La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net ¿Cómo percibe Benedicto XVI el Concilio Vaticano II?
En la recepción del Concilio, ¿qué se ha hecho bien?, ¿qué ha sido insuficiente o equivocado?, ¿qué queda aún por hacer?
¿Cómo percibe Benedicto XVI el Concilio Vaticano II?
Las dificultades de afrontar un Concilio. Toca a Benedicto XVI dirigir
la barca de la Iglesia en momentos de gran dificultad,
pero también de gran esperanza. Han pasado ya los tiempos
de exaltación, cuando a raíz del Concilio se pensaba, quizás
en forma irreflexiva y guiados solamente por la emotividad de
la nueva situación, que el trabajo de la Iglesia a
partir de ese momento, sería sólo el de cambiar una
cierta fachada, ya obsoleta, para introducir estructuras más sólidas, de
acuerdo con los tiempos actuales.
A Pablo VI le tocó, de
alguna manera, frenar esos ímpetus reformistas que no tenían ningún
fundamento teológico pero que, desgraciadamente se fueron infiltrando en la
Iglesia. Dos son los documentos que atestiguan las direcciones y
los canales que Pablo VI había dado a la vida
consagrada, con el fin de evitarla verla caer en una
adaptación demasiada apegada a los criterios del mundo: el Motu
propio Ecclesia sanctae y la exhortación apostólica Evangelica testificatio. En
dichos documentos se nota claramente algunas desviaciones que comenzaban a
darse en la interpretación de las normas conciliares para la
vida consagrada. Vale la pena reportar en estos renglones la
insistencia de Pablo VI por hacer que los lineamientos dados
por el decreto Perfectae caritiatis pudieran llevarse a cumplimiento. “Gli
Istituti avranno cura che i principi stabiliti nel n. 2
del Decreto Perfectae caritatis guidino realmente il rinnovamento della loro
vita religiosa; per cui: 1. Lo studio e la meditazione
dei Vangeli e di tutta la Sacra Scrittura siano promossi
più intensamente presso i membri, fin dal noviziato; parimenti bisogna
fare in modo che partecipino con mezzi più adeguati al
mistero e alla vita della Chiesa; § 2. La dottrina
della vita religiosa sia studiata e presentata sotto i diversi
aspetti (teologico, storico, canonico,ecc.); § 3. Per procurare il bene
stesso della Chiesa, gli Istituti perseverino nello sforzo di conoscere
esattamente il loro spirito d´origine, affinché, mantenendolo fedelmente negli adattamenti
che dovranno fare, la loro vita religiosa sia purificata dagli
elementi estranei e da quelli caduti in disuso. Bisogna considerare
caduti in disuso gli elementi che non costituiscono la natura
e i fini dell´Istituto e che, avendo perduto il loro
senso e la loro forza, non aiutano più realmente la
vita religiosa; si terrà fermo tuttavia che c´è una testimonianza
che lo stato religioso ha il dovere di portare” .
1
Podemos afirmar que a Juan Pablo II le tocó poner
en práctica todos los lineamientos y las directrices propuestas por
el Concilio Vaticano II. Durante su largo y proficuo Pontificado
tuvo la oportunidad de conocer los problemas que aquejaban a
la vida consagrada, la insidia de la secularización en la
misma vida consagrada y el camino desviado que algunas Congregaciones
habían ya tomado. Famoso en este aspecto es su intervención
en el caso de la vida consagrada en Estados Unidos,
al inicio de los años ochentas, que desembocará en la
redacción de una carta 2 y del documento Elementos esenciales
de la vida consagrada.
Benedicto XVI recibe en herencia un panorama
nada halagüeño de la vida consagrada. El envejecimiento, la falta
de vocaciones y la pérdida, en algunas congregaciones, del sentido
de la consagración, se unen a la insidia de la
secularización y la falta de esperanza por parte de muchas
religiosas que viven su vida consagrada, más con resignación, que
con verdadera pasión por Cristo y por la humanidad. Pasados
cuarenta años de la clausura del Concilio, toca a Benedicto
XVI tomar el pulso a la vida consagrada y
dar las directrices más oportunas para el momento actual. Este
momento lo describe Benedicto XVI, tomando pie de la descripción
que hace San Basilio sobre la situación de la Iglesia
después del Concilio de Nicea: “El grito ronco de los
que por la discordia se alzan unos contra otros, las
charlas incomprensibles, el ruido confuso de los gritos ininterrumpidos ha
llenado ya casi toda la Iglesia, tergiversando, por exceso o
por defecto, la recta doctrina de la fe…” .3
El panorama
descrito por el santo se asemeja bastante a la situación
por la que atravesamos en nuestros días, y Benedicto XVI
no tiene empacho en decirlo. Son momentos de una gran
confusión en la Iglesia, en donde parece ser que cada
teólogo se erige como sumo pontífice y nadie tiene el
derecho de contradecirlo. En dónde para muchos la verdad no
existe o es inalcanzable. En dónde cada quien puede hacer
lo que le parezca, cobijado con una supuesta libertad que
está terminando por ser libertinaje. En dónde la mentalidad secularizada
interpreta los votos en formas más parecidas a un organismo
gubernamental que a una obra querida por Dios. En dónde
el sentido de la misión se diluye en obras de
carácter eminentemente social.
