La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Germán Sánchez Griese Algunos elementos espirituales sustituidos por la psicología
La dirección espiritual, la experiencia religiosa auténtica, y la necesidad de ayudar a las almas son elementos que han sido sustituidos por la psicología.
Algunos elementos espirituales sustituidos por la psicología
Recapitulación En uno de nuestros artículos anteriores hemos dicho que la
Psicología se introdujo en la Iglesia, de tal forma que
varios elementos de la vida espiritual fueron sustituidos por elementos,
técnicas o herramientas psicológicas. No podemos señalar en este pequeño
espacio todos los elementos espirituales que han sido sustituidos por
la Psicología, pero sí queremos mencionar al menos dos de
ellos, como la dirección espiritual, la experiencia religiosa auténtica, y
la necesidad de ayudar a las almas.
Con el fin de
llevar a cabo una explicación detallada, recorreremos nuevamente el camino
en el que se embarcaron tres fuerzas de capital importancia:
la Iglesia, el mundo y la Psicología. Fue la combinación
de factores, como veremos, las que propiciaron la aparición de
ciertos fenómenos que incidirían para siempre en la vida de
la Iglesia.
La Iglesia: el Concilio Vaticano II. Comenzaremos a analizar la
Iglesia, que con el Concilio Vaticano II había dado impulso
a una reforma cuyo objetivo era el de acercarse más
al hombre para colaborar más eficazmente con Cristo en la
labor de la salvación del género humano. Este es y
sigue siendo el objeto del Concilio. Por ello habría que
renovar aquellas estructuras que no reflejaban adecuadamente su carácter salvífico.
Renovación, en palabras del entonces Cardenal Joseph Ratzinger “quiere decir
renovación de aquello que es cristiano. Como renovación cristiana no
quiere sustituir aquello que es cristiano con cualquier cosa diferente
o mejor, pero sólo revalorizar precisamente el hecho cristiano en
su propia novedad.” Hoy podemos tristemente darnos cuenta que
muchos de los elementos cristianos, en lugar de haberse renovado,
han sido sustituidos, cambiados, alterados y diluidos. Cabe preguntarse el
porqué de esta alteración o degradación de dichos elementos.
La respuesta
nos la da Benedicto XVI, cuando en su discurso del
22 de diciembre de 2005 señala el motivo de las
desviaciones en la interpretación del Concilio. Aunque la cita sea
larga, vale la pena transcribirla, con el fin de conocer
con exactitud qué fue lo que ha pasado durante estos
40 años de historia de la Iglesia. “La hermenéutica de
la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura
entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar. Afirma que los textos
del Concilio como tales no serían aún la verdadera expresión
del espíritu del Concilio. Serían el resultado de componendas, en
las cuales, para lograr la unanimidad, se tuvo que retroceder
aún, reconfirmando muchas cosas antiguas ya inútiles. Pero en estas
componendas no se reflejaría el verdadero espíritu del Concilio, sino
en los impulsos hacia lo nuevo que subyacen en los
textos: sólo esos impulsos representarían el verdadero espíritu del
Concilio, y partiendo de ellos y de acuerdo con ellos
sería necesario seguir adelante. Precisamente porque los textos sólo reflejarían
de modo imperfecto el verdadero espíritu del Concilio y su
novedad, sería necesario tener la valentía de ir más allá
de los textos, dejando espacio a la novedad en la
que se expresaría la intención más profunda, aunque aún indeterminada,
del Concilio. En una palabra: sería preciso seguir no
los textos del Concilio, sino su espíritu. De ese modo,
como es obvio, queda un amplio margen para la pregunta
sobre cómo se define entonces ese espíritu y, en consecuencia,
se deja espacio a cualquier arbitrariedad.”
El origen de las
arbitrariedades cometidas en aras de la correcta aplicación e interpretación
del Concilio tiene su origen en una falsa concepción del
Concilio. No se debe interpretar el Concilio para aplicar verdaderamente
su espíritu. Se debe aplicar el Concilio, de acuerdo a
los textos mismos, sin dejar margen a la imaginación, a
la pasión personal o a los propios deseos de innovación.
No debemos olvidar que el hombre, el religioso y la
religiosa incluida, no por su consagración religiosa están exentos del
pecado original y por lo tanto sus pasiones pueden obnubilar
su pensamiento. Quien piensa erigirse como rector del pensamiento de
la Iglesia, antes que hacerse un análisis psicológico para conocer
su estado mental, convendría que revisase su alma, para saber
si la soberbia, el orgullo o la vanidad intelectual no
se han apoderado de su ser, pretendiendo erigirse como centro
y arbitrio del Papa o del Magisterio de la Iglesia.
