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LA OCASIÓN Y PREPARACIÓN DEL CONCILIO
La idea de este gran
concilio parece que se debió a Nestorio, el obispo de
Constantinopla. San Cirilo, Patriarca de Alejandría, le había acusado ante
el Papa San Celestino de herejía, y el Papa había
replicado el 11 de Agosto de 430 encargando a San
Cirilo que asumiera su autoridad y avisara en su nombre
a Nestorio de que, salvo que se retractara dentro de
los diez días de la recepción de este ultimátum, se
le consideraría excomulgado y depuesto. El requerimiento le fue entregado
a Nestorio un domingo, el 30 de Noviembre o el
7 de Diciembre, por cuatro obispos enviados por Cirilo. Pero
Nestorio estaba evidentemente bien informado de lo que era de
esperar. Se consideró a sí mismo como habiendo sido calumniado
ante el Papa, y optó por no entregarse en manos
de Cirilo. Éste era, en su opinión, no sólo un
enemigo personal, sino un teólogo peligroso, que estaba reviviendo hasta
cierto punto los errores de Apolinar. Nestorio tenía influencia sobre
el emperador de Oriente, Teodosio II, al que indujo a
convocar un concilio general para juzgar sobre la discrepancia entre
el Patriarca de Alejandría y él mismo, y trabajó tan
bien que las cartas de convocatoria del emperador a todos
los metropolitanos se publicaron el 19 de Noviembre, unos días
antes de que los mensajeros de Cirilo llegaran. El emperador
pudo tomar esta decisión sin que pareciera demasiado que favorecía
a Nestorio, porque los monjes de la capital, a quienes
Nestorio había excomulgado por su oposición a su enseñanza herética,
habían apelado también a él para que convocara un concilio.
Nestorio, por tanto, no prestó atención al ultimátum del Papa,
y rechazó dejarse guiar por el consejo de someterse que
su amigo Juan, el Patriarca de Antioquía, le ofreció.
El
Papa estaba contento de que todo Oriente se uniera para
condenar la nueva herejía. Envió a dos obispos, Arcadio y
Proyecto para representarle a él y a su concilio romano,
y al sacerdote romano Felipe, como su representante personal. Felipe,
por tanto, tomó el primer lugar, aunque, al no ser
obispo, no podía presidir. Probablemente se daba por supuesto que
el Patriarca de Alejandría sería el presidente. Se ordenó a
los legados que no tomaran parte en las discusiones, sino
que juzgaran sobre ellas. Parece que Calcedonia, veinte años después,
estableció el precedente de que los legados papales fueran siempre
técnicamente los presidentes de un concilio ecuménico, y esto fue
en lo sucesivo considerado como algo que se daba por
supuesto y los historiadores griegos suponían que ese debió ser
el caso en Nicea.
El emperador estaba ansioso por la presencia
del prelado más venerado de todo el mundo, Agustín, y
envió un mensajero especial al gran hombre con una carta
en términos honorables. Pero el santo había muerto durante el
sitio de Hipona en Agosto anterior, aunque los disturbios de
África habían impedido que la noticia llegara a Constantinopla. Teodosio escribió
una carta airada a Cirilo, y una atemperada al concilio.
El tono de esta última epístola y de las instrucciones
dadas al comandante imperial, conde Candidiano, de ser absolutamente imparcial,
son atribuidas por las Actas coptas a la influencia ejercida
sobre el emperador por el Abad Víctor, que había sido
enviado a Constantinopla por Cirilo para actuar como su agente
en la Corte por la veneración y amistad que se
sabía que Teodosio sentía por el santo varón.
LLEGADA DE LOS
PARTICIPANTES A ÉFESO
Nestorio, con dieciséis obispos, y Cirilo, con cincuenta,
llegaron antes de Pentecostés a Éfeso. Las Actas coptas nos
cuentan que las dos partes llegaron el mismo día, y
que por la tarde Nestorio propuso que todos se reunieron
en el oficio de Vísperas. Los demás obispos rehusaron. Memnón,
obispo de Éfeso, temía la violencia, y envió sólo a
su clero a la iglesia. La mención de un tal
Flaviano, que parece ser el obispo de Filipos, arroja alguna
duda sobre esta historia, pues ese obispo no llegó hasta
más tarde. Memnón de Éfeso tenía presentes cuarenta sufragáneos, sin
contar doce de Panfilia (a los que Juan de Antioquia
llama herejes). Juvenal de Jerusalén, con los obispos vecinos a
quienes consideraba como sus sufragáneos, y Flaviano de Filipos, con
un contingente de las regiones que consideraban a Tesalónica como
su metrópoli, llegaron poco después de Pentecostés. El Patriarca de
Antioquia, Juan, un viejo amigo de Nestorio, escribió para explicar
que sus sufragáneos no habían podido ponerse en marcha hasta
después de la Octava de Pascua. (Las Actas coptas dicen
que había hambre en Antioquia). El viaje de treinta días
se había alargado por la muerte de algunos caballos; realizaría
las últimas cinco o seis etapas con calma. Pero no
llegó, y se dijo que se estaba entreteniendo porque no
deseaba unirse a la condena de Nestorio. Mientras tanto el
calor era grande. Muchos obispos estaban enfermos. Dos o tres
murieron. Dos de los metropolitanos de Juan, los de Apamea
y de Hierápolis, llegaron y declararon que Juan no deseaba
que la apertura del concilio se aplazara por su retraso.
Sin embargo, estos dos obispos y Teodoreto de Ciro, con
otros sesenta y cinco, escribieron un memorial dirigido a San
Cirilo y a Juvenal de Jerusalén, pidiendo que se esperara
a la llegada de Juan. El conde Candidiano llegó, con
el decreto imperial, y adoptó la misma opinión.
EL CONCILIO
PROPIAMENTE DICHO
Pero Cirilo y la mayoría determinaron abrir el concilio
el 22 de Junio, al haber pasado dieciséis días desde
que Juan anunció su llegada en cinco o seis. Estaba
claro para la mayoría que este retraso era intencionado, y
probablemente tenían razón. Aun así es lamentable que no se
hicieran todas las concesiones posibles, especialmente cuando aún no habían
llegado noticias de Roma. Porque Cirilo había escrito al Papa
en relación con una importante cuestión de procedimiento. Nestorio no
se había retractado en los diez días fijados por el
papa, y por consiguiente se le trataba como excomulgado por
la mayoría de los obispos. ¿Se le iba a conceder
un nuevo juicio, aunque el Papa ya lo hubiera condenado?
¿O, por el contrario, meramente se le iba a dar
la oportunidad de explicar o excusar su rebeldía? Uno podía
presumir que el Papa Celestino, al aprobar el concilio, pretendía
que Nestorio tuviera un juicio completo, y de hecho esto
declaraba en su carta que aún estaba en camino. Pero
como no le había llegado la respuesta a Cirilo, este
santo consideró que no tenía derecho a tratar la sentencia
del Papa como una cuestión de discusión ulterior, y sin
duda no deseaba mucho hacerlo así.
Primera Sesión (22 de Junio)
El
concilio se reunió el 22 de Junio, y San Cirilo
asumió la presidencia tanto como Patriarca de Alejandría “como ocupando
el lugar del santísimo y bienaventurado arzobispo de la Iglesia
de Roma, Celestino”, para llevar a cabo su encargo original,
que él consideraba, en ausencia de respuesta de Roma, que
estaba aún en vigor.
Por la mañana estaban presentes 160
obispos, y por la tarde se reunieron 198. La sesión
comenzó con una justificación de la decisión de no retrasar
más la apertura. Nestorio había sido invitado a asistir el
día anterior. Respondió que iría si así lo decidiera. Ante
una segunda convocatoria, que le fue remitida ahora, envió un
mensaje desde su casa, que estaba rodeada de hombres armados,
de que comparecería cuando todos los obispos hubieran llegado. De
hecho sólo unos veinte de los sesenta y ocho que
habían pedido un aplazamiento se habían unido a Cirilo, y
los propios sufragáneos de Nestorio también estaban ausentes. A una
tercera convocatoria no dio respuesta. Esta actitud se corresponde con
su actitud original ante el ultimátum enviado por Cirilo. No
reconocía a Cirilo como juez, y consideraba la apertura del
concilio antes de la llegada de sus amigos de Antioquia
como una flagrante injusticia. La sesión prosiguió. Se leyó el
Credo niceno, y luego la segunda carta de Cirilo a
Nestorio, sobre la cual los obispos por deseo de Cirilo,
juzgaron por separado que estaba de acuerdo con la fe
de Nicea, hablando sucesivamente 126. Luego se leyó la respuesta
de Nestorio. Todos entonces gritaron Anatema a Nestorio. Luego se
leyó la carta del Papa Celestino a San Cirilo, y
después de ella la tercera carta de Cirilo a Nestorio
con los anatemas que el hereje debía aceptar. Los obispos
que habían entregado este ultimátum a Nestorio declararon que le
habían dado la carta. Había prometido su respuesta para el
día siguiente, pero no había dado ninguna, y ni siquiera
les dejó entrar.
Luego dos amigos de Nestorio, Teodoto de
Ancira y Acacio de Mitilene, fueron invitados por Cirilo a
dar una relación de sus conversaciones en Éfeso con Nestorio.
Acacio dijo que Nestorio había declarado repetidamente dimenaion e trimenaion
me dei legesthai Theon. El relato del propio Nestorio de
esta conversación en su “Apología” (Bethune-Baker, p. 71) muestra que
su frase debe traducirse así: “No debemos decir que Dios
tiene dos o tres meses de edad.”Esto no es tan
chocante como el sentido que habitualmente se ha atribuido a
las palabras en la época moderna tanto como en la
antigua (vg., por Sócrates, VII, xxxiv): “Un niño de dos
o tres meses de edad no debería ser llamado Dios.”
El primer sentido está de acuerdo con la acusación de
Acacio de que Nestorio declaró:”uno debe o bien negar que
la Divinidad (theotes) del Unigénito se ha hecho hombre, o
bien admitir lo mismo del Padre y el Espíritu Santo.”
(Nestorio quiere decir que la Naturaleza Divina es numéricamente una;
y si Nestorio realmente dijo theotes y no hypostasis, tenía
razón, y Acacio estaba equivocado).
Acacio además le acusó de pronunciar
la herejía de que el Hijo que murió debe distinguirse
de la Palabra de Dios. Entonces se leyó una serie
de extractos de los Santos Padres, Pedro I y Atanasio
de Alejandría, Julio y Félix de Roma (pero estas cartas
papales eran falsificaciones de Apolinar), Teófilo, el tío de Cirilo,
Cipriano, Ambrosio, Gregorio Nacianceno, Basilio, Gregorio de Nisa, Ático, Anfiloquio.
Después de estos, se leyeron pasajes comparados de los escritos
de Nestorio. Estos eran, naturalmente, piezas justificativas presentadas por Cirilo,
y necesarias para informar al concilio respecto a la cuestión
en litigio. Hefele ha entendido equivocadamente que los obispos estaban
examinando la doctrina de Nestorio de nuevo, sin aceptar la
condena del Papa como necesariamente correcta. Se presentó a continuación
una admirable carta de Capreolo, obispo de Cartago, y primado
de un número mayor de obispos que cualquiera de los
patriarcas orientales. Escribe en medio de la devastación de África
por los vándalos, y naturalmente no podía celebrar ningún sínodo
ni enviar obispos. No siguió ninguna discusión (y Hefele se
equivoca al sugerir una omisión en las Actas, que ya
son de extraordinaria longitud para un solo día), sino que
los obispos aceptaron con aclamación las palabras de Capreolo contra
la innovación y en elogio de la antigua fe, y
todos se adelantaron a firmar la sentencia contra Nestorio. Como
la excomunión de San Celestino estaba aún en vigor, y
Nestorio había rehusado con contumacia responder a la triple citación
ordenada por los cánones, la sentencia se expresó como sigue: El
santo sínodo dijo: Puesto que además del resto el muy
impío Nestorio no ha querido obedecer a nuestra citación, ni
recibir a los muy santos y temerosos de Dios obispos
que le enviamos, tenemos necesariamente que acudir nosotros mismos al
examen de sus impiedades; y habiendo entendido a partir de
sus cartas y de sus escritos, y de sus recientes
dichos en esta metrópoli de los que se nos ha
informado, que sus opiniones y enseñanzas son impías, estando necesariamente
obligados a ello tanto por los cánones [por su contumacia]
como por la carta [a Cirilo] de nuestro santísimo padre
y colega Celestino, obispo de la Iglesia Romana, con muchas
lágrimas hemos llegado a la penosa sentencia siguiente contra él:
Nuestro Señor, Jesucristo, del que él ha blasfemado, ha definido
por medio de este santo sínodo que el mismo Nestorio
sea excluido de toda dignidad episcopal y de toda asamblea
de obispos.
Esta sentencia recibió 198 firmas, y algunas más se
añadieron después. Una breve notificación dirigida al “nuevo Judas” se
envió a Nestorio. Las Actas coptas nos dicen que, como
no la quiso recibir, se le pegó en su puerta.
Todo el asunto se concluyó en una sola larga sesión,
y era tarde cuando se conoció el resultado. El pueblo
de Éfeso, lleno de regocijo, escoltó a los padres con
antorchas e incienso hasta sus casas. Por otra parte, el
conde Candidiano tuvo noticia de la deposición arrancada, y silenció
los gritos de las calles. El concilio escribió enseguida al
emperador y al pueblo y clero de Constantinopla, aunque las
Actas aún no habían sido escritas por completo. En una
carta a los obispos egipcios en la misma ciudad y
al abad Dalmacio (las Actas coptas lo sustituyen por el
abad Víctor), Cirilo les pide vigilancia, pues Candidiano estaba enviando
informes falsos. Se predicaron sermones por Cirilo y sus amigos,
y el pueblo de Éfeso estaba muy excitado. Incluso antes
de esto, Nestorio, escribiendo, con diez obispos, al emperador para
quejarse de que el concilio iba a comenzar sin esperar
a los de Antioquia y los de Occidente, había hablado
de la violencia del pueblo, incitado por su obispo Memnón
que (decía el hereje) le había cerrado las iglesias y
le amenazaba de muerte.
Llegada de Juan de Antioquia (27
de Junio)
Cinco días después de la primera sesión llegó Juan
de Antioquia. El partido de Cirilo envió una delegación para
recibirlo honorablemente, pero Juan estaba rodeado de soldados, y se
quejó de que los obispos estaban creando un tumulto. Antes
de que pudiera hablarles, celebró una asamblea que designó como
“santo sínodo”. Candidiano declaró que había desaprobado la reunión de
los obispos antes de la llegada de Juan; había asistido
a la sesión y leído la carta del emperador (de
esto no hay ni una palabra en las Actas, de
modo que aparentemente Candidiano estaba mintiendo). Juan acusó a Memnón
de violencia, y a Cirilo de herejía arriana, apolinariana y
eunomiana. Estos dos fueron depuestos por cuarenta y tres obispos
presentes; los miembros del concilio serían perdonados, siempre que condenaran
los doce anatemas de Cirilo. Esto era absurdo, pues la
mayoría de ellos no podía entenderse sino en sentido católico.
Pero Juan, que no era un mal hombre, estaba de
mal humor. Se ha de señalar que ni una palabra
se dijo a favor de Nestorio en esta asamblea. El
partido de Cirilo se estaba ahora quejando del conde Candidiano
y sus soldados, como la otra parte lo hizo de
Memnón y el populacho. Ambos partidos enviaron sus informes a
Roma. El emperador estaba muy dolido por la división, y
escribió que debía celebrarse una sesión colectiva, y comenzar de
nuevo el asunto. El funcionario que trajo esta epístola llamado
Paladio se llevó de vuelta muchas cartas de ambos bandos.
Cirilo propuso que el emperador mandara por él y cinco
obispos, para darle un relato exacto.
Segunda Sesión (10 de
Julio)
Al fin el 10 de Julio llegaron los enviados papales.
La segunda sesión se reunió en la residencia episcopal. El
legado Felipe inauguró el acto diciendo que la carta anterior
de San Celestino, en la que había decidido la cuestión
actual, ya había sido leída; el Papa había enviado ahora
otra carta. Se leyó esta. Contenía una exhortación general al
concilio, y concluía diciendo que los legados tenían instrucciones para
llevar a cabo lo que el Papa había decidido anteriormente;
sin duda el concilio estaría de acuerdo. Los Padres entonces
gritaron: Este es un juicio justo. ¡Celestino el nuevo Pablo!¡Cirilo
el nuevo Pablo! ¡Celestino el guardián de la Fe!¡Celestino de
acuerdo con el Sínodo! El Sínodo da las gracias a
Cirilo ¡Un Celestino, un Cirilo!
El legado Proyecto dice entonces que
la carta ordena al concilio, aunque éste no necesitaba instrucciones,
que lleve a efecto la sentencia que el Papa ha
pronunciado. Hefele interpreta esto erróneamente: “Es decir, que todos los
obispos debían acceder a la sentencia papal” (Vol. III, 136).
Firmo, el Exarca de Cesarea de Capadocia, responde que el
Papa, mediante la carta que envió a los obispos de
Alejandría, Jerusalén, Tesalónica, Constantinopla y Antioquia, había dictado hacía mucho
tiempo sus sentencia y decisión; y el sínodo – al
haber pasado lo diez días, y también un periodo mucho
más largo – habiendo esperado más allá del día de
apertura señalado por el emperador, había seguido el camino indicado
por el Papa, y, como Nestorio no compareció, había ejecutado
en él la sentencia papal, habiéndole infligido la pena canónica
y apostólica. Esto era una réplica a Proyecto, al declarar
que lo que requería el Papa había sido hecho, y
es un relato preciso de la labor de la primera
sesión y de la sentencia; canónica se refiere a las
palabras de la sentencia, “obligados necesariamente por los cánones”, y
apostólica a las palabras “y por la carta del obispo
de Roma”. El legado Arcadio expresó su disgusto por la
tardía llegada de su grupo, por las tormentas, y pidió
ver los decretos del concilio. Felipe, el legado personal del
Papa, agradeció luego a los obispos por adherirse mediante sus
aclamaciones como miembros santos a su sagrada cabeza – “Pues
sus santidades no ignoran que el apóstol Pedro es la
cabeza de la Fe y de los Apóstoles.” El Metropolitano
de Ancira declaró que Dios había demostrado la justicia de
la sentencia del sínodo con la llegada de la carta
de San Celestino y de los legados. La sesión se
clausuró con la lectura de la carta del Papa al
emperador.
Tercera Sesión (11 de Julio)
Al día siguiente, 11 de Julio,
tuvo lugar la tercera sesión. Los legados habían leído las
Actas de la primera sesión y ahora sólo pedían que
la condena de Nestorio se leyera formalmente en presencia de
ellos. Cuando se hubo hecho esto, los tres legados pronunciaron
por separado una confirmación en nombre del Papa. El exordio
del discurso de Felipe es célebre:
No cabe duda a nadie,
sino que se ha conocido en todos los tiempos, que
el santo y bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los
Apóstoles, la columna de la Fe, el fundamento de la
Iglesia Católica, recibió de nuestro Señor Jesucristo, el Salvador y
Redentor de la raza humana, las llaves del Reino, que
se le dio poder de atar y desatar los pecados,
que hasta este día y por siempre vive y juzga
en sus sucesores. Su sucesor en orden y su representante,
nuestro santo y más bienaventurado Papa Celestino...
Fue con palabras tales
como éstas ante sus ojos que los Padres griegos y
los concilios hablaron del Concilio de Éfeso como celebrado “por
Celestino y Cirilo”. Se leyó una traducción de estos discursos,
pues Cirilo entonces se levantó y dijo que el Sínodo
les había comprendido claramente; y ahora se debían presentar las
Actas de las tres sesiones a los legados para su
firma. Arcadio respondió que naturalmente estaban dispuestos. El sínodo ordenó
que se pusieran las Actas ante ellos, y las firmaron.
Se envió una carta al emperador, diciéndole cómo San Celestino
había celebrado un sínodo en Roma y había enviado sus
legados, que le representaban a él y a todo Occidente.
Todo el mundo estaba por tanto de acuerdo; Teodosio debía
permitir a los obispos volverse a sus casas, pues mucho
sufrían por estar en Éfeso, y sus diócesis también debían
sufrir. Sólo unos cuantos amigos de Nestorio resistían contra el
juicio del mundo. Se debía nombrar un nuevo obispo para
Constantinopla.
El 16 de Julio se celebró una sesión más
solemne, como la primera, en la catedral de la Theotokos.
Cirilo y Memnón presentaron una protesta escrita contra el conciliábulo
de Juan de Antioquia. Fue citado a comparecer, pero ni
siquiera recibió a los enviados.
Finalmente el piadoso y bienintencionado emperador
llegó a la extraordinaria decisión de que debía ratificar las
deposiciones decretadas por ambos concilios. Por tanto declaró que Cirilo,
Memnón, y Juan estaban todos depuestos. Memnón y Cirilo fueron
mantenidos en estrecho confinamiento. Pero a pesar de todos los
esfuerzos del partido de Antioquia, los representantes de los embajadores
que el concilio había en su momento aceptado enviar, con
el legado Felipe, a la Corte, persuadieron al emperador para
que aceptara el gran concilio como el único verdadero. Nestorio
anticipó su destino al pedir permiso para retirarse a su
antiguo monasterio. El sínodo se disolvió hacia primeros de Octubre,
y Cirilo llegó en medio de mucha alegría a Alejandría
el 30 de Octubre. San Celestino había muerto entonces, pero
su sucesor, San Sixto III, confirmó el concilio.(ACI_DIGITAL. Autor JOHN
CHAPMAN. Transcrito por Sean Hyland. Traducido por Francisco Vázquez)
MAGISTERIO
DEL CONCILIO DE ÉFESO De la Encarnación l [De la
Carta II de San Cirilo Alejandrino a Nestorio, leída y
aprobada en la sesión I]
Pues, no decimos que la naturaleza
del Verbo, transformada, se hizo carne; pero tampoco que se
trasmutó en el hombre entero, compuesto de alma y cuerpo;
sino, más bien, que habiendo unido consigo el Verbo, según
hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se
hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado
hijo del hombre, no por sola voluntad o complacencia, pero
tampoco por la asunción de la persona sola, y que
las naturalezas que se juntan en verdadera unidad son distintas,
pero que de ambas resulta un solo Cristo e Hijo;
no como si la diferencia de las naturalezas se destruyera
por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad
constituyen más bien para nosotros un solo Señor y Cristo
e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la
unidad... Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la
santa Virgen, y luego descendió sobre Él el Verbo; sino
que, unido desde el seno materno, se dice que se
sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento
de la propia carne... De esta manera [los Santos Padres]
no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la
santa Virgen.
Sobre la primacía del Romano Pontífice [Del discurso de Felipe,
Legado del Romano Pontífice, en la sesión III]
A nadie es
dudoso, antes bien, por todos los siglos fue conocido que
el santo y muy bienaventurado Pedro, principe y cabeza de
los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la
Iglesia Católica, recibió las llaves del reino de manos de
nuestro Señor Jesucristo, salvador y redentor del género humano, y
a él le ha sido dada potestad de atar y
desatar los pecados; y él, en sus sucesores, vive y
juzga hasta el presente y siempre [v. 1824].
Anatematismos o capítulos
de Cirilo (contra Nestorio)
Can. 1. Si alguno no confiesa que Dios
es según verdad el Emmanuel, y que por eso la
santa Virgen es madre de Dios (pues dió a luz
carnalmente al Verbo de Dios hecho carne), sea anatema.
Can 2.
Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios Padre
se unió a la carne según hipóstasis y que Cristo
es uno con su propia carne, a saber, que el
mismo es Dios al mismo tiempo que hombre, sea anatema.
Can.
3. Si alguno divide en el solo Cristo las hipóstasis
después de la unión, uniéndolas sólo por la conexión de
la dignidad o de la autoridad y potestad, y no
más bien por la conjunción que resulta de la unión
natural, sea anatema.
Can. 4. Si alguno distribuye entre dos personas
o hipóstasis las voces contenidas en los escritos apostólicos o
evangélicos o dichas sobre Cristo por los Santos o por
Él mismo sobre sí mismo; y unas las acomoda al
hombre propiamente entendido aparte del Verbo de Dios, y otras,
como dignas de Dios, al solo Verbo de Dios Padre,
sea anatema.
Can. 5. Si alguno se atreve a decir que
Cristo es hombre teóforo o portador de Dios y no,
más bien, Dios verdadero, como hijo único y natural, según
el Verbo se hizo carne y tuvo parte de modo
semejante a nosotros en la carne y en la sangre
[Hebr. 2, 14], sea anatema.
Can 6. Si alguno se atreve
a decir que el Verbo del Padre es Dios o
Señor de Cristo y no confiesa más bien, que el
mismo es juntamente Dios y hombre, puesto que el Verbo
se hizo carne, según las Escrituras [Ioh. 1, 14], sea
anatema.
Can. 7. Si alguno dice que Jesús fue ayudado como
hombre por el Verbo de Dios, y le fue atribuída
la gloria del Unigénito, como si fuera otro distinto de
Él sea anatema.
Can. 8. Si alguno se atreve a decir
que el hombre asumido ha de ser coadorado con Dios
Verbo y conglorificado y, juntamente con él, llamado Dios, como
uno en el otro (pues la partícula "con" esto nos
fuerza a entender siempre que se añade) y no, más
bien, con una sola adoración honra al Emmanuel y una
sola gloria le tributa según que el Verbo se hizo
carne [Ioh. 1, 14], sea anatema.
Can. 9. Si alguno dice
que el solo Señor Jesucristo fue glorificado por el Espíritu,
como si hubiera usado de la virtud de éste como
ajena y de Él hubiera recibido poder obrar contra los
espíritus inmundos y hacer milagros en medio de los hombres,
y no dice, más bien, que es su propio Espíritu
aquel por quien obró los milagros, sea anatema.
Can. 10. La
divina Escritura dice que Cristo se hizo nuestro Sumo Sacerdote
y Apóstol de nuestra confesión [Hebr. 3, 1] y que
por nosotros se ofreció a sí mismo en olor de
suavidad a Dios Padre [Eph. 5, 2]. Si alguno, pues,
dice que no fue el mismo Verbo de Dios quien
se hizo nuestro Sumo Sacerdote y Apóstol, cuando se hizo
carne y hombre entre nosotros, sino otro fuera de Él,
hombre propiamente nacido de mujer; o si alguno dice que
también por sí mismo se ofreció como ofrenda y no,
más bien, por nosotros solos (pues no tenía necesidad alguna
de ofrenda el que no conoció el pecado), sea anatema.
Can.
11. Si alguno no confiesa que la carne del Señor
es vivificante y propia del mismo Verbo de Dios Padre,
sino de otro fuera de Él, aunque unido a Él
por dignidad, o que sólo tiene la inhabitación divina; y
no, más bien, vivificante, como hemos dicho, porque se hizo
propia del Verbo, que tiene poder de vivificarlo todo, sea
anatema.
Can. 12. Si alguno no confiesa que el Verbo de
Dios padeció en la carne y fue crucificado en la
carne, y gustó de la muerte en la carne, y
que fue hecho primogénito de entre los muertos [Col. 1,
18] según es vida y vivificador como Dios, sea anatema.
De
la guarda de la fe y la tradición
Determinó el santo
Concilio que a nadie sea lícito presentar otra fórmula de
fe o escribirla o componerla, fuera de la definida por
los Santos Padres reunidos con el Espíritu Santo en Nicea...
...Si
fueren sorprendidos algunos, obispos, clérigos o laicos profesando o enseñando
lo que se contiene en la exposición presentada por el
presbítero Carisio acerca de la encarnación del unigénito Hijo de
Dios, o los dogmas abominables y perversos de Nestorio.. queden
sometidos a la sentencia de este santo y ecuménico Concilio..
.
Condenación de los pelagianos
Can. 1. Si algún metropolitano de provincia,
apartándose del santo y ecuménico Concilio, ha profesado o profesare
en adelante las doctrinas de Celestio, éste no podrá en
modo alguno obrar nada contra los obispos de las provincias,
pues desde este momento queda expulsado, por el Concilio, de
la comunión eclesiástica e incapacitado...
Can. 4. Si algunos clérigos se
apartaren también y se atrevieren a profesar en privado o
en público las doctrinas de Nestorio o las de Celestio,
también éstos, ha decretado el santo Concilio, sean depuestos.
De la
autoridad de San Agustín [De la Carta 21 Apostolici verba praecepti,
a los obispos de las Galias, de 15 (?) de
mayo de 431]
Cap. 2. A Agustín, varón de santa memoria,
por su vida y sus merecimientos, le tuvimos siempre en
nuestra comunión y jamás le salpicó ni el rumor de
sospecha siniestra; y recordamos que fue hombre de tan grande
ciencia, que ya antes fue siempre contado por mis mismos
predecesores entre los mejores maestros.
"Indículo" sobre la gracia de Dios,
o "Autoridades de los obispos anteriores de la Sede Apostólica" [Añadidas
a la misma Carta por los colectores de cánones]
Dado el
caso que algunos que se glorían del nombre católico, permaneciendo
por perversidad o por ignorancia en las ideas condenadas de
los herejes, se atreven a oponerse a quienes con más
piedad disputan, y mientras no dudan en anatematizar a Pelagio
y Celestio, hablan, sin embargo, contra nuestros maestros como si
hubieran pasado la necesaria medida, y proclaman que sólo siguen
y aprueban lo que sancionó y enseñó la sacratísima Sede
del bienaventurado Pedro Apóstol por ministerio de sus obispos, contra
los enemigos de la gracia de Dios; fue necesario averiguar
diligentemente qué juzgaron los rectores de la Iglesia romana sobre
la herejía que había surgido en su tiempo y qué
decretaron había de sentirse sobre la gracia de Dios contra
los funestísimos defensores del libre albedrío. Añadiremos también algunas sentencias
de los Concilios de Africa, que indudablemente hicieron suyas los
obispos Apostólicos, cuando las aprobaron. Así, con el fin de
que quienes dudan, se puedan instruir más plenamente, pondremos de
manifiesto las constituciones de los Santos Padres en un breve
índice a modo de compendio, por el que todo el
que no sea excesivamente pendenciero, reconozca que la conexión de
todas las disputas pende de la brevedad de las aquí
puestas autoridades y que no le queda ya razón alguna
de discusión, si con los católicos cree y dice:
Cap. 1.
En la prevaricación de Adán, todos los hombres perdieron "la
natural posibilidad" e inocencia, y nadie hubiera podido levantarse, por
medio del libre albedrío, del abismo de aquella ruina, si
no le hubiera levantado la gracia de Dios misericordioso, como
lo proclama y dice el Papa Inocencio, de feliz memoria,
en la Carta al Concilio de Cartago [de 416]: "Después
de sufrir antaño su libre albedrío, al usar con demasiada
imprudencia de sus propios bienes, quedó sumergido, al caer, en
lo profundo de su prevariación y nada halló por donde
pudiera levantarse de allí; y, engañado para siempre por su
libertad, hubiera quedado postrado por la opresión de esta ruina,
si más tarde no le hubiera levantado, por su gracia,
la venida de Cristo, quien por medio de la purificación
de la nueva regeneración, limpió, por el lavatorio de su
bautismo, todo vicio pretérito".
Cap. 2. Nadie es bueno por sí
mismo, si por participación de sí, no se lo concede
Aquel que es el solo bueno. Lo que en los
mismos escritos proclama la sentencia del mismo Pontífice cuando dice:
"¿Acaso sentiremos bien en adelante de las mentes de aquellos
que piensan que a sí mismos se deben el ser
buenos y no tienen en cuenta Aquel cuya gracia consiguen
todos los días y confían que sin Él pueden conseguir
tan grande bien?".
Cap. 3. Nadie, ni aun después de haber
sido renovado por la gracia del bautismo, es capaz de
superar las asechanzas del diablo y vencer las concupiscencias de
la carne, si no recibiere la perseverancia en la buena
conducta por la diaria ayuda de Dios. Lo cual está
confirmado por la doctrina del mismo obispo en las mismas
páginas, cuando dice: "Porque si bien Él redimió al hombre
de los pecados pasados; sabiendo, sin embargo, que podía nuevamente
pecar, muchas cosas se reservó para repararle, de modo que
aun después de estos pecados pudiera corregirle, dándole diariamente remedios,
sin cuya ayuda y apoyo, no podremos en modo alguno
vencer los humanos errores. Forzoso es, en efecto, que, si
con su auxilio vencemos, si Él no nos ayuda, seamos
derrotados".
Cap. 4. Que nadie, si no es por Cristo, usa
bien de su libre albedrío, el mismo maestro lo pregona
en la carta dada al Concilio de Milevi [del año
416], cuando dice: "Advierte, por fin, oh extraviada doctrina de
mentes perversísimas, que de tal modo engañó al primer hombre
su misma libertad, que al usar con demasiada flojedad de
sus frenos, por presuntuoso cayó en la prevaricación. Y no
hubiera podido arrancarse de ella, si por la providencia de
la regeneración el advenimiento de Cristo Señor no le hubiera
devuelto el estado de la prístina libertad."
Cap. 5. Todas las
intenciones y todas las obras y merecimientos de los Santos
han de ser referidos a la gloria y alabanza de
Dios, porque nadie le agrada, sino por lo mismo que
Él le da. Y a esta sentencia nos endereza la
autoridad canónica del papa Zósimo, de feliz memoria, cuando dice
escribiendo a los obispos de todo el orbe: "Nosotros, empero,
por moción de Dios (puesto que todos los bienes han
de ser referidos a su autor, de donde nacen), todo
lo referimos a la conciencia de nuestros hermanos y compañeros
en el episcopado". Y esta palabra, que irradia luz de
sincerísima verdad, con tal honor la veneraron los obispos de
Africa, que le escribieron al mismo Zósimo: "Y aquello que
pusiste en las letras que cuidaste de enviar a todas
las provincias, diciendo: "Nosotros, empero, por moción de Dios, etc."
, de tal modo entendimos fue dicho que, como de
pasada, cortaste con la espada desenvainada de la verdad a
quienes contra la ayuda de Dios exaltan la libertad del
humano albedrío. Porque ¿qué cosa hiciste jamás con albedrío tan
libre como el referirlo todo a nuestra humilde conciencia? Y,
sin embargo, fiel y sabiamente viste que fue hecho por
moción de Dios, y veraz y confiadamente lo dijiste. Por
razón, sin duda, de que la voluntad es preparada por
el Señor [Prov. 8, 35: I,XX]; y para que hagan
algún bien, Él mismo con paternas inspiraciones toca el corazón
de sus hijos. Porque quienes son conducidos por el Espíritu
de Dios, estos son hijos de Dios [Rom. 8, 14];
a fin de que ni sintamos que falta nuestro albedrío
ni dudemos que en cada uno de los buenos movimientos
de la voluntad humana tiene más fuerza el auxilio de
Él".
Cap. 6. Dios obra de tal modo sobre el libre
albedrío en los corazones de los hombres que, el santo
pensamiento, el buen consejo v todo movimiento de buena voluntad
procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, sin
el cual no podemos nada [cf. Ioh. 15, 5]. Para
esta profesión nos instruye, en efecto, el mismo doctor Zósimo
quien, escribiendo a los obispos de todo el orbe acerca
de la ayuda de la divina gracia: "¿Qué tiempo, pues,
dice, interviene en que no necesitemos de su auxilio? Consiguientemente,
en todos nuestros actos, causas, pensamientos y movimientos, hay que
orar a nuestro ayudador y protector. Soberbia es, en efecto,
que presuma algo de sí la humana naturaleza, cuando clama
el Apóstol: No es nuestra lucha contra la carne y
la sangre, sino contra los príncipes y potestades de este
aire, contra los espíritus de la maldad en los cielos
[Eph. 6, 12]. Y como dice él mismo otra vez:
¡Hombre infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo
de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor
[Rom. 7, 24 s]. Y otra vez: Por la gracia
de Dios soy lo que soy, y su gracia no
fue vacía en mi, sino que trabajé más que todos
ellos: no yo, sino la gracia de Dios conmigo [1
Cor. 15, 10].
Cap. 7. También abrazamos como propio de la
Sede Apostólica lo que fue constituído entre los decretos del
Concilio de Cartago [del año 418; v. 101 ss], es
decir, lo que fue definido en el capítulo tercero: Quienquiera
dijere que la gracia de Dios, por la que nos
justificamos por medio de nuestro Señor Jesucristo, sólo vale para
la remisión de los pecados que ya se han cometido,
y no también de ayuda para que no se cometan,
sea anatema [v. 103].
E igualmente en el capítulo cuarto: Si
alguno dijere que la gracia de Dios por Jesucristo solamente
en tanto nos ayuda para no pecar, en cuanto por
ella se nos revela y abre la inteligencia de los
mandamientos, para saber qué debemos desear y qué evitar; pero
que por ella no se nos concede que también queramos
y podamos hacer lo que hemos conocido que debe hacerse,
sea anatema. Porque, como quiera que dice el Apóstol: la
ciencia hincha y la caridad edifica [1 Cor. 8, 1],
muy impío es creer que tenemos la gracia de Cristo
para la ciencia que hincha y no la tenemos para
la caridad que edifica, como quiera que ambas cosas son
don de Dios, lo mismo el saber qué hemos de
hacer que el amor para hacerlo, a fin de que,
edificando la caridad, la ciencia no pueda hincharnos. Y como
de Dios está escrito: El que enseña al hombre la
ciencia [Ps. 93, 10], así está escrito también: La caridad
viene de Dios [I Ioh. 4, 7; v. 104].
Igualmente en
el quinto capítulo: Si alguno dijere que la gracia de
la justificación se nos da para que podamos cumplir con
mayor facilidad por la gracia lo que se nos manda
hacer por el libre albedrío, como si aun sin dársenos
la gracia, pudiéramos no ciertamente con facilidad, pero al cabo
pudiéramos sin ella cumplir los divinos mandamientos, sea anatema. De
los frutos de los mandamientos hablaba, en efecto, el Señor
cuando no dijo: Sin mí con más dificultad podéis hacer,
sino: Sin mí nada podéis hacer [Ioh. 15, 5; v.
105].
Cap. 8. Mas aparte de estas inviolables definiciones de la
beatísima Sede Apostólica por las que los Padres piadosísimos, rechazada
la soberbia de la pestífera novedad, nos enseñaron a referir
a la gracia de Cristo tanto los principios de la
buena voluntad como los incrementos de los laudables esfuerzos, y
la perseverancia hasta el fin en ellos, consideremos también los
misterios de las oraciones sacerdotales que, enseñados por los Apóstoles,
uniformemente se celebran en todo el mundo y en toda
Iglesia Católica, de suerte que la ley de la oración
establezca la ley de la fe. Porque cuando los que
presiden a los santos pueblos, desempeñan la legación que les
ha sido encomendada, representan ante la divina clemencia la causa
del género humano y gimiendo a par con ellos toda
la Iglesia, piden y suplican que se conceda la fe
a los infieles, que los idólatras se vean libres de
los errores de su impiedad, que a los judíos, quitado
el velo de su corazón, les aparezca la luz de
la verdad, que los herejes, por la comprensión de la
fe católica, vuelvan en sí, que los cismáticos reciban el
espíritu de la caridad rediviva, que a los caídos se
les confieran los remedios de la penitencia y que, finalmente,
a los catecúmenos, después de llevados al sacramento de la
regeneración, se les abra el palacio de la celeste misericordia.
Y que todo esto no se pida al Señor formularia
o vanamente, lo muestra la experiencia misma, pues efectivamente Dios
se digna atraer a muchísimos de todo género de errores
y, sacándolos del poder de las tinieblas, los traslada al
reino del Hijo de su amor [Col. 1, 13] y
de vasos de ira los hace vasos de misericordia [Rom.
9, 22 s]. Todo lo cual hasta punto tal se
siente ser obra divina que siempre se tributa a Dios
que lo hace esta acción de gracias y esta confesión
de alabanza por la iluminación o por la corrección de
los tales.
Cap. 9. Tampoco contemplamos con ociosa mirada lo que
en todo el mundo practica la Santa Iglesia con los
que han de ser bautizados. Cuando lo mismo párvulos que
jóvenes se acercan al sacramento de la regeneración, no llegan
a la fuente de la vida sin que antes por
los exorcismos e insuflaciones de los clérigos sea expulsado de
ellos el espíritu inmundo, a fin de que entonces aparezca
verdaderamente cómo es echado fuera el príncipe de este mundo
[Ioh. 12, 31] y cómo primero es atado el fuerte
[Mt. 12, 29] y luego son arrebatados sus instrumentos [Mc.
3, 27] que pasan a posesión del vencedor, de aquel
que lleva cautiva la cautividad [Eph. 4, 8] y da
dones a los hombres [Ps. 67, 19].
En conclusión, por estas
reglas de la Iglesia, y por los documentos tomados de
la divina autoridad, de tal modo con la ayuda del
Señor hemos sido confirmados, que confesamos a Dios por autor
de todos los buenos efectos y obras y de todos
los esfuerzos y virtudes por los que desde el inicio
de la fe se tiende a Dios, y no dudamos
que todos los merecimientos del hombre son prevenidos por la
gracia de Aquel, por quien sucede que empecemos tanto a
querer como a hacer algún bien [cf. Phil 2, 13].
Ahora bien, por este auxilio y don de Dios, no
se quita el libre albedrío, sino que se libera, a
fin de que de tenebroso se convierta en lúcido, de
torcido en recto, de enfermo en sano, de imprudente en
próvido. Porque es tanta la bondad de Dios para con
todos los hombres, que quiere que sean méritos nuestros lo
que son dones suyos, y por lo mismo que Él
nos ha dado, nos añadirá recompensas eternas. Obra, efectivamente, en
nosotros que lo que Él quiere, nosotros lo queramos y
hagamos, y no consiente que esté ocioso en nosotros lo
que nos dió para ser ejercitado, no para ser descuidado,
de suerte que seamos también nosotros cooperadores de la gracia
de Dios. Y si viéremos que por nuestra flojedad algo
languidece en nosotros, acudamos solícitamente al que sana todas nuestras
languideces y redime de la ruina nuestra vida [Ps. 102,
3 s] y a quien diariamente decimos: No nos lleves
a la tentación, mas líbranos del mal [Mt. 6, 13]
.
Cap. 10. En cuanto a las partes más profundas y
difíciles de las cuestiones que ocurren y que más largamente
trataron quienes resistieron a los herejes, así como no nos
atrevemos a despreciarlas, tampoco nos parece necesario alegarlas, pues para
confesar la gracia de Dios, a cuya obra y dignación
nada absolutamente ha de quitarse, creemos ser suficiente lo que
nos han enseñado los escritos, de acuerdo con las predichas
reglas, de la Sede Apostólica; de suerte que no tenemos
absolutamente por católico lo que apareciere como contrario a las
sentencias anteriormente fijadas. (www.mercaba.org) |