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| Sacerdocio y fragilidad |
De la Jornada Mundial de la Juventud en Toronto
2002 sabemos cuales fue uno de sus más importantes efectos:
la respuesta de muchos jóvenes a la llamada de Cristo
a seguirle por el camino del sacerdocio. En los tiempos
que corren, y con todo lo que está cayendo, no
es poco. El Espíritu Santo, como siempre, rompe todos los
cálculos humanos. Una de las aparentes razones que pronosticarían el
fracaso de la acción pastoral de la Iglesia, la pérdida
de vocaciones, y hasta la hecatombe eclesial, podría haber sido
la crisis de la Iglesia en Estados Unidos con los
casos de pederastia de un considerable número de sacerdotes. Es
verdad que en la lista de "colectivos" acusados los sacerdotes
católicos están en la cola, detrás de educadores y familiares.
Pero la situación, tremendamente grave, lleva a "reflexionar sobre las
causas profundas de esta evidente pérdida del sentido sobrenatural del
sacerdocio y de la aspiración al seguimiento fiel de Jesucristo
en esos clérigos desventurados", como escribió en su día el
periodista Ramón Pi. Seguramente, entre estas causas no hay que
desdeñar la negligente formación de los seminarios norteamericanos, tentados a
ser más colegios mayores que comunidades de discernimiento, o la
mentalidad burguesa del subjetivismo moral tan arraigada en las sociedades
pudientes y liberales.
Ahora bien, como el mismo Ramón Pi apuntó
sobre este tema, "el modo de ayudar a que estos
hechos no se repitan no será ni suprimiendo el celibato
sacerdotal, ni permitiendo la ordenación de las mujeres, ni adoptando
esta panoplia de medidas que sectores de la propia Iglesia
han elegido como bandera de su contestación a la autoridad
del Papa, como se comprueba sin ninguna dificultad con sólo
echar un vistazo a la pederastia en el mundo. Aprovechar
este episodio tremendo para insistir en la abolición del tesoro
que representa el celibato de los sacerdotes católicos no es
más que un torpe ejercicio de oportunismo demagógico".
Los sacerdotes de
mi generación tenemos la suerte de no haber vivido la
época inmediatamente postconciliar de cierta confusión sobre la vigencia de
algunas tradiciones eclesiales, como la del celibato sacerdotal. En nuestro
caso la reivindicación del celibato opcional parece un sin sentido,
porque nuestro celibato es opcional. Nadie nos ha obligado a
ser célibes, ni se nos ha pasado por la cabeza
otra forma de entender nuestra vocación sacerdotal que como vocación
también al celibato. No llegamos al seminario amparados por una
sociedad que prestigiase ese camino de vida, sino que en
el descubrimiento de la llamada de Dios lo que ha
habido es un encuentro con uno o varios sacerdotes felices,
llenos de vitalidad, con una humanidad que nos atraía de
tal modo que suscitaba una inquietud imborrable: ¿No me llamará
el Señor a seguirle como lo hace este sacerdote? Y,
evidentemente, este atractivo incluía la vivencia del celibato, una especie
de radical libertad para vivir la entrega por entero a
los demás. Aunque luego nos enteramos, en los estudios del
Seminario, que para el sacerdocio el celibato no es una
condición esencial, sino una conquista eclesial de una experiencia más
vivencial, auténtica y totalitaria del ministerio sacerdotal, no podíamos habernos
imaginado otro modo de ser sacerdotes que como los apóstoles,
dejándolo todo, también la propia familia, para construir la familia
de la comunidad apostólica en torno a Jesús, y la
familia de la comunidad misionera, a la que fuésemos enviados
por Jesús.
Yo no tengo vocación a ejercer una función, ni
mi sacerdocio es una profesión. Nunca lo he entendido así.
No conozco ningún sacerdote que lo entienda y que lo
viva así. Mi vocación consiste en seguir a Cristo Jesús
siendo otro Cristo Jesús. Su vocación es la mía. Él
vivió para hacer la voluntad del Padre, yo pido la
gracia de poder vivir para hacer la voluntad del Padre.
Él vivió para los demás, yo pido la gracia de
vivir para los demás. Él vivió célibe para cumplir su
misión, yo pido la gracia del celibato para cumplir mi
misión. Mi experiencia como sacerdote me dice, de hecho, que
la fidelidad al celibato no es una conquista, sino una
gracia. Tampoco se sostiene desde la soledad y la renuncia
a la experiencia de la familia. Jesús nos enseño a
amar, a hacer familia, con todos y entre todos. Es
más, nos trajo la experiencia de la familia trinitaria, amor
consumado en la perfecta unidad. El gran enemigo del celibato
no es tanto la cultura hedonista de cuya influencia nadie
esta liberado, sino la soledad, la exclusión social de una
cultura laicista que nos mira y nos presenta como bichos
raros, y la tentación al desanimo cuando no vemos la
cosecha de nuestra siembra. Pero justo son estas las dificultades
que se evaporan cuando el sacerdote encuentra, junto a su
debilidad personal, la fuerza de la comunión cristiana, a la
que ninguna otra experiencia humana de gozo y de afecto
puede comparársela. Porque los sacerdotes no somos supermanes, necesitamos de
la fraternidad sacerdotal y de la compañía de la comunidad.
Porque sólo en medio del Pueblo cristiano, Iglesia-familia, podemos sostenernos.
Manuel María Bru Alonso
Delegado Diocesano de Medios de
Comunicación Social
de la Archidiócesis de Madrid

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