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Autor: Germán Sánchez Griese Patologías psicológicas y dirección espiritual
El director espiritual, desde el primer momento que entabla el diálogo con el dirigido, hasta que se despide, debe ser consciente que Dios lo utiliza como instrumento para llevar a la plenitud vocacional al dirigido.
Patologías psicológicas y dirección espiritual
Premisa de inicio Quien ha comenzado a acompañar a otros espiritualmente,
conocerá el interior de la persona, sus reacciones, su modo
de ser, su conducta, en pocas palabras, conocerá la psicología
de esa persona. Ante este conocimiento profundo de la persona,
y especialemente de frente a problemáticas especiales, el director espiritual
podrá tener dudas sobre los ámbitos de su competencia, es
decir, distinguir los casos en los que conviene que sean
tratado por un profesionista, psicólogo o psiquiatra, y aquellos casos
en los que puede bastar un intervento a nivelo humano.
Ante
tal disyuntiva, la respuesta parte del hecho objetivo que la
dirección espiriual tiene como finalidad el llevar a la plenitud
vocacional a la persona dirigida, cualquiera que sea su vocación.
Un director espiritual por tanto, no es que tenga que
hacer primero de consultor psicológico, hasta que logra sacar la
información que necesita o identificar el problema acuciante de la
persona, y después se convierte en director espiritual. No. El
director espiritual, desde el primer momento que entabla el diálogo
con el dirigido, hasta que se despide, debe ser consciente
que Dios lo utiliza como instrumento para llevar a la
plenitud vocacional al dirigido.
Esta plenitud vocacional o felicidad no se
compone simplemente de elementos espirituales, sino requiere también de componentes
humanos y psicológicos. La dirección espiritual no es para dar
consejos espirituales o para enseñar a rezar o para impartir
una lección personalizada de catequesis o moral católica. Si la
dirección espiritual es ayudar a alcanzar la plenitud vocacional, esta
plenitud vocacional engloba todas las dimensiones del hombre, ya sea
su esfera espiritual, su esfera psíquica, su esfera humana. El
director espiritual deberá conocer por tanto las diferencias entre uan
deficiencia meramente humana y una deficiencia psicológica, de forma tal,
que mientras no medie una fuerte patología psicológica, estará en
posibilidad de ayudar a la persona a superar sus defectos
meramente humanos.
Entendemos como estructura humana las comprendidas por la
inteligencia, la voluntad y la sensibilidad. Estras tres potencias son
las que marcan la naturaleza del hombre, y bien encauzadas,
ayudan al hombre a alcanzar sus ideales bajo todos los
puntos de vista. El director espiritual debería ser un experto
en humanidad y lograr distinguir el ámbito de cada una
de estas potencias y ayudar a desarrollar cada una de
ellas, hasta lograr llegar a la máxima plenitud. Muchos problemas
de la vida espiritual tienen su origen por una deficiente
formación humana en algunos de estos tres campos: inteligencia, voluntad
y sensibilidad.
La premisa de inicio de nunestro estudio es el
aceptar que muchas deficiencias en el hombre actual se deben
a una falta de formación en las potencias de hombre,
inteligencia, voluntad y sensibilidad y que no deben ser confundidas
con deficiencias de tipo psicológico que requieren un intervento profesional.
Estas deficiencias de tipo meramente humano le impiden llegar a
su plenitud vocacional, pero está muchas veces en manos del
director espiritual ayudarlo a superar estas deficiencias. No se trata
por tanto que el director espiritual trabaje como psicólogo, ya
que remover los obstáculos que puedan darse contro la inteligencia,
la voluntad o la sensibilidad, no es lo mismo que
trabajar en problemas de conducta ligados a disturbos o síntomas
psíquicos estructurales de naturaleza clínica y que requieren herramientas
muy refindas y específicas. Pero cualquier director espiritual, al detectar
una deficiencia en la inteligencia, la voluntad o la sensibilidad,
puede sin duda alguna ayudar a la persona a alcanzar
un nivel de plenitud humana que le permita alcanzar la
santidad a la que Dios la llama. No debemos olvidar
que la santidad se construye sobre la base humana y
que siendo ésta débil, frágil o sin fundamentos sólidos, la
santidad se desmonorará y no podrá solidificarse en la persona.
Todo director espiritual deberá ser un experto en humanidad, recordando
aquello que decía Terencio, que siendo hombre, nada de lo
humano se le hacía ajeno.
La situación de la inteligencia,
la voluntad y la sensibilidad. Los peligros de la era en
que vivimos, más allá de las amenzas de guerra o
de los actos terrorísticos o la posibilidad de un encuentro
entre civilizaciones, lo son por la amenaza que sufre el
hombre en su misma vida psíquica: pensamientos, impulsos, instintos, sentimientos,
emociones, modos de reaccionar, ansias, preocupaciones, depreciones nerviosas.
El mundo en
cuanto tal gira velozmente sin dar tregua a la reflexión,
a la asimilación del sucederse de los eventos y a
la incorporación de los nuevos descubrimientos a nuestra cultura, a
nuestro propio modo de ser. Se pide al hombre ser
actual y no se le da el tiempo para serlo.
Resulta siempre más difícil cada día encuadrar la vida en
las veinticuatro horas del día, por los miles de compromisos
que debemos cumplir en plazos relativamente cortos.
Los países técnicamente más
avanzados y un gran número de personas de vasta capacidad
intelectual y afectiva de altos ideales, padecen estos fenómenos
en su propio organismo. Se habla de que en Estados
Unidos cerca de nueve millones de personas no puden dormir
sin recurrir a medicinas, aproximadamente se cuenta con diez millones
de neuróticos oficialmente declarados, úlcera gastro-duodenal en el 85% de
los hombres de negocios y se afirma que la mitad
de las muertes en un año se deben a la
hipertensión y a las complicaciones cadíacas.
Todo esto nos sucede en
Occidente porque la paz socrática en la que las ideas
debieran sucederse en un orden justo y por grados, se
ha perdido debido a nuestra manera de pensar. Hemos malbaratado
y sustituido el equilibrio clásico de los griegos, Sophrosine, con
una avalancha de imágenes tumultuosas, de ideas discordes y desordenadas,
incapaces de fijarse y de expresarse en nuestro espíritu. Sartori
ha afirmado incluso que la capacidad de razonar en
el hombre queda irremediablemente disminuida al exponernos a los programas
televisivos desde temprna edad. Al faltar esta paz y con
ella la posibilidad de concentrar la atención en una sola
cosa por vez, nos encontramos confusos, con el cerebro cansado,
nerviosos, inquietos y muy posiblemente con insomnia.
En la vida
volitiva, la voluntad, faltan los deseos y las decisiones, no
se encuentran el carácter en los hombres ligado a principios
estables que saben ver y afrontar cara a cara las
dificultades. Non encontramos con personas sin principios, sin una voluntad
fuerte; hombres que por la edad podrían ser adultos, pero
que por su falta de voluntad son adolescentes, vencidos por
las circunstancias de la vida y tentando siempre el suicidio.
Se da en ellos una cantidad inmensa de impulsos incoherentes
y desiderios fuera de toda medida, fruto de excitaciones externas
o de instintos desenfrenados que eliminan las decisiones ponderadas, goberndas
por la razón y producen por tanto indecisiones, falta de
voluntad, inconstancia, depresiones. En la vida afectiva, nos encontramos hombres hechos
de sentimientos y de emociones, que no siguen la moderación
de las personas equilibradas. Se da un amontonamiento de impresiones
anormales e incoherentes, de excitaciones precocers, britales, de temores y
deseos exaltados que se imprimen en la persona y que
se exageran y se transfieren en objetos no lícitos, dando
origen a fobias, obsesiones, angustias , preocupaciones y aflicciones.
El panorama
descrito podrá aparecer a primera vista desolador, y lo es.
Quien se ha ya adentrado en el arte de acompañar
espiritualmente a las personas, se habrá dado cuenta de que
muchas de ellas padecen de uno o de varios de
estos síntomas, que les impiden consecuentemente alcanzar una santidad y
una plenitud de vida a las que les está invitando
Jesucristo. La labor de la directora espiritual no será ni
la de enviar al psicólogo a una de estas personas,
ni tampoco la de trabajar con ella para quitar estos
obstáculos y luego, trabajar en metas espirituales. La labor del
director espiritual es la de identificar en qué potencia del
hombre se encuentra el obstáculo, dar los medios adecuados y
continuar trabajando en un programa de vida espiritual. Será consciente
sin embargo, que mientras no logre superar los obstáculos humanos,
será difícil que alcance la plenitud vocacional, puesto que dicha
plenitud comporta un equilibrio humano.
Detectar en las distintas potencias del
hombre ... El director espiritual que acompaña a una persona a
la siempre constante búsqueda de la plenitud vocacional, santidad o
felicidad completa, deberá tener en cuenta los mecanismos o factores
de las potencias humanas, tales como el factor mental o
del pensamiento, por medio del cual la persona acompañada se
hacer cargo de la posesión, actual o inminente del bien,
que es la santidad y todos los medios que ella
comporta. Un segundo mecanismo es el factor volitivo-ejecutivo, que conserva
y hace aumentar el ideal de santidad. Un tercer y
último factor es el afectivo-emotivo, por el cual la persona
siente y gusta. De tal forma que las potencias humanas
se coordinan entre sí de forma que la mente tiene
una clara idea del fin que quiere alcanzar, osea, la
santidad de vida; la voluntad busca poseer dicho ideal y
pone en práctica los medios que conlleva a lograr tal
fin; y el sentimiento o sentido de satisfacción coadyuva al
todo de forma que la persona se siente satisfecha y
contenta con lo ya alcanzado, si bien siempre habrá espacio
por mejorar.
Tal es el esquema de una persona sana, que
no quiere decir el de una persona que no deba
luchar, esforzarse, sacrificarse y hasta sufrir por alcanzar el ideal
de perfección al que Dios le ha llamado. Es una
persona que pone en juego las tre potencias humanas de
la razón, la voluntad y el sentimiento, de forma que
sabe aplicarlas en el presente para conseguir un bien en
el futuro.
Sin embargo se dan casos, y cada vez son
más frecuentes en la sociedad occidental en la que vivimos,
de hombres y mujeres que se ven lastimadas en una
o en algunas de estas facultades. No es fácil hacer
una generalización de los casos, pero podemos afirmar que la
pérdida del sentido de la vida que ahora observamos en
los países del Occidente, y concretamente en Europa, quitan
de raíz en el hombre la causa por la cual
debe vivir. Un hombre sin esperanza es un sinsentido y
por fuerza debe poner su esperanza en algo. Ahora bien,
este algo, si no es trascendente, viene agotado eventualmente en
el presente y así el hombre que había luchado por
alcanzar ese bien, del cual pretendía una felicidad completa, al
poseer el bien y darse cuenta que no ha satisfecho
sus ansias de felicidad, deshecha el bien y se lanza
en una nueva aventura, buscando en otro bien trascendente la
felicidad plena que no llegará jamás.
Esta búsqueda frenética y desenfrenada
por una felicidad pasajera deja en el hombre hondas huellas
en sus potencias. Bien podemos afirmar que altera dichas potencias
privándolas de su fuerza originaria, desencadenando una desarmonía total en
el hombre. A algunos les falta claridad y precisión en
la manera de percibir el bien, no saben qué bien
perseguir en la vida, no se dan cuenta por tanto
de lo que hacen en la vida de forma tal
que nada les produce paz o felicidad. Algunos otros demuestran
que no tienen la capacidad de reflexionar, de profundizar un
pensamiento, de razonar lógicamente. A otros los domina un sentimiento
de no saber tomar decisiones, de estar siempre en la
duda de lo que deben elegir y no saben aplicar
la fuerza de voluntad a ningún proyecto. Los hay en
fin que se hacen esclavos de sus sentimientos y de
sus instintos o pasiones, dejándose llevar de las antipatías, de
las repugnancias, de las atracciones sensoriales de inclinaciones que los
alejan de sus propios deberes, llegando a sufrir de melancolías
incurables, de temores, de sufrimientos exagerados.
Hemos mencionado algunos de los
síntomas que pueden darse en las tres facultades del hombre.
El director espiritual tendrá por tanto la obligación de detectarlos
y de ayudar al discípulo, en este caso sin la
ayuda de un profesionista, a re-adquirir las capacidades perdidas o
nunca puestas en práctica.
No es el objeto en este pequeño
artículo el hacer el elenco detallado de todos los remedios
que existen para re-educar y rencauzar las potencias del hombre.
Convendrá decir sin embargo, una palabra sobre cada una de
ellas, de forma que el director espiritual tome conciencia del
papel determinante que él tiene para lograr que la persona
acompañada pueda alcanzar la plenitud vocacional poniendo en juego sus
facultades humanas. Por tanto, lo primero que tendrá que hacer
es detectar la potencia en la que se encuentra el
fallo y dar los consejos necesarios, el apoyo y el
seguimiento adecuado. Podrá darse el caso de que varias facultades
estén afectadas. Si tal es la situación, conviene recordar un
principio psicológico que se deberá atacar aquella facultad que se
ha visto afectada más recientemente, de forma que antes de
que eche raíces será más fácil cortar su injerencia negativa.
Querer trabajar en la potencia afectada más antigua es una
quimera, cuando la persona no tiene todas sus capacidades en
orden. Sanando y fortificando al menos una de ellas, será
más fácil emprender el labor de restructuración de la que
viene afectada por más tiempo.
Conviene tener presente, como regla general
del uso de las facultades, el principio de la abnegación
o del ascetismo, por el cual la persona que busca
un bien, sabe renunciar a otros, viendo en esta renuncia
no un sacrificio, sin osu felicidad. Es la aplicación práctica
de la parábola de la perla preciosa, que visto el
valor, se vende todo –se sacrfica todo-, con tal de
poseer la perla. Para quienes acompañan a otras personas consagradas
este ascetismo tiene como base y modelo la misma vida
de Cristo: “La respuesta de Cristo, de pobreza, castidad y
obediencia, le condujo a la soledad del desierto, al dolor
de la contradicción y al abandono de la cruz. La
consagración del religioso se adentra por ese mismo camino, no
puede ser un reflejo de la consagración de Cristo, si
su vida no lleva consigo la abnegación. La vida religiosa
misma es una expresión permanente, pública y visible, de conversión
cristiana. Exige el abandono de todas las cosas y el
tomar la propia cruz para seguir a Cristo con la
vida entera. Lo cual lleva como consecuencia la ascética necesaria
para vivir en pobreza de espíritu y de hecho, para
amar como Cristo ama, para someter la propia voluntad, por
Dios, a la voluntad de otro que le representa, aunque
imperfectamente.”
Tomando en cuenta esta abnegación, que no es sino
la otra moneda de una elección, el director espiritual ayudará
al dirigido a formar una inteligencia capaz de penetrar
el sentido de las cosas logrado a base de ejercicios
de atención, la capacidad de autosugestionarse para alcanzar una meta
prefijada.
En lo que se refiere a la voluntad, deberá
entrenarla a través de pequeñas metas, sabiendo diferenciar un acto
eficaz de la voluntad de un simple deseo, una intención
de hacer una cosa, un impulso o una veleidad o
capricho. Para ello deberá enseñarlo a precisar el acto que
debe cumplir, ayudarlo a examinar si la decisión es posible
llevarla a cabo, buscar un motivo o motivación por el
que debe cumplir dicho acto y por fin, ayudarlo a
querer sinceramente el llevar a cabo dicho acto. Este último
aspecto es el más importante para poner en marcha la
fuerza de voluntad.
En lo que se refiere a las emociones,
el director espiritual hará muy bien en explicar el origen
y la posibilidad de controlar los sentimientos y las emociones,
partiendo del principio moral de que “sentir no es consentir.”
La persona puede sentir un sinúmero de emociones y sentimientos,
pero por el sólo hecho de sentirlos no está obligada
a dejarse llevar por dichos sentimientos, especialmente cuando éstos son
contrarios a las obligaciones de estado o a los medios
que se han elegido para lograr la propia santificación. Así,
quien se siente triste en un día nublado, no por
eso se dejará llevar de tal sentimiento y dejará de
asistir al trabajo o lo cumplirá con menos perfección. Para
ello, el director espiritual puede poner a disposición del diirgido
los siguientes pasos para controlar las emociones. En primer lugar
enseñará al dirigido a no sar pie a pensamientos que
causan emociones o sentimientos que son contrarios a la voluntad
de Dios, haciendo que su mente se ocupe en otros
pensamientos o enpensamientos que produzcan sentimientos acordes con la voluntad
de Dios. En segundo lugar le enseñará a cambiar, mediante
una oportuna educación, el valor que da al estímulo que
ha provocado dicho sentimiento o al menos, a considerarlo en
modo diverso al que está acostumbrado. Muchas veces se absolutiza
el estímulo que causó el sentimiento, de forma que es
muy difícil salir de dicho estado de ánimo. En tercer
lugar, lo enseñará a identificar la idea perturbante. Lo ayudará
en una cuarta etapa a extirpar los sentimientos y las
tendencias negativas, para después pasar a vivir las emociones positivas.
Todo
esto se refiere a una educación de las potencias humanas
que el director espiritual, sin ayuda de un profesionista puede
llevar a cabo. Este proceso de ejercitar las potencias del
hombre, no es otra cosa que el control del la
razón y de la voluntad sobre los sentimientos, los instintos
y las pasiones. Algo que antes del Concilio Vaticano II
se enseñaba en todos los seminarios y noviciados y que
después ha caído en desuso por una mala interpretación de
los conceptos de libertad, conciencia y abnegación. Cuando por libertad
se ha entendido simplemente la capacidad de elegir, sin tomar
en cuenta qué es lo que se elige, por qué
se elige y para que se elige; cuando por conciencia
se entiende la posibilidad de actuar de acuerdo a aquello
que el individuo retiene por bueno y no de acuerdo
a una conciencia fundada en lo que objetivamente es bueno;
y cuando por abnegación se entiende la humillación de la
dignidad de la persona y no la capacidad de dejar
a un lado lo que no se ha elegido, entonces
podemos comprender el porqué se ha arrinconado y olvidado este
ejercicio ordenado de las facultades, poniéndose en primer lugar las
emociones, los sentimientos, los instintos y las pasiones.
Cuando el problema
no está en las potencias del hombre. Pero puede suceder que
el problema no se encuentre simplemente en el pensamiento,la voluntad
o los sentimientos, sino en otra esfera del hombre, su
esfera psíquica. Nos referimos por tanto no a un problema
en la potencia del hombre, sino de su estructura, de
la forma en que está configurado internamente. Pueden darse caso
de hombres y mujeres, por ejemplo, cn una mente brillante,
pero persuadidos por la idea de que alguien quiere hacerles
daño y viven en una constante angustia.
En esta esfera
pueden darse dos tendencias concretas que requieren, ahora sí, de
la intervención de un profesionista, Nos referimos a las patologías
y a los desórdenes de la personalidad o inmadurez.
Patologías. Convendrá revisar
ahora la forma en que el director espiritual puede identificar
estas patologías, aunque no todas se presentan con la misma
gravedad, pero que poseen estos componentes a nivel de la
estructura de la persona.
Podemos afirmar que necen de un disturbo
más o menos profundo de la personalidad, con raíces remotas
en el tiempo, sin que el individuo pueda reconocer el
origen y el funcionamiento o la necesidad psíqica que quieren
satisfacer.
Estas patologías van a disturbar la relación con la realidad,
distorsionando la percepción de la propia vida o creando expectativas
irreales acerca del propio futuro, sin que la persona advierta
el contraste entre la distorsión de la realidad y la
propia identidad. Ellos se llegan aidentificar con la distorsión que
tienen de la realidad. En modo particular estas patologías disturban
la relación con las otras personas, incluso con Dios y
con su palabra, pero sin que el individuo pueda controlar
sus propios sentimientos y comportamientos.
Un último aspecto que debemos considerar
es el hecho de que no necesariamente estas patologías se
manifiestan en forma constante o manifiestas, por lo que es
conveniente conocer algunas señales dinámico-fenomenológicas que pueden hacer pensar que
el individuo puede tener una situación patólogica. Por ejemplo: Una
constante inestabilidad en la vida, como el caso de quien
constantemente está en la incertidumbre y no se decide jamás
en lo que tiene que elegir, en el trabajo, las
tareas encomendadas, los ideales. Puede reflejarse también en una cierta
incapacidad por intuir o respetar los sentimientos de las otras
personas y sus problemas; tiene una falta de sentido del
mal cometido contra los otros, autojustificación constante frente a las
acciones negativas hacia los otros: “¿qué he hecho de mal?”,
“no he hecho nada de malo”, “es él quien tiene
el problema”. Se dna también acciones impulsivas de carácter sexual
y agresivo con muy poco control, de forma que la
persona no pudiese tomar control de los impulsos (“el impulso
es más fuerte que yo”). En algunas ocasiones están personas
presentan problemas de concentración porque están constantemente obsesionadas con su
problema. Por último muestran pasajes repentinos de exaltación irreal hacia
las personas a estados de crítica absoluta hacia las mismas,
incapaces de integrar en un solo momento los aspectos positivos
y negativos de la persona.
Estos aspectos, repetitivos y agravándose en
el tiempo, hacen pensar de la necesidad de contar con
una ayuda profesionista, por lo que el diector espiritual hará
bien en consultar con dicho profesionista para cerciorarse que se
está tratando de una posible patología psíquica y así planear
la adecuada intervención. Desórdenes de la personalidad o inmadurez. En un
nivel menos grave nospodemos encontrar con las desviaciones que nacen
de un desorden de la personalidad, que pueden ser controladas
por el individuo, al menos en teooría y en una
fase inicial. Es el caso de las inconsistencias psicológicas, de
las que derivan las distintas formas de inmadurez. La situación
es menos seria que la anterior, ya que los desórdenes
de la personalidad siguen las siguientes características.
No hay en sí
misma ninguna figura psicopatológica ni disturbo psíquico estructural, sino un
desorden leve y moderado que crea un problema sobretodo de
gestión de ciertos comportamientos y se manifiesta en la progresiva
rigidez o en el funcionamiento impropio, no tanto descontrolado, de
los procesos normales de adaptación de la persona en los
modos de sentir, de pensar, de evaluar y de actuar,
de advertir y gratificar las propias necesidades.
No suprime en el
sujeto la sensibilidad y la conciencia interior, por lo que
la persona es consciente del propio problema y está en
grado de sufrir con su situación, de percibirla como contraria
a sus ideales, de desearla cambiar y de estar motivado
a luchar contra dicha situación.
No tiene su origen, al menos
normalmente, en un pasado remoto de lapersona, sino en un
tiempo relativamente reciente.
El problema toca un sector de la persona
y no toda su personalidad. No se presenta siempre en
grado de desequilibrar sus activiades normales o de impedir la
posibilidad de controlarse o de dedicarse a cualquir actividad aplicando
todas sus fuerzas y toda su energía.
No implica la pérdida
de la libertad ni el estado inconsciente con distorsión en
la relación con la realidad, sino que es más bien
una limitación de la propia libertad, sobretodo de la libertad
afectiva, que hace siempre más pesada, al límite incluso de
lo insoportable, algunos estados de vida, como el de la
castidad.
Podemos describir en cuatro etapas el proceso de un desorden
de la personalidad. En la primera etapa el individuo se
da a ligeras y veniales gratificaciones, tan ligeras que pueden
pasar inadvertidas, por ejemplo el buscar una persona o un
contacto en momentos de soledad. En la segunda etapa estas
gratificaciones tienden a crear en realidad un hábito que hacenmenos
libre al individuo y menos capaz de controlarse y controlar
una cierta ambigüidad de comportamiento, como por ejemplo desarrollar la
tendencia a evitar momentos y situaciones de soledad afectiva y
a llenarlas rápidamente de presencias gratificantes. En la tercera etapa
el hábito gratificante y gratificado se convierte poco a poco
en automatismo, siempre más exigente y prepotente, en forma tal
que la gratificación de ayer no basta ya y la
conciencia comenzará a adaptarse cada vez más al comportamiento, juzgándolo
con mayor comprensión y benevolencia, hasta llegar a justificarlo. La
última etapa el automatismo permite a la necesidad gratificante de
ponerse al centro de la personalidad y de ahí gobernar
las operaciones de la persona como una motivación inconsciente y
constante.
Estamos a estas alturas delante a una posible desviación menos
grave del punto de vista psíquico o menos negativa bajo
el perfil de una posible recuperación. Es necesario que el
problema venga identificado lo antes posible y que el individuo
sea ayudado a no entrar en el círculo vicioso que
lo conduce lentamente a perder la propia libertad. Es como
un cáncer que contamina a todo el individuo.
Existen algunas señales
a nivel fenomenológico que pueden ser indicativas y útiles para
ayudar a las personas desde un primer momento. Podemos afirmar
que estas personas tienen en general un estilo defensivo con
las siguientes características fenomenológicas. Tienen una tendencia a evitar las
decisiones y no saben comprometerse en decisiones definitivas. Les cuesta
mucho desengancharse de antiguos estilos del pasado o una inclinación
a repetir y repetirse para asegurar una identidad vacilante y
positivo del propio yo. Constantemente tienden a domesticar la realidad,
mitigando las exigencias más costosas. Tienen una percepción subjetiva de
la realidad y miedo a todo aquello que puede ser
distinto de lo oridinario y entran rápidamente en conflicto con
esta novedad. Muestran poca disponibilidad al camino largo y paciente
del ascetismo y quieren resolver rápidamente todos los problemas. Por
último demuestran una habilidad notable para la autojustificación.
El problema en
este caso, el del desorden de la personalidad, es un
problema psicológico y moral, de identidad y de vocación, en
lo tocante a la lucha normal que cada persona debe
sostener todos los días con las propias debilidades y que
queda unida la propia consistencia o inconsistencia interior. Una lucha
que decide el nivel de nuestra virtud y la calidad
y eficacia de nuestro testimonio de vida. Luchas y tentaciones
que son normales en la vida humana y forman parte
del misterio de la vida humana.
Es importante que el director
espiritual se dé cuenta de estos signos y pueda ayudarse
de un profesionsita catòlico o lo pueda derivar a él,
dependiendo del grado de avance de este desorden.
CITAS BIBLIOGRÁFICAS
1Amedeo Cencini,
Quando la carne è debole, Edizioni Paoline, Milano 2004, p.
28.
2 Terencio, Heautontimoroumenos.
3 ““La cuestión es que, en general, la
cultura de la imagen creada por la primacía de lo
visible es portadora de mensajes "candentes" que agitan nuestras emociones,
encienden nuestros sentimientos, excitan nuestros sentidos y, en definitiva, nos
apasionan. El saber es logos, no es pathos, y para
administrar la ciudad política es necesario el logos. La cultura
escrita no alcanza este grado de "agitación". Y aun cuando
la palabra también puede inflamar los ánimos (en la radio,
por ejemplo), la palabra produce siempre menos conmoción que la
imagen. Así pues, la cultura de la imagen rompe el
delicado equilibrio entre pasión y racionalidad. La racionalidad del homo
sapiens está retrocediendo, y la política emotivizada, provocada por la
imagen, solivianta y agrava los problemas sin proporcionar absolutamente ninguna
solución. Y así los agrava.” Giovanni Sartori, Homo videns. La
sociedad teledirigida, Taurus, Madrid, 1998.
4 “Esta palabra se dirige hoy
también a las Iglesias en Europa, afectadas a menudo por
un oscurecimiento de la esperanza. En efecto, la época que
estamos viviendo, con sus propios retos, resulta en cierto modo
desconcertante. Tantos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza,
y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo.
Hay numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer milenio,
perturban el horizonte del Continente europeo que, « aun teniendo
cuantiosos signos de fe y testimonio, y en un clima
de convivencia indudablemente más libre y más unida, siente todo
el desgaste que la historia, antigua y reciente, ha producido
en las fibras más profundas de sus pueblos, engendrando a
menudo desilusión ». Entre los muchos aspectos indicados con ocasión
del Sínodo, quisiera recordar la pérdida de la memoria y
de la herencia cristianas, unida a una especie de agnosticismo
práctico y de indiferencia religiosa, por lo cual muchos europeos
dan la impresión de vivir sin base espiritual y como
herederos que han despilfarrado el patrimonio recibido a lo largo
de la historia. Por eso no han de sorprender demasiado
los intentos de dar a Europa una identidad que excluye
su herencia religiosa y, en particular, su arraigada alma cristiana,
fundando los derechos de los pueblos que la conforman sin
injertarlos en el tronco vivificado por la savia del cristianismo.
En el Continente europeo no faltan ciertamente símbolos prestigiosos de
la presencia cristiana, pero éstos, con el lento y progresivo
avance del laicismo, corren el riesgo de convertirse en mero
vestigio del pasado. Muchos ya no logran integrar el mensaje
evangélico en la experiencia cotidiana; aumenta la dificultad de vivir
la propia fe en Jesús en un contexto social y
cultural en que el proyecto de vida cristiano se ve
continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos es más
fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de
que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere
una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse
por descontada.” Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n.
7.
5 Sagrada congregación para los religiosos e institutos seculares,
Elementos esenciales sobre la vida religiosa, 31.5.1983, n. 31.
6 Para
toda esta sección recomendamos el libro, Narciso Irala, Control cerebral
y emocional, Ed. El Mensajero del Corazón de Jesús, Bilbao,
58º edición, que citamos libremente.
7 Amedeo Cencini, Quando la carne
è debole, Il discernimento vocazinale di fornte alle immaturità e
patologie dello sviluppo affettivo-sessuale, Paoline ediotriale libri, Milano 2004, pp.
34 – 39.
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