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Autor: Exmo. Franc Rodé | Fuente: Catholic.net Una correcta hermenéutica para una nueva vida religiosa
Debemos garantizar que en nuestras congregaciones la vida sea plenamente católica y en sintonía total con el carisma del fundador o de la fundadora
Una correcta hermenéutica para una nueva vida religiosa
12 septiembre 2009. Intervención del cardenal Franc Rodé, prefecto de
la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las
Sociedades de Vida Apostólica, pronunciada en los Estados Unidos, traducida
al español y publicada por "L´Osservatore Romano".
En los últimos cuarenta
años, la Iglesia ha atravesado una de las mayores crisis
de su historia. Todos sabemos que la dramática situación de
la vida consagrada no ha sido marginal en esta crisis.
Prácticamente en todos los países de Occidente los observadores constatan
que la mayoría de las comunidades religiosas está entrando en
la fase final de una prolongada crisis cuyo resultado -dicen-
ya lo han establecido las estadísticas.
En muchos de los países
occidentales los religiosos han perdido la esperanza. Están resignados a
la pérdida de vitalidad, de significado, de alegría, de atractivo,
de vida. Pero Estados Unidos es diferente. La vitalidad, la
creatividad, la exuberancia que denotan la floreciente cultura de Estados
Unidos se reflejan en la vida cristiana y también en
la vida consagrada. Basta recordar que, desde el concilio Vaticano
II, en este fértil terreno han surgido más de cien
nuevas comunidades religiosas.
En abril de 2008, el Santo Padre Benedicto
XVI visitó este país con el fin de traerle el
mensaje de esperanza de Cristo. Y, cuando volvió a Roma,
dijo: "Encontré una gran vitalidad y la voluntad firme de
vivir y testimoniar la fe en Jesús". Con gran alegría
confesó que él mismo se sintió "confirmado en la esperanza
por los católicos estadounidenses".
El estado actual de la vida religiosa A
pesar de este pasado grandioso y de la actual vitalidad,
sabemos -y esta es una de las principales razones por
las que nos hemos reunido aquí hoy- que no todo
está bien en la vida religiosa en Estados Unidos. Hoy
mis observaciones se dirigen especialmente a los religiosos de vida
activa.
En primer lugar, hay numerosas nuevas comunidades, algunas más conocidas
que otras, muchas de las cuales son florecientes, y sus
estadísticas indican lo contrario respecto a la tendencia general. En
segundo lugar, hay comunidades más antiguas que se han esforzado
por conservar y reformar la autenticidad de la vida religiosa
dentro de su propio carisma; también estas están en fase
de crecimiento, contra la tendencia general, y la edad media
de sus religiosos es inferior a la general de los
religiosos. Ninguno de estos dos grupos cree que se acerca
"el fin" en el sentido que suelen señalar los observadores
de las tendencias generales; al contrario, su futuro se presenta
prometedor si siguen siendo lo que son y como son.
Un
tercer grupo está constituido por los que aceptan la actual
situación de decadencia como -dicen ellos- signo del Espíritu en
la Iglesia, signo de la nueva dirección que se ha
de seguir. En este grupo hay algunos que sencillamente han
aceptado la desaparición de la vida religiosa o, por lo
menos, de sus comunidades, y tratan de que esto suceda
de la forma más pacífica posible, dando gracias a Dios
por los beneficios del pasado.
Además de esos grupos, debemos admitir
que otros han optado por caminos que los han alejado
de la comunión con Cristo en la Iglesia católica, aunque
quizá hayan decidido "estar" en la Iglesia físicamente. Estos pueden
ser individuos o grupos en institutos que tienen una visión
diferente, o pueden ser comunidades enteras.
Por último, quiero distinguir los
que creen firmemente en su vocación personal y en el
carisma de su comunidad, y buscan medios para invertir la
tendencia actual o, con otras palabras, llevar a cabo una
auténtica renovación. Estos pueden ser instituciones enteras, individuos, grupos de
individuos o incluso comunidades dentro de un instituto. Hoy me
dirijo en especial a este último grupo, con la intención
de ofrecerles mi aliento e ideas que podrían seguir. Pero
mis reflexiones también pueden ser útiles para los dos primeros
grupos, a fin de que no pierdan lo que ya
tienen, como advierte san Pablo a los Corintios: "El que
crea estar en pie, mire no caiga" (1 Co 10,
12).
Con este fin, será muy importante examinar las raíces de
la crisis. Aquí debemos afrontar una pregunta necesaria y desconcertante:
¿No ha sido precisamente "renovación" lo que hemos realizado después
del Concilio? ¿Esto no debía llevarnos a una nueva era?
¿No ha sido exactamente esta "renovación" la que nos ha
llevado a la situación en la que nos encontramos hoy?
Las
hermenéuticas de ruptura y discontinuidad En realidad, el Concilio dio directrices
claras y abundantes para la necesaria reforma de la vida
consagrada. La cuestión crucial es: ¿Cómo se han interpretado y
aplicado estas directrices? Por lo general, el Concilio fue interpretado
y aplicado, en su conjunto, de dos formas muy diversas
y opuestas que debemos analizar más a fondo si queremos
comprender lo que ha sucedido y trazar un camino por
donde avanzar en el futuro.
"¿Por qué la recepción del Concilio,
en grandes partes de la Iglesia, se ha realizado hasta
ahora de un modo tan difícil?", se preguntó Benedicto XVI
en un importante discurso hace tres años. La respuesta que
da es profunda y diáfana: "Todo depende de la correcta
interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta
hermenéutica, de la correcta clave de lectura y de aplicación".
Hay un excelente equilibrio en los documentos conciliares, pero por
el momento, dado que el mandato consistió en la actualización,
fue más fácil justificar los cambios que defender la continuidad.
En
el decreto Perfectae caritatis se lee: "La adecuada renovación de
la vida religiosa comprende, al mismo tiempo, un retorno incesante
a las fuentes de toda vida cristiana y a la
inspiración originaria de los institutos, y una adaptación de éstos
a las condiciones de los tiempos, que han cambiado" (n.
2). Ese "retorno incesante a las fuentes de toda vida
cristiana y a la inspiración originaria de los institutos" se
ha leído con las hermenéuticas de ruptura y discontinuidad, y
por eso se ha tendido a interpretarlo a la luz
de la "adaptación a las condiciones de los tiempos, que
han cambiado", más bien que al contrario.
Las consecuencias en la
vida religiosa Debemos empezar por reconocer que seguramente había mucho que
corregir en la vida religiosa y mucho que mejorar en
la formación de los religiosos. También debemos admitir que la
sociedad planteó desafíos para los que muchos religiosos no estaban
preparados. En algunos casos, era necesario sacudirse la rutina y
las incrustaciones de costumbres superadas. En este sentido, debemos afirmar
categóricamente no sólo que el Concilio no se equivocó en
impulsar la renovación de la vida religiosa, sino también que
verdaderamente el Espíritu Santo le inspiró hacerla. La vida religiosa, al
ser un don del Espíritu Santo a cada religioso y
a la Iglesia, depende especialmente de la fidelidad a sus
orígenes, fidelidad al fundador y fidelidad al carisma particular. La
fidelidad a este carisma es esencial, pues Dios bendice la
fidelidad, y en cambio "resiste a los soberbios" (St 4,
6). Por tanto, la ruptura completa de algunos con el
pasado va contra la naturaleza de una congregación religiosa y,
en definitiva, provoca el rechazo de Dios.
Al aceptarse el naturalismo
como el nuevo camino, la obediencia resultó su primera víctima,
pues no puede sobrevivir sin fe ni esperanza. La oración,
especialmente la comunitaria y la liturgia sacramental, se redujo notablemente
y se abandonó. La penitencia, el ascetismo y lo que
se denominó "espiritualidad negativa" se convirtieron en cosas del pasado.
Muchos religiosos se sintieron incómodos vistiendo hábito. La agitación social
y política se convirtió en el acmé de su acción
apostólica. La nueva teología llevó a la interpretación personal y
a la disolución de la fe. Todo se transformó en
un problema que se debía discutir. Al rechazar la oración
tradicional, las genuinas aspiraciones espirituales de los religiosos desembocaron en
formas más esotéricas. Los resultados no se hicieron esperar, bajo forma
de éxodo de miembros. En consecuencia, apostolados y ministerios que
eran esenciales para la vida de la comunidad católica y
de su radio de acción caritativa, sobre todo las escuelas,
desaparecieron rápidamente. Las vocaciones se agotaron velozmente. A pesar de
que los resultados comenzaron a hablar por sí mismos, hubo
quienes consideraron que las cosas no iban bien porque no
se habían realizado suficientes cambios, porque el proyecto no se
había completado. Así, el daño fue aumentando. Además, conviene notar
que, a continuación, muchos de los responsables de decisiones y
de acciones desastrosas de esos años posconciliares abandonaron la vida
religiosa. Muchos de vosotros os habéis mantenido fieles. Con gran
valentía habéis asumido el compromiso de reparar los daños y
reconstruir vuestras familias religiosas. Podéis contar con mi afecto y
con mis oraciones.
La hermenéutica de la continuidad y de la
reforma El Papa Juan XXIII describió el auténtico espíritu del Concilio,
en su inauguración, cuando afirmó que buscaba "transmitir pura e
íntegra la doctrina católica, sin atenuaciones". Y prosiguió: "Nuestro deber
no es sólo custodiar este tesoro precioso, como si únicamente
nos ocupásemos de la antigüedad, sino también dedicarnos con voluntad
diligente, sin temores, a la labor que exige nuestro tiempo,
prosiguiendo el camino que la Iglesia recorre desde hace veinte
siglos. (...) Ahora, en cambio, en nuestro tiempo, es necesario
que el conjunto de la doctrina cristiana sea examinado por
todos, sin quitar nada, con espíritu sereno y tranquilo (...).
Es necesario que esta doctrina, cierta e inmutable, a la
que se debe prestar un asentimiento fiel, se profundice y
exponga como lo requiere nuestro tiempo. Una cosa es el
depósito mismo de la fe, es decir, las verdades que
contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se
expresa, siempre, sin embargo, con el mismo sentido y significado"
(Discurso del 11 de octubre de 1962: cf. "Concilio Vaticano
II, Constituciones, Decretos, Declaraciones", BAC, Madrid 1966, p. 949). Estas
palabras permiten interpretar el Concilio de un modo muy diferente
del descrito antes. Aquí tenemos, en esencia, la hermenéutica de
la continuidad y de la reforma.
La continuidad suscita un diálogo
armonioso entre fe y razón. La razón iluminada por la
fe no caerá en la trampa del laicismo moderno. El
auténtico profetismo en la Iglesia quiere rectificar los comportamientos y
no cambiar la revelación apostólica.
Los frutos Hoy sentimos gratitud hacia el
concilio Vaticano II por habernos proporcionado directrices claras para distinguir
la sustancia del depósito de la fe de sus manifestaciones
circunstanciales. La continuidad con lo que es esencial en la
vida religiosa no suprime, sino que estimula la reforma de
lo que es anticuado, accidental y perfeccionable. Esto resulta evidente
cuando leemos los criterios y las directrices, esmeradamente equilibradas, del
decreto Perfectae caritatis (nn. 1-18), a las que ya he
hecho referencia hablando de la ruptura y la discontinuidad.
Si estos
mismos números se interpretan según la línea de continuidad, se
nota que los cambios nunca se deben separar de sus
raíces. Quienes buscan la continuidad en la renovación notarán que
el Concilio invitó a una renovación que es eminentemente renovación
del espíritu, poniendo de relieve la centralidad de Cristo como
nos lo presentan los Evangelios, siguiéndolo en el camino trazado
por el fundador a través de los votos (cf. ib.,
2).
Buscar la renovación Afrontemos ahora la cuestión: ¿En qué dirección podemos
avanzar? ¿Hay una nueva vida para las comunidades religiosas de
Estados Unidos que aspiran a una auténtica reforma? Aquí conviene
notar que, aunque el fondo del problema es el mismo,
y aunque hay problemas y desafíos comunes para los religiosos
y las religiosas (la ingeniería del lenguaje, la deriva hacia
el relativismo, la pérdida del sentido de lo sobrenatural y,
en algunos casos, dudas sobre la importancia y la centralidad
de Cristo), también es verdad que cada grupo debe afrontar
sus propios desafíos específicos. Las religiosas, en particular, necesitan afrontar
críticamente cierto feminismo, actualmente pasado de moda, pero que a
pesar de ello sigue influyendo fuertemente en algunos ambientes. Voy
a centrarme en algunos elementos comunes. Si la ruptura y
la confusión son características de las recientes dificultades en la
vida religiosa, entonces el camino que conviene seguir debe ser
una búsqueda mayor de continuidad y claridad. Como el escriba
que se ha hecho discípulo del reino de los cielos,
debemos tener en nuestro tesoro "cosas nuevas y cosas viejas"
(cf. Mt 13, 52).
Continuidad con la fe católica Podría parecer superfluo
hacer esta observación, pues en este punto no debería haber
debate. En cambio, todos hemos experimentado la presencia de grupos
o de individuos que, bajo su propia responsabilidad, se han
"situado más allá de la Iglesia", aun permaneciendo externamente "dentro"
de la Iglesia. Seguramente, una existencia tan ambivalente no puede
dar frutos de alegría y paz (cf. Ga 5, 22),
ni para sí mismos ni para la Iglesia. Oremos para
que el Espíritu Santo los ilumine a fin de que
vean el camino de la verdadera paz y libertad, y
tengan la valentía para seguirlo.
De acuerdo con el Concilio, "la
autoridad misma de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu
Santo, se ha esforzado por interpretarlos (los consejos evangélicos), regular
su práctica y también establecer sobre su base formas estables
de vida". La autoridad y la tradición de la Iglesia
han hablado, a lo largo de los siglos, de la
sustancia de la vida consagrada. Benedicto XVI la formuló de
esta manera: "Pertenecer al Señor es la misión de los
hombres y las mujeres que han elegido seguir a Cristo
casto, pobre y obediente, para que el mundo crea y
se salve".
Continuidad con el carisma del fundador Este punto es de
importancia fundamental, y es la clave para renovar y revitalizar
nuestras congregaciones, para atraer vocaciones y para cumplir nuestras obligaciones
con respecto a los jóvenes que optan por entrar en
nuestras familias religiosas. El Concilio insiste en este punto. Debemos
garantizar que en nuestras congregaciones la vida sea plenamente católica
y en sintonía total con el carisma del fundador o
de la fundadora. En esta materia no puede haber contradicciones,
dado que el carisma ha sido dado a los fundadores
en el contexto eclesial y ha sido sometido a la
aprobación de la Iglesia. Muchas congregaciones están haciendo grandes esfuerzos
en este sentido.
A pesar de ello, algunos superiores religiosos han
descubierto que esto no basta. Están haciendo grandes esfuerzos por
reavivar la figura y la centralidad de sus fundadores; están
renovando la observancia religiosa y la vida de sus comunidades;
pero dicen que todavía no llegan las vocaciones. Hay otros
dos elementos, ambos muy importantes, que se han de tener
en cuenta.
En las circunstancias actuales, ofrecer un programa de formación
adecuado y fiel es un desafío particularmente significativo. Hago algunas
consideraciones al respecto: vale la pena realizar cualquier tipo de
sacrificio con tal de dedicar a la formación a los
mejores miembros. Deben estar plenamente en comunión con la Iglesia.
Deben ser prudentes, eminentemente espirituales y prácticos. Deben amar a
su congregación e identificarse con el carisma del fundador, poseer
un amor espiritual a sus tareas, ser conscientes de las
fuerzas y debilidades de los jóvenes de hoy, y contar
con la ayuda plena de sus superiores.
Los programas de postulantado
y noviciado son más fáciles de cumplir; el desafío es
mayor por lo que atañe a los estudios de filosofía
y teología, o a otras carreras universitarias necesarias para el
apostolado que han de realizar los miembros. Cuando es necesario
que los estudios religiosos se hagan en centros ajenos a
la propia congregación, esos centros deben elegirse con prudencia, de
modo que la doctrina que los jóvenes religiosos reciban sea
segura y profunda, y las circunstancias externas les permitan vivir
una vida comunitaria y religiosa auténtica, sin dejar de cultivar
todos los sectores de su formación, incluidos el espiritual, el
sacramental y el humano.
Las nuevas vocaciones deben ser formadas a
la luz de las ricas aportaciones de Juan Pablo II
y de Benedicto XVI con respecto a la comprensión de
la dignidad de la persona humana, la naturaleza de la
libertad, la naturaleza de la dimensión religiosa de nuestra vida
y la necesidad de la formación humana. Deben impregnarse de
amor a su fundador, su historia, sus tradiciones y sus
aportaciones, así como de un saludable anhelo de servir a
las almas.
La fidelidad al espíritu de la vida religiosa y
a un instituto no debería ser despersonalizada o estática. Más
bien, debe ser creativa, capaz de encontrar caminos innovadores para
desarrollar y aplicar el carisma y para llegar a las
nuevas generaciones de católicos y a los posibles miembros del
instituto.
Distingo dos modos diferentes y complementarios para promover las vocaciones:
uno indirecto y otro directo. Y, al contrario de lo
que se podría intuir, creo que la promoción indirecta es
la más importante en el contexto actual de la Iglesia,
porque cada uno de nosotros puede comprometerse en ella. Todo
el cuerpo eclesial saldrá beneficiado; y sin ella la promoción
directa de las vocaciones en gran parte sería estéril.
Promoción indirecta
es todo lo que construye la vida de Cristo en
la Iglesia, y se puede sintetizar en tres dimensiones de
vida: espiritualidad, catequesis y apostolado o ministerio. Debemos centrar la
atención en estas dimensiones de la vida cristiana en los
dos lugares que más influyen en las vocaciones a la
vida consagrada: la familia, y el corazón, la mente y
el alma del joven. Con mucha frecuencia en nuestra vida
y en nuestras comunidades la razón por la que la
semilla no da fruto no es porque el terreno sea
pedregoso o estéril, sino porque muchos otros intereses llenan nuestro
tiempo y centran nuestra atención. Quiero decir que hoy estamos
implicados y preocupados por muchas cosas, como Marta (cf. Lc
10, 41). Nuestro calendario está lleno de comités, conferencias, debates
sobre justicia social, comunicados de prensa y cosas por el
estilo. Pero la única cosa que, en definitiva, cambia el
mundo es la íntima transformación de la persona a través
del contacto con la gracia de Cristo.
La espiritualidad no se
debe centrar en el vago sentimiento religioso de estar bien
con Dios y con el prójimo, y tener experiencias satisfactorias
en la oración. Su esencia es la conversión continua, alimentada
con los sacramentos y el cumplimiento del plan de Dios
para la propia vida. Tiene una dimensión objetiva.
La catequesis no
se limita a una instrucción inicial, sino que es la
profundización continua de las riquezas de nuestra fe católica, la
cual es la única entre todas las religiones y versiones
del cristianismo que ofrece un alimento sólido y plenamente satisfactorio
para el intelecto y para el alma. Es esencial que
la catequesis vaya al paso de la espiritualidad y sea
capaz de justificar nuestras esperanzas, como dijo san Pedro (cf.
1 P 3, 15), y como testimonia el Papa Benedicto
XVI.
La tercera dimensión es la acción: vivir externamente la caridad
de Cristo que lleva a superar los confines de la
propia comodidad. Para la persona esta es una nueva experiencia
de Cristo.
Normalmente Dios irá a sembrar la semilla de la
vocación en las familias y en la vida de las
personas. Y esto nos lleva al siguiente punto: la promoción
directa. La promoción directa de las vocaciones se realiza cuando
hemos comenzado a encontrar y animar a los jóvenes que
Dios está llamando a nuestras comunidades. Esto supone que nosotros
creemos que Dios está trabajando realmente en esas almas; por
esto nos comprometemos con confianza y no nos desalentamos si
el éxito no llega inmediatamente.
Se puede hacer promoción directa de
muchas formas: con la propaganda, hablando en escuelas y universidades,
escribiendo, invitando, ofreciendo retiros y experiencias, etc. Esto debe y
puede continuar, y si es posible aumentar, utilizando todos los
medios con que contamos actualmente.
Tres elementos contribuyen a hacer
efectiva esta promoción directa: primero, la preparación indirecta antes mencionada
(que se haga por medio de un apostolado o ministerio
de una de nuestras comunidades, o de otra comunidad o
movimiento eclesial, o también en la parroquia de la persona).
Segundo: lo que ofrecemos debe ser genuino; en otras palabras,
la vida de nuestras comunidades y la formación a la
que invito a este joven debe reflejar el carisma particular
de mi familia religiosa y estar en comunión plena y
gozosa con la Iglesia. Y, por último, los promotores vocacionales
deben tener una preparación humana, intelectual y espiritual adecuada a
su delicada tarea.
Conclusión No ha de sorprendernos el hecho de que
el camino que se debe seguir esté lleno de dificultades
y desafíos. Sin embargo, deseo que estéis seguros de mi
total apoyo a cualquier esfuerzo sincero de renovación de cada
una de las familias religiosas en la línea de la
fidelidad a la Iglesia y al fundador. Como ha recordado
el Papa Benedicto XVI, hace falta mucha honradez, humildad, valentía,
apertura de mente, diálogo, sacrificio, perseverancia y oración. En el
Evangelio, Jesús nos advirtió que hay dos caminos: el camino
estrecho que lleva a la vida, y el camino ancho
que lleva a la perdición (cf. Mt 7, 13-14).
Quiero concluir
con una oración tomada de la oración colecta y de
la oración después de la comunión de la misa por
los religiosos del Misal romano: "Oh Dios, que inspiras y
llevas a cabo todo buen propósito, guía a tus siervos
y siervas por el camino de la salvación. Concede a
quienes lo hacen todo por amor a ti que sigan
a Cristo y renuncien al mundo, sirviéndote a ti y
a sus hermanos y hermanas, con espíritu de pobreza y
humildad de corazón. Concede que las religiosas y los religiosos,
reunidos en tu amor, se animen unos a otros en
el ejercicio de la caridad y en la práctica de
las obras buenas, y que con su vida santa sean
testigos auténticos de Cristo en el mundo. Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo, en la unidad del Espíritu Santo. Amén".
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