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Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net Enseñar a orar con el propio carisma
La mujer consagrada que se afana y lucha por hacer en su vida la experiencia del espíritu, pasará fácilmente de la oración a la acción, es más, hará de la acción una continuación de la oración y llevará a la oración lo que ha vivido en la acción
Enseñar a orar con el propio carisma
Una ojeada al mundo actual. La situación del cristianismo a inicios
del siglo XXI no es nada halagüeña. No sin fundamento
se comienza a llamar a esta época con el epíteto
de tiempos postcristianos. Los valores que dieron origen a una
cultura esencialmente cristiana han quedado superados por valores laicos que
están generando la así llamada sociedad laica.
Ante este panorama que
bien conocemos, el hombre –niño, joven o adulto-, queda
a merced de su propia soledad, o de su propia
autonomía, según quieren hacer ver los propagadores del laicismo. El
hombre moderno, racionalista centrado en sí mismo, el hombre copernicano
que inicia con el iluminismo, tiende cada día a
cobrar carta de identidad, fundado su vida y su historia
en sí mismo. Los valores religiosos, Dios, sin ser negados
frontalmente, quedan relegados a la esfera de lo privado, sin
poder incidir en la vida pública de las personas y
por tanto en toda la sociedad . 1
Mucha son las
consecuencias de este querer desterrar a Dios de la vida
de los hombres y del hombre mismo. La angustia vital
en la que se debate su existencia, tratando de ser
paliada o por lo menos narcotizadas a través de varios
sucedáneos es la suma de todas las consecuencias. Adultos que
viven en una completa adolescencia porque no saben afrontar la
vida como un compromiso 2. Es para ellos simplemente el
sucederse de un día tras otro .3 Jóvenes que del
futuro tienen más miedo que esperanza porque no han aprendido
a poner su esperanza en lo que permanece y viven
como gitanos como nómadas, sin rumbo ni morada fijas. Niños
y adolescentes que carecen de la más elemental educación, porque
para ellos todo está permitido, pues no existe un ideal
ni en la mente de sus padres ni en la
mente de sus maestros y formadores .4
En estos mismos problemas
se encuentra escondido el grito desesperado de toda una generación
que viviendo en una cierta opulencia o en un cierto
bienestar, que se da cuenta que vive atrapada en la
trampa de una felicidad material, vana, esclerotizada. La naturaleza no
puede traicionarse a sí misma y tarde o temprano se
da cuenta de la incoherencia en la que vive. Incoherencia
entre lo que es y lo que debería ser. Siendo
espíritu y materia, este yo ideal se revela ante el
yo actual, lo que genera una serie de crisis que
van desde una forma sencilla de malestar hasta una profunda
depresión o disgusto por el simple hecho de vivir. La
crisis, inevitable, se presenta como una oportunidad para crecer, para
ser coherente entre lo que se es y lo que
se vive, entre lo que el hombre es por naturaleza
y lo que pretende ser por puro vicio o por
falta de una formación adecuada. Es el gemido del espíritu,
al que hacía referencia San Pablo, y del que debemos
estar atentos para ayudar a los hombres a superar la
incongruencia que se da en sus vidas.
No es necesario tampoco
pensar que solamente a través de la crisis se puede
ayudar al hombre de hoy a superar la incongruencia en
sus vidas para que vivan lo que son 5. Existe
también la inmensa posibilidad del prevenir, que en lenguaje pedagógico
llamamos educación. A través de la educación podemos ir formando
a hombres y mujeres conscientes de lo que son y
con instrumentos adecuados para vivir con responsabilidad y coherencia la
gramática elemental de su existencia.
Habiendo hablado de la naturaleza del
hombre, cabe hacer una reflexión sobre lo que significa esta
naturaleza, de forma que podamos ayudar a prevenir, educar, y
a aliviar los sufrimientos de las personas que se alejan
de esta naturaleza. Sin ahondar en conceptos antropológicos, es necesario
sin embargo partir de una sana antropología, para poder comprender
mejor la naturaleza del hombre. Observando dicha naturaleza podemos comprender
que el hombre comparte ciertas capacidades del animal, pero al
mismo tiempo es diferente. La diferencia principal se establece por
el hecho de que el hombre puede pensarse a sí
mismo, se trasciende. Y esto porque posee un espíritu. El
hombre es por tanto materia y espíritu, pero en una
unidad inseparable. Es por tanto un espíritu encarnado. Por tanto
su realización, el ser lo que tiene que ser se
logrará en la medida en que viva la realidad de
ser un espíritu encarnado. Ni ángel ni bestia, sino hombre.
La
situación de nuestros tiempos, sin oponerse a la parte espiritual
del hombre, la ha relegado a un plano personalista, a
un plano meramente opcional. Mientras que las creencias de cada
hombre no disturben la convivencia social, el hombre puede creer
en lo que quería, dando pie a un profundo individualismo
que desemboca por lógica en un relativismo. Por otra parte,
y casi en forma paradójica, la misma sociedad que no
permite que las creencias personales vengan involucradas en la toma
de decisiones culturales o sociales, empuja al hombre a sobrestimar
y a vivir casi únicamente de la materia, de sus
pasiones y de sus instintos. Nos encontramos por tanto con
el contrastante espectáculo de ver por una parte como es
exaltada la pornografía, la vida de los sentidos y por
otro lado el escándalo de la pedofilia. Se castiga y
es causa escándalo lo que es consecuencia de lo que
se exalta y se promueve.
El equilibrio consistiría en entender bien
lo que es el hombre y en promoverlo en todos
los sentidos. En nuestra época, quizás como una reacción a
épocas anteriores, todo lo que tenga sabor a obligatoriedad puede
entenderse como coacción contra la libertad. Sin embargo, cabría aclarar
lo que es la libertad y la necesaria obligatoriedad de
ciertas normas, especialmente de las normas que rigen la naturaleza
del hombre, con la consecuencia nefasta, que de no observarlas,
el hombre puede ir a la deriva en su destino.
Basta analizar el mundo de los jóvenes –e incluso el
de los adultos-, en donde no se conoce la más
elemental gramática del sentido de la vida .6 Se es
hombre, como se pudiera ser animal y la vida se
reduce a una repetición de actos sin sentido, en dónde
el placer, una cierta vaga felicidad fungen de normas para
las personas. De aquí la importancia de recobrar el verdadero
sentido de la vida humana, sin caer en los extremos
de quien lo asimila a un objeto más de la
naturaleza, ni de quien lo exalta hasta la tontería de
verlo como centro de la creación.
Para que el hombre vuelva
a ser hombre, tiene que conocer su destino final. Conocemos
los objetos en la medida que percibimos su finalidad última.
Lo mismo debe suceder con el hombre. Y su finalidad
última nos la recuerda Benedicto XVI cuando nos dice que
la verdadera sustancia de la vida es la esperanza: “En
esta imagen, que después perdurará en el arte de los
sarcófagos durante mucho tiempo, se muestra claramente lo que tanto
las personas cultas como las sencillas encontraban en Cristo: Él
nos dice quién es en realidad el hombre y qué
debe hacer para ser verdaderamente hombre (…)En estos casos se
ha comprobado que la nueva « sustancia » es realmente
« sustancia »; de la esperanza de estas personas tocadas
por Cristo ha brotado esperanza para otros que vivían en
la oscuridad y sin esperanza. En ellos se ha demostrado
que esta nueva vida posee realmente « sustancia » y
es una « sustancia » que suscita vida para los
demás. Para nosotros, que contemplamos estas figuras, su vida y
su comportamiento son de hecho una « prueba » de
que las realidades futuras, la promesa de Cristo, no es
solamente una realidad esperada sino una verdadera presencia: Él es
realmente el « filósofo » y el « pastor »
que nos indica qué es y dónde está la vida.”
7
De esta forma el hombre es una creatura llamada
por Dios a gozar de la vida eterna. Y de
esta realidad, hoy olvidada por muchos cristianos, las almas tienen
necesidad de que les recuerde, no en forma anecdótica, doctrinal
o intelectual, sino enana forma vivencial, de tal forma que
esta realidad pueda verdaderamente transformar sus vidas .8 Es necesario
que esta realidad, la de la vida eterna, recorra esencial
y fundamentalmente la vida de los cristianos, si en verdad
quieren llegar a ser lo que en verdad son
y no dejarse llevar por cualquier viento ideológico.
Lograr esa transformación
del hombre, no es una cosa sencilla. Si hemos dicho
que no se logra simplemente con la transmisión de conocimientos,
diciendo a las personas cuál es el fin último de
sus vidas, sino verdaderamente haciendo que vivan de cara a
esa esperanza y dejando transformar todas sus capacidades y su
persona en base a esa realidad, será necesario pensar el
medio más adecuado para lograr esta transformación. Iniciemos como siempre,
partiendo de lo que es el hombre.
El hombre y su
infinita sed de ser orante. El hombre, hemos dicho, esta constituido
de alma y cuerpo. Alma y cuerpo que forman una
unidad, de forma que ninguno de esos componentes se contraponen,
sino que se complementan, Conociendo cada uno de esos componentes
y proyectándolos hacia el fin último, la vida eterna, podemos
lograr que este destino final ilumine todos los aspectos del
hombre, haciendo de él un ser que tienda a la
eternidad ya desde esta tierra, es decir, un ser que
viva de la esperanza y en la esperanza de los
bienes eternos.
Las realidades que conforman al hombre, espíritu y materia,
pueden abarcarse en tres niveles, como son el nivel físico,
el nivel psíquico y el nivel espiritual. Cada uno de
estos niveles se interrelacionan el uno con el otro, ya
que el hombre es una unidad indisoluble. Por ello, lo
que acaece en el aspecto físico se refleja en el
nivel espiritual y en el nivel psíquico. Lo mismo que
lo que acaece en estos dos niveles afectan los otros
.9
Será necesaria imbuir de esta esperanza, de este sentido último
de la vida del hombre, a todas y cada una
de estas realidades, pero se deberá comenzar por la realidad
espiritual, ya que el objeto de la esperanza es netamente
espiritual. La posesión de los bienes eternos, de la sustancia
que da vida, no se puede comprender sino a partir
de la esfera espiritual.
Este esfera, como hemos analizado en el
inciso anterior está muy deteriorada en el hombre de hoy.
Ahogado, atrofiado por los bienes materiales que se encuentran en
el nivel material, no dejan respiro a su espíritu. Por
tanto el espíritu no sabe aspirar a las cosas eternas.
Complacido momentáneamente por la materia, queda siempre insatisfecho, con una
gran nostalgia por los bienes eternos, que son los bienes
para lo cuál ha sido creado el hombre 10. Apoyado
en esta brizna que mantiene a todo hombre en la
vida, aunque él no lo sepa o ponga su esperanza
en realidades materiales, se puede comenzar la formación del hombre,
para lograr su transformación, de acuerdo al fin para el
que fue creado.
Esta aspiración a la eternidad que late en
cada hombre debe de ser animada sobretodo a través de
su espíritu. Es por tanto la formación espiritual, es decir,
la formación en la vida del espíritu de dónde se
debe partir para lograr el objetivo que nos hemos propuesto,
esto es, de hacer que el hombre sea lo que
es. Será por tanto la vida del espíritu la que
haga capaz al hombre de adherirse a las verdades eternas,
puesto que siendo éstas verdades espirituales, deben encontrar su símil
en el hombre, de tal forma que éste pueda seguirlas,
no sólo recordarlas. Si de verdad queremos que el hombre
recobre el verdadero sentido de la vida, debemos buscar que
no sólo recuerde la sustancia (esperanza) para la cual ha
sido creado, sino que recordando esa verdad, toda su vida,
física, psíquica y espiritual, así como todas su capacidades queden
imbuidas de esta esperanza. Podremos decir entonces que el hombre
aprenderá a vivir de la esperanza. Por ello se debe
conocer muy bien lo que significa esta vida del espíritu,
de forma que pueda ser cultivada, como un lugar adecuado
para iniciar la esperanza.
La vida del espíritu no debe entenderse
ni como una serie de conocimientos, de normas a seguir,
ni tampoco como una vida que da solo la prevalencia
a lo psicológico. Son dos tendencias opuestas, pero que vale
la pena de clarificar para evitar posibles errores en la
concepción de la vida espiritual y por lo tanto, en
la forma en cómo debemos impostar el programa de formación
de vida espiritual de los laicos, por parte de las
religiosas.
La primera tendencia, la de ver la vida del espíritu
reducida a una serie de prácticas o de normas, viene
heredada de un pasado en el que quizás se deba
demasiada importancia a las normas, los horarios, la rigidez en
la vivencia de la vida. Podemos decir que se pensaba
que cumpliendo con esas reglas, horarios y disposiciones, se producía
la vida del espíritu. Sería como un automatismo en donde
precisamente la ascesis, la mortificación, la adquisición de las virtudes,
aseguraban la vida del espíritu. Leamos lo que al respecto
dice un autor espiritual contemporáneo: “Si la vida espiritual se
entiende como una actividad intelectual, entonces bastaría adherirse a determinados
presupuestos doctrinales, observar ciertos principios, seguir una determinada lógica, cumplir
con precisión algunas prácticas y así poder ser considerada una
persona espiritual” . 11Lógicamente nos damos cuenta que esta postura
no es del todo adecuado, pues la vida del espíritu
no consiste en un saber, sino más bien en un
ser. Ha sido quizás un poco la visión del pasado,
especialmente en algunas congregaciones religiosas que vivían la observancia de
la regla, pero no el espíritu de la regla12 .
Del
otro lado, como en un péndulo está la postura psicologista.
“A una espiritualidad desencarnada, abstracta y conceptualista, se responde con
una espiritualidad del “sentir”. Cuenta sólo aquello que se siente.
A una dirección espiritual impositiva se reacciona con un counseling
psicológico, sólo de escucha, en dónde es mejor no intervenir
jamás. En la espiritualidad de tipo gnóstico se sobrevalora o
se ignoraba la realidad psicológica. La impostación era fuerte sin
tantas esfumaturas: la vida espiritual era el fruto de la
voluntad, del ejercicio constante y de la ascesis (…) hoy
asistimos al exceso contrario: parecería que, si no se tiene
cuenta del subconsciente y de la historia psicológica del individuo,
la vida espiritual sea prácticamente imposible.” 13
Frente a este
dualismo debemos centrarnos en conocer verdaderamente el concepto de vida
espiritual para ayudar al hombre a encontrar el sentido último
de su vida. La vida espiritual no es otra cosa
que la vida del espíritu, es decir lograr que el
hombre viva la misma vida de Dios. No se trata
ni de renunciar a sus capacidades humanas, ni tampoco de
dar la prevalencia a una de sus dimensiones, la espiritual,
en menosprecio de las otras dos, la física y la
psíquica. Se trata más bien de lograr que el hombre
encuentre a Jesucristo y haga de este encuentro una experiencia
de vida, de forma que pueda vivir a través de
este encuentro personal. Será este encuentro personal el que se
buscará de fomentar, de reavivar todos los días, y para
ello se podrán utilizar diversos medios. Existe por tanto una
unidad entre la experiencia real del encuentro con Dios y
los medios para continuar esa experiencia a lo largo de
la vida. Y es precisamente en este encuentro personal con
Dios14 en dónde el hombre encuentra el sentido último
de su existencia, es decir, la esperanza. Pues es en
ese encuentro en dónde se verifica el entendimiento de lo
que es la verdadera sustancia –esperanza-, de la vida. “La
fe otorga a la vida una base nueva, un nuevo
fundamento sobre el que el hombre puede apoyarse, de tal
manera que precisamente el fundamento habitual, la confianza en la
renta material, queda relativizado. Se crea una nueva libertad ante
este fundamento de la vida que sólo aparentemente es capaz
de sustentarla, aunque con ello no se niega ciertamente su
sentido normal. Esta nueva libertad, la conciencia de la nueva
« sustancia » que se nos ha dado, se ha
puesto de manifiesto no sólo en el martirio, en el
cual las personas se han opuesto a la prepotencia de
la ideología y de sus órganos políticos, renovando el mundo
con su muerte. También se ha manifestado sobre todo en
las grandes renuncias, desde los monjes de la antigüedad hasta
Francisco de Asís, y a las personas de nuestro tiempo
que, en los Institutos y Movimientos religiosos modernos, han dejado
todo por amor de Cristo para llevar a los hombres
la fe y el amor de Cristo, para ayudar a
las personas que sufren en el cuerpo y en el
alma. En estos casos se ha comprobado que la nueva
« sustancia » es realmente « sustancia »; de la
esperanza de estas personas tocadas por Cristo ha brotado esperanza
para otros que vivían en la oscuridad y sin esperanza.
En ellos se ha demostrado que esta nueva vida posee
realmente « sustancia » y es una « sustancia »
que suscita vida para los demás.” 15
Podemos enfocar el
problema con una terminología que hasta ahora ha causado un
poco de confusión, pero que en verdad son dos componentes
de la vida del espíritu: mística y ascética. Por vida
mística se entiende la unión con Dios. 16La ascética
es la ciencia teológica que trata de los esfuerzos del
hombre por encontrar la perfección, mientras que la ascesis es
el ejercicio en sentido estricto .17 Se establece por tanto
una unidad entre ambos, no una contradicción. Si hemos dicho
que la vida espiritual es vivir la misma vida de
dios, a partir de una experiencia personal con el mismo
Dios, debemos lograr en primer lugar que el hombre alcance
esta experiencia de Dios. Esto corresponde a la mística. De
nada servirán las oraciones, los ejercicios de piedad, las prácticas
fervorosas, si el hombre no ha encontrado a Dios o
no ha hecho la experiencia personal de Dios. Este punto
es esencial para recuperar el verdadero sentido del hombre. Después
seguirá lógicamente la continuación de este encuentro, pues, como parte
de un enamoramiento, no basta con un primer encuentro, sino
que hay que nutrir y acrecentar este encuentro. Aquí entra
la parte de la ascesis. 18
El trabajo que debe
realizar el hombre para volver a encontrar el sentido de
su vida, esto es, encontrar en la esperanza la verdadera
sustancia de su vida y poner en esta esperanza toda
su persona, es por tanto una labor doble, de mística
o encuentro personal con Dios, hacer la experiencia personal del
espíritu, y de ascesis, para buscar la acción de Dios
en su vida, favorecerla y así recordar y actualizar constantemente
la experiencia personal con dios que lo lleve a poner
en la esperanza toda la sustancia de su vida.
Esta
doble experiencia se lleva a cabo no sólo con un
trabajo meramente intelectual o volitivo, sino bajo una base vital.
Es decir, que el hombre debe aprender a tender siempre
hacia Dios para lograr hacer la experiencia personal del espíritu
y actualizarla a lo largo de su vida, de forma
que la esperanza sea la fuerza hacia la cual tienda
toda su vida. Esta experiencia espiritual no se realiza de
una vez para siempre, sino que debe ser constantemente actualizada.
Nos encontramos por tanto con la encrucijada del labor espiritual
que desde siempre ha acompañado al cristiano, es decir, establecer
aquello que corresponde a Dios y aquello que corresponde
al hombre, ya que no todo puede reducirse a un
aspecto volitivo intelectual, ni tampoco a un sentimiento afectivo o
emotivo.
A mi parecer esta encrucijada puede resolverse cuando el cristiano
se encuentra en una constante postura interior que lo lleve
a buscar en todo momento y en toda circunstancia su
fin último, esto es el fin para el cual fue
creado. Esta tendencia no es un mero recordatorio, sino que
es una postura interna, que nace de la experiencia del
espíritu y que se actualiza a cada paso, en cada
momento, en cada circunstancia de la vida ordinaria. No será
algo forzado, sino algo connatural a la persona, si ha
hecho la experiencia del espíritu.
Esta tendencia hacia el infinito, es
decir hacia Dios como fin de todas las cosas y
como fin de la vida de todo ser humano, es
lo que fundamenta la vida espiritual. El hombre buscará de
vivir la misma vida de Dios, es decir, la vida
del espíritu, en su propia vida. Sus gestos externos, su
conducta será guiada por la íntima convicción que es una
creatura de Dios, de Dios ha salido y hacia Dios
se dirige. No es por tanto ni un sentimiento que
se reduce a un estado emotivo pasajero, ni una alienación
mental que coarta su libertad. Es tomar conciencia de la
labor que Dios realiza en él mismo, mística, y su
voluntad que se pone en marcha para responder siempre de
acuerdo a esta acción de Dios en Él.
Para percibir
la acción de Dios en el alma, es decir, la
experiencia del espíritu, es necesario que el hombre se adentre
en el conocimiento personal de Dios. Si mencionábamos que el
hombre de nuestro tiempo es un hombre que no conoce
la elemental gramática del sentido de su vida, no solamente
espiritual sino meramente humana, será necesario que alguien le ayude
a encontrar este sentido de la vida. Estamos hablando de
personas constructoras de sentido, que ayuden al hombre a encontrar
el verdadero sentido de la vida. El verdadero sentido de
la vida se encuentra en el plano espiritual, para de
ahí irradiar los otros niveles de la persona, el nivel
físico y el nivel psíquico. Acceder al plano espiritual requiere
todo un ejercicio de forma que el alma esté abierta
constantemente a la acción de Dios, experiencia espiritual, y
quiera responder siempre a esta experiencia. Al nivel espiritual no
se accede sino por la vía del espíritu, por lo
tanto, las personas constructoras de sentido deberán ser expertas de
la vida del espíritu, para que puedan transmitir su propia
experiencia espiritual y ayuden a las personas a seguir respondiendo
a esta experiencia espiritual.
Podría aparecer aventurado el que algunas personas
se atrevieran a despertar en los cristianos esta añoranza por
los bienes eternos, sin embargo no hay dificultad alguna cuando
la persona que se pone en ayuda a otra para
recordarle y ayudarle a construir el sentido de su vida,
vive ella misma en un plano espiritual. La postura espiritual
es la que encuentra o hace iguales a las personas.
No hay diferencia alguna en lo referente a sexo, edad,
condición social o incluso condición eclesiástica. Una persona que vive
la experiencia del espíritu y se esfuerza por responder a
lo largo de su vida a dicha experiencia, por la
vivencia que adquiere, puede servir como constructora de sentido para
otros hombres, ya que no estará transmitiendo conocimientos o técnicas,
sino una verdadera experiencia espiritual basada en el encuentro personal
con Dios y en la respuesta a dicha experiencia.
Non encontramos
por tanto en un nivel de experiencia orante, en donde
la persona se pone en constante diálogo con Dios. No
es una experiencia intelectual, ni volitiva, sino una experiencia espiritual
que se traduce en una conducta y unos comportamientos que
tienden a acrecentar en todo momento esta experiencia. Decimos que
es una experiencia orante porque el alma se dirige a
Dios, le habla y lo escucha. Es la postura de
tantos santos y de tantas almas que han aprendido a
tratar con Dios como a una persona y lo han
hecho el centro de sus pensamientos y de sus acciones.
No se trata por tanto de enseñar sólo a rezar
o a orar, sino a tener una postura de oración
constante, es decir una inclinación de toda la vida para
referirse a Dios como centro de todo el ser. No
se trata de recordar de vez en cuando que Dios
existe, sino de hacer de toda la existencia un punto
de encuentro con Dios.
Esta postura orante será la que ayude
al hombre a encontrar el sentido de su vida la
sustancia de la que hemos hablado y hacer que viva
constantemente la esperanza cristiana y de esta misma esperanza. No
en vano Benedicto XVI define la oración como un lugar
de la esperanza, un lugar en dónde se ejercita la
esperanza19 . La persona consagrada por excelencia, como veremos en
el siguiente inciso, es quien puede ayudar a vivir la
oración como un lugar de esperanza y así convertirse en
un constructor de sentido. Lo importante es que ella misma
vida su oración en una postura de constante referencia a
Dios en forma tal que pueda mostrar la mejor forma
en que el hombre aprende a vivir de Dios y
sólo para Dios, sin olvidar las realidades terrenas, sino poniéndolas
en una adecuada jerarquía.
La persona orante no es la que
huye del mundo fuga mundi porque desprecia las realidades terrenas.
La verdad es otra. La persona orante es la que
estando en el mundo sin ser del mundo, sabe dar
a cada una de las realidades terrenas el lugar que
le corresponde, porque ha puesto a Dios, a través de
la experiencia del espíritu, como centro de su vida, es
decir, como su sustancia, como su esperanza. De ahí, de
este centro, se desprenden todas las realidades terrenas, sin que
ninguna de ella pretenda acaparar el centro. Es la postura
orante que aprende a ver en todas las realidades terrenas
a Dios. De esta forma, una flor, un paisaje, así
como una circunstancia alegre o triste, le hace ver a
Dios, porque tiene a Dios como centro de su existencia.
La fuga mundi no procede en las personas que hacen
de Dios una experiencia espiritual, porque saben encontrar a Dios
en todos los acontecimientos y las cosas terrenales.
Nos encontramos por
tanto con la necesidad de contar con personas constructoras de
sentido que sean expertas en la experiencia espiritual expertas y
expertas en la forma en que se debe responder a
la experiencia espiritual. Por tanto estas personas, expertas en mística
y ascética. Las personas consagradas, y especialmente las mujeres consagradas,
viviendo el propio carisma pueden ser las personas idóneas para
esta misión, es decir, para ser constructoras de sentido.
El último
llamado de Benedicto XVI a la vida consagrada. Las dificultades por
las que pasa la vida consagrada, especialmente en algunas partes
de Occidente, tiene su explicación más profunda en una vivencia
lánguida, apagada, sin brío, de la propia consagración. La explicación
a este abandono por vivir el fervor en la vida
consagrada la debemos encontrar en los fatigosos años del post-concilio,
aquellos que van de mediados de los años sesenta hasta
nuestros días. Habiéndose hecho del Concilio un pretexto para imponer
los propios puntos de vista y a veces una ideología
contraria a los valores cristianos y de la misma vida
consagrada, muchos elementos esenciales de la consagración fueron dejándose a
un lado, dando como resultado una vida mitigada de la
vida consagrada. Algo que podríamos comparar a la secularización de
esta vida consagrada. Sin embargo, el mismo Papa Benedicto XVI
constata que quien ha sabido ser fiel a la vivencia
del carisma, posee en sí misma la fórmula para ayudar
a otros a vivir la vida del espíritu, posee en
sí misma la clave para ser constructora de sentido. “Più
volte anch’io, come già i miei venerati Predecessori, ho voluto
ribadire che gli uomini d’oggi avvertono un forte richiamo religioso
e spirituale, ma sono pronti ad ascoltare e seguire solo
chi testimonia con coerenza la propria adesione a Cristo.” 20
Será por tanto importante ver la forma en que las
mujeres consagradas pueden ayudar a los hombres a recuperar el
sentido espiritual de sus vidas, esto es, el verdadero sentido
de su existencia, en la manera en que ellas vivan
el propio carisma. “Riscoprire lo spirito delle origini, approfondire la
conoscenza del Fondatore o della Fondatrice, ha aiutato ad imprimere
agli Istituti un promettente nuovo impulso ascetico, apostolico e missionario.
Ci sono opere ed attività secolari che sono state così
rivitalizzante da nuova linfa; ci sono nuove iniziative di autentica
attuazione del carisma dei Fondatori. E’ su questa strada che
occorre continuare a camminare, pregando il Signore perché porti a
pieno compimento l’opera da Lui iniziata.” 22
“El carisma mismo
de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu
(Evang. test. 11), transmitida a los propios discípulos para ser
por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía
con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne.” 22
Siendo el carisma una experiencia del espíritu, se nos presenta
como la acción de Dios en una persona, en esta
caso en la persona del Fundador, pero que puede ser
vivida por sus propios discípulos. Estas dos características de la
definición de carisma, el hecho de que sea una experiencia
del espíritu y el hecho de que esta misma experiencia
pueda ser compartida en forma personal, vida, por sus discípulos,
nos dará luz sobre la explicación que queremos dar, relativa
a la posibilidad que la mujer consagrada tiene para ayudar
a los hombres a vivir la vida del espíritu.
En primer
lugar debemos dejar en claro que el carisma es un
ingrediente sine qua non la mujer consagrada no puede realizarse
plenamente. Siendo una experiencia del espíritu el carisma está llamado
a cubrir todas las áreas de la persona humana, en
sus tres niveles, el físico, el psíquico y el espiritual.
“La vera autorealizzazione non significa dunque una semplice attuazione delle
proprie doti, né una qualsiasi promozione dell’io più o meno
coronata del successo sociale. (…) Al contrario, l’autentica realizzazione significa
sempre qualcosa di nuovo e inedito, è conquista d’un modo
di essere più pieno, rischio d’affidarsi a un progetto ancora
sconosciuto, che si scopre un po’ alla volta riconoscendovi progressivamente
se stessi e quel che si è chiamati ad essere.
Il carisma è appunto tale progetto: scoprirlo è conoscersi, viverlo
è realizzarsi in pienezza secondo vie che non sono mai
del tutto prevedibili e che vanno sempre oltre ciò che
l’individuo potrebbe normalmente aspettarsi da se stesso.” 23 La
experiencia que se realiza en el espíritu no queda sólo
en este nivel sino que llega a los otros dos
niveles, por vía de la unidad del ser humano.
Debemos
profundizar la forma en que el carisma se convierte en
fuente de la vida del espíritu, de la sustancia,
es decir, de la esperanza de la vida del hombre.
La experiencia del espíritu, esto es, el carisma, se revela
como una experiencia para vivir y entender en forma muy
peculiar un aspecto del evangelio, de la vida de Cristo,
de un misterio divino o de una verdad eterna.
No existe
por tanto una forma unívoca de comprender un carisma desde
el punto de vista espiritual .24 Es necesario entenderlo en
todo su contexto para captar la forma en que Dios
inspira al Fundador una manera específica de vivir la vida
del espíritu. Lo que podemos afirmar es que la experiencia
espiritual del Fundador dará sentido a todos los aspectos de
la vida del Instituto religioso, desde la interpretación y vivencia
de los votos, las formas de relacionarse con Dios, el
apostolado, hasta los detalles que rigen la vida ordinaria.
Para conocer
las características espirituales más peculiares de cada Instituto y ver
su incidencia en la vida de los miembros y del
mismo Instituto, debemos fijar nuestra atención en el misterio o
en los misterios de Dios, en aquel pasaje del evangelio
o en aquel misterio de Cristo que más han ayudado
al fundador para poner en pie la obra que Dios
le pedía. Este misterio, pasaje del evangelio o misterio de
la vida de Cristo se convertirá en el icono fundante
en torno al cual girará la experiencia del espíritu del
Fundador. Hablamos por tanto de la mística, con la connotación
de la vida de Dios que opera en el hombre.
Porque este misterio de Dios, pasaje del evangelio o aspecto
peculiar de la vida de Cristo se convierte en la
acción del espíritu que opera en el alma del fundador,
no de una forma pasiva por parte del fundador, pues
estaríamos hablando de experiencia mística25 y no de experiencia
del espíritu, sino de una forma consciente. Es Dios, quien
a través del misterio divino, del pasaje del evangelio o
de la vida de Cristo en alguna de sus peculiaridades,
suscita en el fundador un movimiento de su alma, y
por ende de todo su ser, que le hace poner
en pie una obra, pero también una nueva forma de
espiritualidad ,26 esto es de vivir la vida de Dios,
la vida del espíritu.
Otro aspecto que será de utilidad para
conocer las características espirituales más peculiares de cada instituto, será
estudiar las virtudes en las que más recalcaba el Fundador,
ya que estas virtudes vienen a ser la parte de
la ascética en la que la persona consagrada responderá a
la acción de Dios. La ascética forma parte de la
espiritualidad cuando se conoce verdaderamente la experiencia espiritual que ha
dado origen al Instituto religioso.
De esta forma, misterio de
Dios (o pasaje del evangelio o aspecto particular de la
vida de Cristo) y virtudes más recomendables por el Fundador,
se combinan para formar el perno de la espiritualidad del
Instituto y así comprender mejor la espiritualidad del Instituto y
de la vida de las personas consagradas. Mística y ascética
se identifican, respectivamente conexperiencia del espíritu y virtudes más características
del Instituto.
Hemos dicho que el misterio de Dios, pasaje evangélico
o aspecto particular de la vida de Cristo que Dios
ha querido hacer ver al Fundador es la raíz de
donde brotará la espiritualidad del Instituto y de cada uno
de sus miembros. Para conocer la forma en que este
icono permea la vida del Instituto, lo fundamenta y le
da forma, puede ser de ayuda el conocer los escritos
del Fundador, su misma vida o la historia del Instituto,
analizando la forma en que el Fundador se ha apoyado
en el misterio de Dios, pasaje evangélico o aspecto particular
de la vida de Cristo y en dónde encuentra su
inspiración para buscar a Dios y para trabajar apostólicamente.
Cuando se
realiza una lectura transversal de los escritos del Fundador con
el objeto de conocer cuál es este icono, es necesario
observar con detenimiento cuál es la intención recurrente por la
que el Fundador ha querido llevar adelante el designio que
Dios le ha pedido. No podemos imaginar de otra manera
que Dios mismo es el que se lo ha pedido,
a través de unas circunstancias históricas específicas 27 , pero
no ha sido un Dios en general. Bastará leer los
escritos y escudriñar la voz del Fundador del Instituto para
conocer cuál es el misterio de Dios, pasaje evangélico o
aspecto particular de la vida de Cristo sobre el que
se ha servido para llevar adelante la obra que Dios,
un Dios muy particular, le pedía. Quien se lo pide,
o bajo cuál inspiración fundará el Instituto (las intenciones de
las que habla Perfectae caritatis28 se repetirá a
lo largo de sus escritos, pero quizás con mayor intensidad
se encontrará esta inspiración al inicio de la obra, en
los momentos de crisis, de persecución o de prueba y
hacia el final de su vida terrena. Esta inspiración de
Dios se desarrollará a lo largo de toda la historia
del Instituto en la medida en que cada uno de
los miembros haga suya este icono. Es verdad que Dios
llama de distintas maneras y en forma misteriosa a las
almas. No se trata ni es posible que así suceda,
repetir la misma experiencia del Fundador en lo que se
refiere a la forma y el modo en que Dios
lo llamó. Pero para vivir de acuerdo con la vide
del espíritu querida por el Fundador, es necesario que la
persona consagrada comience a identificarse con el misterio de Dios,
pasaje evangélico o aspecto particular de la vida de Cristo,
a través del cual Dios permitió al Fundador hacer la
experiencia del espíritu.
Dios sigue llamando a lo largo de la
historia a hombres y mujeres a formar parte de una
familia religiosa, si bien lo hace respetando la idiosincrasia de
cada uno de ellos y a través de formas externas
diversas. Lo hace para conjuntar esas personas, sus inteligencias, sus
voluntades y sus afectos bajo un solo carisma, de forma
tal que la realidad espiritual a través de la cual
donó el carisma pueda llamar e interpelar constantemente a todos
los miembros del Instituto de todos los tiempos. Cuando esto
no se lleva a cabo, es decir, cuando no se
conoce o se ha olvidado el misterio de Dios, pasaje
evangélico o aspecto particular de la vida de Cristo en
la cual se fundó el Instituto, surgen varios escollos.
En primer
lugar tenemos aquellos Institutos que sustituyen esta realidad sobrenatural, este
icono, por una realidad meramente humana o natural. Son aquellos
Institutos que lejos de vivir una vida del espíritu, ya
sea como personas o como Instituto, viven una vida meramente
natural, puesto que perdiendo la constante referencia a la visión
sobrenatural se quedan bien sea en un trabajo exasperado, rutinario,
agotador o en un trabajo que cae en el voluntariado,
en el filantropismo, en la lucha por los así llamados
derechos humanos, cuando no va incluso en contra de esos
mismos derechos humanos .29
Otro escollo en el que pueden
caer los Institutos al no tener como punto de referencia
el misterio de Dios, pasaje evangélico o aspecto particular de
la vida de Cristo, esto es, la realidad sobrenatural o
icono, es el hecho de que se llegan a dar
obras que no responden a la intención del Fundador. Las
obras apostólicas son el reflejo de la experiencia espiritual que
ha sido el motor fundante del Instituto, experiencia espiritual hecha
por el Fundador y compartida por sus discípulos. Esta íntima
conexión es la que da vigor a las obras, pues
en la medida en que participan de las intenciones del
fundador, en esa medida florecerán y tendrán vigor. Pero cuando
la realidad sobrenatural se olvida o se opaca, lógicamente se
seguirá como consecuencia que las obras apostólicas no responderán a
dicha realidad sobrenatural, de forma que el misterio de Dios,
pasaje evangélico o aspecto particular de la vida de Cristo
no podrán guiar la obra, ni la obra podrá alcanzar
las intenciones que se encontraban en dicha realidad sobrenatural.
Cuando se
vive bien… Conocer y vivir el misterio de Dios, pasaje evangélico
o aspecto particular de la vida de Cristo a nivel
del Instituto y a nivel personal permite a la persona
consagrada y al Instituto moverse siempre en el plano espiritual,
entendido éste como vida del espíritu. Se busca hacer vida
las intenciones del Fundador y no sólo hacer una labor
de voluntariado o de asistencia social. Se busca tener a
Dios como centro de la vida y como motor de
toda la existencia y no dejar sólo para la oración
los momentos de relacionarse con el.
Todo este tipo de vida,
que podemos llamar netamente espiritual y que abarca las tres
esferas de la vida humana ya mencionadas, la esfera física,
la esfera psíquica y la esfera espiritual, dan a la
mujer consagrada la posibilidad de fundamentar toda su vida en
las realidades que trascienden esta vida y que la hacen
sustancia de la vida. No se buscan apoyos o pseudo-apoyos
a lo que debe ser el vivir siempre de cara
a Dios. La mujer consagrada, al buscar hacer en su
vida la experiencia del espíritu vive el proyecto de su
vida permeado por el carisma.
Este tipo de vida, luchando en
todo momento por llevar a cabo la experiencia del espíritu
da la posibilidad de vivir en un clima de oración,
es decir, de cara siempre a Dios, sin por ello
olvidarse de las realidades, terrenas, sino, como hemos dicho de
jerarquizarlas de acuerdo a lo que Dios ha pensado para
lo que es el fin último del hombre. “Il credente
semplice parla e ascolta Dio con tutta la sua anima,
vita e cuore, senza pensare allo stesso tempo che sta
pregando. Preghiera invidiabile che noi, persone di cultura, difficilmente riusciamo
a realizzare.” 30
La mujer consagrada que auténticamente busca realizar
en su vida la experiencia del espíritu pone su atención
en algunos aspectos importantes que le permitirán ser guía para
los seglares en la vida del espíritu. En primer lugar
en su relación con Dios, que no será una relación
hipotética o basada en devociones particulares. Ella busca ante todo
en hacer personal la experiencia del espíritu de su Fundador
entendida como una forma de captar y de vivir el
misterio de Dios, el pasaje evangélico o el aspecto particular
de la vida de Cristo que dio origen al Instituto
y que es la intención primaria del mismo. En ello
pone su atención espiritual y busca congeniar, compartir y vivir
esta realidad sobrenatural, hasta hacerla sustancia de su vida. De
esta forma estará en capacidad de poder guiar a los
laicos en la búsqueda de aquellas verdades que permanecen y
no pasan, es decir, podrá señalar como medio para vivir
la esperanza, las realidades eternas que ella ha experimentado en
primera persona.
En segundo lugar, la mujer consagrada que se afana
y lucha por hacer en su vida la experiencia del
espíritu, pasará fácilmente de la oración a la acción, es
más, hará de la acción una continuación de la oración
y llevará a la oración lo que ha vivido en
la acción. Y esto porque su acción no es una
acción alocada, sino una acción que tiende a un solo
fin, es decir a hacer realidad la experiencia del espíritu
que ha dejado en herencia el Fundador. Cada aspecto de
su obrar, en el apostolado, en comunidad o en particular,
desde el más sencillo, el más complicado, el de mayor
o menor envergadura, social, apostólica o espiritual lo vivirá siempre
como un medio para que pueda llevarse a cabo la
intención del fundador, esto es, la experiencia del espíritu. Así,
viviendo de esta forma, la religiosa podrá enseñar a los
laicos la posibilidad de jerarquizar las realidades terrenas y las
actividades, viéndolas como medios para alcanzar las últimas realidades, cumpliéndose
lo que Benedicto XVI ha sugerido como medio para vivir
la esperanza: “Toda actuación seria y recta del hombre es
esperanza en acto. Lo es ante todo en el sentido
de que así tratamos de llevar adelante nuestras esperanzas, más
grandes o más pequeñas; solucionar éste o aquel otro cometido
importante para el porvenir de nuestra vida: colaborar con nuestro
esfuerzo para que el mundo llegue a ser un poco
más luminoso y humano, y se abran así también las
puertas hacia el futuro. Pero el esfuerzo cotidiano por continuar
nuestra vida y por el futuro de todos nos cansa
o se convierte en fanatismo, si no está iluminado por
la luz de aquella esperanza más grande que no puede
ser destruida ni siquiera por frustraciones en lo pequeño ni
por el fracaso en los acontecimientos de importancia histórica. Si
no podemos esperar más de lo que es efectivamente posible
en cada momento y de lo que podemos esperar que
las autoridades políticas y económicas nos ofrezcan, nuestra vida se
ve abocada muy pronto a quedar sin esperanza. Es importante
sin embargo saber que yo todavía puedo esperar, aunque aparentemente
ya no tenga nada más que esperar para mi vida
o para el momento histórico que estoy viviendo. Sólo la
gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones,
mi vida personal y la historia en su conjunto están
custodiadas por el poder indestructible del Amor y que, gracias
al cual, tienen para él sentido e importancia, sólo una
esperanza así puede en ese caso dar todavía ánimo para
actuar y continuar.” 31
NOTAS
1 “La cultura europea
da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte
del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera.”
Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003,
n.9.
2 “La imagen del porvenir que se propone
resulta a menudo vaga e incierta. Del futuro se tiene
más temor que deseo. Lo demuestran, entre otros signos preocupantes,
el vacío interior que atenaza a muchas personas y la
pérdida del sentido de la vida. Como manifestaciones y frutos
de esta angustia existencial pueden mencionarse, en particular, el dramático
descenso de la natalidad, la disminución de las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada, la resistencia, cuando no
el rechazo, a tomar decisiones definitivas de vida incluso en
el matrimonio.” Ibídem., n. 8.
3 “Una cultura
pluralista y compleja tiende a producir jóvenes con una identidad
imperfecta y frágil con la consiguiente indecisión crónica frente a
la opción vocacional. Muchos jóvenes ni siquiera conocen la «
gramática elemental » de la existencia, son nómadas: circulan sin
pararse a nivel geográfico, afectivo, cultural, religioso; « ellos lo
intentan ». En medio de la gran cantidad de informaciones,
pero faltos de formación, aparecen distraídos, con pocas referencias y
pocos modelos. Por esto tienen miedo de su porvenir, experimentan
desasosiego ante compromisos definitivos y se preguntan acerca de su
existencia. Si por una parte buscan, a toda costa, autonomía
e independencia, por otra, como refugio, tienden a ser dependientes
del ambiente socio-cultural y a conseguir la gratificación inmediata de
los sentidos: de aquello que « me va », de
lo que « me hace sentirme bien » en un
mundo afectivo hecho a medida.” Obra Pontificia para las vocaciones
eclesiásticas, Nuevas vocaciones para una nueva Europa,6.1.1998, n. 11c.
4
“La relación educativa es ante todo el encuentro entre
dos libertades y la educación lograda es una formación al
uso correcto de la libertad. A medida en que va
creciendo el niño, se convierte en un adolescente y después
un joven; tenemos que aceptar por tanto el riesgo de
la libertad, permaneciendo siempre atentos a ayudar a los jóvenes
a corregir ideas o decisiones equivocadas. Lo que nunca tenemos
que hacer es apoyarle en los errores, fingir que no
los vemos, o peor aún compartirlos, como si fueran las
nuevas fronteras del progreso humano.” Benedicto XVI, Carta, 21.1.2008.
5
En un estudio recientemente realizado por la Organización
mundial de la Salud (OMS) han previsto que dentro de
10 años la humanidad, desde el punto de vista psiquiátrico,
tendrá las siguientes características: a) La depresión será una enfermedad generalizada,
siendo la principal causa de invalidez del trabajo; b) Un gran porcentaje
de la humanidad no será capaz de establecer relaciones interpersonales. c) La
dependencia será un factor generalizado en el comportamiento de los
hombres, especialmente las dependencias ligadas a la tecnología.
6
“Una cultura pluralista y compleja tiende a producir jóvenes con
una identidad imperfecta y frágil con la consiguiente indecisión crónica
frente a la opción vocacional. Muchos jóvenes ni siquiera conocen
la « gramática elemental » de la existencia, son nómadas:
circulan sin pararse a nivel geográfico, afectivo, cultural, religioso; «
ellos lo intentan ». En medio de la gran cantidad
de informaciones, pero faltos de formación, aparecen distraídos, con pocas
referencias y pocos modelos. Por esto tienen miedo de su
porvenir, experimentan desasosiego ante compromisos definitivos y se preguntan acerca
de su existencia. Si por una parte buscan, a toda
costa, autonomía e independencia, por otra, como refugio, tienden a
ser dependientes del ambiente socio-cultural y a conseguir la gratificación
inmediata de los sentidos: de aquello que « me va
», de lo que « me hace sentirme bien »
en un mundo afectivo hecho a medida ». Produce una
inmensa pena encontrar jóvenes, incluso inteligentes y dotados, en los
que parece haberse extinguido la voluntad de vivir, de creer
en algo, de tender hacia objetivos grandes, de esperar en
un mundo que puede llegar a ser mejor también gracias
a su esfuerzo. Son jóvenes que parecen sentirse superfluos en
el juego o en el drama de la vida, como
dimisionarios en relación con ella, extraviados a lo largo de
senderos truncados y aplanados en los niveles mínimos de la
tensión vital. Sin vocación, pero también sin futuro, o con
un futuro que, todo lo más, será una fotocopia del
presente.” Obra Pontificia para las vocaciones eclesiásticas, Nuevas vocaciones para
una nueva Europa, 6.1.1998, n. 11c.
7 Benedicto XVI,
Carta encíclica Spe salvi, 30.11.2007, nn. 6 y 8.
8
“No obstante, es el momento de preguntarnos ahora de
manera explícita: la fe cristiana ¿es también para nosotros ahora
una esperanza que transforma y sostiene nuestra vida? ¿Es para
nosotros « performativa », un mensaje que plasma de modo
nuevo la vida misma, o es ya sólo « información
» que, mientras tanto, hemos dejado arrinconada y nos parece
superada por informaciones más recientes?” Ibídem., n.10.
9 Una
obra que demuestra profusamente esta relación es el libro de
jean-Claude Larchet, Terapia delle malattie spirituale, Un’introduzione alla tradizione ascetica
della Chiesa ortodossa, Edizioni San Paolo, Milano 2003.
10
“Pero, como han subrayado los Padres sinodales, « el hombre
no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la
insignificancia, se convertiría en insoportable ». Frecuentemente, quien tiene necesidad
de esperanza piensa poder saciarla con realidades efímeras y frágiles.
De este modo la esperanza, reducida al ámbito intramundano cerrado
a la trascendencia, se contenta, por ejemplo, con el paraíso
prometido por la ciencia y la técnica, con las diversas
formas de mesianismo, con la felicidad de tipo hedonista, lograda
a través del consumismo o aquella ilusoria y artificial de
las sustancias estupefacientes, con ciertas modalidades del milenarismo, con el
atractivo de las filosofías orientales, con la búsqueda de formas
esotéricas de espiritualidad o con las diferentes corrientes de New
Age. Sin embargo, todo esto se demuestra sumamente ilusorio e
incapaz de satisfacer la sed de felicidad que el corazón
del hombre continúa sintiendo dentro de sí. De este modo
permanecen y se agudizan los signos preocupantes de la falta
de esperanza, que a veces se manifiesta también bajo formas
de agresividad y violencia.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal
Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 10.
11 Marko Ivan
Rupnik, Nel fuoco del roveto ardente, Iniziazione alla vita spirituale,
Edizioni Lipa, Roma 1996, p. 23.
12 Para más
detalles respecto al argumento del rigorismo vivido en las congregacines
religiosas, sugerimos el artículo de Grazia Loparco, La vita religiosa
alla vigilia del Concilio, en I fruti del cambiamento,
A 40 anni dal “Perfectae caritatis”, Àncora Editrice, Milano 2006,
p. 10 – 33.
13 Marko Ivan Rupnik, Nel
fuoco del roveto ardente, Iniziazione alla vita spirituale, Edizioni Lipa,
Roma 1996, p. 26.
14 “Hemos creído en el
amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción
fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano
por una decisión ética o una gran idea, sino por
el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da
un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una
orientación decisiva.” Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25.12.2005,
n.1.
15 Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30.11.2007,
n. 8.
16 “Se define como <> aquello que
va más allá de los esquemas de la experiencia ordinaria,
más allá de nuestras facultades cognoscitivas (…) El principio unificador
que las palabra mystérion, místikos asumen en el lenguaje religioso
es la idea de una comunicación de Dios al hombre
y una iniciación del hombre a los diseños de Dios.
Es la subida del hombre a dios y es el
descendimiento de Dios entre los hombres.” Luigi Borriello, Maria R.
Del Genio y Tomás Spidlík, La Mistica parola per parola,
Áncora Edizioni, Milano 2007, p. 367.
17 Ibídem, p.
52.
18 Otro autor espiritual contemporáneo lo explica sintéticamente
de la siguiente manera: “Si la mística es aquello que
Dios realiza en nosotros, la ascética es todo aquello que
nosotros hacemos para timar y aprovechar la acción de Dios
en notros y responderle.” Amedeo Cencini, Amerai il Signore Dio
tuo, Psicologia dell’incontro con Dio, Ediziioni Dehoniane Bologna, Bologna 2000,
p.44.
19 “Agustín ilustró de forma muy bella la
relación íntima entre oración y esperanza en una homilía sobre
la Primera Carta de San Juan. Él define la oración
como un ejercicio del deseo. El hombre ha sido creado
para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado
por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la
gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado.
« Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el
deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz [de
su don] ». Agustín se refiere a san Pablo, el
cual dice de sí mismo que vive lanzado hacia lo
que está por delante (cf. Flp 3,13). Después usa una
imagen muy bella para describir este proceso de ensanchamiento y
preparación del corazón humano. « Imagínate que Dios quiere llenarte
de miel [símbolo de la ternura y la bondad de
Dios]; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel?
» El vaso, es decir el corazón, tiene que ser
antes ensanchado y luego purificado: liberado del vinagre y de
su sabor. Eso requiere esfuerzo, es doloroso, pero sólo así
se logra la capacitación para lo que estamos destinados. Aunque
Agustín habla directamente sólo de la receptividad para con Dios,
se ve claramente que con este esfuerzo por liberarse del
vinagre y de su sabor, el hombre no sólo se
hace libre para Dios, sino que se abre también a
los demás. En efecto, sólo convirtiéndonos en hijos de Dios
podemos estar con nuestro Padre común. Rezar no significa salir
de la historia y retirarse en el rincón privado de
la propia felicidad. El modo apropiado de orar es un
proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios
y, precisamente por eso, capaces también para los demás. En
la oración, el hombre ha de aprender qué es lo
que verdaderamente puede pedirle a Dios, lo que es digno
de Dios. Ha de aprender que no puede rezar contra
el otro. Ha de aprender que no puede pedir cosas
superficiales y banales que desea en ese momento, la pequeña
esperanza equivocada que lo aleja de Dios.” Benedicto XVI, Carta
encíclica Spe salvi, 30.11.2007, n. 33.
20 Benedetto XVI,
Discorsi, 18.2.2008.
21 Ibídem.
22 Sagrada congregación para
los religiosos e institutos seculares, Mutuae relationes, 14.5.1978, n.11.
23
Amedeo Cencini, Amerai il Signore Dio tuo, Psicooogia dell’incontro
con Dio, Edizioni Dehoniane Bologna, Bologna 2000, p. 40
24
“Il Vangelo non si presta a semplificazioni o frammentazioni.
Tutti sono tutto, in modo e misure diverse. I loro
contenuti superano le possibilità di realizzazione di qualsiasi persona. Nessuno
può realizzarlo in tutte le sue dimensioni. LO stesso Gesù
assume i limiti: predica quasi esclusivamente in Palestina, non vive
la vecchiaia, il matrimonio, gravi malattie, i processi di inculturazione
in altri popoli e in altre lingue? (…) Pretendere di
essere tutto e di fare tutto è ingenuità o superbia.
(…) Altrettanto avviene in epoche successive, nei movimenti ecclesiali e
nei santi. Tutti si accostano al Vangelo con la stessa
intenzione di viverlo a fondo e, tuttavia, tornano differenti quanto
a esperienze, impegni, priorità. Cercando lo stesso Cristo nel Vangelo,
sant’Agostino percorse una strada, san Francesco d’Assisi un’altra; Ch. De
Foucauld scoprì un aspetto, Theilhard un altro molto diverso. E
tutti sono aspetti e sintesi parziali del mistero originale.” Federico
Ruiz, Le vie dello spirito, Sintesi di teologia spirituale, Edizioni
Dehoniane Bologna, Bologna 2004, p. 497.
25 “Esperienza mistica
è esperienza in contesto religioso / ch eviene immediatamente e
successivamente interpretata dal soggetto come incontro con l’ultima realtà /
in forma non-razionale, / e genera un senso profondo di
unità e di vita durante l’esperienza ad un livello di
essere differente dall’ordinario.” R.S. Ellwood Jr., Mysticism and Religion, New
Jersey 1980, p.29.
26 “Il termine spiritualità indica un
ordinamento completo della vita cristiana: aspetto preferente della santità, mezzi
per raggiungerlo, tanto sacramentali quanto ascetici, forme di apostolato e
di presenza. Definisce forme di vita cristiana e di vita
spirituale.” Ibídem, p. 502
27 Para ahondar en este
aspecto histórico del origen del carisma, recomiendo la lectura de
mi libro Il risveglio del carisma, Edizioni Art, Roma 2007.
28
“Redunda en bien mismo de la Iglesia el
que todos los Institutos tengan su carácter y fin propios.
Por tanto, han de conocerse y conservarse con fidelidad el
espíritu y los propósitos de los Fundadores, lo mismo que
las sanas tradiciones, pues, todo ello constituye el patrimonio de
cada uno de los Institutos.” Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae
caritatis, 28.10.1965, n. 2b
29 Y como muestra basta
un botón. ¿Qué pensar de aquellos Institutos que sistemáticamente contradicen
las indicaciones del Papa o de los pastores en apoyo
de una supuesta libertad de conciencia? 30 Federico Ruiz,
op.cit., p. 244.
31 Benedicto XVI, Carta encíclica Spe
salvi, 30.11.2007, n. 35.
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