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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: catholic.net La situación de la Vida Consagrada, según la visión de Benedicto XVI
En los últimos años se ha comprendido la vida consagrada con un espíritu más evangélico, más eclesial y más apostólico; pero no podemos ignorar que algunas opciones concretas no han presentado al mundo el rostro auténtico y vivificante de Cristo
La situación de la Vida Consagrada, según la visión de Benedicto XVI
¿Un título pretencioso? Hablar de la situación de la vida consagrada,
y más a nivel mundial, no deja de ser pretencioso.
Abarcar todas las vicisitudes, la problemática, las particularidades de este
tipo de vida, pudiera parecer una encomiable empresa, pero riesgosa.
Dejar a un lado componentes principales, o recalcar aquellas que
no lo son, pudiera llevar a conclusiones falsas o desviadas
de la realidad. Sin embargo no debemos olvidar que un
análisis, un diagnóstico, si bien se apoya en la realidad,
nunca puede reflejarla completamente. Los tentativos de presentar una realidad
tienen como finalidad última el llegar a conclusiones que ayuden
a mejorar dicha realidad. Quedarse simplemente en el análisis de
la realidad sin dar una interpretación a la misma para
sugerir algunas soluciones, sería un mero ejerció académico. Conocer la
realidad, al menos en sus variables más importantes, es el
vehículo que nos debe llevar a encontrar medios adecuados para
mejorar la realidad.
Un buen análisis de la realidad debe comenzar
con una premisa: la sinceridad. Aceptar la realidad tal como
es, sin menospreciarla ni sobrestimarla. La realidad de la vida
consagrada es una y no se puede negar. De lo
contrario no seremos capaces de hacer algo por mejorarla. Si
la realidad de la vida consagrada no se considera con
toda objetividad, se puede caer en el error de pensar
que es un organismo sano, cuando en verdad puede que
adolezca de muchas enfermedades. O por el contrario, puede pensarse
que no tiene solución y se caerá entonces en la
desesperación, la desilusión o la depresión, actitudes muy comunes estas
últimas en el continente europeo.
Debemos también considerar la persona que
hace el análisis de la situación. Desde un punto de
vista meramente humano, quien posee informaciones de primera mano, de
diferentes fuentes, a nivel internacional, está en mejor posición para
dictaminar sobre la realidad de la vida consagrada, que quien
posee una visión parcial de la vida consagrada, porque la
considera desde su propio punto de vista, desde su ideología
o porque toma en consideración sólo un sector geográfico en
donde se desarrolla la vida consagrada. Y si hablamos desde
el punto de vista espiritual, no podemos pasar inadvertida el
hecho de que quien ejerce el ministerio cetrino goza de
una especial asistencia del Espíritu santo . 1
En base a
estas consideraciones podemos pensar que la visión de Benedicto XVI
sobre la situación de la vida consagrada goza de ciertos
privilegios, humanos y espirituales, que le permiten expresar sobre ella
un juicio certero. Además es muy conveniente tomar en cuenta
que su formación académica, como profesor e investigador, ha formado
en él una mente analítica que le permite analizar situaciones
complejas, expresándolas en palabras claras, simples y llanas. Por último,
otro factor que juega a favor de Benedicto XVI en
esta labor de análisis de la situación de la vida
consagrada, ha sido los juicios que sobre ella da ha
expresado en diversos momentos importantes de la historia de la
Iglesia. En primer lugar, como Cardenal Joseph Ratzinger y en
calidad de Prefecto de la Congregación de la fe católica,
en la Propositio n.39 del Sínodo de los obispos sobre
la vida consagrada. Siempre como Prefecto de la Congregación de
la fe católica, y en segundo lugar en las intervenciones
que ha tenido sobre la oración cristiana 2 y en
ocasión de la condena sobre el profetismo en la Iglesia.
Pensamos
por tanto que la visión de Benedicto XVI sobre la
situación de la vida consagrada es desde los puntos de
vista antes enunciados, digna de ser tomada en consideración como
un punto de referencia para el análisis y la solución
de los problemas que aquejan a la vida consagrada y
que por tanto el título de este artículo no tiene
nada de pretencioso, siempre en la visión de Benedicto XVI.
¿De
qué punto comenzar? Si el título no es ya pretencioso
en la visión de Benedicto XVI, puede serlo nuestro trabajo.
Querer abarcar en pocas líneas un estudio sobre la situación
de la vida consagrada en los inicios del tercer milenio
es siempre una empresa de grandes dimensiones. Describir una situación
en la que no quede ninguna realidad excluida, máxime cuando
la vida consagrada contiene dimensiones mundiales, puede ser una quimera.
Por otro lado, describir la realidad sin conocer las causas
que la han originado puede generar un estudio solamente académico,
pero que no tenga ninguna incidencia en la vida. Si
Benedicto XVI habla tanto sobre las causas que han dado
origen a la situación actual de la vida consagrada es
con el sólo fin de que, conociendo dichas causas, se
pueda actuar en ellas y así mejorar la situación de
la vida consagrada. A lo largo de los años que
he pasado en la investigación de la vida consagrada femenina,
me he dado cuenta que mientras más pasan los años,
las congregaciones religiosas y los institutos religiosos tienen un conocimiento
casi perfecto de la situación por la que atraviesan. Basta
lanzar una mirada a los trabajos que se realizan en
los capítulos generales, las consultas previas que se lanzan a
nivel de toda la congregación, las asambleas inter-capitulares, etc., la
literatura hoy en boga sobre el tema de la situación
de la vida consagrada, para aseverar que, gracias a Dios
las religiosas hoy más que nunca son conscientes de la
situación por la que atraviesa la vida consagrada femenina en
general y la vida consagrada en su instituto.
Sobre dicho conocimiento
se lanzan invitaciones a la reflexión, al cambio. Se proponen
planes de acción, líneas guía que deben seguirse durante los
próximos seis años. En fin, se ponen en marcha verdaderos
esfuerzos por corregir el rumbo de la vida consagrada. Sin
embargo son pocos institutos y congregaciones que antes de lanzarse
a la acción se dan a la tarea de una
verdadera reflexión para analizar cuáles han sido las causas que
han generado la panorámica sobre la que ahora deben trabajar.
No faltan, repito, los esfuerzos, las iniciativas, la generosidad para
hacer que vuelva a brillar el carisma originario en los
institutos. Lo que sucede es que muchas veces dichos esfuerzos
no están sustentados en un verdadero conocimiento de las causas
que han provocado la situación por la que pasan las
congregaciones e institutos religiosos. Por lo tanto se corre el
riesgo de planificar acciones que no inciden en la realidad
de la situación, porque no atacan de raíz las causas
que han provocado la situación que se quiere cambiar.
Sin pretender
simplificar el análisis, podemos usar el parangón con la labor
que realizan los médicos de frente a una persona enferma.
Una vez que los médicos han escuchado al enfermo, se
permiten hacer un diagnóstico, describiendo la enfermedad. Pero en el
momento de dar la terapia, toman primordialmente en cuenta las
causas que han originado la enfermedad. De lo contario se
corre el riesgo que la terapia sea infructuosa. Así, quien
padece artrosis cervical, originada por una mala postura al leer
o estudiar, además de una fisioterapia adecuada, deberá corregir sus
posturas de trabajo en el escritorio. De lo contrario la
terapia podrá reportar un cierto alivio a las personas, pero
no será del todo eficiente, mientras no venga atacada la
raíz del problema, es decir las malas posturas.
Algo semejante puede
suceder a la vida consagrada cuando desconoce las causas que
han originado los problemas por los que está atravesando. Si,
por ejemplo, la congregación se da cuenta que un problema
fundamental es la escasez de vocaciones, pero no analiza con
suficiente detenimiento la causa de la falta de vocaciones, puede
lanzarse a buenas acciones de pastoral vocacional que pueden correr
el riesgo de ser insuficientes, porque cuando lleguen las jóvenes
a hacer una experiencia de vida consagrada en dicho instituto,
pueden encontrarse con mujeres consagradas marchitas y ajadas en su
consagración, sin el gusto por ser religiosas consagradas al Señor,
bajo un carisma específico. Si ésta es la causa de
la falta de vocaciones, se debe trabajar sí, enana pastoral
vocacional, pero al mismo tiempo en lograr que las religiosas
de la congregación recuperen el gusto y la frescura de
la consagración.
Benedicto XVI conoce la situación de la vida consagrada.
En su carta a Mons. Franc Rodé del 27 de
septiembre de 2005 con ocasión de la Plenaria de la
Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades
de vida apostólica, se refiere a dichos problemas, aunque no
los enuncia explícitamente. “Ciertamente, no faltan pruebas y dificultades en
la vida consagrada de hoy, así como en los otros
sectores de la vida de la Iglesia. "El gran tesoro
del don de Dios -habéis recordado al final de la
precedente plenaria- se halla en frágiles vasijas de barro (cf.
2 Co 4, 7) y el misterio del mal acecha
también a quienes dedican a Dios toda su vida" (Caminar
desde Cristo, 11). Más bien que enumerar las dificultades que
encuentra hoy la vida consagrada, quisiera confirmar a todos los
consagrados y consagradas la cercanía, la solicitud y el amor
de toda la Iglesia. La vida consagrada, al inicio del
nuevo milenio, tiene ante sí desafíos formidables, que sólo puede
afrontar en comunión con todo el pueblo de Dios, con
sus pastores y con el pueblo de los fieles.”
3
En otra ocasión, en su discurso a los Superiores y
las superioras generales reunidos en Roma, enuncia explícitamente la situación
de la vida consagrada. “En los últimos años se ha
comprendido la vida consagrada con un espíritu más evangélico, más
eclesial y más apostólico; pero no podemos ignorar que algunas
opciones concretas no han presentado al mundo el rostro auténtico
y vivificante de Cristo. De hecho, la cultura secularizada ha
penetrado en la mente y en el corazón de no
pocos consagrados, que la entienden como una forma de acceso
a la modernidad y una modalidad de acercamiento al mundo
contemporáneo. La consecuencia es que, juntamente con un indudable impulso
generoso, capaz de testimonio y de entrega total, la vida
consagrada experimenta hoy la insidia de la mediocridad, del aburguesamiento
y de la mentalidad consumista.” 4Junto con las luces,
siempre hay sombras. Y Benedicto XVI no deja de apuntar
la sombra del secularismo en la vida consagrada, cuando toma
el rostro de la mediocridad, el aburguesamiento y la mentalidad
consumista.
Nos encontramos por tanto con la estrategia académica profunda de
Benedicto XVI. Más que gustoso en dar un elenco exhaustivo
de los problemas que afronta la vida consagrada, se complace
más bien en buscar las causas, que en este caso
será la causa, es decir la cultura secularizada que ha
penetrado la mente y el corazón de no pocos consagrados.
La mente y el corazón de estos consagrados que se
ha dejado conquistar por la cultura secularizada en los últimos
años, debe tener también un origen. No es lógico pensar
que esta inclinación se haya dado como una moda o
como una postura ideológica. Responde más bien a unas causas
específicas. Insertados en el período de la renovación postconciliar, las
personas consagradas han tenido que trabajar arduamente en la renovación
de sus propias congregaciones. Muchas veces dicha renovación no ha
sido del todo apegada al Magisterio de la Iglesia y
de ahí han comenzado las desviaciones que han originado ciertos
problemas a no pocas congregaciones e institutos religiosos. Muchos, como
decía Paulo VI, se dieron a la tarea de la
renovación sin el adecuado discernimiento . 5Siguieron años por tanto
de experimentación, de descontrol, también de descontento.
No cabe como
respuesta a lo sucedido apelar a los signos de los
tiempos.Es necesario afrontar las consecuencias, desastrosas para muchas congregaciones, e
ir a las causas .6 En este caso, Benedicto XVI,
en su discurso del 22 de diciembre de 2005 a
la curia romana, expone con detalle lo sucedido en la
recepción del Concilio Vaticano II. Es su ya famoso discurso
sobre la hermenéutica de la ruptura y la hermenéutica de
la continuidad en donde sin ambages da a conocer su
visión de la forma en que varios sectores de la
Iglesia han recibido el Concilio Vaticano II y las consecuencias
de cada una de esas posturas.
Sin embargo, no basta aún
este discurso para saber qué es lo que ha pasado
a la vida consagrada en el período del post-concilio, de
la renovación. Es decir, este discurso a la curia romana
explica la forma en que se recibió el Concilio y
se lo puso en práctica. Pero no explica el porque
la mentalidad secularizada se infiltró en no pocos ambientes de
la vida consagrada. Mentalidad secularizada que a su vez explica
en parte las dificultades que se dieron en la recepción
del Concilio.
El discurso del 22 de diciembre de 2005 al
que hemos aludido, es uno de los primeros discursos en
que Benedicto XVI toca el tema de la recepción del
Concilio. Siendo Prefecto de la Congregación de la doctrina católica,
conocía perfectamente los problemas doctrinales de este periodo de la
historia de la Iglesia. Podía por tanto emitir un juicio
sereno y acertado sobre el origen de esta disparidad en
la recepción del Concilio. Y así, en el encuentro con
el clero de las diócesis de Belluno – Feltre y
Treviso del 24 de julio de 2007, expondrá en forma
magistral su pensamiento al respecto de este punto.