Benedicto XVI sin alarmismos no niega la realidad
que debe afrontar. Como gran académico, es conocedor de la
historia y constata, sin sobresaltos o vanas emociones, que el
momento por el que atraviesa la Iglesia no es nada
fácil. Esta situación, generada no por el Concilio, sino por
la recepción del mismo, debe ser enfrentada con calma y
con trabajo. En sus reuniones con obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas
y laicos, no cesa de invitar al trabajo sereno. Se
da cuenta que no existen recetas mágicas para salir de
esta situación, sino que es el trabajo inteligente el que
dará las respuestas necesarias. Es una constante en sus numerosos
discursos a la vida consagrada, del que señalamos el dirigido
a los superiores y superioras generales reunidos en Roma el
22 de mayo de 2006: “Los consagrados y las consagradas
hoy tienen la tarea de ser testigos de la transfigurante
presencia de Dios en un mundo cada vez más desorientado
y confuso, un mundo en el que colores difuminados han
sustituido a los colores claros y nítidos. Ser capaces de
ver nuestro tiempo con la mirada de la fe significa
poder mirar al hombre, el mundo y la historia a
la luz de Cristo crucificado y resucitado, la única estrella
capaz de orientar al hombre que avanza entre los condicionamientos
de la mentalidad inmanentista y las estrecheces de una lógica
tecnocrática.” 4
El papel de la ideología en recepción del
Concilio. Benedicto XVI en su calidad de sumo pontífice, no cesa
de invitar a la vida consagrada a poner en práctica
las enseñanzas del Concilio Vaticano II y del Magisterio de
la Iglesia. Una lectura atenta de la Perfectae caritatis, de
Ecclesiam sanctae II parte, de Vita consecrata y de todos
los documentos emanados por el dicasterio para la vida consagrada,
nos hace pensar que las directrices para la adecuada renovación
de la vida consagrada se fueron dando en forma paulatina,
como correspondía a una sana pedagogía.
Se comenzó con Religiosos
y promoción humana en abril de 1978, para guiar los
nuevos impulsos apostólicos de la vida consagrada y para dirigir
aquellas congregaciones que comenzaban a desviarse principalmente por olvidarse de
su carisma o por dedicarse a un trabajo demasiado horizontal,
perdiendo de vista la dimensión sobrenatural de la misión .5 Tenemos
también la cuestión de las relaciones entre los Obispos y
los religiosos en el documento Mutuae relationes del 14 de
mayo de 1978 y la reafirmación del valor de la
vida contemplativa de la vida religiosa en el documento que
lleva precisamente el título de La dimensión contemplativa de la
vida religiosa, del mes de marzo de 1980.
En este recuento
de documentos se habla incluso de las características esenciales de
la vida consagrada, en un momento de gran confusión, donde
muchos sectores de la Iglesia contestaban los votos, la vida
fraterna en comunidad y otros elementos esenciales de la vida
consagrada. “La Iglesia considera ciertos elementos como esenciales para la
vida religiosa: la vocación divina, la consagración mediante la profesión
de los consejos evangélicos con votos públicos, una forma estable
de vida comunitaria, para los institutos dedicados a obras de
apostolado, la participación en la misión de Cristo por medio
de un apostolado comunitario, fiel al don fundacional específico y
a las sanas tradiciones; la oración personal y comunitaria, el
ascetismo, el testimonio público, la relación característica con la Iglesia,
la formación permanente, una forma de gobierno a base de
una autoridad religiosa basada en la fe. Los cambios históricos
y culturales traen consigo una evolución en la vida real,
pero el modo y el rumbo de esa evolución son
determinados por los elementos esenciales, sin los cuales, la vida
religiosa pierde su identidad.” 6
En 1984, a los seis
años de haber subido a la cátedra de San Pedro,
Juan Pablo II regala al mundo de la vida consagrada
la encíclica Redemptionis donum , 7que si bien es una
revisión de la consagración a la luz de la redención,
precisamente para celebrar el Año jubilar de la redención, se
convertirá en guía de los siguiente documentos magisteriales.
Y en la
línea de la formación, el magisterio dio a conocer en
el documento Orientaciones sobre la formación en los Institutos religiosos
(2.2.1990) los lineamientos para formar las personas consagradas precisamente en
estos elementos esenciales. Uno de estos elementos, la vida fraterna
en comunidad, por la importancia que tiene para la vida
consagrada, y por ser uno de los elementos más golpeados
después del Concilio, requirió la elaboración de todo un documento
dedicado a él: Vita fraterna en comunidad, del 2 de
febrero de 1994.
Un punto y aparte merece el tratamiento del
documento de Vita consecrata de Juan Pablo II, que el
25 de marzo de 1996 deja para la posteridad lo
que bien podríamos definir como un manual de teología de
la vida consagrada para la adecuada renovación. Sin descuidar ninguno
de los campos de la vida consagrada, profundiza en cada
uno de ellos y no sólo. Invita a la vivencia
plena y gozosa de esos elementos, dando directrices claras y
objetivas para ponerlo a cabo. Es una síntesis de lo
que el período de renovación ha aportado a la vida
consagrada y es un plan de trabajo para el futuro
de cada congregación, para cada comunidad y para cada persona
consagrada.
Para la pastoral vocacional en 1997 se escribió en documento
Nuevas vocaciones para una nueva Europa ,8 que si bien
dedica su atención al problema de la escasez del cultivo
de las vocaciones en Europa, se puede aplicar toda la
parte de la pastoral a todas las zonas del mundo.
Los
problemas originados por la escasez en el cultivo de las
vocaciones, la falta de formadores dedicados a tiempo completo a
la formación de sus miembros, el aprovechamiento de los recursos
escasos de la formación y la puesta en marcha de
iniciativas que involucraban a varios institutos de vida consagrada dieron
origen al documento La colaboración entre los Institutos para la
formación, del que se proponía resolver algunas cuestiones concretas,
como: “la relación entre la identidad de cada instituto y
a la comunión en la diversidad, entre el propósito de
los centros de ofrecer un servicio a todos y la
legítima libertad de los institutos de servirse de ellos o
no. Otros se refieren a la visión de la vida
religiosa apostólica que está en la base del proyecto pedagógico
y, por lo mismo, de la articulación de los programas
y de los criterios de elección del personal docente. Otros,
en fin, se refieren a la participación efectiva de los
responsables de la formación de los institutos, a la verificación
de la formación, a las condiciones reales que permiten transformar
la convivencia temporal en los centros en una experiencia de
profunda comunión eclesial y de auténtica formación espiritual y apostólica,
abierta a las necesidades de la evangelización” . 9
Para recoger
los frutos del año jubilar de inicios del tercer milenio,
se redactó el documento Caminar desde Cristo que con fecha
del 19 de mayo del 2002, aborda el tema del
renovado empeño por vivir la santidad en la consagración, como
fruto del jubileo.