No en vano lo decía monseñor Rodé dirigiéndose a los
religiosos y las religiosas presentes en el Congreso internacional de
la vida consagrada de 2004: “Sin embargo, este esfuerzo por
buscar la novedad no siempre se ha realizado siguiendo criterios
evangélicos de discernimiento. A veces la "renovación" se ha confundido
con la adaptación a la mentalidad y a la cultura
dominante, con el peligro de olvidar los valores auténticamente evangélicos.
Es innegable que "la concupiscencia de la carne, la concupiscencia
de los ojos y la soberbia de la vida" (1
Jn 2, 16), propias del mundo y de su cultura,
han ejercido un influjo desorientador, originando conflictos graves dentro de
las comunidades y de las opciones apostólicas, no siempre fieles
al espíritu y a las inspiraciones originales del instituto. Como
siempre en la historia, la Iglesia se encuentra situada entre
el soplo del Espíritu, que abre nuevos caminos, y las
seducciones del mundo, que hacen el camino incierto y pueden
llevar al error.”
Habiendo identificado el punto clave de la
mala interpretación del Concilio, esto es, el libre albedrío nacido
de una concepción inadecuada del Concilio, producto no del trabajo
de los Padres conciliares sino de componendas que no expresaban
el verdadero espíritu del Concilio, es fácil explicar el porqué
de las interpretaciones personales que se han hecho durante estos
cuarenta años, al margen de la Tradición y del magisterio
de la Iglesia. Este hecho, unido a la debilidad de
la carne, que se adueña del ser de quienes por
excelencia deberían ser los transmisores e intérpretes fidedignos del Concilio,
ha originado una desorientación en la Iglesia, y en nuestro
caso, en la vida consagrada. Constatamos este hecho al leer
la introducción al documento Elementos esenciales sobre la vida religiosa,
en donde recalca el hecho de las desviaciones que se
han dado en la vida consagrada: “El resultado ha sido
una experiencia comprensiblemente compleja, con muchos aspectos positivos y algunos
otros notablemente dudosos. Ahora, pasado el período de experimentación extraordinaria
ordenado por Ecclesiae Sanctae II, muchos institutos religiosos dedicados a
obras de apostolado están revisando sus experiencias. Con la aprobación
de sus Constituciones revisadas y la entrada en vigor del
nuevo Código de Derecho Canónico, se adentran en una nueva
fase de su historia. En este momento de reiniciación, escuchan
una vez más la llamada pastoral del Papa Juan Pablo
II a « hacer una evaluación objetiva y humilde de
los años de experimentación, de modo que puedan identificar los
elementos positivos, así como las posibles desviaciones» (Disc. a la
UISG 1979; a los Superiores Mayores de religiosos y religiosas
en Francia 1980). Superiores religiosos y Capítulos han solicitado de
esta Sagrada Congregación directrices para valorar el pasado y preparar
el futuro. También algunos Obispos, debido a su especial responsabilidad
en la promoción de la vida religiosa, han pedido orientaciones.
Por todo ello, la Sda. Congregación para los Religiosos e
Institutos seculares, siguiendo las indicaciones del Santo Padre, ha preparado
esta síntesis de principios y normas fundamentales. Su intento es
presentar una síntesis clara de la doctrina de la Iglesia
acerca de la vida religiosa, en un momento especialmente significativo
y oportuno. 3. Esta doctrina se halla ya formulada en
los grandes documentos del Concilio Vaticano II, particularmente en Lumen
gentium, Perfectae Caritatis y Ad Gentes. Ha sido desarrollada posteriormente
en la Exhortación Apostólica Evangelica testificatio de Pablo VI, en
las alocuciones del Papa Juan Pablo II y en los
documentos de esta Sda. Congregación para los Religiosos e Institutos
seculares, especialmente en Mutuae relationes, Religiosos y promoción humana y
Dimensión contemplativa de la vida religiosa. Últimamente, esa riqueza doctrinal
ha sido condensada en el nuevo Código de Derecho Canónico.
Todos estos textos, basados en el rico patrimonio de la
doctrina preconciliar, ahondan y afinan la teología de la vida
religiosa, que vino desarrollándose y adquiriendo densidad durante los siglos
pasados.”
Así, este elemento de disensión del Magisterio de la
Iglesia, leve o grave que haya sido, preparó como caldo
de cultivo, el ambiente propicio para la inserción de elementos
espurios a la espiritualidad cristiana. La psicología y otras ciencias,
encontraron el campo abonado para introducirse e injertarse en el
tallo del árbol de la vida consagrada. Al mismo tiempo,
la sociedad, pensemos lo que era la sociedad mundial con
los conflictos de los movimientos estudiantiles de 1968, la revolución
sexual de los años setentas y el desafío generalizado que
se hacía a la autoridad, unieron su virulencia a ciertos
sectores de la Iglesia, que se encontraba desorientada. “Cuando la
Iglesia abrió sus ventanas, a mediados de la década de
los sesenta, había toda clase de toxinas en el ambiente.