El inicio del
problema Benedicto XVI no se espanta de los acontecimientos por los
que ahora está atravesando la Iglesia, Como estudioso e histórico
sabe que es una situación relativamente normal que después de
un Concilio se den momentos de dificultad y de tensión,
aún mismo dentro de los ambientes de la iglesia. Lo
explica de la siguiente forma. “En primer lugar, quisiera hacer
una anotación histórica. Los tiempos de un posconcilio casi siempre
son muy difíciles. Después del gran concilio de Nicea, que
para nosotros es realmente el fundamento de nuestra fe, pues
de hecho profesamos la fe formulada en Nicea, no se
produjo una situación de reconciliación y de unidad, como esperaba
Constantino, promotor de ese gran concilio, sino una situación realmente
caótica, en la que todos luchaban contra todos.” 7
Y para corroborar dicho hecho, reporta lo que sucedió en
otro Concilio: “Cincuenta años más tarde, el emperador invitó a
san Gregorio Nacianceno a participar en el primer concilio de
Constantinopla. El santo respondió: "No voy, porque conozco muy bien
estas cosas; sé que los concilios sólo generan confusión y
enfrentamientos; por eso no voy". Y no fue.” 8
La
situación que nace después de un Concilio no es para
nada agradable y podría considerarse incluso como una batalla naval
nocturna, en dónde reconoce a ninguno, y todos luchan contra
todos. Esta plasticidad, propia de un gran pedagogo para ilustrar
sus enseñanzas, no es de Benedicto XVI, sino de san
Basilio, precisamente al describir la situación que campeaba después del
Concilio de Nicea. Es significativo el hecho de que Benedicto
XVI lo ponga como ejemplo para describir prácticamente la situación
que también se vive en nuestros días.
A casi 45
años de distancia de la clausura del Concilio Vaticano II
vivimos aún esta situación que muchas veces podría definirse de
caótica. Benedicto XVI no tiene temor a afrontar dicha realidad,
pero la ve no sólo como una constante histórica que
se da al final de cada Concilio, sino como una
forma necesaria para poner en práctica las enseñanzas del Concilio.
“Por tanto, con una visión retrospectiva, ahora para todos nosotros
no constituye una gran sorpresa, como lo fue en un
primer momento, digerir el Concilio y su gran mensaje. Introducirlo
y recibirlo para que se convierta en vida de la
Iglesia, asimilarlo en las diversas realidades de la Iglesia, es
un sufrimiento, y el crecimiento sólo se realiza con sufrimiento.
Crecer siempre implica sufrir, porque es salir de un estado
y pasar a otro.” 9En este pasaje Benedicto XVI
se revela no sólo como un conocedor de la historia,
como hemos ya acentuado, sino como un maestro del espíritu.
Se da cuenta que las enseñanzas del Concilio, para ser
puestas en práctica, no basta que sean conocidas, sino que
es necesario que sean asimiladas en el corazón de cada
bautizado, de cada persona que forma la Iglesia. Pero esta
acción de asimilación no se realiza sin el sufrimiento. Toda
puesta en práctica de las directrices del Concilio implican un
cambio. Y el cambio muchas veces comporta sufrimiento, porque se
tienen que abandonar conceptos o hábitos que ya han sido
superados. En el caso de la vida de la Iglesia,
muchas de sus prácticas habían quedado opacadas por una cultura
que desde hace mucho tiempo había quedado superada. Y si
como la finalidad última del Concilio no era cambiar la
doctrina, sino cambiar los medios para hacer llegar la doctrina
a todos los hombres, dichos cambios en muchas personas no
podían que comportar más que sufrimiento.
El genio espiritual de Benedicto
XVI se revela cuando nos dice que este sufrimiento es
algo normal, es ley natural para el crecimiento. Si el
crecimiento sólo se realiza con sufrimiento,< quiere decir que el
sufrimiento que están experimentando muchas congregaciones religiosas femeninas que se
esfuerzan por poner en práctica las directrices del Concilio, es
parte del proceso normal por el que se debe pasar.
Sin
embargo observamos que este sufrimiento, esta tensión se debe en
muchos casos no porque se quiere aplicar las enseñanzas del
Vaticano II, sino porque se ha interpretado de forma desviada
las enseñanzas del Vaticano II y las tensiones, los problemas
que surgen se dan precisamente en oposición al Magisterio de
la Iglesia, a los pastores, a las enseñanzas del mismo
Sumo Pontífice. Se trata entonces de un sufrimiento gratuito que
no aporta ningún beneficio a la Iglesia ni a la
misma congregación o instituto religioso. La diferencia entre ambos tipos
de sufrimiento la podemos constatar con los frutos. Cuando los
frutos que se observan son frutos espirituales y frutos que
hacen crecer a la Iglesia por el rumbo que Jesucristo
le ha marcado y que ha sido acogido e impulsado
por los padres sinodales, entonces el sufrimiento es abono necesario
para recoger en un futuro una buena cosecha. Cuando el
sufrimiento sólo aporta un distanciamiento con el Magisterio de la
Iglesia, es un sufrimiento humano que sólo genera tensión, dificultad
y desasosiego.
Si todo Concilio genera dificultades y tensiones inherentes al
cambio, el contexto histórico en el que fue acogido el
Concilio Vaticano II añadió un elemento de mayor dificultad. De
nuevo el Papa describe este momento histórico y nos da
en pocas pinceladas el ambiente del post-concilio. “Había desaparecido la
generación del período posterior a la guerra, una generación que
después de todas las destrucciones y viendo el horror de
la guerra, del combatirse unos a otros, y constatando el
drama de las grandes ideologías que realmente habían llevado a
la gente al abismo de la guerra, habían redescubierto las
raíces cristianas de Europa y habían comenzado a reconstruirla con
estas grandes inspiraciones. Al desaparecer esa generación, se veían también
todos los fracasos, las lagunas de esa reconstrucción, la gran
miseria que había en el mundo. Así comienza, explota la
crisis de la cultura occidental: una revolución cultural que quiere
cambiar todo radicalmente. Afirma: en dos mil años de cristianismo
no hemos creado el mundo mejor. Por tanto, debemos volver
a comenzar de cero, de un modo totalmente nuevo. El
marxismo parece la receta científica para crear por fin el
mundo nuevo.” 10
Es un momento histórico crítico, el de
la generación del ’68. Todas las revoluciones culturales de alguna
manera han propuesto un ideal y unos medios concretos para
alcanzar dichos ideales. La revolución cultural de Occidente no proponía
ningún modelo, ningún ideal claro que alcanzar. Se debía comenzar
de nuevo y no se sabía con claridad el punto
al que se quería llegar. Esta falta de consistencia en
las metas originó una mentalidad vaga. Para quien no sabe
el puerto al que se quiere arribar, cualquier viento es
favorable. Lo importante era estar en movimiento, en búsqueda. Romper
con el pasado fue una regla que debía seguirse a
toda costa, porque del pasado sólo podía esperarse una proyección
de los errores ya cometidos.