Por último el tan difícil tema de la
autoridad es tratado con maestría por el cardenal Franc Rodé
en el documento que lleva por título El servicio de
la autoridad y la obediencia del 11 de mayo de
2008.
Los temas tratados por el Magisterio de la Iglesia en
estos últimos más de cuarenta años abrazan una gran variedad
de situaciones y circunstancias de la vida consagrada, que comprenden
su esencia y su vida en el mundo actual. Benedicto
XVI no cesa de pedir constantemente la actuación de dichos
principios, tomándolos como punto de referencia para sus enseñanzas a
la vida consagrada: “Deseo que las indicaciones fundamentales ofrecidas entonces
por los padres conciliares para el camino de la vida
consagrada sigan siendo también hoy fuente de inspiración para quienes
comprometen su existencia al servicio del Reino de Dios. Me
refiero ante todo a esa que el decreto «Perfectae caritatis»
califica como «vitae religiosae ultima norma», «la suprema norma de
vida religiosa», es decir, «el seguimiento de Cristo». No se
puede lograr una auténtico relanzamiento de la vida religiosa si
no es tratando de llevar una existencia plenamente evangélica, sin
anteponer nada al único Amor, sino encontrando en Cristo y
en su palabra la esencia más profunda de todo carisma
del fundador y de fundadora. Otra indicación de fondo que
dio el Concilio es la del generoso y creativo don
de sí a los hermanos, sin ceder nunca a la
tentación de replegarse en sí mismo, sin conformarse con lo
ya hecho, sin caer en el pesimismo y el cansancio.
El fuego del amor, que el Espíritu infunde en los
corazones lleva a interrogarse constantemente sobre las necesidades de la
humanidad y sobre cómo responder a ellas, sabiendo que sólo
quien reconoce y vive la primacía de Dios puede realmente
responder a las auténticas necesidades del hombre, imagen de Dios.”
10
Todo este arsenal de documentos viene a representar lo
que podría considerarse la teología de la vida consagrada. Como
parte de la teología, es un saber sistemático y ordenado
de la verdad revelado sobre las cuestiones de la vida
consagrada. “El objetivo fundamental al que tiende la teología consiste
en presentar la inteligencia de la Revelación y el contenido
de la fe.” Al cabo de estos cuarenta años,
el esfuerzo del magisterio de la Iglesia y de muchos
teólogos de sana doctrina, ha sido el de presentar en
forma sistemática el pensamiento de Dios sobre la vida consagrada,
formando el intellectus fidei de la vida consagrada, que no
es sino “la comprensión de la verdad revelada.” 12
Para llevar a cabo esta labor se necesita aceptar el
hecho de que podemos conocer la verdad, y más aún,
la verdad revelada. Juan Pablo II lo afirmaba en la
Encíclica Veritatis splendor y ponía en guardia contra las nuevas
tendencias que negaban esta posibilidad: “Como se puede comprender inmediatamente,
no es ajena a esta evolución la crisis en torno
a la verdad. Abandonada la idea de una verdad universal
sobre el bien, que la razón humana puede conocer, ha
cambiado también inevitablemente la concepción misma de la conciencia: a
ésta ya no se la considera en su realidad originaria,
o sea, como acto de la inteligencia de la persona,
que debe aplicar el conocimiento universal del bien en una
determinada situación y expresar así un juicio sobre la conducta
recta que hay que elegir aquí y ahora; sino que
más bien se está orientado a conceder a la conciencia
del individuo el privilegio de fijar, de modo autónomo, los
criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia.
Esta visión coincide con una ética individualista, para la cual
cada uno se encuentra ante su verdad, diversa de la
verdad de los demás. El individualismo, llevado a sus extremas
consecuencias, desemboca en la negación de la idea misma de
naturaleza humana.” 13
Pero frente a esta posibilidad se da
un cierta postura, incluso en la Teología de la vida
consagrada, que opina lo contrario, es decir, que no es
posible conocer la verdad, dando origen por tanto a verdades
parciales o subjetivas. Esta postura, la de relativizar la verdad
revelada y exaltar los puntos de vista personales, ha dado
origen a no pocas confusiones y desviaciones en la vida
consagrada. Si la verdad no se puede conocer, o es
inalcanzable, como muchos suponen, entonces cada opinión tiene un gran
peso, porque forma parte de la verdad. En lugar de
tener como punto seguro la verdad revelada, condensada en el
Magisterio de la Iglesia, no pocas personas consagradas se lanzan
a construir su propia teología de la vida consagrada, basándose
en sus muy particulares puntos de vista.
Esta postura da origen
a una ideología, en donde ciertos valores se exaltan y
se proclaman como los valores supremos que deben conseguirse, valores
que muchas veces no tienen nada que ver con la
verdad revelada. La ideología, en tiempos del posconcilio se explica
por distintas circunstancias que se acumulan y dan pie a
su nacimiento.
En primer lugar no podemos olvidar el hecho de
que nuestra sociedad y nuestra cultura cambian con una rapidez
nunca antes vista en la historia de la humanidad. Las
innovaciones tecnológicas, la rapidez con la que la información llega
a todos los puntos del planeta, la proliferación de una
cultura de masa en dónde la opinión individual se opaca
para dar paso a la opinión pública, originan cambios en
la cultura con una rapidez que hace difícil, sino imposible,
su asimilación a un código de valores previamente establecidos. Estos
códigos son saltados, con el fin de asimilar lo más
pronto posible los cambios que se dan en la cultura
y así no aparecer como desfasado, atrasado o fuera de
lugar de este mundo.
Estos cambios no son únicamente de orden
tecnológico, sino que afectan en lo más hondo el interior
de las personas, su escala de valores, su concepción de
sí mismo y del mundo. Son cambios que afectan lo
más hondo de las personas, su aspecto moral. En la
vida consagrada este aspecto moral se puede equiparar a la
dimensión sobrenatural de la misma vida consagrada. Los cambios cuestionan
profundamente el sentido del seguimiento de Jesucristo. Y como muchos
de estos cambios se refieren a la secularización del mundo,
la esencia de la vida consagrada, el seguimiento más cercano
de Jesucristo, viene constantemente confrontado, cuestionado e interpelado. Para dar
una respuesta a estos estímulos, a estas provocaciones, debería iniciarse
un proceso de investigación de la verdad, basado en el
Magisterio de la Iglesia sobre la vida consagrada. De esta
manera, podría tenerse una válida opinión, fundamentada en la verdad
revelada. Sin embargo muchas de estas respuestas se dan en
la superficie, es decir, en la parte subjetiva. Como tocan
aspectos morales e íntimos de la persona, si no se
está preparado a afrontar con espíritu sobrenatural las consecuencias morales
de la verdad revelada, se corre el riesgo de dar
respuestas subjetivas que tienden a hacerse universales. Se defiende entonces
no tanto la verdad revelada, sino la opinión o la
postura personal, máxime cuando quien proclama dichas verdades subjetivas tiene
un buen conocimiento sobre la materia en la que se
está investigando y presenta su opinión personal como resultado de
una investigación científica. De esta manera se ha dado paso
al nacimiento de una ideología. La verdad revelada queda escondida
al hombre por estas posturas personales.
En tiempos inmediatamente posteriores al
postconcilio se inició una ideología propia y verdadera del Concilio.
Dicha operación se realizó a través de distintos pasos, como
son la lectura discriminatoria de ciertos textos del Concilio. Textos
de los documentos conciliares previamente seleccionados para fundamentar las posturas
personales. Es curioso que sean conocidos sólo unos textos de
los documentos y otros permanezcan en el más completo olvido.
El
siguiente paso es el de desconocer la validez de los
textos conciliares, argumentando que lo que se dijo ahí no
fue lo que se quería decir, sino que se dijo
lo que se podía decir. Lo escrito no refleja la
mente de los padres conciliares, sino la opinión de aquellos
padres conciliares más retrógrados o menos progresistas. Habrá por tanto
que interpretar los textos conciliares siempre a la luz de
lo que no se dijo ahí, sino de lo que
ahí se quiso decir. Esto es un verdadero monumento al
relativismo.
Benedicto XVI, siendo aún cardenal Ratzinger, se da cuenta del
problema de la ideología, cuando, unas pocas horas antes de
entrar en el Cónclave que lo elegiría Sumo Pontífice, y
haciéndose eco de todos los cardenales que habían participado en
los trabajos preparatorios de dicho cónclave, no duda en dictaminar
el estado del mundo como afligido por el relativismo. Eco
de esta intervención son los innumerables mensajes en los que
denuncia la dictatura del relativismo. De esta forma, al cabo
de un poco más de 40 años de historia post-conciliar,
Benedicto XVI puede hacer un balance sobre la forma en
que ha sido acogido el Concilio Vaticano II.
La hermenéutica de
la ruptura y la hermenéutica de la continuidad. El evento llamado
Concilio Vaticano II ha significado para muchos un trauma al
dejar en el pasado ciertos esquemas, ya obsoletos según ellos,
y haberse lanzado, según también su propio pensamiento, a una
aventura sin metas claras y por lo tanto, sin lineamientos
seguros. Aparece por tanto el Vaticano II como un parte
aguas en la historia de la Iglesia, en dónde todo
lo pasado no tiene nada que ver con el futuro
de la Iglesia. Dicho pasado debe por fuerzas ser superado
si se quiere lograr la adecuada renovación,sugerida por el mismo
Concilio.
En un discurso que Benedicto XVI dirigió a la curia
romana con ocasión de la navidad del 2005 14quedará
para la historia la percepción que tiene del Concilio Vaticano
II. Para entender mejor dicha percepción, conviene partir de algunas
premisas, propias de quien conoce la historia de la Iglesia.
En
primer lugar debemos de ser conscientes que la Iglesia es
la misma antes y después del Concilio Vaticano II, que
no hay una ruptura entre una y la otra, sino
un normal constante desarrollo. Tal vez pueda parecer esta aseveración
un poco de Perogrullo, pero para muchos no lo es.
Se piensa que después del Concilio Vaticano II la Iglesia
tenía que dejar lo que había sido para lanzarse a
buscar una nueva identidad que la hiciera más eficaz en
la transmisión del mensaje de salvación y en su inserción
en el mundo, como si no hubiera estado antes inserida
en él durante poco menos de dos mil años. Deberá
entonces hablarse siempre de un crecimiento en la Iglesia, desarrollo,
crecimiento, dinamismo, características esenciales de cualquier ser con vida. A
semejanza del hombre que mantiene su identidad a pesar de
los cambios físicos o psicológicos que lo llevan a la
plenitud, de la misma manera la Iglesia debe desarrollarse para
lograr su eficacia en la misión que Cristo, su fundador
y esposo le ha encomendado. Pero conviene que expliquemos detenidamente
en qué consiste y cómo se da el desarrollo de
la Iglesia.
