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Religiosas | comunidad
La vida religiosa: Un llamado a la santidad | categoría
Identidad de la vida religiosa | tema
Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: catholic.net
La situación de la Vida Consagrada, según la visión de Benedicto XVI
En los últimos años se ha comprendido la vida consagrada con un espíritu más evangélico, más eclesial y más apostólico; pero no podemos ignorar que algunas opciones concretas no han presentado al mundo el rostro auténtico y vivificante de Cristo
 
La situación de la Vida Consagrada, según la visión de Benedicto XVI
La situación de la Vida Consagrada, según la visión de Benedicto XVI
¿Un título pretencioso?
Hablar de la situación de la vida consagrada, y más a nivel mundial, no deja de ser pretencioso. Abarcar todas las vicisitudes, la problemática, las particularidades de este tipo de vida, pudiera parecer una encomiable empresa, pero riesgosa. Dejar a un lado componentes principales, o recalcar aquellas que no lo son, pudiera llevar a conclusiones falsas o desviadas de la realidad. Sin embargo no debemos olvidar que un análisis, un diagnóstico, si bien se apoya en la realidad, nunca puede reflejarla completamente. Los tentativos de presentar una realidad tienen como finalidad última el llegar a conclusiones que ayuden a mejorar dicha realidad. Quedarse simplemente en el análisis de la realidad sin dar una interpretación a la misma para sugerir algunas soluciones, sería un mero ejerció académico. Conocer la realidad, al menos en sus variables más importantes, es el vehículo que nos debe llevar a encontrar medios adecuados para mejorar la realidad.

Un buen análisis de la realidad debe comenzar con una premisa: la sinceridad. Aceptar la realidad tal como es, sin menospreciarla ni sobrestimarla. La realidad de la vida consagrada es una y no se puede negar. De lo contrario no seremos capaces de hacer algo por mejorarla. Si la realidad de la vida consagrada no se considera con toda objetividad, se puede caer en el error de pensar que es un organismo sano, cuando en verdad puede que adolezca de muchas enfermedades. O por el contrario, puede pensarse que no tiene solución y se caerá entonces en la desesperación, la desilusión o la depresión, actitudes muy comunes estas últimas en el continente europeo.

Debemos también considerar la persona que hace el análisis de la situación. Desde un punto de vista meramente humano, quien posee informaciones de primera mano, de diferentes fuentes, a nivel internacional, está en mejor posición para dictaminar sobre la realidad de la vida consagrada, que quien posee una visión parcial de la vida consagrada, porque la considera desde su propio punto de vista, desde su ideología o porque toma en consideración sólo un sector geográfico en donde se desarrolla la vida consagrada. Y si hablamos desde el punto de vista espiritual, no podemos pasar inadvertida el hecho de que quien ejerce el ministerio cetrino goza de una especial asistencia del Espíritu santo . 1

En base a estas consideraciones podemos pensar que la visión de Benedicto XVI sobre la situación de la vida consagrada goza de ciertos privilegios, humanos y espirituales, que le permiten expresar sobre ella un juicio certero. Además es muy conveniente tomar en cuenta que su formación académica, como profesor e investigador, ha formado en él una mente analítica que le permite analizar situaciones complejas, expresándolas en palabras claras, simples y llanas. Por último, otro factor que juega a favor de Benedicto XVI en esta labor de análisis de la situación de la vida consagrada, ha sido los juicios que sobre ella da ha expresado en diversos momentos importantes de la historia de la Iglesia. En primer lugar, como Cardenal Joseph Ratzinger y en calidad de Prefecto de la Congregación de la fe católica, en la Propositio n.39 del Sínodo de los obispos sobre la vida consagrada. Siempre como Prefecto de la Congregación de la fe católica, y en segundo lugar en las intervenciones que ha tenido sobre la oración cristiana 2 y en ocasión de la condena sobre el profetismo en la Iglesia.

Pensamos por tanto que la visión de Benedicto XVI sobre la situación de la vida consagrada es desde los puntos de vista antes enunciados, digna de ser tomada en consideración como un punto de referencia para el análisis y la solución de los problemas que aquejan a la vida consagrada y que por tanto el título de este artículo no tiene nada de pretencioso, siempre en la visión de Benedicto XVI.


¿De qué punto comenzar?
Si el título no es ya pretencioso en la visión de Benedicto XVI, puede serlo nuestro trabajo. Querer abarcar en pocas líneas un estudio sobre la situación de la vida consagrada en los inicios del tercer milenio es siempre una empresa de grandes dimensiones. Describir una situación en la que no quede ninguna realidad excluida, máxime cuando la vida consagrada contiene dimensiones mundiales, puede ser una quimera.

Por otro lado, describir la realidad sin conocer las causas que la han originado puede generar un estudio solamente académico, pero que no tenga ninguna incidencia en la vida. Si Benedicto XVI habla tanto sobre las causas que han dado origen a la situación actual de la vida consagrada es con el sólo fin de que, conociendo dichas causas, se pueda actuar en ellas y así mejorar la situación de la vida consagrada. A lo largo de los años que he pasado en la investigación de la vida consagrada femenina, me he dado cuenta que mientras más pasan los años, las congregaciones religiosas y los institutos religiosos tienen un conocimiento casi perfecto de la situación por la que atraviesan. Basta lanzar una mirada a los trabajos que se realizan en los capítulos generales, las consultas previas que se lanzan a nivel de toda la congregación, las asambleas inter-capitulares, etc., la literatura hoy en boga sobre el tema de la situación de la vida consagrada, para aseverar que, gracias a Dios las religiosas hoy más que nunca son conscientes de la situación por la que atraviesa la vida consagrada femenina en general y la vida consagrada en su instituto.

Sobre dicho conocimiento se lanzan invitaciones a la reflexión, al cambio. Se proponen planes de acción, líneas guía que deben seguirse durante los próximos seis años. En fin, se ponen en marcha verdaderos esfuerzos por corregir el rumbo de la vida consagrada. Sin embargo son pocos institutos y congregaciones que antes de lanzarse a la acción se dan a la tarea de una verdadera reflexión para analizar cuáles han sido las causas que han generado la panorámica sobre la que ahora deben trabajar. No faltan, repito, los esfuerzos, las iniciativas, la generosidad para hacer que vuelva a brillar el carisma originario en los institutos. Lo que sucede es que muchas veces dichos esfuerzos no están sustentados en un verdadero conocimiento de las causas que han provocado la situación por la que pasan las congregaciones e institutos religiosos. Por lo tanto se corre el riesgo de planificar acciones que no inciden en la realidad de la situación, porque no atacan de raíz las causas que han provocado la situación que se quiere cambiar.