Este movimiento coincide con la recepción
del Concilio. Si el Concilio fue clausurado por Pablo VI
el 8 de diciembre de 1965 con el Breve Pontificio
In Spiritu Sancto, los trabajos de renovación en los distintos
ámbitos de la Iglesia, comienzan a darse precisamente en el
momento en que el mundo quiere cambiar de fachada. Se
da por tanto una coincidencia, no del todo feliz. Si
por un lado la Iglesia propugnaba un cambio de métodos
para llevar el mensaje de la salvación al hombre, manteniendo
salvo el depósito de la fe, por otro lado se
daba este movimiento cultural que propugnaba precisamente por un cambio
de la sociedad. Sin una adecuada distinción, podría darse una
identificación y hasta una igualación entre estos dos movimientos. Pero
identificar el cambio que proponía la Iglesia con los cambios
que proponía el mundo cultural del ’68 significaba no haber
entendido ni uno ni el otro. El Concilio Vaticano II
no propugnaba un nuevo estado de las cosas, como lo
pretendía el movimiento del ’68. Los padres conciliares no se
habían reunido para romper con la Iglesia pre-conciliar, como era
la visión de la revolución cultural de Occidente que quería
a toda costa romper con el pasado. Las reformas sugeridas
por el Concilio Vaticano II eran reformas que tendían a
hacer brillar con nuevo resplandor las verdades eternas, las verdades
fundamentales de nuestra fe, mientras que el movimiento del ’68
se empeñaba por formular nuevas verdades. El Concilio Vaticano II
quería aprovechar todo lo bueno que el mundo moderno ofrecía
con el fin de hacer llegar el mensaje de salvación
a todos los hombres, en contraste con la revolución cultural
de Occidente que de las tecnología y los avances del
mundo moderno, muchas veces no quería saber nada.
Pero esta dicotomía
quedaba ocultada para muchos. Haciendo una lectura superficial de los
objetivos del Concilio Vaticano II, incluso llegándolos a desfigurar, identifican
los objetivos del Concilio Vaticano II con los objetivos de
la revolución cultural del ’68, estableciendo el inicio de una
mentalidad secularizada dentro de la Iglesia. Las metas de unos
y de otros viene a ser parangonadas. Y si ya
de por sí era difícil entender y comenzar a aplicar
las directrices del Concilio vaticano II, dificultades inherentes a toda
época de postconocilio como hemos analizado previamente, resultó ser más
caótica la situación cuando se identificaban las metas y los
métodos de la revolución cultural de Occidente con las metas
y los métodos del Concilio Vaticano II. Todo ello lo
atestigua Benedicto XVI cuando dice: “En este grave y gran
enfrentamiento entre la nueva -sana- modernidad querida por el Concilio
y la crisis de la modernidad, todo resulta tan difícil
como después del primer concilio de Nicea. Una parte opinaba
que esta revolución cultural era lo que había querido el
Concilio; identificaba esta nueva revolución cultural marxista con la voluntad
del Concilio. Decía: "Esto es el Concilio. Según la letra,
los textos son aún un poco anticuados, pero tras las
palabras escritas está este espíritu; esta es la voluntad del
Concilio. Así debemos actuar".” 11
Y de esta manera nace una
gran confusión, propia de todo Concilio. Si de por sí,
como recordaba Benedicto XVI, todo cambio es doloroso, se debe
unir a este cambio la circunstancia histórica que acoge dicho
cambio. Se trata de un contexto cultural en el que
no hay bases firmes, en el que, a semejanza de
la caída del Imperio romano de Occidente, todas las bases
culturales parecen desaparecer e irse por la borda. Es un
momento de vacío cultural en la que todo cambio significa
y se identifica con progreso y ruptura del pasado. Por
ello, el Vaticano II que propugnaba por un cambio de
método, no de fondo , 12fue identificado a su vez
con el cambio cultural propuesto por la revolución del ’68.
Y a partir de ese malentendido comenzaron los problemas de
interpretación y aplicación del Concilio.
Aproximadamente 20 años después surge una
segunda ruptura histórica, de grandes consecuencias también para la adecuada
recepción del Concilio Vaticano II. Nos referimos a la caída
de los regímenes comunistas, con su evento más importante representado
en la caída del muro de Berlín en 1989. Esta
caída, en la visión de Benedicto XVI representó “un escepticismo
total, la llamada "posmodernidad". Según esta, nada es verdad, cada
uno debe buscarse la forma de vivir; se afirma un
materialismo, un escepticismo pseudo-racionalista ciego que desemboca en la droga,
en todos los problemas que conocemos, y de nuevo cierra
los caminos a la fe, porque es muy sencilla, muy
evidente. No, no existe nada verdadero. La verdad es intolerante;
no podemos seguir ese camino.” 13
Este movimiento desemboca en
una negación de la verdad y hace ley de vida
aquel simpático refrán, aunque de consecuencias funestas para la vida
moral y espiritual: nada es verdad, nada es mentira, todo
depende del cristal con el que se mira. La verdad
no existe, no se puede alcanzar, es una quimera. Después
de la caída de una ideología que por casi setenta
años había prometido crear el paraíso en la tierra, las
personas en la post-modernidad deben construir cada una su paraíso.
El bien o el mal objetivos, según ellos, no existe.
Existe en la mente de las personas y lo único
atendible son los resultados. Lo que es bueno para una
persona puede ser que no sea bueno para otra.