La Iglesia está siempre en desarrollo, fiel a Cristo,
su esposo, buscando aplicar los medios más adecuados para cumplir
con la misión que Cristo le ha encomendado. “Por eso
la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador, observando
fielmente sus preceptos de caridad, de humildad y de abnegación,
recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y
de Dios, de establecerlo en medio de todas las gentes,
y constituye en la tierra el germen y el principio
de este Reino. Ella en tanto, mientras va creciendo poco
a poco, anhela el Reino consumado, espera con todas sus
fuerzas, y desea ardientemente unirse con su Rey en la
gloria.” 15 No puede por tanto renunciar a su
esencia, a pesar de que deba desarrollarse, ya que desarrollo
significa el estudio y la reflexión que sobre ella misma
hace la Iglesia para que, conociéndose más y mejor, pueda
adaptarse a las cambiantes circunstancias de nuestro tiempo, iniciando así
un dinamismo que o la aleja de su identidad, sino
que la hace ser cada vez más Ella misma en
su esfuerzo por acercarse al hombre.
Para que este dinamismo se
lleve a cabo dentro de un concierto y no caiga
en manos de una ideología, de posturas dispares a su
esencia, es necesario que tenga una meta, una tendencia, unos
medios y un tiempo suficiente. 16
La meta a la
que debe llegar la Iglesia está ya marcada por su
Fundador y está constituida por objetivos precisos, fines que son
atractivos y actuales, así como un proyecto de ser y
de vida. “No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna.
Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu,
la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para
dar testimonio de la verdad, para salvar y no para
juzgar, para servir y no para ser servido.” 17Por
ello tiene una meta clara marcada por Cristo y de
ahí nacen sus planes, sus propósitos. Sabe que tiene el
mandato de cooperar con Cristo en la salvación de la
humanidad, y que siendo su misión eminentemente religiosa, no puede
desapegarse de ella 18, si no quiere traicionarla. La tendencia orientada
hacia la meta, es la fuerza que une y concentra
las energías, con el fin de alcanzar las metas. Se
refiere a una constante que gravita en todas las acciones
de la Iglesia en una época determinada. No debemos olvidar
que la Iglesia realiza su misión salvadora dentro de un
tiempo determinado. Tiempo que muchas veces viene señalado por las
circunstancias precisas por las cuales atraviesa el mundo en un
momento determinado. No es lo mismo encontrarse frente a los
desafíos del modernismo a inicios del siglo XX, que frente
al relativismo al inicio del siglo XXI. La Iglesia
cumplirá la misma misión en forma distinta frente a cada
una de estas circunstancias. Por ello, con el fin de
no disipar las fuerzas, es necesario marcar una tendencia clara,
de tal manera que todas las fuerzas que se desenvuelvan
dentro de la Iglesia tengan la misma dirección.
Los medios para
lograr la meta son las herramientas que puestas en manos
de la Iglesia ayudan a alcanzar las metas. Los medios
pueden darse dentro del orden de las capacidades como dentro
del orden de las energías. Pueden ser medios externos o
medios internos. Para comprender bien los medios con los que
cuenta la Iglesia para llevar a cabo la meta que
le ha encomendado Cristo, su Fundador, debemos analizar la forma
en que está constituida la Iglesia, pues cada una de
esas partes forma una riqueza de medios, que aplicado adecuadamente,
ayudan a conseguir la meta. “Cristo, Mediador único, estableció su
Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de caridad
en este mundo como una trabazón visible, y la mantiene
constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y
la gracia. Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos, y
el cuerpo místico de Cristo, reunión visible y comunidad espiritual,
la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de bienes celestiales,
no han de considerarse como dos cosas, porque forman una
realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino.
Por esta profunda analogía se asimila al Misterio del Verbo
encarnado. Pues como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino
como órgano de salvación a El indisolublemente unido, de forma
semejante a la unión social de la Iglesia sirve al
Espíritu de Cristo, que la vivifica, para el incremento del
cuerpo (cf. Ef., 4,16).” 19
Los medios internos serán por
tanto todos los elementos que forman la Iglesia, entendida como
un todo: la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de
los bienes celestiales. Estos medios, puestos en servicio de la
meta, son riquezas que deben utilizarse siempre en función de
la meta y no dispersarse en acciones o trabajos que
no llevan a tal fin.
Los medios externos de la
Iglesia serán todas aquellas herramientas, que si bien no conforman
la Iglesia, la ayudan en su misión. Algunos de estos
elementos externos pueden ser los bienes materiales puestos a disposición
de la Iglesia, que nunca deben ser desdeñados, sino aprovechados
para obtener el máximo beneficio. Medios externos son también los
planes pastorales que cada diócesis pondrá en pie para alcanzar
la meta. La planificación dentro de la Iglesia está siendo
cada vez más un medio externo que resulta imprescindible, máxime
en un tiempo en dónde se pide eficacia y en
dónde, por la pobreza y escasez de los medios humanos,
resulta imprescindible asignar en forma eficiente dichos recursos hoy por
hoy muy escasos. 20 Por último, debemos considerara el tiempo,cuando
estudiemos el dinamismo de la Iglesia. El tiempo convierte en
dinamismo el proceso gradual e histórico de la Iglesia. El
tiempo permite que la Iglesia pueda discernir lo que
es esencial de aquello que es accesorio, en el cumplimiento
de la meta que su Fundador le ha encargado. No
se trata de permanecer inmóvil de frente a los grandes
retos, pero tampoco se trata de correr apresuradamente con el
fin de adaptarse en forma indiscriminada a los tiempos actuales.
Si bien la Iglesia realiza su misión en el tiempo,
no puede renunciar a sus elementos esenciales. Es necesario un
tiempo de reflexión con el fin de que vengan decantados
los elementos espurios y puedan así mejor brillar los elementos
esenciales. Este tiempo es necesario para un desarrollo gradual de
la Iglesia, desarrollo necesario para su inserción en las circunstancias
actuales, sin dejar de ser ella misma en su esencia.
