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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: . Fidelidad al carisma, entre tradición y renovación
La identidad de la vida consagrada podrá ser de nuevo recuperada cuando las personas consagradas logren vivir con la misma audacia, la misma creatividad y la misma santidad que los fundadores
Fidelidad al carisma, entre tradición y renovación
El evangelio de la fidelidad. El evangelio del domingo del quinto
domingo de cuaresma del ciclo C nos habla de un
hecho que aparentemente contradice la fidelidad, y sin embargo puede
enseñarnos tanto al respecto. San Juan evangelista (Jn 8, 1
– 11) en pocas pinceladas sabe trazar magistralmente la escena,
los personajes y sus sentimientos: Jesús que enseña en el
templo, una mujer sorprendida en adulterio, algunos hombres que quieren
apedrearla.
La fama de Jesús se había hecho ya sentir en
todo Israel, nos encontramos en el ápice de su vida
cuando es de todos conocido no sólo su persona, sino
su mensaje, o mejor dicho, la novedad de su mensaje.
Novedad que en algunos ha causado no cierto resquemor al
ver venidas abajo muchas de las viejas creencias sobre las
cuales apoyaban sus vidas. Y no precisamente su vida moral,
sino su vida ritual que de alguna manera les permitía
tener un cierto status de vida. La razón por la
que llevan la mujer adúltera a Jesús es para meterlo
en una trampa, de esta forma tendrían ya un pretexto
para desacreditarlo delante del pueblo que comenzaba a seguirlo. “Si
dice que conviene apedrearla, entonces su mensaje de misericordia, piedad
y amor se desbarata. Si en cambio encuentra justificaciones o
un álibi a la lapidación, se mostrará como contrario a
la ley de Moisés y los profetas. Toda una trampa
tendida con cálculo y con medida. ¿Qué dirá el maestro?
La expectación es grande y sabemos ya la respuesta.
Pero centrémonos
por un momento en la escena: Cristo, la pecadora delante
de él y los hombres que con piedras en la
mano exigen de Jesús una respuesta. Él, Jesús, el hombre
anti-pecado se encuentra delante de un hecho incontestable. El pecado
es precisamente no estar dónde Dios había diseñado al hombre
que estuviera. Pecado, en una traducción del arameo es no
dar en el blanco. El primer hombre, Adán, había sido
diseñado para que estuviera en el paraíso. El Génesis nos
relata como Dios visitaba a Adán, con la brisa de
la tarde. Había un lugar de encuentro común. Después del
pecado, Adán falta a la cita: “He oído tus pasos
en el jardín, tuve miedo porque estoy desnudo y me
he escondido” (Gen. 3, 10). El Señor Dios lo ha
llamado: “¿Dónde estás?” (Gen. 3, 10). Pero Adán no ha
dado en el blanco. Ha faltado a la cita.
Y más
adelante esta historia se repetirá de nuevo con Caín. Los
primeros descendientes de Adán y Eva habían encontrado su puesto
en el mundo, un puesto querido y sancionado por Dios:
“Abel era pastor de rebaños y Caín labrador de la
tierra.” (Gen. 4, 2). Y nuevamente frente al pecado Dios
reclama la presencia del hombre en el puesto en dónde
lo había dejado y el hombre que peca, falta a
la cita, no se encuentra ahí en dónde debería de
estar: “Entonces el Señor dijo a Caín: ‘¿En dónde está
Abel, tu hermano?’ Caín respondió: ‘No lo sé. ¿Acaso soy
el guardián de mi hermano?’ ” (Gen. 4, 9). Esta
historia del pecado como un no estar en el lugar
en dónde Dios había dejado al hombre, se vuelve a
repetir a lo largo de toda la historia Sagrada, reflejo
de la historia humana. Así el pecado el pecado de
Israel que adora el becerro de oro es el pecado
de quien se aleja del Señor, de quien no está
en el lugar en dónde el Señor lo había dejado
(Es. 32, 1 – 35). El pecado de David cuando
toma la mujer de Urías es un no estar en
el lugar en dónde Dios lo había dejado. (2sam. 11,
1 – 27). Podemos por tanto resumir que el pecado
es un traición a Dios, un traicionar el puesto y
las acciones que Dios había diseñado para el hombre. La
mujer adúltera que nos presenta la liturgia del quinto domingo
de cuaresma es una representación de la traición a Dios
y a los deberes maritales. La mujer debía estar con
su marido, en las tareas propias de su estado de
vida. Pero no se encuentra ahí. Ha traicionado a su
marido: “Los escribas y fariseos le condujeron una mujer que
había sido encontrada en flagrante delito de adulterio” (Jn. 8,
1 – 11). La narración es exacta y no deja
lugar a dudas: la mujer no está en dónde debería
de estar.
Y si esta mujer fuera la representación de la
vida consagrada femenina después del Concilio, ¿a qué conclusiones llegaríamos?
Los
orígenes de la traición de la vida consagrada femenina después
del Concilio. Si la vida consagrada hubiese sido lo que tenía
que ser durante el período del Concilio, muchos descalabros y
dolores de cabeza podrían haberse evitado. Sin afán de simplificar
las cosas ni generalizar todas las situaciones, bien podemos hacer
un análisis del camino que ha seguido la vida consagrada
y constatar si ha traicionado o no a su Señor.
No es fácil afirmar que la vida consagrada femenina ha
traicionado al Señor, que no está en el puesto en
dónde Dios la había asignado, pero debemos remitirnos a las
pruebas y ver como en el día de hoy, el
Señor vuelve a bajar al caer la brisa del día
y dice: “Mujer consagrada, ¿en dónde estás?” Y como Adán,
la mujer consagrada tenga que decir: “He oído tus pasos
en el jardín de mi vida, tuve miedo porque estoy
desnuda de frutos, no he dado los frutos que Tú
me habías pedido, y me he escondido, he faltado a
la cita que me habías dado. No he hecho lo
que debía de hacer.” ¿Qué se esperaba Dios de la
vida consagrada en estos cuarenta años de historia post-conciliar?
Comenzaremos a
analizar la Iglesia, que con el Concilio Vaticano II había
dado impulso a una reforma cuyo objetivo era el de
acercarse más al hombre para colaborar más eficazmente con Cristo
en la labor de la salvación del género humano. Este
es y sigue siendo el objeto del Concilio. Por ello
habría que renovar aquellas estructuras que no reflejaban adecuadamente su
carácter salvífico. El entonces Cardenal Joseph Ratzinger había dicho “Renovación
cristiana quiere decir renovación de aquello que es cristiano. Como
renovación cristiana no quiere sustituir aquello que es cristiano con
cualquier cosa diferente o mejor, sino sólo revalorizar precisamente el
hecho cristiano en su propia novedad.”1 Hoy podemos tristemente
darnos cuenta que muchos de los elementos cristianos, en lugar
de haberse renovado, han sido sustituidos, cambiados, alterados y diluidos.
Cabe preguntarse el porqué de esta alteración o degradación de
dichos elementos.
La respuesta nos la da Benedicto XVI, cuando en
su discurso del 22 de diciembre de 2005 señala el
motivo de las desviaciones en la interpretación del Concilio. Aunque
la cita sea larga, vale la pena transcribirla, con el
fin de conocer con exactitud qué fue lo que ha
pasado durante estos 40 años de historia de la Iglesia.
“La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar
en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar. Afirma
que los textos del Concilio como tales no serían aún
la verdadera expresión del espíritu del Concilio. Serían el resultado
de componendas, en las cuales, para lograr la unanimidad, se
tuvo que retroceder aún, reconfirmando muchas cosas antiguas ya inútiles.
Pero en estas componendas no se reflejaría el verdadero espíritu
del Concilio, sino en los impulsos hacia lo nuevo que
subyacen en los textos: sólo esos impulsos representarían el
verdadero espíritu del Concilio, y partiendo de ellos y de
acuerdo con ellos sería necesario seguir adelante. Precisamente porque los
textos sólo reflejarían de modo imperfecto el verdadero espíritu del
Concilio y su novedad, sería necesario tener la valentía de
ir más allá de los textos, dejando espacio a la
novedad en la que se expresaría la intención más profunda,
aunque aún indeterminada, del Concilio. En una palabra: sería
preciso seguir no los textos del Concilio, sino su espíritu.
De ese modo, como es obvio, queda un amplio margen
para la pregunta sobre cómo se define entonces ese espíritu
y, en consecuencia, se deja espacio a cualquier arbitrariedad.”2
Podemos
comenzar a entrever una de las razones de esta traición
de la vida consagrada al darnos cuenta que el origen
de las arbitrariedades cometidas en aras de la correcta aplicación
e interpretación del Concilio tiene su origen en una falsa
concepción del Concilio. No se debe interpretar el Concilio para
aplicar verdaderamente su espíritu. Se debe aplicar el Concilio, de
acuerdo a los textos mismos, sin dejar margen a la
imaginación, a la pasión personal o a los propios deseos
de innovación. No debemos olvidar que el hombre, el religioso
y la religiosa incluida, no por su consagración religiosa están
exentos del pecado original y por lo tanto sus pasiones
pueden obnubilar su pensamiento. Quien piensa erigirse como rector del
pensamiento de la Iglesia, antes que hacerse un análisis psicológico
para conocer su estado mental, convendría que revisase su alma,
para saber si la soberbia, el orgullo o la vanidad
intelectual no se han apoderado de su ser, pretendiendo erigirse
como centro y arbitrio del Papa o del Magisterio de
la Iglesia. No en vano lo decía monseñor Rodé dirigiéndose
a los religiosos y las religiosas presentes en el Congreso
internacional de la vida consagrada de 2004: “Sin embargo, este
esfuerzo por buscar la novedad no siempre se ha realizado
siguiendo criterios evangélicos de discernimiento. A veces la "renovación" se
ha confundido con la adaptación a la mentalidad y a
la cultura dominante, con el peligro de olvidar los valores
auténticamente evangélicos. Es innegable que "la concupiscencia de la carne,
la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la
vida" (1 Jn 2, 16), propias del mundo y de
su cultura, han ejercido un influjo desorientador, originando conflictos graves
dentro de las comunidades y de las opciones apostólicas, no
siempre fieles al espíritu y a las inspiraciones originales del
instituto. Como siempre en la historia, la Iglesia se encuentra
situada entre el soplo del Espíritu, que abre nuevos caminos,
y las seducciones del mundo, que hacen el camino incierto
y pueden llevar al error.”3
Habiendo identificado el punto clave
de la mala interpretación del Concilio, esto es, el libre
albedrío nacido de una concepción inadecuada del Concilio, producto no
del trabajo de los Padres conciliares sino de componendas que
no expresaban el verdadero espíritu del Concilio, es fácil explicar
el porqué de las interpretaciones personales que se han hecho
durante estos cuarenta años, al margen de la Tradición y
del magisterio de la Iglesia. Este hecho, unido a la
debilidad de la carne, que se adueña del ser de
quienes por excelencia deberían ser los transmisores e intérpretes fidedignos
del Concilio, ha originado una desorientación en la Iglesia, y
en nuestro caso, en la vida consagrada. La constatamos al
leer la introducción al documento Elementos esenciales sobre la vida
religiosa, en donde recalca el hecho de las desviaciones que
se han dado en la vida consagrada: “El resultado ha
sido una experiencia comprensiblemente compleja, con muchos aspectos positivos y
algunos otros notablemente dudosos. Ahora, pasado el período de experimentación
extraordinaria ordenado por Ecclesiae Sanctae II, muchos institutos religiosos dedicados
a obras de apostolado están revisando sus experiencias. Con la
aprobación de sus Constituciones revisadas y la entrada en vigor
del nuevo Código de Derecho Canónico, se adentran en una
nueva fase de su historia. En este momento de reiniciación,
escuchan una vez más la llamada pastoral del Papa Juan
Pablo II a « hacer una evaluación objetiva y humilde
de los años de experimentación, de modo que puedan identificar
los elementos positivos, así como las posibles desviaciones» (Disc. a
la UISG 1979; a los Superiores Mayores de religiosos y
religiosas en Francia 1980). Superiores religiosos y Capítulos han solicitado
de esta Sagrada Congregación directrices para valorar el pasado y
preparar el futuro. También algunos Obispos, debido a su especial
responsabilidad en la promoción de la vida religiosa, han pedido
orientaciones. Por todo ello, la Sda. Congregación para los Religiosos
e Institutos seculares, siguiendo las indicaciones del Santo Padre, ha
preparado esta síntesis de principios y normas fundamentales. Su intento
es presentar una síntesis clara de la doctrina de la
Iglesia acerca de la vida religiosa, en un momento especialmente
significativo y oportuno. Esta doctrina se halla ya formulada en
los grandes documentos del Concilio Vaticano II, particularmente en Lumen
gentium, Perfectae Caritatis y Ad Gentes. Ha sido desarrollada posteriormente
en la Exhortación Apostólica Evangelica testificatio de Pablo VI, en
las alocuciones del Papa Juan Pablo II y en los
documentos de esta Sda. Congregación para los Religiosos e Institutos
seculares, especialmente en Mutuae relationes, Religiosos y promoción humana y
Dimensión contemplativa de la vida religiosa Últimamente, esa riqueza doctrinal
ha sido condensada en el nuevo Código de Derecho Canónico.
Todos estos textos, basados en el rico patrimonio de la
doctrina preconciliar, ahondan y afinan la teología de la vida
religiosa, que vino desarrollándose y adquiriendo densidad durante los siglos
pasados.”4
Así, este elemento de disensión del Magisterio de la
Iglesia, leve o grave que haya sido, preparó como caldo
de cultivo, el ambiente propicio para la inserción de elementos
espurios a la espiritualidad cristiana y a la vida consagrada,
cuyos hechos nos disponemos a analizar a continuación.
Los hechos
de la traición: la identidad desfigurada y la pérdida de
la esperanza. Toda traición, todo pecado, tiene su origen en una
identidad desfigurada y una falsa o débil esperanza. Adán, Caín,
el pueblo de Israel, el rey David y la mujer
adúltera tiene en común una identidad débil o desfigurada en
el momento de la traición y la puesta de su
esperanza en una falsedad, en un sofisma. Sucedería como si
en esos momentos estas personas se hubieran olvidado de ser
lo que eran, para querer ser lo que no eran,
poniendo su esperanza en una ilusión, pasajera o falaz. Así,
Adán se ha olvidado de que es criatura de Dios
y ha querido ser como Dios, una vez que ha
oído la invitación de la serpiente, traída a sus oídos
por Eva: “¡No, no moriréis! Dios sabe muy bien que
cuando comáis se abrirán vuestros ojos y seréis como Dios,
conocedores del bien y del mal.” (Gen. 3, 4 –
5). Adán sabía bien lo que era: una criatura de
Dios, salida de sus manos, plasmada del barro e infundida
de aliento divino. Su identidad era clara hasta que se
presenta el tentador. En ese momento duda de su identidad,
pierde de vista lo que es para querer ser lo
que no puede ser, en este caso, Dios. Pone entonces
su esperanza en aquella mentira que se presenta como verdad
apetecible, seréis como dioses.
La memoria de la identidad es lo
que permite al hombre ser lo que es y llegar
a ser lo que debe de ser. Se olvida de
que es polvo y que al polvo debe tornar (Gen.
3, 19). El pueblo de Israel se olvida que ha
sido sacado de Egipto por la mano poderosa de Dios,
guiado por Moisés y se construye el becerro de oro
(Es. 32, 1 – 35), poniendo en él su esperanza.
Su identidad como pueblo elegido se ve diluida junto con
el oro que utiliza para fundir el becerro y se
olvida de dónde viene y hacia dónde va. Lo mismo
el rey David que desde su terraza ve a la
mujer de Urías y perdiendo su identidad como elegido y
ungido del Señor (1 Sam. 1 – 13) traiciona al
Señor, poniendo su esperanza en un placer pasajero. Por último,
la mujer adúltera pierde su identidad de mujer casada y
se lanza al adulterio, poniendo su esperanza en los brazos
de un hombre que no es su marido.
La memoria
de la identidad, de los hechos, es importante para mantenernos
en lo que somos. Sin una memoria de la identidad,
se cae en el olvido y quién no sabe lo
que es, no sabe de dónde viene, ni a dónde
va. No en vano, Jesucristo formuló su deseo vehemente de
conservar su memoria en la Eucaristía, una memoria que no
sólo recuerda un hecho, sino que, por la virtud sacramental,
lo hace presente: “Haced esto en memoria mía.” (1 Cor.
11, 23 – 25).
A la vida consagrada le ha sucedido
algo semejante en estos cuarenta años. Ha perdido su identidad
y a puesto su esperanza fuera de Cristo. Podemos hablar
por tanto del fenómeno de una identidad desfigurada y una
esperanza falsa, como la de Adán, la del pueblo de
Israel, la de el rey David, o la de la
mujer adúltera. Si bien la identidad de la vida consagrada
en el Magisterio de la Iglesia se ha mantenido a
lo largo del periodo de renovación fiel a como Cristo,
su fundador, la ha querido, se han dado interpretaciones que
han desfigurado su identidad.
Nos preocupa el hecho, no tanto que
se hayan dado esas voces en la disidencia, sino el
hecho que muchas mujeres consagradas (superioras generales con sus consejos)
hayan dado oídos a esas voces y se hayan planteado
y replanteado, sin necesidad alguna, la identidad de su vida
consagrada, llegando en algunos casos, a vivirse la consagración en
una forma del todo desfigurada.
Esta no es una apreciación
personal, sino algo que trasluce en las palabras del Santo
Padre cuando se dirige a las religiosas en el documento
Ecclesia in Europa. “El testimonio de las personas consagradas es
particularmente elocuente. A este propósito, se ha de reconocer, ante
todo, el papel fundamental que ha tenido el monacato y
la vida consagrada en la evangelización de Europa y en
la construcción de su identidad cristiana.) Este papel no puede
faltar hoy, en un momento en el que urge una
«nueva evangelización» del Continente, y en el que la creación
de estructuras y vínculos más complejos lo sitúan ante un
cambio delicado. Europa necesita siempre la santidad, la profecía, la
actividad evangelizadora y de servicio de las personas consagradas. También
se ha de resaltar la contribución específica que los Institutos
seculares y las Sociedades de vida apostólica pueden ofrecer a
través de su aspiración a transformar el mundo desde dentro
con la fuerza de las bienaventuranzas.”5
Si las religiosas hubieran
sido lo que tendrían que haber sido durante el período
que siguió al Concilio, esta invitación de Juan Pablo II
podría no haberse dado. En efecto. El Papa comienza reconociendo
el papel que las religiosas han desempeñado a lo largo
de casi dos milenios en la evangelización de Europa y
a nuestra mente nos vienen la cantidad de instituciones fundadas
por santas y admirables congregaciones religiosas que a través de
la educación, el arte, las obras de caridad cristianas y
muchas otras, supieron injertar en la cultura los valores del
evangelio. Y por contraste nos preguntamos también sobre las obras
que no han puesto en pie las mujeres consagradas en
estos últimos 40 años, para hacer frente a los retos
del mundo moderno, respondiendo así a la invitación del Concilio
para renovarse y renovar el mundo. Y esto es así,
puesto que el Papa vuelve a urgir a las consagradas
lo que desde hace 40 años deberían haber hecho y
el Concilio, en boca de Pablo VI, había sugerido: “Promuevan
los Institutos entre sus miembros un conocimiento adecuado de las
condiciones de los hombres y de los tiempos y de
las necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente
a la luz de la fe las circunstancias del mundo
de hoy y abrasados de celo apostólico, puedan prestar a
los hombres una ayuda más eficaz.”6
Pero si quien podría
haber ayudado al hombre de finales del siglo XX e
inicios del XXI a encontrar el sentido de su vida
en el evangelio, comenzaba ella misma a preguntarse –y a
veces a perder- el sentido de su propia identidad, resulta
muy difícil que ella ayudara a construir en otros lo
que no tenía, lo que creía no tener, o lo
que estaba perdiendo o aparentemente estaba perdiendo: su identidad como
persona consagrada. En cuarenta años podría haberse hecho tanto. No
son ya tiempos antiguos en los que para poner en
pie una obra se necesitaban años y a veces quizás
hasta siglos. Hoy hubieran bastado mujeres que teniendo una visión
profética, como la que Juan Pablo II ha venido señalando
desde el inicio de su Pontificado hasta estos últimos años7
, se hubieran lanzado a poner en práctica lo dicho
por el Concilio y así llevar el mensaje salvador de
Cristo a Europa, que desde mediados de los años sesentas,
era urgente re-evangelizar. Tan sólo hubiera sido necesario, a partir
de los Capítulos Generales Extraordinarios8 sugeridos por la Santa
Sede, el proponer al mundo el carisma originario del fundador
y continuar la labor que aquellos hombres habían hecho en
su tiempo9 .
Sin embargo, para ello, para seguir construyendo en
esta tierra el Reino de los Cielos se necesita tener
una identidad clara, apoyada en una gran esperanza10 . No
es fácil tener encendida la luz del corazón y saber
que todo lo que se es y se hace es
para que venga el Reino de los cielos. Sin esperanza
no pueden leerse los signos de los tiempos para entender
que todo tiempo es favorable para el advenimiento del reinado
de Cristo y continuar, hasta la eternidad, la labor iniciada
por el Fundador. Sin esperanza decae el ánimo y la
lucha por la santidad se hace siempre como cuesta más
arriba. Sin esperanza no puede entenderse la identidad de la
vida consagrada y su quehacer en el mundo convulso en
el que vive Europa11 . Y este tiempo especialmente difícil
requiere de una gran esperanza para vivirlo, tal y como
previene el Papa en el icono-guía de la Exhortación apostólica
post-sinodal Ecclesia in Europa12 . Es la esperanza la que
mantiene viva la fe y la que permite considerar todo
desde la prospectiva de la historia de la salvación, de
forma que sobre la mentalidad de la fe nace la
nueva esperanza13 .
Y muchas veces la esperanza es lo que
más hace falta a las mujeres consagradas en Europa. ¿Quién
les robó la esperanza?
El robo de la esperanza y la
identidad desfigurada. El Concilio Vaticano II hizo un llamado al seguimiento
de Cristo, como ideal que debía conseguir todo fiel cristiano
y específicamente la persona consagrada14 . Ideal que de alguna
manera ha sido corroborado por Juan Pablo II . Para
seguir a Cristo, se necesita tener un gran amor a
Él. Pero cuándo se pone en duda la identidad de
la propia vida, cuándo no se sabe quién se es
en la vida, para qué sirve su existencia en este
mundo, el amor, que es una potencia del alma, no
puede expresarse. La voluntad busca un objeto que amar, pero
es la inteligencia quien le debe proponer dicho objeto. Si
la mujer consagrada no sabe presentar a su voluntad es
decir, a su corazón el objeto de Cristo como la
persona amable, la persona a quien amar, estamos hablando entonces
de una crisis del corazón originada por una supuesta crisis
de identidad. Si yo no sé quién soy, mucho menos
sabré a quién y cómo debo amar. Asistimos por tanto
a una crisis no tanto de identidad –la identidad siempre
ha existido-, sino a una crisis en el seguimiento de
Cristo: “Puesto que todo cristiano recibe un bautismo en Cristo,
todo cristiano tiene la responsabilidad vocacional de hacer a Cristo
presente en el mundo. Aunque esa responsabilidad se vive de
muchas maneras distintas, toda vocación cristiana comienza con el bautismo
y con el compromiso bautismal de que la vida de
cada uno sea conforme a Cristo…Todo cristiano está llamado a
ser santo. Más aún, todo cristiano debe convertirse en un
santo si es que quiere disfrutar de la vida eterna
junto a Dios. Se necesita ser una clase muy especial
de persona para vivir con Dios para siempre, hay que
ser un santo… Todo cristiano yerra en el camino a
la santidad. Algunos de nosotros fallamos a menudo, y muchos
de nosotros fallamos estrepitosamente. Los hombres y las mujeres que
han encontrado de verdad al Cristo Resucitado en la transfiguradota
experiencia de la conversión (una experiencia que puede llevar toda
una vida) viven un tipo de vida diferente: llevan la
vida de un discípulo. Todos podemos y debemos esperar que
nadie será llamado a la vida consagrada si no está
dispuesto a dar fe pública de ese compromiso con Cristo,
en todo momento, sin importar cuáles sean las dificultades… (Lo
contrario) es una crisis de seguimiento de Cristo.”16
La mujer
consagrada en Europa, debería haber seguido a Cristo, teniendo siempre
su corazón volcado en Él. Y de ahí hubiera nacido
una gran esperanza, en Cristo, en ella misma y en
los resultados de su apostolado. Pero algo ha fallado en
estos cuarenta años, algo no ha andado bien. Algo que
no debió haber sido, y sin embargo sucedió. Alguien que
robó su esperanza. Analizaremos este robo de la esperanza siguiendo
la línea magistral de Juan Pablo II que relata lo
sucedido… de una forma indirecta.
En la primera parte de
Ecclesia in Europa el Papa describe la situación de Europa.
A primera vista podría parecer la descripción del mundo laico
y materializado de este Continente y pudiéramos muy bien correr
el riesgo de no aplicarlo al caso de la vida
religiosa. Sin embargo, por la fragilidad del hombre, y por
las heridas que ha recibido la vida consagrada en este
período del post-concilio, es sumamente válido la aplicación de la
situación Europea a la vida consagrada femenina.
Podemos resumir la situación
de la vida consagrada femenina, de la misma forma que
el Papa Juan Pablo II describe la situación en Europa:
“pérdida de la memoria y de la herencia cristiana, agnosticismo
práctico, indiferentismo religioso, la dificultad de vivir la fe en
un contexto social y cultural actual, miedo para afrontar el
futuro, fragmentación de la existencia, prevalece un gran sensación de
soledad, se multiplican las divisiones y las contraposiciones, crisis familiares,
conflictos étnicos y raciales, egocentrismo, cuidado exagerado de los propios
intereses y privilegios, se da una disminución de la solidaridad
interpersonal, se busca fundar una antropología sin Dios y
sin Cristo, una cultura de los medios de comunicación contraria
al Evangelio, un relativismo moral y jurídico, se dejan a
un lado los valores del evangelio en la formación de
la Europa.”17
Explicaremos la forma en que algunas de estas
circunstancias –las más significativas- han venido erosionado el corazón de
la mujer consagrada en Europa, después de haber quedado vulnerado
por una falta de vivencia en la identidad misma de
la consagración.
Pérdida de la memoria y de la herencia cristiana. Los
años que siguieron al Concilio fueron años en que por
un mal entendido concepto de renovación se quería buscar afanosamente
lo más nuevo. Había que renovarse, pero renovarse era, antes
que nada ir al evangelio y a las fuentes, al
origen de la Congregación, es decir, al carisma del Fundador18
. Algunas congregaciones no lo entendieron de esa forma y
pensaron que renovarse era despojarse de conceptos atávicos de la
vida consagrada. Es cierto, con el paso de los años
se habían mezclado muchos rasgos que no eran netamente pertenecientes
a la idea originaria de la consagración, según el evangelio
y según la mente del Fundador. Pero, en lugar de
hacer una criba entre lo que era esencial y lo
que era secundario, se optó por hacer tabula rasa de
todo y, supuestamente, comenzar desde el principio, para inventar, de
esta forma, un nuevo concepto de vida consagrada.
De esta forma
se fueron introduciendo en no pocos institutos elementos ajenos a
la gran herencia cristiana que el monaquismo había dado a
Europa durante la formación de su identidad cultural y más
recientemente, la aportación que en siglo XIX e inicios del
XX, muchas órdenes dieron al saber combinar magistralmente la vida
contemplativa con la vida activa en innumerables obras de ayuda
a la sociedad.
Todo desapareció en pocos años. Y de
esa manera se fueron introduciendo en la liturgia, en la
vida ordinaria, en la disciplina, en los horarios, en los
votos algunos elementos de otras religiones, usos y costumbres que
con un afán de inculturación, iban dejando a un lado
lo esencial de la vida consagrada, al grado que hoy
muchas mujeres consagradas no saben lo que son ni lo
que buscan, por haber perdido la memoria, precisamente de lo
que son y de lo que deben buscar19 .
Agnosticismo práctico Si
por agnosticismo entendemos toda actitud que declara inaccesible al entendimiento
humano todo conocimiento de lo divino y de lo que
trasciende a la experiencia, podríamos considerar que esta actitud estaría
completamente descartada de una persona que se ha donado totalmente
a Dios. Sin embargo, nuevamente las interpretaciones desviadas del Concilio
han hecho lo suyo en este campo, especialmente cuando hablamos
del campo de la psicología.
El Concilio hizo una invitación
para dialogar con el hombre, para poder conocerlo mejor y
así ayudarlo a alcanzar a Dios20 . Muchos creyeron erróneamente
que este conocimiento debía basarse sobretodo en la Psicología. No
cabe duda que la Psicología bien aplicada al conocimiento del
hombre, nos da las bases para un mejor entendimiento de
lo que es él y así ayudarlo mejor a alcanzar
la salvación. Desafortundamente algunas personas no tomaron en cuenta que
varias escuelas de pensamiento psicológico estaban fundadas en una antropología
contraria a la visión cristiana del hombre, negando sobretodo la
apertura al trascendente y el libre albedrío. De esta forma,
con el pretexto de aplicar únicamente los medios e instrumentos
psicológicos, se fueron introduciendo teorías, métodos, estudios que han ido
llevando a crear en ciertas consagradas la idea de que
todo puede resolverse en forma exclusiva por la Psicología y,
en algunos casos, incluso se ha dado una falsa contradicción
entre espiritualidad y psicología.
Por eso hablamos de que un
cierto agnosticismo práctico se ha introducido en las mujeres consagradas
de Europa, al pensar que todo puede hacerse por medios
humanos y se abandona, se duda o se niega el
valor fundamental de la espiritualidad. De ahí que no resulte
extraño el que el Magisterio remarque la necesidad de volver
a Cristo como centro de toda la vida consagrada21 .
Dificultad
de vivir la fe en un contexto social y cultural
actual. El Concilio había pedido la renovación a las Congregaciones religiosas
para que pudieran adecuarse a los constantes cambios del mundo
y del hombre, con el fin de adaptar precisamente a
esas circunstancias el evangelio y así ayudar mejor a la
salvación de los hombres. Las actividades apostólicas, después de cuidadosos
estudios del mundo actual y a la apropiada adaptación del
carisma tendrían que haber servido de trampolín de lanzamiento
de una serie de actividades tendientes a conseguir el objetivo
propuesto por el Vaticano II. Sin embargo en muchas congregaciones
no sucedió de esta manera, dándose desviaciones en dos vertientes.
Hubo
quienes interpretaron el Concilio y su invitación a buscar nuevos
apostolados, como un olvidarse del pasado o considerarlo como ya
superado, y sin necesidad alguna de recurrir de él. En
lugar de estudiar el carisma del Fundador, cómo se había
desarrollado a lo largo del tiempo y desempolvar lo que
había que desempolvar para mantener lo esencial y ver el
derrotero que había seguido a lo largo del tiempo, aprendiendo
incluso de la labor realizada por las hermanas de la
Congregación en tiempos pasados, se sucedieron actividades que buscaban tan
sólo la promoción del hombre. Se descuidó el carácter espiritual
de los apostolados y la misma formación espiritual de los
hombres. Se habló de opción fundamental por los pobres, promoción
de la justicia y la paz como sinónimos de estar
a la vanguardia en los apostolados de la Iglesia. De
esta manera, la vivencia de la fe en el contexto
social y cultural se fue abandonando o diluyendo en un
cierto tipo de lucha social o e reivindicación de las
masas. Como consecuencia, la vivencia de la fe en el
contexto social y cultural actual se fue abandonando por considerarla
ya superada o innecesaria para la labor que se quería
hacer de adaptación del carisma.
Por otro lado se dieron casos
en que la mujer consagrada no se abrió a este
diálogo con el mundo, quizás, por un temor al ver
lo que sucedía en otras Congregaciones e Institutos religiosos, o
por la falta de visión profética al no considerar necesaria
la adecuada renovación que pedía el Concilio. Como resultado de
estas dos vertientes nos encontramos con una Europa que en
casi 40 años ha dejado de ser evangelizada, bien sea
porque quienes debieron evangelizarla –las mujeres consagradas, entre otras- estuvieron
y están haciendo promoción de la justicia social, bien sea
porque se replegaron en actividades apostólicas que no eran ya
del todo necesarias para el momento histórico por el que
pasaba Europa. Es por ello que el Papa, reconociendo lo
que hicieron las mujeres consagradas por Europa, constata que aún
no se ha hecho lo que debía hacerse e invita
por tanto a una acción verdaderamente evangelizadora de la Europa23
superando así la tentación de creer que la fe
no tiene ya nada que hacer en el contexto socio
cultural de la actual Europa24 .
Miedo por afrontar el futuro En
este campo se dieron varios fenómenos que pueden haber influenciado
muchísimo a la mujer consagrada de Europa, de tal forma
que comparte con sus congéneres del continente el miedo por
afrontar el futuro.
De un lado muchas mujeres consagradas se preguntaron
por el sentido de una vida totalmente consagrada a Dios
en una sociedad materializada y secularizada como Europa. No fueron
pocos los que pensaron que las transformaciones pedidas por el
Concilio harían surgir un nuevo tipo de consagración diverso a
como hasta entonces había existido. Hay algunos que siguen creyendo
en que aún está por nacer un nuevo tipo de
vida consagrada a través del concepto de la refundación25 .
Hay
quienes también se han dejado llevar por la desesperanza al
ver la gran baja de vocaciones sufrida en su consagración,
de forma que el futuro de la misma se presenta
realmente sombrío, haciéndose un sinfín de cuestionamientos, llegando siempre a
la conclusión de una incertidumbre cada vez más creciente sobre
el futuro.
Queda también el análisis que muchas hacen de la
efectividad de sus apostolados en una sociedad posmoderna como la
europea, en donde ya nadie parece necesitar la ayuda y
el testimonio de la vida consagrada.
Todos estos fenómenos se reflejan
en algunas mujeres consagradas que viven más en la incertidumbre,
con la nostalgia del pasado y con el miedo a
saber lo que el futuro les depara cayendo en un
inmovilismo exasperante que las lleva sólo a esperar la extinción
de la propia congregación. La pastoral vocacional en muchas congregaciones
es un vocablo del todo desaparecido no sólo en los
capítulos generales sino en la mentalidad de las religiosas. La
eutanasia en la vida consagrada se cubre de eufemismos como
fusión y unión, que en algunos casos no es más
que resignación26 .
Se busca fundar una antropología sin Dios y
sin Cristo. El Concilio pidió las religiosas que tuvieran un conocimiento
profundo del hombre con el fin de comprenderlo y así
llevarle el mensaje de la salvación27 . Este conocimiento del
hombre también se aplicaba por extensión, a las candidatas a
la vida consagrada. Comenzó a utilizarse la psicología, junto con
otras ciencias humanas y sociales, para conocer y acercarse más
al hombre. Sin embargo, algunos extrapolaron este conocimiento y,
en lugar de integrarlo, jerarquizarlo y armonizarlo, lo absolutizaron. Las
desviaciones fueron dándose no por culpa de las ciencias sociales,
sino de aquellos que sin un discernimiento adecuado, las trataron
de aplicar indiscriminadamente a cuanta realidad se les presentaba28 .
Sin duda alguna la Psicología es de gran ayuda para
entender los problemas de la personalidad, especialmente cuando la formadora
debe acompañar en el camino de la santidad a las
candidatas para la vida consagrada. Un conocimiento equilibrado de caracterología,
de la psicología del desarrollo, de las principales enfermedades mentales
que pueden aquejar a la vida consagrada, le ayudará enormemente
en su trabajo como pedagoga y guía espiritual. Los problemas
se dan cuando se quiere reducir todo a un psicologismo
exacerbado en donde Dios, la gracia y la libertad humana
no cuentan para nada, fruto de una antropología quiere fundarse
sin Dios y sin Cristo.
Relativismo moral El relativismo moral anunciado por
Paulo VI29 , se presenta hoy con mayor fuerza y
así lo denuncia Juan Pablo II30 . Si bien queda
claro que frente a los ojos de las religiosas no
hablamos de un relativismo moral absoluto, bien se han podido
introducir formas de pensamiento que dejan a un lado la
fuerza de la verdad para relativizarla conforme a la ley
máxima de la libertad. Se cae por tanto en un
individualismo y personalismo tal que reduce la actividad apostólica a
la mera presentación de actividades humanas. Se duda sobre la
verdad absoluta de la religión católica, equiparándola con otras pseudos-religiones
o movimientos sectarios. Se titubea de la fuerza del Espíritu
y se dan pensamiento paralelos, y hasta contrarios, al Magisterio
de la Iglesia31 .
Recuperar la identidad perdida. El panorama al que
se enfrenta la vida consagrad no es fácil ni halagüeño.
La pérdida de la identidad supone en una persona no
saber quién es, su proveniencia y su destino. No se
vive, sino que se sobrevive. Se tiene la impresión de
haber caído en una trampa sin salida en dónde la
única solución es pasar los años que quedan con un
cierto decoro.
La vida consagrada ha perdido la ilusión de vivir.
Se vive como si no se viviera, como si las
circunstancia actuales fueran apocalípticas, precursoras del fin. Muchas congregaciones se
preguntan por su futuro, y encuentran sólo como respuesta la
incertidumbre y el temor. Otras, al enfrentar los retos modernos
y no encontrar en sí mismas los recursos necesarios para
afrontarlos, se dejan morir, esperando que la última en irse
lo haga al menos con dignidad. Hay quien piensa que
Dios se ha olvidado de la vida consagrada porque ha
llegado el tiempo de los laicos o porque Él hará
surgir nuevas formas de vida consagrada, tal y como lo
ha sugerido la exhortación apostólica post-soinodal Vita consecrata: “La perenne
juventud de la Iglesia continúa manifestándose también hoy: en los
últimos decenios, después del Concilio Ecuménico Vaticano II, han surgidonuevas
o renovadas formas de vida consagrada”, y “El Espíritu, que
en diversos momentos de la historia ha suscitado numerosas formas
de vida consagrada, no cesa de asistir a la Iglesia,
bien alentando en los Institutos ya existentes el compromiso de
la renovación en fidelidad al carisma original, bien distribuyendo nuevos
carismas a hombres y mujeres de nuestro tiempo, para que
den vida a instituciones que respondan a los retos del
presente. Un signo de esta intervención divina son las llamadas
nuevas Fundaciones, con características en cierto modo originales respecto a
las tradicionales.” Sin embargo olvidan lo que más adelante dice
la misma Vita consecrata: “Estas nuevas asociaciones de vida evangélica
no son alternativas a las precedentes instituciones, las cuales continúan
ocupando el lugar insigne que la tradición les ha reservado.”32
El celo y ardor apostólico por transmitir el amor
de Dios a los hombres ha caído en el olvido
y hasta se ve con recelo a las congregaciones que
aún mantienen viva la consigna de los fundadores por transmitir
el evangelio a los hombres. Incluso los hay que los
tachan de fundamentalistas, de querer imponer su verdad, coartando la
libertad de las personas. Sabemos sin embargo, que el agua
del evangelio cuando no corre, se encharca y el agua
encharcada se pudre y huele mal, porque quien ha sido
llamada para ser luz del mundo ha preferido esconderse detrás
de las paredes del convento, de sus propias preocupaciones y
miserias. Por último, y como muestra preclara de la situación,
quien no sabe quién es ni a dónde va, no
puede guiar a otros. La escasez de las vocaciones, entre
otros muchos factores se debe a la falta de identidad.
La pastoral vocacional, más que fruto de estrategias y de
medios, es fruto de una gozosa y clara conciencia de
saber quién se es y lo que se busca en
esta tierra: “Y es indispensable que los sacerdotes mismos vivan
y actúen en coherencia con su verdadera identidad sacramental. En
efecto, si la imagen que dan de sí mismos fuera
opaca o lánguida, ¿cómo podrían inducir a los jóvenes a
imitarlos?”33
Y surge la voz de Dios, como eco de
aquella que dirigió a Adán en el Paraíso: “Vida consagrada,
¿en dónde estás?” La vida consagrada, es triste, pero debemos
admitirlo, ha faltado a la cita con el Señor de
la historia. “La vida consagrada por la profesión de los
consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la
cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo
la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios
como a su amor supremo, para que entregados por un
nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación
de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigan
la perfección de la caridad en el servicio del Reino
de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia,
preanuncien la gloria celestial.”34 Dios no ha encontrado
a la vida consagrada en el lugar en que la
había dejado, cumpliendo con aquello que debía cumplir. La vida
consagrada, como la mujer adúltera, se ha entregado a otros
amores que no son el Amor de Dios y por
ello ahora viene juzgada. La vida consagrada, en esta última
etapa de cuaresma, se reconoce pecadora y el Señor Jesús
le lanza una mirada de misericordia para que se recupere,
se restablezca y sea lo que tiene que ser. La
vida consagrada puede aún recuperar su identidad para no traicionar
al Señor, que la ha creado.
Cuando una persona se encuentra
perdida en una ciudad, en un pueblo, en una casa,
lo primero que hace es buscar puntos de referencia de
forma que la puedan orientar. Si la vida consagrada ha
perdido el rumbo, porque ha olvidado su identidad, tiene de
nuevo que volver a encontrar esos puntos firmes, esos puntos
seguros. Tiene que recuperar la memoria de lo que es
y no dejarse envolver por lo que hace o por
sus sentimientos y angustias: “Los consagrados y las consagradas, incluso
desempeñando muchos servicios en el campo de la formación humana
y en la atención a los pobres, en la enseñanza
o en la asistencia a los enfermos, saben que el
objetivo principal de su vida es « la contemplación de
las cosas divinas y la unión asidua con Dios ».
La contribución esencial que la Iglesia espera de la vida
consagrada es más en el orden del ser que en
el del hacer.”35 Y la memoria de lo que
es le viene por el carisma.
La vida consagrada no se
injerta en la Iglesia sólo a través de unos elementos
esenciales como pueden ser la consagración por unos votos, la
disciplina, una cierta ascesis, una forma de autoridad, una misión
y una relación específica con la Iglesia36 . Su inserción
pasa necesariamente a través de una forma muy específica de
vivir dichos elementos. Se es consagrado porque se vive un
carisma. El carisma es la memoria de lo que se
es, de acuerdo a lo que ha vivido y querido
el fundador o la fundadora para sus discípulos. En el
carisma se encuentra el pasado y el futuro de cada
Instituto religioso y es prenda de vigor y entusiasmo en
la vida ya que los institutos religiosos florecerán y tendrán
vigor mientras permanezca y aliente en ellos el Espíritu del
fundador: “Todos han de observar con fidelidad la mente y
propósitos de los fundadores, corroborados por la autoridad eclesiástica competente,
acerca de la naturaleza, fin, espíritu y carácter de cada
instituto, así como también sus sanas tradiciones, todo lo cual
constituye el patrimonio del instituto.”37
El carisma se revela por
tanto como memoria de lo que se es: “El carisma
no es sólo un modo de entender y de interpretar
el Evangelio para dejarse plasmar, sostener y guiar en la
respuesta a las necesidades del mundo actual; el carisma es
sobretodo un modo de entrar personalmente en el misterio de
Cristo, de volverlo a vivir y de prolongarlo en sí
mismo y, por tanto, algo que especifica y define nuestro
yo profundo y ayuda a descubrirlo. El carisma, por tanto,
orienta y define la misión, pero al mismo tiempo plasma
y forma la persona en su identidad más profunda. De
aquí el deber de serle fiel.”38
El carisma, de acuerdo
al Magisterio de la Iglesia: “se revela como una experiencia
del Espíritu (Evang. test. 11), transmitida a los propios discípulos
para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente
en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne.”39
Es la memoria de lo que se es, que
hunde sus raíces en la historia de la congregación, pero
que se lanza hacia el futuro a través de la
vida de los discípulos del fundador. Si se quiere recuperar
la propia identidad, conviene conocer el carisma, pues de ese
conocimiento se podrá ser lo que se debe de ser.
Conocer
lo que debemos ser: la memoria del pasado. El conocimiento del
carisma no se reduce a la memoria anecdótica de la
biografía del Fundador. Hay que hacer un estudio histórico, científico
para llegar a encontrar las intenciones del Fundador. Éstas serán
las que hagan de hilo conductor a lo largo de
la historia pasada y futura de la Congregación. No son
las obras de la Congregación las que dan la respuesta
al origen, ya que éstas tan sólo reflejan lo que
es el carisma. Es necesario adentrarse en las obras y
descubrir en ellas las motivaciones profundas, las intenciones y la
espiritualidad que dieron origen a dichas obras, ya que estos
elementos deberán permanecer como puntos clave y de sostén para
el futuro de la congregación. El carisma no es la
obra, pero lo comprende. Intentemos dar un esbozo de lo
que es el carisma, cuáles son sus elementos constitutivos, de
manera que podamos extraer de ellos la linfa que permita
vivir la propia identidad en los tiempos actuales40 .
Partiremos de
una definición del Magisterio ya mencionada anteriormente, que ha servido
como base para todos los documentos posteriores que manejan el
término carisma: “Los Institutos religiosos en la Iglesia son muchos
y diversos, cada uno con su propia índole (cfr. PC
7, 8, 9, 10); pero todos aportan su propia vocación,
cual don hecho por el Espíritu, por medio de hombres
y mujeres insignes (cfr. LG 45; PC 1, 2) y
aprobado auténticamente por la sagrada Jerarquía. El carisma mismo de
los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu (Evang.
test. 11), transmitida a los propios discípulos para ser por
ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con
el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne. Por eso la
Iglesia defiende y sostiene la índole propia de los diversos
Institutos religiosos (LG 44; cfr. CD 33; 35, 1, 2,
etc.). La índole propia lleva además consigo, un estilo particular
de santificación y apostolado que va creando una tradición típica
cuyos elementos objetivos pueden ser fácilmente individuados.”41
El Magisterio identifica
en este texto el carisma con la índole propia de
cada instituto o congregación religiosa. Hablar de carisma es hablar
por tanto de las notas características y específicas que tiene
cada congregación o instituto religioso para seguir más de cerca
a Jesucristo. Usando un término de la genética moderna, podemos
comparar nosotros al carisma con el código genético de la
congregación. Ahí está inscrito la identidad de la congregación, conteniéndose
en dicha identidad, aunque con la necesidad de un posterior
desarrollo, su patrimonio espiritual, su pasado y su futuro, ya
que el carisma no es algo estático, sino en continuo
desarrollo.
Definir la índole propia puede ser un trabajo arduo para
cada congregación o instituto religioso. Cuando el Concilio Vaticano II
pedía el retorno a los orígenes de la vida consagrada
y a las fuentes originarias de cada congregación o instituto
religioso, invitaba precisamente a la identificación de los elementos más
propios que configuraban a la congregación. Esta índole propia no
proviene necesariamente de las obras de apostolado específicas de la
congregación, ni del modo de ser o de actuar de
sus miembros, sino de una experiencia del Espíritu que vivió
el fundador o la fundadora y que fue capaz de
transmitir, en primer lugar a los primeros discípulos de la
congregación o instituto religioso42 , y después a todos los
discípulos que habrán de venir a lo largo del tiempo.
Las obras de apostolado, el estilo de vida, la forma
de vivir los consejos evangélicos son expresiones concretas de la
experiencia del Espíritu. “Las diversas formas de vivir los consejos
evangélicos son, en efecto, expresión y fruto de los dones
espirituales recibidos por fundadores y fundadoras y, en cuanto tales,
constituyen una experiencia del Espíritu, transmitida a los propios discípulos
para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente
en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne.”43
Podemos decir por tanto que “en el carisma está
constituido no sólo la finalidad específica del Instituto sino la
conformación espiritual, humana y social de la persona consagrada.”44
Para explicar con más detalle en qué consiste esta experiencia
del Espíritu, intentaremos una descripción del proceso histórico de ella.
Dios permite al fundador o a la fundadora experimentar fuertemente
una necesidad en su mundo, un contraste entre los planes
de Dios y la realidad concreta. Para hacer frente a
esa realidad Dios otorga la gracia al fundador o a
la fundadora de hacer una lectura del evangelio en forma
novedosa, de tal manera que la realidad viene iluminada con
una nueva luz, una nueva interpretación que ya no queda
circunscrita a las condiciones de espacio tiempo que la vieron
nacer, sino que, como criatura del Espíritu se expande a
todos los tiempos y lugares. Nace así la experiencia del
Espíritu del fundador, como un don de Dios para la
Iglesia, don que puede compartirse y desarrollarse por otras muchas
personas, a lo largo del espacio y del tiempo.
Para
hacer frente a la necesidad que Dios le ha permitido
experimentar, el fundador o la fundadora, bajo la experiencia del
Espíritu, fija su atención en algún aspecto específico de la
figura de Cristo, del evangelio o de los misterios de
Dios como el medio más idóneo, sugerido por el Espíritu
para paliar dicha necesidad. No se excluyen otros medios, o,
expresado en forma más clara, todos los demás medios de
los que pueda echar mano el fundador o la fundadora
surgen de su anhelo por solucionar la necesidad apremiante de
la Iglesia mediante el aspecto específico de la persona de
Cristo, que el Espíritu le ha sugerido. Para el fundador
o la fundadora, solamente Cristo puede aliviar la necesidad apremiante
que él ha visto y experimentado. Su vida estará dedicada
a configurarse lo más posible con el aspecto específico del
Cristo que ha experimentado45 . Nace por tanto una forma
original y novedosa de seguir a Cristo en la Iglesia.
Un
último aspecto del carisma es el de saberse insertado dentro
de la Iglesia. El fundador o la fundadora han aceptado
seguir el camino que el Espíritu les ha marcado en
su experiencia inicial no para hacer un camino separado de
la Iglesia, sino para ayudar a la Iglesia a cumplir
con su misión. Los carismas sólo pueden ser entendidos y
justificados en la Iglesia, para la Iglesia y desde la
Iglesia. De esta forma podemos entender también el carisma como
“el don particular de la gracia divina operado en el
creyente por parte del espíritu Santo para la común utilidad
de la Iglesia.”46
Nos centraremos en el carisma como la
experiencia del Espíritu que Dios da al Fundador para el
bien de la Iglesia, englobando en esta definición todos los
pasos que se han dado para dar a luz este
don, pasos que bien pueden incluirse en lo que se
conoce como carisma del fundador, carisma de fundar, carisma de
fundación, carisma del Instituto47 . Hemos dicho, junto con Antonio
Romano, que son pasos connaturales para que se diera el
carisma. “Las notas características de un carisma auténtico son las
siguientes: a) proveniencia singular del Espíritu, distinta ciertamente aunque no
separada de las dotes personales de quien guía y modera;
b) una profunda preocupación por configurarse con Cristo testimoniando alguno
de los aspectos de su misterio; c) un amor fructífero
a la Iglesia, que rehuya todo lo que en ella
pueda ser causa de discordia.”48
Fidelidad al carisma, entre tradición
y renovación. Quien quiera recuperar la propia identidad está llamada necesariamente
a recuperar la memoria del pasado, analizar el presente y
proyectar el futuro. “¡Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa
para recordar y contar, sino una gran historia que construir!
Poned los ojos en el futuro, hacia el que el
Espíritu os impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas.”49
Recuperar la propia identidad no consiste en añorar las
glorias del pasado o recordar un tipo de vida que
ya ha sido superado por la cultura. Recuperar la identidad
es actualizar el don que ha sido donado por Dios
para el bien de la Iglesia. Y este don se
actualiza en la medida en que se tiene una memoria
activa de él, una memoria que no sólo es recordar,
sino profundizar y vivir, tal como viene sugerido por el
documento Mutuae relaciones: “…para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada
y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo
en crecimiento perenne.”50 Vivir, custodiar, profundizar y desarrollar son
verbos que se refieren a una actividad de constante escucha
al carisma, de un dejarse interpelar constantemente por el carisma
para llevarlo a la vida. Son verbo que hace de
unión entre un pasado histórico, un presente actual y un
futuro real. Verbos que reclaman a su vez una actitud
esencial frente al carisma: fidelidad.
Fidelidad, etimológicamente quiere decir observancia de
la fe que alguien debe a otra persona. Es por
tanto una actitud que va del pasado, de la tradición
y se proyecta hacia el futuro, en una constante renovación.
Tradición y renovación no se excluyen, son términos que se
llaman y se necesitan mutuamente. No se es fiel a
un pasado obsoleto y no se puede ser fiel sino
se proyecta al futuro. La fidelidad reclama la tradición, porque
en ella se encuentra la esencia del carisma, pero a
su vez la fidelidad lanza a la persona a vivir
el presente para proyectar el futuro, enfrentando los nuevos retos
que se presentan en la vida, puesto que no se
es fiel para salvaguardar celosamente un patrimonio, sino para hacerlo
fructificar. Se establecen por tanto diversas modalidades de fidelidad que
comprenden el amplio arco entre tradición y renovación. Está por tanto
la fidelidad carcelaria. Es aquella que cuida celosamente el patrimonio
espiritual del fundador, pero no lo deja salir, no lo
deja ser él mismo. Es la fidelidad del carcelero que
frente al prisionero no lo deja moverse, casi no lo
deja respirar. El carcelero conoce perfectamente a la persona que
debe cuidar. Ha estudiado su historial y lo conoce de
memoria. El carcelero se convierte en el dueño del prisionero
y no lo deja moverse. Le tiene contado sus pasos,
controla incluso su alimentación. El prisionero llega el momento en
que o muere por inanición o se convierte en un
ser de vida latente. Tal es el espectáculo que ofrecen
muchas personas consagradas de frente al carisma. Lo han convertido
en su prisionero. Son fieles, sí, pero con una fidelidad
que ahoga y asfixia al propio carisma y que también
ahoga y asfixia a las misma personas. Lo conocen perfectamente,
pero no lo han dejado desarrollarse. Lo han ahogado y
con la excusa de serle fiel, lo han matado. Para
ellos el mundo moderno con sus retos, no tienen nada
que ver con su vida. Han ahogado la fuente de
quien podría haberles guiado en la interpretación adecuada de los
signos de los tiempos y ahora permanecen al margen del
mundo. Ha sido una fidelidad inquebrantable al pasado, pero que
las ha fijado para siempre en el pasado.
La fidelidad del
lazarillo. Es la de aquel amigo o animal que guía
a un ciego en su camino. Lo mantiene alerta de
los acontecimientos, estableciendo un diálogo entre ellos, pero al fin
y al cabo, el lazarillo termina haciendo lo que quiere
el ciego. La capacidad de movimiento y de libertad se
reduce al corto radio de acción de la cadena. Se
es fiel, se es autónomo, se interpretan los signos de
los tiempos, pero sólo dentro de un preciso radio de
acción. La inflexibilidad para ser la norma de acción de
estas personas. Son aquellas que han hecho la renovación del
carisma, pero sólo de una forma externa, pensando que la
renovación era cambiar sólo los detalles, pero permaneciendo inmóvil dentro.
No es la fidelidad del carcelario que no deja moverse
al carisma. Esta fidelidad del lazarillo permite moverse al carisma,
pero dentro de un radio de acción prefijado de acuerdo
con los criterios de las personas consagradas, criterios que muchas
veces van en contra de la misma dinámica del carisma.
Es una fidelidad infantil en dónde aparentemente el niño goza
de cierta libertad, pero al final sabe que su libertad
queda reducida al radio de acción que le fija la
madre. Son congregaciones que se mantienen fieles a la tradición
y que se convencen a sí mismas que han enfrentado
airosamente la renovación porque han sido capaces de hacer unas
cuantas reformas externas: el hábito, ciertos horarios, la posibilidad de
visitar a la familia por un período más amplio o
con mayor frecuencia. Pero en el fondo han sujetado al
carisma a una cadena y no lo dejan actuar más
allá de esa cadena. La fidelidad del camaleón. Procede de buena
fe, pero acaba por no ser fiel. Es la persona
que se le encarga una responsabilidad, un deber y fulminado
por la superficialidad de los aspectos externos, por el oropel
en el que se envuelven las circunstancias cambiantes del mundo,
golpeado quizás por las tristezas y las angustias de este
mundo, se olvida de su pasado, de quien es, y
se lanza a cambios para vivir los aspectos externos de
la realidad. Lo que importa no es ya la fidelidad
a la tradición, sino la adaptación al presente, sin importar
el pasado. Le han dicho que debe adaptarse al mundo
y lo hace, pero olvida que también le habían dicho
que esta adaptación debía realizarse con un adecuado discernimiento y
teniendo como base los propios principios. Es aquel que le
han dicho que se debe dialogar con la cultura moderna,
con los jóvenes, para entenderlos, para atraerlos a Cristo y
se pone a dialogar. Pero en un cierto momento del
diálogo se olvida de quién es, de sus principios y
fascinado por el proceso del diálogo, comienza a olvidarse de
su propia identidad por adaptarse al otro. En el proceso
del diálogo pierde su identidad y se llega a transformar
en el otro con el que está dialogando. Son aquellos
que afirmaban que para llenar el convento había que vestirse
como los jóvenes, pensar como los jóvenes, actuar como los
jóvenes. Han pasado cuarenta años y estas personas siguen vistiendo
como jóvenes, pensando como jóvenes, actuando como jóvenes, pero los
conventos no se han llenado. Han olvidado la fidelidad a
sus principios y se han quedado con una fidelidad a
sus propias ideas. El carisma en el fondo ha sido
utilizado como pretexto para la infidelidad, para la trasgresión de
los principios y para el mismo olvido de las intenciones
del fundador. La fidelidad del creativo es la que establece un
puente entre la tradición y la renovación, sin provocar ninguna
ruptura, sino que propicia un continuum. Es aquel que conoce
el carisma para desarrollarlo en el presente, dejándose interpelar de
las situaciones actuales. No teme el quedarse anclado en el
pasado, con la fidelidad del carcelario o del lazarillo, ni
tampoco se aventura a la fidelidad del camaleón, que olvida
la esencia de su propio ser. Es quien conoce perfectamente
el carisma y sabe que su núcleo y su esencia
se encuentra en la experiencia del Espíritu que ha hecho
el fundador, lo cual lo lleva a vivir este misma
experiencia y así, por experiencia propia y no por un
conocimiento academicista meramente externo, se ha empapado de las intenciones
que dieron origen al fundador para iniciar la obra y
las aplica al momento actual. Es la fidelidad de quien
permanece en la tradición, pero la aplica a la renovación,
en un puente formado por el conocimiento exacto y verdadero
del carisma, el conocimiento de la necesidades actuales y la
aplicación práctica de la propia espiritualidad a la resolución de
las necesidades actuales.
Es fiel porque permanece anclado a la tradición,
sin olvidarla, sin sofocarla, sin dominarla. Es creativo porque se
deja interpelar por los retos actuales y les da una
solución basada en el carisma. Sabe por tanto actuar los
objetivos del Concilio que buscaba poner a disposición del hombre
de hoy los tesoros perennes de la fe católica. Para
ello, invitaba el Concilio, a conocer con profundad dichas verdades,
conocer el hombre actual y saber comunicar por los medios
más adecuados esas verdades perennes. La fidelidad creativa es el
parangón de este deseo del Concilio , al conocer con
exactitud el carisma y aplicarlo prácticamente a las situaciones actuales.
La fidelidad creativa tiene unas cualidades muy precisas. Requiere el
conocimiento exacto y verdadero del carisma, el conocimiento de las
nuevas situaciones o nuevos retos y la posibilidad de crear
los medios adecuados para que el carisma dé respuestas válidas
a las nuevas situaciones. Para ello, Juan Pablo II escribió:
“Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor
la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores
y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos
que surgen en el mundo de hoy.”52
La identidad
de la vida consagrada podrá ser de nuevo recuperada cuando
las personas consagradas logren vivir con la misma audacia, la
misma creatividad y la misma santidad que los fundadores. Tarea
a veces espeluznante y atrevida, pero necesaria, si es que
la vida consagrada quiere vivir de nuevo su identidad. Recuperar
la memoria de lo que somos y vivimos implica conocer,
vivir y transmitir el carisma con una fidelidad creativa. Fidelidad
que implica el puente entre tradición y renovación, porque se
busca poner en práctica el espíritu del fundador en la
vida diaria y de frente a las necesidades actuales. Sólo de
esta forma podrá escuchar las palabras de Cristo, “¿Mujer, dónde
están? ¿Ninguno te ha condenado? Ella respondió: Ninguno Señor. Y
Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno” (Jn. 8, 1
– 11).
CITAS: 1 Joseph Ratzinger, Il nuevo popolo
di Dio, p. 291.
2 Benedicto XVI, Discurso, 22.12.2005.
3 Mons. Franc Rodé, cm. La vida consagrada en
la escuela de la Eucaristía, 25.8.2005.
4 Sagrada Congregación
para los religiosos e institutos seculares, Elementos esenciales sobre la
vida religiosa, 31.5.1983, n. 1 y 2.
5 Juan
Pablo II, Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 37
6
Pablo VI, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2d
7
Desde su grito profético al inicio de su pontificado“Non abbiate
paura! Aprite, anzi, spalancate le porte a Cristo!” Juan Pablo
II, Discorso per l’inizio del pontificato, 22.10.1978, hasta la invitación
a trabajar con esperanza en el tercer milenio: “¡Caminemos con
esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como
un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando
con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que
se encarnó hace dos mil años por amor al hombre,
realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista
para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para
convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos” Juan Pablo II, Novo
Millennio Ineunte, 6.1.2001 n. 58
8 “No puede
lograrse una eficaz renovación ni una recta adaptación si no
cooperan todos los miembros del Instituto. Sin embargo, sólo a
las autoridades competentes, principalmente a los Capítulos Generales, supuesta siempre
la aprobación de la Santa Sede y de los Ordinarios
del lugar, cuando ella sea precisa a tenor del Derecho,
corresponde fijar las normas de la renovación y adaptación, dictar
las leyes y hacer las debidas y prudentes experiencias. Mas
en aquello que toca al interés común del Instituto, los
Superiores consulten y oigan, de manera conveniente, a los súbditos.
Para la renovación y adaptación de los monasterios de monjas
se podrán también obtener el voto y parecer de las
asambleas de federaciones o de otras reuniones legítimamente convocadas. Sin
embargo, tengan todos presente que la renovación, más que de
la multiplicación de las leyes, ha de esperarse de una
más exacta observancia de la regla y constituciones.” Pablo VI,
Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965 n.4
9 “Redunda en
bien mismo de la Iglesia el que todos los Institutos
tengan su carácter y fin propios. Por tanto, han de
conocerse y conservarse con fidelidad el espíritu y los propósitos
de los Fundadores, lo mismo que las sanas tradiciones, pues,
todo ello constituye el patrimonio de cada uno de los
Institutos”. Pablo VI, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965 n.2b
10
“La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos
al Reino de los cielos y a la vida eterna
como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de
Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los
auxilios de la gracia del Espíritu Santo” Juan Pablo II,
Catecismo de la Iglesia Católica, n.1817
11 “La Iglesia
no puede renunciar absolutamente a la vida consagrada, porque expresa
de manera elocuente su íntima esencia «esponsal». En ella encuentra
nuevo impulso y fuerza el anuncio del Evangelio a todo
el mundo. En efecto, se necesitan personas que presenten el
rostro paterno de Dios y el rostro materno de la
Iglesia, que se jueguen la vida para que los otros
tengan vida y esperanza. La Iglesia tiene necesidad de personas
consagradas que, aún antes de comprometerse en una u otra
noble causa, se dejen transformar por la gracia de Dios
y se conformen plenamente al Evangelio.” Juan Pablo II, Exhortación
apostólica post-sinodal Vita consacrata, 25.4.1996, n. 105
12 “«
El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice
a las Iglesias » (Ap 2, 7). Al anunciar a
Europa el Evangelio de la esperanza, sigo como guía el
libro del Apocalipsis, « revelación profética » que desvela a
la comunidad creyente el sentido escondido y profundo de los
acontecimientos (cf. Ap 1, 1). El Apocalipsis nos pone ante
una palabra dirigida a las comunidades cristianas para que sepan
interpretar y vivir su inserción en la historia, con sus
interrogantes y sus penas, a la luz de la victoria
definitiva del Cordero inmolado y resucitado. Al mismo tiempo, nos
hallamos ante una palabra que compromete a vivir abandonando la
insistente tentación de construir la ciudad de los hombres prescindiendo
de Dios o contra Él. En efecto, si esto llegara
a suceder, sería la convivencia humana misma la que, antes
o después, experimentaría una derrota irremediable. El Apocalipsis trata de alentar
a los creyentes: más allá de toda apariencia, y aunque
no vean aún los resultados, la victoria de Cristo ya
se ha realizado y es definitiva. Esto es una orientación
para afrontar los acontecimientos humanos con una actitud de fundamental
confianza, que surge de la fe en el Resucitado, presente
y activo en la historia.” Juan Pablo II, Ecclesia in
Europa, 28.6.2003, n.5
13 Teodoro de Mopsuestia, Omelie catechetiche,
3-6
14 “Porque los consejos evangélicos, aceptados voluntariamente según
la vocación personal de cada uno, contribuyen no poco a
la purificación del corazón y a la libertad del espíritu,
excitan continuamente el fervor de la caridad y, sobre todo,
como se demuestra con el ejemplo de tantos santos fundadores,
son capaces de asemejar más la vida del hombre cristiano
con la vida virginal y pobre que para sí escogió
Cristo Nuestro Señor y abrazó su Madre la Virgen” Pablo
VI, Lumen gentium,21.11.1964, n. 46
15 Tal existencia «
cristiforme », propuesta a tantos bautizados a lo largo de
la historia, es posible sólo desde una especial vocación y
gracias a un don peculiar del Espíritu. En efecto, en
ella la consagración bautismal los lleva a una respuesta radical
en el seguimiento de Cristo mediante la adopción de los
consejos evangélicos, el primero y esencial entre ellos es el
vínculo sagrado de la castidad por el Reino de los
Cielos.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consacrata, 25.4.1996,
n. 14
16 George Weigel, El coraje de ser
católico, Planeta, Barcelona, 2003, p. 40-43
17 German Sánchez
Griese, Pastoral vocacional: fruto de la planeación o fruto de
la identidad ,en Catholic.net, enero 2004
18 “Como quiera
que la última norma de vida religiosa es el seguimiento
de Cristo, tal como lo propone Evangelio, todos los Institutos
ha de tenerlos como regla suprema. Redunda en bien mismo
de la Iglesia el que todos los Institutos tengan su
carácter y fin propios. Por tanto, han de conocerse y
conservarse con fidelidad el espíritu y los propósitos de los
Fundadores, lo mismo que las sanas tradiciones, pues, todo ello
constituye el patrimonio de cada uno de los Institutos.” Pablo
VI, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2 a. y b.
19 “En consecuencia, los religiosos, fieles a su profesión,
abandonando todas las cosas por El, sigan a Cristo como
lo único necesario, escuchando su palabra y dedicándose con solicitud
a las cosas que le atañen. Por esto, los miembros
de cualquier Instituto, buscando sólo, y sobre todo, a Dios,
deben unir la contemplación, por la que se unen a
El con la mente y con el corazón, al amor
apostólico, con el que se han de esforzar por asociarse
a la obra de la Redención y por extender el
Reino de Dios. Ibidem, n. 5
20 “Promuevan
los Institutos entre sus miembros un conocimiento adecuado de las
condiciones de los hombres y de los tiempos y de
las necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente
a la luz de la fe las circunstancias del mundo
de hoy y abrasados de celo apostólico, puedan prestar a
los hombres una ayuda más eficiente.” Ibidem, n. 2d.
21
“La vida espiritual, por tanto, debe ocupar el primer
lugar en el programa de las Familias de vida consagrada,
de tal modo que cada Instituto y cada comunidad aparezcan
como escuelas de auténtica espiritualidad evangélica”. Congregación para los Institutos
de vida consagrada y las Sociedades de Vida apostólica, Caminar
desde Cristo,19.5.2002. n. 20
22 “Conserven los Institutos y
realicen con fidelidad sus propias actividades y, teniendo en cuenta
la utilidad de la Iglesia universal y de las diócesis,
adáptenlas a las necesidades de tiempos y lugares, empleando los
medios oportunos y aún otros nuevos… Manténgase en los Institutos
el espíritu misionero y ajústese, según la índole de cada
uno, a las circunstancias de hoy, de suerte que en
todos los pueblos resulte más eficaz la predicación del Evangelio.”
Pablo VI, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 20
23 “El
testimonio de las personas consagradas es particularmente elocuente. A este
propósito, se ha de reconocer, ante todo, el papel fundamental
que ha tenido el monacato y la vida consagrada en
la evangelización de Europa y en la construcción de su
identidad cristiana”. Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n.
37
24 “La dimensión apostólica abre la mente y
el corazón de la persona consagrada, disponiéndola para el esfuerzo
continuo de la acción, como signo del amor de Cristo
que la apremia (cf. 2 Co 5, 14). Esto significa,
en la práctica, la actualización de los métodos y de
los objetivos de las actividades apostólicas, en fidelidad al espíritu
y al fin pretendido por el fundador o fundadora, y
a las tradiciones maduradas sucesivamente, teniendo en cuenta las condiciones
cambiantes de la historia y la cultura, general o local,
y del ambiente en que se actúa.” Juan Pablo II,
Exhortación apostólica post-sinodal Vita consacrata, 25.4.1996, n. 71
25
José María Arnaiz, Per un presente che abbia futuro,
Ed. Paoline, Milano, 2003
26 No todas las fusiones
o uniones son signos de esta mentalidad, pues hay algunos
que se aplican muy bien a lo que quería el
decreto Perfectae caritatis en los números 21 y 22. Me
refiero más bien a aquellas congregaciones que aún pudiendo hacer
algo por mantener su vida en forma independiente, optan por
la unión o la fusión como única medida de sobrevivencia.
27 “Promuevan los Institutos entre sus miembros un conocimiento
adecuado de las condiciones de los hombres y de los
tiempos y de las necesidades de la Iglesia, de suerte
que, juzgando prudentemente a la luz de la fe las
circunstancias del mundo de hoy y abrasados de celo apostólico,
puedan prestar a los hombres una ayuda más eficaz”. Concilio
Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2. Un
sano conocimiento del hombre debe tomar en cuenta todas sus
dimensiones y no reducirlo a una sola, como ha sido
el problema de varios autores. No debemos olvidar tampoco las
sugerencias que el Magisterio de la Iglesia da a aquellos
que son elegidos como formadoras: “Además de un conocimiento suficiente
de la doctrina católica sobre la fe y costumbres, se
revela evidente la exigencia de cualidades apropiadas para aquellos que
asumen responsabilidades formativas: - capacidad humana de intuición y de acogida; -
experiencia madurada de Dios y de la oración. - sabiduría que
deriva de la escucha atenta y prolongada de la Palabra
de Dios; - amor a la liturgia y comprensión de su
papel en la educación espiritual y eclesial; - necesaria competencia cultural; -
disponibilidad de tiempo y de buena voluntad para consagrarse al
cuidado personal de cada candidato y no solamente del grupo. Esta
tarea requiere por tanto serenidad interior, disponibilidad, paciencia, comprensión y
un verdadero afecto hacia aquellos que han sido confiados a
la responsabilidad pastoral del educador”.Congreagación para los Institutos de vida
consagrada y Sociedades de vida aspostólica, Orientaciones sobre la formación
en los Institutos religiosos, 2.2.1990 n.31 Por necesaria competencia cultural
puede muy bien entenderse un conocimiento adecuado del hombre basado
en una sana psicología. Pero he querido traer a colación
este número para que podamos comprender como este conocimiento humano
debe estar integrado a otros muchos.
28 Para una
mejor comprensión de este problema, recomendamos la lectura del capítulo
dedicado a la relación entre Psicología e Iglesia en
Silvestro Paluzzi, Manuale di Psicología, Urbaniana University Press, Roma, 1999,
pp. 383 -418, en donde hace un recuento de los
principales documentos de la Iglesia dedicados a la Psicología, dando
además las pautas para aprovechar esta ciencia: debe ser una
Psicología fundamentada en una antropología verdadera, abierta al trascendente y
dejando un amplio espacio a la libertad humana.
29
cf. Pablo VI, Alocución a los miembros de la Congregación
del Santísimo Redentor (septiembre 1967): AAS 59 (1967), 962: «Se
debe evitar el inducir a los fieles a que piensen
diferentemente, como si después del Concilio ya estuvieran permitidos algunos
comportamientos, que precedentemente la Iglesia había declarado intrínsecamente malos. ¿Quién
no ve que de ello se derivaría un deplorable relativismo
moral, que llevaría fácilmente a discutir todo el patrimonio de
la doctrina de la Iglesia?».
30 “La confrontación entre
la posición de la Iglesia y la situación social y
cultural actual muestra inmediatamente la urgencia de que precisamente sobre
tal cuestión fundamental se desarrolle una intensa acción pastoral por
parte de la Iglesia misma: «La cultura contemporánea ha perdido
en gran parte este vínculo esencial entre Verdad-Bien-Libertad y, por
tanto, volver a conducir al hombre a redescubrirlo es hoy
una de las exigencias propias de la misión de la
Iglesia, por la salvación del mundo. La pregunta de Pilato:
"¿Qué es la verdad?", emerge también hoy desde la triste
perplejidad de un hombre que a menudo ya no sabe
quién es, de dónde viene ni adónde va. Y así
asistimos no pocas veces al pavoroso precipitarse de la persona
humana en situaciones de autodestrucción progresiva. De prestar oído a
ciertas voces, parece que no se debiera ya reconocer el
carácter absoluto indestructible de ningún valor moral. Está ante los
ojos de todos el desprecio de la vida humana ya
concebida y aún no nacida; la violación permanente de derechos
fundamentales de la persona; la inicua destrucción de bienes necesarios
para una vida meramente humana. Y lo que es aún
más grave: el hombre ya no está convencido de que
sólo en la verdad puede encontrar la salvación. La fuerza
salvífica de la verdad es contestada y se confía sólo
a la libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de
decidir autónomamente lo que es bueno y lo que es
malo. Este relativismo se traduce, en el campo teológico, en
desconfianza en la sabiduría de Dios, que guía al hombre
con la ley moral. A lo que la ley moral
prescribe se contraponen las llamadas situaciones concretas, no considerando ya,
en definitiva, que la ley de Dios es siempre el
único verdadero bien del hombre.” Juan Pablo II, Carta Encíclica
Veritatis Splendor, 6.8.1993
31 “Hoy más que nunca, frente
a repetidos empujes centrífugos que ponen en duda principios fundamentales
de la fe y de la moral católica, las personas
consagradas y sus instituciones están llamadas a dar pruebas de
unidad sin fisuras en torno al Magisterio de la Iglesia,
haciéndose portavoces convencidos y alegres delante de todos.” Congregación para
los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de Vida
apostólica, Caminar desde Cristo,19.5.2002, n.32
32 Juan Pablo II,
Exhortación apostólica post-sinodal Vita consacrata, 25.3.1996, nn. 12 y 62.
33 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in
Europa, 28.6.2003, n. 40.
36 Sagrada congregación
para los religiosos e institutos seculares, Elementos esenciales, 31.5.1983.
37
Código de Derecho Canónico. C. 578.
38 Arnaldo
Pigna, ocd, Fedeltà al carisma, en Duc in altum, atti
del convegno, German Sánchez Griese (ed), Edizioni Art, Roma 2006,
p. 69.
39 Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares,
Mutua relationes, 14.5.1978, n. 11.
40 Para estudiar con
profundidad el proprio carisma recomendamos el libro de German Sánchez
Griese, Il risveglio del carisma, Edizioni Art, Roma 2007, a
donde recurriremos libremente en algunos de los siguientes párrafos.
41
Sagrada congregación para los religiosos e institutos seculares, Criterios
pastorales sobre relaciones entre obispos y religiosos en la Iglesia,
14.5.1978, n. 11.
42 La segunda parte de la
obra de Fabio Ciardi, In ascolto dello Spirito, Città Nuova
editrice, Roma, 1996, relata la historia y las fatigas de
varias congregaciones por encontrar su propia índole, hasta llegar a
individuar el carisma específico de cada uno de ellos.
43
Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vida consagrada, 25.3.1996,
n. 48.
44 Amedeo Cencini, Vita consacrata: itinerario formativo
lungo la via de Emmaus, Edizioni San Paolo, Milano 1994
45 Aquí radica una de las diferencias básicas entre
apostolado y voluntariado social.
46 Giuseppe Buccellato, Carisma e
rinnovamento. Rifondazione della vita consacrata e carisma del fondatore, EDB,
Bologna, 2002, pag. 15. Concepto que, aplicado a la vida
consagrada, Juan Pablo II define de la siguiente manera: “Es
difícil describir, más aún enumerar, de qué modos tan diversos
las personas consagradas realizan, a través del apostolado, su amor
a la Iglesia. Este amor ha nacido siempre de aquel
don particular de vuestros Fundadores, que recibido de Dios y
aprobado por la Iglesia, ha llegado a ser un carisma
para toda la comunidad. Ese don corresponde a las diversas
necesidades de la Iglesia y del mundo en cada momento
de la historia, y a su vez se prolonga y
consolida en la vida de las comunidades religiosas como uno
de los elementos duraderos de la vida y del apostolado
de la Iglesia.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptionis donum,
25.3.1984, n.15.
47 Con respecto a la diferenciación de
los distintos términos que ha venido utilizando la Teología del
carisma (carisma de fundación, carisma del fundador, carisma del Instituto
religioso, carisma de fundador, D. Rocca ha dicho que estas
distinciones sutiles no han servido mucho para aclarar las cosas.
(cfr. Religiosi in Italia, gennaio 2006, pp. 29 – 38).
48 Sagrada congregación para los religiosos e institutos seculares,
Criterios pastorales sobre relaciones entre obispos y religiosos en la
Iglesia, 14.5.1978, n.51.
49 Juan Pablo II, Exhortación apostólica
post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 101
50 Sagrada congregación
para los religiosos e institutos seculares, Criterios pastorales sobre relaciones
entre obispos y religiosos en la Iglesia, 14.5.1978, n. 11.
51 “La adecuada adaptación y renovación de la vida
religiosa comprende a la vez el continuo retorno a las
fuentes de toda vida cristiana y a la inspiración originaria
de los Institutos, y la acomodación de los mismos, a
las cambiadas condiciones de los tiempos”. Concilio Vaticano II, Decreto
Perfectae caritatis, n. 2.
52 Juan Pablo II,
Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37.
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