En este
contexto cultural el Concilio Vaticano II vuelve a sufrir las
interpretaciones subjetivas de quienes propagan este escepticismo total. Conceptos como
autoridad, bien moral, posibilidad de conocer la verdad y de
actuar según dicha verdad, son constantemente cuestionados ,14 hasta llegar
incluso a ser negados totalmente, llegando a caer en un
relativismo exagerado. Ante este nuevo contexto, las interpretaciones del Concilio,
ya de por si mal interpretadas por el movimiento cultural
del ’68 vuelven a sufrir una nueva manipulación, esta vez
cuestionándose la verdad de sus principios e indicaciones. Como cada
mente y cada punto de vista es, para muchos, la
última norma de la conducta moral, el Vaticano II pierde
su peso específico de guía y rector, dejando el paso
a la opinión que cada persona quiera formarse de lo
dictaminado por el Concilio. Quien se oponga a este planteamiento
viene tachado de fundamentalista: “Quanti venti di dottrina abbiamo conosciuto
in questi ultimi decenni, quante correnti ideologiche, quante mode del
pensiero... La piccola barca del pensiero di molti cristiani è
stata non di rado agitata da queste onde - gettata
da un estremo all’altro: dal marxismo al liberalismo, fino al
libertinismo; dal collettivismo all’individualismo radicale; dall’ateismo ad un vago misticismo
religioso; dall’agnosticismo al sincretismo e così via. Ogni giorno nascono
nuove sette e si realizza quanto dice San Paolo sull’inganno
degli uomini, sull’astuzia che tende a trarre nell’errore (cf Ef
4, 14). Avere una fede chiara, secondo il Credo della
Chiesa, viene spesso etichettato come fondamentalismo. Mentre il relativismo, cioè
il lasciarsi portare “qua e là da qualsiasi vento di
dottrina”, appare come l’unico atteggiamento all’altezza dei tempi odierni. Si
va costituendo una dittatura del relativismo che non riconosce nulla
come definitivo e che lascia come ultima misura solo il
proprio io e le sue voglie.” 15
Y hablando en
forma por demás clara de lo que es el relativismo,
Benedicto XVI dice. “¿Han notado ustedes que, con frecuencia, se
reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad
de la persona humana? Hay quien afirma hoy que el
respeto a la libertad del individuo hace que sea erróneo
buscar la verdad, incluida la verdad sobre lo que es
el bien. En algunos ambientes, hablar de la verdad se
considera como una fuente de discusiones o de divisiones y,
por tanto, es mejor relegar este tema al ámbito privado.
En lugar de la verdad –o mejor, de su ausencia
– se ha difundido la idea de que, dando un
valor indiscriminado a todo, se asegura la libertad y se
libera la conciencia. A esto llamamos relativismo. Pero, ¿qué objeto
tiene una “libertad” que, ignorando la verdad, persigue lo que
es falso o injusto? ¿A cuántos jóvenes se les ha
tendido una mano que, en nombre de la libertad o
de una experiencia, los ha llevado al consumo habitual de
estupefacientes, a la confusión moral o intelectual, a la violencia,
a la pérdida del respeto por sí mismos, a la
desesperación incluso y, de este modo, trágicamente, al suicidio? Queridos
amigos, la verdad no es una imposición. Tampoco es un
mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que
jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos.
Buscando la verdad llegamos a vivir basados en la fe
porque, en definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo. Ésta
es la razón por la que la auténtica libertad no
es optar por “desentenderse de”. Es decidir “comprometerse con”; nada
menos que salir de sí mismos y ser incorporados en
el “ser para los otros” de Cristo (cf. Spe salvi,
28).” 16
Son muchas las consecuencias que estos dos movimientos
culturales han tenido en la recepción del Concilio Vaticano II.
Podemos señalar entre las más importantes la ignorancia de muchos
de los documentos del Concilio y su correspondiente falta de
aplicación. Debido a la influencia de estos dos movimientos, se
piensa que todo lo que viene del pasado es obsoleto
y todo lo que viene mandado por una autoridad cualquiera
que esta sea, es una coerción a la libertad. Para
muchos sectores de la Iglesia, el Vaticano II entre en
la categoría de autoridad y de un pasado obsoleto. Las
consecuencias las vemos, en algunas congregaciones religiosas cuando rechazan ipso
facto cualquier indicación emanada por el Concilio Vaticano II o
por el Magisterio de la Iglesia. Olvidan que las enseñanzas
del Vaticano II no han perdido su validez, como dice
Benedicto XVI: “Por eso, también yo, al disponerme para el
servicio del Sucesor de Pedro, quiero reafirmar con fuerza mi
decidida voluntad de proseguir en el compromiso de aplicación del
concilio Vaticano II, a ejemplo de mis predecesores y en
continuidad fiel con la tradición de dos mil años de
la Iglesia. Este año se celebrará el cuadragésimo aniversario de
la clausura de la asamblea conciliar (8 de diciembre de
1965). Los documentos conciliares no han perdido su actualidad con
el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se
revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia
y de la actual sociedad globalizada.” 17
Otra de las
consecuencias de estas dos tendencias culturales en confronto con el
Concilio Vaticano II es de un alejamiento práctico del Magisterio
de la Iglesia que lleva a seguir cualquier pensamiento o
doctrina, más que las enseñanzas y las aplicaciones del Concilio
Vaticano. Resulta triste, pero significativo, observar como en ciertas comunidades
religiosas femeninas se conocen más los libros de ciertos autores
de dudosa rectitud doctrinal, que los mismos textos conciliares o
los documentos emanados por la Congregación para los Institutos de
vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica.
La influencia de
estas corrientes en la vida consagrada. El culto al cambio, y
la negación de poder conocer la verdad son las consecuencias
más evidentes de los dos movimientos culturales mencionados en el
párrafo anterior. La revolución cultural de 1968 y la caída
del muro de Berlín han influenciado de manera decisiva la
cultura de la segunda mitad del siglo XX y los
inicios del tercer milenio. Y si bien las personas consagradas
no son del mundo, pero están en el mundo, son
hijas también de la cultura. Las formas de pensar, las
modas, los modos de ser, van impregnando la forma de
vida en la que se mueve la vida consagrada. No
se trata de ir contracorriente o de dar una nueva
interpretación a la fuga mundi de siglos pasados. Se trata
de abrir los ojos para darse cuenta que el ideal
de la vida consagrada, el seguimiento más cercano de Cristo
, 18puede quedar empañado o deformado por la cultura de
nuestro tiempo.
Y a este respecto podemos observamos un fenómeno bastante
curioso en la vida consagrada del post-concilio. Uno de los
objetivos del Concilio Vaticano II para la vida consagrada y
que leemos en el decreto Perfecate caritatis19 era el
de volver a los orígenes, quitando aquellos elementos meramente culturales
que al pasar de los años o de los siglos
se pudieran haber incrustado en las intenciones y las finalidades
del Fundador. Muchas congregaciones e institutos religiosos se dieron a
esta tarea, pero parece ser que en el proceso perdieron
el norte y no llegaron a concretar el objetivo. En
la dinámica propia de quitar lo que de meramente cultural
se hubiera podido adherir al carisma del Instituto, para que
brillara aún más por sí sólo, han añadido elementos de
la cultura de nuestros tiempos, pensando que de esa forma
se desembarazarían de las ataduras culturales del pasado. Han quitado
los elementos culturales del pasado, pero han añadido elementos culturales
del presente, que en muchos casos se han identificado con
los elementos esenciales de la vida consagrada. La adquisición e inserción
de una mentalidad del mundo en la vida consagrada es
un fenómeno que puede darse en forma subrepticia, aparentemente en
forma inocente, pero que al final de cuentas acaba por
ofuscar el esplendor de la vida consagrada, dejando como consecuencia
una vida religiosa que se conforma a las modas del
mundo, a su forma de pensar, de sentir y de
actuar.
La forma de pensar, de sentir y de actuar que
es propia de nuestra cultura está muy lejos de ser
una cultura a favor del evangelio. Más bien, es una
cultura que piensa, siente y actúa en forma contraria a
dichos valores. Es una cultura que, como producto de la
negación del conocimiento de la verdad, se concentra en el
individuo como fuente de la verdad, propagando de esta forma
los valores del individualismo y del relativismo. La cultura de
Europa, y por ende de Occidente, se fundamenta en la
posibilidad que el hombre tiene de conocer la verdad y
hacer la verdad en sus vidas. Este conocimiento de la
verdad objetiva y su búsqueda se traduce en un ethos,
es decir, de un estilo de vida muy determinado.
Si es posible conocer la verdad entonces es también posible
trabajar por encontrar dicha verdad. El trabajo se convierte por
tanto en parte integrante de esta búsqueda de la verdad.
Toda esta forma de pensamiento y de actuación tiene su
origen en el monaquismo, que Benedicto XVI lo sintetiza de
la siguiente forma: “Está ligado a la cultura monástica, porque
aquí vivieron monjes jóvenes, para aprender a comprender más profundamente
su llamada y vivir mejor su misión. (…)Primeramente y como
cosa importante hay que decir con gran realismo que no
estaba en su intención crear una cultura y ni siquiera
conservar una cultura del pasado. Su motivación era mucho más
elemental. Su objetivo era: quaerere Deum, buscar a Dios. En
la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar
en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar
con tesón por dar con lo que vale y permanece
siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar
de lo secundario a lo esencial, a lo que es
sólo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su
orientación era «escatológica». Que no hay que entenderlo en el
sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del
mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de
lo provisional buscaban lo definitivo. Quaerere Deum: como eran cristianos,
no se trataba de una expedición por un desierto sin
caminos, una búsqueda hacia el vacío absoluto. Dios mismo había
puesto señales de pista, incluso había allanado un camino, y
de lo que se trataba era de encontrarlo y seguirlo.”
20
Esta búsqueda de Dios es la que da origen
a una forma de pensar, de sentir y de actuar
que tiene características muy precisas. Pone su mirada en lo
trascendente, porque sabe que ahí se encuentra la meta última
de la vida. De esta forma, todo el pensar, el
sentir y el actuar tiene como objetivo la búsqueda y
la adquisición de la trascendencia.
Esta misma cultura es la que
permea la vida consagrada. Podemos incluso afirmar que fue la
vida consagrada la que cubrió a la cultura de Occidente
de los valores que ella misma había puesto en pie.
Sin embargo, con los movimiento culturales del ’68 y de
la caída del muro de Berlín, aunado a otros movimientos
que ya se venían dando en el pasado, desde el
iluminismo hasta el modernismo, tal parece que la capacidad del
hombre por conocer y hacer la verdad, queda ofuscada o
negada por los movimientos culturales que hemos mencionado. Dios, que
es el trascendente al cual tiende toda persona humana, y
por ende todo su pensar, sentir y actuar, queda negado,
o como ahora se da en el así llamado post-modernismo,
queda reducido a una idea, siempre dentro de la esfera
personal. Una idea que no tiene ya nada que ver
con la sociedad de los hombres que se han erigido
como fautores del mundo, expulsando a Dios de sus pensamientos,
sus sentimientos y sus acciones. “Del monaquismo forma parte, junto
con la cultura de la palabra, una cultura del trabajo,
sin la cual el desarrollo de Europa, suethos y su
formación del mundo son impensables. Ese ethos, sin embargo, tendría
que comportar la voluntad de obrar de tal manera que
el trabajo y la determinación de la historia por parte
del hombre sean un colaborar con el Creador, tomándolo como
modelo. Donde ese modelo falta y el hombre se convierte
a sí mismo en creador deiforme, la formación del mundo
puede fácilmente transformarse en su destrucción.” 21
Y el drama
profundo para la vida consagrada es que esta mentalidad secularizada
que piensa, siente y actúa como si Dios no existiese
ha penetrado los muros de los conventos, utilizando expresiones y
comentarios del Card. Franc. Rodé . 22El proceso ha sido
hasta cierto punto sencillo y dramático. Al inicio de la
época del post-concilio, cuando las congregaciones religiosas se daban a
la tarea de buscar los medios más adecuados para poner
en pie las reformas que pedía el Concilio Vaticano II,
casi en forma simultánea se daban las grandes transformaciones culturales
en Occidente, de las que hemos profusamente hablado.