Todos
estos elementos, una meta, una tendencia, unos medios y un
tiempo suficiente, hacen posible que la Iglesia cumpla con la
misión que le dejó Jesucristo. En los tiempos actuales, a
un poco más de cuarenta años del Concilio Vaticano II,
seguimos aún viviendo la influencia de este gran movimiento eclesial.
Ha marcado una tendencia muy concreta, utilizando los medios de
la Iglesia en una forma muy específica. Sin embargo, no
todos lo han acogido de esa manera, asistiendo hoy a
un singular momento en dónde tal parece ser que existen
tendencias dispares dentro de la misma Iglesia.
Como mencionábamos renglones arriba,
Benedicto XVI en su discurso a la curia romana del
22 de diciembre de 2005 expone la situación que se
da en estos momentos al interno de la Iglesia, debido
a la disparidad en la acogida del Concilio vaticano II.
En primer lugar él llama las cosas por su nombre,
señalando los hechos, sin poner adjetivos a ninguna de esas
tendencias. Constata un hecho que se está dando y lo
da a conocer, contrariamente a la tendencia que en muchos
ambientes de la Iglesia se da, cuando, por una mala
entendida tolerancia, o en aras de una cierta libertad de
expresión, se permite decir cualquier cosa en teología. Benedicto XVI
anota. “En la recepción del Concilio, ¿qué se ha
hecho bien?, ¿qué ha sido insuficiente o equivocado?,
¿qué queda aún por hacer? Nadie puede negar que, en
vastas partes de la Iglesia, la recepción del Concilio se
ha realizado de un modo más bien difícil.” 21
Esta
es ya una postura innovadora y valiente. Y no es
que antes no se hubiera ya constatado este hecho. Pero
Benedicto XVI sorprende porque sabe poner el dedo en la
llaga, con suma caridad, casi sin molestar a las posturas
contrarias a la buena recepción del Concilio, pero no deja
pasar esta desviación que es causa de tantos problemas en
la Iglesia.
Casi a renglón seguido, el Papa se cuestiona el
origen de esta discrepancia en el modo de aplicar el
Concilio: “¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas
de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un
modo tan difícil?” 22 Si se quiere poner remedio
a esta discrepancia, es necesario ir al origen. Descubrir el
porqué de los errores ha sido siempre la postura sapiencial
de la Iglesia. Benedicto XVI no juzga a nadie, tan
sólo quiere entender emporqué se dan estos errores, conocer sus
causas. De tal forma que conociendo dichas causas, se pueda
intervenir en forma adecuada. Le interesa corregir la inadecuada recepción
del Concilio, y para ello es necesario ir a la
raíz del problema.
Y la raíz la encuentra en la forma
en que se lee el Concilio, lo que él llama
la hermenéutica del Concilio: “Pues bien, todo depende de la
correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su
correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación.
Los problemas de la recepción han surgido del hecho de
que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha
entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la
otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha
dado y da frutos.” 23La raíz del problema se
encuentra por tanto en la interpretación que se hacen de
los textos del Concilio Vaticano II, siendo dos tendencias claras,
opuestas, en la interpretación de dichos textos. Una forma de
interpretar el Concilio Vaticano II es aquella de ver el
Concilio como un medio para cambiar la Iglesia, para re-hacerla.
Esta postura será conocida como la hermenéutica de la ruptura
o hermenéutica de la discontinuidad. La otra clave de lectura
será conocida como la hermenéutica de la reforma o la
hermenéutica de la continuidad. Para llevar a cabo un análisis
ordenado y así conocer mejor el pensamiento de Benedicto XVI,
iniciemos con ésta última.
La hermenéutica de la reforma, es decir
leer el Concilio Vaticano II en forma tal que permite
ver un desarrollo linear de la Iglesia, sin ruptura con
el pasado, requiere partir del hecho del objetivo del Concilio.
Dice Benedicto XVI, citando a Juan XIII que el objetivo
del Concilio no era otro que el de “transmitir la
doctrina en su pureza e integridad, sin atenuaciones ni deformaciones.”
24A esta misma conclusión llega Pablo VI en el
momento de la clausura del Concilio: “Es necesario que esta
doctrina, verdadera e inmutable, a la que se debe prestar
fielmente obediencia, se profundice y exponga según las exigencias de
nuestro tiempo. En efecto, una cosa es el depósito de
la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerable
doctrina, y otra distinta el modo como se enuncian estas
verdades, conservando sin embargo el mismo sentido y significado.”
25Es necesario por tanto partir de un presupuesto que será
de suma importancia para leer los documentos del Concilio y
que hará la diferencia entre las dos posturas que menciona
Benedicto XVI. El Concilio Vaticano II no quería cambiar nada
de la doctrina de la Iglesia. No era su cometido.
A diferencia de otros Concilios, en los que venía debatido
algún punto de la doctrina para ser aclarado o explicado
en una mejor forma, la mayoría de las veces para
rebatir alguna herejía o algún punto incierto o vago, el
Concilio Vaticano II daba por sentado todos los puntos doctrinales.
Su objetivo primordial era el de transmitir sin atenuaciones ni
deformaciones la integridad de la doctrina, verdadera e inmutable.
Los
padres conciliares se habían reunido no para cambiar, modificar o
aclarar la doctrina, sino para dar las directrices necesarias con
el fin de que dicha doctrina pudiera quedar mejor explicada
ante las cambiantes situaciones del mundo actual. Benedicto XVI se
detiene a explicar el origen de dichos cambios y la
necesidad para la Iglesia de estar al día, con el
fin de dar siempre una respuesta actual a las distintas
interrogantes del hombre. Lo que conviene subrayar sin embargo, es
el hecho de que el Concilio se reunió para meditar
sobre la realidad de la Iglesia y sobe las formas
en que dichas realidades pudieran ser mejor expresadas al mundo
de hoy.
