de comunidad. Contra este concepto de autoridad que comenzó
a difuminarse hacia los años ochentas, el magisterio advirtió: “Esa
autoridad, característica de los institutos religiosos, no proviene de los
miembros; es conferida por Dios mediante el ministerio de la
Iglesia, al reconocer el instituto y aprobar sus constituciones. Es
una autoridad de la que están investidos los superiores, mientras
duren sus períodos de servicio, ya sea a nivel general,
intermedio o local. Debe ser ejercida de acuerdo con las
normas del derecho común y propio, con espíritu de servicio,
respetando la persona humana de cada religioso como hijo de
Dios (cf PC 14), estimulando la cooperación para el bien
del instituto, pero siempre preservando el derecho del superior de
discernir y decidir lo que ha de hacerse (cf ET
25). Estrictamente hablando, esta autoridad religiosa no se comparte. Puede
ser delegada, según la constituciones, para determinados fines, pero, normalmente,
es ejercida por razón de oficio y es la persona
del superior la investida de autoridad.15 ”
Serenados un poco los
ánimos al comenzar la década de los noventas el documento
La vida fraterna en comunidad hace un balance del recorrido
que ha tenido la autoridad durante el periodo del post-concilio.
Siendo el balance positivo apunta una nueva dimensión para la
autoridad, es decir, la construcción de la fraternidad: “no se
puede olvidar que la fraternidad no es sólo fruto del
esfuerzo humano, sino también, y sobre todo, don de Dios;
un don que exige la obediencia a la Palabra de
Dios, y, en la vida religiosa, también a la autoridad,
que recuerda esa Palabra y la aplica a las situaciones
concretas, según el espíritu del instituto. (…) En las comunidades
religiosas la autoridad, a la que se debe atención y
respeto, incluso en virtud de la profesión de obediencia, está
puesta también al servicio de la fraternidad, de su edificación
y de la consecución de sus fines espirituales y apostólicos.”16
De esta indicación partirán diversos puntos de vista sobre la
forma en que se debe construir la fraternidad. Puntos de
vista que hasta el día de hoy siguen ejerciendo una
fuerte influencia en la vida consagrada. Tenemos por ejemplo aquellos
que dan una importancia primordial a la fraternidad como un
agregado de personas con un fin común. Su visión es
meramente sociológica y pretenden conformar la fraternidad a través de
las técnicas que ofrece dicha ciencia. Hay otros que ven
la fraternidad como un conglomerado de personas que, a semejanza
de una empresa, se reúnen con el fin de obtener
un beneficio para la empresa. La visión meramente gerencial requiere
por parte de los que están investidos de autoridad, conocimientos
de tipo administrativo, con el fin de solucionar los conflictos
existentes y así alcanzar las metas que se han fijado.
Están también aquellos que apuntalan la fraternidad en la psicología,
dando primacía al bienestar psicológico ya que. Según ellos, una
comunidad no puede ser tal si sus miembros no están
adaptados psicológicamente. Gran parte del esfuerzo de la autoridad se
dedica a descubrir los posibles malestares psicológicos y a ser
mediador entre unos y otros, con el fin de lograr
un equilibrio psíquico y emocional en toda la comunidad.
Todas estas
lecturas, verdaderas pero incompletas, pierden, bajo mi punto de vista,
el carácter esencial de la comunidad: “La comunidad religiosa es
un don del Espíritu, antes de ser una construcción humana.
Efectivamente, la comunidad religiosa tiene su origen en el amor
de Dios difundido en los corazones por medio del Espíritu,
y por él se construye como una verdadera familia unida
en el nombre del Señor. Por lo tanto, no se
puede comprender la comunidad religiosa sin partir de que es
don de Dios, de que es un misterio y de
que hunde sus raíces en el corazón mismo de la
Trinidad santa y santificadora, que la quiere como parte del
misterio de la Iglesia para la vida del mundo.”17
Cuando se comprende que la vida fraterna en comunidad es
un misterio del amor de Dios, no se excluyen las
posibles visiones complementarias que conforman dicha fraternidad, pero se las
tiene siempre en relación con el concepto primordial y originario
de su esencia, es decir un don del Espíritu. Para
favorecer y promover dicho don, la superiora de comunidad deberá
tener si, conocimientos de la sociología, la administración de empresas,
la psicología, pero deberá ser sobre todo un experto en
el amor de Dios, de forma que pueda siempre construir
la comunidad basada en lo que es su fundamento, el
amor de Dios. Olvidar, menospreciar o dejar a un lado
esta visión, por considerarla demasiado espiritualista o fuera de moda,
es perder de vista lo esencial en la comunidad.
Llegamos por
fin al documento considerado la carta magna de la vida
consagrada, la exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata. Y es una
carta magna de la vida consagrada ya que es
no sólo una profunda reflexión teológica y pastoral de la
vida consagrada, sino que da indicaciones claras y precisas de
lo que debe ser en el futuro la vida consagrada.
Y en lo que se refiere a la autoridad, no
se detiene, como el documento precedente, a enumerar los problemas
que se han dado, sino que quiere proyectar hacia el
futuro el servicio de la autoridad, como un servicio que
siempre ha existido en la vida consagrada, pero ahora enriquecido
con los aportes del Concilio. De ahí que la autoridad
sea un servicio eminentemente espiritual y apostólico para los hermanos:
“Pero es preciso reconocer que quien ejerce la autoridad no
puede abdicar de su cometido de primer responsable de la
comunidad, como guía de los hermanos y hermanas en el
camino espiritual y apostólico.”19
Esta doble vertiente, basada siempre en
el concepto de guía, abre una inmensa posibilidad para las
superioras de comunidad pues no reduce su labor a un
mero administrador, sociólogo o psicólogo de la vida consagrada, sino
que le da el encargo de ayudar a los hermanas
a ellas confiadas, para alcanzar la plenitud espiritual y humana
a la que han sido llamadas, de acuerdo con el
propio carisma. El papel de la superiora de comunidad se
convierte en aquel que hace de guía. Quien ejerce dichas
funciones no puede renunciar a enseñar el camino, a mostrar
siempre la belleza de la meta y a ayudar a
quien quiere alcanzarla, haciéndole ver los posibles obstáculos, las desviaciones.
Su labor será algunas veces callada, otras tendrá que advertir,
pero siempre tendrá que interceder por ellas en la oración.
La doble vertiente, espiritual y apostólica, lleva a las superioras
a ayudarse de la espiritualidad y de la psicología.
¿Qué tipo
de espiritualidad? Si la superiora de comunidad debe ser una guía
para sus hermanas en el camino espiritual y apostólico, es
necesario que clarifiquemos los términos para entender qué significa el
camino espiritual de las hermanas.
Por espiritual se ha entendido
muchas veces, desgraciadamente, todo aquello que es inmaterial. Seguramente que
en este espacio entran los rezos, las devociones, la oración,
la liturgia de las horas, pero no podemos reducir lo
espiritual a lo inmaterial. Esto sería tanto como despreciar la
realidad teológica del cuerpo y tantos dogmas y principios teológicos
que tienen al cuerpo como punto principal, por ejemplo la
Encarnación, la Resurrección, la Transfiguración.
En una de sus exageraciones, esta
visión unilateral de la espiritualidad, tiende a encerrarla en el
cumplimiento de las reglas y reglamentos. Una persona es más
espiritual, se solía decir, tanto en cuánto cumple con las
normas, con los clichés establecidos. Cuando estas normas no expresan
lo que se lleva en el interior, es decir, la
vida de unión con Dios, cuando se pretende alcanzar a
dios simplemente con el intelecto y con las obras extremas,
podemos caer ene. Fariseísmo. Y quizás mucha de esta postura
se ha tenido en un tiempo durante la Iglesia. La
superiora de comunidad, bajo esta concepción de la vida espiritual,
se convierte en una policía, en una vigilante, interesada en
el cumplimiento externo de un horario, de unas funciones litúrgicas.
“Nella spiritualità di tipo gnostico si sottovalutava o si ignorava
la realtà psicologica. L’impostazione era a tinte forti, senza tante
sfumature: la vita spirituale era il frutto della volontà, dell’esercizio
costante e dell’ascesi. Tutto ciò bastava per vincere difficoltà e
tentazioni.”20 Se habla de norma sin espíritu.
Como reacción contraria,
podemos tener la postura del espíritu sin norma. Se identifica
en este caso el espíritu con la libertad del hombre
o con su psicología. “… oggi assistiamo all’eccesso opposto: sembra
quasi che, se non si tiene conto del subconscio e
Della storia psicologica dell’individuo, la vita spirituale sia praticamente impossibile.”21
La vida espiritual se convierte en un sentir o
no sentir, en un estar siempre buscando el bienestar psicológico.
Sin
embargo, la vida espiritual es la vida en el Espíritu.
Se realiza cuando la persona vive en el amor, es
decir vide de Cristo, de sus principios y de sus
normas. Cuando vive de su amor y para su amor.
Y en la vida consagrada esto tiene su aplicación específica
cuando la persona que ha profesado amor eterno a Jesucristo
se consagra en un Instituto de vida consagrada bajo un
carisma específico. El carisma le da indicaciones concretas sobre el
tipo de espiritualidad que debe seguir, es decir, sobre el
camino espiritual que la lleva al encuentro con Dios. La
experiencia del Espíritu que ha hecho el fundador, puede y
debe ser compartida y vivida en lo personal por cada
uno de sus discípulos. Lo importante será por tanto distinguir
con diáfana claridad los elementos esenciales del carisma que permitan
a cada religiosa hacer la experiencia del Espíritu que hizo
el fundador y vivir con coherencia a dicha experiencia. La
superiora de comunidad realiza su función ayudando a las hermanas
a encontrar los elementos de vida espiritual que se viven
en el carisma y animándolas, primero con el ejemplo, y
después con la palabra, a vivir dichos elementos. De esta
forma la vida espiritual cobra un cariz eminentemente carismático, propio
y único. Sin esta vida espiritual es difícil que la
superiora pueda afrontar los problemas que hoy aquejan a la
vida fraterna en comunidad, como pueden ser el de la
vida afectiva de las religiosas, la intergeneracionalidad en las comunidades,
los problemas relativos a la multiculturalidad, el crecimiento y la
madurez personal.
Pero como cuerpo y alma, como espíritu encarnado, la
mujer consagrada está también sujeta a las leyes de la
psicología, entendida ésta como la ciencia que se interesa de
la conducta humana. El paso normal de los años, la
inexperiencia de la juventud, los éxitos o los fracasos van
dejando una huella indeleble en la persona, en su psicología.
Además debemos tomar en cuenta que la persona no es
un cascarón, un molde ya hecho. Proviene de un pasado
que se proyecta al futuro, pero que por venir del
pasado, puede estar marcado por éste. Sin dejar a un
lado la libertad de la persona y la acción de
la gracia, lo que somos actualmente se lo debemos en
parte a lo que hemos sido. Surge por tanto la
oportunidad de conocer bien ese pasado psicológico para afrontar debidamente
el futuro de la persona consagrada.
El nuevo papel de la
superiora de comunidad y la psicología. Si el magisterio pide a
la superiora de comunidad una labor de guía en el
camino espiritual y apostólico de las hermanas, la superiora de
comunidad deberá apoyarse en el carisma para buscar los elementos
esenciales de la espiritualidad y así animar esta vida espiritual
de las hermanas. Pero se dará cuenta que cada hermana
es distinta, aunque el carisma sea el mismo, aunque las
ilusiones y los esfuerzos por vivir la espiritualidad sean uniformes.
Esta
diversidad no tiene nada de extraño, ya que “la grazia
è donata all’essere umano, è infusa nella sua realtà unica
esistenzialmente situata. L’esperienza spirituale, anche la più elevata, viene vissuta
dalla persona concreta non dall’essere umano nell’astrattezza della sua definizione.
È quindi un <>, un evento soprannaturale, ma anche pienamente
umano e viceversa. Sintetizzando in una formula il legame tra
natura e grazia si può affermare che tra esse esiste
distinzione essenziale, ma non separazione.22 ”
Si la superiora de comunidad
debe ser una experta en la propia espiritualidad, es decir
en el carisma, igualmente deberá serlo en la vivencia práctica
del carisma. No todas las hermanas viven de la misma
forma el carisma. Si se me permite una comparación, el
carisma es el agua que se versa en un recipiente.
El agua es la misma para todas, el recipiente cambia.
Siendo el agua la misma, toma la forma del recipiente.
La forma del recipiente es la persona misma, y viene
moldeada por su carácter, su psicología, su forma de ser.
El agua es capaz de colmar las aspiraciones de cada
persona, pero en muchas ocasiones la persona puede presentar dificultades
permanentes o transitorias para aprovechar de la mejor manera posible
el carisma.
Como guía de la vida espiritual, la superiora de
comunidad no se cierra en los aspectos meramente espirituales del
carisma, sino que debe bajar a la encarnación del carisma
en cada persona, ayudando a remover aquellos obstáculos que no
permiten la total asimilación y aprovechamiento del carisma. Situaciones afectivas,
de edad, de relación con los demás, de madurez personal,
pueden afectar esta asimilación del carisma para tener una buena
vida espiritual. De no mediar una patología psicológica grave, la
superiora de comunidad puede ayudar a que la persona consagrada
se abra a la gracia que le proporciona la espiritualidad
del propio carisma. No se requiere por tanto tener grandes
conocimientos de psicología, sino un corazón materno que sabe adelantarse
a las necesidades de sus hijas espirituales, tender una mano
a quien pide ayuda y acercarse a quien no sabe
o no puede pedir ayuda. Un poco de psicología y
un mucho de amor pueden derrumbar barreras infranqueables.
CITAS BIBLIOGRÁFICAS
1
“En concreto, debemos constatar que durante el posconcilio se
produjeron dos grandes rupturas históricas. La ruptura de 1968, es
decir, el inicio o —me atrevería a decir— la explosión
de la gran crisis cultural de Occidente. Había desaparecido la
generación del período posterior a la guerra, una generación que
después de todas las destrucciones y viendo el horror de
la guerra, del combatirse unos a otros, y constatando el
drama de las grandes ideologías que realmente habían llevado a
la gente al abismo de la guerra, habían redescubierto las
raíces cristianas de Europa y habían comenzado a reconstruirla con
estas grandes inspiraciones. Al desaparecer esa generación, se veían también
todos los fracasos, las lagunas de esa reconstrucción, la gran
miseria que había en el mundo. Así comienza, explota la
crisis de la cultura occidental: una revolución cultural que quiere
cambiar todo radicalmente. Afirma: en dos mil años de cristianismo
no hemos creado el mundo mejor. Por tanto, debemos volver
a comenzar de cero, de un modo totalmente nuevo. El
marxismo parece la receta científica para crear por fin el
mundo nuevo. La segunda ruptura tuvo lugar en 1989. Tras
la caída de los regímenes comunistas no se produjo, como
podía esperarse, el regreso a la fe; no se redescubrió
que precisamente la Iglesia con el Concilio auténtico ya había
dado la respuesta. El resultado fue, en cambio, un escepticismo
total, la llamada "posmodernidad". Según esta, nada es verdad, cada
uno debe buscarse la forma de vivir; se afirma un
materialismo, un escepticismo pseudo-racionalista ciego que desemboca en la droga,
en todos los problemas que conocemos, y de nuevo cierra
los caminos a la fe, porque es muy sencilla, muy
evidente. No, no existe nada verdadero. La verdad es intolerante;
no podemos seguir ese camino.” Benedicto XVI, Discurso, 24.07.2007.
2 “La vida religiosa es una parte vital de
la Iglesia y vive en el mundo. Los valores y
contravalores propios de una época o de un ámbito cultural,
y las estructuras sociales que los manifiestan, afectan a la
vida de todos, incluida la Iglesia y sus comunidades religiosas.
Estas últimas o son un verdadero fermento evangélico en la
sociedad, anuncio de la Buena Nueva en medio del mundo
y proclamación en el tiempo de la Jerusalén celeste, o
sucumben con una agonía más o menos prolongada, simplemente porque
se han acomodado al mundo. Por eso, la reflexión y
las nuevas propuestas sobre «la vida fraterna en común» deberán
hacerse teniendo en cuenta este marco referencial.” Congregación para los
Institutos de vida consagrada y sociedad de vida apostólica, Vida
fraterna en comunidad, 2.2.1994, n. 1b.
3 Ibidem. n.
4b.
4 Ireneo di Liote, Contro le eresie, V,
Prefazione. Atanasio d’Alessandria, Discorso contro gli ariani, I, 54. Gregorio
Nazianzeno, Poesie dogmatiche, X, 5 – 9., en Jean-Claude Larchet,
Terapia delle malattie spirituali, Un’introduzione alla tradizione ascetica della Chiesa
ortodossa, Edizioni San Paolo, Milano 2003, p.5. 5 Dichos
problemas en Occidente bien los podríamos sintetizar en intergeneracinalidad, interculturalidad,
falta de una espiritualida fuerte y profunda, problemas en la
vida afectiva
6 Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis,
28.10.1965, n. 14
7 “Los Superiores ejercen su función
de servicio y guía, dentro del Instituto religioso, de acuerdo
con la índole propia del mismo. Su autoridad proviene del
Espíritu del Señor en conexión con la sagrada Jerarquía que
ha erigido canónicamente el Instituto y aprobado auténticamente su misión
especifica. Ahora bien, teniendo presente la condición común del Pueblo
de Dios, es decir la condición profética, sacerdotal y real
(cfr. LG 9; 10; 34; 35; 36) sería de grande
utilidad describir el contenido de la autoridad religiosa, por analogía
con la triple función del ministerio pastoral sin que por
ello se confundan o equiparen ambas autoridades.” Sagrada congregación para
los religiosos e institutos seculares, Mutuae relationes, 23.4.1978, n.13.
8
Ibidem 13b.
9 Ibidem, 13c..
10 Juan Pablo II,
Discursos, 27.1.1979
11 Sagrada congregación para los religiosos e institutos
seculares, La dimensión contemplativa de la vida religiosa, plenaria marzo
de 1980, n. 16.
12 Concilio Vaticano II, Decreto
Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2e.
13 “Sin embargo, sólo
a las autoridades competentes, principalmente a los Capítulos Generales, supuesta
siempre la aprobación de la Santa Sede y de los
Ordinarios del lugar, cuando ella sea precisa a tenor del
Derecho, corresponde fijar las normas de la renovación y adaptación,
dictar las leyes y hacer las debidas y prudentes experiencias.”
Ibidem., n. 4.
14 Ibidem., n. 4
15 Sagrada congregación
para los religiosos e institutos seculares Elementos esenciales sobre la
vida religiosa, 31.5.1983, n.49
16 Congregación para los Institutos de
vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, Vida fraterna
en comunidad, 2.2.1994, n. 48
17 Ibidem., n. 8.
18
El término de magna charta fue acuñado por
el cardenal Jan Pieter Schotte, Secretario general del Sínodo de
los Obispos, el 1º de octubre de 2001, en el
curso de la primera Congregación del último Sinodo.
19
Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n.
43.
20 Marko Ivan Rupnik, Nel fuoco del roveto ardente,
Iniziazione alla vita spirituale, Ed. Lipa, Roma 2003, p. 26.
21 Ibidem.
22 Benito Goya, Psicologia e vita spirituale, Sinfonia
a due mani, Edizioni Dehoniane Bologna, Bologna 2000, p. 37.
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