Muchas de estas
congregaciones religiosas, leyeron en forma equivocada los signos de los
tiempos y vieron en la cultura que comenzaba a fraguarse,
una cultura secularizada que se alejaba de Dios ha pasos
agigantado, las nuevas formas en las que debía de instalarse
la vida consagrada. Es decir, tomaron los valores de la
nueva cultura por válidos, como queridos incluso por el Vaticano
II, y los fueron adaptando a la vida consagrada. Fue
un proceso de injertar en la vida consagrada los valores
del secularismo, dando por consecuencia una vida consagrada relajada, en
la cual Dios había perdido la primacía. Si bien la
intención era buena, los medios no lo fueron. Así lo
atestigua Benedicto XVI cuando afirma: “En los últimos años se
ha comprendido la vida consagrada con un espíritu más evangélico,
más eclesial y más apostólico; pero no podemos ignorar que
algunas opciones concretas no han presentado al mundo el rostro
auténtico y vivificante de Cristo. De hecho, la cultura secularizada
ha penetrado en la mente y en el corazón de
no pocos consagrados, que la entienden como una forma de
acceso a la modernidad y una modalidad de acercamiento al
mundo contemporáneo.” 23Y últimamente Benedicto XVI ha corroborado
este peligro, hablando con gran paternidad a los salesianos: “El
proceso de secularización, que avanza en la cultura contemporánea, lamentablemente
afecta también a las comunidades de vida consagrada. Por eso,
es preciso velar sobre formas y estilos de vida que
corren el peligro de debilitar el testimonio evangélico, haciendo ineficaz
la acción pastoral y frágil la respuesta vocacional.” 24
La
influencia de la mentalidad secularizada en la vida consagrada no
es ya una utopía. Es un hecho real. El proceso
de penetración de dicha mentalidad en las congregaciones religiosas, en
los institutos y en cada una de las comunidades en
particular depende en gran medida de la concepción que se
tenga de la vida consagrada. Quien tiene una idea clara
de lo que es la vida consagrada, su finalidad, sus
medios, su oportunidad y su mensaje para el mundo de
hoy, sabrá discernir entre lo que es la vida consagrada
y lo que es la mentalidad del mundo, es decir,
la cultura de la secularización. No es fácil muchas veces
hacer esta distinción. Pero hay que pensar que el valor
de la vida consagra, esto es, el buscar sólo a
Dios, puede expresarse de muy distintas formas, esto es, a
través de diversos modelos. El modelo puede cambiar, puede adaptarse
a la nueve cultura, pero no puede ceder a la
nueva cultura. Cambia el modelo, pero no el valor. Convendría
por tanto que los religiosos aprendieran a discernir entre valor
y modelo.
Cambiar el modelo por el valor, o una breve
radiografía de la vida consagrada. La influencia más importante de las
corrientes antes enunciada no se refleja tan sólo en algunos
aspectos particulares, sino en una mentalidad que permea la vida
consagrada, según el pensamiento de Benedicto XVI: “En los últimos
años se ha comprendido la vida consagrada con un espíritu
más evangélico, más eclesial y más apostólico; pero no podemos
ignorar que algunas opciones concretas no han presentado al mundo
el rostro auténtico y vivificante de Cristo. De hecho, la
cultura secularizada ha penetrado en la mente y en el
corazón de no pocos consagrados, que la entienden como una
forma de acceso a la modernidad y una modalidad de
acercamiento al mundo contemporáneo.” 25
Lo que tendría que ser
una orientación fundamental en todo consagrado, dar a Dios el
primer lugar en la vida, por medio del cumplimiento de
su voluntad 26–dejando de lado todo otro interés, apetencia
o deseo personal-, queda de alguna forma viciado cuando la
mentalidad secularizada penetra el pensamiento, el sentir y el querer
de la persona consagrada. No es que se destierre a
Dios de la propia vida, pero Dios deja de ser
la norma sobre la cual se basa el pensamiento, el
sentimiento y el actuar. Tal parece que Dios queda relegado
a la esfera personal, sin que tenga una influencia en
la vida práctica de las personas y de las comunidades.
Se
llega a esta mentalidad no de una forma repentina. Si
esto fuese así, la misma persona consagrada, la congregación o
la comunidad hubiera reaccionado. Quien se ve violentada en su
esencia, no puede dejar de experimentar cierto escozor, que la
pone en alerta y la previene contra las amenazas de
su consagración, de su obrar sólo de cara a Dios.
Pero cuando la amenaza se presenta en forma sutil o
disfrazada de un bien mayor, es muy difícil captar este
sutil engaño y se comienzan a dar concesiones a lo
que no es sino una separación del concepto verdadero de
vida consagrada.
Como hemos explicado anteriormente, las circunstancias históricas del movimiento
cultural del ’68 y el de la caída del muro
de Berlín se presentaron como terreno fecundo para abonar esas
amenazas contra la vida consagrada, pero presentándose siempre bajo los
velos de una vida consagrada más de acuerdo con los
tiempos actuales y con el querer de los padres conciliares.
Los elementos esenciales de la vida consagrada en algunos ambientes
fueron concebidos como elementos fundamentalistas, anacrónicos y totalmente desfasados de
lo que deberían ser los tiempos modernos. Se dejaron de
ver como piedras fundamentales de la vida consagrada y se
fueron interpretando de acuerdo a la mentalidad del mundo. Los
votos, la vida fraterna en comunidad, la autoridad, la misión,
las relaciones con los hombres y con la autoridad eclesiástica,
una cierta distancia del mundo, el ascetismo, todos estos elementos
que son los elementos esenciales de la consagración comenzaron a
ser interpretados y vividos con la mentalidad del mundo. Lo
que debería de haber sido un valor inamovible, expresado bajo
distintas formas o modelos, cayó en manos del relativismo y
se interpretó con una mentalidad secularizada. Las consecuencias fueron la
penetración del modo de pensar del mundo, así como su
sentir y su actuar, en todos estos aspectos esenciales de
la consagración. La obediencia fue juzgada en muchos casos como
una privación de la libertad y la dignidad humanas. La
castidad se vio como una imposición de una sexualidad maníaca,
carente de expresividad y espontaneidad. La pobreza era sólo una
reducción de las posibilidades que tenía la persona para ejercer
su propio albedrío, viviendo siempre en un cierto infantilismo.
La psicología
en muchos casos vino a sustituir la espiritualidad propia, dejando
muchas veces en manos de estos profesionales el recorrido formativo
de la congregación e incluso la decisión de admisión a
la congregación o a los votos perpetuos.
Los ejemplos podían seguirse
hasta el infinito, trayendo a la memoria lo que en
la práctica se dio en diversas congelaciones o comunidades. Pero
haciendo un esfuerzo por ser sintéticos podemos decir que los
valores de la vida consagrada fueron intercambiados por los modelos.
Si bien es cierto que los votos, la autoridad, la
ascesis y todos los elementos esenciales de la vida consagrada
debían buscar las formas más adecuadas para expresarse de acuerdo
al os tiempos nuevos, es decir, debían buscar los modelos
con los cuáles pudieran vivir y actuarse sus valores que
representaba, en condiciones más adecuadas con los tiempos, sucedió todo
lo contrario. Dichos elementos esenciales dejaron de ser valores para
convertirse en modelos. Se cambio el valor por el modelo.
Los valores de la mentalidad secularizada se habían apoderado de
los valores de la vida consagrada. De esta forma, dejando
la puerta abierta a la mentalidad secularizada, la vida consagrada
comenzó a adecuarse más a lo que pedía el mundo
que lo que pedía Dios. Buscar sólo la voluntad de
Dios quedó opacada por los valores del mundo.
Dicha influencia la
registrar Benedicto XVI cuando afirma: “La consecuencia es que, juntamente
con un indudable impulso generoso, capaz de testimonio y de
entrega total, la vida consagrada experimenta hoy la insidia de
la mediocridad, del aburguesamiento y de la mentalidad consumista.”
27
NOTAS
1 “La Iglesia es apostólica porque
está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple
sentido: — Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los
apóstoles" (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y
enviados en misión por el mismo Cristo (cf Mt 28,
16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8;
Ga 1, l; etc.). — Guarda y transmite, con la ayuda
del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf
Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras oídas
a los apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14). — Sigue siendo
enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta
de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su
ministerio pastoral: el colegio de los obispos, "a los que
asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y
Sumo Pastor de la Iglesia" (AG 5):Porque no abandonas nunca
a tu rebaño, sino que, por medio de los santos
pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre
por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes
tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio (MR,
Prefacio de los apóstoles).” Catecismo de la Iglesia católica, n.
857 2 Joseph Ratzinger, Lettera Orationis formas
su alcuni aspetti della meditazione cristiana, 15.10.1989 3
Benedicto XVI, Cartas, 27.9.2005. 4 Benedicto
XVI, Discursos, 22.5.2006. 5 “Nell’ambito stesso di
questo processo dinamico, in cui lo spirito del mondo rischia
costantemente di mescolarsi all’azione dello Spirito santo, come aiutarvi ad
operare con il necessario discernimento? Come salvaguardare o raggiungere l’essenziale?
Come beneficiare dell’esperienza del passato e della riflessione presente, per
rafforzare questa forma di vita evangelica? Secondo la responsabilità singolare
che il Signore ci ha affidato nella sua chiesa -
quella di " confermare i nostri fratelli " -, noi
vorremmo, da parte nostra, stimolarvi a procedere con maggior sicurezza
e con più lieta fiducia lungo la strada che avete
prescelto. Nella " ricerca della carità perfetta ", che guida
la vostra esistenza, quale altro atteggiamento vi sarebbe per voi,
se non quello di una disponibilità totale allo Spirito santo
che, agendo nella chiesa, vi chiama alla libertà dei figli
di Dio?” Pablo VI, Esortazione apostolica Evangelica testificatio, 29.6.1971,
n. 6. 6 El P. Ángel
Pardilla, en su libro Le religiose, ieri, oggi e domani,
Libreria Editice Vaticana, Città del Vaticano 2008, en la segunda
parte, sección primera, afronta con valentía no sólo la descripción
de la situación de la vida consagrada sino las causas
que la han originado. Uno de los subtítulos de dicha
parte es por demás significativo y recoge, en síntesis, lo
seucedido en estos cuarentas de post-concilio en muchas congregaciones religioas
femeninas: “Quién siembre confusiones, recoge abandonos”. 7
Benedicto XVI, Discursos, 24.7.2007. 8 Ibídem. 9
Ibídem. 10 Ibídem. 11
Ibídem. 12 Cito nuevamente a
Benedicto XVI, por la claridad de su pensamiento en lo
que se refiere a los objetivos persegudios por el Concilio
Vaticano II: “Rendere accessibile all’uomo di oggi la salvezza divina
fu per Papa Giovanni il motivo fondamentale della convocazione del
Concilio e fu questa la prospettiva con la quale i
Padri hanno lavorato.” Benedicto XVI, Mensajes, 28.10.2008. 13
Benedicto XVI, Discursos, 24.7.2007. 14 Es
altamente significativa la perspectiva de Juan Pablo II, que se
hace testigo de esta situación cuando escribe: “Sin embargo, hoy
se hace necesario reflexionar sobre el conjunto de la enseñanza
moral de la Iglesia, con el fin preciso de recordar
algunas verdades fundamentales de la doctrina católica, que en el
contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas.
En efecto, ha venido a crearse una nueva situación dentro
de la misma comunidad cristiana, en la que se difunden
muchas dudas y objeciones de orden humano y psicológico, social
y cultural, religioso e incluso específicamente teológico, sobre las enseñanzas
morales de la Iglesia. Ya no se trata de contestaciones
parciales y ocasionales, sino que, partiendo de determinadas concepciones antropológicas
y éticas, se pone en tela de juicio, de modo
global y sistemático, el patrimonio moral. En la base se
encuentra el influjo, más o menos velado, de corrientes de
pensamiento que terminan por erradicar la libertad humana de su
relación esencial y constitutiva con la verdad. Y así, se
rechaza la doctrina tradicional sobre la ley natural y sobre
la universalidad y permanente validez de sus preceptos; se consideran
simplemente inaceptables algunas enseñanzas morales de la Iglesia; se opina
que el mismo Magisterio no debe intervenir en cuestiones morales
más que para «exhortar a las conciencias» y «proponer los
valores» en los que cada uno basará después autónomamente sus
decisiones y opciones de vida.” Juan Pablo II, Carta encíclica
Veritatis splendor, 6.8.1993, n. 4. 15 Joseph
Ratzinger, Omelia nella Missa pro eligendo Romano Pontefice, 18.4.2005 16
Benedicto XVI, Discursos, 19.4.2008. 17
Benedicto XVI, Homilías, 20.4.2005. 18 Conciio
Vaticnao II, Decreto perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2a. 19
“Redunda en bien mismo de la Iglesia el
que todos los Institutos tengan su carácter y fin propios.
Por tanto, han de conocerse y conservarse con fidelidad el
espíritu y los propósitos de los Fundadores, lo mismo que
las sanas tradiciones, pues, todo ello constituye el patrimonio de
cada uno de los Institutos.” Ibídem., n. 2b. 20
Benedicto XVI, Discursos, 12.9.2008. 21
Ibídem. 22 Franc Rodé, La spinta che
la Chiesa si attende della vita consacrata en Duc in
altum! Vita consacrata il primo decennio, Edizioni Art, Roma 2006,
p. 87 – 101. 23 Benedicto
XVI, Discursos, 22.5.2006. 24 Benedicto XVI,
Discursos, 31.3.2008. 25 Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006.
26 Que expresado en palabras de Benedicto
XVI sería las siguientes: “Pertenecer al Señor: esta es
la misión de los hombres y mujeres que han elegido
seguir a Cristo casto, pobre y obediente, para que el
mundo crea y sea salvado. Ser totalmente de Cristo para
transformarse en una permanente confesión de fe, en una inequívoca
proclamación de la verdad que hace libres ante la seducción
de los falsos ídolos que han encandilado al mundo. Ser
de Cristo significa mantener siempre ardiendo en el corazón una
llama viva de amor, alimentada continuamente con la riqueza de
la fe, no sólo cuando conlleva la alegría interior, sino
también cuando va unida a las dificultades, a la aridez,
al sufrimiento.” Ibídem. 27 Ibídem.
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