Sin pretender simplificar el análisis, podemos usar el parangón con la labor que realizan los médicos de frente a una persona enferma. Una vez que los médicos han escuchado al enfermo, se permiten hacer un diagnóstico, describiendo la enfermedad. Pero en el momento de dar la terapia, toman primordialmente en cuenta las causas que han originado la enfermedad. De lo contario se corre el riesgo que la terapia sea infructuosa. Así, quien padece artrosis cervical, originada por una mala postura al leer o estudiar, además de una fisioterapia adecuada, deberá corregir sus posturas de trabajo en el escritorio. De lo contrario la terapia podrá reportar un cierto alivio a las personas, pero no será del todo eficiente, mientras no venga atacada la raíz del problema, es decir las malas posturas.

Algo semejante puede suceder a la vida consagrada cuando desconoce las causas que han originado los problemas por los que está atravesando. Si, por ejemplo, la congregación se da cuenta que un problema fundamental es la escasez de vocaciones, pero no analiza con suficiente detenimiento la causa de la falta de vocaciones, puede lanzarse a buenas acciones de pastoral vocacional que pueden correr el riesgo de ser insuficientes, porque cuando lleguen las jóvenes a hacer una experiencia de vida consagrada en dicho instituto, pueden encontrarse con mujeres consagradas marchitas y ajadas en su consagración, sin el gusto por ser religiosas consagradas al Señor, bajo un carisma específico. Si ésta es la causa de la falta de vocaciones, se debe trabajar sí, enana pastoral vocacional, pero al mismo tiempo en lograr que las religiosas de la congregación recuperen el gusto y la frescura de la consagración.

Benedicto XVI conoce la situación de la vida consagrada. En su carta a Mons. Franc Rodé del 27 de septiembre de 2005 con ocasión de la Plenaria de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, se refiere a dichos problemas, aunque no los enuncia explícitamente. “Ciertamente, no faltan pruebas y dificultades en la vida consagrada de hoy, así como en los otros sectores de la vida de la Iglesia. "El gran tesoro del don de Dios -habéis recordado al final de la precedente plenaria- se halla en frágiles vasijas de barro (cf. 2 Co 4, 7) y el misterio del mal acecha también a quienes dedican a Dios toda su vida" (Caminar desde Cristo, 11). Más bien que enumerar las dificultades que encuentra hoy la vida consagrada, quisiera confirmar a todos los consagrados y consagradas la cercanía, la solicitud y el amor de toda la Iglesia. La vida consagrada, al inicio del nuevo milenio, tiene ante sí desafíos formidables, que sólo puede afrontar en comunión con todo el pueblo de Dios, con sus pastores y con el pueblo de los fieles.” 3

En otra ocasión, en su discurso a los Superiores y las superioras generales reunidos en Roma, enuncia explícitamente la situación de la vida consagrada. “En los últimos años se ha comprendido la vida consagrada con un espíritu más evangélico, más eclesial y más apostólico; pero no podemos ignorar que algunas opciones concretas no han presentado al mundo el rostro auténtico y vivificante de Cristo. De hecho, la cultura secularizada ha penetrado en la mente y en el corazón de no pocos consagrados, que la entienden como una forma de acceso a la modernidad y una modalidad de acercamiento al mundo contemporáneo. La consecuencia es que, juntamente con un indudable impulso generoso, capaz de testimonio y de entrega total, la vida consagrada experimenta hoy la insidia de la mediocridad, del aburguesamiento y de la mentalidad consumista.” 4Junto con las luces, siempre hay sombras. Y Benedicto XVI no deja de apuntar la sombra del secularismo en la vida consagrada, cuando toma el rostro de la mediocridad, el aburguesamiento y la mentalidad consumista.

Nos encontramos por tanto con la estrategia académica profunda de Benedicto XVI. Más que gustoso en dar un elenco exhaustivo de los problemas que afronta la vida consagrada, se complace más bien en buscar las causas, que en este caso será la causa, es decir la cultura secularizada que ha penetrado la mente y el corazón de no pocos consagrados.

La mente y el corazón de estos consagrados que se ha dejado conquistar por la cultura secularizada en los últimos años, debe tener también un origen. No es lógico pensar que esta inclinación se haya dado como una moda o como una postura ideológica. Responde más bien a unas causas específicas. Insertados en el período de la renovación postconciliar, las personas consagradas han tenido que trabajar arduamente en la renovación de sus propias congregaciones. Muchas veces dicha renovación no ha sido del todo apegada al Magisterio de la Iglesia y de ahí han comenzado las desviaciones que han originado ciertos problemas a no pocas congregaciones e institutos religiosos. Muchos, como decía Paulo VI, se dieron a la tarea de la renovación sin el adecuado discernimiento . 5Siguieron años por tanto de experimentación, de descontrol, también de descontento.

No cabe como respuesta a lo sucedido apelar a los signos de los tiempos.Es necesario afrontar las consecuencias, desastrosas para muchas congregaciones, e ir a las causas .6 En este caso, Benedicto XVI, en su discurso del 22 de diciembre de 2005 a la curia romana, expone con detalle lo sucedido en la recepción del Concilio Vaticano II. Es su ya famoso discurso sobre la hermenéutica de la ruptura y la hermenéutica de la continuidad en donde sin ambages da a conocer su visión de la forma en que varios sectores de la Iglesia han recibido el Concilio Vaticano II y las consecuencias de cada una de esas posturas.

Sin embargo, no basta aún este discurso para saber qué es lo que ha pasado a la vida consagrada en el período del post-concilio, de la renovación. Es decir, este discurso a la curia romana explica la forma en que se recibió el Concilio y se lo puso en práctica. Pero no explica el porque la mentalidad secularizada se infiltró en no pocos ambientes de la vida consagrada. Mentalidad secularizada que a su vez explica en parte las dificultades que se dieron en la recepción del Concilio.