En la alta cultura, y especialmente entre los intelectuales, las
centelleantes esperanzas de la estaban estrellándose contra los acantilados
de la irracionalidad, la autocomplacencia, el nihilismo de moda y
el desprecio por cualquier tipo de autoridad tradicional. (…) No
iba a ser fácil establecer un diálogo con intelectuales que
estaban convencidos que la civilización occidental se había corrompido debido
al racismo, al imperialismo y a la misoginia.”
Pero este
aspecto nos introduce a tratar el tema de la situación
del mundo en aquel entonces.
Situación del mundo. Sin caer en el
reduccionismo, pero sin buscar ser demasiado prolijo en el análisis
social de aquella época, bien podemos decir que esas décadas,
de los sesentas a los ochentas, estuvieron marcadas fuertemente por
una reacción contra la autoridad, una fuerte toma de conciencia
de la dignidad de la persona y un movimiento estudiantil
exacerbado. Estos tres elementos, como veremos incidieron directamente en la
Iglesia, que se encontraba fuertemente desorientada por el hecho, como
hemos visto, de no haber aplicado adecuadamente las directrices del
Concilio Vaticano II. Una Iglesia débil, no en su identidad,
sino en la interpretación de su identidad, que buscaba afanosamente
fuera de ella, las agarraderas de dónde asirse para dar
respuestas a sus interrogantes vitales, perdidos por culpa de ella
misma, es decir, por culpa de quien se había alejado
voluntariamente de una identidad fuerte, definitiva y definida por el
magisterio de la Iglesia. Los vientos del relativismo la habían
imbatido.
El mundo acababa de salir de dos guerras mundiales,
y más concretamente, Europa se enfrentaba a los desastres que
habían dejado tras de sí las dos grandes dictaduras del
nacionalsocialismo, Hitler en Alemania y Mussolini en Italia. Como una
lógica consecuencia, todo aquello que significara autoridad era visto con
suspicacia y así fue identificándose la autoridad con autoritarismo, con
regimenes totalitaristas que abrogaban la libertad y la dignidad de
la persona en aras de una ideología. Era fácil por
tanto, que los enemigos de la Iglesia, y los hombres
de Iglesia desorientados por las desviadas interpretaciones del Concilio, hicieran
la analogía entre régimen totalitario y magisterio de la Iglesia.
El hecho de que la Iglesia tuviera normas, sistemas, leyes,
dogmas, eran para algunos reminiscencias de un pasado que debía
a toda costa cancelarse. La categoría humana de democracia debería
ser incluida cuanto antes en las esferas de la Iglesia,
en dónde todo debía ahora cuestionarse para no volver a
caer en un régimen totalitario. Quienes sufrieron los golpes de
esta postura fueron en primer lugar los superiores y las
superioras en todos los niveles: general, provincial y local. Comenzó
a hablarse de punto de referencia en lugar de autoridad,
de coordinador de esfuerzos. La autoridad, desprovista de su carácter
sagrado –hasta ahí tenía que llegar la democracia instaurada en
la Iglesia- era vista como anacrónica y como un elemento
que debía ser superado. No en vano, el documento Mutuae
relaciones, recalca en forma de por sí maravillosa y elocuente,
la proveniencia de la autoridad en la vida consagrada e
identifica sus funciones con las del obispo, salvando las debidas
distancias: enseñar, santificar y gobernar.
Frente a este duro golpe a
la vida consagrada, podemos imaginar claramente sus consecuencias. Se debilita
el concepto de autoridad y cualquier persona o ideología puede
aprovecharse de los miembros de una congregación o de una
comunidad. La libertad, lo veremos más adelante, se enarbola como
el valor supremo en la vida consagrada.
Otro
aspecto importante de este mundo es la toma de conciencia
de la dignidad personal:“Una nueva concepción de la persona
ha surgido en el inmediato posconcilio, con una fuerte recuperación
del valor de cada individuo particular y de sus iniciativas.
(…) Estos acentos se han radicalizado en algunos casos (de
ahí las tendencias opuestas del individualismo y del comunitarismo), sin
haber alcanzado a veces una satisfactoria integración.” La citación
lo dice y lo explica todo. El mundo, herido por
el atropello a la dignidad que se había hecho del
hombre en las Guerras mundiales –basta recordar los campos de
exterminio para judíos y otras muchas atrocidades- buscaba recuperar la
dignidad del hombre. En esta lucha por la dignidad del
hombre se llegó a exacerbar el valor de la libertad
individual, haciéndola pasar de libertad o libertinaje o libertad sin
fronteras. El mismo concepto de libertad fue manipulado de forma
que se hizo creer que la libertad era hacer aquello
que venía en gana, de forma que la persona pudiera
expresar lo que era en realidad y así no verse
amenazada en su dignidad. En aras a este respeto de
la dignidad de la persona se permitía todo a todos.
Los valores morales, éticos, religiosos eran vistos como imposiciones de
un régimen totalitario, como habíamos visto y así era posible
tomar la ruta del relativismo, cobijados por el emblema de
la dignidad de la persona.
Esta concepción de dignidad que se
daba en el mundo fue infiltrándose también en el mundo
de los consagrados. Y no es que el concepto de
dignidad este equivocado, sino que es la errónea interpretación del
concepto de dignidad que hacía el mundo lo que vino
a dañar a las comunidades religiosas, reduciéndose muchas veces la
obediencia a una caricatura y las relaciones interpersonales a un
juego de pasiones y sentimientos, donde el elemento sobrenatural de
ver a Cristo en los hermanos quedaba completamente olvidado. Por
otra parte, la inserción de una categoría humana a una
categoría religiosa, no puede llevarse sin una adecuada transformación. Si
bien es cierto que la obediencia y la autoridad debían
revisarse bajo la luz de la dignidad de la persona
humana, no habría que haber olvidado el hacer las adecuadas
adaptaciones. Transportar una categoría humana a la vida religiosa significa
secularizar la vida consagrada, fenómeno muy corriente al que desgraciadamente
asistimos con mayor frecuencia en ciertas congregaciones religiosas.
El movimiento estudiantil
de finales de los años sesentas, concretamente el de 1968,
convulsionó el mundo. Desde la Sorbona hasta Tlatelolco, pasando por
Praga y otras capitales de Europa y del mundo, los
jóvenes contestatarios y refractarios a una sociedad, pusieron en jaque
al mundo. Sin embargo, un análisis desapasionado nos hace ver
que estos movimientos no eran simplemente agitaciones juveniles pasajeras, o
células comunistas infiltradas en el tejido de la sociedad Occidental.
Eran más bien fruto y punta de lanza de toda
una batalla orquestada para ‘probar nuevas formas de vida bajo
el signo de la ‘democratización’, ‘emancipación’ y ‘colectividad’.” Se
buscaba por tanto la creación de una nueva sociedad basada
en modelos completamente nuevos. Podemos medir la importancia de estos
movimientos al pensar que buscaban no tanto mejorar la sociedad,
como otros movimientos sociales precedentes, sino el cambio de la
sociedad por otra, sin saber ellos mismos qué tipo de
sociedad estaban buscando. El peligro puede entreverse cuando se constata
que lo importante no es la meta, sino el proceso.
Cuando se constata que lo importante no es subvertir el
orden por otro orden, sino simplemente subvertirlo por el hecho
mismo de la subversión, entonces todo tiene una justificación, porque
no hay ningún fin al que se quiera llegar. Estamos
en cambio, parece ser la consigna, y es una consigna
que continúa hasta nuestros días.
Las consecuencias en la vida de
la Iglesia, podemos analizarlas, aunque no serán tan aparentes como
las anteriores. A partir de mediados de la década de
los años sesenta, se vive un ambiente de cambio latente
el todas las estructuras sociales y en todas las categorías
humanas. Parece que el cambio es lo único permanente. Al
buscarse el cambio por el cambio mismo, no existen ya
parámetros seguros y ciertos. Todo es relativo, lo único que
es estable es el cambio. Pudiera parecer una paradoja, pero
es la inexplicable realidad del relativismo que se ha apoderado
de la sociedad. Aplicado al mundo de la Iglesia, y
en forma más concreta, al mundo religioso, no existe ya
una identidad y una certeza clara de lo que es
o deba ser la vida consagrada. Si todo debe cambiar,
sin importar la dirección que se tome, la vida consagrada
debe estar siempre en cambio, adaptándose, según ellos a los
patrones de una sociedad cambiante. “ ‘Vivimos en un mundo
de continuos cambios.’ Esta frase es una de las más
citadas en los últimos años. Como nunca ha existido un
mundo absolutamente estático, esta frase resulta desde luego banal, pero,
también revela un programa político, un tipo de filosofía o
mejor dicho de ideología; porque con esta afirmación las tradiciones
y todo lo acreditado se mira inconscientemente con un enfoque
negativo, sobre todo si sucede que éstas no quieran ceder
al progreso. Quien se planta contra este cambio corre el
peligro de ser tachado de fundamentalista y de vivir permanentemente
en el pasado.”
Un ejemplo tangible lo tenemos en el
hecho de la misma identidad de la vida consagrada. Para
muchos el Concilio Vaticano II vino a desbaratar la imagen
y la identidad de lo que se tenía por la
vida de perfección o la vida religiosa. Apoyándose en lo
que hemos explicado anteriormente, invocaban el espíritu del Concilio para
buscar nuevas alternativas a la vida consagrada. Alentados, según ellos,
por la apertura que daba la Iglesia para la búsqueda
de nuevas formas, continuaron en una continua búsqueda, siempre
tratando de adaptarse cada vez más a la vida secular,
en lugar de mantener y fortalecer la vida consagrada, adaptándola,
eso sí, cada vez más a los tiempos cambiantes. Así,
hay quienes ahora no saben qué son, porque no saben
a dónde quieren llegar. Y curiosamente, en ese camino han
perdido toda la alegría y el gozo de vivir, porque
quien se debate en la duda infinita, por más que
quiera aparentarlo, la duda traspira en todo su ser. Por
otro lado, hay quien se quedó en el pasado y
no quiso abrirse, temeroso de perderse en los laberintos en
los que otros ya se encontraban. Viven aspirando a glorias
pasadas sin poner los pies en la tierra del hoy
actual. Hay otros, afortunadamente cada vez más numerosos, que, guiados
por el carisma de la congregación y por el magisterio
de la Iglesia, están encontrando formas nuevas de renovar lo
esencial, de poner en marcha nuevas formas para vivir la
consagración que es la misma ayer, hoy y lo será
siempre.
La Psicología. O mejor dicho, las técnicas psicológicas y la psicología
o psicoterapia.
Hemos hablado en el capítulo anterior como existe
una sana psicología que puede compaginarse y complementar a la
labor realizada por la Iglesia en diversos niveles, como puede
ser la formación de los candidatos o candaditas a la
vida consagrada, el apoyo que puede brindarse en ciertas condiciones
de la vida, la ayuda para discernir una posible vocación.
Queremos referirnos en este caso a dos tipos de psicología
que estuvieron muy en boga en la década de los
setentas y ochentas y que han tenido una repercusión muy
fuerte hasta el día de hoy, en todos los campos
de la sociedad.
Nos referimos en primer lugar a las técnicas
psicológicas o las así llamadas “dinámicas de grupo”. Hay que
hacer nota que en todo grupo existe una dinámica natural.
Los hombres actúan entre sí y no hay nada de
peculiar en observar ciertos comportamientos entre ellos, sacar algunos patrones
comunes y de ahí inferir algunas hipótesis y teorías que
en el largo plazo pueden llegar a considerarse leyes de
conducta grupal. Se parte de la observación para llegar luego,
mediante la inferencia a la elaboración de hipótesis y teorías,
todo lo cual concuerda con el método científico experimental. Nos
referimos más bien con el nombre de “dinámicas de grupo”
a aquellos métodos en los que se aprovecha la
dinámica natural entre los hombres para dirigirla de tal manera
que los individuos se comporten de una manera muy precisa
y premeditada. Aquí está la esencia de la dinámica de
grupos, en que pretenden modificar el comportamiento de los seres
humanos a través de estas técnicas. Seleccionando con destreza unos
puntos de partida, se les sugiere a los miembros subrepticiamente
una serie de sentimientos, deseos y pensamientos que luego los
líderes del grupo presentan como el verdadero ego que
se tenía reprimido. Puede darse un alivio aparentemente natural, pero
esto no es así, ya que no se ha tocado
el fondo de la persona, sino simplemente una serie de
sentimientos periféricos, suscitados y manipulados por el grupo. En muchos
casos los mecanismos de defensa de los individuos son llevados
al extremo para causar luego daños del todo irreparables.
Es importante
señalar las diferencias entre las dinámicas de grupo y la
psicoterapia. En la psicoterapia los mecanismos de protección y defensa
son muy importantes, pero se dan en un contexto muy
diverso. La psicoterapia trata de averiguar un patrón de comportamiento
o reacción que se ha aprendido en edad temprana. En
el transcurso de una terapia se trata de establecer una
relación intensa entre el paciente y el terapeuta. Esta relación
debe estar llena de confianza, que hace que el que
busca consejo se abra cada vez más durante el análisis.
De esta manera el paciente llega también a comprenderse cada
vez mejor. La introspección de la propia historia personal y
en la historia de la formación del propio carácter lleva
a un mayor y mejor radio de acción y reacción
en las relaciones humanas. Las técnicas psicológicas, como la dinámica
de grupo, subrayan el hecho de que ellas trabajan en
el aquí y en el ahora. En el centro de
ellas está la experiencia momentánea y las emociones presentes. No
se busca un análisis del porqué, sino un cambio inmediato.
Estas
dinámicas de grupo van de acuerdo con los signos de
los tiempos que se vivían fuertemente en dichas décadas: el
cambio por el cambio, la novedad por la novedad misma.
En muchas sesiones de estas dinámicas de grupo, no se
sabía a dónde se quería llegar, lo importante era lograr
que el individuo se pusiera en un proceso de cambio,
especialmente si no se sentía de acuerdo con su personalidad.
El
éxito que han tenido las dinámicas de grupos fue favorecida
por el desarrollo del movimiento de la contracultura, iniciado en
Estados Unidos a mediados de los años sesenta con Allen
Ginsberg, Jack Kerouac y William S. Burroughs que manifestaban desde
los años cuarenta su aversión a la vida burguesa, al
así llamado establishment. Esta escuela o línea de pensamiento hizo
alianza con la “psicología humanista” de Maslow y Carl Rogers.
Eran los psicólogos, como hemos dicho en nuestro artículo anterior,
que querían trabajar en el aquí y en el ahora,
en vez de analizar científicamente cada uno de los casos
que a ellos llegaban. De esta forma se fundó en
la costa oeste de estados Unidos, en Esalen un centro
que quería participar y generar el cambio social artificialmente inducido,
en la destrucción de todas las tradiciones cristianas y occidentales,
y en la introducción de un “supermercado cultural” en el
que hay de todo y en el que cada quien
tiene que ser su propio productor y consumidor.
Caldo de cultivo. Fácilmente
puede inferirse por la situación en la que se daba
por aquellos años, la facilidad con la que la dinámica
de grupos se introdujo en la Iglesia y en especial
en la vida consagrada. Por un lado tenemos la desorientación
de los religiosos, al grado de no saber ya más
quiénes era. La pérdida, artificial y externamente provocada, de la
identidad, dio campo abierto para una búsqueda de sucedáneos que
pudieran satisfacer y dar respuesta a la pregunta más acuciante
de cualquier ser humano: ¿quién so yo? Al no encontrar
respuesta, se lanza desenfrenadamente en busca de aquello que pueda
darle un poco de tranquilidad.
Pudiendo dirigirse a guías seguros, como
el Magisterio de la Iglesia, las sanas tradiciones de su
Instituto, el carisma, por el hecho de que se deja
guiar por la situación del momento, pierde confianza en sus
superiores, en las tradiciones, en los dogmas de la Iglesia
y los juzga cada vez más con ojos del mundo.
Deja de verlos sobrenaturalmente para verlos con ojos humanos. Se
alza entonces una barrera entre lo que debería creer y
lo que él quiere creer. Nos encontramos de frente a
la secularización de la vida consagrada, que introduce categorías humanas
a la vida consagrada. Y esto se da en parte
por la influencia de la revisión de la autoridad, la
implantación de la democracia en la Iglesia y el concepto
erróneo de libertad que perneaban por aquel entonces muchos ambientes
religiosos.
Si a estas dos circunstancias unimos una tercera, como es
el influjo cada vez mayor que iban adquiriendo la “psicología
humanista” de Maslow y Rogers, así como la escuela de
Esalen, podemos comprender la rapidez con la que muchos elementos
de la vida consagrada fueron cayendo para ser sustituidos por
elementos psicológicos o por técnicas psicológicas. Hablaremos de algunas de
ellas a continuación.
La dirección espiritual. Es un hecho constatado el abandono
de la dirección espiritual por parte del mundo religioso. Preguntar
ahora quien tiene un director espiritual es aventurarse a ser
tachado de fundamentalista. Basta con el autoritarismo en la vida
espiritual. Cada uno sabe lo que más le conviene, cada
uno, si es el caso, se confronta con el evangelio,
con la regla, con el carisma, hace un discernimiento y
eso basta para seguir adelante.
Lo que sucedió es fácil de
explicar de acuerdo a nuestro análisis anterior. Al perderse de
vista la identidad de la vida consagrada, es decir, el
seguimiento más cercano de Cristo, el querer asemejarse cada vez
más a Él, en su persona y en su misión, se pierden también los medios adecuados para ser y
para progresar en la vida consagrada. Uno de estos medios
lo era sin duda alguna la dirección espiritual. Podemos imaginarnos
el escozor causado en algunas personas, al mencionar la palabra
dirección, cuando lo que se estaba buscando, según ellos, era
una mayor libertad en las personas. Y esto sin mencionar
la lucha acérrima contra todo lo que tuviera relación con
la autoridad o con el autoritarismo. Apoyados en la libertad,
o en el mal concepto de la libertad, se fue
dejando a un lado la dirección espiritual, pero se fueron
introduciéndose aquellas técnicas psicológicas que la sustituirían o por la
labor de un psicoterapeuta o un psicoanálisis. De hecho, un
documento de la Iglesia testimonia esta sustitución. “También la dirección
espiritual en sentido estricto merece recobrar su propia función en
el desarrollo espiritual y contemplativo de las personas. De hecho,
nunca podrá ser sustituida por inventos psíquico-pedagógicos. Por eso aquella
dirección de conciencia, para la cual Perfectae caritatis, 14 reclama
la debida libertad, habrá de ser facilitada por la disponibilidad
de personas competentes y calificadas. Tal disponibilidad será ofrecida ante
todo por los sacerdotes, pues ellos, por su misión pastoral
específica, promoverán su estima y participación fructuosa. Pero también los
otros superiores y formadores, consagrándose al cuidado de cada una
de las personas que les han sido confiadas, contribuirán, si
bien de otra manera, a guiarlas en el discernimiento y
la fidelidad a su vocación y misión.”
Las técnicas psicológicas
que intentan sustituir la dirección espiritual son muchas y variadas,
pero vale poner el acento sobre todo en aquellas de
la “psicología humanista” en dónde el grupo ayuda al individuo
a salir de sus traumas y a ser él mismo,
de forma que encuentre en su propia conciencia la guía
para toda su vida.
La experiencia religiosa auténtica. Al quedar sin el
debido resguardo la identidad de la vida consagrada, es lógico
que las personas que han entregado su vida al Señor,
busquen constantemente hacer la experiencia de Él. De alguna manera,
las normas, la regla de vida, las Constituciones y las
sanas tradiciones, ayudaban a ello. Es cierto también que algunas
de estas prácticas debían ser revisadas, como lo pedían los
documentos conciliares y más concretamente Ecclesiae sanctae II, para que,
libres de todo automatismo o anacronismo, pudieran servir de base
para una fuerte vida espiritual, esto es, para una vida
de unión con el Señor.
Sin embargo, debido a los fenómenos
antes anotados, hubo quienes, en aras de lo que consideraban
una auténtica interpretación del Concilio, anularon todas estas prácticas y
dejaron a las personas consagradas desprovistas de un itinerario espiritual.
Si a ello unimos el “supermercado psicológico” que se daba,
y se da todavía, la exagerada o mal entendida libertad
que se dio en la vida consagrada y la falta
de un director espiritual personal, podemos fácilmente concluir que cada
persona consagrada se construyó su propio itinerario espiritual, en dónde,
desgraciadamente, no faltó muchas veces algunas técnicas psicológicas.
“Muchos de los
participantes de los grupos insisten en que han tenido unas
experiencias religiosas intensas durante las actividades de técnica psicológica. El
obispo Cordes explica ese fenómeno de la siguiente manera: ‘Según
el juicio de autores, incluso católicos, la finalidad declarada de
los ejercicios de dinámica de grupo es la provocación de
emociones que ayudarían a la práctica de la fe y
que abrirían el camino hacia Dios. Pero observándolo con atención,
el punto de arranque y el objeto de referencia de
las emociones no es de ninguna manera Dios y su
obra salvífica en Jesucristo, sino el grupo y algunos miembros
específicos en él. El ejercitante desarrolla una simpatía y un
sentimiento de acogida frente al grupo entero y hacia determinados
compañeros del grupo. Esto se evidencia especialmente en la comunicación
no verbal.’ La relación con Dios, por tanto, no se
profundiza, sino que se relativiza. Un juicio acertado nos dice
que el gozo en el grupo y el gozo en
Dios no son necesariamente lo mismo. Las experiencias religiosas se
identifican erróneamente con las experiencias del grupo.”
La necesidad de
ayudar a las almas. Al enfrentarse a las situaciones
cambiantes del mundo, los agentes de pastoral pueden sentirse angustiados
al no comprender a este mundo cambiante, especialmente a los
jóvenes. No es fácil enfrentar el hecho de ver a
los parroquianos alejarse cada vez más de las actividades de
culto y es triste el panorama que ahora vemos en
Occidente cuando la práctica religiosa dominical en muchos casos no
supera ni el 5% de la población bautizada.
Algunos se han
cerrado en el pasado, pensando que Dios puede remediar todo,
olvidando que Dios trabaja, pero que también requiere de la
cooperación del hombre, especialmente de aquellos que por vocación han
sido llamados a ser obreros de la mies. Su cerrazón
ha originado el dejar abandonada a su suerte a casi
tres generaciones de católicos, de suerte que hoy puede hablarse
del Occidente, especialmente de Europa, como de una tierra de
misión. Corremos el riesgo de ver convertidos a los grupos
católicos, en verdaderos ghettos, celosos de su religión pero carentes
del fuego apostólico que los inflame para conquistar el mundo
para Cristo.
Y es que hablar de conquista, de celo apostólico,
de promoción de actividades, para muchos resulta cosas del pasado
y de un pasado temeroso que hay que superar. Les
suena a régimen totalitario en dónde se ideologizaba. Por ello,
la catequesis, la clase de religión, la animación vocacional se
realiza cada vez más con las técnicas psicológicas ya mencionadas.
Sin duda alguna que una seria formación psicológica es un
apoyo para los agentes de la pastoral. Sin embargo, el
modo y la forma en que los organizadores de las
dinámicas de grupo aprovechan esta necesidad de formación no es
del todo correcta, pues quitando la parte católica, dejan únicamente
la parte psicológica. Y así no es raro en nuestros
días asistir a clases de religión en dónde se habla
de todo, menos de religión católica. O asistir a sesiones
de pastoral vocacional en dónde lo primero que se hace
es una sesión de psicoanálisis para “quitar posibles bloqueos mentales”
en las personas o asegurarse de su identidad sexual.
El panorama
es real y puede parecer desastroso. Lo es. No en
vano muchos seminarios diocesanos y congregaciones religiosas han quedado vacíos
por la aplicación de estas dinámicas de grupo. Y esto
sin hablar de los laicos. Sin embargo sabemos que la
mentira no puede sostenerse por sí misma. Ahora comienzan a
aflorar nuevos brotes de personas consagradas que buscan verdaderamente la
coherencia con la identidad de vida. Hay quienes sin embargo,
por soberbia, no aceptarán su error. Gracias a Dios son
la minoría. La gran mayoría humildemente está aceptando el error.
Para Dios no hay cosa peor que una persona soberbia.
Con los humildes, hace maravillas, sin importar el error cometido,
por más grave que haya sido. Basta recordar el final
del buen ladrón.
CITAS BIBLIOGRÁFICAS
Joseph Ratzinger, Il nuevo popolo
di Dio, p. 291.
2 Benedicto XVI, Discurso, 22.12.2005.
3 Mons. Franc
Rodé, cm. La vida consagrada en la escuela de la
Eucaristía, 25.8.2005.
4 Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares,
Elementos esenciales sobre la vida religiosa, 31.5.1983, n. 1 y
2.
5 Geroge Weigel, El coraje de ser católico, Crisis, reforma
y futuro de la Iglesia, Editorial Planeta, Barcelona 2003, p.
67 – 68.
6“Tener una fe clara, según el Credo de
la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo. Mientras que
el relativismo, es decir, el dejarse «zarandear por cualquier viento
de doctrina», parece ser la única actitud que está de
moda. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no
reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última
medida el propio yo y sus ganas.” Joseph Ratzinger, Homilía
en la misa del inicio del Cónclave, 18.4.2005.
7 Como muestra
de botón de la mala interpretación de los textos del
Concilio, muchos pensaron que la libertad de conciencia a la
que llamaba el decreto Perfectae caritatis significaba el hacer lo
que libremente se quisiera, amparándose en la conciencia, a despecho
de que esta conciencia estuviera rectamente formada y actuara con
pureza de intención.
8 Congregación para los Institutos de vida
consagrada y las sociedades de vida apostólica, Vida fraterna en
comunidad, 2.2.1994, n. 5d
9 Michael M. Weber, Técnicas psicológicas.
Los nuevos seductores, Ed. Christiana – Verlag, Suiza 1997, p.
42.
10 Ibidem, p. 9.
11 Quienes invocaban la posibilidad de experimentar
ad infinitum la vida consagrada, perdieron de vista o hicieron
una interpretación personal del Motu proprio de Pablo VI (6.8.1966)
en dónde fijaba las directrices para la ejecución del Decreto
Perfectae caritatis.
12 Son muchas y variadas las formas de expresar
esta identidad. Creo oportuno mencionar la siguiente, si bien referida
a la formación, pero que engloba magistralmente lo que debe
entenderse por vida consagrada: “Desde el momento que el fin
de la vida consagrada consiste en la conformación con el
Señor Jesús y con su total oblación, a esto se
debe orientar ante todo la formación. Se trata de un
itinerario de progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo hacia
el Padre. Siendo éste el objetivo de la vida consagrada,
el método para prepararse a ella deberá contener y expresar
la característica de la totalidad. Deberá ser formación de toda
la persona, en cada aspecto de su individualidad, en las
intenciones y en los gestos exteriores.” Juan Pablo II, Exhortación
apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 65.
13 Sagrada congregación para
los religiosos e institutos seculares, La dimensión contemplativa, marzo 1980,
n. 11.
14 Michael M. Weber, Técnicas psicológicas. Los nuevos seductores,
Ed. Christiana – Verlag, Suiza 1997, p. 101 – 103.
15
Para este inciso, como para el anterior cito libremente el
libro de Michael Weber, Técnicas psicológicas. Los nuevos seductores.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR