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Autor: German Sanchez Griese | Fuente: Catholic.net Evangelizar en el propio carisma
La contribución esencial que la Iglesia espera de la vida consagrada es más en el orden del ser que en el del hacer
Evangelizar en el propio carisma
Introducción. Con el período de la renovación, sugerido e iniciado a
partir del Concilio Vaticano II, la vida consagrada ha sufrido
profundos cambios que le han permitido adecuarse a las exigencias
del mundo contemporáneo. Siguiendo las directrices marcadas por el mismo
Concilio, la vida consagrada ha reflexionado sobre sí misma para
conocerse más y mejor y ofrecer los frutos de esta
reflexión al mundo contemporáneo, en forma de coadyuvar a la
transmisión del evangelio.
Dicha reflexión le ha permitido en muchos casos
jugar un papel preponderante en la tarea de la evangelización,
que era, en última instancia, uno de los propósitos esenciales
del Concilio: renovar para evangelizar. La renovación ha significado
para muchas Congregaciones un retorno a los orígenes de
forma que se han encontrado con el Fundador y han
tomado nuevamente las riquezas del carisma, escondidas o empolvadas bajo
el paso del tiempo y la incrustación de elementos culturales
ajenos a las intenciones y al patrimonio espiritual del fundador.
Para muchas de ellas no ha sido fácil este re-encuentro
y hay quienes aún fatigan por lograr el verdadero camino
para lograr la renovación.
Un fruto inequívoco de esta renovación son
las fuerzas que se han desplegado para la evangelización. Y
esto no podría ser de otra manera. Quien descubre quién
es, quién tiene clara su identidad y su misión, se
lanza con una fuerza arrolladora a poner al servicio de
los demás lo que ha recibido. Se repite nuevamente la
parábola de la mujer samaritana (Jn. 4, 1 – 42)
en dónde al descubrir el don del Señor, corre presurosa
para comunicarlo a los demás. Quien tiene clara conciencia de
quién es, puede transmitir a los demás lo que es.
Primero el ser, luego el hacer, como claramente lo ha
subrayado Benedicto XVI en la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis:
“Los consagrados y las consagradas, incluso desempeñando muchos servicios en
el campo de la formación humana y en la atención
a los pobres, en la enseñanza o en la asistencia
a los enfermos, saben que el objetivo principal de su
vida es « la contemplación de las cosas divinas y
la unión asidua con Dios ».La contribución esencial que la
Iglesia espera de la vida consagrada es más en el
orden del ser que en el del hacer.”
Esta reapropiación
del ser, esta conciencia de saber lo que se es,
se debe sin lugar a dudas al conocimiento de sí
mismo, es decir de la propia identidad como persona consagrada.
Si la evangelización no es otra cosa que dar a
conocer a Jesucristo y la vida consagrada no es más
que el ejercicio continuo de la contemplación de las cosas
divinas y la unión asidua con Dios, la evangelización se
reduce por tanto a transmitir la propia identidad. Bien sabemos
que esta identidad queda resumida en el conocimiento del propio
carisma. Un conocimiento más experimental que teórico, de manera que
pueda informar toda la vida consagrada. El carisma es algo
que no puede quedarse en los escritos del Fundador, en
las constituciones o en el patrimonio espiritual del fundador. Tiene
su origen en esas fuentes pero empapa todas las realidades
de la persona consagrada, impulsándolo a vivir el evangelio con
la radicalidad con la que la vivió el fundador o
la fundadora. Es ésta radicalidad la que lleva a la
vida consagrada a reproducir la misma santidad, la misma creatividad
y la misma audacia que los fundadores, en la
tarea de dar a conocer el evangelio.
Analizaremos en este
artículo cuáles son las características y los elementos esenciales de
la evangelización, de acuerdo al magisterio de la Iglesia, para
luego investigar la forma en que se puede evangelizar con
el propio carisma. Lo cual supone, por lógica, un conocimiento
y una vivencia práctica del carisma de la congregación.
Evangelizar en
la época del postconcilio. Hemos mencionado que el Concilio Vaticano II
buscaba renovar muchas de las estructuras de la Iglesia para
acercarse al hombre y poder así evangelizarlo. Esta misión le
viene del mandato de Jesucristo: “Id y enseñad a todas
las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo
que os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta
la consumación del mundo” (Mt., 28,19-20). Es por tanto un
mandato del Señor que obliga a toda la Iglesia. No
es un punto opcional para la Iglesia. Así lo recuerda
Lumen Pentium, despejando dudas sobre la obligatoriedad del mandato de
Cristo, en un momento histórico en el que se cuestionaba
la libertad de las personas. Anunciar no es imponer, proponer
no es sujetar. “Este solemne mandato de Cristo de anunciar
la verdad salvadora, la Iglesia lo recibió de los Apóstoles
con la encomienda de llevarla hasta el fin de la
tierra (cf. Act., 1,8). De aquí que haga suyas las
palabras del Apóstol: " ¡Ay de mí si no evangelizara!
" (1Cor., 9,16), por lo que se preocupa incansablemente de
enviar evangelizadores hasta que queden plenamente establecidas nuevas Iglesias y
éstas continúen la obra evangelizadora. Por eso se ve impulsada
por el Espíritu Santo a poner todos los medios para
que se cumpla efectivamente el plan de Dios, que puso
a Cristo como principio de salvación para todo el mundo.
predicando el Evangelio, mueve a los oyentes a la fe
y a la confesión de la fe, los dispone para
el bautismo, los arranca de la servidumbre del error y
de la idolatría y los incorpora a Cristo, para que
crezcan hasta la plenitud por la caridad hacia El.”5
Con
el fin de adecuar el proceso de evangelización a los
tiempos actuales, la Iglesia, en el documento Ecclesiam suam, da
algunas directrices concretas sobre esta renovación en la misión, de
dónde conviene anotar: “El deber congénito al patrimonio recibido de
Cristo es la difusión, es el ofrecimiento, es el anuncio,
bien lo sabemos: Id, pues, enseñad a todas las gentes(43)
es el supremo mandato de Cristo a sus Apóstoles. Estos
con el nombre mismo de Apóstoles definen su propia e
indeclinable misión. Nosotros daremos a este impulso interior de caridad
que tiende a hacerse don exterior de caridad el nombre,
hoy ya común, de "diálogo".”6 Y de esta forma,
desgraciadamente, se inicia una serie de equívocos sobre la misión,
que para muchos se reduce a un mero diálogo sin
propuesta efectiva del evangelio. Así , durante varios decenios, para
muchas mujeres consagradas, la misión viene reducida a un mero
coloquio afectivoen donde lo que importa es más la forma
que el fondo. Para muchos vale más el proceso humano
de amistad, que el empuje evangelizador, en el respeto siempre
de la libertad del hombre. Son años preciosos perdidos para
la misión, que se reflejarán posteriormente en la pérdida de
numerosas obras de evangelización. Y pensamos nosotros a la misión
tradicionalmente entendida, sino a la misión de dar a conocer
el evangelio a todas las personas. De esta forma en
Europa, al menos tres generaciones quedarán sin evangelizador, debido a
este equívoco.
Pablo VI volverá nuevamente a explicitar este proceso de
evangelización, enfocándolo principalmente en la conversión interior del hombre y
en la evangelización de la cultura, de forma que queda
despejada la duda sobre el valor de evangelizar en una
cultura contraria a la Buena nueva. Insiste en el proceso
interior de la evangelización como germen para la evangelización de
la cultura: “Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena
Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con
su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad:
"He aquí que hago nuevas todas las cosas". Pero la
verdad es que no hay humanidad nueva si no hay
en primer lugar hombres nuevos con la novedad del bautismo
y de la vida según el Evangelio. La finalidad de
la evangelización es por consiguiente este cambio interior y, si
hubiera que resumirlo en una palabra, lo mejor sería decir
que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina
del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo
la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad
en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente
concretos.”7 Y más adelante recalca la importancia de la
evangelización individual, como elemento indispensable para la evangelización de la
cultura: “Sectores de la humanidad que se transforman: para la
Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en
zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez
más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza
del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los
puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras
y los modelos de vida de la humanidad, que están
en contraste con la palabra de Dios y con el
designio de salvación. Posiblemente, podríamos expresar todo esto diciendo: lo
que importa es evangelizar —no de una manera decorativa, como
un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y
hasta sus mismas raíces— la cultura y las culturas del
hombre en el sentido rico y amplio que tienen sus
términos en la Gaudium et spes, tomando siempre como punto
de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones
de las personas entre sí y con Dios.”8
Juan Pablo
II recibe una Iglesia en la que aún resuena vigoroso
el mensaje del Concilio Vaticano II, pero es necesario aplicarlo
con decisión en vastos sectores de la sociedad. Una sociedad,
que como había vaticinado el mismo Concilio, cambia a pasos
agigantados. Son estos cambios los que hacen necesario la adaptación
de la misión, comenzándose a hablar por primera vez de
una nueva evangelización o reevangelización. Impostación que se seguirá utilizando
a lo largo de estos últimos dos decenios, pero que
muchas veces no ha sido del todo acogida, especialmente por
la vida consagrada femenina. “Las diferencias en cuanto a la
actividad dentro de esta misión de la Iglesia, nacen no
de razones intrínsecas a la misión misma, sino de las
diversas circunstancias en las que ésta se desarrolla. Mirando al
mundo actual, desde el punto de vista de la evangelización,
se pueden distinguir tres situaciones. En primer lugar, aquella a
la cual se dirige la actividad misionera de la Iglesia:
pueblos, grupos humanos, contextos socioculturales donde Cristo y su Evangelio
no son conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras
como para poder encarnar la fe en el propio ambiente
y anunciarla a otros grupos. Esta es propiamente la misión
ad gentes. Hay también comunidades cristianas con estructuras eclesiales adecuadas
y sólidas; tienen un gran fervor de fe y de
vida; irradian el testimonio del Evangelio en su ambiente y
sienten el compromiso de la misión universal. En ellas se
desarrolla la actividad o atención pastoral de la Iglesia. Se
da, por último, una situación intermedia, especialmente en los países
de antigua cristiandad, pero a veces también en las Iglesias
más jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han perdido el
sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen
ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada
de Cristo y de su Evangelio. En este caso es
necesaria una « nueva evangelización » o « reevangelización ».”9
Por último, el proceso de evangelización recurre a distintos agentes.
En nuestro caso conviene estudiar aquello que ha dicho el
Magisterio para la vida consagrada. Tomamos pie de lo escrito
en Vita consecrata: “Es necesario, pues, estar abiertos a la
voz interior del Espíritu que invita a acoger en lo
más hondo los designios de la Providencia. Él llama a
la vida consagrada para que elabore nuevas respuestas a los
nuevos problemas del mundo de hoy. Son un reclamo divino
del que sólo las almas habituadas a buscar en todo
la voluntad de Dios saben percibir con nitidez y traducir
después con valentía en opciones coherentes, tanto con el carisma
original, como con las exigencias de la situación histórica concreta.
Ante los numerosos problemas y urgencias que en ocasiones parecen
comprometer y avasallar incluso la vida consagrada, los llamados sienten
la exigencia de llevar en el corazón y en la
oración las muchas necesidades del mundo entero, actuando con audacia
en los campos respectivos del propio carisma fundacional. Su entrega
deberá ser, obviamente, guiada por el discernimiento sobrenatural, que sabe
distinguir entre lo que viene del Espíritu y lo que
le es contrario (cf. Ga. 5, 16-17.22; 1 Jn. 4,
6). Mediante la fidelidad a la Regla y a las
Constituciones, conservan la plena comunión con la Iglesia. De este
modo la vida consagrada no se limitará a leer los
signos de los tiempos, sino que contribuirá también a elaborar
y llevar a cabo nuevos proyectos de evangelización para las
situaciones actuales. Todo esto con la certeza, basada en la
fe, de que el Espíritu sabe dar las respuestas más
apropiadas incluso a las más espinosas cuestiones. Será bueno a
este respecto recordar algo que han enseñado siempre los grandes
protagonistas del apostolado: hay que confiar en Dios como si
todo dependiese de Él y, al mismo tiempo, empeñarse con
toda generosidad como si todo dependiera de nosotros.”10
Impresiona sin
lugar a duda la llamada a una actuación concreta para
afrontar los problemas de la evangelización, especialmente en los sectores
más necesitados. Es un llamamiento a una acción decisiva para
contrarrestar el avance del proceso de la pérdida del sentido
de Dios en el mundo. Tal pareciera, y es verdad,
que toca desarrollar a la vida consagrada un papel preponderante
en la evangelización y en la nueva evangelización. “Para hacer
frente de manera adecuada a los grandes desafíos que la
historia actual pone a la nueva evangelización, se requiere que
la vida consagrada se deje interpelar continuamente por la Palabra
revelada y por los signos de los tiempos. El recuerdo
de las grandes evangelizadoras y de los grandes evangelizadores, que
fueron antes grandes evangelizados, pone de manifiesto cómo, para afrontar
el mundo de hoy hacen falta personas entregadas amorosamente al
Señor y a su Evangelio. «Las personas consagradas, en virtud
de su vocación específica, están llamadas a manifestar la unidad
entre autoevangelización y testimonio, entre renovación interior y apostólica, entre
ser y actuar, poniendo de relieve que el dinamismo deriva
siempre del primer elemento del binomio». La nueva evangelización, como
la de siempre, será eficaz si sabe proclamar desde los
tejados lo que ha vivido en la intimidad con el
Señor. Para ello se requieren personalidades sólidas, animadas por el
fervor de los santos. La nueva evangelización exige de los
consagrados y consagradas una plena conciencia del sentido teológico de
los retos de nuestro tiempo. Estos retos han de ser
examinados con cuidadoso y común discernimiento, para lograr una renovación
de la misión. La audacia con que se anuncia al
Señor Jesús debe estar acompañada de la confianza en la
acción de la Providencia, que actúa en el mundo y
que «hace que todas las cosas, incluso los fracasos del
hombre, contribuyan al bien de la Iglesia»”11 Y señala
al carisma el papel preponderante para la evangelización, papel que
analizaremos a lo largo de este artículo. “Para una provechosa
inserción de los Institutos en el proceso de la nueva
evangelización es importante la fidelidad al carisma fundacional, la comunión
con todos aquellos que en la Iglesia están comprometidos en
la misma empresa, especialmente con los Pastores, y la cooperación
con todos los hombres de buena voluntad. Esto exige un
serio discernimiento de las llamadas que el Espíritu dirige a
cada Instituto, tanto en aquellas regiones en las que no
se vislumbran grandes progresos inmediatos, como en otras zonas donde
se percibe un rebrote esperanzador. Las personas consagradas han de
ser pregoneras entusiastas del Señor Jesús en todo tiempo y
lugar, y estar dispuestas a responder con sabiduría evangélica a
los interrogantes que hoy brotan de la inquietud del corazón
humano y de sus necesidades más urgentes.”12
Una asignatura pendiente… Desde
que Cristo antes de su ascensión nos dejó su mandato
de “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo…” (Mt. 28, 19) los cristianos tenemos una
asignatura pendiente: la evangelización del mundo. Diversas han sido las
etapas por las que ha tenido que pasar la evangelización
y nunca podemos dar por supuesto aquel dicho de que
“tiempos pasados siempre fueron mejores”. Cada uno de los períodos
históricos ha tenido sus avatares y sus vicisitudes y siempre
el Espíritu ha asistido a hombres y mujeres en esta
gran tarea.
Junto con la fe en la misión, la esperanza
en los logros y el amor que debe inflamar cada
acción evangelizadora, conviene que los hombres y mujeres empeñados en
la evangelización analicen los signos de los tiempos con el
fin de desarrollar mejor su cometido. Los tiempos actuales piden
a la vida consagrada femenina que aproveche al máximo todos
los recursos a su disposición como pueden ser el personal,
los medios y, sobretodo, el tiempo. Los resultados podrán medirse
por el amor y la eficacia con la que la
mujer consagrada sepa asignar a todos esos recursos su papel
dentro de la evangelización. La mejor asignación de los recursos
escasos no sólo es obra de la economía, sino del
amor, pues como ha dicho un autor espiritual de nuestros
tiempos no querer lo mejor para del Amado es indiferencia,
lo contrario del amor (Marcial Maciel).
Nuestra sociedad no es ni
mejor ni peor que las sociedades que han existido en
otros tiempos. Partir de un juicio peyorativo o laudatorio sería
partir de un presupuesto falso, lo cual no permitiría al
evangelizador ser objetivo en el buscar los medios más adecuados
para “enseñar a guardar todo lo que Cristo nos ha
mandado”(Mt. 28, 19). Debemos dar por supuesto que el programa
de trabajo es el mismo, ayer, hoy y siempre: “El
nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo
desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del «
hacer por hacer ». Tenemos que resistir a esta tentación,
buscando « ser » antes que « hacer ».”13
De esta forma, los evangelizadores del nuevo milenio, aquellos que
llevarán a cabo el mandamiento de Ir y enseñar deben
primero ser antes que hacer. El programa se centra por
tanto en tener a Cristo como el eje de todo
el programa de la evangelización, expresado en el mismo documento
de Juan Pablo II, antes citado: “No se trata, pues,
de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es
el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición
viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que
hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él
la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta
su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que
no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque
tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un
verdadero diálogo y una comunicación eficaz. Este programa de siempre
es el nuestro para el tercer milenio.”14
Necesariamente los evangelizadores
deben tomar en cuenta el tiempo y la cultura si
quieren en verdad que el evangelio penetre en la vida
de las personas y pueda así cambiar la cultura de
la sociedad. Pero bien sabemos que la tarea que nos
une a todos los agentes de la evangelización es precisamente
la nueva evangelización proclamada por Juan Pablo II y recogida
en todas las exhortaciones que hablan sobre la situación de
la Iglesia en el mundo.
Así, para Oceanía leemos: “La
generazione attuale di cristiani è chiamata e inviata a realizzare
una nuova evangelizzazione tra i popoli dell´Oceania, una nuova proclamazione
della permanente verità evocata dal simbolo della Croce del Sud.
Questa chiamata alla missione pone grandi sfide, ma apre altresì
nuovi orizzonti, ricolmi di speranza e persino di un senso
di avventura.”15
En África encontramos: “Es necesario, pues, «
que la nueva evangelización esté centrada en el encuentro con
la persona viva de Cristo ».« El primer anuncio debe
tender, por tanto, a hacer que todos vivan esa experiencia
transformadora y entusiasmante de Jesucristo, que llama a seguirlo en
una aventura de fe ».Tarea, ésta, singularmente facilitada por el
hecho de que « el africano cree en Dios creador
a partir de su vida y de su religión tradicional.”16
Para Asia, el mensaje es: “La nueva evangelización, como
invitación a la conversión, a la gracia y a la
sabiduría, es la única esperanza auténtica para un mundo mejor
y para un futuro más luminoso. La cuestión no consiste
en si la Iglesia tiene algo esencial que decir a
los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sino más bien
si lo puede decir con claridad y de modo convincente.”17
Y en el continente americano, precisamente en dónde Juan
Pablo II acuñó el término nueva evangelización, leemos: “Al aceptar
esta misión, todos deben recordar que el núcleo vital de
la nueva evangelización ha de ser el anuncio claro e
inequívoco de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio
de su nombre, de su doctrina, de su vida, de
sus promesas y del Reino que Él nos ha conquistado
a través de su misterio pascual.”18
Y para Europa
tenemos lo que puede ser una exclamación desgarradora, nacida de
un gran corazón de padre que ha nacido y vivido
en suelo europeo: “¡Iglesia en Europa, te espera la tarea
de la « nueva evangelización »! Recobra el entusiasmo del
anuncio. Siente, como dirigida a ti, en este comienzo del
tercer milenio, la súplica que ya resonó en los albores
del primer milenio, cuando, en una visión, un macedonio se
le apareció a Pablo suplicándole: « Pasa por Macedonia y
ayúdanos » (Hch 16, 9). Aunque no se exprese o
incluso se reprima, ésta es la invocación más profunda y
verdadera que surge del corazón de los europeos de hoy,
sedientos de una esperanza que no defrauda. A ti se
te ha dado esta esperanza como don para que tú
la ofrezcas con gozo en todos los tiempos y latitudes.
Por tanto, que el anuncio de Jesús, que es el
Evangelio de la esperanza, sea tu honra y tu razón
de ser. Continúa con renovado ardor el mismo espíritu misionero
que, a lo largo de estos veinte siglos y comenzando
desde la predicación de los apóstoles Pedro y Pablo, ha
animado a tantos Santos y Santas, auténticos evangelizadores del continente
europeo.”19
Hemos querido extendernos en la colección de textos sobre
la nueva evangelización, para darnos cuenta de la importancia
que tiene en nuestro tiempo y para todas las culturas.
Los retos a los que se enfrenta nuestra sociedad son
variados y difíciles20 , pero no imposibles de superar. Y
son los mismos retos los que perfilan el tipo de
evangelización que se requiere para imbuir de evangelio las realidades
terrenas. La tarea que hoy llama a nuestra puerta es
la de la nueva evangelización, “compromiso, no de re-evangelización, pero
sí de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en
sus métodos, en su expresión.”21 Es hoy un imperativo
para toda la Iglesia. El ardor, el empuje, el celo
apostólico, la militancia son términos que de alguna manera quieren
expresar la característica principal que deberá seguir la transmisión del
mensaje en el Tercer milenio. Términos que han desaparecido del
lenguaje de la vida consagrada femenina.
¿Quiénes son los actores de
la nueva evangelización? Nos debe quedar claro que el trabajo de
la nueva evangelización es un trabajo destinado a todos los
católicos. Si en algo ha insistido el Concilio es en
la corresponsabilidad de todos los bautizados por propagar la
buena noticia. No hay ya cristianos de primera o de
segunda clase, meros espectadores del trabajo de otros. Todos somos
corresponsables en la evangelización del mundo: “Por lo cual todos
los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia
de su responsabilidad para con el mundo, han de fomentar
en sí mismos el espíritu verdaderamente católico y consagrar sus
fuerzas a la obra de la evangelización.”22
Como toda obra
eclesial, la evangelización contempla una división de funciones, manteniendo siempre
la unidad. Esta división no se realiza por la importancia
que unos puedan tener por encima de otros, sino sobre
la base de los oficios que cada uno está llamado
a realizar por ministerio propio. Tenemos así como al sucesor
de Pedro le toca la labor de enseñar la verdad23
, a los obispos, sucesores de los Apóstoles, la autoridad
de enseñar24 , el testimonio es función esencial para los
religiosos25 y para los laicos la de instaurar el
reino de Cristo en todas las realidades terrenas26 . Son
por tanto distintas funciones en orden a realizar con mayor
eficacia la labor de la evangelización.
De esta diferencia queremos partir
para expresar una realidad nada despreciable en la nueva evangelización:
la importancia que tienen las mujeres consagradas de frente a
los laicos. El magisterio de la Iglesia ha expresado en
los últimos años la imposibilidad de llevar a cabo la
tarea de la nueva evangelización sin la ayuda de las
almas consagradas, y en especial de las mujeres consagradas: “También
el futuro de la nueva evangelización, como de las otras
formas de acción misionera, es impensable sin una renovada aportación
de las mujeres, especialmente de las mujeres consagradas.”27 . Pero
esta ayuda, lejos de ser algo irreal o meramente imaginaria,
viene a sintetizarse en el ardor misionero como catalizador de
todas las funciones que deben llevarse a cabo en la
evangelización. A nuestro parecer, la función primaria de las mujeres
consagradas es saber transmitir el ardor por la nueva evangelización,
ardor que se traduce en impulso misionero.
¿En qué consiste el
empuje evangelizador? Bien sabemos que la evangelización requiere de distintas
etapas. “La evangelización, hemos dicho, es un paso complejo, con
elementos variados: renovación de la humanidad, testimonio, anuncio explícito, adhesión
del corazón, entrada en la comunidad, acogida de los signos,
iniciativas de apostolado.”28 Todos estos elementos no pueden vivirse
bajo la perspectiva de una institución social en donde se
deben cumplir determinados procesos para ser admitido. El proceso puede
llevarse a cabo por distintos agentes de la evangelización, sin
importar que éstos sean sacerdotes, religiosos o laicos. Sin embargo,
deben ser vividos, sostenidos e impulsados por el amor. Este
es el elemento que hace que se verifiquen los demás
pasos del proceso. Sin este amor, que podemos traducir por
ardor misionero o empuje evangelizador, es muy fácil desvirtuar la
labor evangelizadora o caer en la desesperación, el cansancio, la
tristeza. Evangelizar hoy en ciertos ambientes no es nada fácil.
Pensemos lo que significa anunciar el evangelio en sociedades como
la europea en donde tal parece que los hombres viven
un agnosticismo práctico29 , o sociedades que nunca han oído
hablar de Jesucristo como en ciertos lugares de Asia o
de África, e incluso enfrentar peligros de todo tipo de
frente a quienes rechazan el evangelio de Jesucristo. Sin un
ardor misionero que mantenga siempre vivo el interés por evangelizar,
es difícil poder perseverar en esta tarea.
El empuje misionero nace
teológicamente hablando del mismo amor de Dios hacia la humanidad,
que no duda de enviar a su Hijo para la
salvación de los hombres. Y este mismo celo o ardor
lo vemos en Jesucristo, que viene enviado por el Padre
para cumplir con una misión30 . El empuje misionero brota
de un verdadero amor a Cristo y un amor al
prójimo que impele a contagiar la felicidad del evangelio que
cada evangelizado vive en primera persona. Quien en verdad vive
un proceso de conversión constante no puede dejar de experimentar
una felicidad tal que se traduce en compromiso por transmitirla
a los demás. La evangelización no es más que compartir
lo que se vive. Y es precisamente este afán, esta
ilusión la que se traduce en fuerzas, en energías por
utilizar nuevos métodos, nuevas técnicas y por conquistar, uno a
uno, almas para Cristo31 .
Hoy vivimos la nueva evangelización en
todo el mundo. Sin embargo, los resultados son muy diversos.
Ahí en dónde se vive el ardor misionero, pueden verse
comunidades católicas gozosas de vivir el evangelio. Los resultados no
están asociados por tanto a la aplicación del proceso evangelizador,
sino al empuje evangelizador con el que se aplica dicho
proceso. En lugares en donde el amor es el fundamento
de la predicación evangelio, los resultados se ven a
todas luces. Y este amor, este fervor por anunciar el
evangelio se alimenta, de acuerdo a las palabras del apóstol
San Pablo: “Vuestra caridad sea sin fingimiento; detestando el mal,
adhiriéndoos al bien; amándoos cordialmente los unos a los otros;
estimando en más cada uno a los otros; con un
celo sin negligencia; con un espíritu fervoroso; sirviendo en el
Señor; con la alegría de la esperanza; constantes en la
tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los
santos; practicando la hospitalidad”(Rm. 12, 9 – 13).
Sin este celo
evangelizador fácilmente los obstáculos aparecerán y serán imbatibles: “Dicha falta
de fervor se manifiesta en la fatiga y desilusión, en
la acomodación al ambiente y en el desinterés, y sobre
todo en la falta de alegría y de esperanza.”32
Por ello es necesario fomentar constantemente este empuje evangelizador. No
es una virtud con la cual se nace, sino que
como toda virtud hay que cultivar. Para ello, los evangelizadores
harán muy bien en tomar conciencia de la misión. Saber
que lo que está en juego es la salvación de
las almas, y no sólo de las almas en general,
sino de cada una de las almas en forma individual.
La evangelización no es un proceso en masa, sino un
proceso individual que propone un mensaje y que tiene que
ser aceptado en la libertad de las personas33 . Por
ello el evangelizador debe reflexionar siempre en lo que Dios
ha puesto en sus manos como valor infinito para sus
prójimos. “Debe comprender (el evangelizador) que su misión se identifica
con la misión de Cristo y, por tanto, que su
vocación y su vida se injertan en la historia de
la salvación. Desde el momento en que percibió la llamada
de Dios (como evangelizador), su historia personal se ha convertido
en historia sagrada.”34
¿Por qué las mujeres consagradas poseen este
“empuje” evangelizador? Hemos visto cómo el Concilio Vaticano II ha despertado
la conciencia por un renovado empeño en la labor de
la evangelización, descubriendo de manera especial el carácter apostólico de
los laicos. No puede concebirse por tanto un laico de
brazos cruzados es decir, un bautizado que no se empeñe
en transmitir el mensaje del evangelio. Como la misión de
la Iglesia es una, todos los fieles estamos llamados a
participar en ella, cada uno desde su vocación específica, ya
que, si bien la misión es una, no todos participamos
en la misión de la misma manera.
Hay quien tiene
que enseñar, quien debe santificar, quien tiene que gobernar. Y
esto es evidente en el ámbito de la vida consagrada,
en donde cada carisma específico posee una misión particular dentro
de la misión general de toda la Iglesia. No puede
por tanto, como algunos autores aducen en nuestros días, reducirse
la variedad carismática por razones de escasez de personal, dificultad
por afrontar los retos de apostolado35 , etc. Puede hablarse
de cooperación entres los carismas, pero no de desaparición de
los carismas, pues se perderían campos muy específicos de la
misión de la Iglesia, además de dones muy específicos.
Y así
como existe esta diversidad de carismas entre las congregaciones religiosas,
cooperando cada una de ellas en la misión de la
Iglesia, así los laicos y las mujeres consagradas realizan labores
específicas para completar esta misión. “Es cierto que la misión
de la Iglesia es única en el sentido que no
tiene otra misión que Cristo le ha confiado. Y también
es cierto que es común a cada cristiano la misión
fundamental de vivir y actuar siempre en modo coherente con
las exigencias de la vida cristiana. Pero esto no permite
reducir la misión global de la Iglesia a la misión
que puede y debe realizar cada persona cristiana, ni permite
afirmar que la misión es totalmente idéntica a todos y
cada uno de los cristianos.”36 Sin establecer una jerarquía
de inútiles consecuencias, podemos decir que existe una misión en
la Iglesia para los laicos y una misión en la
Iglesia para las mujeres consagradas.
En la mujer consagrada la misión
está especialmente unida a la nueva y especial consagración
que recibe al momento de consagrarse perpetuamente a Dios. Por
la especial dedicación que tiene a Dios, la mujer consagrada
no sólo puede dedicarse íntegramente a las obras específicas que
le marca la congregación o el instituto religioso, sino, y
más importante todavía que las obras, puede dedicar todo su
ser a la misión de la Iglesia. Es decir, pone
todo su ser a disposición de la misión de la
Iglesia. De esta manera se establece una simbiosis entre vida
consagrada y vida de la Iglesia: la vida de una
mujer consagrada sólo puede ser entendida dentro, en y para
la misión de la Iglesia. Por ello, en la medida
en que la mujer consagrada se conforme más con la
persona de Cristo, en esa medida podrá cumplir mejor con
la misión que la Iglesia le ha encomendado.
Y no nos
estamos refiriendo meramente a las obras apostólicas cuando hablamos de
misión. Más bien pensamos en el testimonio personal, ya que
la vivencia de los consejos evangélicos es de por sí
una gran obra de apostolado, pues permiten contemplar ya en
esta tierra los bienes de la otra vida, de los
cuales los consejos evangélicos son ya prenda de la visión
beatífica. “En realidad la misión apostólica, antes que en la
acción, consiste en el testimonio de la propia entrega plena
a la voluntad salvífica del Señor.”38
La vida de una
mujer consagrada es por tanto una vida en constante misión,
porque su vida y la misión de la Iglesia han
quedado unidas perentoriamente en el momento de la consagración religiosa,
hasta poder llegar a exclamar con San Pablo: “Ya no
soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí.”
(Gal. 2, 20). Este carácter especial de su misión puede
ser vivido, sin embargo con diversas tonalidades, de acuerdo al
amor que cada mujer consagrada tenga por Cristo y por
la humanidad. Puede ser mediocre y transcurrir la vida replegada
en sí misma. Puede ser un amor lleno de reparos
y así pasarán los años en el miedo, en las
entregas a medias. O puede ser un amor que lo
lleve a entregar todo, a pesar de las dificultades, y
entonces será un amor lleno de empuje, de celo por
las almas. Sólo quien se deja poseer verdaderamente por Dios,
es capaz de hacer algo por ella misma y por
los demás. “El fuego del amor, que el Espíritu infunde
en los corazones lleva a interrogarse constantemente sobre las necesidades
de la humanidad y sobre cómo responder a ellas, sabiendo
que sólo quien reconoce y vive la primacía de Dios
puede realmente responder a las auténticas necesidades del hombre, imagen
de Dios.”39
Y para vivir este empuje evangelizador, la mujer
consagrada no se encuentra sola, pues cuenta con el carisma
de la Congregación. Es allí, en la espiritualidad, en las
sanas tradiciones, en la vida fraterna en comunidad, en las
diversas obras de apostolado, en donde encuentra la fuente, las
energías y los medios para forjar este celo por las
almas. Si la vida de la mujer consagrada es una
constante donación al Padre, por el Hijo, a través del
espíritu Santo, el carisma es el punto de convergencia de
la llamada del Padre a seguir la vida del Hijo.
Y el Papa Juan Pablo II, haciéndose eco de las
disposiciones conciliares que pedía, como punto esencial para la renovación
de la vida consagrada el volver a los orígenes40 ,
proponía la vida de los fundadores como un ejemplo para
vivir en el empuje misionero: “Se invita pues a los
Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y
la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a
los signos de los tiempos que surgen en el mundo
de hoy.”41 Es por ello que la mujer consagrada
puede tener un empuje evangelizador, pues está llamada a reproducir
las cualidades evangelizadoras más específicas de su fundador.
¿Cómo puede
comunicar el empuje evangelizador? La evangelización no es una labor meramente
institucional en donde a través de unas estructuras, un programa,
un guía y un calendario, se obtienen los resultados deseados.
La conversión verdadera de las almas, el seguimiento de Cristo,
requiere, cierto, de algunas planeaciones e instituciones que la sostengan,
pero sobretodo es necesario la labor de hombre y mujeres
apasionados por la misión para seguir de cerca de cada
una de las almas confiadas y no desfallecer frente a
las dificultades y los avatares propios de la misión.
La nueva
evangelización no podrá llevarse a cabo sin un seguimiento personalizado
a los agentes de la evangelización y a las almas
evangelizadas. Son más bien pasos individuales que deben ser vividos
en primera persona y acompañados por alguien que sirva de
maestro y de guía. Aún más, en nuestra sociedad contemporánea,
refractaria a los valores espirituales y trascendentes, apoyándose en un
individualismo exasperado, este acompañamiento se convierte en un elemento esencial
del proceso de evangelización. Pensemos por ejemplo en la Iglesia
en Italia, en dónde Benedicto XVI ha hecho referencia al
problema de la fragilidad, especialmente entre los jóvenes. Urge por
tanto una ayuda personal espiritual a estas personas que se
encuentran desorientadas en la vida, por falta de una identidad
clara, definida y fuerte. Para quien es evangelizado, el acompañamiento espiritual,
la dirección espiritual, no puede ser un elemento impuesto, sino
propuesto. Es fruto de un amor personal a la persona
que viene acogida en el seno de una nueva comunidad,
la comunidad ya evangelizada. Es el amor a la misión,
el empuje misionero, el ardor por la misión, la que
hace capaz de poner a disposición de las personas que
viven este paso del neo-paganismo a la vida de fe,
momentos de diálogo, de confronto, de evaluación personal. Sólo de
esta manera se puede transmitir la fe con plenitud, como
una experiencia personal y no como una serie de normas
o datos que deben ponerse en práctica. Si la evangelización
es ante todo una transmisión de un mensaje, esta transmisión
no puede renunciar a su carácter personal.
Y para quien es
agente de evangelización, el ejemplo de las mujeres consagradas, dedicadas
de por vida a la misión, resulta significativo el hecho
de poder contar con ellas como “expertas” no sólo en
las técnicas de la evangelización, sino en la animación de
dicha evangelización. La mujer consagrada, con el patrimonio espiritual que
posee puede ser la inspiradora de programas de evangelización, pero
sobretodo, puede animar y dirigir dichos programas de evangelización. A
través del coloquio frecuente, de la revisión de dichos programas,
la mujer consagrada puede animar comunidades de evangelización en los
diversos puestos que la obediencia le ha asignado, sirviéndose de
los laicos para llegar a lugares en dónde ella no
puede llegar.
No es necesario estudiar mucho para transmitir el empuje
evangelizador a los laicos a través de la dirección espiritual.
Basta que la mujer consagrada desarrolle un gran don que
ha recibido y que le permite entender a los hombres
hasta en el más íntimo de sus sentimientos. Un don
que para el neófito se hace caricia materna en su
camino de la fe y para el agente evangelizador se
convierte en mano segura y firme en su trabajo
apostólico. Es el don de la maternidad espiritual. “una vez
purificados algunos aspectos de la personalidad, el ofrecimiento de sí
se eleva a Dios con mayor pureza y generosidad, y
revierte en los hermanos y hermanas de manera más sosegada
y discreta, a la vez que más transparente y rica
de gracia. Es el don y la experiencia de la
paternidad y maternidad espiritual.”42
Carisma y empuje evangelizador. El carisma, como
experiencia del Espíritu constituye una fuerza única para la nueva
evangelización. Los elementos que lo constituyen encierran características que hacen
posible la nueva evangelización, pudiendo decir incluso, que quien vive
el carisma está ya participando en la evangelización. Analizaremos cada
uno de los elementos del carisma para comprender con profundidad
lo que hemos mencionado.
Todo carisma nace de una necesidad apremiante
que se da en la Iglesia. Si bien es cierto
que esta necesidad surge en un tiempo y en un
lugar geográfico determinado, proporciona al fundador la posibilidad de emprender
un itinerario hacia Dios, de forma que le permita hacer
la experiencia del Espíritu, de la que nacerá el carisma.
Dios permite que el fundador vea dicha necesidad no sólo
desde el punto de vista material, sino sobretodo desde el
punto de vista espiritual. La parte humana es tan sólo
el reflejo o la parte externa de la persona de
Cristo que sufre en esa parte del cuerpo místico. El
fundador busca por tanto no sólo dar un consuelo o
ayuda a esos hombres que Dios ha puesto en su
camino, sino a Cristo que sufre en esos hombres. Podemos
afirmar que el fundador logra abstraerse del tiempo y lugar
en el que se da la necesidad apremiante para ver,
sin límites de tiempo o de espacio, al Cristo que
sufre en los hombres de todos los tiempos y de
todos los lugares43 . Esa abstracción queda plasmada en los
fines de la congregación que por inspiración de Dios llega
a fundar. Los fines de la congregación representarán por tanto
las formas en que los discípulos del fundador a lo
largo del tiempo vendrán a subsanar no sólo una necesidad
material o espiritual, sino sobretodo la forma en que ayudarán
a paliar los sufrimientos de Cristo.
Este proceso de saber ver
más allá de los aspectos materiales de la realidad apremiante,
permite a la mujer consagrada el tener una visión de
fe y ver a Cristo en los hombres y las
mujeres a los que ha sido llamada a ayudar, a
través del carisma. Se genera por tanto un especial seguimiento
de Cristo del que nace un grande amor a Él,
hecho vida en el apostolado. Se ama a Cristo que
sufre en los hombres, especialmente a los hombres a los
cuales el carisma viene a ayudar. Pero este amor a
Cristo que sufre es un amor con unas características del
todo particulares que le vienen de la forma en que
el Fundador expresó ese amor. La mujer consagrada debe ser
capaz de identificar estas peculiaridades del amor, y que mejor
que ella, que siendo mujer, logra captar las fibras más
sensibles del corazón, la filigrana del amor, sus aspectos más
específicos.
Si hemos dicho que la evangelización no es más que
el anuncio de la persona de Cristo, las mujeres consagradas
que viven su identidad carismática, son misioneras por excelencia, ya
que su vida toda no es más que anunciar al
Cristo que ellas contemplan en la necesidad apremiante que el
carisma les presenta todos los días. Su trabajo y el
testimonio de vida vivido siempre en continua tensión por ver
y servir a Cristo en los demás, es un ejemplo
que ayuda a cualquier persona a encontrarse con Cristo, centro
de la evangelización. Si como decía Pablo VI, el mundo
tiene más necesidad de testigos que de maestros, las mujeres
consagradas que viven carismáticamente su vida serán testigos de la
existencia de un Cristo al cuál ellas sirven y aman
con las facetas típicas de su carisma, concretizadas en una
espiritualidad, en un apostolado, en un estilo de vida. Podemos
establecer por tanto que el empuje evangelizador se equipara con
el carisma, cuando la mujer consagrada vive fielmente su vida
consagrada. No será necesario crear actividades extra a las propias
generadas por el carisma, si en verdad de se quiere
evangelizar. Bastará el testimonio y el mismo trabajo apostólico para
llevar a cabo la evangelización. Pero mucho de esta labor
evangelizadora depende de la intencionalidad con que viva su identidad
carismática. Si quien debe vivir el carisma no arde de
amor por él, no vive con pasión su apostolado buscando
servir a Cristo en las personas que el carisma le
permite encontrar, la evangelización es seguro que no se lleve
a cabo.
Por si esto no bastara para demostrar que la
mujer consagrada que vive su carisma es ya evangelizadora, tomemos
otro elemento del carisma, esto es, el amor a Cristo.
El fundador, por medio de la experiencia del Espíritu, ha
captado de forma original y específica algún misterio de Dios
o de la persona de Cristo. Esta comprensión específica de
Cristo o del misterio de Dios genera en ella un
amor original. Un amor que va a Dios y a
todos los hombres.
Este amor es el que la sostendrá
a lo largo de toda su vida y en todas
las actividades que deba emprender para lograr que el carisma
se materialice en su trabajo. Es éste amor al que
nos referíamos cuando mencionábamos en este mismo apartado que el
empuje evangelizador sólo puede ser sostenido si está animado por
un amor. La mujer consagrada que vive su identidad carismática
alimenta y vive diariamente este amor cuando busca amar al
Cristo o al misterio de Dios que el carisma le
propone. No tendrá que inventar nada, no tendrá que buscar
subsidios para la evangelización, si en verdad está animada por
este amor.
Para ello, es necesario que conozca con detalle la
experiencia del Espíritu que ha hecho su fundador y se
enamore diariamente del Cristo que le viene presentado por el
carisma. Sin el conocimiento claro y preciso de este Cristo,
será muy difícil que se logre enamorar de Él, pues
nadie se enamora de una idea o de un proyecto.
“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética
o una gran idea, sino por el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a
la vida y, con ello, una orientación decisiva.”44 Así,
la mujer consagrada, si conoce el carisma, tiene delineado todo
un programa para conocer el amor, vivir el amor y
transmitir el amor, de forma tal que su vida se
confunda prácticamente con un empuje evangelizador, pues quien ha conocido
el amor no puede permanecer tranquilo, tiene necesidad de darlo
a los demás.
Carisma y empuje evangelizador se convierten en sinónimo
cuando la mujer consagrada se deja conquistar por el Cristo
como le viene presentado y vivido por el fundador. La
vuelta a los orígenes que tan fuertemente ha sido auspiciada
por el Vaticano II y recomendada por Pablo VI y
Juan Pablo II, es posible realizarla, al menos en una
parte, cuando las discípulas del fundador se deciden a amar
a Cristo y a amarlo en el prójimo con las
mismas características con que lo amó el fundador. Sin duda
alguna que cada persona amará a Cristo con sus connotaciones
muy particulares, pero si se vive una escuela de amor,
la enseñada por el fundador, esas connotaciones particulares brillarán aún
más. Y quien resultará beneficiado en última instancia, además de
la misma mujer consagrada, lo será sin duda el hombre
de nuestro tiempo que al ver el empuje avasallador de
unas mujeres que viven el amor, se sentirán llamados a
conocer este amor, que no es sino la esencia de
la evangelización.
NOTAS 1 Juan XXIII, Constitución apostólica Humanae salutis,
25.12.1961. 2 “La adecuada adaptación y renovación de
la vida religiosa comprende a la vez el continuo retorno
a las fuentes de toda vida cristiana y a la
inspiración originaria de los Institutos, y la acomodación de los
mismos, a las cambiadas condiciones de los tiempos.” Concilio Vaticano
II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2. 3 Benedicto
XVI, Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, 22.2.2007, n. 81. 4
“Se invita pues a los Institutos a reproducir con
valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus
fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los
tiempos que surgen en el mundo de hoy.” Juan Pablo
II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37. 5
Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 21.11.1964, n. 17. 6
Pablo VI, Encíclica Ecclesiam suam, 6.8.1964, n. 64.
7 Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 8.12.1975,
n. 18 8 Ibidem, n. 19 y 20. 9
Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Missio, 12.07.1990, n. 33. 10
Juan Pablo II, Exhortación apostólica postinodal Vita Consecrata, 25.3.1996,
n. 73 11 Ibidem, n. 81 12 Ibidem. 13
Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio ineunte, 6.1.2001,
n. 15. 14 Ibidem., n. 29. 15 Juan
Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Oceania, 27.11.2001, n.
13. No existe la traducción oficial del texto en español.
16 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in
Africa, 14.9.1995, n.57. 17 Juan Pablo II, Exhortación apostólica
post-sinodal Ecclesia in Asia, 6.11.1999, n.29 18 Juan Pablo
II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in America, 22.1.1999, n.66 19
Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa,
28.6.2003, n. 45. 20 No es nuestro objetivo en
este capítulo hacer un elenco detallado de todos los retos
a los que se enfrenta la nueva evangelización en el
mundo. Bástenos señalar que algunas de las características más importantes
pueden resumirse en lo dicho por Juan Pablo II en
la Carta apostólica Novo Millennio ineunte, 6.1.2001, n. 51. 21
Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea del
Celam en Port-au-Prince, 9.3.1983. 22 Concilio Vaticano II, Decreto
Ad gentes, 7.12.1965, n. 36 23 “El Sucesor
de Pedro, por voluntad de Cristo, está encargado del ministerio
preeminente de enseñar la verdad revelada. El Nuevo Testamento presenta
frecuentemente a Pedro "lleno del Espíritu Santo", tomando la palabra
en nombre de todos. Por eso mismo San León Magno
habla de él como de aquel que ha merecido el
primado del apostolado. Por la misma razón la voz de
la Iglesia presenta al Papa "en el culmen —in apice,
in specula—, del apostolado". El Concilio Vaticano II ha querido
subrayarlo, declarando que "el mandato de Cristo de predicar el
Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) se refiere
ante todo e inmediatamente a los obispos con Pedro y
bajo la guía de Pedro".” (Concilio Vaticano II, Decreto Ad
gentes, 7.12.1965, n. 67) 24 “A los obispos están
asociados en el ministerio de la evangelización, como responsables a
título especial, los que por la ordenación sacerdotal obran en
nombre de Cristo (103), en cuanto educadores del pueblo de
Dios en la fe, predicadores, siendo además ministros de la
Eucaristía y de los otros sacramentos.” (Concilio Vaticano II, Decreto
Ad gentes, 7.12.1965, n. 68). 25 “Los religiosos, también
ellos, tienen en su vida consagrada un medio privilegiado de
evangelización eficaz. A través de su ser más íntimo, se
sitúan dentro del dinamismo de la Iglesia, sedienta de lo
Absoluto de Dios, llamada a la santidad. Es de esta
santidad de la que ellos dan testimonio. Ellos encarnan la
Iglesia deseosa de entregarse al radicalismo de las bienaventuranzas. Ellos
son por su vida signo de total disponibilidad para con
Dios, la Iglesia, los hermanos.” (Concilio Vaticano II, Decreto Ad
gentes, 7.12.1965, n. 69). 26 “Su tarea primera
e inmediata no es la institución y el desarrollo de
la comunidad eclesial —esa es la función específica de los
Pastores—, sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas
y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y
activas en las cosas del mundo. El campo propio de
su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de
la política, de lo social, de la economía, y también
de la cultura, de las ciencias y de las artes,
de la vida internacional, de los medios de comunicación de
masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización como
el amor, la familia, la educación de los niños y
jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc.” (Concilio Vaticano II,
Decreto Ad gentes, 7.12.1965, n. 70). 27 Juan Pablo
II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita Consecrata, 25.3.1996, n. 57. 28
Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, 7.12.1965, n. 24.
29 “En la raíz de la pérdida de la
esperanza está el intento de hacer prevalecer una antropología sin
Dios y sin Cristo. Esta forma de pensar ha llevado
a considerar al hombre como « el centro absoluto de
la realidad, haciéndolo ocupar así falsamente el lugar de Dios
y olvidando que no es el hombre el que hace
a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre.
El olvido de Dios condujo al abandono del hombre »,
por lo que, « no es extraño que en este
contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre
desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la
gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta
del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria
».(16) La cultura europea da la impresión de ser una
apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como
si Dios no existiera.” Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post-sinodal
Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 9. 30 “Ser Iglesia
es ser misión. En primer lugar porque la Iglesia nace
del movimiento que se inicia en el seno del Abbá
y que envía a su Hijo al mundo para reunir
a todos los hijos dispersos. La missio Dei tal como
se refleja en la misión del Hijo es la razón
de ser de la Iglesia: tanto amó Dios al mundo
que le entregó a su Hijo único; tanto amo Dios
al mundo que le entregó a la Iglesia, <> (LG9). La Iglesia nace también
de la missio Dei, en cuanto misión y e-misión del
Espíritu.” José C.R. García Paredes, Teología de la vida religiosa,
BAC, Madrid, 2002, p. 167. 31 Debemos cuidar de
no quedarnos ahogados en los métodos, las estructuras, los planes.
Muchas veces las diócesis y las congregaciones religiosas producen planes
pastorales que son verdaderas joyas de la evangelización, pero que
quedan atrapados en la burocratización. Así lo ha expresado Alessandro
Pronzato cuando dice: “El peligro en nuestros días, en el
campo de la caridad cristiana, puede ser el dar una
importancia mayor a la organización, a las estructuras, a las
formas exteriores. La burocratización termina por sofocar la espontaneidad, anular
la búsqueda de relaciones personales, cancelar la atención a los
individuos en particular.” Alessandro Pronzato, Alla ricerca delle virtù perdute,
Piero Gibraudi editore, Milano, 2000, p. 199. 32 Pablo
VI, Exhortación apostólica Evangelio nuntiandii, 8.12.1975, n.80. 33 Al
hablar de celo misionero, ardor y empuje evangelizador no debemos
olvidar que esta cualidad no está peleada con la libertad
de las personas. Nuestra época, tan reacia a las dictaduras
militares y tan favorable a la libertad individual hasta llegar
a exaltar la libertad como valor supremo, ve con ojos
cautelosos todo aquello que haga referencia con militancia, conquista de
las almas, lucha y combate. Nada más lejos del concepto
de ardor y empuje misionero que no es sino un
término que quiere expresar el amor de caridad hacia los
hombres que busca contagiar la felicidad del evangelio, utilizando para
ello los más y mejores medios lícitos puestos a disposición
del evangelizador. Recordemos a este respecto las palabras de Pablo
VI: “Sería ciertamente un error imponer cualquier cosa a la
conciencia de nuestros hermanos. Pero proponer a esa conciencia la
verdad evangélica y la salvación ofrecida por Jesucristo, con plena
claridad y con absoluto respeto hacia las opciones libres que
luego pueda hacer —sin coacciones, solicitaciones menos rectas o estímulos
indebidos—, lejos de ser un atentado contra la libertad religiosa,
es un homenaje a esta libertad, a la cual se
ofrece la elección de un camino que incluso los no
creyentes juzgan noble y exaltante. O, ¿puede ser un crimen
contra la libertad ajena proclamar con alegría la Buena Nueva
conocida gracias a la misericordia del Señor? O, ¿por qué
únicamente la mentira y el error, la degradación y la
pornografía han de tener derecho a ser propuestas y, por
desgracia, incluso impuestas con frecuencia por una propaganda destructiva difundida
mediante los medios de comunicación social, por la tolerancia legal,
por el miedo de los buenos y la audacia de
los malos? Este modo respetuoso de proponer la verdad de
Cristo y de su reino, más que un derecho es
un deber del evangelizador. Y es a la vez un
derecho de sus hermanos recibir a través de él, el
anuncio de la Buena Nueva de la salvación. Esta salvación
viene realizada por Dios en quien El lo desea, y
por caminos extraordinarios que sólo El conoce. En realidad, si
su Hijo ha venido al mundo ha sido precisamente para
revelarnos, mediante su palabra y su vida, los caminos ordinarios
de la salvación. Y Él nos ha ordenado transmitir a
los demás, con su misma autoridad, esta revelación. No sería
inútil que cada cristiano y cada evangelizador examinasen con detenimiento,
a través de la oración, este pensamiento: los hombres podrán
salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios,
si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros
salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza —lo que
San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio—, o por ideas falsas
omitimos anunciarlo? Porque eso significaría ser infieles a la llamada
de Dios que, a través de los ministros del Evangelio,
quiere hacer germinar la semilla; y de nosotros depende el
que esa semilla se convierta en árbol y produzca fruto.
Conservemos, pues, el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora
alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas.”
Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelio nuntiandii, 8.12.1975, n.80. 34
Marcial Maciel, La formación integral del sacerdote, BAC, Madrid, 1994,
p. 108. 35 “Es, por tanto, necesario cultivar la
identidad carismática, incluso para evitar una creciente indiferenciación que constituye
un verdadero peligro para la vitalidad de la comunidad religiosa
(...)La indiferenciación, que reduce la vida religiosa a un mínimo
y desvaído común denominador, lleva a hacer desaparecer la belleza
y la fecundidad de la multiplicidad de los carismas suscitados
por el Espíritu.” Congregación para los institutos de vida consagrada
y sociedades de vida apostólica, La vida fraterna en comunidad,
2.2.1994, n.46. 36 Ángel Pardilla, cmf., Vita consacrata per
il nuevo millennio, Libreria Editrice Vaticana, 2003, p. 1390. 37
Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita Consecrata, 25.3.1996,
n. 30. 38 Ibidem. n. 44 39 Benedicto
XVI, Carta con motivo de la Asamblea plenaria de la
Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades
de vida apostólica, 27.9.2005. 40 “Redunda en bien
mismo de la Iglesia el que todos los Institutos tengan
su carácter y fin propios. Por tanto, han de conocerse
y conservarse con fidelidad el espíritu y los propósitos de
los Fundadores, lo mismo que las sanas tradiciones, pues, todo
ello constituye el patrimonio de cada uno de los Institutos”
Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2b. 41
Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita Consecrata, 25.3.1996,
n. 37. 42 Ibidem. n. 70. 43 Expresado
en palabras de Benedicto XVI: “En el desarrollo de este
encuentro se muestra también claramente que el amor no es
solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser
una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del
amor. Al principio hemos hablado del proceso de purificación y
maduración mediante el cual el eros llega a ser totalmente
él mismo y se convierte en amor en el pleno
sentido de la palabra. Es propio de la madurez del
amor que abarque todas las potencialidades del hombre e incluya,
por así decir, al hombre en su integridad. El encuentro
con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar
en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la
experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra
voluntad y nuestro entendimiento. El reconocimiento del Dios viviente es
una vía hacia el amor, y el sí de nuestra
voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en
el acto único del amor. No obstante, éste es un
proceso que siempre está en camino: el amor nunca se
da por « concluido » y completado; se transforma en
el curso de la vida, madura y, precisamente por ello,
permanece fiel a sí mismo. Idem velle, idem nolle, querer
lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los
antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse
uno semejante al otro, que lleva a un pensar y
desear común. La historia de amor entre Dios y el
hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece
en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo
que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada
vez más: la voluntad de Dios ya no es para
mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera,
sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios
está más dentro de mí que lo más íntimo mío.
Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra
alegría (cf. Sal 73 [72], 23-28).” Benedicto XVI, Encíclica Deus
caritas est, 25.12.2005, n. 18. 44 Benedicto XVI, Carta
encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n.1.
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