El discurso del 22 de diciembre de 2005 al que hemos aludido, es uno de los primeros discursos en que Benedicto XVI toca el tema de la recepción del Concilio. Siendo Prefecto de la Congregación de la doctrina católica, conocía perfectamente los problemas doctrinales de este periodo de la historia de la Iglesia. Podía por tanto emitir un juicio sereno y acertado sobre el origen de esta disparidad en la recepción del Concilio. Y así, en el encuentro con el clero de las diócesis de Belluno – Feltre y Treviso del 24 de julio de 2007, expondrá en forma magistral su pensamiento al respecto de este punto.


El inicio del problema
Benedicto XVI no se espanta de los acontecimientos por los que ahora está atravesando la Iglesia, Como estudioso e histórico sabe que es una situación relativamente normal que después de un Concilio se den momentos de dificultad y de tensión, aún mismo dentro de los ambientes de la iglesia. Lo explica de la siguiente forma. “En primer lugar, quisiera hacer una anotación histórica. Los tiempos de un posconcilio casi siempre son muy difíciles. Después del gran concilio de Nicea, que para nosotros es realmente el fundamento de nuestra fe, pues de hecho profesamos la fe formulada en Nicea, no se produjo una situación de reconciliación y de unidad, como esperaba Constantino, promotor de ese gran concilio, sino una situación realmente caótica, en la que todos luchaban contra todos.” 7 Y para corroborar dicho hecho, reporta lo que sucedió en otro Concilio: “Cincuenta años más tarde, el emperador invitó a san Gregorio Nacianceno a participar en el primer concilio de Constantinopla. El santo respondió: "No voy, porque conozco muy bien estas cosas; sé que los concilios sólo generan confusión y enfrentamientos; por eso no voy". Y no fue.” 8

La situación que nace después de un Concilio no es para nada agradable y podría considerarse incluso como una batalla naval nocturna, en dónde reconoce a ninguno, y todos luchan contra todos. Esta plasticidad, propia de un gran pedagogo para ilustrar sus enseñanzas, no es de Benedicto XVI, sino de san Basilio, precisamente al describir la situación que campeaba después del Concilio de Nicea. Es significativo el hecho de que Benedicto XVI lo ponga como ejemplo para describir prácticamente la situación que también se vive en nuestros días.

A casi 45 años de distancia de la clausura del Concilio Vaticano II vivimos aún esta situación que muchas veces podría definirse de caótica. Benedicto XVI no tiene temor a afrontar dicha realidad, pero la ve no sólo como una constante histórica que se da al final de cada Concilio, sino como una forma necesaria para poner en práctica las enseñanzas del Concilio. “Por tanto, con una visión retrospectiva, ahora para todos nosotros no constituye una gran sorpresa, como lo fue en un primer momento, digerir el Concilio y su gran mensaje. Introducirlo y recibirlo para que se convierta en vida de la Iglesia, asimilarlo en las diversas realidades de la Iglesia, es un sufrimiento, y el crecimiento sólo se realiza con sufrimiento. Crecer siempre implica sufrir, porque es salir de un estado y pasar a otro.” 9En este pasaje Benedicto XVI se revela no sólo como un conocedor de la historia, como hemos ya acentuado, sino como un maestro del espíritu. Se da cuenta que las enseñanzas del Concilio, para ser puestas en práctica, no basta que sean conocidas, sino que es necesario que sean asimiladas en el corazón de cada bautizado, de cada persona que forma la Iglesia. Pero esta acción de asimilación no se realiza sin el sufrimiento. Toda puesta en práctica de las directrices del Concilio implican un cambio. Y el cambio muchas veces comporta sufrimiento, porque se tienen que abandonar conceptos o hábitos que ya han sido superados. En el caso de la vida de la Iglesia, muchas de sus prácticas habían quedado opacadas por una cultura que desde hace mucho tiempo había quedado superada. Y si como la finalidad última del Concilio no era cambiar la doctrina, sino cambiar los medios para hacer llegar la doctrina a todos los hombres, dichos cambios en muchas personas no podían que comportar más que sufrimiento.

El genio espiritual de Benedicto XVI se revela cuando nos dice que este sufrimiento es algo normal, es ley natural para el crecimiento. Si el crecimiento sólo se realiza con sufrimiento,< quiere decir que el sufrimiento que están experimentando muchas congregaciones religiosas femeninas que se esfuerzan por poner en práctica las directrices del Concilio, es parte del proceso normal por el que se debe pasar.

Sin embargo observamos que este sufrimiento, esta tensión se debe en muchos casos no porque se quiere aplicar las enseñanzas del Vaticano II, sino porque se ha interpretado de forma desviada las enseñanzas del Vaticano II y las tensiones, los problemas que surgen se dan precisamente en oposición al Magisterio de la Iglesia, a los pastores, a las enseñanzas del mismo Sumo Pontífice. Se trata entonces de un sufrimiento gratuito que no aporta ningún beneficio a la Iglesia ni a la misma congregación o instituto religioso. La diferencia entre ambos tipos de sufrimiento la podemos constatar con los frutos. Cuando los frutos que se observan son frutos espirituales y frutos que hacen crecer a la Iglesia por el rumbo que Jesucristo le ha marcado y que ha sido acogido e impulsado por los padres sinodales, entonces el sufrimiento es abono necesario para recoger en un futuro una buena cosecha. Cuando el sufrimiento sólo aporta un distanciamiento con el Magisterio de la Iglesia, es un sufrimiento humano que sólo genera tensión, dificultad y desasosiego.

Si todo Concilio genera dificultades y tensiones inherentes al cambio, el contexto histórico en el que fue acogido el Concilio Vaticano II añadió un elemento de mayor dificultad. De nuevo el Papa describe este momento histórico y nos da en pocas pinceladas el ambiente del post-concilio. “Había desaparecido la generación del período posterior a la guerra, una generación que después de todas las destrucciones y viendo el horror de la guerra, del combatirse unos a otros, y constatando el drama de las grandes ideologías que realmente habían llevado a la gente al abismo de la guerra, habían redescubierto las raíces cristianas de Europa y habían comenzado a reconstruirla con estas grandes inspiraciones. Al desaparecer esa generación, se veían también todos los fracasos, las lagunas de esa reconstrucción, la gran miseria que había en el mundo. Así comienza, explota la crisis de la cultura occidental: una revolución cultural que quiere cambiar todo radicalmente. Afirma: en dos mil años de cristianismo no hemos creado el mundo mejor. Por tanto, debemos volver a comenzar de cero, de un modo totalmente nuevo. El marxismo parece la receta científica para crear por fin el mundo nuevo.” 10

Es un momento histórico crítico, el de la generación del ’68. Todas las revoluciones culturales de alguna manera han propuesto un ideal y unos medios concretos para alcanzar dichos ideales. La revolución cultural de Occidente no proponía ningún modelo, ningún ideal claro que alcanzar. Se debía comenzar de nuevo y no se sabía con claridad el punto al que se quería llegar. Esta falta de consistencia en las metas originó una mentalidad vaga. Para quien no sabe el puerto al que se quiere arribar, cualquier viento es favorable. Lo importante era estar en movimiento, en búsqueda. Romper con el pasado fue una regla que debía seguirse a toda costa, porque del pasado sólo podía esperarse una proyección de los errores ya cometidos.

Este movimiento coincide con la recepción del Concilio. Si el Concilio fue clausurado por Pablo VI el 8 de diciembre de 1965 con el Breve Pontificio In Spiritu Sancto, los trabajos de renovación en los distintos ámbitos de la Iglesia, comienzan a darse precisamente en el momento en que el mundo quiere cambiar de fachada. Se da por tanto una coincidencia, no del todo feliz. Si por un lado la Iglesia propugnaba un cambio de métodos para llevar el mensaje de la salvación al hombre, manteniendo salvo el depósito de la fe, por otro lado se daba este movimiento cultural que propugnaba precisamente por un cambio de la sociedad. Sin una adecuada distinción, podría darse una identificación y hasta una igualación entre estos dos movimientos. Pero identificar el cambio que proponía la Iglesia con los cambios que proponía el mundo cultural del ’68 significaba no haber entendido ni uno ni el otro. El Concilio Vaticano II no propugnaba un nuevo estado de las cosas, como lo pretendía el movimiento del ’68. Los padres conciliares no se habían reunido para romper con la Iglesia pre-conciliar, como era la visión de la revolución cultural de Occidente que quería a toda costa romper con el pasado. Las reformas sugeridas por el Concilio Vaticano II eran reformas que tendían a hacer brillar con nuevo resplandor las verdades eternas, las verdades fundamentales de nuestra fe, mientras que el movimiento del ’68 se empeñaba por formular nuevas verdades. El Concilio Vaticano II quería aprovechar todo lo bueno que el mundo moderno ofrecía con el fin de hacer llegar el mensaje de salvación a todos los hombres, en contraste con la revolución cultural de Occidente que de las tecnología y los avances del mundo moderno, muchas veces no quería saber nada.

Pero esta dicotomía quedaba ocultada para muchos. Haciendo una lectura superficial de los objetivos del Concilio Vaticano II, incluso llegándolos a desfigurar, identifican los objetivos del Concilio Vaticano II con los objetivos de la revolución cultural del ’68, estableciendo el inicio de una mentalidad secularizada dentro de la Iglesia. Las metas de unos y de otros viene a ser parangonadas. Y si ya de por sí era difícil entender y comenzar a aplicar las directrices del Concilio vaticano II, dificultades inherentes a toda época de postconocilio como hemos analizado previamente, resultó ser más caótica la situación cuando se identificaban las metas y los métodos de la revolución cultural de Occidente con las metas y los métodos del Concilio Vaticano II. Todo ello lo atestigua Benedicto XVI cuando dice: “En este grave y gran enfrentamiento entre la nueva -sana- modernidad querida por el Concilio y la crisis de la modernidad, todo resulta tan difícil como después del primer concilio de Nicea. Una parte opinaba que esta revolución cultural era lo que había querido el Concilio; identificaba esta nueva revolución cultural marxista con la voluntad del Concilio. Decía: "Esto es el Concilio. Según la letra, los textos son aún un poco anticuados, pero tras las palabras escritas está este espíritu; esta es la voluntad del Concilio. Así debemos actuar".” 11

Y de esta manera nace una gran confusión, propia de todo Concilio. Si de por sí, como recordaba Benedicto XVI, todo cambio es doloroso, se debe unir a este cambio la circunstancia histórica que acoge dicho cambio. Se trata de un contexto cultural en el que no hay bases firmes, en el que, a semejanza de la caída del Imperio romano de Occidente, todas las bases culturales parecen desaparecer e irse por la borda. Es un momento de vacío cultural en la que todo cambio significa y se identifica con progreso y ruptura del pasado. Por ello, el Vaticano II que propugnaba por un cambio de método, no de fondo , 12fue identificado a su vez con el cambio cultural propuesto por la revolución del ’68. Y a partir de ese malentendido comenzaron los problemas de interpretación y aplicación del Concilio.

Aproximadamente 20 años después surge una segunda ruptura histórica, de grandes consecuencias también para la adecuada recepción del Concilio Vaticano II. Nos referimos a la caída de los regímenes comunistas, con su evento más importante representado en la caída del muro de Berlín en 1989. Esta caída, en la visión de Benedicto XVI representó “un escepticismo total, la llamada "posmodernidad". Según esta, nada es verdad, cada uno debe buscarse la forma de vivir; se afirma un materialismo, un escepticismo pseudo-racionalista ciego que desemboca en la droga, en todos los problemas que conocemos, y de nuevo cierra los caminos a la fe, porque es muy sencilla, muy evidente. No, no existe nada verdadero. La verdad es intolerante; no podemos seguir ese camino.” 13

Este movimiento desemboca en una negación de la verdad y hace ley de vida aquel simpático refrán, aunque de consecuencias funestas para la vida moral y espiritual: nada es verdad, nada es mentira, todo depende del cristal con el que se mira. La verdad no existe, no se puede alcanzar, es una quimera. Después de la caída de una ideología que por casi setenta años había prometido crear el paraíso en la tierra, las personas en la post-modernidad deben construir cada una su paraíso. El bien o el mal objetivos, según ellos, no existe. Existe en la mente de las personas y lo único atendible son los resultados. Lo que es bueno para una persona puede ser que no sea bueno para otra.

En este contexto cultural el Concilio Vaticano II vuelve a sufrir las interpretaciones subjetivas de quienes propagan este escepticismo total. Conceptos como autoridad, bien moral, posibilidad de conocer la verdad y de actuar según dicha verdad, son constantemente cuestionados ,14 hasta llegar incluso a ser negados totalmente, llegando a caer en un relativismo exagerado. Ante este nuevo contexto, las interpretaciones del Concilio, ya de por si mal interpretadas por el movimiento cultural del ’68 vuelven a sufrir una nueva manipulación, esta vez cuestionándose la verdad de sus principios e indicaciones. Como cada mente y cada punto de vista es, para muchos, la última norma de la conducta moral, el Vaticano II pierde su peso específico de guía y rector, dejando el paso a la opinión que cada persona quiera formarse de lo dictaminado por el Concilio. Quien se oponga a este planteamiento viene tachado de fundamentalista: “Quanti venti di dottrina abbiamo conosciuto in questi ultimi decenni, quante correnti ideologiche, quante mode del pensiero... La piccola barca del pensiero di molti cristiani è stata non di rado agitata da queste onde - gettata da un estremo all’altro: dal marxismo al liberalismo, fino al libertinismo; dal collettivismo all’individualismo radicale; dall’ateismo ad un vago misticismo religioso; dall’agnosticismo al sincretismo e così via. Ogni giorno nascono nuove sette e si realizza quanto dice San Paolo sull’inganno degli uomini, sull’astuzia che tende a trarre nell’errore (cf Ef 4, 14). Avere una fede chiara, secondo il Credo della Chiesa, viene spesso etichettato come fondamentalismo. Mentre il relativismo, cioè il lasciarsi portare “qua e là da qualsiasi vento di dottrina”, appare come l’unico atteggiamento all’altezza dei tempi odierni. Si va costituendo una dittatura del relativismo che non riconosce nulla come definitivo e che lascia come ultima misura solo il proprio io e le sue voglie.” 15

Y hablando en forma por demás clara de lo que es el relativismo, Benedicto XVI dice. “¿Han notado ustedes que, con frecuencia, se reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona humana? Hay quien afirma hoy que el respeto a la libertad del individuo hace que sea erróneo buscar la verdad, incluida la verdad sobre lo que es el bien. En algunos ambientes, hablar de la verdad se considera como una fuente de discusiones o de divisiones y, por tanto, es mejor relegar este tema al ámbito privado. En lugar de la verdad –o mejor, de su ausencia – se ha difundido la idea de que, dando un valor indiscriminado a todo, se asegura la libertad y se libera la conciencia. A esto llamamos relativismo. Pero, ¿qué objeto tiene una “libertad” que, ignorando la verdad, persigue lo que es falso o injusto? ¿A cuántos jóvenes se les ha tendido una mano que, en nombre de la libertad o de una experiencia, los ha llevado al consumo habitual de estupefacientes, a la confusión moral o intelectual, a la violencia, a la pérdida del respeto por sí mismos, a la desesperación incluso y, de este modo, trágicamente, al suicidio? Queridos amigos, la verdad no es una imposición. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. Buscando la verdad llegamos a vivir basados en la fe porque, en definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo. Ésta es la razón por la que la auténtica libertad no es optar por “desentenderse de”. Es decidir “comprometerse con”; nada menos que salir de sí mismos y ser incorporados en el “ser para los otros” de Cristo (cf. Spe salvi, 28).” 16

Son muchas las consecuencias que estos dos movimientos culturales han tenido en la recepción del Concilio Vaticano II. Podemos señalar entre las más importantes la ignorancia de muchos de los documentos del Concilio y su correspondiente falta de aplicación. Debido a la influencia de estos dos movimientos, se piensa que todo lo que viene del pasado es obsoleto y todo lo que viene mandado por una autoridad cualquiera que esta sea, es una coerción a la libertad. Para muchos sectores de la Iglesia, el Vaticano II entre en la categoría de autoridad y de un pasado obsoleto. Las consecuencias las vemos, en algunas congregaciones religiosas cuando rechazan ipso facto cualquier indicación emanada por el Concilio Vaticano II o por el Magisterio de la Iglesia. Olvidan que las enseñanzas del Vaticano II no han perdido su validez, como dice Benedicto XVI: “Por eso, también yo, al disponerme para el servicio del Sucesor de Pedro, quiero reafirmar con fuerza mi decidida voluntad de proseguir en el compromiso de aplicación del concilio Vaticano II, a ejemplo de mis predecesores y en continuidad fiel con la tradición de dos mil años de la Iglesia. Este año se celebrará el cuadragésimo aniversario de la clausura de la asamblea conciliar (8 de diciembre de 1965). Los documentos conciliares no han perdido su actualidad con el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada.” 17

Otra de las consecuencias de estas dos tendencias culturales en confronto con el Concilio Vaticano II es de un alejamiento práctico del Magisterio de la Iglesia que lleva a seguir cualquier pensamiento o doctrina, más que las enseñanzas y las aplicaciones del Concilio Vaticano. Resulta triste, pero significativo, observar como en ciertas comunidades religiosas femeninas se conocen más los libros de ciertos autores de dudosa rectitud doctrinal, que los mismos textos conciliares o los documentos emanados por la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica.


La influencia de estas corrientes en la vida consagrada.
El culto al cambio, y la negación de poder conocer la verdad son las consecuencias más evidentes de los dos movimientos culturales mencionados en el párrafo anterior. La revolución cultural de 1968 y la caída del muro de Berlín han influenciado de manera decisiva la cultura de la segunda mitad del siglo XX y los inicios del tercer milenio. Y si bien las personas consagradas no son del mundo, pero están en el mundo, son hijas también de la cultura. Las formas de pensar, las modas, los modos de ser, van impregnando la forma de vida en la que se mueve la vida consagrada. No se trata de ir contracorriente o de dar una nueva interpretación a la fuga mundi de siglos pasados. Se trata de abrir los ojos para darse cuenta que el ideal de la vida consagrada, el seguimiento más cercano de Cristo , 18puede quedar empañado o deformado por la cultura de nuestro tiempo.

