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Autor: Santa Edith Stein | Fuente: Escuela de la fe Sancta Discretio en la Dirección Espiritual
Santa Edith Stein resalta la virtud característica de toda persona constituida en orientadora de otra: “discretio”.
Sancta Discretio en la Dirección Espiritual
Esta meditación de Santa Edith Satín,
enriquece nuestros conocimientos sobre la Dirección Espiritual y de
este modo mejorar esta práctica necesaria a toda
persona que desea ajustar su vida al proyecto que Dios
tiene sobre ella. Cada uno de nosotros necesita de
la guía, de la ayuda de otra persona para descubrir
la voluntad de Dios en el aquí y ahora. Quien
tiene la delicada tarea de ser instrumento del Espíritu
Santo en la guía de las almas ha de tener
en cuenta esta virtud que la santa llama “Sancta Discretio”.
Sancta Discretio en la Dirección Espiritual
La Santa Regla de
san Benito viene a menudo denominada como “discretione perspicua”, es
decir, que se distingue por la discreción. La discreción está
considerada como impronta característica de la santidad benedictina. En cierto
modo, sin ella no existe la santidad, y si se
la comprende con suficiente profundidad y amplitud, se confunde con
la santidad misma.
Se confía ago a alguien “bajo discreción”, es
decir, se espera que se guardara silencio. Pero discreción es
mucho más que el simple sigilo. El discreto sabe, sin
necesidad de que se le diga, sobre qué cosas no
debe hablar. Posee el don de discernir entre
lo que se puede decir y lo que se
debe mantener en silencio, a quién se le puede confiar
algo y a quién no. Esto sirve para los asuntos
tanto personales como de los otros. Consideramos como “indiscreción” cuando
alguien habla de sus asuntos personales en donde no conviene,
o cuando su omisión fuera hiriente.
Se nos ofrece una cantidad
de dinero “a discreción”, es decir, que podemos disponer libremente
de ello. Esto no significa que podemos hacer uso a
capricho. El donante deja en nuestras manos el uso porque
está convencido de que podemos distinguir muy bien lo que
se puede hacer con ello. También en este caso, la
discreción es un don de discernimiento.
De este don necesita especialmente
el que tiene que dirigir almas. San Benito habla de
ello en el contacto de lo que tiene que caracterizar
al Abad (S. Regla, cap 64): en las disposiciones que
toma, él tiene que ser “previsor y aventajado”, y ya
sea un trabajo humano o divino lo que él manda,
él tiene que saber discernir y ponderar teniendo
presente el discernimiento de Jacob cuando dijo: “si durante un
día se les hiciera marchar apresuradamente, todo el ganado moriría”
(Gén 33,13).
Este y otros testimonios sobre el discernimiento, la
madre de todas las virtudes, tiene que acoger en su
corazón y sopesarlo de tal modo que sepa ver qué
es lo que los fuertes exigen y qué es lo
que asusta a los débiles. Se podría definir aquí la
“discretio” como sabia moderación. Pero la fuente de tal moderación
es el don del discernimiento, de saber qué es lo
más adecuado para cada uno.
¿De dónde nos viene este don?
En nuestra naturaleza hay algo que nos capacita para un
cierto grado de discernimiento. Lo designamos como tacto o sensibilidad,
un fruto de la cultura espiritual y sabiduría heredadas y
adquiridas por medio de una compleja actividad educativa y a
través de experiencias vitales.
El cardenal Newman afirmaba que el
auténtico caballero (gentleman) se confunde casi con el santo. Ciertamente
esto sirve mientras no se supere en cierto límite. A
partir de ese límite el equilibrio natural se hace pedazos.
Por otro lado, la discreción natural no penetra en lo
profundo. Sabe muy bien “cómo tratar a los hombres” y
llega a prevenir los atascos de la vida social, engrasando
oportunamente los engranajes del sistema. Pero los pensamientos del corazón,
lo más íntimo del alma, le permanecen escondidos. Allí penetra
sólo el Espíritu que todo lo explora, incluso la profundidad
de la divinidad.
La auténtica discreción es sobrenatural. Se encuentra sólo
donde reina el Espíritu Santo, donde un alma, entregada totalmente
y libre para moverse, está atenta a la suave voz
del encantador Huésped y espera su soplo.
¿Hay que considerar entonces
la discreción como un don del Espíritu Santo? Ciertamente no
como uno de los siete dones conocidos, ni como un
octavo nuevo. Pertenece a la esencia de cada uno de
los dones, de tal modo que puede decirse que los
siete dones son modalidades diversas de este don. El don
del temor discierne en Dios la divina majestad y
comprende la infinita separación existente entre la santidad divina y
la propia impureza. El don de la piedad distingue en
Dios la pietas, la bondad paternal, y le contempla con
el amor temeroso de un niño, un amor que sabe
discernir lo que al Padre del Cielo le es debido.
En
el don de la prudencia se observa, mejor que en
ningún otro, el discernimiento, el saber discernir qué es lo
más conveniente para cada momento de la vida. Del don
de fortaleza se podría pensar que depende solamente de la
fuerza de voluntad. Pero la distinción entre una prudencia que,
aún reconociendo el justo camino, no va por él, y
la fortaleza que se deja cegar, es sólo posible en
un plano puramente natural. Donde mora el Espíritu Santo, el
espíritu humano se hace dócil, sin oponer resistencia. La prudencia
determina sin oposiciones el comportamiento práctico, la fortaleza es iluminada
por la prudencia. Las dos juntas, posibilitan al espíritu humano
la adaptación dócil a cualquier situación.
Puesto que se entrega
sin oponer resistencia al Espíritu Santo, consigue superar todo lo
que se le presenta. Esta luz divina le hace discernir
con toda claridad, con el don de la ciencia, que
todo lo creado y todo lo ocurrido están ordenados a
lo Eterno, y lo hace comprenderlo en su estructura, el
puesto que le corresponde y la importancia que tiene.
Le
consiente, con el don del entendimiento, el poder investigar en
la profundidad de la divinidad misma, y permite que la
verdad revelada le ilumine claramente. En su plenitud, el don
de sabiduría le une con la mismísima Trinidad, y le
deja, por así decirlo, penetrar en la fuente eterna y,
en todo lo que ella contiene y de ella mana,
en un movimiento vital y divino que es amor y
conocimiento en uno.
La sancta discretio es, por todo eso, radicalmente
diversa a la discreción humana. Ella no discierne en base
a un pensamiento progresivo, como puede ser el espíritu investigador
humano; tampoco en base descomposiciones o compendios, o por comparaciones
y agrupaciones, o concluyendo y demostrando. Ella discierne al igual
que el ojo a plena luz del día el contorno
de las cosas que tiene ante sí. El percatarse de
los más mínimos detalles no impide que se mantenga la
vista del todo. Cuanto más arriba sube el caminante, más
amplio es el panorama que contempla, hasta que alcanza la
cima desde donde contempla libremente todos los alrededores. El ojo
del espíritu, iluminado por la luz celeste, alcanza las distancias
más remotas y nada se le presenta indistinto o indistinguible.
Edith Stein resalta la virtud característica de toda persona
constituida en orientadora de otra: discretio. Esa virtud pone
en juego una gama de otras virtudes de las que
hablaremos en otro momento.
(Tomado de: ESCRITOS ESPIRITUALES, Edith
Stein. (B.A.C) Colección: Clásicos de Espiritualidad, págs. 139-142).
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