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Autor: German Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net Hablar del Carisma a un sacerdote diocesano
Para hablar del carisma con un sacerdote diocesano, lo mejor es comenzar desde la caridad
Hablar del Carisma a un sacerdote diocesano
Comenzar desde la caridad. Las superioras generales, las formadoras, las superioras
locales y en general todas las religiosas tienen una responsabilidad
muy importante delante de Dios al confiar las almas que
la Providencia les ha encomendado, al cuidado de los sacerdotes,
especialmente cuando éstos son capellanes o confesores de ellas.
Siendo uno
de los objetivos del Concilio Vaticano II el impulsar la
vida espiritual 1 , corresponde a las personas que
prestan el servicio de la autoridad, el velar porque cada
una de las religiosas pueda crecer espiritualmente, de forma que
alcance la plenitud a la que Dios la ha llamado.
No en vano el último documento de la Congregación para
los Instituto de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica
invita a la superiora a crecer en la vida espiritual
para ayudar a sus hermanas a crecer también en este
camino. “Para poder promover la vida espiritual, la autoridad deberá
cultivarla primero en sí misma a través de una familiaridad
orante y cotidiana con la Palabra de Dios, con la
Regla y las demás normas de vida, en actitud de
disponibilidad para escuchar tanto a los otros como los signos
de los tiempos.” 2Y añade además que debe poner
a disposición de las hermanas los medios necesarios para que
pueda darse este crecimiento. “será responsabilidad de la autoridad mantener
alto en todos el nivel de disponibilidad ante la formación,
la capacidad de aprender de la vida, la libertad —
especialmente — de dejarse formar cada uno por el otro
y sentirse cada cual responsable del camino de crecimiento del
otro. Favorecerá para ello el uso de los instrumentos de
crecimiento comunitario transmitidos por la tradición y cada vez más
recomendados hoy día por quienes tienen experiencia segura en el
campo de la formación espiritual: puesta en común de la
Palabra, proyecto personal y comunitario, discernimiento comunitario, revisión de vida,
corrección fraterna.” 3
Bien podríamos nosotros añadir entre estos medios
de crecimiento espiritual el de la confesión, la dirección espiritual,
los retiros mensuales y las charlas de formación. En muchos
casos estos medios en las comunidades religiosas femeninas vienen ofrecidos
por sacerdotes que realizan este ministerio con tanto amor y
sacrificio, especialmente si pensamos en la escasez de sacerdote que
ya están acusando muchas regiones de Europa y no pocas
de Sudamérica. Contar con un capellán o un confesor para
religiosas está comenzando a ser, desgraciadamente, un lujo espiritual.
Si bien
es cierto que la superiora debe garantizar la debida libertad
a cada religiosa al buscar el director espiritual o el
confesor, como viene propuesto por el Concilio Vaticano II4, no
es menos cierto que también debe asegurar a las religiosas
que los sacerdotes que pone a disposición de ellas para
la confesión, la administración del sacramento de la penitencia y
las charlas de formación espiritual cuentan no sólo con una
rectitud doctrinal, sino que conocen por lo menos en su
forma esencial el carisma de la congregación. La superiora debe diferenciar
entre “la debida libertad” a cada religiosa y el hecho
de poder ofrecer a la religiosa un grupo de sacerdotes
que den ciertas garantías de seriedad espiritual. Conocemos muy bien
los efectos negativos que un sacerdote, aún bien intencionado, puede
causar en el alma de una consagrada por desconocer el
carisma de la Congregación o incluso la doctrina de la
Iglesia sobre lo que es la vida consagrada. Por ello,
la superiora no puede escudarse en el hecho de que
ha dejado a la religiosa en completa libertad, si antes
ella, la superiora, no ha buscado un grupo de sacerdotes
que conozcan el carisma de la congregación y los haya
puesto a disposición de las religiosas. Si la religiosa, después
de este trabajo materno que ha hecho la superiora de
comunidad, decide seguir otro camino, la superiora de comunidad puede
estar tranquila que delante de Dios ha cumplido con su
deber materno de ofrecer lo mejor a la religiosa, desde
el punto de vista espiritual.
Para hablar del carisma con un
sacerdote diocesano, lo mejor es comenzar desde la caridad. No
se trata de que la superiora imponga al sacerdote lo
que quiere hacer. Se trata departir de una base común.
El sacerdote diocesano, como la superiora de comunidad y todas
las religiosas están llamados a al santidad, es decir, a
vivir la vida del Espíritu, para así alcanzar la vida
eterna.
Partiendo de esta base podemos decir que existen innumerables vías
para alcanzar dicha meta. Estos caminos diversos se llaman espiritualidades.
Existirá por tanto la espiritualidad diocesana, que son los medios
espirituales con los que cuenta un sacerdote para vivir la
vida del Espíritu y existe la espiritualidad de la vida
consagrada que es el conjunto de medios con los que
cuenta la vida consagrada para alcanzar el mismo fin que
hemos dicho: la vida eterna. Sin embargo, en la vida
consagrada cabe una mayor diferenciación, ya que cada congregación religiosa,
por el carisma particular que posee tiene una espiritualidad propia,
unos medios espirituales muy específicos que ayudan a cada religiosa
a vivir la vida del Espíritu.
La labor fundamental de la
superiora será la de presentar al sacerdote diocesano el carisma
como una forma específica de vivir la vida del Espíritu,
partiendo siempre del hecho que ha sido Dios el que
ha suscitado dicho carisma, el mismo que ha suscitado el
sacerdocio en la persona del sacerdote diocesano. Quizás será más
fácil para la religiosa presentar el propio carisma a un
sacerdote religioso, pues podrá comprender relativamente con mayor facilidad esta
vía especial de amor a Dios al que ha dado
origen el carisma.
La superiora debe ser consciente puede estar presentando
al sacerdote una novedad espiritual al sacerdote diocesano. Sin ánimo
de ofender a nadie, hay que mencionar el hecho de
que en muchos programas de estudio de los seminarios, son
pocos los que dan una atención a la vida consagrad.
Si es el caso, lo llegan a conocer sólo a
través de lo que se menciona en el Derecho Canónico
y en una forma muy breve, somera y quizás hasta
superficial. Llegan a apreciar la labor que realizan las religiosas
a favor de la catequesis, la educación, la atención de
los enfermos y los marginados y muy probablemente la idea
que se forjan de la vida consagrada está basada exclusivamente
en la actividad. Una religiosa llega a ser en muchos
casos una persona cualificada en un servicio apostólico.
Es conveniente entonces
que la superiora tenga una gran caridad con el sacerdote
diocesano, porque al presentarle el carisma, le estará haciendo descubrir
una nueva forma de alcanzar la santidad, un tipo de
vida que quizás el sacerdote diocesano no conoce o conoce
parcial o muy superficialmente. No se trata por tanto de
imponer nada, sino de desvelar un misterio y hacerlo gustar
al sacerdote diocesano. Se trata de presentar la belleza con
la que Dios ha querido adornar a su Iglesia, dándole
una forma nueva de alcanzarlo a Él en esta tierra.
Presentar
el carisma como una historia de amor. Quien debe presentar el
carisma es lógico que deba conocerlo, de lo contrario se
corre el riesgo de dar a conocer una verdad equivocada
o una interpretación personal del carisma 4. Un conocimiento que
no será meramente memorístico o académico sino eminentemente personal, es
decir, el conocimiento que se adquiere cuando se hace vida
una idea. La superiora de comunidad presentará mejor el carisma
con su propia vida, que con sus palabras.
Debe partir de
la explicación histórica del carisma, y hacer ver al sacerdote
diocesano como todo ha sido una historia de amor entre
el Fundador, Dios y las almas. Si comienza con el
hecho de que Dios le hace ver al Fundador una
necesidad importante que debe ser remediada, el sacerdote diocesano podrá
comprender mejor el origen del carisma. Se debe presentar esta
necesidad en la Iglesia no sólo desde el punto de
vista social, sino como el pretexto que Dios ha utilizado,
del cuál Él se ha servido, para suscitar en el
Fundador una historia de amor, es decir, para provocar en
el Fundador un amor muy grande y muy especial a
Dios mismo.
Las palabras muy grande y muy especial no son
palabras retóricas o femeninas, sino muy propias de un lenguaje
teológico, por lo que ellas quieren expresar. Muy grande, porque
el Fundador comienza a amar a Dios con su propio
corazón, pero es tan grande este amor que podemos decir
que Dios habita completamente en el corazón del Fundador. Cuando
Dios le presenta al Fundador la necesidad apremiante en la
Iglesia, no le está presentando simplemente una necesidad social, sino
que le está haciendo ver el sufrimiento de su Hijo,
de Cristo, es esas personas. Comienza aquí la experiencia del
Espíritu de la que habla el Magisterio de la Iglesia
en la descripción que da del carisma 5. Y comienza
aquí la explicación que debe dar la superiora.
Dios no le
presenta al Fundador una realidad social que debe remediar. Dios
le presenta al Fundador una realidad a partir de la
cual le enseña a amarlo a Él y a amar
al prójimo. Es cierto que los fundadores se sienten interpelados
en primera persona cuando se dan cuenta de dicha necesidad.
Así, un san Juan Bosco no encuentra paz mientras ve
a los adolescentes y jóvenes que deambulan por las calles
de Turín sin no tener otra cosa que hacer más
que darse al vicio o al robo, por falta de
educación. O la madre Teresa de Calcuta que siente que
el corazón se le despedaza cuando ve la miseria en
el colmo de hombres y mujeres que mueren por las
calles sin ningún auxilio médico o espiritual. Y así podemos
alargar la historia de cada uno de los Fundadores. Pero
es en este primer momento en que Dios está moviendo
el alma de los Fundadores, porque su corazón no se
detiene ante la necesidad material, sino que su corazón está
empezando a amar Dios en una forma especial. A partir
de esa necesidad comienza a amar más a dios, porque
se da cuenta que es dios quien sufre en dicha
necesidad y que antes que venir con un remedio material
se debe consolar el sufrimiento de Cristo. Está empezando a
amar a Dios con corazón de hombre.
Una vez que aprende
a amar a Dios con corazón de hombre pasa necesariamente
a amar a los hombres que le vienen representados en
la necesidad apremiante. Pero los ama no con un amor
filantrópico o como quien los podría amar por un solo
momento. Los ama como Dios los ama, porque ha aprendido
a amarlos con el corazón de Dios. Esta es la
experiencia espiritual a la que se refiere el documento Mutuae
relationes y que es el fundamento de todo carisma. Es
el amor grande al que nos referíamos al inicio de
este inciso, porque no es ya el simple amor que
un hombre o una mujer pueden sentir o tener por
sus semejantes, sino que es el mismo amor que Dios
tiene por los hombres, amor que ha sido apropiado por
el Fundador, haciendo la experiencia del Espíritu.
Este amor grande
no consiste en un sentimiento pasajero sino en una disposición
interna del alma constante. “En el desarrollo de este encuentro
se muestra también claramente que el amor no es solamente
un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una
maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor.
(…) Es propio de la madurez del amor que abarque
todas las potencialidades del hombre e incluya, por así decir,
al hombre en su integridad. (…) El reconocimiento del Dios
viviente es una vía hacia el amor, y el sí
de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y
sentimiento en el acto único del amor. No obstante, éste
es un proceso que siempre está en camino: el amor
nunca se da por « concluido » y completado; se
transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente
por ello, permanece fiel a sí mismo. Idem velle, idem
nolle, querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo
que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del
amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un
pensar y desear común.” 6
La experiencia del Espíritu que
el fundador vive le permite configurar toda su persona con
la persona de Cristo, siempre a través del amor. Al
ver la necesidad apremiante de la Iglesia, el Espíritu penetra
en la persona del Fundador, en forma tal que sus
potencia, intelecto, voluntad y sentimiento, son movidas por este Espíritu,
permitiéndole pensar, querer y sentir de acuerdo al o que
el espíritu le inspira. Nace por tanto el amor grande
que es un amor totalizante a la persona de Cristo.
Ningún aspecto de la vida del fundador puede escapar a
este amor totalizante por Cristo. Si bien este amor ha
surgido a partir de la necesidad apremiante de la Iglesia,
ya no importa tanto la necesidad, sino la forma en
que el espíritu inspira al fundador el amor por Cristo.
El
amor, como una fuerza, es un desarrollo, que no se
detiene en ningún estadio o que no viene satisfecho completamente.
Busca siempre más y en este caso, busca siempre una
donación más plena al prójimo y una configuración más plena
con el Amado. Pero no basta para el Fundador una
configuración al misterio del Cristo en general. La misma experiencia
del espíritu le hace ver con una luz nueva, una
luz diferente, un ángulo nuevo, un misterio de la vida
de Cristo. “L’illuminazione operata dallo Spirito nel fondatore getta infatti
una luce particolare su un aspetto del vangelo che egli
è chiamato a rivivere, senza che sia necessariamente legato ad
un determinato servizio ecclesiale, oppure su una esigenza di ordine
apostolico da soddisfare, o ancora su un ministero di carità
da compiere in una data situazione della vita della Chiesa.
In ogni caso, sia che l’ispirazione verta principalmente su un
compito da svolgere oppure su una dimensione evangelica, sempre viene
in evidenza la manifestazione di cristo colto sotto una particolare
angolatura.” 7
Surge entonces un misterio de Cristo que será
para el Fundador el prisma a través del cual ve
la realidad, actúa sobre ella y la transforma. Aquí radica
la originalidad de cada carisma, en ver a Cristo bajo
un ángulo que es hasta cierto punto de vista es
novedoso. Esta novedad de Cristo penetra todas las capacidades del
Fundador, de moso que su pensamiento, su voluntad y sus
sentimientos se mueven siempre bajo esta nueva luz que le
permite percibir algún misterio de Cristo en forma particular.
Podemos hablar
por tanto del nacimiento de una nueva espiritualidad, ya que
si por espiritualidad entendemos “modo o forma particolare – di
sintetizzare vitalmente – il Vangelo e i valori cristiani –
intorno a uno essenziale – in primo luogo con la
vita – e quindi con l’aiuto della riflessione dottrinale.” 8
El Fundador, bajo la experiencia del Espíritu comienza a
descubrir y poner en práctica una nueva forma de vivir
la vida cristiana. No estamos hablando de vida consagrada, sino
de vida cristiana, es decir, el evangelio, las virtudes, la
vida de Cristo. Lo hace muchas veces en forma inconsciente,
sin ni siquiera muchas veces darse cuenta de ello, porque
todo es fruto de ese amor grande que lo lleva
a buscar lo mejor para Cristo, pero a través de
una especificidad de Cristo que la experiencia del Espíritu le
ha hecho ver.
Esta espiritualidad llegará a ser para cada congregación
uno de los puntos fundamentales de su vida. Estamos hablando
del alma de cada congregación, ya que sin una espiritualidad
concisa y determinada, la congregación se pierde en el activismo,
en el trabajo social o muchas veces en la desesperación.
La espiritualidad es la concretización de la experiencia del Espíritu
que vivió el Fundador y que permite a cada uno
de sus discípulos el poder poner en práctica el bagaje
espiritual, humano y apostólico que le ha dejado el Fundador.
Esta
experiencia del Espíritu permite a cada religiosa interactuar con el
mundo en una forma específica. Frente a la crisis de
identidad por la que la vida consagrada está atravesando en
estos momentos es necesario que las religiosas conozcan con precisión
lo que ellas son y de esta manera puedan ilustrar
a los capellanes y confesores para que ellos, conociendo los
rasgos más característicos de esta identidad, las apoyen y las
estimulen para que vivan lo que deban ser. Estas dimensiones
esenciales de la propia identidad las podemos establecer en tres
niveles: las relaciones con Dios, las relaciones consigo mismo y
las relaciones con el mundo. El amor grande que Dios
ha suscitado en el Fundador y que les ha permitido
vivir esta triple relación, puede ser también vivido por cada
uno de sus discípulos espirituales, como lo ha propuesto Juan
Pablo II: “Se invita pues a los Institutos a reproducir
con valor la audacia, la creatividad y la santidad de
sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de
los tiempos que surgen en el mundo de hoy.”
9Los capellanes y confesores deben advertir esta posibilidad de imitar
no la personalidad de los fundadores, sino las virtudes que
vivieron los fundadores, animados siempre por la configuración al misterio
específico de la vida de cristo, a partir del cual
ha nacido todo el Instituto.
Si los capellanes o confesores desconocen,
conocen o incluso llegan a ignorar o despreciar este carisma,
se corre el riesgo que introduzcan cambios en las comunidades
que puedan desbalancear la primera formación o incluso que puedan
llegar a cambiar la espiritualidad propia de la congregación con
las consecuencias funestas que esto comporta. El capellán debe tomar
en cuenta que cada una de estos niveles origina a
su vez una dimensión muy específica y debe hacer el
posible por conocerla y apoyarla, en forma tal que logre
un proceso de formación permanente en las religiosas. Las relaciones
con Dios dan origen a la dimensión espiritual. Las relaciones
consigo mismo a la dimensión humana y las relaciones con
el mundo a la dimensión apostólica. Si no conoce a
fondo la espiritualidad de la congregación, será muy conveniente que
la superiora o formadora le ponga al corriente de esta
espiritualidad a través de la literatura más conveniente, como puede
ser las Constituciones, la regla, los escritos del Fundador y
alguna buena biografía del mismo, siempre de un corte eminentemente
espiritual. De esta forma podrá apoyar la formación permanente de
las mujeres consagradas, a través de la formación espiritual, la
formación humana y la formación apostólica propia de la congregación.
Ahora
que hemos tocado el aspecto de la formación permanente, la
superiora o formadora debe hacer ver al capellán o director
espiritual diocesano que para una religiosa, la formación permanente es
un aspecto fundamental de la vida de la mujer consagrada.
Es tarea por tanto de la superiora o de la
formadora 10hacer ver a estas personas, al capellán y
al confesor, que ellos son agentes activos en la formación
permanente y que lo que hagan o digan en su
ministerio tendrá un impacto en el alma y el camino
formativo de cada religiosa. Por ello convendrá que los instruya
con algunos elementos necesarios para el desarrollo de su misterio,
si no quiere sufrir las consecuencias de tener en la
comunidad un agente que puede entorpecer, detener, frenar o incluso
amenazar la formación permanente de la comunidad en los campos
espiritual, humano o apostólico.
Lo que el capellán o director debe
tener en cuenta (y se lo debe hacer ver la
superiora o formadora). La superiora de comunidad o la formadora no
debe tener miedo de hablar con el capellán sobre los
puntos que a continuación veremos. No se trata de que
los instruya en lo que debe de hacer, sino simplemente
que le ilustre los puntos esenciales que debe tomar en
cuenta para conocer el carisma, respetarlo y promoverlo entre todas
las religiosas de la casa de formación o de la
comunidad. La superiora y la formadora deben recordar la grave
responsabilidad que tienen de frente a la congregación en todo
lo que se refiere a la custodia del carisma .11
Ellas son las encargadas de mantener viva y genuina la
experiencia del Espíritu, origen del propio carisma. Por ello
debe hablar sin temor sobre los siguientes puntos.
Conocimiento del carisma Lo
primero que debe pedir la superiora de comunidad o la
formadora es que el confesor o el capellán conozcan el
carisma. Ella hará muy bien en explicárselo en forma personal,
pues si bien los libros pueden ser un buen vehículo
para adquirir este conocimiento, la trasmisión de persona a persona
es más rica, ya que no estamos hablando de un
concepto teórico, de una noción o de un dato meramente
académico. Se trata de una experiencia del Espíritu y como
toda experiencia, si es real, debe ser personal. La superiora
o la formadora deben dar a conocer el carisma con
sus palabras, pero bien sabemos que toda comunicación no es
neutra, es decir, las palabras, acompañadas de los gestos, pero
en esta caso, acompañadas de la vida, dicen mucho más
que las palabras en sí mismas o los documentos o
libros que la religiosa pueda poner a disposición del confesor
o del capellán.
Está transmitiendo las mismas raíces de su vida
espiritual, por lo que deberá ser muy precisa, exacta y
concisa, para evitar posible equívocos o interpretaciones personales ya “que
las visiones excesivamente subjetivas del carisma y el servicio apostólico
pueden debilitar la colaboración y la condivisión fraternas.” 12
Una
vez que ha explicado en forma personal lo que es
el carisma, puede proceder a señalarle aquellas fuentes de la
espiritualidad propia de dónde brota el carisma. Dos son quizás
las más importantes: las constituciones y los escritos del Fundador.
Le hará ver que a través de las Constituciones Dios
habla a cada una de las mujeres consagradas para hacerle
ver cuál es la voluntad de Dios para cada momento
y situación de su vida. Le explicará que esta forma
de ver y captar la voluntad de Dios no es
un recato a la libertad personal, sino que es un
factor detonante de cada personalidad en particular, ya que permite
que cada religiosa en libertad pueda seguir más de cerca
de cristo con la forma de vida que el fundador
ha recibido de parte de dios. Estamos hablando por tanto
que el capellán o el confesor deberán tener un mínimo
de fe para lograr entender este aspecto primordial en el
conocimiento de cada carisma.
Una vez que el capellán o confesor
han comenzado a adentrarse en el conocimiento del carisma a
través de estos escritos, se le puede presentar una serie
de subsidios que le ayudarán a comprender la espiritualidad que
emana del carisma. Recordemos que no se trata de que
el capellán o el confesor se conviertan en eruditos del
carisma, sino que deben ser hombres de profunda vida interior,
en forma tal que puedan guiar a las comunidades a
ellos encargadas hacia la plenitud espiritual a la que Dios
ha llamado a cada religiosa. Por ello la elección de
esta persona debe hacerse siempre de acuerdo a la fe
que posea, a la vida espiritual que desarrolla en su
propia vida y al aprecio que tenga por la salvación
de las almas. Los subsidios más adecuados para seguir ahondando
en el conocimiento del carisma serán los libros que contengan
la historia oficial del Fundador, especialmente aquellos a los que
se refieren del crecimiento espiritual que fue desarrollando el propio
fundador. Estos libros le harán ver la forma en que
el Fundador fue interpelado por Dios y la manera en
que respondió a El. Deberá estar atento a la forma
de respuesta que el Fundador dio a la voluntad de
Dios, porque en dicha forma está contenida la experiencia del
Espíritu. Dicha forma de respuesta contiene en germen la espiritualidad
del Instituto y podrá ser reproducido por cada religiosa. Por
lo tanto, si el capellán o el confesor conocen esta
forma específica de responder a Dios, ellos mismos podrán alentar
a las mujeres consagradas a vivir la espiritualidad a la
que están llamadas a vivir.
Por último, algunas fuentes para seguir
conociendo el carisma serán las que lo actualizan y lo
materializan, como pueden ser, conocer las obras de apostolado que
las religiosas realizan en distintas partes del mundo. Conocer también
el directorio o regla de vida del Instituto, así como
las últimas disposiciones del capítulo general. Todas estas fuentes son
la actualización y la puesta en práctica del carisma propio.
Respetar
el carisma. Pero no basta con el conocimiento, es necesario el
aprecio. La superiora de comunidad o la formadora debe ayudar
al sacerdote diocesano a respetar el carisma de la congregación.
Parecería algo fácil en primera instancia, pero no lo es
tanto. Los cristianos solemos llevar nuestra vida espiritual de acuerdo
a una serie de normas bien marcadas y precisas. Podemos
decir que existe también una espiritualidad del sacerdote diocesano que
regula su vida espiritual. Debido a distintos factores como pueden
ser la superficialidad, la falta de reflexión o el simple
vaivén de la vida diaria, el sacerdote diocesano puede olvidar
fácilmente que está tratando con almas consagradas con una espiritualidad
diferente a la suya. Lo que para él pueden ser
insignificancias, para un alma consagrada bajo un carisma específico pueden
ser puntos fundamentales de su vida espiritual. Por ello, la
superiora o formadora debe comenzar con mucha paciencia a insistir
en un respeto mutuo y en un aprecio mutuo.
Es necesario
por tanto fijar muy bien los límites para el confesor
o el director espiritual. Para ello, basta recordar lo que
apunta el Derecho canónico cuando se refiere a las funciones
del capellán. “El Ordinario del lugar no debe proceder al
nombramiento de capellán de la casa de un instituto religioso
laical sin consultar al Superior, que tiene el derecho, después
de oír a la comunidad, de proponer a un sacerdote.
§ 2. Corresponde al capellán celebrar u organizar
las funciones litúrgicas, pero no le está permitido inmiscuirse en
el régimen interno del instituto.” 13Por ello, cualquier intromisión
en lo referente a la espiritualidad del Instituto o al
estilo de vida que ha elegido llevar, puede ser considerada
como una falta de respeto del parte del capellán o
del director espiritual.
En este sentido la superiora o la
formadora deben ser muy claros con el capellán o el
confesor. Sin falta a la caridad y sin juzgar las
motivaciones de ellos, cuando se da cuenta que el capellán
o director espiritual ha faltado a esta norma, con mucha
delicadeza puede hacérselo ver, explicando y dándole las motivaciones adecuadas
para que pueda entender las razones por las que ha
faltado al respeto a la espiritualidad del Instituto. En caso
de reincidencia, es muy conveniente que la superiora o formadora,
además de avisar a sus superioras mayores, informe de lo
sucedido al ordinario del lugar, es decir al obispo o
a la persona por él indicada. Muchas vocaciones, desgraciadamente, se
han perdido por esta falta de respeto de parte de
capellanes y confesores. La superiora o la formadora deben actuar
en forma expedita, muchas veces sin dilación, para evitar daños
mayores a la comunidad y a las personas en particular.
Es difícil llamar la atención a una persona, y más
a un sacerdote. Pero es necesario tomar conciencia que la
counida y las hermanas de dicha comunidad han hecho un
voto de obediencia no al sacerdote de turno, sino a
la voluntad de Dios expresada en un carisma, unas constituciones
y una superiora general. La superiora o formadora se hacen
responsables de todo aquello que atente contra la unidad espiritual
de la congregación.
Por ello, la superiora o la formadora deberán
estar muy atentas para que los capellanes o los confesores
no introduzcan ideas extrañas, no sólo a la espiritualidad y
al carisma de la congregación, sino al magisterio de la
Iglesia. “Hoy más que nunca, frente a repetidos empujes centrífugos
que ponen en duda principios fundamentales de la fe y
de la moral católica, las personas consagradas y sus instituciones
están llamadas a dar pruebas de unidad sin fisuras en
torno al Magisterio de la Iglesia, haciéndose portavoces convencidos y
alegres delante de todos.” 14En los últimos tiempos, debido
a la crisis por la que pasan algunos sectores de
la Iglesia, se han dado mucho la introducción de espiritualidades
alternativas a una sana espiritualidad cristiana. Parecerían inocuas, pero dejan
detrás de sí secuelas que inciden profundamente no sólo en
la vocación de las personas consagradas sino incluso en su
misma fe. Abrazar estas formas alternativas de espiritualidad produce desconcierto,
zozobra, perplejidad y en no raros casos, incluso el abandono
de la vida consagrada. Por ello, la superiora y la
formadora deben estar atentas, pues al menor indicio de una
introducción o un cambio contrario al Magisterio de la Iglesia
en la liturgia, en la forma de celebrar los sacramentos,
en las charlas espirituales, deben intervenir, con caridad pero con
firmeza, y pedir que se regrese a las formas y
costumbres aprobadas por el Magisterio y por el Instituto.
El respeto
a la espiritualidad propia de la congregación no impide que
el capellán o el confesor den a conocer los retos
de la Iglesia en aquella diócesis y pueda suscitar de
alguna forma la respuesta de la comunidad a dichos retos.
No deberá obligar ni violentar el carisma, sino que con
sumo respeto y siempre a partir del carisma, buscará la
forma de una colaboración plena de la comunidad. El carisma,
como creatura espiritual, posee un gran dinamismo y una adaptabilidad
a las distintas circunstancias de tiempos y lugares en forma
tal que pueda responder con prontitud y eficacia a las
necesidades locales. El capellán y el confesor no deben olvidar
que la participación de las comunidades en la vida de
la Iglesia era uno de los lineamientos propuestos por el
Concilio Vaticano II para la renovación de la vida consagrada
15, pero siempre a partir de su propio carisma. La
fantasía de la caridad a la que aludía Juan Pablo
II en su carta apostólica Novo millennio ienunte, pueden encontrar
en el carisma de cada congregación una cantidad ingente de
propuestas y de soluciones a los retos que enfrentan las
Iglesias locales 16.
Impulsar el propio carisma. Cuando el capellán o
el confesor conocen y respetan el carisma de la congregación
a la cual prestan su ayuda, pueden entonces impulsarlo. El
carisma no es una especie de pieza de museo que
se tiene guardado para ser contemplado. El carisma es ante
todo un don del Espíritu para ayudar a construir la
Iglesia. “Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias
del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente, una utilidad
eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la
Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades
del mundo.” 17
El carisma por tanto se puede desarrollar,
no es estático. Y toca al capellán y al confesor
dar una contribución para su desarrollo. Cuando ellos animan a
las religiosas a vivir la vida de acuerdo con las
enseñanzas de su propios fundadores, cuando las iluminan sobre el
camino espiritual que deben seguir teniendo como fundamento la vida
espiritual diseñada por el Fundador, cuando las alientan para enfrentar
los retos de la misión con la iniciativa y la
creatividad de sus Fundadores, los capellanes y los confesores están
impulsando el desarrollo del carisma del Instituto . Pero no
basta presentar los retos o la vida misma como campo
de acción del carisma. Hay que suscitar la practicidad de
dichas iniciativas como elemento indispensable para el desarrollo del mismo.
Sin llegar a los puntos concretos de aplicación del carisma,
el discurso y la animación pueden quedar meramente en palabras.
En este caso, tocará a la formadora o a la
superiora el bajar a lo práctico lo que el capellán
o el confesor puede haber suscitado en la comunidad.
Como conclusión
bien podemos decir que el capellán y el confesor deben
alentar a las religiosas a conocer cada día más el
propio carisma para vivirlo y así poderlo amar más cada
día. Si la vida de una comunidad religiosa se mide
por el fervor con el que aplican el carisma en
cada uno de los aspectos de su vida, esta aplicación
no podrá darse si no es fruto del amor. En
el momento actual de la historia, la vida consagrada está
pasando por un momento difícil. Las dudas, las incertidumbres, los
abandonos, la falta de vocaciones, la falta de esperanza por
vivir los compromisos de la consagración, en muchos puntos del
globo está reduciendo la vida consagrada a un fantasma, a
un espectro, a algo que fue y que nunca más
volverá. Recuperar y reemprender con vigor la vida consagrada requiere
de una gran fe y de la vivencia de la
virtud de la esperanza quizás con matices heroicos. Pero esta
recuperación podrá darse sólo en quien conoce, estima, vive y
ama el carisma. Quien deposita en él toda su vida,
quien confía en el “perder su vida para ganarla” del
evangelio, sabiendo que el carisma es la semilla que debe
pudrirse para después crecer cuajada de fruto, sólo esa persona
podrá ser capaz de que el carisma vuelva a florecer
como una palma en el jardín de Dios.
Los capellanes y
los confesores tienen mucho que ver en este esfuerzo por
reemprender la vida consagrada. Si ellos alientan a vivir el
carisma con generosidad, con radicalidad, sin reserva o duda de
ningún tipo, es muy probable que los Institutos religiosas vuelvan
a adquirir vigor y fuerza. Hay que recordar que la
fidelidad al carisma del fundador es prenda de fecundidad: “La
vita religiosa, essendo un dono dello Spirito Santo al singolo
religioso e alla Chiesa, dipende specialmente dalla fedeltà alle sue
origini, fedeltà al fondatore e fedeltà al carisma particolare.”
19
NOTAS
1 “Ordenándose ante todo la vida
religiosa a que sus miembros sigan a Cristo y se
unan a Dios por la profesión de los consejos evangélicos,
habrá que tener muy en cuenta que aun las mejores
adaptaciones a las necesidades de nuestros tiempos no surtirían efecto
alguno si no estuvieren animadas por una renovación espiritual, a
la que, incluso al promover las obras externas, se ha
de dar siempre el primer lugar.” Concilio Vaticano II, Decreto
Perfectae caritatis, n. 2e, 28.10.1965. 2 Congregación para
los Instituto de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica,
El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008, 13a.
3 Ibídem., n. 13g. 4 “Esto exige
en la autoridad un conocimiento adecuado del carisma del Instituto;
un conocimiento que habrá asumido en la propia experiencia personal
e interpretará después en función de la vida fraterna en
común y de su inserción en el contexto eclesial y
social.” Congregación para los Instituto de vida consagrada y Sociedades
de vida apostólica, El servicio de la autoridad y la
obediencia, 11.5.2008, 13e. 5 “El carisma mismo de
los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu (Evang.
test. 11), transmitida a los propios discípulos para ser por
ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con
el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne” Sagrada Congregación para
los Religiosos e Institutos seculares, Mutuae relationes, n. 11, 14.5.1978.
6 Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est,
25.12.2005, n. 17. 7 Fabio Ciardi, I fondatori uomini
dello spirito, Per una teologia del carisma di fondatore, Città
nuova editrice, Roma 1982, p.160. 8 Federico Ruíz,
Le vie dello spirito, sintesis di teologia spirituale, Edizioni Dehonaine
Bologna, Bologna 2004, p. 502. 9 Juan Pablo
II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37. 10
“La autoridad está llamada a acompañar en el camino
de la formación permanente. Una tarea que, hoy día, hay
que considerar cada vez más importante es la de acompañar
a lo largo del camino de la vida a las
personas que les han sido confiadas. Ello implica no sólo
ofrecerles ayuda para resolver eventuales problemas o superar posibles crisis,
sino también estar atentos al crecimiento normal de cada uno
en todas y cada una de las fases y estaciones
de la existencia, de manera que quede garantizada esa «juventud
de espíritu que permanece en el tiempo»,37 y que hace
a la persona consagrada cada vez más conforme con los
«sentimientos que tuvo Cristo» (Flp 2, 5).” Congregación para los
institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica,
El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008, n.
13g. 11 “La autoridad está llamada a mantener vivo
el carisma de la propia familia religiosa. El ejercicio de
la autoridad comporta también el ponerse al servicio del carisma
propio del Instituto de pertenencia, custodiándolo con cuidado y actualizándolo
en la comunidad local o en la provincia o en
todo el Instituto, según los proyectos y orientaciones ofrecidos, en
particular, por los Capítulos generales (o reuniones análogas).31 Esto exige
en la autoridad un conocimiento adecuado del carisma del Instituto;
un conocimiento que habrá asumido en la propia experiencia personal
e interpretará después en función de la vida fraterna en
común y de su inserción en el contexto eclesial y
social.” Ibídem., n. 13e. 12 Ibídem., n. 3.
13 Código de Derecho Canónico, 567 § 1
y § 2. 14 Congregación para
los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida
apostólica, Comenzar desde Cristo, 19.5.2002, n. 32. 15
“Todos los Institutos participen en la vida de la Iglesia
y, teniendo en cuenta el carácter propio de cada uno,
hagan suyas y fomenten las empresas e iniciativas de la
misma: en materia bíblica, litúrgica, dogmática, pastoral, ecuménica, misional, social,
etc.” Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2c.
16 “Es la hora de un nueva «
imaginación de la caridad », que promueva no tanto y
no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la
capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para
que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna
humillante, sino como un compartir fraterno.” Juan Pablo II, Carta
apostólica Novo Millennio ineunte, 6.1.2001, n. 50. 17 Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 799. 18 “37. Se
invita pues a los Institutos a reproducir con valor la
audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y
fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que
surgen en el mundo de hoy.” Juan Pablo II, Exhortación
apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.2006, n. 37. 19
Franc Rodé, Una corretta ermeneutica per una nuova vita religiosa,
L’Osservatore Romano, 4.12.2008.
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