Y a este respecto podemos observamos un fenómeno bastante curioso en la vida consagrada del post-concilio. Uno de los objetivos del Concilio Vaticano II para la vida consagrada y que leemos en el decreto Perfecate caritatis19 era el de volver a los orígenes, quitando aquellos elementos meramente culturales que al pasar de los años o de los siglos se pudieran haber incrustado en las intenciones y las finalidades del Fundador. Muchas congregaciones e institutos religiosos se dieron a esta tarea, pero parece ser que en el proceso perdieron el norte y no llegaron a concretar el objetivo. En la dinámica propia de quitar lo que de meramente cultural se hubiera podido adherir al carisma del Instituto, para que brillara aún más por sí sólo, han añadido elementos de la cultura de nuestros tiempos, pensando que de esa forma se desembarazarían de las ataduras culturales del pasado. Han quitado los elementos culturales del pasado, pero han añadido elementos culturales del presente, que en muchos casos se han identificado con los elementos esenciales de la vida consagrada.
La adquisición e inserción de una mentalidad del mundo en la vida consagrada es un fenómeno que puede darse en forma subrepticia, aparentemente en forma inocente, pero que al final de cuentas acaba por ofuscar el esplendor de la vida consagrada, dejando como consecuencia una vida religiosa que se conforma a las modas del mundo, a su forma de pensar, de sentir y de actuar.

La forma de pensar, de sentir y de actuar que es propia de nuestra cultura está muy lejos de ser una cultura a favor del evangelio. Más bien, es una cultura que piensa, siente y actúa en forma contraria a dichos valores. Es una cultura que, como producto de la negación del conocimiento de la verdad, se concentra en el individuo como fuente de la verdad, propagando de esta forma los valores del individualismo y del relativismo. La cultura de Europa, y por ende de Occidente, se fundamenta en la posibilidad que el hombre tiene de conocer la verdad y hacer la verdad en sus vidas. Este conocimiento de la verdad objetiva y su búsqueda se traduce en un ethos, es decir, de un estilo de vida muy determinado. Si es posible conocer la verdad entonces es también posible trabajar por encontrar dicha verdad. El trabajo se convierte por tanto en parte integrante de esta búsqueda de la verdad. Toda esta forma de pensamiento y de actuación tiene su origen en el monaquismo, que Benedicto XVI lo sintetiza de la siguiente forma: “Está ligado a la cultura monástica, porque aquí vivieron monjes jóvenes, para aprender a comprender más profundamente su llamada y vivir mejor su misión. (…)Primeramente y como cosa importante hay que decir con gran realismo que no estaba en su intención crear una cultura y ni siquiera conservar una cultura del pasado. Su motivación era mucho más elemental. Su objetivo era: quaerere Deum, buscar a Dios. En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su orientación era «escatológica». Que no hay que entenderlo en el sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo provisional buscaban lo definitivo. Quaerere Deum: como eran cristianos, no se trataba de una expedición por un desierto sin caminos, una búsqueda hacia el vacío absoluto. Dios mismo había puesto señales de pista, incluso había allanado un camino, y de lo que se trataba era de encontrarlo y seguirlo.” 20

Esta búsqueda de Dios es la que da origen a una forma de pensar, de sentir y de actuar que tiene características muy precisas. Pone su mirada en lo trascendente, porque sabe que ahí se encuentra la meta última de la vida. De esta forma, todo el pensar, el sentir y el actuar tiene como objetivo la búsqueda y la adquisición de la trascendencia.

Esta misma cultura es la que permea la vida consagrada. Podemos incluso afirmar que fue la vida consagrada la que cubrió a la cultura de Occidente de los valores que ella misma había puesto en pie. Sin embargo, con los movimiento culturales del ’68 y de la caída del muro de Berlín, aunado a otros movimientos que ya se venían dando en el pasado, desde el iluminismo hasta el modernismo, tal parece que la capacidad del hombre por conocer y hacer la verdad, queda ofuscada o negada por los movimientos culturales que hemos mencionado. Dios, que es el trascendente al cual tiende toda persona humana, y por ende todo su pensar, sentir y actuar, queda negado, o como ahora se da en el así llamado post-modernismo, queda reducido a una idea, siempre dentro de la esfera personal. Una idea que no tiene ya nada que ver con la sociedad de los hombres que se han erigido como fautores del mundo, expulsando a Dios de sus pensamientos, sus sentimientos y sus acciones. “Del monaquismo forma parte, junto con la cultura de la palabra, una cultura del trabajo, sin la cual el desarrollo de Europa, suethos y su formación del mundo son impensables. Ese ethos, sin embargo, tendría que comportar la voluntad de obrar de tal manera que el trabajo y la determinación de la historia por parte del hombre sean un colaborar con el Creador, tomándolo como modelo. Donde ese modelo falta y el hombre se convierte a sí mismo en creador deiforme, la formación del mundo puede fácilmente transformarse en su destrucción.” 21

Y el drama profundo para la vida consagrada es que esta mentalidad secularizada que piensa, siente y actúa como si Dios no existiese ha penetrado los muros de los conventos, utilizando expresiones y comentarios del Card. Franc. Rodé . 22El proceso ha sido hasta cierto punto sencillo y dramático. Al inicio de la época del post-concilio, cuando las congregaciones religiosas se daban a la tarea de buscar los medios más adecuados para poner en pie las reformas que pedía el Concilio Vaticano II, casi en forma simultánea se daban las grandes transformaciones culturales en Occidente, de las que hemos profusamente hablado.

Muchas de estas congregaciones religiosas, leyeron en forma equivocada los signos de los tiempos y vieron en la cultura que comenzaba a fraguarse, una cultura secularizada que se alejaba de Dios ha pasos agigantado, las nuevas formas en las que debía de instalarse la vida consagrada. Es decir, tomaron los valores de la nueva cultura por válidos, como queridos incluso por el Vaticano II, y los fueron adaptando a la vida consagrada. Fue un proceso de injertar en la vida consagrada los valores del secularismo, dando por consecuencia una vida consagrada relajada, en la cual Dios había perdido la primacía. Si bien la intención era buena, los medios no lo fueron. Así lo atestigua Benedicto XVI cuando afirma: “En los últimos años se ha comprendido la vida consagrada con un espíritu más evangélico, más eclesial y más apostólico; pero no podemos ignorar que algunas opciones concretas no han presentado al mundo el rostro auténtico y vivificante de Cristo. De hecho, la cultura secularizada ha penetrado en la mente y en el corazón de no pocos consagrados, que la entienden como una forma de acceso a la modernidad y una modalidad de acercamiento al mundo contemporáneo.” 23Y últimamente Benedicto XVI ha corroborado este peligro, hablando con gran paternidad a los salesianos: “El proceso de secularización, que avanza en la cultura contemporánea, lamentablemente afecta también a las comunidades de vida consagrada. Por eso, es preciso velar sobre formas y estilos de vida que corren el peligro de debilitar el testimonio evangélico, haciendo ineficaz la acción pastoral y frágil la respuesta vocacional.” 24

La influencia de la mentalidad secularizada en la vida consagrada no es ya una utopía. Es un hecho real. El proceso de penetración de dicha mentalidad en las congregaciones religiosas, en los institutos y en cada una de las comunidades en particular depende en gran medida de la concepción que se tenga de la vida consagrada. Quien tiene una idea clara de lo que es la vida consagrada, su finalidad, sus medios, su oportunidad y su mensaje para el mundo de hoy, sabrá discernir entre lo que es la vida consagrada y lo que es la mentalidad del mundo, es decir, la cultura de la secularización. No es fácil muchas veces hacer esta distinción. Pero hay que pensar que el valor de la vida consagra, esto es, el buscar sólo a Dios, puede expresarse de muy distintas formas, esto es, a través de diversos modelos. El modelo puede cambiar, puede adaptarse a la nueve cultura, pero no puede ceder a la nueva cultura. Cambia el modelo, pero no el valor. Convendría por tanto que los religiosos aprendieran a discernir entre valor y modelo.


Cambiar el modelo por el valor, o una breve radiografía de la vida consagrada.
La influencia más importante de las corrientes antes enunciada no se refleja tan sólo en algunos aspectos particulares, sino en una mentalidad que permea la vida consagrada, según el pensamiento de Benedicto XVI: “En los últimos años se ha comprendido la vida consagrada con un espíritu más evangélico, más eclesial y más apostólico; pero no podemos ignorar que algunas opciones concretas no han presentado al mundo el rostro auténtico y vivificante de Cristo. De hecho, la cultura secularizada ha penetrado en la mente y en el corazón de no pocos consagrados, que la entienden como una forma de acceso a la modernidad y una modalidad de acercamiento al mundo contemporáneo.” 25

Lo que tendría que ser una orientación fundamental en todo consagrado, dar a Dios el primer lugar en la vida, por medio del cumplimiento de su voluntad 26–dejando de lado todo otro interés, apetencia o deseo personal-, queda de alguna forma viciado cuando la mentalidad secularizada penetra el pensamiento, el sentir y el querer de la persona consagrada. No es que se destierre a Dios de la propia vida, pero Dios deja de ser la norma sobre la cual se basa el pensamiento, el sentimiento y el actuar. Tal parece que Dios queda relegado a la esfera personal, sin que tenga una influencia en la vida práctica de las personas y de las comunidades.

Se llega a esta mentalidad no de una forma repentina. Si esto fuese así, la misma persona consagrada, la congregación o la comunidad hubiera reaccionado. Quien se ve violentada en su esencia, no puede dejar de experimentar cierto escozor, que la pone en alerta y la previene contra las amenazas de su consagración, de su obrar sólo de cara a Dios. Pero cuando la amenaza se presenta en forma sutil o disfrazada de un bien mayor, es muy difícil captar este sutil engaño y se comienzan a dar concesiones a lo que no es sino una separación del concepto verdadero de vida consagrada.

Como hemos explicado anteriormente, las circunstancias históricas del movimiento cultural del ’68 y el de la caída del muro de Berlín se presentaron como terreno fecundo para abonar esas amenazas contra la vida consagrada, pero presentándose siempre bajo los velos de una vida consagrada más de acuerdo con los tiempos actuales y con el querer de los padres conciliares. Los elementos esenciales de la vida consagrada en algunos ambientes fueron concebidos como elementos fundamentalistas, anacrónicos y totalmente desfasados de lo que deberían ser los tiempos modernos. Se dejaron de ver como piedras fundamentales de la vida consagrada y se fueron interpretando de acuerdo a la mentalidad del mundo. Los votos, la vida fraterna en comunidad, la autoridad, la misión, las relaciones con los hombres y con la autoridad eclesiástica, una cierta distancia del mundo, el ascetismo, todos estos elementos que son los elementos esenciales de la consagración comenzaron a ser interpretados y vividos con la mentalidad del mundo. Lo que debería de haber sido un valor inamovible, expresado bajo distintas formas o modelos, cayó en manos del relativismo y se interpretó con una mentalidad secularizada. Las consecuencias fueron la penetración del modo de pensar del mundo, así como su sentir y su actuar, en todos estos aspectos esenciales de la consagración. La obediencia fue juzgada en muchos casos como una privación de la libertad y la dignidad humanas. La castidad se vio como una imposición de una sexualidad maníaca, carente de expresividad y espontaneidad. La pobreza era sólo una reducción de las posibilidades que tenía la persona para ejercer su propio albedrío, viviendo siempre en un cierto infantilismo.

La psicología en muchos casos vino a sustituir la espiritualidad propia, dejando muchas veces en manos de estos profesionales el recorrido formativo de la congregación e incluso la decisión de admisión a la congregación o a los votos perpetuos.

Los ejemplos podían seguirse hasta el infinito, trayendo a la memoria lo que en la práctica se dio en diversas congelaciones o comunidades. Pero haciendo un esfuerzo por ser sintéticos podemos decir que los valores de la vida consagrada fueron intercambiados por los modelos. Si bien es cierto que los votos, la autoridad, la ascesis y todos los elementos esenciales de la vida consagrada debían buscar las formas más adecuadas para expresarse de acuerdo al os tiempos nuevos, es decir, debían buscar los modelos con los cuáles pudieran vivir y actuarse sus valores que representaba, en condiciones más adecuadas con los tiempos, sucedió todo lo contrario. Dichos elementos esenciales dejaron de ser valores para convertirse en modelos. Se cambio el valor por el modelo. Los valores de la mentalidad secularizada se habían apoderado de los valores de la vida consagrada. De esta forma, dejando la puerta abierta a la mentalidad secularizada, la vida consagrada comenzó a adecuarse más a lo que pedía el mundo que lo que pedía Dios. Buscar sólo la voluntad de Dios quedó opacada por los valores del mundo.

Dicha influencia la registrar Benedicto XVI cuando afirma: “La consecuencia es que, juntamente con un indudable impulso generoso, capaz de testimonio y de entrega total, la vida consagrada experimenta hoy la insidia de la mediocridad, del aburguesamiento y de la mentalidad consumista.” 27


NOTAS

1 “La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:
— Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los apóstoles" (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.).
— Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14).
— Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, "a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia" (AG 5):Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio (MR, Prefacio de los apóstoles).” Catecismo de la Iglesia católica, n. 857
2 Joseph Ratzinger, Lettera Orationis formas su alcuni aspetti della meditazione cristiana, 15.10.1989
3 Benedicto XVI, Cartas, 27.9.2005.
4 Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006.
5 “Nell’ambito stesso di questo processo dinamico, in cui lo spirito del mondo rischia costantemente di mescolarsi all’azione dello Spirito santo, come aiutarvi ad operare con il necessario discernimento? Come salvaguardare o raggiungere l’essenziale? Come beneficiare dell’esperienza del passato e della riflessione presente, per rafforzare questa forma di vita evangelica? Secondo la responsabilità singolare che il Signore ci ha affidato nella sua chiesa - quella di " confermare i nostri fratelli " -, noi vorremmo, da parte nostra, stimolarvi a procedere con maggior sicurezza e con più lieta fiducia lungo la strada che avete prescelto. Nella " ricerca della carità perfetta ", che guida la vostra esistenza, quale altro atteggiamento vi sarebbe per voi, se non quello di una disponibilità totale allo Spirito santo che, agendo nella chiesa, vi chiama alla libertà dei figli di Dio?” Pablo VI, Esortazione apostolica Evangelica testificatio, 29.6.1971, n. 6.
6 El P. Ángel Pardilla, en su libro Le religiose, ieri, oggi e domani, Libreria Editice Vaticana, Città del Vaticano 2008, en la segunda parte, sección primera, afronta con valentía no sólo la descripción de la situación de la vida consagrada sino las causas que la han originado. Uno de los subtítulos de dicha parte es por demás significativo y recoge, en síntesis, lo seucedido en estos cuarentas de post-concilio en muchas congregaciones religioas femeninas: “Quién siembre confusiones, recoge abandonos”.
7 Benedicto XVI, Discursos, 24.7.2007.
8 Ibídem.
9 Ibídem.
10 Ibídem.
11 Ibídem.
12 Cito nuevamente a Benedicto XVI, por la claridad de su pensamiento en lo que se refiere a los objetivos persegudios por el Concilio Vaticano II: “Rendere accessibile all’uomo di oggi la salvezza divina fu per Papa Giovanni il motivo fondamentale della convocazione del Concilio e fu questa la prospettiva con la quale i Padri hanno lavorato.” Benedicto XVI, Mensajes, 28.10.2008.
13 Benedicto XVI, Discursos, 24.7.2007.
14 Es altamente significativa la perspectiva de Juan Pablo II, que se hace testigo de esta situación cuando escribe: “Sin embargo, hoy se hace necesario reflexionar sobre el conjunto de la enseñanza moral de la Iglesia, con el fin preciso de recordar algunas verdades fundamentales de la doctrina católica, que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas. En efecto, ha venido a crearse una nueva situación dentro de la misma comunidad cristiana, en la que se difunden muchas dudas y objeciones de orden humano y psicológico, social y cultural, religioso e incluso específicamente teológico, sobre las enseñanzas morales de la Iglesia. Ya no se trata de contestaciones parciales y ocasionales, sino que, partiendo de determinadas concepciones antropológicas y éticas, se pone en tela de juicio, de modo global y sistemático, el patrimonio moral. En la base se encuentra el influjo, más o menos velado, de corrientes de pensamiento que terminan por erradicar la libertad humana de su relación esencial y constitutiva con la verdad. Y así, se rechaza la doctrina tradicional sobre la ley natural y sobre la universalidad y permanente validez de sus preceptos; se consideran simplemente inaceptables algunas enseñanzas morales de la Iglesia; se opina que el mismo Magisterio no debe intervenir en cuestiones morales más que para «exhortar a las conciencias» y «proponer los valores» en los que cada uno basará después autónomamente sus decisiones y opciones de vida.” Juan Pablo II, Carta encíclica Veritatis splendor, 6.8.1993, n. 4.
15 Joseph Ratzinger, Omelia nella Missa pro eligendo Romano Pontefice, 18.4.2005
16 Benedicto XVI, Discursos, 19.4.2008.
17 Benedicto XVI, Homilías, 20.4.2005.
18 Conciio Vaticnao II, Decreto perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2a.
19 “Redunda en bien mismo de la Iglesia el que todos los Institutos tengan su carácter y fin propios. Por tanto, han de conocerse y conservarse con fidelidad el espíritu y los propósitos de los Fundadores, lo mismo que las sanas tradiciones, pues, todo ello constituye el patrimonio de cada uno de los Institutos.” Ibídem., n. 2b.
20 Benedicto XVI, Discursos, 12.9.2008.
21 Ibídem.
22 Franc Rodé, La spinta che la Chiesa si attende della vita consacrata en Duc in altum! Vita consacrata il primo decennio, Edizioni Art, Roma 2006, p. 87 – 101.
23 Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006.
24 Benedicto XVI, Discursos, 31.3.2008.
25 Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006.
26 Que expresado en palabras de Benedicto XVI sería las siguientes: “Pertenecer al Señor: esta es la misión de los hombres y mujeres que han elegido seguir a Cristo casto, pobre y obediente, para que el mundo crea y sea salvado. Ser totalmente de Cristo para transformarse en una permanente confesión de fe, en una inequívoca proclamación de la verdad que hace libres ante la seducción de los falsos ídolos que han encandilado al mundo. Ser de Cristo significa mantener siempre ardiendo en el corazón una llama viva de amor, alimentada continuamente con la riqueza de la fe, no sólo cuando conlleva la alegría interior, sino también cuando va unida a las dificultades, a la aridez, al sufrimiento.” Ibídem.
27 Ibídem.



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