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Autor: German Sanchez Griese | Fuente: Catholic.net Despertar del Carisma
El carisma no actúa por sí sólo. No es la varita mágica que por sí misma, invocando su nombre y haciendo unos movimientos extraordinarios, soluciona todo rápida y eficazmente. Es necesario trabajar el carisma, hacerlo trabajar en nosotros
Despertar del Carisma
¿Por qué es importante despertar el carisma? El inicio del tercer
milenio está siendo para la vida consagrada un momento de
gran trascendencia. Se han dejado a un lado los aldabonazos
de lo que fueron los inicios del período de la
renovación, con todo lo que ello pudo traer de error
o de extremismos. Dejados también ya a un lado los
tiempos ad experimentum, los Capítulos extraordinarios para la revisión de
las Constituciones a la luz de las disposiciones emanadas por
el Concilio Vaticano II, se puede hacer el balance de
lo acontecido.
Necesario, y triste por cierto, es conveniente también
hacer el recuento de las bajas en el campo de
batalla. Quitarnos de eufemismos y llamar las cosas por
su nombre, es signo de madurez y de una voluntad
que quiere buscar una solución a lo acaecido, cuando lo
que ha ocurrido no debería nunca haber pasado, o por
lo menos, no era necesario que hubiese sucedido. Así como
también ver el futuro con esperanza, dando gracias por el
pasado y viviendo con confianza el presente, es signo de
una postura verdaderamente cristiana y de gran confianza en Dios,
Padre providente.
Ponernos ante el presente sin añoranzas por el pasado,
ni angustia por el futuro, es poner los ojos en
las inmensas posibilidades que se abren a la vida consagrada
en el Tercer milenio, tal como profetizaba Juan Pablo II.
“¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la
Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que
aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de
Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor
al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar
la vista para verla y, sobre todo, tener un gran
corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos.” Es
también aceptar la situación tal y como se presenta, sin
angustias, temores, pero con pleno realismo .
De frente a tal
postura es posible decir que los retos que enfrenta la
vida consagrada son la de mantenerse fiel a sí misma,
después del vendaval. “Ser lo que tienes que ser” bien
podría ser el lema sugerido a la vida consagrada para
este perído de su historia. En la fidelidad a su
esencia, es decir, en la fidelidad al seguimiento de Cristo
a la manera del Fundador, se encuentra la clave para
no sólo no sucumbir, sino para florecer y cumplir con
la misión que Cristo y la Iglesia le han confiado.
Misión
que bien podría resumirse en lo anotado en artículos anteriores:
la invitación de Juan Pablo II a la vida consagrada
para llevar a cabo la nueva evangelización en Europa es
aún una tarea incipiente; la misión que tiene de aportar
una esperanza a este mundo, está dando sus primeros pasos;
el convertirse en verdaderos maestros y guías del espíritu, es
un largo camino aún por recorrer; la adecuada gestión de
las comunidades religiosas, en donde el gobierno debe ser sobretodo
un gobierno de animación espiritual; la mayor participación e incidencia
de las personas consagradas con los laicos.
Por lo tanto, nos
encontramos con dos frentes: el de la identidad y el
de los retos que debe afrontar la vida consagrada. Pero
tenemos también un medio: el carisma.
Pero el carisma no actúa
por sí sólo. No es la varita mágica que por
sí misma, invocando su nombre y haciendo unos movimientos extraordinarios,
soluciona todo rápida y eficazmente. Es necesario trabajar el carisma,
hacerlo trabajar en nosotros. Es necesario que despertemos al carisma
en nosotros mismos.
Cada uno de los elementos que conforman la
consagración pueden estar informados por el carisma. Pero se requiere
la libre participación y el libre ejercicio de la persona
consagrada, para hacer que ella integre en su vida esos
elementos de la vida consagrada, impregnados y vivificados por el
carisma, de forma que sean los principios rectores de todo
su ser y de todo su actuar. Sin esta libre
participación no puede darse la persona consagrada, pues hablaremos entonces
o de un títere a merced de sus pasiones, de
sus sentimientos y de las circunstancias o de una persona
forzada a hacer lo que no quiere. Es necesario que
la persona quiera vivir el carisma, quiera hacer que el
carisma cobre vida en ella misma e impregne todo su
actuar. A este querer lo llamamos despertar del carisma.
Despertar
el carisma será hacer que el carisma actúe en la
persona consagrada, en todos los niveles que conforman su persona,
logrando que todo su obrar y su ser queden impregnados
de una identidad clara y definida. Que su pensar y
su querer sean el pensar y el querer de una
persona consagrada, que el obrar sea el obrar propio de
una persona consagrada. Para ello, es necesario que el carisma
impregne, penetre y se llegue a configurar plenamente con la
persona que vive el carisma, de forma que no haya
una distinción entre carisma y persona, sin por esto suprimir
las personalidades individuales. Al contrario, el carisma no sólo no
cancelará dichas individualidades, sino que las potenciará y las elevará,
pues al irlas purificando de todo aspecto ajeno a la
consagración, hará que brille más el aspecto humano para beneficio
del carisma.
Despertar el carisma en el nivel humano es motivar
a la persona consagrada para que conozca el pensamiento del
Fundador, y así asimile no sólo sus palabras, sino sus
intenciones y las ponga en obra. Es adecuar el propio
pensamiento al pensamiento del Fundador, no renunciando por ello a
tener pensar por sí mismo sino a pensar siempre en
sintonía con el Fundador. Es poner al servicio de este
pensamiento, de este carisma, todos los dones propios y hacer
que el pensamiento del Fundador cobre forma en la mente
de la persona consagrada y se enriquezca con sus dones
personales.
Despertar el carisma es aplicar este pensamiento del Fundador
-enriquecido con el pensamiento propio-, a las situaciones actuales, en
forma tal que la persona consagrada pueda desarrollar y aplicar
el carisma en los tiempos actuales. Es un trabajo que
requiere un doble conocimiento y amor: conocimiento del carisma y
amor a él y conocimiento y amor a las situaciones
actuales. La persona consagrada hace de las situaciones actuales un
momento propicio para poner en práctica el carisma. No se
angustia por el presente, ni añora el pasado, sino que
se lanza para aplicar las líneas fundamentales del carisma en
las circunstancias concretas del presente.
Despertar el carisma es tener un
solo querer con el Fundador. Es ver la vida con
los ojos del Fundador y querer lo que él quería,
que no es algo diverso a lo que Cristo quiere.
Si el carisma es la actuación práctica del amor de
Dios al hombre en una situación específica y con unos
medios específicos, despertar el carisma no será otra cosa que
el buscar el querer de Dios en cada instante y
situación de la vida. Se quiere lo que Dios quiere,
porque se vive el carisma.
Despertar el carisma es sentir con
el corazón del Fundador, que es el corazón de Cristo.
Si los fundadores se han dejado enamorar de Cristo al
grado que no hay ya ninguna diferencia entre los sentimientos
de Cristo y los sentimientos del Fundador, la persona consagrada
al despertar el carisma encuentra la forma para hacer que
sus sentimientos sean los mismos sentimientos de Cristo. El Fundador
ha dejado una escuela viviente de amor por Cristo y
amor por los semejantes, escuela que puede ser seguida por
la persona consagrada cuando hacer despertar en ella misma el
carisma.
Despertar el carisma es vivir la madurez humana, “la cual
se comprueba, sobre todo, en cierta estabilidad de ánimo, en
la facultad de tomar decisiones ponderadas y en el recto
modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres.”
Es asumir responsabilidades, llevarlas adelante, saber emitir juicios, pero teniendo
siempre como base la opción que se ha hecho de
seguir en todo el pensamiento del Fundador que ilumina en
todo a la persona consagrada.
Despertar el carisma es importante para
la persona consagrada que quiere encontrar una seguridad en esta
vida y no dejarse zarandear por ningún viento: “Cuántos vientos
de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes
ideológicas, cuántas modas del pensamiento… La pequeña barca del pensamiento
de muchos cristianos con frecuencia ha quedado agitada por las
olas, zarandeada de un extremo al otro: del marxismo al
liberalismo, hasta el libertinismo; del colectivismo al individualismo radical; del
ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo,
etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo
que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres,
sobre la astucia que tiende a inducir en el error
(Cf. Efesios 4, 14). Tener una fe clara, según el
Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo.
Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse llevar «zarandear
por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud
que está de moda. Se va constituyendo una dictadura del
relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo
deja como última medida el propio yo y sus ganas”
No es ser fundamentalista, sino radical. Despertar el carisma no
es otra cosa que atreverse a “reproducir con valor la
audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y
fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que
surgen en el mundo de hoy ,” con el fin
de tener un norte seguro dónde apuntar en la vida
consagrada y contar con un medio seguro y eficaz que
el Espíritu Santo otorgó a la Iglesia a través del
Fundador. Por ello, para vivir con radicalidad la vida consagrada,
hay que lanzarse a despertar el carisma.
¿Cómo despertar el carisma
en la persona consagrada? Despertar el carisma no es una cuestión
intelectual, es una cuestión del corazón, entendiendo por corazón la
facultad del hombre por buscar en la libertad lo mejor
para el amado. El proceso que lleva al alma consagrada
a hacer del carisma el centro de su vida y
así fundamentar en él su pasado, presente y futuro, comienza
en el momento en que el consagrado o la consagrada
se cuestiona la fidelidad y la radicalidad en su propia
consagración. Inicia cuando quiere poner en práctica las directrices del
Concilio sobre la adecuada renovación y buscar aplicar los lineamientos
antes citados de la Perfectae caritatis . Podemos decir por
tanto, que el despertar el carisma es un proceso inherente
a la reforma de la vida consagrada, sugerida por el
Concilio y auspiciada en los últimos tiempos por Benedicto XVI
. No es más que un camino de ayuda para
“reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad
de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos
de los tiempos que surgen en el mundo de hoy”
, pues la persona consagrada “tiene (...) una gran historia
que construir.”
Para despertar el carisma la persona consagrada debe
llevar a cabo un proceso que contempla tres momentos importantes.
El primero es un proceso de conocimiento. El segundo es
un proceso de asimilación o vivencia y el tercero lo
es de transmisión. No son tres momentos aislados, sino que
son tres etapas de un mismo proceso. Etapas estrechamente unidas
entre sí, de forma que no puede entenderse una sin
las otras dos. Tampoco puede entenderse estas tres partes del
proceso como una sucesión cronológica por etapas. Deben entenderse como
un proceso único en el tiempo, pero que por motivos
pedagógicos es necesario explicarla por etapas.
Aunada a esta división, que
se hace por necesidades pedagógicas, es conveniente tomar en consideración
que estamos hablando de una realidad espiritual. No debemos olvidar
que el carisma es un don del Espíritu con
el fin de edificar a la Iglesia. Por ello, debemos
siempre considerar que, como parte de la Iglesia, se adecua
siempre al desarrollo de Ella, en conformidad a unos parámetros
muy bien definidos por Cristo, cabeza de la Iglesia. Cristo
es el dador del carisma, por medio del Espíritu Santo.
Él suscita el carisma y suscita también su desarrollo, contando
con la libre colaboración del hombre. El trabajo que humanamente
lleve a cabo la persona consagrada para despertar el carisma,
deberá siempre estar animado por el Espíritu Santo. Por tanto,
ese necesario trabajar siempre dejando campo abierto a la acción
el Espíritu. Querer hacerlo todo sin dejar el campo a
la acción del Espíritu Santo puede ser un signo de
un afán de protagonismo que llega a reducir al carisma
a una realidad meramente humana, alejándose del verdadero don de
Dios para la Iglesia .
Para despertar el carisma la persona
consagrada debe hacer propia la triple experiencia con la
que el Espíritu sugirió al Fundador el nacimiento del Instituto
o congregación religiosa. Esta triple experiencia corresponde al triple movimiento
del que hemos ya hablado: conocer, vivir y transmitir el
carisma, que en este caso se aplican directamente al Fundador.
El fundador conoció qué era lo que Dios le pedía,
esto es, el carisma; el Fundador vivió lo que Dios
le pedía en el carisma; el Fundador transmitió lo que
Dios le pedía en el carisma.
Todo carisma nace de una
necesidad. El Espíritu hace ver al Fundador la existencia de
una urgencia en la Iglesia. Esta urgencia puede ser variada
en su carácter. Puede tratarse de una urgencia material, como
por ejemplo, la necesidad de curar a los enfermos, o
de dar de comer a los hambrientos, o de atender
a los inmigrantes. Puede ser también una urgencia espiritual, como
la de ofrecerse por la reparación de los pecados, o
por la salvación de las almas del Purgatorio, o impulsar
un amor grande a la Eucaristía o al Divino corazón.
Esta necesidad, material o espiritual, es también una necesidad apremiante
en la Iglesia.
Existen diversas formas para solucionar esta necesidad.
Dios puede suscitar a las personas diversas formas de salir
al paso de estas dificultades o apremios. Pueden darse, por
ejemplo, soluciones de tipo meramente material, como la construcción de
hospitales, dispensarios médicos, centros de acogida, escuelas o universidades, por
mencionar tan sólo unas pocas respuestas a esas necesidades. Para
las necesidades espirituales también el Espíritu puede hacer surgir iniciativas
como grupos de adoración y/o reparación, grupos de oración, personas
que promuevan el rezo del rosario, de novenas.
Pero a unas
personas Dios les hace ver dichas necesidades y su solución,
insertadas en el mismo Cristo. Las necesidades materiales o espirituales
no aparecen a los ojos de estas personas como necesidades
materiales o espirituales en el cuerpo místico de Cristo –la
Iglesia-, sino como necesidades materiales o espirituales en el mismo
Cristo y encuentran la solución o la inspiración a la
solución en un misterio de la vida de Cristo. Ahora
el problema fundamental no son ya las necesidades materiales o
espirituales, sino la persona de Cristo. La solución material, como
podría ser la construcción de una escuela o de un
orfanatorio no es la solución principal, sino que es una
manifestación secundaria de la intención principal del Fundador. La intención
consiste principalmente en aliviar la necesidad corporal o espiritual en
el mismo Cristo. Quien por ejemplo construye una escuela, no
lo hace sólo para dar instrucción a un grupo de
niños o jóvenes analfabetas, sino para ayudar a Cristo que
requiere de ser instruido. Su intención no es solamente enseñar,
sino ayudar a Cristo a aprender. Y para ello, Dios
le hace experimentar en una forma del todo original, un
misterio de la vida de Cristo. Es esta experiencia del
misterio de Cristo en forma original la experiencia del Espíritu,
que dará origen al carisma.
Cristo aparece como centro de
todo lo que se debe de hacer, a partir de
haberlo experimentado bajo una característica específica. Esta experiencia del Espíritu
origina en el Fundador toda una espiritualidad, toda una forma
de vivir el misterio de Cristo y el misterio de
la Iglesia y una forma muy peculiar de hacer apostolado
. Esta experiencia del Espíritu no deja indiferente la persona
del Fundador. Ha experimentado de manera peculiar y original a
Cristo. La vida misma del Fundador queda trastocada de esta
experiencia, y lo que antes era una prioridad –la solución
apremiante de una necesidad-, pasa a ser elemento secundario, como
hemos dicho. Se trata ahora de la persona misma de
Cristo, de dar una solución personal a ese Cristo que
ha experimentado en forma particular. El Fundador comienza a vivir
una relación personal con Cristo, en formas muy específicas y
novedosas, dando origen a una espiritualidad. La espiritualidad será la
manera de relacionarse con Dios, a partir de la experiencia
del Espíritu.
Con esta nueva visión y experiencia que el
Fundador ha hecho de Cristo, lo que eran las necesidades
apremiantes, pasan a un segundo plano. Ahora se ve a
Cristo en esas necesidades apremiantes. El Fundador penetra y va
más allá del aspecto meramente material o externo de lo
que pudo estar al origen de todo este movimiento del
Espíritu, para ver prioritariamente a Cristo que sufre en esa
necesidad, ya sea espiritual o material. Ahora el impulso del
Fundador se dirige más bien a Cristo, que se encarna
en la necesidad. Solucionará sí, la necesidad, pero teniéndola como
trasfondo. El papel principal es ahora ayudar a Cristo, a
la misma persona de Cristo. Para el Fundador, Cristo se
presentará en la necesidad peculiar. Sin embargo, ya no es
la necesidad lo que hay que paliar, ahora el objetivo
es aliviar el sufrimiento de Cristo que se presentan de
una forma muy especial en la necesidad que ha dado
origen a todo este proceso. Este movimiento de querer ayudar
a Cristo en la necesidad particular, será la intención del
Fundador, que se equipara a la intención de la Congregación.
El Fundador al querer solucionar el problema del Cristo que
sufre específicamente en una necesidad, tiene una intención muy específica.
Esta intención dará origen al nacimiento de una Congregación o
instituto religioso. Esta forma de solucionar el problema da origen
a las intenciones del Fundador, intenciones que miran no sólo
al aspecto material de la situación, sino, sobretodo, al aspecto
espiritual. Su intención primaria es aliviar a Cristo que sufre
de alguna manera.
En un siguiente paso, el Fundador toma
de la experiencia del Espíritu, aquellos elementos de la espiritualidad
que Dios le está haciendo vivir en su vida personal
y los aplica a la necesidad que dio origen a
todos estos movimientos. Con esta experiencia del Espíritu, el Fundador
ilumina, ahora sí, la necesidad que dio origen a dicha
experiencia, y con todo aquello que ha experimentado, con todo
aquello que ha visto en la oración, se lanza a
dar una solución al problema, pero que será ante todo,
una solución a una carencia espiritual, no meramente material, como
hemos ya antes explicado. Nacen entonces las obras de apostolado
y las maneras de llevar a cabo dichas obras de
apostolado, siempre surgidas por la experiencia del Espíritu.
Este triple
movimiento, conocer, vivir y transmitir, comienza cuando se comparte la
experiencia del Espíritu que hizo el fundador y que es
el origen del carisma. Una vez que se comparte esta
experiencia, la persona consagrada no permanece indiferente, nace en ella
un deseo de vivir lo experimentado, para después comunicarlo y
transmitirlo a los demás. Estos tres momentos no se dan
simplemente por un mero proceso humano o intelectual, requieren de
la participación de la voluntad, del corazón. Querer conocer lo
experimentado por el Fundador, querer vivirlo y querer transmitirlo, es
algo muy distinto que un simple conocimiento intelectual. Es necesario,
claro que sí, tener un conocimiento preciso, pero es más
necesario también implicar la voluntad en este proceso. Hay que
bajar de las ideas a los actos de la voluntad.
Hay que pasar del conocimiento teórico al conocimiento experimental, de
la vivencia impersonal a la vivencia práctica del día a
día. De la transmisión mecánica a la transmisión cordial. Y
para ello, es necesario aplicar en cada uno de estos
procesos una mística, entendida aquí como la fuerza interior o
ímpetu espiritual que procede de la fe y del amor,
la mística mueve a una persona hacia los ideales que
el carisma le propone. Donde hay mística, hay un conocimiento
experimental del carisma, hay una vivencia fiel y personal a
todo lo que propone el mismo carisma y hay frutos
apostólicos en la transmisión del mismo. Por ello, junto con
los procesos de conocer, vivir y transmitir el carisma, es
necesario que la persona consagrada cree una mística del conocimiento
del carisma, una mística de la vivencia de dicho carisma
y por último una mística en la transmisión del carisma.
En cada uno de los artículo subsecuentes, dedicaremos un apartado
para explicar cada uno de estos aspectos de la mística.
Bibliografia, En
este sentido traigo a colación unas palabras que justamente quieren
reflejar la situación actual de la vida consagrada, que muchas
veces, cubriéndola de eufemismos, no nos deja enfrentar a ella
con toda la crudeza a la realidad: “Se usan eufemismos
para enmascarar una realidad que hace daño: redimensionamiento de las
obras, para no decir que se ha visto obligado a
cerrar conventos, casas, instituciones; cualificación de las vocaciones y apertura
a la internacionalidad para compensar la baja desmesurada de los
nuevos ingresos; restructuración de las unidades territoriales para no confesar
que las provincias no se pueden sostener por sí mismas
y que progresivamente van a desaparecer.” Fabio Ciardi, Inutilità, distrazione,
vulnerabilità: punti forti della vita consacrata, en Dove ci porta
il Signore, Paoline editoriale libri, Roma, 2005, p. 62. O
como decía también una superiora provincial del norte de Italia,
que su trabajo consistía ahora en animar a las casas
de reposo que tenía la Congregación en la provincia, porque
habían desaparecido las escuelas y los hospitales que antes tenían
en esa área. Juan Pablo II, Carta apostólicaNovo Millennio
Ineunte, 6.1.2001, n. 58. “Si tuviese que resumir (la
actitud teológica y espiritual que debemos tener) en una frase,
que no quiere ser irónica, sino profundamente espiritual, yo diría
ésta: ¡Calma! La situación es solamente grave. En otras palabras,
es grave –y estoy convencido que en el próximo futuro,
desde el punto de vista numérico, lo será aún más-
pero mantengamos las cosas en orden. Recuerdo las palabras del
entonces prefecto de la Congregación de los religiosos, cardenal Hamer,
cuando vino a hacernos una visita durante el Capítulo general
de los claretianos en 1985: <>.
Creo que dichas palabras sean perfectamente válidas hoy también. Preocuparse
es signo de responsabilidad; angustiarse, en cambio, sería signo de
falta de fe en el Señor que, suceda aquello que
suceda (incluida la posible desaparición de la comunidad, la provincia
o el Instiuto), guía la historia.” José Rovira, La vita
consacrata in Europa: realtà e atteggiamento teologico-spirituale, en Dove ci
porta il Signore, Paoline editoriale libri, Roma, 2005, p. 40.
Concilio Vaticano II, Decreto Optatam totius, 20.10.1965, n.
11. Card. Joseph Ratzinger, Momilía en la misa
por la elección del Sumo Pontífice, 18.04.2005. Juan Pablo
II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37.
“Los Superiores de los Religiosos tienen la obligación grave que
han de considerar de primaria importancia, de fomentar por todos
los medios a su alcance la fidelidad de los religiosos
al carisma del Fundador, promoviendo al mismo tiempo la renovación
que prescribe el Concilio y exigen los tiempos. Harán todo
lo que esté en su mano para que los religiosos
sean orientados eficaz y apremiantemente a la consecución de dicho
fin: y, ante todo, procurarán que los religiosos se preparen
para ello con una formación adecuada y que responda a
las exigencias de los tiempos.” Sagrada Congregación para los religiosos
e institutos seculares, Mutuae relationes, 14.5.1978, n. 14. No
podemos ocultar nuestra perplejidad ante el uso que se ha
hecho de este y otros términos referidos a la renovación
que buscaba el Concilio. Utilizamos el término reforma, dentro del
contexto de la adecuada hermenéutica o clave de lectura que
se debe dar al Concilio. Una clave de lectura de
continuidad, no de ruptura, con el fin de desarrollar los
elementos esenciales de la vida consagrada. Desarrollo no es cambio,
sino descubrimiento de lo esencial, supresión de lo accesorio y
aplicación a la vida actual. Juan Pablo II, Exhortación
apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37. Ibidem. n.
110. “La Iglesia es llamada tempo del Espíritu porque
el Espíritu Santo vive en el cuerpo que es la
Iglesia: en su cabeza y en sus miembros; Él además
edifica la Iglesia en la caridad con la Palabra de
Dios, los sacramentos, las virtudes y los carismas.” Compendio del
Catecismo de la Iglesia Católica, Asociación de editores del Catecismo,
Madrid, 2005, n. 159. “Ante todo se pide
la fidelidad al carisma fundacional y al consiguiente patrimonio espiritual
de cada Instituto. Precisamente en esta fidelidad a la inspiración
de los fundadores y fundadoras, don del Espíritu Santo, se
descubren más fácilmente y se reviven con más fervor los
elementos esenciales de la vida consagrada.” Juan Pablo II, Exhortación
apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37. Mons. Franc
Rodé, c.m., prefecto de la congregación para los Institutos de
vida consagrada y sociedades de vida apostólica, en su intervención
al Congreso de la vida consagrada en el 2004, ha
acuñado este término. Creemos oportuno utilizarlo como una forma que
expresa el concepto que queremos transmitir, puesto que no basta
un contacto con el carisma, sino que es necesario incorporarlo
a la propia vida, en todos los niveles que la
vida consagrada comporta. Franc Rodé, c.m. La vita consacrata alla
scuola della Eucaristía, en Passione per Cristo, passione per l’umanità,
Paoline editoriale, 2005, p. 239. Conviene aquí recordar las
características esenciales de todo carisma: “a) proveniencia singular del Espíritu,
distinta ciertamente aunque no separada de las dotes personales de
quien guía y modera; b) una profunda preocupación por configurarse
con Cristo testimoniando alguno de los aspectos de su misterio;
c) un amor fructífero a la Iglesia, que rehuya todo
lo que en ella pueda ser causa de discordia.” Sagrada
Congregación para los religiosos e institutos seculares, Mutuae relationes,23.4.1978, n.
51.
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