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Autor: S.S. Juan Pablo II (Pastores dabo vobis) En comunión con Dios y a la búsqueda de Cristo
En la perspectiva de la caridad, que consiste en el don de sí mismo por amor, encuentra su lugar en la formación espiritual del futuro sacerdote la educación de la obediencia, del celibato y de la pobreza
En comunión con Dios y a la búsqueda de Cristo
La formación espiritual: en comunión con Dios y a
la búsqueda de Cristo
PUNTOS TOMADOS DEL TEXTO DE
"PASTORES DABO VOBIS".
45. La misma formación humana, si viene
desarrollada en el contexto de una antropología que abarca toda
la verdad sobre el hombre, se abre y se completa
en la formación espiritual. Todo hombre, creado por Dios y
redimido con la sangre de Cristo, está llamado a ser
regenerado "por el agua y el Espíritu" (cf. Jn. 3,
5) y a ser "hijo en el Hijo". En este
designio eficaz de Dios está el fundamento de la dimensión
constitutivamente religiosa del ser humano, intuida y reconocida también por
la simple razón: el hombre está abierto a lo trascendente,
a lo absoluto; posee un corazón que está inquieto hasta
que no descanse en el Señor[133].
De esta exigencia religiosa fundamental
e irrenunciable arranca y se desarrolla el proceso educativo de
una vida espiritual entendida como relación y comunión con Dios.
Según la revelación y la experiencia cristiana, la formación espiritual
posee la originalidad inconfundible que proviene de la "novedad" evangélica.
En efecto, "es obra del Espíritu y empeña a la
persona en su totalidad; introduce en la comunión profunda con
Jesucristo, buen Pastor; conduce a una sumisión de toda la
vida al Espíritu, en una actitud filial respecto al Padre
y en una adhesión confiada a la Iglesia. Ella se
arraiga en la experiencia de la cruz para poder llevar,
en comunión profunda, a la plenitud del misterio pascual"[134].
Como se
ve, se trata de una formación espiritual común a todos
los fieles, pero que requiere ser estructurada según los significados
y características que derivan de la identidad del presbítero y
de su ministerio. Así como para todo fiel la formación
espiritual debe ser central y unificadora en su ser y
en su vida de cristiano, o sea, de criatura nueva
en Cristo que camina en el Espíritu, de la misma
manera, para todo presbítero la formación espiritual constituye el centro
vital que unifica y vivifica su ser sacerdote y su
ejercer el sacerdocio. En este sentido, los Padres del Sínodo
afirman que "sin la formación espiritual, la formación pastoral estaría
privada de fundamento"[135] y que la formación espiritual constituye "un
elemento de máxima importancia en la educación sacerdotal"[136].
El contenido esencial
de la formación espiritual, dentro del itinerario bien preciso hacia
el sacerdocio, está expresado en el decreto conciliar Optatam totius:
"La formación espiritual... debe darse de tal forma que los
alumnos aprendan a vivir en trato familiar y asiduo con
el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo.
Habiendo de configurarse a Cristo Sacerdote por la sagrada ordenación,
habitúense a unirse a El, como amigos, con el consorcio
íntimo de toda su vida. Vivan el misterio pascual de
Cristo de tal manera que sepan iniciar en él al
pueblo que ha de encomendárseles. Enséñeseles a buscar a Cristo
en la fiel meditación de la Palabra de Dios, en
la activa comunicación con los sacrosantos misterios de la Iglesia,
sobre todo en la Eucaristía y el Oficio divino; en
el Obispo, que los envía, y en los hombres a
quienes son enviados, principalmente en los pobres, los niños, los
enfermos, los pecadores y los incrédulos. Amen y veneren con
filial confianza a la Santísima Virgen María, a la que
Cristo, muriendo en la cruz, entregó como madre al discípulo"[137].
46.
El texto conciliar merece una meditación detenida y amorosa, de
la que fácilmente se pueden sacar algunos valores y exigencias
fundamentales del camino espiritual del candidato al sacerdocio.
Se requiere ante
todo, el valor y la exigencia de "vivir íntimamente unidos"
a Jesucristo. La unión con el Señor Jesús, fundada en
el Bautismo y alimentada con la Eucaristía, exige que sea
expresada en la vida de cada día, renovándola radicalmente. La
comunión íntima con la Santísima Trinidad, o sea, la vida
nueva de la gracia que hace hijos de Dios, constituye
la "novedad" del creyente: una novedad que abarca el ser
y el actuar. Constituye el "misterio" de la existencia cristiana
que está bajo el influjo del Espíritu; en consecuencia, debe
encarnar el "ethos" de la vida del cristiano. Jesús nos
ha enseñado este maravilloso contenido de la vida cristiana, que
es también el centro de la vida espiritual, con la
alegoría de la vid y los sarmientos: "Yo soy la
vid verdadera, y mi Padre es el viñador... Permaneced en
mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento
no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece
en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en
mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que
permanece en mí y yo en él, ese da mucho
fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada" (Jn.
15, 1. 4-5).
Cierto que, en la cultura actual, no faltan
valores espirituales y religiosos, y el hombre -a pesar de
toda apariencia contraria- sigue siendo incansablemente un hambriento y sediento
de Dios. Pero con frecuencia la religión cristiana corre el
peligro de ser considerada como una religión entre tantas o
quedar reducida a una pura ética social al servicio del
hombre. En efecto, no siempre aparece su inquietante novedad en
la historia: es "misterio"; es el acontecimiento del Hijo de
Dios que se hace hombre y da a cuantos lo
acogen el "poder de hacerse hijos de Dios" (Jn. 1,
12); es el anuncio, más aún, el don de una
alianza personal de amor y de vida de Dios con
el hombre. Los futuros sacerdotes solamente podrán comunicar a los
demás este anuncio sorprendente y gratificante, si, a través de
una adecuada formación espiritual, logran el conocimiento profundo y la
experiencia creciente de este "misterio" (cf. 1 Jn. 1, 1-4).
El
texto conciliar, aun consciente de la absoluta trascendencia del misterio
cristiano, relaciona la íntima comunión de los futuros presbíteros con
Jesús con una forma de amistad. No es ésta una
pretensión absurda del hombre. Es simplemente el don inestimable de
Cristo, que dice a sus apóstoles: "No os llamo ya
siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su
amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo
que oído a mi Padre os lo he dado a
conocer" (Jn. 15, 15).
El texto conciliar prosigue indicando un segundo
gran valor espiritual: la búsqueda de Jesús. "Enséñeles a buscar
a Cristo". Es éste, junto al quaerere Deum, un tema
clásico de la espiritualidad cristiana que encuentra su aplicación específica
precisamente en el contexto de la vocación de los apóstoles.
Juan, cuando nos narra el seguimiento por parte de los
dos primeros discípulos, muestra el lugar que ocupa esta "búsqueda".
Es el mismo Jesús el que pregunta: "¿Qué buscáis?". Y
los dos responden: "Rabbí... ¿Dónde vives?". Sigue el evangelista: <> (Jn. 1, 37-39).
En cierto modo la vida espiritual del que se prepara
al sacerdocio está dominada por esta búsqueda: por ella y
por el "encuentro" con el Maestro, para seguirlo, para estar
en comunión con El. También en el ministerio y en
la vida sacerdotal deberá continuar esta "búsqueda", pues es inagotable
el misterio de la imitación y participación en la vida
de Cristo. Así como también deberá continuar este "encontrar" al
Maestro, para poder mostrarlo a los demás, y mejor aún,
para suscitar en los demás el deseo de buscar al
Maestro. Pero esto es realmente posible si se propone a
los demás una "experiencia" de vida, una experiencia que vale
la pena compartir. Este ha sido el camino seguido por
Andrés para llevar a su hermano Simón a Jesús: Andrés,
escribe el evangelista Juan, "se encuentra primeramente con su hermano
Simón y le dice: "Hemos encontrado al Mesías" -que quiere
decir Cristo-. Y le llevó donde Jesús" (Jn. 1, 41-42).
Y así también Simón es llamado -como apóstol- al seguimiento
de Cristo: <> (Jn. 1, 42).
Pero ¿qué significa, en la
vida espiritual, buscar a Cristo? y ¿dónde encontrarlo? "Maestro, ¿dónde
vives?". El decreto conciliar Optatam totius parece indicar un triple
camino: la meditación fiel de la palabra de Dios, la
participación activa en los sagrados misterios de la Iglesia, el
servicio de la caridad a los "más pequeños". Se trata
de tres grandes valores y exigencias que nos delimitan ulteriormente
el contenido de la formación espiritual del candidato al sacerdocio.
47.
Elemento esencial de la formación espiritual es la lectura meditada
y orante de la Palabra de Dios (lectio divina); es
la escucha humilde y llena de amor que se hace
elocuente. En efecto, a la luz y con la fuerza
de la Palabra de Dios es como puede descubrirse, comprenderse,
amarse y seguirse la propia vocación; y también cumplirse la
propia misión, hasta tal punto que toda la existencia encuentra
su significado unitario y radical en ser el fin de
la Palabra de Dios que llama al hombre, y el
principio de la palabra del hombre que responde a Dios.
La familiaridad con la Palabra de Dios facilitará el itinerario
de la conversión, no solamente en el sentido de apartarse
del mal para adherirse al bien, sino también en el
sentido de alimentar en el corazón los pensamientos de Dios,
de forma que la fe, como respuesta a la Palabra,
se convierta en el nuevo criterio de juicio y valoración
de los hombres y de las cosas, de los acontecimientos
y problemas.
Pero es necesario acercarse y escuchar la Palabra de
Dios tal como es, pues hace encontrar a Dios mismo,
a Dios que habla al hombre; hace encontrar a Cristo,
el Verbo de Dios, la Verdad que a la vez
es Camino y Vida (cf. Jn. 14, 6). Se trata
de leer las "escrituras" escuchando las "palabras", la "Palabra" de
Dios, como nos recuerda el Concilio: "La Sagrada Escritura contiene
la Palabra de Dios, y en cuanto inspirada es realmente
Palabra de Dios"[138]. Y el mismo Concilio: "En esta revelación
Dios invisible (cf. Col. 1, 15; 1 Tim. 1, 17),
movido de amor, habla a los hombres como a amigos
(cf. Ex. 33, 11; Jn. 15, 14-15), trata con ellos
(cf. Bar. 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su
compañía"[139].
El conocimiento amoroso y la familiaridad orante con la Palabra
de Dios revisten un significado específico en el ministerio profético
del sacerdote, para cuyo cumplimiento adecuado son una condición imprescindible,
principalmente en el contexto de la "nueva evangelización", a la
que hoy la Iglesia está llamada. El Concilio exhorta: "Todos
los clérigos, especialmente los sacerdotes, diáconos y catequistas dedicados por
oficio al ministerio de la palabra, han de leer y
estudiar asiduamente la Escritura para no volverse "predicadores vacíos de
la palabra, que no la escucha por dentro" (San Agustín,
Serm. 179, 1: PL. 38, 966)"[140].
La forma primera y fundamental
de respuesta a la Palabra es la oración, que constituye
sin duda un valor y una exigencia primarios de la
formación espiritual. Esta debe llevar a los candidatos al sacerdocio
a conocer y experimentar el sentido auténtico de la oración
cristiana, el de ser un encuentro vivo y personal con
el Padre por medio del Hijo unigénito bajo la acción
del Espíritu; un diálogo que participa en el coloquio filial
que Jesús tiene con el Padre. Un aspecto, ciertamente no
secundario, de la misión del sacerdote es el de ser
"maestro de oración". Pero el sacerdote solamente podrá formar a
los demás en la escuela de Jesús orante, si él
mismo se ha formado y continúa formándose en la misma
escuela. Esto es lo que piden los hombres al sacerdote:
"El sacerdote es el hombre de Dios, el que pertenece
a Dios y hace pensar en Dios. Cuando la Carta
a los Hebreos habla de Cristo, lo presenta como un
Sumo Sacerdote "misericordioso y fiel en lo que toca a
Dios" (Heb. 2, 17)... Los cristianos esperan encontrar en el
sacerdote no sólo un hombre que los acoge, que los
escucha con gusto y les muestra una sincera amistad, sino
también y sobre todo un hombre que les ayude a
mirar a Dios, a subir hacia El. Es preciso, pues,
que el sacerdote esté formado en una profunda intimidad con
Dios. Los que se preparan para el sacerdocio deben comprender
que todo el valor de su vida sacerdotal dependerá del
don de sí mismos que sepan hacer a Cristo y,
por medio de Cristo, al Padre"[141].
En un contexto de agitación
y bullicio como el de nuestra sociedad, un elemento pedagógico
necesario para la oración es la educación al significado humano
profundo y al valor religioso del silencio, como atmósfera espiritual
indispensable para percibir la presencia de Dios y dejarse conquistar
por ella (cf. 1 Re. 19, 11 ss).
48. El culmen
de la oración cristiana es la Eucaristía, que a su
vez es "la cumbre y la fuente" de los Sacramentos
y de la Liturgia de las Horas. Para la formación
espiritual de todo cristiano, y en especial de todo sacerdote,
es muy necesaria la educación litúrgica, en el sentido pleno
de una inserción vital en el misterio pascual de Jesucristo
muerto y resucitado, presente y operante en los sacramentos de
la Iglesia. La comunión con Dios, soporte de toda la
vida espiritual, es un don y un fruto de los
sacramentos; y al mismo tiempo es un deber y una
responsabilidad que los sacramentos confían a la libertad del creyente,
para que viva esa comunión en las decisiones, opciones, actitudes
y acciones de su existencia diaria. En este sentido, la
"gracia" que hace "nueva" la vida cristiana es la gracia
de Jesucristo muerto y resucitado, que sigue derramando su Espíritu
santo y santificador en los sacramentos; igualmente la "ley nueva",
que debe ser guía y norma de la existencia del
cristiano, está escrita por los sacramentos en el "corazón nuevo".
Y es ley de caridad para con Dios y los
hermanos, como respuesta y prolongación del amor de Dios al
hombre, significada y comunicada por los sacramentos. Se entiende el
valor de esta participación "plena, consciente y activa"[142] en las
celebraciones sacramentales, gracias al don y acción de aquella "caridad
pastoral" que constituye el alma del ministerio sacerdotal.
Esto se aplica
sobre todo a la participación en la Eucaristía, memorial de
la muerte sacrificial de Cristo y de su gloriosa resurrección,
"sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad"[143], banquete
pascual en el que "Cristo es nuestra comida, se celebra
el memorial de su pasión, el alma se llena de
gracia y se nos da la prenda de la gloria
futura"[144]. Ahora bien, los sacerdotes, por su condición de ministros
de las cosas sagradas, son sobre todo los ministros del
Sacrificio de la Misa:[145] su papel es totalmente insustituible, porque
sin sacerdote no puede haber sacrificio eucarístico.
Esto explica la importancia
esencial de la Eucaristía para la vida y el ministerio
sacerdotal y, por tanto, para la formación espiritual de los
candidatos al sacerdocio. Con gran sencillez y buscando la máxima
concreción deseo repetir que "es necesario que los seminaristas participen
diariamente en la celebración eucarística, de forma que luego tomen
como regla de su vida sacerdotal la celebración diaria. Además,
han de ser educados a considerar la celebración eucarística como
el momento esencial de su jornada, al que participarán activamente,
sin contentarse nunca con una asistencia meramente habitual. Fórmese también
a los aspirantes al sacerdocio según aquellas actitudes íntimas que
la Eucaristía fomenta: la gratitud por los bienes recibidos del
cielo, ya que la Eucaristía significa acción de gracias; la
actitud donante que los lleve a unir su entrega personal
al ofrecimiento eucarístico de Cristo; la caridad alimentada por un
sacramento que es signo de unidad y de participación; el
deseo de contemplación y adoración ante Cristo realmente presente bajo
las especies eucarísticas"[146].
Es necesario y también urgente invitar a redescubrir,
en la formación espiritual, la belleza y la alegría del
Sacramento de la Penitencia. En una cultura en la que,
con nuevas y sutiles formas de autojustificación, se corre el
riesgo de perder el "sentido del pecado" y, en consecuencia,
la alegría consoladora del perdón (cf. Sal. 51, 14) y
del encuentro con Dios "rico en misericordia" (Ef. 2, 4),
urge educar a los futuros presbíteros en la virtud de
la penitencia, alimentada con sabiduría por la Iglesia en sus
celebraciones y en los tiempos del año litúrgico, y que
encuentra su plenitud en el sacramento de la Reconciliación. De
aquí provienen el significado de la ascesis y de la
disciplina interior, el espíritu de sacrificio y de renuncia, la
aceptación de la fatiga y de la cruz. Se trata
de elementos de la vida espiritual, que con frecuencia se
presentan particularmente difíciles para muchos candidatos al sacerdocio, acostumbrados a
condiciones de vida de relativa comodidad y bienestar, y menos
propensos y sensibles a estos elementos a causa de modelos
de comportamiento e ideales presentados por los medios de comunicación
social, incluso en los países donde las condiciones de vida
son más pobres y la situación de los jóvenes más
austera. Por esta razón, pero sobre todo para poner en
práctica -a ejemplo de Cristo buen Pastor- "la donación radical
de sí mismo" propia del sacerdote, los Padres sinodales señalan
que "es necesario inculcar el sentido de la cruz, que
es el centro del misterio pascual. Gracias a esta identificación
con Cristo crucificado, como siervo, el mundo puede volver a
encontrar el valor de la austeridad, del dolor y también
del martirio, dentro de la actual cultura imbuída de secularismo,
codicia y hedonismo"[147].
49. La formación espiritual comporta también buscar a
Cristo en los hombres.
En efecto, la vida espiritual, es vida
interior, vida de intimidad con Dios, vida de oración y
contemplación. Pero del encuentro con Dios y con su amor
de Padre de todos, nace precisamente la exigencia indeclinable del
encuentro con el prójimo, de la propia entrega a los
demás, en el servicio humilde y desinteresado que Jesús ha
propuesto a todos como programa de vida en el lavatorio
de los pies a los apóstoles: "Os he dado ejemplo,
para que también vosotros hagáis como yo he hecho con
vosotros" (Jn. 13, 15).
La formación de la propia entrega generosa
y gratuita, favorecida también por la vida comunitaria seguida en
la preparación del sacerdocio, representa una condición irrenunciable para quien
está llamado a hacerse epifanía y transparencia del buen Pastor
que da la vida (cf. Jn. 10, 11.15). Bajo este
aspecto la formación espiritual tiene y debe desarrollar su dimensión
pastoral o caritativa intrínseca, y puede servirse útilmente de una
justa -profunda y tierna, a la vez- devoción al Corazón
de Cristo, como han indicado los Padres del Sínodo: "Formar
a los futuros sacerdotes en la espiritualidad del Corazón del
Señor supone llevar una vida que corresponda al amor y
al afecto de Cristo Sacerdote y buen Pastor: a su
amor al Padre en el Espíritu Santo, a su amor
a los hombres hasta inmolarse entregando su vida"[148].
Por tanto el
sacerdote es el hombre de la caridad, y está llamado
a educar a los demás en la imitación de Cristo
y en el mandamiento nuevo del amor fraterno (cf. Jn.
15, 12). Pero esto exige que él mismo se deje
educar continuamente por el Espíritu en la caridad del Señor.
En este sentido, la preparación al sacerdocio tiene que incluir
una seria formación de la caridad, en particular del amor
preferencial por los "pobres", en los cuales, mediante la fe,
descubre la presencia de Jesús (cf. Mt. 25, 40) y
al amor misericordioso por los pecadores.
En la perspectiva de la
caridad, que consiste en el don de sí mismo por
amor, encuentra su lugar en la formación espiritual del futuro
sacerdote la educación de la obediencia, del celibato y de
la pobreza[149]. En este sentido invitaba el Concilio: "Entiendan con
toda claridad los alumnos que su destino no es el
mando ni son los honores, sino la entrega total al
servicio de Dios y al ministerio pastoral. Con singular cuidado
edúqueselas en la obediencia sacerdotal, en el tenor de vida
pobre y en el espíritu de la propia abnegación, de
suerte que se habitúen a renunciar con prontitud a las
cosas que, aun siendo lícitas, no convienen, y a asemejarse
a Cristo crucificado"[150].
50. La formación espiritual de quien es llamado
a vivir el celibato debe dedicar una atención particular a
preparar al futuro sacerdote para conocer, estimar, amar y vivir
el celibato en su verdadera naturaleza y en su verdadera
finalidad, y por tanto, en sus motivaciones evangélicas, espirituales y
pastorales. Presupuesto y contenido de esta preparación es la virtud
de la castidad, que determina todas las relaciones humanas y
lleva a experimentar y manifestar... un amor sincero, humano, fraterno,
personal y capaz de sacrificios, siguiendo el ejemplo de Cristo,
con todos y con cada uno"[151].
El celibato de los sacerdotes
reviste a la castidad con algunas características de las cuales
ellos, "renunciando a la sociedad conyugal por el reino de
los cielos (cf. Mt. 19, 12), se unen al Señor
con un amor indiviso, que está íntimamente en consonancia con
el Nuevo Testamento; dan testimonio de la resurrección en el
siglo futuro (cf. Lc. 20, 36) y tienen a mano
una ayuda importantísima para el ejercicio continuo de aquella perfecta
caridad que les capacita para hacerse todo a todos en
su ministerio sacerdotal"[152]. En este sentido el celibato sacerdotal no
se puede considerar simplemente como una norma jurídica, ni como
una condición totalmente extrínseca para ser admitidos a la ordenación,
sino como un valor profundamente ligado con la sagrada Ordenación,
que configura a Jesucristo buen Pastor y Esposo de la
Iglesia, y, por tanto, como la opción de un amor
más grande e indiviso a Cristo y a su Iglesia,
con la disponibilidad plena y gozosa del corazón para el
ministerio pastoral. El celibato ha de ser considerado como una
gracia especial, como un don que "no todos entienden..., sino
sólo aquéllos a quienes se les ha concedido" (Mt. 19,
11).
Ciertamente es una gracia que no dispensa de la respuesta
consciente y libre por parte de quien la recibe, sino
que la exige con una fuerza especial. Este carisma del
Espíritu lleva consigo también la gracia para que el que
lo recibe permanezca fiel durante toda su vida y cumpla
con generosidad y alegría los compromisos correspondientes. En la formación
del celibato sacerdotal deberá asegurarse la conciencia del "don precioso
de Dios"[153], que llevará a la oración y la vigilancia
para que el don sea protegido de todo aquello que
pueda amenazarlo.
Viviendo su celibato el sacerdote podrá ejercer mejor su
ministerio en el pueblo de Dios. En particular, dando testimonio
del valor evangélico de la virginidad, podrá ayudar a los
esposos cristianos a vivir en plenitud el "gran sacramento" del
amor de Cristo Esposo hacia la Iglesia su esposa, así
como su fidelidad en el celibato servirá también de ayuda
para la fidelidad de los esposos[154].
La importancia y delicadeza de
la preparación al celibato sacerdotal, especialmente en las situaciones sociales
y culturales actuales, han llevado a los Padres sinodales a
una serie de cuestiones, cuya validez permanente está confirmada por
la sabiduría de la madre Iglesia. Las propongo autorizadamente como
criterios que deben seguirse en la formación de la castidad
en el celibato: "Los Obispos, junto con los rectores y
directores espirituales de los seminarios, establezcan principios, ofrezcan criterios y
ofrezcan ayudas para el discernimiento en esta materia. Son de
máxima importancia para la formación de la castidad en el
celibato la solicitud del Obispo y la vida fraterna entre
los sacerdotes. En el seminario, o sea, en su programa
de formación, debe presentarse el celibato con claridad, sin ninguna
ambigüedad y de forma positiva. El seminarista debe tener un
adecuado grado de madurez psíquica y sexual, así como una
vida asidua y auténtica de oración, y debe ponerse bajo
la dirección de un padre espiritual. El director espiritual debe
ayudar al seminarista para que llegue a una decisión madura
y libre, que esté fundada en la estima de la
amistad sacerdotal y de la autodisciplina, como también en la
aceptación de la soledad y en un correcto estado personal
físico y psicológico. Para ello los seminaristas deben conocer bien
la doctrina del Concilio Vaticano II, la encíclica Sacerdotalis caelibatus
y la Instrucción para la formación del celibato sacerdotal, publicada
por la Congregación para la Educación Católica en 1974. Para
que el seminarista pueda abrazar con libre decisión el celibato
por el Reino de los cielos, es necesario que conozca
la naturaleza cristiana y verdaderamente humana, y el fin de
la sexualidad en el matrimonio y en el celibato. También
es necesario instruir y educar a los fieles laicos sobre
las motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales propias del celibato sacerdotal,
de modo que ayuden a los presbíteros con la amistad,
comprensión y colaboración"[155].
[133] Cf. S. Agustín, Confes., I,
1: CSEL 33, 1.
[134] Sínodo de los Obispos, VIII
Asam. Gen. Ord. La formación de los sacerdotes en las
circunstancias actuales" "Instrumentum laboris", 30.
[135] Propositio 22.
[136] Propositio
23.
[137] Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 8.
[138] Const. dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 24.
[139] Ibid., 2.
[140] Const. dogm. sobre la divina revelación
Dei Verbum, 25.
[141] Angelus (4 marzo 1990), 2-3: L´Osservatore
Romano, 5-6 marzo 1990.
[142] Conc. Ecum. Vat. II, Const.
sobre la sagrada liturgia Sacrosantum concilium, 14.
[143] S. Agustín,
In Iohannis Evangelium Tractatus 26, 13: l. c., 266.
[144]
Liturgia de las Horas, Antífona al "Magnificat" de las segundas
Vísperas en la Solemnidad del S. Cuerpo y Sangre de
Cristo.
[145] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el
ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 13.
[146]
Angelus (1 julio 1990), 3: L´Osservatore Romano 2-3 julio 1990.
[147] Propositio 23.
[148] Ibid.
[149] Cf. Ibid.
[150] Decreto
sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 9.
[151] S. Congregación
para la Educación Católica, Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 enero
1970), l. c., 354.
[152] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto
sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 10.
[153] Ibid.
[154]
Carta a todos los sacerdotes de la Iglesia con ocasión
del Jueves Santo (8 abril 1979): Insegnamenti II/1 (1979), 841-862.
[155] Propositio 24.
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