La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net El Carisma, origen de la propia espiritualidad
Para seguir construyendo grandes cosas es necesario, además de mirar el futuro con esperanza, tener la certeza de saber quién se es en la vida
El Carisma, origen de la propia espiritualidad
La preocupación de Benedicto XVI. Cada uno de los pontificados ha
sido guiado por el Espíritu Santo. Para los que tienen
fe, la voz del Vicario de Cristo es la misma
voz de Cristo que se extiende a lo largo de
los siglos. Como mencionábamos anteriormente, tener puntos de referencia fijos
que sirvan para guiar e iluminar el camino de la
Iglesia es una condición necesaria para no caer ni en
el individualismo ni en el relativismo. Sólo de esa manera
la barca de Pedro no será zarandeada por cualquier viento
contrario a la fe que Cristo nos ha dejado. “Para
que no seamos ya niños, llevados a la deriva y
zarandeados por cualquier viento de doctrina” (Ef. 4, 14).
Uno
de esos puntos fijos de referencia es el Magisterio de
los Sumos Pontífices. A lo largo de la historia este
Magisterio ha presentado enseñanzas y directivas que han servido para
iluminar las más variadas situaciones de la Iglesia. Para secundar
las indicaciones del Magisterio se requiere una postura de humildad
y de inteligencia. Humildad, para no abrogarse la facultad de
dar soluciones personales a problemas o situaciones en las que
el Magisterio ha dado indicaciones claras y precisas. Y también
inteligencia para saber aplicar dichas indicaciones con prudencia, sensatez y
exactitud, un balance nada fácil de lograr, especialmente cuando se
trata de situaciones candentes.
Una de estas situaciones candentes es la
vida consagrada. Durante estos cuarenta años del post-concilio la vida
consagrada se ha desarrollado en forma extraordinaria y ha debido
pasar por momentos y situaciones difíciles. Aún se encuentra en
los albores de lo que debe ser su futuro, no
porque deba descubrir su identidad, la cuál ya ha estado
afirmada por el Concilio Vaticano II, sino por las inmensas
posibilidades que tiene aún por delante, como lo recordaba Juan
Pablo II: “¡Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa para
recordar y contar, sino una gran historia que construir! Poned
los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu
os impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas.”1
Pero
para seguir construyendo grandes cosas es necesario, además de mirar
el futuro con esperanza, tener la certeza de saber quién
se es en la vida. Lo que se hace es
o debe ser fruto de lo que se es, siguiendo
el principio metafísico de “primero se es, luego se hace”.
Es la identidad de la vida consagrada la que dará
la base y la solidez para ir construyendo firmemente esas
grandes cosas. Así lo había afirmado el Concilio al centrar
la renovación en la propia identidad: “La adecuada adaptación y
renovación de la vida religiosa comprende a la vez el
continuo retorno a las fuentes de toda vida cristiana y
a la inspiración originaria de los Institutos.”2
Esfuerzos se han
hecho, varios y laudables, de parte de innumerables congregaciones, institutos
de vida consagrada y sociedades de vida consagrada por lograr
este adecuada renovación. La empresa no ha sido fácil y
para muchos, la renovación ha costado no pocos sacrificios, y
a veces, con escasos frutos. Pero la renovación no es
un proceso que se hace una vez y basta. No
es un ponerse al día, como quien debe reestructurar un
edificio para que todo funcione a norma de la ley
y así seguir ejercitando la labor o las labores que
venía desempeñando. Sería demasiado fácil y no respondería a la
renovación interna, auspiciado por el Vaticano II y que comporta
todo un proceso, del cual se conoce el inicio y
cuyo final no siempre conviene prever, es más, ni siquiera
se debe considerar el final. La renovación debe ser un
proceso constante, con el fin no sólo de adaptarse
a los constantes cambios de la sociedad y del hombre
de hoy, sino para no anquilosarse en la contemplación de
los propios problemas3 , sino para buscar las soluciones más
adecuadas a ellos y lograr una perenne frescura y lozanía
que le permita siempre ir al paso del tiempo y
de los acontecimientos, dejando una fuerte huella de cariz evangelizador.
No
han faltado en este proceso de renovación institutos de vida
consagrada o sociedades de vida apostólica que, llevando a cabo
empresas e iniciativas de gran calibre se han lanzado a
la conquista de su propia identidad para buscar luego la
mejor respuesta a los desafíos del mundo. Algunos de ellos
han conseguido resultados sorprendentes. Otros, continúan el debate interno para
lograr la tan anhelada renovación. Hay quienes han perdido la
esperanza y se han dejado llevar por un pesimismo o
han caído en la desesperanza. Ésta es quizás una de
las situaciones por las que está pasando la vida consagrada
en Europa. Al pensar que podrían cambiar el mundo y
ahora se encuentran desilusionados y cansados porque, lejos de cambiar
el mundo éste se encuentra peor de cómo lo encontraron.4
Por otro lado, se dieron las corrientes completamente contrarias al
Concilio Vaticano II, o para mejor expresarlo, aquéllas que eran
enarboladas por autores contrarios al Magisterio de la Iglesia, pero
que para justificar sus posturas invocaban en todo momento para
justificar su postura la tarabilla: “Es el espíritu del Concilio
el que se debe buscar.” Esta ambigüedad generó confusión en
la Iglesia y muchas congregaciones procedieron a la renovación, dejando
a un lado los elementos esenciales de la vida consagrada,
sustituyéndolos con elementos laicales o incluso, con elementos de religiones
de corte orientalista5 .
Otra postura fue la de sujetarse de
la psicología para llevar a cabo el cambio. Desconfiando de
los elementos esenciales de la vida consagrada, a los que
sólo había que adaptar al mundo de hoy, a través
del propio carisma, se lanzaron a experimentar con herramientas psicológicas
de dudosa procediencia, olvidando el hecho de que todo instrumento
psicológico tiene detrás una escuela de psicología y toda escuela
de psicología responde a una antropología precisa. Por tanto, es
muy difícil que un instrumento psicológico pueda separarse de la
ideología que tiene a sus espaldas para que sea aplicado
“sin daño alguno contra la fe” a un medio o
instrumento católico o cristiano, como puede ser la dirección espiritual.
Esta situación fue vivida en varios conventos durante las décadas
precedentes. Prueba de ello es la declaración de la Sagrada
Congregación para los religiosos e institutos seculares, cuando escribe en
la Lettera circolare In seguito a gravi della Congr. per
i religiosi e gli istiututi secolari al presidente del’Unione dei
superiori generali, del 30 de enero de 1969 y que
a continuación transcribimos los párrafos más interesantes: “(…) Essendo risultato
che le attività del CIDOC e CIF (Centro Intercultural de
Documentación – Center for Intercultural Formation di Cuernavaca) hanno avuto
dolorose ripercussioni e conseguenze nella disciplina ecclesiastica, la commissione ha
formulato l’unanime parere che venga vietata l’ulteriore partecipazione di sacerdoti,
di chierici, di religiosi e di religiose ai detti centri.”
La carta venía titulada Ai religiosi è vietato partecipare a
corsi di psiconalisi y deja claro las consecuencias negativas del
psiconálisis para las personas consagradas y además, el tratar de
suplantar la dirección espiritual con el psiconálisis.