Frente a la hermenéutica de la discontinuidad, que como
dice el Papa “ha contado con la simpatía de los
medios de comunicación y también de una parte de la
teología moderna” , es necesario subrayar, con el fin de
que quede claro y así contrarrestar la mala difusión que
los medios de comunicación han hecho sobre los objetivos del
Concilio, que los padres conciliares no querían ni podrían cambiar
nada de la doctrina de la Iglesia. No habían recibido
ningún mandato explícito para hacerlo: “Los padres no tenían ese
mandato y nadie se lo había dado; por lo demás,
nadie podía dárselo, porque la Constitución esencial de la Iglesia
viene del Señor y nos ha sido dada para que
nosotros podamos alcanzar la vida eterna y, partiendo de esta
perspectiva, podamos iluminar también la vida en el tiempo y
el tiempo mismo.” 27 Por ello, los trabajos conciliares
tenían como único objetivo la reflexión sobre la verdad de
la Iglesia y las formas más adecuadas para proponerlas al
hombre de hoy.
Este es un trabajo que ha seguido hasta
nuestros días, ya que la situación del mundo, cultura, y
la situación del hombre siguen cambiando. Podemos por tanto afirmar
con Benedicto XVI que el gran trabajo del Concilio es
y seguirá siendo el de expresar de modo nuevo una
determinada verdad, lo cual exige una reflexión y una relación
vital, nueva con dicha verdad. No se trata de suprimir,
de aniquilar o de modificar dicha verdad, sino presentarla en
forma tal que las nuevas generaciones y la nueva cultura
puedan hacerla propia. Dicho esfuerzo viene expresado en un programa
exigente. “En este sentido, el programa propuesto por el Papa
Juan XXIII era sumamente exigente, como es exigente la síntesis
de fidelidad y dinamismo.” 28
Toda este razonamiento entre hermenéutica
de la ruptura y hermenéutica de la discontinuidad lo podemos
aplicar a la vida consagrada. Ella, como parte de la
Iglesia, debe también reflexionar sobre sí misma para poder presentarse
al mundo en una forma que la cultura y los
hombres actuales puedan entenderla. Es un principio que Paulo VI
había ya señalado en la exhortación apostólica Evangelica testificatio29
y que Juan Pablo II sintetizaba con el término de
fidelidad creativa 30. Se trata por tanto de reflexionar sobe
la identidad de la vida consagrada para que, descubriendo su
esencia, se busquen los medios más adecuados con los cuales
deba ser presentada al mundo.
Si un sector de la Iglesia
se ha empeñado durante cuarenta años en leer los textos
del Concilio Vaticano II en clave de ruptura, haciendo ver
que la Iglesia del postconcilio era diversa a la pre-conciliar,
no es de extrañarnos que ahora muchas culturas, especialmente en
Occidente, han quedado completamente al margen del evangelio. Culturas y
pueblos que fueron los evangelizadores del mundo, se empeñaron durante
40 años en desconocer sus raíces y en no seguir
los lineamientos del Concilio Vaticano II. Ahora se presentan como
tierra de misión dentro de una sociedad neo-pagana. Benedicto XVI
se da cuenta de los resultados de esa postura que
ha alejado a tantos de la verdadera Iglesia, fundando una
concepción de Iglesia distinta a la que ha fundado Jesucristo.
La percepción que tiene del Concilio Vaticano II es clara,
un movimiento que quería reformar a la Iglesia, y que
deberá continuar con el fin de desarrollarla y hacerla más
eficaz en la transmisión del mensaje de salvación. “Por otra
parte, está la "hermenéutica de la reforma", de la renovación
dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor
nos ha dado; es un sujeto que crece en el
tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único
sujeto del pueblo de Dios en camino.” 31
NOTAS 1
Pablo VI, Motu proprio Ecclesia Sanctae, , 6.8.1966, II,
n. 16 y 17. 2 Juan Pablo II, Carta “On
April the 3rd”, 3.4.1983. 3 S. Basilio, De Spiritu
Sancto XXX, 77: PG 32, 213 A; Sch
17 bis, p. 524. 4 Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006 5 “"Evangelizar",
para la Iglesia, es llevar la Buena Nueva a todos
los estratos de la humanidad y, gracias a su influjo,
transformar desde dentro a la humanidad misma: criterios de juicio,
valores determinantes, modos de vida, abriéndolos a una visión integral
del hombre. El cumplimiento de esta misión requiere de la
Iglesia que escrute los signos de los tiempos y los
interprete a la luz del Evangelio, respondiendo así a los
perennes interrogantes que se plantea el hombre. De esta dimensión
profética los religiosos están llamados a dar un testimonio especial.
La continua conversión del corazón y la libertad espiritual, que
los Consejos del Señor estimulan y favorecen, les ayudan a
recordar a sus contemporáneos que la edificación de a ciudad
terrestre no puede hacerse sin fundamentarse en el Señor y
dirigirse a El. Y puesto que la práctica de los
Consejos une a los religiosos con la Iglesia de modo
especial, a ellos se dirige con más viva insistencia y
mayor confianza, la exhortación a una renovación sabia, abierta a
las necesidades de los hombres, a sus problemas y sus
anhelos. Más allá de los dramas sociales y políticos, en
efecto, la Iglesia es consciente de tener como mandato supremo
el dar una respuesta definitiva a los interrogantes profundos del
corazón humano. Por eso los documentos más recientes del Magisterio,
queriendo promover una integración adecuada entre evangelización y promoción humana,
declaran cuán fecunda es para la misión de la Iglesia
la relación entre evangelización y vida religiosa y cuánto ha
contribuido en todo tiempo la obra de los religiosos a
la elevación humana y espiritual de los pueblos.” Sagrada Congregación
para los religiosos e Institutos seculares, Religiosos y promoción humana,
abril 1978, Introducción. 6 Sagrada Congregación para los religiosos e Institutos
seculares, Elementos esenciales de la vida religiosa, 31.5.1983, n. 5.
Hay que hacer notar que este documento había tenido su
origen en la Carta de Juan Pablo II escrita a
los obispos estadounidenses, con motivo del Año Jubilar, en la
que invitaba al episcopado de aquel país a atender con
solicitud las necesidades de los religiosos en aquel país. En
dicha carta constata la diferencia que se da en la
vida de muchos religiosos, al desapegarse de la vivencia de
los elementos de la vida consagrada: “The essential elements are
lived in different ways from one Institute to another. You
yourselves deal with this rich variety in the context of
the American reality. Nevertheless, there are elements which are common
to all forms of religious life and which the Church
regards as essential. These include: a vocation given by God,
an ecclesial consecration to Jesus Christ through the profession of
the evangelical counsels by public vows, a stable form of
community life approved by the Church, fidelity to a specific
founding gift and sound traditions, a sharing in Christ´s mission
by a corporate apostolate, personal and liturgical prayer- especially Eucharistic
worship, public witness, a lifelong formation, a form of government
calling for religious authority based on faith, a specific relation
to the Church. Fidelity to these basic elements, laid down
in the constitutions approved by the Church, guarantees the strength
of religious life and grounds our hope for its future
growth.” Juan Pablo II, Carta “On April the 3rd”, 3.4.1983. 7
25 de marzo de 1984. 8 Obra Pontificia para las
vocaciones eclesiásticas, Nuevas vocaciones para una nueva Europa, 6.6.1998. 9 Congregación
para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de
vida apostólica, La colaboración entre los Institutos para la formación,
8.12.1998, n.5. 10 Benedicto XVI, Carta con motivo de la
plenaria de la Congregación para los Institutos de vida
consagrada y las Sociedades de vida apostólica, 27.9.2005. 11 Juan Pablo
II, Encíclica Fides et ratio, 14.9.1998, n. 93. 12 Ibídem., n.
96. 13 Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, 6.8.1993,
n.32. 14 Benedicto XVI, Discursos, 22.12.2005. 15 Concilio Vaticano II,
Constitución dogmática Lumen gentium, 21.11.1964, n. 5. 16 Federico Ruíz,
Le vie dello spirito, sintesi di Teologia spirituale, Edizioni Dehoniane
Bologna, Bologna 2004, p. 368. 17 Concilio Vaticano II, Constitución pastoral
Gaudium et spes, 7.12.1963, n. 3. 18 “La misión propia
que Cristo confió a su Iglesia no es de orden
político, económico o social. El fin que le asignó es
de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa
derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer
y consolidar la comunidad humana según la ley divina. Más
aún, donde sea necesario, según las circunstancias de tiempo y
de lugar, la misión de la Iglesia puede crear, mejor
dicho, debe crear, obras al servicio de todos, particularmente de
los necesitados, como son, por ejemplo, las obras de misericordia
u otras semejantes.” Ibídem., n. 42. 19 Concilio Vaticano II, Constitución
dogmática Lumen gentium, 21.11.1964, n. 1. 20 Juan Pablo II había
previsto la importancia de la programación, cuando a final del
grande Jubileo del año 2000 invita a todos los bautizados
a poner la santidad como una prioridad en la planeación
de la pastoral: “Pero el don se plasma a su
vez en un compromiso que ha de dirigir toda la
vida cristiana: « Ésta es la voluntad de Dios: vuestra
santificación »(1 Ts 4,3). Es un compromiso que no afecta
sólo a algunos cristianos: « Todos los cristianos, de cualquier
clase o condición, están llamados a la plenitud de la
vida cristiana y a la perfección del amor ». Recordar
esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral
que nos atañe al inicio del nuevo milenio, podría parecer,
en un primer momento, algo poco práctico. ¿Acaso se puede
« programar » la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra
en la lógica de un plan pastoral? (…)Es el momento
de proponer de nuevo a todos con convicción este «
alto grado » de la vida cristiana ordinaria. La vida
entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas
debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que
los caminos de la santidad son personales y exigen una
pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz
de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía
debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas
tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las
formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los
movimientos reconocidos por la Iglesia.” Juan Pablo II, Carta apostólica
Novo millennio ineunte, 6.1.2001, n. 31. 21 Benedicto XVI, Discursos,
22.12.2005. 22 Ibídem. 23 Ibídem. 24 Juan XXIII, Discurso de apertura del
Concilio Vaticano II, 11.10.1962. 25 Concilio ecuménico Vaticano II, Constituciones. Decretos.
Declaraciones, BAC, Madrid 1993, pp. 1094-1095. 26 Benedicto XVI, Discursos, 22.12.2005. 27
Ibídem. 28 Ibídem. 29 “Cari figli e figlie in Cristo, la
vita religiosa, per rinnovarsi, deve adattare le sue forme accidentali
ad alcuni cambiamenti che toccano, con una rapidità ed un’ampiezza
crescenti, le condizioni di ogni esistenza umana. Ma come giungervi
mantenendo quelle " forme stabili di vita ", riconosciute dalla
chiesa, se non mediante un rinnovamento dell’autentica ed integrale vocazione
dei vostri istituti? Per un essere che vive, l’adattamento al
suo ambiente non consiste nell’abbandonare la sua vera identità, ma
nell’affermarsi, piuttosto, nella vitalità che gli è propria. La profonda
comprensione delle tendenze attuali e delle istanze del mondo moderno
deve far zampillare le vostre sorgenti con rinnovato vigore e
freschezza. Tale impegno è esaltante, in proporzione delle difficoltà.” Pablo
VI, Exhortación apostólica Evangelica testificatio, 29.6.1971, n. 51. (No existe
traducción en español). 30 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita
consecrata, 25.3.1996, n. 37. 31 Benedicto XVI, Discursos, 22.12.2005.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR