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Autor: Germán Sánchez Griese Proyecto de vida y carisma
La santidad del cristiano es un don del Espíritu Santo. Por lo tanto la santidad es posible adquirirla cuando se esta en escucha constante del Espíritu Santo y en la búsqueda del cumplimiento de los deberes de estado.
Proyecto de vida y carisma
¿Se puede proyectar la vida? El cristianismo es seguir a una
persona. “Hemos creído en el amor de Dios: así puede
expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No
se comienza a ser cristiano por una decisión ética o
una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento,
con una Persona, que da un nuevo horizonte a la
vida y, con ello, una orientación decisiva.”1 La entusiasta
invitación que han recibido las personas consagradas para seguir a
Jesucristo se convierte en todo un programa que debe cubrir
toda la vida y todos los aspectos de la vida,
ya que se es llamada a vivir la misma vida
de Cristo en toda la profundidad de la existencia humana.
Así la ha confirmado Juan Pablo II al expresar la
identidad de la vida consagrada como un seguimiento de Cristo,
a la manera de los apóstoles: “El fundamento evangélico de
la vida consagrada se debe buscar en la especial relación
que Jesús, en su vida terrena, estableció con algunos de
sus discípulos, invitándoles no sólo a acoger el Reino de
Dios en la propia vida, sino a poner la propia
existencia al servicio de esta causa, dejando todo e imitando
de cerca su forma de vida.”2
Esta forma de vida
de Cristo es la que hará de perno en toda
la vida de las personas consagradas y bien podemos afirmar
que será el fundamento de su identidad, de tal forma
que la persona consagrada lo es en la medida que
su vida se asemeja cada vez más a la vida
de Jesucristo, de forma que pueda llegar a expresar como
San Pablo: “Ya o soy yo quien vive, es Cristo
quien vive en mí”. De aquí la importancia de conformar
la vida con la vida de Cristo: “El proceso formativo,
como se ha dicho, no se reduce a la fase
inicial, puesto que, por la limitación humana, la persona consagrada
no podrá jamás suponer que ha completado la gestación de
aquel hombre nuevo que experimenta dentro de sí, ni de
poseer en cada circunstancia de la vida los mismos sentimientos
de Cristo.”3
Este proceso de conversión o de formación permanente
requiere todo un camino. Es el proyecto de toda una
vida que no se puede dejar al azar, al vaivén
de las circunstancias o a la interpretación del último autor,
confesor o expositor de moda. Requiere tener sólidos fundamentos que
le permitan alcanzar la meta deseada, esto es, la conformación
plena con la persona de Cristo.
Puede extrañarnos en un primer
momento la necesidad de planear la vida consagrada. Hacemos hincapié
de que estamos hablando de planear todos los aspectos de
la vida consagrada y no sólo aquellos que atañen a
la vida espiritual, como fácilmente podría considerarse. Si la persona
consagrada es propiedad entera del Señor, entonces no hay
porque extrañarse que todos los aspectos inherentes a su existir
deban pertenecerle al Señor. Se es consagrada en forma íntegra,
no en parcialidades. Quien estable cotos, límites e o cercos
a su vida y no la entrega en plenitud al
Señor, no estará viviendo en plenitud la consagración a Él
prometida.
Esta consagración al Señor comporta una santidad de vida, entendida
como la vivencia plena de las promesas bautismales. “No obstante
exista una absoluta trascendencia de la santidad del Padre y
de Jesús, se sigue que los cristianos pueden llegar a
ser santos como Dios lo es porque el Espíritu los
hace partícipes de la santidad divina, sin ofender la trascendencia
infinita del Padre, sino compartiéndola. Si en la unión hipostática
el Verbo asumió la condición humana, en su santificación el
cristiano asume la condición divina. La santidad del cristiano es
un don del Espíritu Santo.”4 Por lo tanto la
santidad es posible adquirirla cuando se esta en escucha constante
del Espíritu Santo y en la búsqueda del cumplimiento de
los deberes de estado. Por la propia consagración, estos deberes
de estado se convierten para la persona consagrada en medios
adecuados para su santificación. No tiene que pensar en santificarse
fuera de los mismos compromisos que le marca su consagración,
de tal forma que sus deberes espirituales, su vida fraterna
en comunidad, sus deberes de apostolado se convierten en medios
idóneos para configurarse con Cristo y así alcanzar la santidad.
La pregunta de la programación queda aún en el aire,
ya que si estos medios llevan de por sí a
la santidad, no habría poner tanto necesidad de programación alguna.
Bastaría simplemente vivirlo con la mejor de las intenciones.
Sin embargo
por experiencia propia sabemos que la persona consagrada, como cualquier
persona del género humano, a veces no logra distinguir con
nitidez las cosas qué debe hacer ni la forma en
cómo puede cumplirlas. Además como criatura creada a imagen de
dios, caída por le pecado original y redimida por Cristo,
no está exenta de sufrir las asechanzas del mundo, de
sus propias pasiones. Es entonces cuando surge la necesidad de
conocerse para programarse, para saber atajar al enemigo, ya sea
el enemigo que se lleva dentro, o ya sea aquél
que se disfraza a través de las circunstancias o de
factores externos. No debemos olvidar, dentro de estos elementos, el
desarrollo psicológico de la persona que también dejará su huella
en la persona consagrada, llevándole a tomar medidas necesarias para
seguir respondiendo con la misma frescura y lozanía a Cristo,
como cuando lo hizo el día que prometió seguimiento al
Señor.
Por ello, la programación no es la regulación minuciosa y
hasta maníaca de los detalles que debe cumplir la persona
consagrada. Tal sería una actividad que pronto llevaría a la
esquizofrenia. Es más bien la fijación de metas para alcanzar
la santidad, el conocimiento que adquiere la persona de sí
misma, las circunstancias que la rodean y que afectan las
metas que se ha fijado para la santidad, los medios
idóneos que utilizará para aprovechar los aspectos positivos y contraponer
los negativos, de forma que la vida no sea guiada
al caso o al vaivén de las circunstancias externas o
de las pasiones y sentimientos internos.
El ideal de la santidad
es el ideal de todo cristiano5 . Pero dicha santidad
no es ni fácil ni difícil de alcanzar. Requiere simplemente
la dosificación, es decir el fijar por etapas las metas
que se quieren alcanzar. Cuando una persona se entusiasma por
Cristo y quiere seguirlo e imitarlo, no lo podrá lograr
de la noche a la mañana. Es necesario que se
fije metas claras, precisas, objetivas y de corto alcance para
lograr el objetivo final, que es la santidad.
Por otra parte
la persona cuenta o debe contar con un aliado que
es su misma persona. Esta persona, de acuerdo a la
antropología cristiana, sabemos que está constituida por inteligencia y voluntad.
Es decir, la persona puede conocer y la persona puede
querer. Es libre para elegir lo que más le convenga,
de acuerdo a las metas que se ha fijado. Pero
también, esta persona tiene pasiones, sentimientos, impulsos. Todos ellos, de
no mediar una grave enfermedad psicológica o psíquica, pueden ser
encauzados de acuerdo a las metas que se ha fijado
la persona. Por ello, debe conocerse, aceptarse y superarse, siguiendo
las enseñazas de S. Agustín: “Conócete, acéptate, supérate.”
Por último,
bien sabemos que la persona no vive enana esfera de
cristal o en una isla. Actúa en una sociedad, en
una comunidad. Y como una célula, no es impermeable a
lo que sucede en su entorno. Deberá tomar en cuenta
la forma en que las circunstancias externas le afectan para
alcanzar la meta de la santidad, que previamente se ha
fijado.
Por ello, a través de un programa de vida que
le permita fijarse metas claras, cortas, precisa y objetivas, un
conocimiento de su persona que la ponga alerta de las
fuerzas positivas y negativas con las que cuenta, y un
sentido de la realidad para saber la forma en que
el ambiente externo va a afectar su camino a la
santidad, podrá fijarse medios idóneos para llegar a la santidad.
Así lo afirmaba Juan Pablo II: “¿Acaso se puede «
programar » la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en
la lógica de un plan pastoral? En realidad, poner la
programación pastoral bajo el signo de la santidad es una
opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que,
si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad
de Dios por medio de la inserción en Cristo y
la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con
una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una
religiosidad superficial. (…) Como el Concilio mismo explicó, este ideal
de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase
una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos «
genios » de la santidad. Los caminos de la santidad
son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno.
Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y
canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos
a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias
más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer
de nuevo a todos con convicción este « alto grado
» de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de
la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir
en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos
de la santidad son personales y exigen una pedagogía de
la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse
a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe enriquecer
la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de
ayuda personal y de grupo, y con las formas más
recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos
por la Iglesia.”6
El proyecto de la vida consagrada. Ahora
bien, si como dice Juan Pablo II, los caminos de
la santidad son personales y exigen una pedagogía de la
santidad verdadera y propia, los distintos estados de vida
requerirán distintas pedagogías de santidad, ya que, si bien la
santidad es una sola, esto es, asemejarnos a Cristo y
así alcanzar la vida en Dios, los medios varías de
acuerdo a las circunstancias que rodean la vida de las
personas. Si bien la santidad es la misma, no se
alcanza de la misma manera por una madre de familia
que por una mujer consagrada a la oración, el sacrifico
y la penitencia en la vida de un monasterio de
clausura. Debemos fijar entonces la identidad de cada estilo de
vida, de forma que podamos construir un proyecto claro y
propio de santidad.
Para la vida consagrada debemos fijarnos ciertos aspectos
comunes que nos permitan tener un esquema preciso de lo
que las personas consagradas deben alcanzar en su vida y
los medios con los que cuentan para ello. Serían muchas
las fuentes a las que podríamos acudir para establecer esta
santidad común a la que deben tender todas las personas
consagradas. Pero podríamos aquí señalar que el magisterio de la
Iglesia y el patrimonio espiritual de cada congregación deberían ser
los ejes centrales en los cuáles fijar dicha santidad común.
• Gracias a Dios, después del Concilio vaticano II se ha
dado un gran impulso a la Teología de la vida
consagrada. Podríamos aquí recordar los títulos de los documentos emanados
por la entonces Congregación para los religiosos e institutos seculares
o su actual sucesor, la Congregación para los institutos de
vida consagrada y sociedades de vida apostólica, que de alguna
manera ayudaron a reflexionar sobre la identidad de la vida
consagrada, de acuerdo a los lineamientos que marcó el Concilio
vaticano II, especialmente en el decreto Perfectae caritatis y el
motu proprio Ecclesiae sanctae II. Cada uno de estos documentos,
ya desde el mismo título, es todo un programa para
entender lso elemntos esenciales de la vida cnsagrada y por
ende, tomarlso como medios idóneos para la santificación en este
estado de vida. Estos documentos son:
• La vida Fraterna en
Comunidad (1994)
• Orientaciones sobre la Formación (1990)
• Elementos esenciales de
la Doctrina de la Iglesia sobre la Vida Religiosa (1983)
• La Dimensión Contemplativa de la Vida Religiosa (1980)
• Mutuae Relationes
(1978)
• Religiosos y Promoción Humana (1978)
Todos estos documentos van
a quedar reflejados y profundizados en la exhortación apostólica postsinodal
Vita consecrata (1996) de Juan Pablo II. En ella se
establecen las líneas fundamentales de la consagración, que sucintamente podemos
decir que es una vida “de especial configuración a Cristo,
de especial comunión de amor con el Padre, de especial
comunión con el Espíritu Santo, de especial seguimiento de Cristo,
a la manera de los apóstoles, de especial configuración con
la Virgen maría, una vida de profesión de los consejos
evangélicos, una vida con una especial consagración, de especial perfección,
de especial radicalismo evangélico y de una peculiar espiritualidad.”7
No
debemos olvidar también lo dicho por el Código de Derecho
canónico, que en canon 573 establece lo que es la
vida consagrada. “La vida consagrada por la profesión de los
consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la
cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo
la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios
como a su amor supremo, para que entregados por un
nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación
de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigan
la perfección de la caridad en el servicio del Reino
de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia,
preanuncien la gloria celestial.”8
Si bien este canon y toda
la exhortación Vita consecrata nos fijan los parámetros por los
que ha de recorrerse la vida consagrada, no debemos olvidar
que la vida consagrada se vive en forma particular, es
decir, bajo un carisma específico. No se es una persona
consagrada en general y después se viven los consejos evangélicos
o la vida fraterna en comunidad en una forma especifica.
Más bien, los elementos esenciales de la vida consagrada se
viven de acuerdo al carisma específico.
Dicho carisma bien podríamos entenderlo
como “la mente y propósitos de los fundadores, corroborados por
la autoridad eclesiástica competente, acerca de la naturaleza, fin, espíritu
y carácter de cada instituto, así como también sus sanas
tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio del instituto.”9
Por lo tanto, el conocimiento del carisma fijará de alguna
manera ya en forma definitiva, la santidad específica de los
miembros de un determinado Instituto de vida consagrada.
Es necesario por
tanto que los miembros de un instituto conozcan no someramente
sino detalladamente el carisma de su instituto, de forma tal
que todas las actividades que realizan, desde las más sencillas,
hasta aquellas que a los ojos de los hombres pudieran
parecer las más importantes, queden informadas por el carisma. De
esta manera podrá alcanzarse sino con más facilidad, con más
precisión. No como quien da “palos al aire”, sino como
quien ha fijado con precisión los ideales y los medios.
Algunas
dificultades de nuestro tiempo. Hemos visto que la programación de la
santidad en la vida consagrada requiere un proyecto de vida
personal en dónde se plasmen las características más específicas de
la Congregación, de forma que la persona consagrada pueda tenerlas
como metas claras y visibles. De ahí partirá una búsqueda
confiada y serena por encontrar los mejores medios que se
puedan aplicar a cada realidad personal y a cada circunstancia
de vida.
Sin embargo, parece ser que este tipo de trabajo
no encuentra respuestas favorables en el ambiente religioso de nuestros
días. No hace mucho me escribía una religiosa: “¿Dónde están
las religiosas, que hacen en las comunidades, como está
su vida interior? Definitivamente se viven la vida muy
light y no solo en la vida religiosa sino en
el mundo entero.” Se ha dejado en el olvido, o
pero aún, no existe ya la costumbre de tener un
programa de vida y a lo más, se contentan con
el cumplimiento del deber.
Si bien es difícil establecer las causas
de este enfriamiento en la virtud, intentaré esbozar algunos de
ellos, sin pretender ni abarcarlos todos, ni profundizar en ellos.
Creo
que el origen de este enfriamiento en la virtud por
alcanzar la santidad y por ende, el no preocuparse por
tener un programa de vida, se debe principalmente a la
pérdida de la identidad de la vida consagrada femenina. Debemos
recordar que los años del post-concilio, los años de la
renovación de la vida consagrada debían estar dedicados a la
aplicación de las directrices del Concilio, cuyo objetivo para la
vida consagrada no era otro que el adecuar toda la
riqueza de la vida consagrada a los tiempos actuales. Se
trataba por tanto de un proceso de adaptación de la
esencia de la vida consagrada. Sin embargo, muchos creyeron que
se debía cambiar el concepto, la identidad de la vida
consagrada para adaptarse a los tiempos actuales. En este proceso,
que según ellos respetaba el espíritu del Concilio, se cuestionó
la identidad de la vida consagrada, creando no poca confusión
en los ambientes religiosos femeninos. De esta manera la santidad,
la vida fraterna en comunidad, los elementos esenciales de la
vida consagrada, el apostolado, los votos, la autoridad, todo venía
cuestionado, contestado. No debemos olvidar que estamos hablando de los
años sesenta y especialmente del fenómeno del fenómeno del ’68
que quería fundar una nueva sociedad pero que ni tenía
las metas claras ni los medios adecuados. Eran los años
de la contestación y la vida consagrada femenina no se
salvó de esta contestación.
Este fenómeno ha llegado hasta nuestros días.
Las heridas de esta pérdida de la identidad de la
vida consagrada, o por lo menos, de su no claridad
ha dejado un vacío enorme de casi dos generaciones de
personas consagradas que se han dedicado a actividades ajenas o
por lo menos superfluas, a la vida consagrada. Así, hay
quien ha creído que la vida consagrada en la postmodernidad
era trabajar por la ecología o los derechos humanos. Hay
quien ha hecho de su apostolado le herbolaria, la medicina
alternativa, la concientización de las masas y hasta la rebelión
armada.
Todo ello generó un desprecio o por lo menos
un olvido de conceptos como santidad, vida espiritual, vida de
unión con Dios, vida de oración . Quién no sabía
quién era, quien buscaba su identidad en el exterior y
no el interior, había perdido el gusto por Dios y
por las cosas de Dios. Hablar de un programa de
vida muchas veces puede sonar a lenguaje extra-terrestre, o se
lo puede ver como alguna reliquia de los tiempos medievales.
Producto
de esta pérdida de identidad es el haber perdido de
mira a Cristo. La figura de Cristo, si bien no
desaparece del todo en la vida consagrada femenina, comienza a
desvanecerse detrás de grandes reflectores como son los apostolados de
vanguardia, la preocupación por encontrar caminos alternativos a la vida
fraterna en comunidad, una interiorización o preocupación excesiva por el
bienestar espiritual personal, o cualquier otro elemento que se buscaba
cambiar o darle una importancia mayor a la debida en
el tiempo de la renovación de la vida consagrada. No
hay que olvidar tampoco muchas corrientes que se hicieron presente
en la Iglesia en dónde, segñun ellos, se buscaba “desmitificar”
a Cristo, por lo que su persona ya no era
un ideal para seguir, sino, en muchos casos, un personaje
histórico comparable a Buda, Mahoma o el Dalai Lama.
De esta manera Cristo deja de ser un ideal a
alcanzar, un modelo sobre el cual se puede proyectar una
vida y así alcanzar la felicidad. Los programas espirituales comienzan
por tanto a perder el vigor de una lucha por
asemejarse a Cristo.
Otro problema que observamos en nuestro tiempo
para forjar verdaderos proyectos de vida espiritual es la influencia
que la Psicología, o mejor dicho, el psicologismo ha tenido
en las congregaciones y las comunidades religiosas femeninas. Al desaparecer
los puntos firmes en la vida consagrada, cualquier alternativa que
aparezca como punto de referencia es bien acogido. Y así
se sustituye muchas veces la oración por una meditación trascendental
de corte oriental, la vida fraterna en comunidad depende de
los estudios que se hagan del eneagrama, la autoridad se
diluye en un pacto meramente humano. Es el momento en
que irrumpe al psicología humanista de Carl Rogers en dónde
cada persona se convierte en el dueño y señor de
su propia existencia. Como consecuencia, se da más importancia a
un equilibrio psicológico que a una vida espiritual bien organizada.
Hay religiosas que van al psiconálisis y no pocas vocaciones
entran en crisis después de estos estudios.
Unido a estos factores
encontramos un exacerbado individualismo, producto quizás de un esfuerzo que
quería borrar del pasado de la vida religiosa femenina
una tendencia que tendía a olvidar a las personas. Que
haya habido exageraciones en esto, puede ser cierto, pero no
menos ciertas son las exageraciones que ahora se dan, en
dónde se da un valor desmesurado a las personas al
gardo que quien ahora está en crisis no es ya
la persona individual, sino la autoridad, los reglamentos, los horarios,
y todo aquello que pueda sonar a imposición para “cortar
cabezas” y hacer un estándar de personas. Lógicamente, la dirección
espiritual, o la elaboración de un programa de vida espiritual
tiende a verse como demasiado estandarizante, limitando la libertad y
la espontaneidad de las personas.
El carisma en ayuda del proyecto
de vida.
El objetivo de elaborar un proyecto de vida es
el de tratar de configurarse lo más posible a Cristo,
tomando en cuenta las circunstancias personales, las circunstancias del propio
estado de vida y las circunstancias externas que rodean a
la persona.
Las dificultades que circundan a las personas consagradas hoy
en día y que hemos analizado brevemente en este artículo,
requieren una exactitud en la figura del Cristo que se
quiere imitar, al cuál se quiere llegar. Debe ser un
Cristo perfectamente bien delineado, con el fin de no perderse
en el camino, ya sea por tantos vientos que soplan11
, ya sea por las dificultades externas o bien por
las propias pasiones y sentimientos que durante la vida acompañan
a la persona consagrada y que a veces puedan hacerla
dudar del camino emprendido.
Ahora nos preguntamos por este Cristo la
persona consagrada. Sin duda alguna que la respuesta será el
Cristo del Evangelio, es Cristo de una sana espiritualidad que
responda a las necesidades de la persona, de la congregación
y de la Iglesia12 . De la contemplación de este
Cristo surgirá una espiritualidad, unos medios que la persona consagrada
está llamada a poner en práctica si quiere en verdad
conformar su vida con la persona de Cristo.
Este Cristo, utilizando
un lenguaje figurado, se nos presenta bajo ángulos distintos en
cada congregación. Podemos decir que es el mismo Cristo pero
visto desde distintas posiciones. Nuevamente hacemos uso del lenguaje figurado
para expresar esta idea. ““Siempre cae (el agua) del mismo
modo y de la misma forma, aunque son multiformes los
efectos que produce: una única fuente riega todo el huerto.
Y una única e idéntica tormenta desciende sobre toda la
tierra, pero se vuelve blanca en el lirio, roja en
la rosa, de color púrpura en las violetas y en
los jacintos, y diversa y variada en los distintos géneros
de cosas. De una forma existe en la palma y
de otra en la vid, pero está toda ella en
todas las cosas, pues (el agua) es siempre la misma
y sin variación. Y, aunque se mude en tormenta, no
cambia su forma de ser, sino que se acomoda a
la forma de sus recipientes convirtiéndose en lo que es
necesario para cada uno de ellos. Así el Espíritu Santo,
siendo uno y de un modo único, y también indivisible,
distribuye la gracia «a cada uno en particular según su
voluntad» (cf. 1 Cor 12,11).”13
Para distinguir los aspectos específicos
de este Cristo, y por tanto la espiritualidad que de
Él emana, el carisma vendrá en nuestra ayuda . “El
carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia
del Espíritu (Evang. test. 11), transmitida a los propios discípulos
para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente
en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne.
Por eso la Iglesia defiende y sostiene la índole propia
de los diversos Institutos religiosos (LG 44; cfr. CD 33;
35, 1, 2, etc.). La índole propia lleva además consigo,
un estilo particular de santificación y apostolado que va creando
una tradición típica cuyos elementos objetivos pueden ser fácilmente individuados.
Es necesario por lo mismo que en las actuales circunstancias
de evolución cultural y de renovación eclesial, la identidad de
cada Instituto sea asegurada de tal manera que pueda evitarse
el peligro de la imprecisión con que los religiosos sin
tener suficientemente en cuenta el modo de actuar propio de
su índole, se insertan en la vida de la Iglesia
de manera vaga y ambigua.”15 La parte importante para
descubrir el Cristo del fundador, y por ende, el Cristo
de todos los hijos espirituales del fundador, es la experiencia
del espíritu que hace el fundador de Cristo, de Dios,
de las cosas divinas y que queda como camino indeleble
para las futuras generaciones. Se presenta por tanto como labor
prioritaria para conocer el Cristo del fundador, conocer la experiencia
espiritual hecha por el fundador.
Esta experiencia espiritual no es una
experiencia mística inalcanzable, sino una experiencia espiritual que es posible
compartir, que es posible personalizar. En un primer momento
Dios suscita en el fundador el deseo de solucionar una
dificultad o de una necesidad apremiante en la Iglesia. Dios
se valdrá de distintos acontecimientos, simples o espectaculares, para despertar
en él la idea originaria de la fundación. Lo que
pudiera haber quedado en el marco de un mero acontecimiento,
por especial inspiración del Espíritu Santo, tiene un significado muy
particular para el fundador. Observamos por tanto como ejemplos, que
un sueño en la vida de Francisco de Asís en
el que Dios le pedía reconstruir la Iglesia, o el
que la beata Teresa de Calcuta observara a unos pobres
hacinados en un vagón de tren, bastaron para desencadenar en
ellos deseos, sentimientos, pensamientos y acciones que los llevaron a
poner en pie una Congregación religiosa bajo un determinado carisma.
La
mujer consagrada debe fijar su atención en esta realidad que
ha originado el carisma. Dios se ha valido de una
necesidad con el fin de que el fundador pudiera hacer
una experiencia del Espíritu. No será ya la necesidad en
cuanto tal la que mueva al fundador durante toda su
vida, sino lo que esa necesidad le lleva a experimentar
en el Espíritu. El fundador hace una experiencia personal, una
experiencia espiritual a partir de la necesidad. Esta experiencia del
Espíritu va más allá de la simple necesidad pues le
permite experimentar a Dios, siempre a través de esa necesidad.
Si bien la necesidad ha sido el vehículo para experimentar
a Dios, la necesidad en un determinado momento de la
vida del fundador, pasa a un segundo término.
Si queremos
explicar someramente la experiencia que el fundador tiene de Dios,
podemos afirmar que es sobretodo una experiencia del amor de
Dios. El fundador se siente llamado a amar a Dios
con unas características muy específicas y podemos decir que hasta
novedosas, pues la misma novedad es característica esencial de un
carisma. Esto se explica de la siguiente manera: la necesidad,
hablando en un lenguaje figurado, fue el pretexto del que
Dios se valió para suscitar en el corazón del Fundador
un amor muy especial. Un amor que no se reduce
sólo a un sentimiento o a un estado de ánimo
pasajero, sino que pasa primero al entendimiento y después a
la voluntad, de forma que el fundador queda polarizado por
ese amor novedoso que Dios ha suscitado en su corazón,
hipotecando su vida para la consecución de ese amor. Surge
la necesidad, pero Dios suscita en el fundador movimiento en
su entendimiento y en su voluntad para dar una solución
a esa necesidad. Sin embargo, al profundizar en esos movimientos
del entendimiento y de la voluntad, el Fundador capta que
la verdadera y única solución se encuentra en Dios. Este
punto es esencial al carisma. El carisma, como don de
Dios para la Iglesia, no es una solución práctica (sociológica,
psicológica, administrativa) a un problema humano, sino que es una
manifestación del amor de Dios por ayudar al hombre a
acercase a él.
El fundador comienza por tanto a darse cuenta
que sólo el amor de Dios es capaz de dar
un respiro, una solución adecuada a la necesidad apremiante. De
aquí que la solución se convierta en una solución integral,
que abarca aspectos humanos y espirituales del hombre. El fundador
inicia entonces una profundización en su relación con Dios, que
lo llevará después a tener también una relación especial con
los hombres, especialmente con aquellos a los que está llamado
a ayudar. Las relaciones que el fundador tiene con Dios
y las que desarrollo con los hombres darán origen a
una espiritualidad y a un apostolado originales, muy específicos, que
serán materia de nuestro estudio, especialmente cuando analicemos el capítulo
siguiente al estudiar las formas en que la mujer consagrada
puede vivir el espíritu.
En esta primera etapa puede ilustrarse con
las palabras de Benedicto XVI cuando habla del amor del
hombre a Dios: “El encuentro con las manifestaciones del amor
de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría,
que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho
encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento. El reconocimiento
del Dios viviente es una vía hacia el amor, y
el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento,
voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No
obstante, este es un proceso que siempre está en camino:
el amor nunca se da por <> y completado; se
transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente
por ello, permanece fiel a sí mismo. Idem velle, idem
nolle, querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo
que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del
amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un
pensar y desear común.”16
Aquí aparecen ya los primeros indicios
para el programa de vida: aprender el amor de Dios
a través del Fundador para conocer cuál es el amor
que cada persona consagrada debe desarrollar.
El amor a Dios que
el Espíritu suscita al fundador no es un amor genérico.
Si hemos dicho que este amor parte de una necesidad
específica y apremiante de la Iglesia, para regresar después a
los hombres, convertido dicho amor en iniciativas concretas que tienen
como objetivo mitigar los problemas y las dificultades debidas a
la necesidad apremiante, este amor a Dios se reviste de
matices muy específicos, configurados por la necesidad apremiante. El fundador
aprende a amar a Dios en la forma en que
la necesidad apremiante lo ha modelado. Si es en Dios
en dónde va a encontrar la inspiración para subsanar la
necesidad apremiante, no es en Dios en general, sino en
un aspecto específico de Él que viene a satisfacer dicha
necesidad. Buscar en Dios un aspecto característico, significa para el
fundador dejarse guiar por el Espíritu y ver en Dios,
en alguno de sus misterios o virtudes, un punto que
le servirá de inspiración para expresar su amor personal a
Dios y para la solución de la necesidad apremiante. Este
misterio de Dios o virtud específica se convierte en un
punto clave, un icono de la Congregación a Instituto religioso.
En muchos casos el misterio de Dios ha sido la
persona de Cristo o su evangelio, vistos siempre bajo un
perfil o un ángulo de vista muy especial, una “particular
prospectiva unificante.”17 La persona consagrada debe aprender a poner
como centro de su proyecto de vida este Cristo o
misterio de Dios específico que ha experimentado el Fundador.
Se da
origen también a una forma específica de espiritualidad,18 fundamentada
en la experiencia personal del amor de Dios y en
la comprensión específica del misterio de Dios que hace el
fundador. Estos dos aspectos, experiencia personal del amor de Dios
y comprensión del misterio de Dios dejarán huellas indelebles en
el Instituto, llegando incluso a conformar su propia identidad. “La
consagración religiosa se vive dentro de un determinado instituto, siguiendo
unas Constituciones que la Iglesia, por su autoridad, acepta y
aprueba. Esto significa que la consagración se vive según un
esquema específico que pone de manifiesto y profundiza la propia
identidad. Esa identidad proviene de la acción del Espíritu Santo,
que constituye el don fundacional del instituto y crea un
tipo particular de espiritualidad, de vida, de apostolado y de
tradición (Cf. MR 11). Cuando se contemplan las numerosas familias
religiosas, queda uno asombrado ante la riqueza de dones fundacionales.
El Concilio insiste en la necesidad de fomentarlos como dones
que son de Dios (Cf. PC 2b). Ellos determinan la
naturaleza, espíritu, fin y carácter, que forman el patrimonio espiritual
de cada instituto y constituyen el fundamento del sentido de
identidad, que es un elemento clave en la fidelidad de
cada religioso (Cf. ET 51).”19 Y no puede ser
de otra manera, ya que el carisma, como don de
Dios para la Iglesia, encuentra en la espiritualidad su manifestación
externa más palpable.
Si “los carismas están ordenados a la
edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y
a las necesidades del mundo,”20 se sigue la necesidad
de encontrar medios concretos en los que el carisma se
materialice para edificar la Iglesia, para el bien de los
hombres y para satisfacer las necesidades del mundo. Uno de
estos medios es la espiritualidad que nace de la experiencia
del Espíritu que el fundador a hecho del Amor de
Dios y de la comprensión de su misterio, en alguna
forma específica. Esta espiritualidad conformará el camino para llegar a
Dios, a Cristo. La persona consagrada debe conocerlo y poner
algunos de esos elementos como medios en su programa de
vida personal.
La experiencia que el fundador hace del amor de
Dios le permite dejar a sus discípulos una forma muy
específica de relacionarse con Dios. Estas relaciones crean la base
para vivir el misterio de la fe en una
forma peculiar. Si todos los hombres buscan una relación personal
e íntima con Dios, el discípulo de un carisma encuentra
en la experiencia del Espíritu del fundador un modelo para
seguir. Como toda experiencia espiritual, no podemos decir que el
discípulo esté llamado a reproducirla, pues la experiencia espiritual de
cada persona es irrepetible. Pero puede servir como marco de
referencia, como guía sobre la que el discípulo puede apoyarse
para hacer su propia experiencia personal espiritual de Dios. La
base sobre la cuál se apoyará está dada en la
experiencia personal espiritual del fundador, que se identifica con la
experiencia del Espíritu. Será necesario por tanto, que el discípulo
conozca la experiencia personal espiritual del fundador para que sobre
ella trace la suya propia21 .
Hemos mencionado que parte
de la espiritualidad queda constituida también por la comprensión específica
del misterio de Dios que ha hecho el fundador. Nuevamente,
el discípulo está llamado a conocer estos rasgos característicos y
específicos que han permitido al fundador leer el evangelio bajo
un nuevo ángulo, bajo una perspectiva diferente. Esta novedad, decíamos,
viene dada por la necesidad apremiante, pero sólo como referencia.
Como criatura espiritual, el carisma va más allá del aspecto
temporal que la originó, pues la necesidad apremiante se convierte
sólo en un pretexto. Pretexto históricoque será importante reconocer y
recordar porque ha sido el inicio, querido por Dios, para
dar origen al carisma, y que de alguna manera permeará
siempre la memoria de la Congregación o Instituto religioso. Pero,
además de conocer este hecho histórico, temporal, el discípulo deberá
conocer la forma en que el fundador ha leído el
evangelio o ha comprendido el misterio de Dios, bajo una
forma específica, con el fin de ordenar su vida a
la adquisición de esta nueva visión sobrenatural. Decimos, nueva visión
sobrenatural, porque la lectura del evangelio o del misterio
de Dios le permitirá andar por la vida con un
objetivo claro y definido. Las realidades terrenas podrán ser leídas
bajo el nuevo prisma de la contemplación del evangelio o
del misterio de Dios, que en forma específica ha querido
dotar Dios al fundador y a aquellos que lo seguirán
en el tiempo. Conviene por tanto, que el discípulo conozca
con certeza y claramente cuál es la lectura del Evangelio
o la comprensión del misterio de Dios que el fundador
ha experimentado bajo la experiencia del Espíritu.
- Etapa de
la cristología: conocimiento y seguimiento de Cristo. La lectura del Evangelio,
bajo un punto de vista específico que proviene de la
experiencia del Espíritu, o la comprensión del misterio de Dios
que el fundador ha experimentado en algún punto específico o
determinado, también bajo la experiencia del Espíritu, le otorgan
la capacidad de analizar la realidad bajo ese punto de
vista.
La realidad para el fundador no es otra cosa
que la necesidad apremiante en la Iglesia, que Dios le
ha hecho ver. Habiendo hecho la experiencia del Espíritu y
habiendo comprendido el evangelio o el misterio de Dios desde
esa experiencia del Espíritu, el fundador experimenta que es Cristo
que sufre de una manera muy especial en la necesidad
apremiante. Este aspecto es característico de los fundadores y pieza
fundamental para entender la actualidad del carisma. No se trata
de dar una solución humana a la necesidad apremiante. Esto
podría hacerlo cualquier persona desde diversos puntos de vista. Se
trata más bien de salir al encuentro del Cristo que
sufre en la necesidad apremiante. Surge así una transformación de
dicha necesidad apremiante. Sigue siendo una necesidad real, encarnada en
hombres, mujeres, niños o adolescentes. Para Luisa de Marillac seguirán
siendo los pobres del París de aquel entonces, para San
Juan Bosco serán los centenares de jóvenes sin educación ni
formación en la periferia del Turín que se abría con
pujanza a la revolución industrial, y así podríamos mencionar a
cada fundador con la propia necesidad apremiante que Dios le
ha permitido vislumbrar. Pero la transformación que opera la experiencia
del Espíritu en esa necesidad apremiante, permite que el Fundador
penetre espiritualmente dicha necesidad, dicha realidad, y vea a Cristo
en esa misma necesidad apremiante de la Iglesia.
Este proceso de
ver a Cristo en los hombres tiene su raíz en
la necesidad apremiante. Ahí el fundador se siente interpelado por
Dios para dar una solución, una respuesta a dicha necesidad
que experimenta la Iglesia. La primera transformación a la que
da origen la experiencia del Espíritu es la capacidad de
ver dicha necesidad apremiante bajo un prisma sobrenatural. El fundador
no es sólo un filántropo que busca hacer el bien
a la humanidad, poniendo remedio a una necesidad específica en
un tiempo determinado. El fundador, bajo la inspiración de Dios,
ve en la necesidad específica a una parte de la
Iglesia que necesita ayuda. Logra ver en cada persona una
parte del Cristo que sufre en esta tierra. A partir
de la experiencia personal espiritual lee el evangelio y entiende
el misterio de Dios desde un prisma específico. Las órdenes
hospitalarias, por ejemplo, captarán el Cristo que busca ser acogido
en la figura del samaritano, o se identificarán en la
parábola de Dios cuando el Señor reconoce a los que
le hicieron el bien entre los “más pequeños”. Y así,
cada uno de los fundadores verá que es a Cristo,
a través de la necesidad apremiante, a quien se ayuda,
a quien se le hace el bien, a quien se
quiere servir22 .
Esta relación personal con Cristo, que se verifica
a través de la necesidad apremiante, en una realidad concreta,
permite al fundador establecer una escuela de apostolado muy específica
en la que sus métodos, sus directivas, sus indicaciones no
deberán ser consideradas como emanadas de su inventiva o genio
humano, sino que serán producto de la experiencia espiritual personal,
y de la comprensión específica del evangelio o del misterio
de Dios. De esta manera, el Fundador logra abstraerse de
la dimensión del tiempo y del lugar en la que
ha nacido la necesidad apremiante, para pasar a la dimensión
sobrenatural de dicha necesidad apremiante, dando origen a la misión
del Instituto religioso o Congregación23 . Las personas con sus
necesidades humanas o espirituales pasan a ser partes del Cristo
que sufre, ya sea en el cuerpo o en el
alma, a lo largo del tiempo y en diversas circunstancias.
El fundador comienza así a desarrollar una nueva faceta del
carisma: su relación con Cristo.
La fuerza, el motor, el detonante
que permite ver en la necesidad apremiante al Cristo que
sufre, no es otra que el amor a Dios24 .
Si el fundador no hubiera desarrollado este amor a Dios,
bajo el prisma específico de su experiencia espiritual personal, no
podría haber desarrollado un apostolado específico. Su trabajo se hubiera
quedado circunscrito a un paliativo humano para ese tiempo y
esa circunstancia específica de la necesidad apremiante de la Iglesia.
El amor a Cristo en esa realidad apremiante y con
las características propias de la experiencia espiritual personal, permitirá al
fundador y a sus seguidores, encontrar siempre a un Cristo
que sufre en la forma específica en que lo contempló
el fundador, a pesar de lo que puedan cambiar las
circunstancias de tiempo y lugares.
Este Cristo que ha encontrado
el fundador es el que se presenta bajo diversas circunstancias
de tiempos y lugares, escondido en la necesidad apremiante. La
necesidad apremiante podrá cambiar de fachada, pero en su esencia
siempre será la expresión de una necesidad específica del Cristo
que sufre. La labor del discípulo del fundador consistirá en
reconocer en las nuevas circunstancias de tiempos y lugares, al
mismo Cristo que sufre y que experimentó el fundador. Para
guiarse en esta labor, podrá servirse de la experiencia espiritual
personal del fundador, aplicada a las circunstancias actuales en las
que se debe desarrollar la misión del Instituto. El trabajo
espiritual que debe guiar al discípulo del fundador es el
de leer en la actualidad las notas esenciales del mismo
Cristo sufriente que experimentó el fundador. Podemos afirmar que este
Cristo se presenta con un nuevo rostro, pero que en
su esencia, no cambia.
El seguimiento de Cristo. El carisma, en
su novedad expresa realidades perennes con una nueva faceta, incluso
nos atreveríamos a decir que con una nueva frescura. El
carisma no cambia la esencia o el fundamento de dichas
realidades, sino que, partiendo de la originalidad de la que
está provista por la experiencia del Espíritu, puede engendrar una
nueva relación con dicha realidad. Utilizando una imagen de san
Cirilo de Jerusalén diremos que el Espíritu produce efectos diversos,
aunque mantiene su esencia. La experiencia del espíritu permite ver
aspectos específicos de Cristo, aunque el Cristo siga siendo el
mismo: “Siempre cae (el agua) del mismo modo y de
la misma forma, aunque son multiformes los efectos que produce:
una única fuente riega todo el huerto. Y una única
e idéntica tormenta desciende sobre toda la tierra, pero se
vuelve blanca en el lirio, roja en la rosa, de
color púrpura en las violetas y en los jacintos, y
diversa y variada en los distintos géneros de cosas. De
una forma existe en la palma y de otra en
la vid, pero está toda ella en todas las cosas,
pues (el agua) es siempre la misma y sin variación.
Y, aunque se mude en tormenta, no cambia su forma
de ser, sino que se acomoda a la forma de
sus recipientes convirtiéndose en lo que es necesario para cada
uno de ellos. Así el Espíritu Santo, siendo uno y
de un modo único, y también indivisible, distribuye la gracia
«a cada uno en particular según su voluntad» (cf. 1
Cor 12,11).”25 Cristo será siempre el mismo, pero el
agua, que es la experiencia del Espíritu hará ver un
Cristo blanco en el lirio, rojo en la rosa, púrpura
en las violetas y en los jacintos. Así, siguiendo esta
analogía diremos que siendo Cristo el mismo, por la experiencia
del Espíritu, se presentará con distintos matices: “En efecto, esta
triple relación emerge siempre, a pesar de las características específicas
de los diversos modelos de vida, en cada carisma de
fundación, por el hecho mismo de que en ellos domina
« una profunda preocupación por configurarse con Cristo testimoniando alguno
de los aspectos de su misterio »,aspecto específico llamado a
encarnarse y desarrollarse en la tradición más genuina de cada
Instituto, según las Reglas, Constituciones o Estatutos.”26
Uno de los
elementos esenciales de la vida consagrada es el seguimiento de
Cristo. Esta realidad nos la viene presentado el Magisterio de
la Iglesia en forma significativa durante el período actual de
la renovación de la vida consagrada. En la Perfectae caritatis
leemos: “Como quiera que la última norma de vida religiosa
es el seguimiento de Cristo, tal como lo propone Evangelio,
todos los Institutos ha de tenerlos como regla suprema.”
En Elementos esenciales sobre la vida religiosa: “Por los votos,
el religioso dedica con gozo toda su vida al servicio
de Dios, considerando el seguimiento de Cristo « como la
única cosa necesaria » (PC 5) y buscando a Dios,
y solo a Él, por encima de todo.”28 Y
por último, en Vita consecrata: “El Hijo, camino que conduce
al Padre (cf. Jn 14, 6), llama a todos los
que el Padre le ha dado (cf. Jn 17, 9)
a un seguimiento que orienta su existencia. Pero a algunos
—precisamente las personas consagradas— pide un compromiso total, que comporta
el abandono de todas las cosas (cf. Mt 19, 27)
para vivir en intimidad con Él y seguirlo adonde vaya
(cf. Ap 14, 4).”29
Hemos dicho que el fundador bajo
la inspiración del Espíritu Santo, ha hecho una experiencia del
Espíritu que le ha permitido percibir una nueva comprensión específica
del evangelio o del misterio de Dios30 . Ha conocido
una nueva faceta del misterio de Dios que se traduce
en un conocimiento específico de Cristo. El fundador se convierte
por tanto en un hombre o en una mujer “evangélicos”.
Su actuar, su pensar y su querer quedan centrados por
el “nuevo” Cristo que ha experimentado. Y pasa de un
conocimiento teórico, a un conocimiento experimental, esto es, se convierte
en un seguidor de Cristo. No se contenta con el
conocimiento que ha adquirido de Cristo en su interior, sino
que quiere imitarlo en su vida. Es por ello que
podemos afirmar que cada fundador propone una nueva cristología al
establecer con su vida un estilo específico del seguimiento de
Cristo. El fundador quiere seguir a Cristo bajo las características
específicas que ha experimentado, primero en la experiencia espiritual personal,
y después, en la comprensión específica del evangelio y/o del
misterio de Dios. Ambas harán que seguimiento de Cristo quede
revestido de una espiritualidad particular y específica que deberá invadir
todas las esferas del vivir, del pensar, del querer y
del obrar cotidiano.
Es necesario por tanto conocer a fondo este
nuevo Cristo que nos presenta el fundador. Más que un
nuevo Cristo es el mismo Cristo visto bajo un punto
de vista muy particular, un punto de vista generado a
partir de la experiencia del Espíritu del fundador. Estos nuevos
puntos de vista no vienen a suplantar ninguno de los
elementos esenciales de la vida consagrada, a saber, la consagración
mediante los votos, la vida fraterna en comunidad, la misión
evangélica, la oración, el ascetismo, el testimonio público, las relaciones
con la Iglesia, la formación y el gobierno31 . Éstos
vienen a quedar revestidos del Cristo que ha conocido y
experimentado el fundador, ya que se sigue a Cristo pobre
casto y obediente con el carisma; se hace oración con
el carisma, las prácticas ascéticas de la Congregación provienen siempre
del carisma, etc. Cada aspecto de la vida consagrada se
hace con el carisma, con el fin de imitar a
Cristo, “el primer consagrado por el Padre.”
Esta imitación, lo veremos
en el siguiente capítulo, debe bajar a todos los detalles
de la vida de la mujer consagrada, pues así ha
quedado consignado por el fundador. Las Constituciones, los Estatutos, le
Regla de vida y los demás documentos oficiales de la
Congregación no deberían tener otro objetivo que el de desarrollar
más plenamente el carisma para lograr que infunda y dé
vida a todas las realidades con las que tienen
contactos los miembros del Instituto o Congregación, de tal manera
que pueda brillar con mayor esplendor el Cristo que ha
conocido el fundador. Una vida consagrada que no haga referencia
constante al Cristo del fundador, es una vida consagrada débil,
sin identidad propia, dejada al vaivén de cualquier ideología o
punto de vista.
La identidad propia, tan auspiciada por el Concilio
Vaticano II32 y recordada por el Magisterio en esta
época de renovación de la vida consagrada33 , tiene en
el seguimiento de Cristo su fundamento. Las notas características que
distinguen a un Instituto de otro, tienen su origen en
la cristología específica. Quien da sostén a cada elemento específico
de la vida consagrada vivido con un estilo particular –el
estilo querido por el fundador- lo es sin duda la
persona de Cristo. Si la referencia última de todo el
actuar, vivir y querer de los miembros del Instituto no
es la persona de Cristo presentada y vivida por el
fundador, la vida consagrada podrá caer en dos escollos. En
un rigorismo ascético, lleno de normas, disciplinas, horarios, pero vacío
de Cristo. O en un laxismo exasperante (propio del relativismo
de nuestra época) en dónde todo tiene cabida, porque no
hay puntos de referencia estable34 .
El punto de referencia para
cada Congregación debe ser la persona de Cristo, con los
matices propios con los que lo vio, lo vivió y
lo transmitió el fundador. Ahí convergen y de ahí parten
todos los elementos esenciales de la congregación: su espiritualidad, el
seguimiento de Cristo y las manifestaciones concretas de su obrar
cotidiano. Dichas manifestaciones concretas podrán recogerse en las sanas tradiciones
y en todo aquello que forme el patrimonio espiritual35
y apostólico del Instituto: “Todos han de observar con fidelidad
la mente y propósitos de los fundadores, corroborados por la
autoridad eclesiástica competente, acerca de la naturaleza, fin, espíritu y
carácter de cada instituto, así como también sus sanas tradiciones,
todo lo cual constituye el patrimonio del Instituto.”36
NOTAS
1 Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n.
1
2 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata,
25.3.1996, n. 14.
3 Ibidem. n. 69.
4 R. Zas
Friz de Col, Santità, en Luigi Borriello, Maria R.
del Genio, Tomás Spidlik, La Mistica parola per parola, Ancora
Editrice, Milano 277, p. 321.
5 “Preguntar a un
catecúmeno, « ¿quieres recibir el Bautismo? », significa al mismo
tiempo preguntarle, « ¿quieres ser santo? » Significa ponerle en
el camino del Sermón de la Montaña: « Sed perfectos
como es perfecto vuestro Padre celestial » (Mt 5,48).” Juan
Pablo II, Novo milenio ineunte, 6.1.2001, n. 31.
6
Ibidem, n. 31.
7 Ángel Pardilla, Vita consecrata peri l
nuevo millennio, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2003, p.1431.
8 CDC, 573 § 1.
9 CDC, 578.
10
“Sin embargo, este esfuerzo por buscar la novedad no
siempre se ha realizado siguiendo criterios evangélicos de discernimiento. A
veces la "renovación" se ha confundido con la adaptación a
la mentalidad y a la cultura dominantes, con el peligro
de olvidar los valores auténticamente evangélicos. Es innegable que "la
concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y
la soberbia de la vida" (1 Jn 2, 16), propias
del mundo y de su cultura, han ejercido un influjo
desorientador, originando conflictos graves dentro de las comunidades y de
las opciones apostólicas, no siempre fieles al espíritu y a
las inspiraciones originales del instituto.” Franc Rodé, La vida consagrada
en la escuela de la Eucaristía, en Pasión por Cristo,
pasión por la humanidad”, Ed. Paoline, Milano 2005.
11 “Hoy
más que nunca, frente a repetidos empujes centrífugos que ponen
en duda principios fundamentales de la fe y de la
moral católica, las personas consagradas y sus instituciones están llamadas
a dar pruebas de unidad sin fisuras en torno al
Magisterio de la Iglesia, haciéndose portavoces convencidos y alegres delante
de todos.” Congregación para los Institutos de vida consagrada y
sociedad de vida apostólica, Caminar desde Cristo, 19.5.2002, n. 32.
12 “La vida consagrada, como toda forma de vida
cristiana, es por su naturaleza dinámica, y cuantos son llamados
por el Espíritu a abrazarla tienen necesidad de renovarse constantemente
en el crecimiento hasta llegar a la unidad perfecta del
Cuerpo de Cristo (cf. Ef 4, 13).” Ibidem., n. 20.
13 San Cirilo de Jerusalén, Catequesis XVI.
14 Haré referencia
libre de algunos pasajes de mi libro Il risveglio del
carisma, Edición Art, Roma 2007.
15 Sagrada Congregación para los
religiosos e institutos seculares, Mutua relationes, 14.5.1978, n. 11.
16
Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n. 17
17 Antonio Maria Siccari, Gli antichi carismi nella Chiesa, Editoriale
Jaca Book, Milano, 2002, p. 29.
18 “La espiritualidad
de un Instituto nace de su Carisma-espíritu, y es el
conjunto de actitudes, rasgos y elementos doctrinales y experimentales que
constituyen el modo de ser y de hacer. Es un
estilo (cf. MR 11).” Severino-María Alonso, cmf, La vida consagrada,
síntesis teológica, Publicaciones claretianas, Madrid, 2001, p. 37.
19 Sagrada
congregación para los religiosos e institutos seculares, Elementos esenciales de
la doctrina de la Iglesia sobre la vida religiosa, 31.5.1983,
n. 11.
20 Catecismo de la Iglesia Católica, Asociación de
Editores del Catecismo, nn. 798 y 799.
21 La experiencia
espiritual personal del fundador no busca anular a la
personalidad propia de cada discípulo. Al contrario: es sólo un
punto de referencia para que cada persona desarrolle al máximo
los dones personales, pero siempre dentro del marco fijado por
el carisma. Dios no puede contradecirse, y quien ha sido
llamado por Dios a una determinada Congregación o Instituto puede
y debe desarrollar esos dones para beneficio personal, para beneficio
de la Congregación y para el beneficio de la iglesia
entera. Dios no habrá llamado seguramente a una mujer consagrada
a un Instituto que se encuentre en contraposición con sus
dones personales. “Cada religioso personalmente tiene también sus propios dones
que el Espíritu suele dar precisamente para enriquecer, desarrollar y
rejuvenecer la vida del Instituto en su cohesión comunitaria y
en su testimonio de renovación. Pero el discernimiento de tales
dones y de su utilización deben tener como medida la
congruencia de los mismos con el estilo comunitario del Instituto
y las necesidades de la Iglesia a juicio de la
legítima autoridad.” Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares,
Mutua relationes, 14.5.1978, n. 11.
22 Antonio Maria Sicari lo
expresa de la siguiente manera. “LA misma herencia espiritual viene
muy seguido recordada y transmitida a través de símbolos e
imágenes: aquella luz particular irradiado por el Espíritu sobre el
misterio de Cristo, y su consecuente “ardor del corazón” en
el Fundador carismático, se transmiten también por medio de ciertos
textos evangélicos más insistentemente citados y nombrado, así como por
ciertas devociones particularmente celebradas. Antonio Maria Siccari, Gli antichi carismi
nella Chiesa, Editoriale Jaca Book, Milano, 2002, p.31.
23
“Vuestra misión específica está armoniosamente concertada con la misión de
los Apóstoles, que el Señor envió por todo el mundo
para enseñar a todas las gentes, y está unida también
a esta misión del orden jerárquico. En el apostolado que
desarrollan las personas consagradas, su amor esponsal por Cristo se
convierte de modo casi orgánico en amor por la Iglesia
como Cuerpo de Cristo, por la Iglesia como Pueblo de
Dios, por la Iglesia que es a la vez Esposa
y Madre. Es difícil describir, más aún enumerar, de qué
modos tan diversos las personas consagradas realizan, a través del
apostolado, su amor a la Iglesia. Este amor ha nacido
siempre de aquel don particular de vuestros Fundadores, que recibido
de Dios y aprobado por la Iglesia, ha llegado a
ser un carisma para toda la comunidad. Ese don corresponde
a las diversas necesidades de la Iglesia y del mundo
en cada momento de la historia, y a su vez
se prolonga y consolida en la vida de las comunidades
religiosas como uno de los elementos duraderos de la vida
y del apostolado de la Iglesia.” Juan Pablo II, Exhortación
apostólica Redemptionis donum, 25.3.1984, n. 15.
24 Para justificar lo
dicho hasta ahora, nos conviene traer a colación lo que
ha dicho Benedicto XVI sobre la posibilidad que tiene el
hombre de amar a Dios en el prójimo: “De este
modo se ve que es posible el amor al prójimo
en el sentido enunciado por la Biblia, por Jesús. Consiste
justamente en que, en Dios y con Dios, amo también
a la persona que no me agrada o ni siquiera
conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del
encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido
en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces
aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo
con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de
Jesucristo. Su amigo es mi amigo. Más allá de la
apariencia exterior del otro descubro su anhelo interior de un
gesto de amor, de atención, que no le hago llegar
solamente a través de las organizaciones encargadas de ello, y
aceptándolo tal vez por exigencias políticas.” Un amor que se
basa siempre en la experiencia con Dios: “Los Santos —pensemos
por ejemplo en la beata Teresa de Calcuta— han adquirido
su capacidad de amar al prójimo de manera siempre renovada
gracias a su encuentro con el Señor eucarístico y, viceversa,
este encuentro ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su
servicio a los demás.” Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas
est, 25.12.2005, n. 18.
25 San Cirilo de Jerusalén, Catequesis
XVI.
26 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postdinodal Vita consecrata,
25.3.1996, n. 36
27 Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis,
28.10.1965, n.2.
28 Sagrada Congregación para los religiosos e institutos
seculares, Elementos esenciales sobre la vida religiosa, 31.5.1983, n. 14.
29 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postdinodal Vita consecrata, 25.3.1996,
n. 18.
30 Podemos afirmar que esta nueva comprensión del
evangelio o del misterio de Dios está contemplada por el
mismo Magisterio de la Iglesia, cuando reconoce el que se
dé un conocimiento, hasta cierto punto novedoso, del evangelio, como
afirma Dei Verbum: “Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles,
progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo:
puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas
y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y
el estudio de los creyentes, que las meditan en su
corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de
las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que
con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de
la verdad.”Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, 18.11.1965, n.
8.
31 Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares,
Elementos esenciales sobre la vida religiosa, 31.5.1983.
32 “Redunda
en bien mismo de la Iglesia el que todos los
Institutos tengan su carácter y fin propios. Por tanto, han
de conocerse y conservarse con fidelidad el espíritu y los
propósitos de los Fundadores, lo mismo que las sanas tradiciones,
pues, todo ello constituye el patrimonio de cada uno de
los Institutos.” Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n.2.
33 “La profunda comprensión del carisma lleva a una
clara visión de la propia identidad, en torno a la
cual es más fácil crear unidad y comunión.” Congregación para
los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida
apostólica, La vida fraterna en comunidad, 2.2.1994, n. 45. “En
la dimensión del carisma convergen, finalmente, todos los demás aspectos,
como en una síntesis que requiere una reflexión continua sobre
la propia consagración en sus diversas vertientes, tanto la apostólica,
como la ascética y mística. Esto exige de cada miembro
el estudio asiduo del espíritu del Instituto al que pertenece,
de su historia y su misión, con el fin de
mejorar así la asimilación personal y comunitaria.<>” Juan Pablo II, Exhortación apostólica postdinodal Vita consecrata, 25.3.1996,
n. 71.
34 “Es necesario por lo mismo que en
las actuales circunstancias de evolución cultural y de renovación eclesial,
la identidad de cada Instituto sea asegurada de tal manera
que pueda evitarse el peligro de la imprecisión con que
los religiosos sin tener suficientemente en cuenta el modo de
actuar propio de su índole, se insertan en la vida
de la Iglesia de manera vaga y ambigua.” Sagrada Congregación
para los religiosos e institutos seculares, Mutuae Relaciones, 23.4.1978, n.
11.
35 “Cuando se contemplan las numerosas familias religiosas,
queda uno asombrado ante la riqueza de dones fundacionales. El
Concilio insiste en la necesidad de fomentarlos como dones que
son de Dios (cf PC 2b). Ellos determinan la naturaleza,
espíritu, fin y carácter, que forman el patrimonio espiritual de
cada instituto y constituyen el fundamento del sentido de identidad,
que es un elemento clave en la fidelidad de cada
religioso” Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares, Elementos
esenciales sobre la vida religiosa, 31.5.1983, n. 11.
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