Se dieron
también la introducción de aquellos medios surgidos de la psicología
humanista y que, en palabras de Paul Vitz, la han
convertido en una pseudo-religión: “Sostengo que la psicología (contemporánea) ha
llegado a ser una religión, en particular una forma de
humanismo secular fundada cobre el culto del sí mismo (self)
(...) (Se da) la existencia de una psicología como autorrealización
plena del hombre, es decir, como religión. La psicología como
religión puede ser criticada sobre la base de un razonamiento
que no tiene nada que compartir con la religión. La
psicología como religión es fuertemente anticristiana. Aún más, es hostil
a la mayor parte de las religiones. La psicología como
religión es sostenida por una vasta escala de escuelas, universidades
y programas sociales financiadas con la tasa de millones de
cristianos. Este uso del dinero público para mantener algo que
está convirtiéndose en religión seglar del Estado, levanta graves cuestiones
políticas y sociales. Por último, la psicología como religión ha
destruido por muchos años a individuos, familias y comunidades. Pero
apenas ahora se comienza a descubrir la lógica destructiva de
dicha religión seglar.”6
Frente a este espectáculo, desgraciadamente nada
halagüeño, la palabra del Papa puede ayudar a despejar dudas,
dirigir los pasos a metas seguras y encontrar los medios
más idóneos para lograrlos. La meta, lo sabemos, es vivir
los ideales del Concilio, esto es, la adecuada renovación. Ha
pasado ya casi medio siglo desde la invitación que hizo
el Concilio a las personas consagradas a revisar sus estatutos
de vida y adaptarlos, con el adecuado discernimiento, a
las nuevas circunstancias. Ahora el Papa, a modo de balance
y de indicaciones certeras dice: “No se puede lograr una
auténtico relanzamiento de la vida religiosa si no es tratando
de llevar una existencia plenamente evangélica, sin anteponer nada al
único Amor, sino encontrando en Cristo y en su palabra
la esencia más profunda de todo carisma del fundador y
de la fundadora.”7
La preocupación del Papa Benedicto XVI no
es ya por lograr la adecuada renovación, preocupación más bien
de Pablo VI o de Juan Pablo II. Su preocupación
nace de ver una vida consagrada que aún no ha
logrado los cometidos propuestos por el Concilio Vaticano II, que
desde hace más de cuarenta años espera una vida consagrada
pujante, actual dinámica, a la altura de los tiempos8 .
Por ello utiliza la palabra relanzar que en el idioma
italiano tiene una fuerza aún mayor: represa9 .
El contexto en
el que debe leerse dicha palabra nos dice mucho sobre
la situación de la vida consagrada. Sin pretender hacer un
resumen de la situación por la que ha pasado, bien
podemos traer el comentario de uno de los expertos de
la vida consagrada para saber en qué momento nos encontramos:
“Verso il 1980, dopo una lunga oscurità purificante, iniziò il
periodo della sintesi e di una certa stabilità formativa, con
la riscoperta vitale del proprio carisma e la presenza nelle
case di formazione di piccoli gruppi di giovani delle nuove
generazioni, più sereni e, a volte, anche più passivi o
indifferenti verso la grande svolta culturale che si prolungava ancora,
se pure con ritmi più moderati.”10
Por tanto, la preocupación
del Papa Benedicto XVI es lograr que la vida consagrada,
dejando ya definitivamente a un lado los experimentos y las
dudas que la han desmantelado y la han dejado postrada
en la inactividad y la desesperanza en Europa o la
han lanzado a una labor desenfrenada de voluntariado o de
activismo social sin incidencia en la evangelización, se decida a
ser ella misma, a vivir con claridad y conciencia su
propia identidad.
¿Cómo lograr un auténtico “relanzamiento” de la vida consagrada? No
se trata de buscar recetas fáciles, sino descubrir en las
palabras de Benedicto XVI la forma más adecuada para lograr
que la vida consagrada cumpla con los cometidos que le
asignó el Concilio Vaticano II. Es quizás un nuevo problema
–uno más-, el que debe afrontar en estos momentos la
vida consagrada, es decir, buscar qué es lo que debe
hacer para ser ella nuevamente. Iniciemos de la invitación que
hace Benedicto XVI a la vida consagrada: la vida consagrada
debe relanzarse.
Esta invitación la hace el Papa en un contexto
muy definido y que nos dará el marco de referencia
para captar lo que debe hacer la vida consagrada en
estos momentos. El Papa está escribiendo a los miembros de
la Congregación para los Institutos de vida consagrada y Sociedades
de vida apostólica que se reúnen para celebrar una Asamblea
plenaria de dicha congregación. Ahí el Papa les dirige un
saludo y les da algunas directrices para los temas que
tratarán en la Asamblea. Además, el Papa expresa algunos puntos
que él considera importantes para la vida consagrada: el relanzamiento
de la vida consagrada, el cultivo del don de sí
mismos y la vivencia de la vida de comunión en
la Iglesia por parte de la vida consagrada. Por lo
tanto el tema del relanzamiento es tema de la iniciativa
personal del Santo Padre. Y en un encuentro a nivel
de la curia romana para tratar asuntos de suma trascendencia
para la vida consagrada a nivel mundial. Hablar por tanto
de relanzamiento de la vida consagrada en este nivel significa
algo realmente importante. No es sólo un consejo o una
sugerencia del Papa que se limita a lo anecdótico.
No es
fácil dirimir la cuestión de los términos. Cada uno quiere
expresar una connotación precisa y objetiva. No se debe confundir
por tanto el relanzamiento con la adecuada renovación de la
vida consagrada. Así lo expresa el Santo Padre cuando afirma:
“Deseo que las indicaciones fundamentales ofrecidas entonces por los padres
conciliares para el camino de la vida consagrada sigan siendo
también hoy fuente de inspiración para quienes comprometen su existencia
al servicio del Reino de Dios.”11 Todas las indicaciones
del Concilio fueron hechas para lograr la adecuada renovación de
la vida consagrada. Y fruto de esa adecuada renovación es
el relanzamiento de la vida consagrada. Podemos afirmar por tanto
que cuando se cumplen, o se está en vías de
cumplir las indicaciones del Concilio para llevar a cabo la
adecuada renovación de la vida consagrada, puede esperarse entonces que
se consiga este relanzamiento de la vida consagrada. Algo muy
lógico y normal, ya que cuando se realiza el proceso
de renovar, surge la misma realidad con mayor ímpetu, con
más energía, con más esfuerzas. Nada se renueva para que
permanezca igual. Permaneciendo inalterada su esencia, siendo la vida consagrada
siempre idéntica a sí misma, al renovarse adecua esa esencia
a las nuevas circunstancias, se adapta a las nuevas formas
de vida, se despoja de viejos esquemas que no le
permitían ser ella misma. Una vez lograda esta adaptación, está
en capacidad de lanzarse a nuevas conquistas, a buscar nuevos
horizontes, nuevas posibilidades. La vida consagrada, al estarse renovando o
ya renovada (recordemos que es un proceso perenne), vuelve a
ser ella misma y ofrece al mundo su verdadero rostro,
no el rostro apesadumbrado de quien no ha querido o
no ha podido renovarse, ni el rostro falso de quien,
en la creencia de haberse renovado, ha tomado prestados medios
que no le corresponden. El efecto es nefasto, pues sólo
ofrece una distorsión, una caricatura de lo que es la
vida consagrada.
Parafreasando a Santa Catalina de Siena podemos afirmar que
si la vida consagrada es lo que tiene que ser,
prenderá fuego al mundo y de esta manera podrá llevar
a cabo los cometidos que le asignó el Concilio y
que han sido recordados por el Magisterio de la Iglesia12
. La nueva evangelización, la búsqueda de vocaciones, la educación
de la niñez y la juventud, son tan sólo muestras
de lo que es capaz la vida consagrada cuando se
ha renovado y por consecuencia se ha relanzado. Por ello
podemos establecer un pequeño esquema. La adecuada renovación logra el
relanzamiento de la vida consagrada, relanzamiento que permite cumplir las
tareas que fueron encomendadas por el Concilio Vaticano II a
la vida consagrada.
Hemos visto que para lograr el relanzamiento de
la vida consagrada se deberán cumplir con las indicaciones que
ha dado el Concilio Vaticano II para la adecuada renovación.
Indicaciones que se encuentran sobretodo en el Decreto Perfectae caritatis . y que han venido haciéndose explícitas
en los documentos del Magisterio de la Iglesia de estos
últimos 40 años, especialmente los que se encuentran en la
Exhortación apostólica post-sinodal Vita Consacrata.
La aplicación de todos ellos da como consecuencia el relanzamiento
de la vida consagrada. Como resumen de dichos elementos, el
Papa no duda en sintetizarlo de la siguiente manera: “llevar
una existencia plenamente evangélica, sin anteponer nada al único Amor,
sino encontrando en Cristo y en su palabra la esencia
más profunda de todo carisma del fundador y de fundadora.”13
Nos encontramos de frente a un resumen extraordinario del recorrido
que ha seguido la vida consagrada en este periodo de
la renovación. El elemento primordial sobre el cual gira el
consejo del Papa es el de no anteponer nada al
Amor, al único Amor. Este es el elemento que será
cimiento para relanzar la vida consagrada, una vez que se
hayan vivido todas las recomendaciones del Concilio para lograr la
adecuada renovación. Todas estas recomendaciones vienen sintetizadas en el número
6 del Decreto Perfectae caritatis14 , cuando afirma que la
verdadera renovación no podrá llevarse a cabo sin la búsqueda
y el amor de Dios, una manera diversa pero que
quiere significar lo mismo que no anteponer nada al Amor.
De alguna manera el Papa Benedicto XVI ha querido utilizar
este término para recordar el número de la regla de
san Benito15 en la que se afirma que el
monje, podíamos nosotros decir, la persona consagrada, es aquella que
no antepone nada al Amor. Y para lograr amar al
Amor, tenemos todo un programa en la Encíclica Deus caritas
est, de la que en el número 1 encontramos una
síntesis de lo que consiste amar este Amor: “Además, en
este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una
formulación sintética de la existencia cristiana: « Nosotros hemos conocido
el amor que Dios nos tiene y hemos creído en
él». Hemos creído en el amor de Dios: así puede
expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No
se comienza a ser cristiano por una decisión ética o
una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento,
con una Persona, que da un nuevo horizonte a la
vida y, con ello, una orientación decisiva.”16
No anteponer nada
al Amor de Dios se convierte por tanto en el
encuentro con una Persona, con un acontecimiento. Esta persona para
el cristiano, y aún más para el consagrado, es Cristo.
Fundamentar la vida entera en este encuentro resulta la clave
para lograr la adecuada renovación de la vida consagrada y
por tanto llevar a cabo su relanzamiento. Esta ha sido
la norma suprema establecida desde siempre para la vida consagrada
y que debería haber sido el inicio de todo proceso
de renovación: “Como quiera que la última norma de vida
religiosa es el seguimiento de Cristo, tal como lo propone
Evangelio, todos los Institutos ha de tenerlos como regla suprema.”17
Seguir a Cristo implica vivir una vida de total dedicación
a Él y no anteponer nada a su Amor, es
la consecuencia lógica de dicho seguimiento. Una vida de total
dedicación a Cristo es una vida dedicada al cultivo del
Espíritu, que permite vivir la misma vida de Cristo. El
seguimiento de Cristo no tiene otra finalidad que la de
buscar ser semejantes a Él, tratando de vivir los mismos
sentimientos que Cristo. A esto tendía el Concilio, a buscar
que todas las personas consagradas fueran ante todos otros Cristos:
“La persona, que se deja seducir por él, tiene que
abandonar todo y seguirlo (cf. Mc 1, 16-20; 2, 14;
10, 21.28). Como Pablo, considera que todo lo demás es
« pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús
», ante el cual no duda en tener todas las
cosas « por basura para ganar a Cristo » (Flp
3, 8). Su aspiración es identificarse con El, asumiendo sus
sentimientos y su forma de vida. Este dejarlo todo y
seguir al Señor (cf. Lc 18, 28) es un programa
válido para todas las personas llamadas y para todos los
tiempos.”18
La vida espiritual se convierte por tanto para la
persona consagrada en una condición sine qua non para vivir
adecuadamente su consagración, ya que la vida espiritual, el ser
espiritual, la vida en el Espíritu no es otra cosa
mas que vivir la misma vida de Cristo, tener sus
mismos sentimientos19 . “Il fondamento della vita spirituale e della
teologia spirituale consiste nell’incontro con Cristo vivo. (…) Tale incontro
è semplice, immediato, a portata di mano. È soprannaturale, divino
e umano, spirituale e corporale. L’incontro con Cristo viene accompagnato
dall’effusione dello Spirito santo. Ci inserisce nella vita divina, nella
comunione con il Padre, per riprodurre nella nostra esistenza concreta
i misteri della vita di Cristo, dall’incarnazione fino alla passione
e morte per la risurrezione.”20
Esta vida espiritual, que debe
estar a la base de toda la vida de la
persona consagrada a Dios, se realiza primordialmente dando espacio en
el corazón a la presencia del Espíritu santo, para llegar
de esa manera a vivir la misma vida de Cristo,
vivir sus mismos sentimientos y reproducir los misterios de su
vida en cada una de las vidas de las personas
consagradas. Pero no pensemos que esta vida espiritual es una
vida desencarnada, hecha de suspiros o sólo de buenas intenciones.
Es una vida que puede y debe ejercitarse, primero, adquiriendo
un conocimiento experimental de Cristo, esto es, haciendo la experiencia
de Cristo, teniéndolo como un verdadero amigo, como la persona
en quien podemos confiar y a quien podemos amar21 .
Sin este conocimiento experimental, la vida espiritual se reduce a
una comedia, o a lo más, a una vida cultual,
hecha de ritos, de oraciones, pero desencarnada, ya que no
se puede amar lo que no se conoce.
En segundo lugar,
es una vida espiritual que debe ejercitarse con las obras,
se debe encarnar en la vida ordinaria de la persona
consagrada. No se es persona espiritual porque se esté pensando
siempre en el Cielo y se desprecie la tierra. Al
contrario, se es persona espiritual porque se contempla el Cielo
con los pies muy firmes en la tierra y se
pone en práctica lo que se ha contemplado. “Spirituale non
significa immateriale, di per sé, né designa una sostanza superiore
o un ente misterioso, ma un dinamismo, un modo d’essere
che si può anche acquisire, anzi che ogni uomo deve
lentamente conquistare.”22
Este dinamismo, este modo de ser no es
otra cosa que la espiritualidad, entendida como un camino para
abrirse a Cristo y al prójimo, de forma que se
pueda amar a Cristo con el corazón humano y amara
al prójimo con el corazón de Cristo. La espiritualidad23
podemos decir que es una escuela, un camino, una forma
para llegar a vivir en el corazón de Cristo, que
comporta un conocimiento vivencial y experimental de Cristo y una
forma muy específica de relacionarse con el mundo, de acuerdo
con este corazón que se ha amasado en la cercanía
de Cristo. Cada escuela de espiritualidad ofrecerá diversos caminos para
alcanzar la vida en Cristo. Difieren una de otra por
los métodos, los medios y los caminos que ofrecen y
si bien, coinciden en el fin que es el de
alcanzar a Cristo, éste se presenta en forma diversa, siendo
éste la característica esencial de cada escuela de espiritualidad.
Si bien
todas tienden a vivir la misma vida de Cristo, cada
escuela de espiritualidad presenta un Cristo diverso, o mejor expresado,
una faceta diversa de Cristo. El Cristo es el mismo
para todos, pero hay quien hace énfasis en el Cristo
resucitado. Hay quien pone su atención en el Cristo que
cura a los enfermos, a semejanza del Buen samaritano. Hay
quien fija su mirada en el Cristo que toma a
un joven y tocando su lengua le dice “¡Effetà!” Es
el mismo Cristo, pero contemplado desde un ángulo diverso. Y
no sólo se presenta una faceta diversa de Cristo. En
ocasiones, el punto central de una escuela de espiritualidad puede
ser un misterio divino. Así nos encontramos con escuelas de
espiritualidad que tiene como centro el misterio de la encarnación,
el de la purificación de María en el templo o
el de la Visitación. Y a partir de ese ángulo
o misterio divino se explica el organismo de la vida
espiritual presentado por cada espiritualidad.
Cada espiritualidad será el medio para
vivir la vida en Cristo, esto es, la vida del
Espíritu, de forma que las personas consagradas no antepongan nada
al Amor de Cristo y vivan una vida de acorde
a las exigencias del evangelio. Por ello se puede hablar
de una espiritualidad propia basada, como veremos, en el propio
carisma. “La consagración religiosa se vive dentro de un determinado
instituto, siguiendo unas Constituciones que la Iglesia, por su autoridad,
acepta y aprueba. Esto significa que la consagración se vive
según un esquema específico que pone de manifiesto y profundiza
la propia identidad. Esa identidad proviene de la acción del
Espíritu Santo, que constituye el don fundacional del instituto y
crea un tipo particular de espiritualidad, de vida, de apostolado
y de tradición (cfr. MR 11). Cuando se contemplan las
numerosas familias religiosas, queda uno asombrado ante la riqueza de
dones fundacionales. El Concilio insiste en la necesidad de fomentarlos
como dones que son de Dios (cf PC 2b). Ellos
determinan la naturaleza, espíritu, fin y carácter, que forman el
patrimonio espiritual de cada instituto y constituyen el fundamento del
sentido de identidad, que es un elemento clave en la
fidelidad de cada religioso (cf ET 51).”24
La espiritualidad,
en la medida que se le conozca, se le aprecie
y se ponga en práctica, ayuda a relanzar la vida
consagrada, puesto que permite llevar a cabo la adecuada renovación
y por ende, cumplir con los cometidos del Concilio. Cuando
un Instituto de vida consagrada o sociedad de vida apostólica
conocen el Cristo o el misterio divino que el fundador
ha dejado como modelo a seguir tiene la capacidad de
enfrentar las tareas de la renovación sugeridas por el Concilio,
a condición de que la espiritualidad sea viva25 . Fijando
su mirada en el Cristo o en el misterio divino
que ha dejado el fundador como punto central de la
espiritualidad, las personas consagradas tienen la capacidad de llevar a
cabo la renovación en sus cinco vertientes propuestas por el
Concilio: vertiente cristocéntrica, vertiente carismática, vertiente eclesiológica, vertiente antropológica y
vertiente espiritual.
La vertiente cristocéntrica sugería tener a Cristo como
regla suprema de la vida consagrada y que ha sido
recordada por Benedicto XVI en la Asamblea plenaria de la
congregación para los institutos de vida consagrada y sociedades de
vida apostólica: “Como quiera que la última norma de vida
religiosa es el seguimiento de Cristo, tal como lo propone
Evangelio, todos los Institutos ha de tenerlos como regla suprema.”26
Cuando un Instituto de vida consagrada conoce y sabe
cuál es su espiritualidad, conoce el fin y los medios
de la vida espiritual. Conoce el Cristo que el Fundador
le ha dejado o el misterio divino en el que
se ha inspirado el Fundador, o mejor dicho, el que
el Espíritu ha sugerido al fundador para llevar a cabo
la obra27 . Como todo carisma es una experiencia del
Espíritu (Mutuae relationes, 11) que hace el fundador y que
puede ser compartida por sus discípulos, éstos pueden conocer el
Cristo del fundador y seguirlo, de la misma manera que
lo conoció y que lo siguió el fundador. De este
conocimiento de Cristo, el Cristo específico que experimentó el fundador,
se desprenden los puntos de espiritualidad que permitirán a los
discípulos entrar en la persona de Cristo y vivir los
mismos sentimientos de Cristo, con una visión muy específica. Quien
por ejemplo vive el carisma de la hospitalidad aprenderá a
ver el Cristo que acoge a los peregrinos. Y a
partir de ese Cristo podrá estructurar toda una secuela, de
forma que su vida sea un apropiarse de los sentimientos
de Cristo para imitarlo, en su vida personal y en
su vida de relación con los hombres, es decir, en
el apostolado.
La vertiente carismática pedía conocer con exactitud el carácter
y la finalidad de cada Instituto28 . Viviendo la vida
de Cristo en la forma específica como la ha dejado
el fundador, los institutos de vida consagrada están en la
posibilidad de conocer el espíritu y la finalidad por la
cuál el fundador emprendió la obra encomendada por Dios. Este
es uno de los aspectos más importantes de la renovación,
pues permiten al Instituto abstraerse de las circunstancias de tiempo
y lugar en el que fue fundado y proyectarse en
el tiempo y en el espacio. Cuando el fundador concibe
la idea, inspirado por el Espíritu, de fundar el
Instituto, lo hace pensando no sólo en solucionar una necesidad
urgente de la Iglesia, sino en socorrer el sufrimiento de
Cristo en las personas que atraviesan por dicha necesidad. No
serán ya por tanto las niñas que no tienen educación
en el Veneto del setecientos, ni la soledad de los
migrantes italianos de finales del siglo XIX en Nueva York,
ni los adolescentes italianos que deambulan por las calles de
la Torino que se abre al proceso de industrialización, sino
que es el Cristo que sufre en las niñas del
Veneto, en los inmigrantes de Nueva York o en los
adolescentes de Torino. El interés del fundador es “curar” el
Cristo que sufre en una forma muy específica.
Este “curar el
sufrimiento de Cristo” será el carácter y la finalidad del
Instituto que se extenderá por todos los tiempos y lugares,
sin importar ya las restricciones espacio-temporales en las que nació
el carisma. Esta forma de afrontar el sufrimiento de Cristo
da origen a una espiritualidad específica que permitirá afrontar apostolados
a veces diversos a las necesidades que dieron origen a
la fundación. Diversos, pero no contrarios, pues lo que importa
será la aplicación del mismo espíritu que el fundador tuvo
al iniciar la obra, es decir, aplicar la espiritualidad del
Instituto.
Este aspecto nos lleva a pensar en la tercer vertiente,
es decir la vertiente eclesiológica, en la que el Concilio
invitaba a participar de la vida de la Iglesia, pero
respetando el propio carácter de cada Instituto29 . Este “respeto
por el carácter del propio Instituto” es lo que deja
el campo abierto para que las personas consagradas puedan vivir
con el propio espíritu la vida de la Iglesia. Cuando
se conocer la propia espiritualidad no se corre el peligro
de ser absorbido por nuevas tendencias ideológicas que muchas veces
son contrarias a la Iglesia, o buscar en las religiones
orientales formas de vivir la liturgia, la misión, la pastoral.
Cuando se conoce la espiritualidad propia, es ésta la que
enriquece a la Iglesia, viviendo de manera particular el encuentro
con Cristo en la Biblia, en la oración, en la
misión. Como una ejemplo de esta admirable simbiosis la tenemos
en la congregación fundada por la beata Madre Teresa de
Calcuta, que con sus Misionarias de la Caridad participa de
la vida de la Iglesia con su carácter propio, sin
renunciar a su propia espiritualidad y sin traicionar las indicaciones
de la Iglesia. Así vemos que siguen la liturgia en
una forma oriental, pero rezan y participan con la Iglesia
universal. Su hábito es también de tipo oriental, pero respetan
las indicaciones de la Iglesia en lo que se refiere
al hábito30 . Y todo ello porque tienen clara su
espiritualidad, es decir, la forma de vida en Cristo.
La vertiente
antropológica del Concilio para la vida consagrada31 se refiere
a conocer las características de los hombres para mejor entenderlos
y hacerles llegar el mensaje de salvación, como ha dicho
un autor moderno: “Per svolgere un ruolo efficace peri l
riordinamento della società umana e per un più giusto orientamento
della storia, la Chiesa cattolica deve attrezzarsi anche culturalmente adeguando
le sue strutture e la formulazione delle sue dottrine ai
modelli culturali e ai paradigmi linguistici del tempo.”32 La
ayuda que las personas consagradas deben dar a los hombres
debe partir de su propia espiritualidad. Si el fundador ha
sido capaz de salir en ayuda de los hombres, enfrentando
las circunstancias más adversas, ha sido posible gracias a la
experiencia del Espíritu que hizo y que le ha permitido
ver a Cristo en las personas que necesitaban una ayuda
a sus necesidades. No se hace un adecuada renovación de
la Iglesia a partir de la lectura horizontalista de las
necesidades de los hombres, sino a partir del propio carisma,
que conforma una manera muy especial de leer y de
resolver estas necesidades. Esta forma es la misma que el
fundador instauró al solucionar los primeros problemas que dieron origen
a la familia religiosa. Quien conoce y aplica la propia
espiritualidad a la solución de las nuevas necesidades, se dará
cuenta que, antes de solucionar las necesidades desde el punto
de vista humano, será necesario hacerlo en una forma integral,
es decir, integrando el espíritu y la materia en la
solución del problema. La propia espiritualidad en la resolución de
los problemas y necesidades del hombre permite tener una visión
especial, una toma de postura única y una solución específica,
pues se hace uso no de la ciencia humana, sino
de la ciencia del espíritu, la vida en Cristo, misma
que vivió el fundador. Juan Pablo II ha resumido esta
espiritualidad del fundador con las siguientes palabras: “Se invita pues
a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la
creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como
respuesta a los signos de los tiempos que surgen en
el mundo de hoy. Esta invitación es sobre todo una
llamada a perseverar en el camino de santidad a través
de las dificultades materiales y espirituales que marcan la vida
cotidiana. Pero es también llamada a buscar la competencia en
el propio trabajo y a cultivar una fidelidad dinámica a
la propia misión, adaptando sus formas, cuando es necesario, a
las nuevas situaciones y a las diversas necesidades, en plena
docilidad a la inspiración divina y al discernimiento eclesial.”33
Por
último la vertiente espiritual invitaba a las personas consagradas a
realizar la renovación teniendo como punto fundamental la misma renovación
espiritual: “Ordenándose ante todo la vida religiosa a que sus
miembros sigan a Cristo y se unan a Dios por
la profesión de los consejos evangélicos, habrá que tener muy
en cuenta que aun las mejores adaptaciones a las necesidades
de nuestros tiempos no surtirían efecto alguno si no estuvieren
animadas por una renovación espiritual, a la que, incluso al
promover las obras externas, se ha de dar siempre el
primer lugar.”34 El punto fundamental de la renovación consistía
básicamente en tener una fuerte vida espiritual, que animara todos
los aspectos de la renovación que el Decretohabía sugerido. Parecería
para algunos un callejón sin salida, pues si las indicaciones
que daba del Concilio para tener una adecuada renovación eran
las de contar con una fuerte vida del espíritu, es
decir, iniciar con una vida del espíritu, se necesitaría contar
por tanto con una propia espiritualidad. Muchos Institutos no conocían
y no vivían una propia espiritualidad.
El camino que debería
haberse seguido consistía en realizar primero una investigación para saber
realmente cuál era la propia espiritualidad, la vida del Espíritu
que Dios había inspirado al fundador, partiendo de la experiencia
del Espíritu. Con mucha paciencia se tendría que haber recogido
los hilos conductores de esta espiritualidad hasta llegar a establecer
el tejido que conformaría los medios usados para alcanzar la
vida del Espíritu que el fundador habría diseñado para conocer
y seguir al Cristo o al misterio divino que era
fundamento de su experiencia del Espíritu. Sólo de esta manera
se habría podido establecer una verdadera renovación espiritual. De lo
contrario, como desgraciadamente sucedió en muchos casos, se optó por
tomar elementos variados y muy ajenos a la espiritualidad cristiana
y se les incorporó en el Instituto, dando como resultado
la pérdida de identidad del Instituto.
Buscar la espiritualidad en el
propio carisma.(Rintracciare la spiritualità nel proprio carisma) Dada la importancia de
la espiritualidad, de la propia espiritualidad para lograr la adecuada
renovación de la vida consagrada, convendrá saber cómo puede ser
descubierta, a partir del propio carisma. Si por una parte
la vida espiritual es la vida en Cristo, es decir,
la vida en el Espíritu, y por otra parte el
carisma es la experiencia del Espíritu (Mutuae relationes, 11), el
origen de la propia espiritualidad lo encontramos por tanto en
el propio carisma, ya que como experiencia del Espíritu nos
presenta la figura de un Cristo muy específico. Un autor
espiritual moderno lo ha declarado tácitamente al escribir: “… quando
sentirai addosso in tutte le circostanze della tu avita questo
sguardo compassionevole e misericordioso di Cristo, sarai una persona veramente
spirituale, sarai di nuovo completamente integro, vicino a ciò che
possiamo chiamare pace interiore, serenità dell’anima, felicità di vita.”35
Nos
queda por tanto la tarea de descubrir la forma en
que el carisma encierra una propia espiritualidad. Para ello propondremos
un itinerario para que cada instituto de vida consagrada o
cada persona consagrada llegue a conocer la espiritualidad que se
encuentra en el propio carisma. Para ello propondremos algunas consideraciones
iniciales.
a) Consideraciones iniciales.36 1. El carisma es una experiencia del
Espíritu que puede ser compartida. El inicio de todo carisma es
la experiencia del Espíritu que realiza el fundador. Cuando Dios
le permite ver una urgencia, una necesidad en la Iglesia,
el fundador, mediante la experiencia del Espíritu comienza a ver
en dicha necesidad al Cristo o al misterio divino que
debe socorrer. Como hemos dicho, no es ya la parte
material que ve el fundador, sino el sufrimiento de Cristo.
Esta transformación, este ver a un Cristo al que hay
que socorrer en una humanidad doliente, espiritual o materialmente, dará
origen a una conformación de la persona del fundador con
la persona de Cristo. El fundador se da cuenta de
que si quiere solucionar ese problema urgente que surge en
la Iglesia lo hará sobre la base de su configuración
personal con Cristo. Lejos de ser un filántropo el fundador
es un “nuevo Cristo”, un alter Christus que se inmola
por el bien de sus hermanos, teniendo como modelo de
transformación la figura de Cristo, de un Cristo muy específico.37
Esta experiencia de transformarse en Cristo para ayudar a los
hermanos, no es obra exclusiva del fundador. Puede ser compartida
por cuantas personas Dios dispondrá para ser discípulos del fundador.
No se trata por tanto ni de imitar la persona
del fundador ni de realizar la misma experiencia del Espíritu
que Dios obró en el fundador. Se trata más bien,
que sobre la guía de la experiencia del Espíritu
llevada a cabo por el fundador, cada discípulo lleve a
cabo su propia transformación en Cristo. El fundador inaugura un
camino específico de santidad, al proponer una forma concreta de
imitar y de seguir a Cristo, pero este camino no
es exclusivo para él. Como carisma, es un don de
Dios para edificar la Iglesia, por lo tanto, lo puede
proponer a otros para ser vivido. De esta forma, la
experiencia del Espíritu y las consecuencias que de ella se
desprenden, pueden ser compartidas por todos los discípulos, como lo
había propuesto el documento Mutuae relaciones al explicar por primera
vez lo que podría significar el carisma: “El carisma mismo
de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu
(Evang. testificatio, 11), transmitida a los propios discípulos para ser
por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía
con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne.”38
2. Como
experiencia del Espíritu, el carisma marca un itinerario preciso para
seguir a Cristo. El carisma es el encuentro vivo, personal y
apasionante del fundador con la persona de Cristo. Dios permite
ver al fundador en alguno de los misterios de la
vida de Cristo o en algún misterio divino, la única
solución para la necesidad urgente que ha servido de inspiración
para fundar una obra en la Iglesia. De este encuentro
nace una forma de vida muy precisa que busca configurarse
con la persona de Cristo. Inicia por tanto un camino
preciso para vivir la misma vida de Cristo, imitándolo y
siguiéndolo.
Este esfuerzo por configurar toda la vida con Cristo genera
una espiritualidad muy específica, es decir una finalidad y unos
medios para vivir la vida del Espíritu. Podemos afirmar que
el fundador es un profundo enamorado de Cristo que busca,
como todo enamorado, configurar su vida con el Amado. Siguiendo
las huellas de la regla benedictina se esfuerzo por no
anteponer nada al amor de Cristo viviendo exclusivamente de Él
y para Él y para lograrlo proponen una espiritualidad, un
itinerario de vida muy concreto.
Los fundadores son personas eminentemente prácticas,
que no dejan nada al caso. La puesta en marcha
de comunidades, obras e iniciativas apostólicas nos hablan de una
mentalidad que va a lo concreto, capaz de resolver problemas
de la más diversa índole. Pensemos por ejemplo en Santa
Teresa de Ávila, que aún con sus arrobos místicos era
capaz de afirmar que ella con Dios y algunos maravedíes
podía hacer maravillas. Esta misma practicidad que tuvieron para las
cosas materiales la han tenido para las cosas espirituales, pues
para ellos no hay división entre unas y otras, desprendiéndose
todas ellas del amor a Cristo. Por ello, con esa
practicidad que les caracteriza, han dejado un itinerario del seguimiento
de Cristo. En muchos de sus escritos, sino es que
las mismas constituciones, podemos encontrar en forma detallada la forma
de seguir a Cristo, al estilo inspirado por el fundador.
“En el seguimiento de Cristo y en el amor hacia
su persona hay algunos puntos sobre el crecimiento de la
santidad en la vida consagrada que merecen ser hoy especialmente
evidenciados. Ante todo se pide la fidelidad al carisma fundacional
y al consiguiente patrimonio espiritual de cada Instituto.”39
3. El
seguimiento de Cristo encierra toda una espiritualidad. Con el Concilio Vaticano
II se ha venido lanzando nuevamente la propuesta de que
la santidad es una invitación para todos los cristianos y
no un artículo de lujo reservado a almas privilegiadas.40
Queda claro que la santidad se alcanza a través de
una vida en la que se da primacía al Espíritu
y por tanto se jerarquizan todas las cosas en función
al mandato de Cristo Sed perfectos…Esta invitación a la santidad
fue recordada por Juan Pablo II al final del Jubileo
del año santo: “En realidad, poner la programación pastoral bajo
el signo de la santidad es una opción llena de
consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo
es una verdadera entrada en la santidad de Dios por
medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de
su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre,
vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar
a un catecúmeno, « ¿quieres recibir el Bautismo? », significa
al mismo tiempo preguntarle, « ¿quieres ser santo? » Significa
ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: «
Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial » (Mt
5,48).”41
La santidad por tanto no es impecabilidad, sino
el fruto de vivir de cara a Dios, viviendo su
misma vida, que para una persona consagrada se concretiza en
la secuela de Cristo. Seguir a Cristo no es por
tanto el cumplimiento de unos preceptos en dónde se viene
juzgado por lo que se hace, o por lo que
no se hace, sino que es una vida de amor
al Amor. Descubrir en Cristo, el otro y seguirlo con
todas las consecuencias. La persona consagrada tiene por tanto fija
su mirada en Cristo y de ahí se desprende un
modo de ser y de vivir muy específico. Una vida
que debe ser toda para Dios y en Dios. Una
vida por tanto en el que el aspecto espiritual –
Dios- debe tener la primacía.
Esta unión que la persona consagrada
busca tener con Dios viene a concretizarse en el seguimiento
de Cristo. En dicho seguimiento encuentra el camino y la
meta para ser una persona verdaderamente espiritual, santa, una persona
consagrada. Este seguimiento de Cristo no se realiza en forma
abstracto pues, como hemos visto, viene trazada de acuerdo a
un modelo muy preciso que es el modelo dejado por
el fundador. El seguimiento de Cristo, al estilo del fundador,
genera unas formas muy específicas de imitar a Cristo y
vivirlo en todos los acontecimientos y circunstancias de la vida.
De ahí que el seguimiento de Cristo genere unos medios
específicos para vivir una vida espiritual. Por ello podemos afirmar
que el seguimiento de Cristo da vida a una espiritualidad
específica, ya que señala la meta, la vida en Dios,
la vida en Cristo, y los medios.
4. Si quiere ser
considerada como una verdadera espiritualidad, ésta deberá reflejarse en todos
los aspectos del obrar cotidiano. El seguimiento de Cristo, origen y
fuente de toda espiritualidad, crea un estilo y una actitud
frente a la vida que debe abarcar toda la vida
consagrada, de lo contrario no es una verdadera espiritualidad. Cuando
en Concilio, refrendado por el Magisterio de la iglesia a
lo largo de estos cuarenta años, invitaba a centrar la
adecuada renovación en la vida espiritual, no era con el
objetivo de desentenderse del mundo o de las actividades cotidianas.
Era más bien para dar sentido a esas actividades cotidianas,
un verdadero sentido espiritual.
Los institutos de vida consagrada llamados activos
tienen la peculiaridad de conjuntar la vida activa con la
vida contemplativa42 . De esta conjunción nace una verdadera espiritualidad
que les permite vivir con los ojos puestos en el
Cielo y los pies en la tierra. La vida de
los fundadores es por demás ejemplar en este aspecto llamando
la atención la capacidad que tienen estos hombres de ser
profundamente contemplativos de los misterios divinos –hemos hablado del misterio
de Cristo que bajo un ángulo específico logran desvelar al
mundo-, y al mismo tiempo saben imbuir de ese espíritu
a todas sus obras, que no son ni pocas ni
intrascendentes.
“Se una persona è veramente guidata guidata dallo Spirito Santo,
i suo vissuto diventa sempre più cristoforme; ‘de facto’ l’Amore
di Dio partecipato alla persona umana nello Spirito Santo spinge
la persona alla sua trasfigurazione; ma la ipostatizzazione della carne,
della natura, delle realtà ereditate e di tutto ciò che
l’uomo è, significa che si è aperto tutto all’Amore, che
si è lasciato fare da Lui. (…) Dunque, la misura
della vita spirituale è la concretezza spirituale vissuta nel quotidiano.”43
Por lo tanto, no puede hablarse de una verdadera
espiritualidad cuando ésta no toca toda la persona consagrada y
todos los elementos de la vida consagrada, como son la
vivencia de los votos, el ejercicio de la autoridad, el
apostolado de la congregación, la vida fraterna en comunidad, la
vida de oración y una sana ascética, la misma consagración
a Dios. Como en la escala de Jacob que los
ángeles la recorrían de abajo hacia arriba y de arriba
hacia abajo, así la espiritualidad se nutre del encuentro personal
con Cristo, para después ponerlo en práctica en todos los
detalles del obrar cotidiano.
No se trata de reglamentar toda la
vida para que sea vivida minuciosamente, bajo la rigidez de
un estatuto. Se trata más bien de tener un espíritu
de fe y ver las normas, las constituciones y
los estatutos como medios inspiradores para vivir la espiritualidad propia
del Instituto. La norma sin el espíritu, mata. El espíritu
sin norma, se evaporiza. El seguimiento a Cristo debe generar
una espiritualidad que sea tan fuerte, eficaz y radical que
permita pernear toda la vida de la persona consagrada, no
para reducir su libertad sino para ampliarla. La espiritualidad no
es una camisa de fuerza que manipula a la persona
consagrada, sino más bien le da alas para que pueda
llegar al Amor de Dios, imitando a Cristo y así
pueda servir mejor a los hermanos. Una espiritualidad que no
baje a los detalles prácticos es simplemente una colección de
consejos rituales práctico-piadosos que tocan la epidermis de la persona
consagrada, pero no su espíritu.
CITAS
1 Juan Pablo II, Exhortación
apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 110. 2 Concilio Vaticano II,
Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2. 3 “Otra indicación de fondo
que dio el Concilio es la del generoso y creativo
don de sí a los hermanos, sin ceder nunca a
la tentación de replegarse en sí mismo, sin conformarse con
lo ya hecho, sin caer en el pesimismo y el
cansancio. El fuego del amor, que el Espíritu infunde en los
corazones lleva a interrogarse constantemente sobre las necesidades de la
humanidad y sobre cómo responder a ellas, sabiendo que sólo
quien reconoce y vive la primacía de Dios puede realmente
responder a las auténticas necesidades del hombre, imagen de Dios.
Otra indicación de fondo que dio el Concilio es la
del generoso y creativo don de sí a los hermanos,
sin ceder nunca a la tentación de replegarse en sí
mismo, sin conformarse con lo ya hecho, sin caer en
el pesimismo y el cansancio. El fuego del amor, que
el Espíritu infunde en los corazones lleva a interrogarse constantemente
sobre las necesidades de la humanidad y sobre cómo responder
a ellas, sabiendo que sólo quien reconoce y vive la
primacía de Dios puede realmente responder a las auténticas necesidades
del hombre, imagen de Dios.” Benedicto XVI, Carta con
motivo de la Asamblea plenaria de la Congregación para los
Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica,
27.9. 2005. 4 El mismo Benedicto XVI se hace eco
de esta situación cuando habla a los sacerdotes de las
diócesis de Belluno – Feltre y Treviso: “Por tanto, con
una visión retrospectiva, ahora para todos nosotros no constituye una
gran sorpresa, como lo fue en su primer momento, digerir
el Concilio y su gran mensaje. Introducirlo y recibirlo para
que se convierta en la vida de la Iglesia, asimilarlo
en las diversas realidades de la Iglesia, es un sufrimiento,
y el crecimiento sólo se realiza con sufrimiento. Crecer siempre
implica sufrir, porque es salir de un estado y pasar
a otro.” Benedicto XVI, Encuentro del Santo Padre con los
sacerdotes, L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, N. 31
(2.104), 3 de agosto de 2007, p. 9. 5 Algunas posturas
de estos tipos, invocando el espíritu del Concilio decían que
no era posible prestar fidelidad a nada, en un mundo
en el que todo cambiaba y no se sabía con
certeza a dónde se dirigía. “La virtud de la vida
religiosa contemporánea reside en el hecho de que hay muy
poco a lo que guardar fidelidad, excepto una visión de
la más excelsa naturaleza. Ahora no se trata de guardar
fidelidad a una cosa, ni a una persona, ni siquiera
a un modo de vida. El propio proceso de discernimiento
es lo que mide la fidelidad religiosa en la actualidad.”
Joan Chittister, OSB, El fuego en estas cenizas. Espiritualidad de
la vida religiosa hoy, Sal Terrae, Santander, 5ª. Edición, 1998. 6
Paul Vitz, Psicología e culto di sé, Edizioni Dehoniani,
Bologna, 1987, p. 13 – 14. 7 Benedicto XVI, Carta
con motivo de la Asamblea plenaria de la Congregación para
los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida
apostólica, 27.9. 2005. 8 La finalidad de la renovación de la
vida consagrada no era otro que el de ayudarle a
adecuarse a los nuevos tiempos, con el fin de brindar
una ayuda más eficaz a la labor de la evangelización,
como lo había hecho a lo largo de su historia
bi-milenaria y cómo, era de esperarse, lo seguiría haciendo en
un futuro. Así lo estableció el Concilio al fijar las
cláusulas iniciales de la renovación para los religiosos: “Mas para
que el eminente valor de la vida consagrada por la
profesión de los consejos evangélicos y su función necesaria, también
en las actuales circunstancias, redunden en mayor bien de la
Iglesia, este Sagrado Concilio establece lo siguiente que, sin embargo,
no expresa más que los principios generales de renovación y
acomodación de la vida y de la disciplina de las
familias religiosas y también, atendida su índole peculiar de las
sociedades de vida común sin voto y de los institutos
seculares. Después del Concilio habrán de dictarse por la Autoridad
competente las normas particulares para la conveniente explicación y aplicación
de estos principios.” Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965,
n. 1. 9 Son varias las acepciones que el diccionario italiano
da a esta palabra. Quizás una de la más adecuada
sea la siguiente: “Fase del ciclo economico che segue la
recessione e precede una nuova fase di espansione.” En el
contexto familiar y coloquial la palabra ripresa se aplica al
momento de iniciar las actividades ordinarias, después de que habían
quedado suspendidas por un momento, digamos por las vacaciones estivas.
Buona ripresa! sería el augurio de quien inicia sus labores
después de haberlas suspendido por las vacaciones. Aplicando estos dos
significados de la palabra ripresa a la situación de la
vida consagrada tendríamos lo siguiente. Por un lado no se
oculta la crisis por las que está pasando (recesión), pero
se espera una nueva etapa, más floreciente, más vigorosa (espansión).
Por otro lado es de augurar un comienzo de la
vida consagrada, después de haber quedad “suspendida” por las desorientaciones
y experimentos causados por las malas interpretaciones del Concilio. Por
ello pensamos, junto con el p. Ángel Pardilla, cmf., que
la palabra española relanzamiento no expresa adecuadamente lo que viene
a significar la palabra italiana ripresa. 10 Goya Benito, Formazione integrale
alla Vita Consacrata, EDB, Bologna, 1997 11 Benedicto XVI, Carta
con motivo de la Asamblea plenaria de la Congregación para
los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida
apostólica, 27.9. 2005. 12 Juan Pablo II lo expresaba de la
siguiente manera: “Es preciso más bien comprometerse con nuevo ímpetu,
porque la Iglesia necesita la aportación espiritual y apostólica de
una vida consagrada renovada y fortalecida.” Juan Pablo II, Exhortación
apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 13. 13 Benedicto XVI, Carta
con motivo de la Asamblea plenaria de la Congregación para
los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida
apostólica, 27.9. 2005. 14 “. Los que profesan los consejos evangélicos,
ante todo busquen y amen a Dios, que nos amó
a nosotros primero, y procuren con afán fomentar en todas
las ocasiones la vida escondida con Cristo en Dios, de
donde brota y cobra vigor el amor del prójimo en
orden a la salvación del mundo y a la edificación
de la Iglesia. Aun la misma práctica de los consejos
evangélicos está animada y regulada por esta caridad.” Concilio Vaticano
II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 6. 15 “En efecto, la
vida consagrada, desde sus orígenes, se ha caracterizado por su
sed de Dios: quaerere Deum. Por tanto, vuestro anhelo
primero y supremo debe ser testimoniar que es necesario escuchar
y amar a Dios con todo el corazón, con toda
el alma y con todas las fuerzas, antes que a
cualquier otra persona o cosa. Este primado de Dios es
de suma importancia precisamente en nuestro tiempo, en el que
hay una gran ausencia de Dios. No tengáis miedo de
presentaros, incluso de forma visible, como personas consagradas, y tratad
de manifestar siempre vuestra pertenencia a Cristo, el tesoro escondido
por el que lo habéis dejado todo. Haced vuestro el
conocido lema que resumía el programa de san Benito:
"No anteponer nada al amor de Cristo".” Benedicto XVI, Discurso
a las personas consagradas presentes en la diócesis de Roma,
10.12.2005. 16 Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 25.12.2005, n. 1. 17
Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2a. 18
Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n.
18. 19 “El proceso formativo, como se ha dicho, no se
reduce a la fase inicial, puesto que, por la limitación
humana, la persona consagrada no podrá jamás suponer que ha
completado la gestación de aquel hombre nuevo que experimenta dentro
de sí, ni de poseer en cada circunstancia de la
vida los mismos sentimientos de Cristo.” Ibidem., n. 69. 20
Paolo Scarafoni, I fruti dell’albero buono, Santità e vita spirituale
cristocentrica, Edizionie Art, Roma 2004, p. 13. 21 “Ricordatevi d’amare con
tutto il cuore colui che, tra i figli degli uomini,
è il più bello (Sal 44,3). (…) Considerate la bellezza
di colui che amate. Pensatelo uguale al Padre (cf. Fil
2,6) e obbediente anche alla madre: Signore del cielo e
servo qui interra; Creatore di tutte le cose e creato
come una di esse. Contemplate quanto sia bello in lui
anche quello che i superbi scherniscono. Con occhi interiori mirate
le piaghe del crocifisso, le cicatrici del risorto, il sangue
del morente, il prezzo versato per il credente, lo scambio
effettuato dal redentore.” Agostino, La verginità consacrata, 54.55,55. 22 Amedeo Cencini,
Verginità e celibato oggi, Per una sessualità pasquale, Edizioni Devoniane
Bologna, Bologna 2005, p. 103. 23 “La spiritualità è l’insegnamento sulla
vita secondo lo Spirito. (…) La spiritualità quindi tratta tutto
ciò che riguarda la santità; dona forza ai martiri,lacrime ai
penitenti, aiuta a osservare i comandamenti e insegna tutte le
virtù, soprattutto la carità. La sua azione è progressiva, perciò
la sua evoluzione è definita spiritualizzazione progressiva.” T. Spildik, Spiritualità,
in La mistica parola per parola, a cura di Luigi
Borriello Maria R. del Genio, Tomás Spidlík, Ed. Ancora, Milano
2007, p. 336 – 337. 24 Sagrada congregación para los religiosos
e institutos seculares, Elementos esenciales de la doctrina
de la Iglesia sobre la vida religiosa, 31.5.1983, n. 11. 25
“Va ricordato che la “spiritualità di una determinata forma di
vita non si identifica con una sintesi teologica e dottrinale;
si tratta, piuttosto, di una sintesi vitale, in cui verità
dottrinale e atteggiamenti concreti costituiscono una unità. La sintesi è
fatta nella vita. Non, dunque in un libro, ma in
una persona. Si può parlare di spiritualità solo quando le
verità sono diventate vita; inserite, cioè, nei dinamismo stessi della
persona e fatte storia.” Arnaldo Pigna, La vita consacrata, trattato
di teologia e spiritualità, Edizioni OCD, Roma, 202, p. 503. 26
Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2a. 27 “A
partire dalla comprensote di un determinato mistero e atronó ad
esso, si articola, in una sintesi armonica e completa, la
visione di tutto il mistero di Cristo e del suo
Vangelo.” Fabio Ciardi, I fondatori uomini dello Spirito, Per una
teologia del carisma di fondatore, Città Nuova editrice, Roma 1982,
p. 388. 28 “Redunda en bien mismo de la Iglesia el
que todos los Institutos tengan su carácter y fin propios.
Por tanto, han de conocerse y conservarse con fidelidad el
espíritu y los propósitos de los Fundadores, lo mismo que
las sanas tradiciones, pues, todo ello constituye el patrimonio de
cada uno de los Institutos.” Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae
caritatis, 28.10.1965, n. 2b. 29 “Todos los Institutos participen en
la vida de la Iglesia y, teniendo en cuenta el
carácter propio de cada uno, hagan suyas y fomenten las
empresas e iniciativas de la misma: en materia bíblica, litúrgica,
dogmática, pastoral, ecuménica, misional, social, etc.” Ibidem., 2c. 30 “El hábito
religioso, como signo que es de la consagración, sea sencillo
y modesto, pobre a la par que decente, que se
adapte también a las exigencias de la salud y a
las circunstancias de tiempo y lugar y se acomode a
las necesidades del ministerio. El hábito, tanto de hombres como
de mujeres, que no se ajuste a estas normas, debe
ser modificado.” Ibidem., n. 17.
31 “Promuevan los Institutos entre sus
miembros un conocimiento adecuado de las condiciones de los hombres
y de los tiempos y de las necesidades de la
Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente a la luz de
la fe las circunstancias del mundo de hoy y abrasados
de celo apostólico, puedan prestar a los hombres una ayuda
más eficaz.” Ibidem., 2d. 32 Carlo Molari, La Chiesa nel travaglio
in Lo spartiacque, Ciò che nasce e ció che muore
a Occidente, a cura di Marco Guzzi, Paoline Editoriale Libri,
Milano 2006, p. 74. 33 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal
Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37. 34 Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae
caritatis, 28.10.1965, n. 2e. 35 Marko Ivan Rupnik, Nel fuco del
roveto ardente, Iniziazione alla vita spirituale, Lipa Edizioni, Roma 2003,
p. 94 – 95. 36 Para todas las cuestiones referentes al
carisma conviene consultar mi libro Il risveglio del carisma, Edizioni
Art, Roma 2007, en dónde profundizo ampliamente la parte que
se refiere al origen de cada carisma, así como a
las formas para conocer, vivir y transmitir el carisma. 37
“Il carisma di fondatore presenta quinde una componente cristologica. È
dato per la conformazione ad un particolare mistero di Cristo
che non è esaustivo, ma comprensivo di tutto Cristo. Legata
a questa componente cristologia e come sua conseguenza, il carisma
di fondatore appare in funzione della santificazione della persona a
cui è dato ) presupponendo certamente la libera risposta al
dono dello Spirito), dal momento che piena conformazione a Cristo
e santità si identificano. Il fondatore è chiamato, in forza
del carisma, ad inaugurare una nuova via di santità, a
mostrare un riflesso di quell’insondabile mistero di Cristo, e a
condurre, attraverso di esso, alla piene dedizione di sé a
Dio. Il fondatore è chiamato a farlo innanzitutto con la
propria vita, ponendosi lui stesso all’avanguardia nella sequela del Maestro.”
Fabio Ciardi, I fondatori uomini dello Spirito, Per una teologia
del carisma di fondatore, Città Nuova editrice, Roma 1982, p.
218. 38 Sagrada Congregación para los religiosos y los institutos seculares,
Mutuae relationes,14.5.1978, n. 11. 39 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal
Vita consecrata, 25.3.1996, n. 36. 40 “Por eso, todos en la
Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la
grey, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol
: "Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación"
(1 Tes 4,3; Ef 1,4).” Concilio Vaticano II, Constitución dogmática
Lumen gentium, 21.11.1964, n. 39. 41 Juan Pablo II, Carta apostólica
Novo Milenio Ineunte, 6.1.2001, n. 31 42 “Los religiosos y
religiosas deben continuar en cada época tomando ejemplo de Cristo
el Señor, alimentando en la oración una profunda comunión de
sentimientos con El (cf. Flp 2, 5-11), de modo que
toda su vida esté impregnada de espíritu apostólico y toda
su acción apostólica esté sostenida por la contemplación.” Juan Pablo
II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 9. 43 Marko
Ivan Rupnik, Nel fuco del roveto ardente, Iniziazione alla vita
spirituale, Lipa Edizioni, Roma 2003, p. 62.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR