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Documentación para sacerdotes | categoría
Doctrina de la Iglesia | tema
Autor: Antonio Izquierdo
La Conversión en el Sínodo de América
Artículo sobre el sínodo de América
 
"Convertíos y creed en la Buena Nueva"

El presente artículo consta de dos partes. En la primera se exponen los contenidos fundamentales del capítulo dedicado a la conversión en los diversos documentos del Sínodo de los Obispos para América, y la relación existente entre la conversión y el encuentro con Cristo, la comunión y la solidaridad, conceptos incluidos en la formulación del tema general propuesto por el Santo Padre. En la segunda se considera la fundamentación bíblica de la conversión, tal como aparece en los documentos del Sínodo, y se hace un análisis exegético de Mc 1,15, el texto bíblico más citado al hablar de la conversión.

El capítulo dedicado a la conversión

En los "lineamenta" el título de este capítulo es ya en sí significativo: "Jesucristo camino para la conversión", dejando caer dos palabras del tema indicado por el Santo Padre para el sínodo: "encuentro" y el adjetivo "vivo" aplicado a Jesucristo. En el "Instrumentum laboris" éstas se recuperan y así el título es: "El encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión". En la "relatio post disceptationem" hallamos "Encuentro con Jesucristo vivo, camino de conversión"; se ha cambiado la preposición "para" por "de" la conversión, subrayando de este modo más la objetividad que la finalidad. Queda muy claro que la verdadera conversión no se puede separar del encuentro con Jesucristo vivo.

Contenidos Principales del Capítulo

Los contenidos relativos a la conversión son expuestos en los "Lineamenta" (Lin.) y en el "Instrumentum laboris" (Ins.) dentro de una estructura diversa, pero con temas fundamentales comunes, bien que en el Ins. estén más desarrollados y mejor puntualizados. ¿Cuáles son esos temas comunes?
1. La conversión en el Nuevo Testamento (Lin. no. 15; Ins. no. 22). En ambos se recurre a Mc 1,15 como texto básico de la conversión predicada por Cristo. Ambos documentos presentan luego la continuidad del kerigma primitivo con el mensaje de Jesucristo, aunque la fundan en un texto diferente (Lin. en Hch 3,19-20.26; Ins. en Hch 2,37-37). También coinciden en la referencia a Col 1,20 que, en Ins. se encuentra literalmente citada; referencia que extiende la obra reconciliadora de Jesucristo a toda la creación, tanto lo que hay en la tierra como en los cielos. El Ins. antepone además dos frases para colocar la conversión dentro de la Historia de la Salvación y para conectar la conversión neotestamentaria con la invitación a la conversión en el Antiguo Testamento; para ello se hace referencia a Jon 3,4-10; Am 5,15; Ba 1,3-5; Sal 35,13; 51,3-6. En el Círculo menor castellano "F", cuyo relator fue Mons. Ramón Ovidio Pérez Morales, se hace una aportación muy útil a propósito de Mc 1,15: "Al reflexionar sobre la conversión se buscó luz en la noción bíblica de metánoia, que resulta esencial para formular la respuesta que Dios espera del ser humano, a cuyo encuentro ha salido en Jesucristo: ´Arrepiéntanse y crean en la buena noticia´(Mc 1,15). Esta conversión tiene consecuencias sociales y culturales. Se destacó también que la conversión es, en primer lugar, reconciliación con Dios".

2. El concepto de conversión y la invitación a un examen de conciencia a toda la Iglesia americana (Lin. no. 16; Ins. 23-24). En cuanto al concepto, los elementos acentuados son:
1) Un concepto complejo. La "Relatio post disceptationem" puntualiza diciendo que la conversión "es siempre un acontecimiento profundo y misterioso en el que entran en juego la gracia de Dios y la libertad humana".

2) Su significado: cambio profundo del corazón, transformación interior (aquí Lin. cita un texto de Juan Pablo II); íntima y total renovación de todo el hombre, de todo su sentir, juzgar y disponer (Rel.1,p. 9, citando la Constitución Apostólica de Pablo VI Paenitemini, I: AAS, 58 (1966), 179); entre otras aportaciones, Mons. Ignacio Antonio Velasco García, S.D.B., arzobispo de Caracas, define la conversión como un cambio profundo de la mente y del corazón producido por el encuentro con Jesucristo, y la califica de "alegre y fundada en los signos poderosos a través de los cuales el Señor nos está hablando en estos últimos tiempos" (ORE 49 (1997) p.10, col. 1).

3) Su expresión en obras y en la vida entera (Lin. 16, con cita de Juan Pablo II, Carta Apostólica Tertio millennio adveniente 36). El texto del Papa, más que en la expresión, subrayada por el Ins., hace hincapié en el nexo entre la conversión del corazón y la conversión de las obras. Son dos elementos que, en mi opinión, deberían integrarse, ya que la manifestación de la conversión del corazón en obras, no es casual o meramente condicional, sino causal, en cuanto que es de un corazón convertido de donde brotan, como de un manantial, las obras de conversión.

4) La conversión no es un hecho puntual, sino que dura toda la vida. Sin embargo, mientras los Lin. se fijan en el proceso constante, el Ins. sitúa la conversión continua en un marco eclesial: es la Iglesia, en cuanto comunidad de los creyentes, que necesita y es llamada por Jesucristo a convertirse constantemente.

5) Las dimensiones individual y social de la conversión, algo más desarrolladas en el Ins., sobre todo mediante una referencia a la homilía de Juan Pablo II en el Santuario Mariano de Zapopan (México - 30 de enero de 1979) y al Documento de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Puebla, 452. Esta conversión de la Iglesia, en cuanto institución humana, debe abarcar "sus estructuras pastorales, sus miembros, y todas sus realidades contingentes que limitan el crecimiento del Reino de Dios" (Rel.1, p.9); en breve, "debe darse en la persona y en la sociedad" (Rel.2, p.6). El Mensaje de la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos describe bien estas dos dimensiones: "Este cambio de corazón no sólo toca nuestras vidas individuales, sino que desafía a nuestra sociedad, a la Iglesia misma, a nosotros como pastorees, y al mundo entero, a dejar atrás sus cautelosos y dubitativos pasos para correr con gozo junto a Jesús hacia la vida eterna. Esta conversión ha de tocar la vida de los ricos y de los pobres, de los poderosos y de los débiles. Ha de recordar a los políticos su responsabilidad de promover el bien común y desafiar a los economistas a buscar caminos para resolver las desigualdades materiales de nuestra sociedad" (ORE, 51 (1997) p. 13, col. 3-4).

6) La conversión es además reconciliación con Dios, consigo mismo y con los demás, pues supone superar la ruptura radical que es el pecado. Este aspecto no se menciona en el Ins.

En esta reconciliación con Dios insiste el Círculo menor castellano "F" en términos muy claros: "La conversión es en primer lugar reconciliación con Dios" (ORE, 1, p. 10, col. 4). La ruptura con el pecado, como camino de reconciliación con Dios, se ha escuchado en el aula sinodal en labios de bastantes Padres. A modo de muestra, tomo dos intervenciones. Dice el Card. William W. Baum, penitenciario mayor: "Es necesario poner énfasis en la necesidad de una conversión personal, que incluya el arrepentimiento y la confesión de los pecados en el sacramento de la penitencia. Sin esta conversión no se podrá hacer una verdadera reforma de las estructura sociales. Tenemos que afrontar con realismo la realidad del pecado, la fuerza del mal, la presencia del Maligno en todos los asuntos humanos. En el sacramento de la reconciliación es nuestro Señor quien concede personalmente el perdón al pecador arrepentido. Nuestra tarea consiste en despertar nuevamente entre los católicos el sentido del pecado y dar nuevo énfasis al sacramento de la penitencia" (ORE 50 (1997) p. 15, col. 2). Unos días más tarde, Mons. Alberto Bovone, pro-prefecto de la Congregación para las causas de los santos, añadía: "Donde Cristo tiene su morada, allí está el reino que él trae consigo, donde de ninguna manera debe reinar el pecado. Convencer al mundo de su pecado, como lo hicieron los profetas, es el primer mensaje de este Sínodo: un anuncio que hemos de hacer con palabras que el mundo pueda comprender, las mismas de siempre, las palabras del Evangelio, pronunciadas con labios purificados; para anunciar, después, las palabras del perdón garantizado por la sangre de Cristo, una gota por cada pecado, y hacer que el hombre, atemorizado por el sufrimiento y por la muerte, sea consciente de su dignidad de Hijo de la Resurrección como lo fue Jesús, primogénito de muchos hermanos unidos en comunión y solidarios entre sí" (ORE 51 (1997), p. 17, col. 2).

Quizá el aspecto más resaltado por los Padres sinodales en sus intervenciones haya sido el de la santidad de la Iglesia y de cada uno de sus miembros, como fruto genuino de auténtica conversión, pero también como el medio más eficaz para trabajar en la conversión de los demás. Por ejemplo, Mons. Fabio Betancur, arzobispo de Manizales: "El testimonio de vida...y su afán de santidad deben ser las cualidades que identifiquen al verdadero evangelizador en el estado de vida que el Señor le ha asignado en la Iglesia: sea en el estado laical...sea como ministros sagrados...sea finalmente, en la vida consagrada" (ORE, 50 (1997) p. 8, col. 3). La Rel.2, pp.7-8 sintetiza las aportacines de los Padres, dedicando al tema de la santidad el apartado 3 de la primera parte. He aquí el primer párrafo, sumamente rico: "Es notable el énfasis que se ha puesto en este Sínodo en el tema de la santidad; ésta consiste no sólo en la rectitud moral y en la realidad ontológica de la gracia, sino principalmente en la comunión íntima de vida con Dios, que renueva interiormente al hombre y lo transforma y eleva a imagen de Cristo".

Una formulación amplia y completa del tema se puede descubrir en el círculo menor castellano "B", del que fue relator Mons. Felipe Arizmendi, obispo de Tapachula: "La santidad cristiana consiste en ser fieles a la llamada de la gracia, bajo el influjo del Espíritu Santo. Es el encuentro y seguimiento de Cristo, personal y comunitario, que tiene su inicio sacramental en el bautismo, se perfecciona en la confirmación y llega a su cumbre en la Eucaristía. La santidad es un proceso en la respuesta fundamental de la fe, en la entrega de la caridad. Es necesario insistir en una pedagogía para el crecimiento en la santidad, por la frecuencia de los sacramentos, la celebración litúrgica, el uso adecuado de la Biblia, las vidas de lo santos, el Catecismo de la Iglesia Católica, etc. El mejor modo de enseñar la santidad es el testimonio, sobre todo para los que no creen. Por eso, ´el mejor evangelizador es el santo´. En consecuencia, hay que insistir en la santidad, para poder evangelizar. Se necesita promover la pastoral de la santidad. Los obispos hemos de esforzarnos por ser los primeros convertidos, los primeros testigos de la santidad para nuestro pueblo. Esto exige renuncia, desinstalación, sacrificio, llegar a donde no hemos llegado, tomar la cruz y seguir a Cristo. La santidad que se necesita en América es la revolución de la ternura, como se refleja en el diálogo de santa María de Guadalupe con Juan Diego" (ORE, 1 (1998) p. 9, col. 2-3).

La invitación al examen de conciencia, está presente en ambos documentos; en Ins. desaparece la cita de la Carta Apostólica "Tertio millennio adveniente", aunque no el contenido, y con ello cambia el sujeto: Ya no el Santo Padre, sino los Pastores de la Iglesia que vive en América. La Rel.1, p. 10 considera el examen de conciencia de los Pastores como primer paso para la conversión. La Rel.2,p. 7, indica dos aspectos para el examen de conciencia de los Pastores: 1) "Debemos preguntarnos si comprendemos suficientemente que la Iglesia es del Señor y no nuestra"; 2) "La conversión nos pide necesariamente revisar nuestra obra de evangelizadores".

3. Elementos presentes en la Iglesia de América que favorecen la conversión (Lin 17). Este aspecto se recoge y amplía en Ins. 25 y 27, que distingue y trata por separado los elementos positivos (enseguida después tratará de los negativos) en la Iglesia y en la sociedad latinoamericanas. En Lin. se centran todos los aspectos positivos de la vida de la Iglesia en un evidente despertar religioso, que abraza diversos puntos: oración, participación en los sacramentos sobre todo del bautismo, la eucaristía y el matrimonio, culto a la persona de Cristo en sus misterios y bajo diversos títulos, viva devoción a la Virgen María y a los santos, afecto y adhesión al Papa, obediencia y respeto a los Pastores y sacerdotes, tradiciones y gestos en que el pueblo vuelca y manifiesta su fe. El Ins. 25 habla de muchos signos positivos de alegría y esperanza, que son los frutos más preciados del Concilio Vaticano II y de los documentos del magisterio episcopal que se esforzaron por aplicarlo. Merecen citarse los siguientes: Un desarrollado sentido de comunión y participación en la vida de la Iglesia a diversos niveles; un sensible aumento, en algunas regiones, de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, y un espíritu de solidaridad vocacional con otras diócesis más necesitadas; una mayor toma de conciencia de la importancia de la formación del clero, tanto en los seminarios como durante la vida sacerdotal, con un influjo notable de la Exhortación Apostólica sinodal Pastores dabo vobis; un testimonio abnegado de vida sacerdotal de parte de muchos sacerdotes comprometidos con la nueva evangelización y fervosoros en el ejercicio del ministerio; una creciente participación activa de los fieles en la liturgia; una mayor conciencia en los laicos del don del bautismo, que los lleva a un compromiso eclesial, apostólico y misionero más profundo, y a un empeño mayor en la transformación de la sociedad según los valores del Evangelio.

4. Aspectos de la Iglesia americana que exigen conversión (Lin 18-19). Concepto muy altamente presente en el Ins. 26 y 28. Los Lin. indican el sincretismo construido sobre la base de creencias populares, que puede desviar a los creyentes hacia sectas o movimientos pararreligiosos; un estilo de vida materialista y consumista, pero que produce insatisfacción y vacío interior; una mentalidad del rechazo de la vida, antes de nacer o en su etapa final; creciente recurso a la violencia y la muerte; una mentalidad secularista que va llevando hacia el relativismo moral y el indiferentismo religioso; la ausencia de vocaciones y las deserciones sacerdotales; pérdida del sentido de Dios que, a veces, se traduce en pérdida del sentido del misterio y de lo sagrado; pérdida del sentido del pecado como consecuencia de la pérdida del sentido de Dios; un abandono de la práctica frecuente del sacramento de la penitencia. Por su parte el Ins. 26 menciona los siguientes aspectos urgidos de conversión en la realidad intra-eclesial: necesidad de un testimonio de santidad más vibrante y transparente por parte de los evangelizadores; falta de comunión sobre todo en lo que respecta a la coordinación y colaboración de los carismas dentro de la Iglesia, particularmente entre el carisma de la vida consagrada y el carisma de la autoridad del Obispo; falta de sintonía de algunos teólogos con el Magisterio de la Iglesia, que crea en el pueblo de Dios confusión y genera divisiones; cierta ineficacia pastoral provocada por una inadecuación de algunas estructuras pastorales; una incompleta aplicación del Concilio Vaticano II, sobre todo en ciertas áreas relativas a las estructuras diocesanas y parroquiales; una falta de renovación de los métodos catequísticos tanto en la formación básica, como en la formación permanente; una inadecuada aplicación, en algunos casos, de los principios de la renovación litúrgica propuestos por el Concilio Vaticano II, cayendo a veces en arbitrariedades litúrgicas, que han ocultado el sentido transcendente de la liturgia. La Rel.2, p.7 recoge las aportaciones de algunos Padres sobre la propia "responsabilidad en los males de la Iglesia y del mundo..., de modo especial en la división de la Iglesia".

5. Aspectos positivos de la sociedad contemporánea en relación al Evangelio. Este punto ya es insinuado en Lin.17: empeño por la paz y por la vida, solidaridad hacia los marginados, hacia los que sufren cualquier enfermedad, pero sobre todo a los enfermos de SIDA y a los toxicómanos, la preocupación y atención a los problemas ecológicos. El Ins. 27 lo amplía notablemente: creciente conciencia de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inalienables, así como también del sentido de justicia; respeto por la naturaleza, que se expresa en una atenta consideración a los problemas ecológicos; marcado interés por los valores espirituales y una notable inquietud por las realidades trascendentes; un fuerte sentido de solidaridad y generosidad, que se manifiesta en una creciente sensibilidad con respecto a las necesidad del prójimo.

6. Aspectos de la sociedad contemporánea que necesitan conversión: Este punto no se halla en los Lin., sino únicamente en Ins. 28: En el ámbito familiar se detecta frecuentemente una concepción de la libertad y un ideal de amor humano sin compromisos (divorcio, aborto, violencia, pérdida de la identidad femenina y masculina, inadecuada formación en la sexualidad); en el campo económico falta en muchas sociedades de América una mayor justicia distributiva (desempleo, salarios bajos, mayor desigualdad entre ricos y pobres, deuda externa); en el campo social, se verifica un acelerado proceso de urbanización ligado al desarrollo de la sociedad industrial y al crecimiento demográfico, con serios problemas como pobreza, desarraigo, narcotráfico y narcoconsumo, prostitución de niños y jóvenes, alcoholismo, despersonalización, etc.; en el campo político, a veces predomina una concepción de la política que pierde de vista el bien común, guiándose por intereses partidistas, predominando la demagogia, aumentando la corrupción, generando desconfianza respecto a las instituciones políticas; en el campo cultural, el laicismo ateo predomina a veces en los ambientes intelectuales y culturales, escaseando laicos cristianos comprometidos en los ambientes académicos, en los medios de comunicación social, en donde además se da una carencia de principios éticos; se verifican evidentes deficiencias en el campo educativo: analfabetismo, reducción de la educación a mera instrucción., etcétera.

7. Los operadores de conversión (Lin 20-21); en Ins. no se trata este aspecto. En los Lin. se menciona en primer lugar a Dios, como fuente originante de la conversión, basándose en Jn 3,16. Con la imagen joánica del Buen Pastor, que busca la oveja perdida es presentado Jesucristo como segundo agente de conversión; o en términos paulinos, como nuestra reconciliación (2Cor 5,18-19). El tercer agente es la Iglesia, continuadora de la obra salvífica de Cristo, que actúa mediante las acciones litúrgicas, la predicación, la oración, la promoción de la solidaridad y el testimonio del amor de Dios. Dentro de la Iglesia todos pueden colaborar en la obra de la conversión, pero de modo muy especial los Obispos en cuanto sucesores de los Apóstoles y continuadores por antonomasia de la misión del Buen Pastor. Bastantes Padres sinodales hicieron hincapié en la conversión de los mismos Pastores a Cristo y a su Evangelio, aspecto que recoge la Rel.2,p.7: "La conversión debe implicar a todos, pero en primer lugar a los Obispos, que debemos salir de esta Asamblea más evangelizados e identificados con el Señor". Sólo Pastores convertidos podrán proclamar con eficacia la conversión a los demás.

8. Los campos de conversión (Lin 22-26). Tampoco se halla este punto en Ins., al menos de modo específico. Los Lin. señalan como campos de conversión: la vida cristiana (vida de oración, de gracia, de participación litúrgica y sacramental, el testimonio, la asunción de un compromiso apostólico); los espacios en que la vida cristiana se ejerce son: la familia, la parroquia, las comunidades religiosas y los movimientos laicales, la Iglesia particular en sí y en sus relaciones con las Iglesias particulares, el ámbito del propio país y sus relaciones con otros países; otros campos de conversión son el respeto a la vida humana, los medios de comunicación social y de los espectáculos; las estructuras sociales: sistemas económicos que engendran deudas enormes e impiden el desarrollo de los pueblos, ayudas condicionadas a ideologías de pequeños grupos, liderazgos y hegemonías políticas, basadas en interes egoístas; el ecumenismo.
En las intervenciones de los Padres sinodales se ha hecho mención especial de algunos campos que exigen particular atención: a) Los nacionalismos. Este aspecto ha sido tratado ampliamente por el Card. Angelo Sodano, secretario de Estado. Entre otras cosas afirmó: "En esta Asamblea sinodal estamos reflexionando sobre tres consecuencias del encuentro con Cristo: conversión, comunión y solidaridad. Por mi parte, quisiera hoy destacar que esto no vale únicamente para cada cristiano, sino también, en términos generales, para todos los pueblos. El encuentro con Cristo debe llevar también a nuestras comunidades a renunciar a todo egoísmo nacionalista y abrirse a la fraternidad universal...En algunos lugares de América se han notado últimamente planteamientos nacionalistas preocupantes...Pienso que es urgente para los católicos, pastores y fieles, arrancar de raíz el surgir y difundirse de tales aberraciones....Algunos padres sinodales ya han puesto de relieve en este aula el deber de educar a los pueblos en el ideal de la paz" (ORE, 50 (1997), p. 9, col. 2-3).

2) Atención preferencial a la juventud. El P. Juan Edmundo Vecchi, rector mayor de la Sociedad Salesiana de san Juan Bosco, insiste en este punto para la conversión de la mentalidad (ORE, 50, p. 7, col.4). 3) La conversión de las relaciones pobres-ricos, trabajando por reforzar las leyes nacionales e internacionales para conseguir una mayor justicia (Mons. Ricardo Ramírez, c.s.b., Obispo de Las Cruces, ORE, 50 (1997) p.8, col. 1). 4) La escuela. Mons. José Ramón Gurruchaga, s.d.b., obispo de Lurín, señala que "la escuela propone a todos propuestas reales para poder avanzar, personal y colectivamente, al ´Encuentro con Jesucristo vivo, para la conversión, la comunión y la solidaridad. En consecuencia, continúa el obispo, propongo: tener muy en cuenta este instrumento de evangelización, de cultura, de desarrollo y vida digna" (ORE, 50 (1997) p. 16, col. 1).

Encuentro un buen resumen de estos campos en las palabras de Mons. Óscar Páez, obispo de Alto Paraná: "La Iglesia tiene una gran tarea en favor del mundo y de la sociedad a través de sus hijos y, en muchos campos, específicamente a través de sus miembros laicos, que deben ser expertos y destacarse en todos los campos de la ciencia y de la técnica, de la economía, la justicia, el derecho, la cultura, la política, el trabajo y las organizaciones humanas, para llevar así la obra redentora de Cristo a esos campos y ambientes" (ORE, 51 (1997) p.18, col. 2).

9. Reclamos particulares de conversión en América. En realidad se trata de uno solo: la división en la Iglesia de América que tiene las siguientes manifestaciones (Lin 27-28).:
a) Diversas formas de discriminación racial, cultural y religiosa;
b) Tendencia deshumanizadora de los media, mediante la exaltación de la violencia, el erotismo, mentalidad subyacente contra los valores humanos y evangélicos.
c) Ignorancia religiosa, que deja a los cristianos a merced de ofertas engañosas de sectas, de ideologías ateas, de mesianismos humanos, etc.
d) Contrastes y tensiones entre cristianos que agudizan diferencias y discordancias en opciones pastorales y disciplinares.
e) Crisis de obediencia y de fe al Magisterio de la Iglesia.
f) Tensiones entre religiosos y Obispos, entre clero regular y diocesano, a veces incluso entre clero diocesano y el propio obispo.
g) Desigualdad económica entre personas y clases sociales, entre países del Norte y del Sur del Continente.

Relación con los demás partes

1. El contexto: La relación de los diversos elementos que componen el tema general del Sínodo de los Obispos para América debe situarse en el contexto de la Nueva Evangelización, que es el propósito basilar de la Asamblea. En el fondo, se trata de ver cómo puede la Iglesia lograr una nueva evangelización del Continente americano a las puertas del Tercer Milenio cristiano (Lin. 2; Ins. 1).

2. Relación entre Cristo (Encuentro con Cristo) y conversión-comunión-solidaridad:
Esta es la relación más acentuada, precisamente por ser la más importante. "Debe afirmarse, ante todo, que el punto de partida es Jesucristo, Salvador y Evangelizador, que ofrece su camino en esta coyuntura histórica" (Lin. 3).

La relación aquí subrayada es la de causa - efecto. Cristo o el encuentro con Cristo es la causa ("Cristo invita", "Cristo llama", del encuentro con Cristo brota, "el encuentro con Cristo es fuente y raíz") y la conversión-comunión-solidaridad constituye el efecto provocado por el encuentro con Jesucristo ("el encuentro con Cristo conduce", "culmina", "fructifica"). A su vez la conversión-comunión-solidaridad ha de conducir a frutos concretos en la vida personal y comunitaria (Ins. 2). Es evidente que el cristocentrismo, tanto en la predicación de la Iglesia como en la vida de todos y cada uno de sus miembros, es la piedra de toque de la nueva evangelización.

Estos tres aspectos, causados por el encuentro con Cristo constituyen una verdadera exigencia para el apóstol de la nueva evangelización. De este modo se verifica un movimiento circular entre los conceptos fundamentales barajados por el Sínodo de los Obispos: Nueva evangelización - Jesucristo - Conversión/comunión/solidaridad - Apóstol de la nueva evangelización.

3. Relación entre Cristo - conversión, y entre conversión y comunión-solidaridad:
En Lin. 3 el encuentro con Cristo causa la conversión; la conversión por su parte está orientada a la comunión y a la solidaridad.

La relación causa-efecto entre Cristo y la conversión, se completa con la relación origen-fin entre la conversión y la comunión-solidaridad. La conversión, si es auténtica, está toda ella orientada hacia la comunión-solidaridad; de este modo se asienta sólidamente la estrecha unión entre la fe y la moral, el orden dogmático y el ético. La fe (encuentro con Cristo) transforma al hombre (conversión) y el hombre transformado cambia la vida en sus concreciones históricas (comunión-solidaridad). Una relación semejante, pero diferente, se puede detectar en Ins 2, donde la conversión (metanoia) induce a la comunión (koinonía), pero es ésta la que lleva luego a la solidaridad (diakonia). Está siempre presente la causa eficiente, pero en encadenamiento: Cristo ---conversión---comunión---solidaridad. Lógicamente, Cristo en cuanto causa fontal y primigenia abraza en sí la conversión y la comunión como con-causas eficientes.

4. Relación entre Cristo - comunión, y entre comunión y conversión-solidaridad:
Esta nueva relación se expone en Ins 29, que inicia en estos términos: "El origen y el fin de la comunión en la Iglesia es Jesucristo". Cristo no es sólo causa eficiente, sino también causa final de la comunión. Al establecer esta relación particular entre Cristo - comunión, el Ins. ha cambiado las relaciones entre conversión-comunión-solidaridad. El punto de partida ya no es la conversión sino la comunión. Por eso, citando a la Congregación para la Doctrina Católica, podrá decir el documento: "En el corazón del autoconocimiento de la Iglesia, en cuanto misterio de la unión personal de cada hombre con la Trinidad divina y con los otros hombres" se encuentra el concepto de comunión. Entre la comunión y la conversión-solidaridad parecen advertirse relaciones de causa-efecto: La comunión de los hombres con Cristo y con sus discípulos produce la auténtica conversión y fructifica en la solidaridad fraterna. El círculo menor inglés "C", cuyo relator fue Mons. William J. Levada, siguiendo en esta línea, recomendó: "que se considere un modelo alternativo para organizar el material, que trate la realidad de la comunión como tema central, como don de Dios, fundamento y objetivo; la converssión como medio o camino para esa comunión; y la solidaridad como fruto o expresión de comunión puesta en práctica". (ORE, 1, (1998), p. 7, col. 2).

5. Relaciones mutuas conversión-comunión-solidaridad:
El número 2 del Ins. es el que mejor expone estas interrelaciones. ¿Cuáles son? Se afirma nítidamente que la conversión es el principio y condición de posibilidad de la comunión-solidaridad: "Sólo a través de la conversión al Evangelio de Jesucristo son posibles la verdadera comunión y la auténtica solidaridad". Por su parte, la comunión fundamenta la conversión y la solidaridad: "La comunión con Cristo y con su Iglesia es, al mismo tiempo, la base para una continua conversión personal y el fundamento sobre el que se realiza la solidaridad". Finalmente, la solidaridad es el fin de la conversión-comunión: "La solidaridad, en cuanto expresión de los valores esenciales del Reino de Dios, pone de manifiesto cuál es el fin hacia el que convergen la conversión y la comunión".

La conversión se sitúa ahora no en el campo de las causas sino de las condiciones, pero se trata de una "condicio sine qua non", indispensable e imprescindible de la comunión-solidaridad. Quizá de este modo se ve más claro que la causa única de todo (conversión-comunión-solidaridad) es Cristo y el encuentro con Él. Con una imagen tomada de la construcción, la comunión es presentada como base y fundamento de la conversión-solidaridad. No se habla tampoco de causa-efecto sino de elemento sustentante (comunión) y elementos sustentados (conversión-solidaridad), siendo Jesucristo el único arquitecto. La solidaridad permanece como fin, pero no sólo de la conversión (Lin. 3), sino igualmente de la comunión. Así, la comunión eclesial adquiere un nuevo dinamismo al orientarse intrínsecamente, y por lo tanto siempre, a la solidaridad fraterna con los miembros de la Iglesia y con todos los hombres.

Varias han sido las intervenciones sinodales que han tocado estas relaciones; por la claridad y profundidad de la exposición me limito a la del Card. Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, que constituye un buen resumen de este tema: "El tema central de nuestro Sínodo es el encuentro con Cristo, encuentro que se vuelve conversión, es decir, transformación de nuestro pensamiento, de nuestra voluntad, de nuestro corazón. En esta conversión, que es un paso del yo al Tú de Cristo, nace la comunión, el ´nosotros´ de las personas que salen del propio yo y se unen en el Tú del Señor. Esta comunión profunda -´Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí´- es la condición de la solidaridad en la vida de cada día. Por eso, hablar de Cristo no es una huida de la dura realidad de los grandes problemas económicos, políticos y sociales, hacia un mundo de pura interioridad, sino que, al contrario, es el verdadeo realismo, que va a las raíces de nuestros problemas. Una revovada catequesis cristológica, corazón de la evangelización, por tanto, tendría que ser el primer y fundamental fruto del Sínodo" (ORE, 49, p. 17, col. 2).

La fundamentación bíblica de la conversión

En esta parte mi objetivo es doble: considerar en primer lugar las diversas citas bíblicas que aparecen en los documentos al tratar de la conversión, y luego analizar, aunque sea brevemente, la cita más importante: Mc 1,15.

Citas Biblicas Sobre la Conversión

En los documentos existen citas tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Del Antiguo Testamento se citan, siguiendo la división clásica, los profetas (Jon 3,4-10; Am 5,15; Bar 1,3-5) y los salmos (Sal 35,13; 51,3-6.15?). Estas citas se hallan en Lin 19 y en Ins. 22. Las citas del Nuevo Testamento están tomadas de los Evangelios (Mc 1,15; Lc 15,18.21), de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,37-38; 3,19-20.26) y de las cartas paulinas (2Cor 5,18-19; Col 1,20).

Ciertamente no parece que haya sido intención de los Padres sinodales estudiar en profundidad la conversión en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, sino únicamente hacer ver que la conversión es un concepto con clara raigambre bíblica. Con todo, pienso que, siendo "la Escritura unida a la Tradición la suprema norma de la Iglesia", y teniendo por cierto que "toda la predicación de la Iglesia, como toda la religión cristiana, se ha de alimentar y regir con la Sagrada Escritura" (DV 22), se echa de menos una fundamentación bíblica más amplia y más elaborada, "para que el tesoro de la revelación encomendado a la Iglesia vaya llenando el corazón de los hombres" y la Iglesia "reciba nuevo impulso de vida espiritual con la redoblada devoción a la palabra de Dios, que dura para siempre (Is. 40,8; 1Pe 1,23-25)" (DV 26).

Exégesis de MC 1,15

Los Lin. citan Mc 1,15 en los nos. 15 (2 veces) y 66; por su parte el Ins. lo cita en los nos. 2 y 22. Tanto los Lin. como el Ins. citan Mc 1,15 al tratar del fundamento bíblico de la conversión, aunque lo hacen de modo diferente. Los Lin. sitúan la cita al inicio del no. 15 y al final, formando por así decir una inclusión, que da unidad y coherencia a todo el número, y destaca la importancia de la cita. El Ins. por su parte lo coloca a la mitad del no. 22 en continuidad con la predicación veterotestamentaria.
Difieren estos documentos en que el Ins. cita Marcos en la introducción (Ins. 2), al hablar de la ordenación directa e intrínseca de la conversión-comunión-solidaridad al gran tema del encuentro con Cristo. Los Lin. lo citan en la conclusión (Lin. 66), dentro de una invitación calurosa a dejar temores y titubeos y a lanzarse con arrojo o "parresía a anunciar en América la Palabra de Dios; la conversión se presenta como la primera condición que pone Jesús al iniciar la nueva evangelización: "El Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva".

Situado el texto en los documentos del Sínodo de los Obispos, abordo ahora el análisis, aunque somero, de los puntos siguientes: fondo veterotestamentario; la "metanoia" en el evangelio según san Marcos; exégesis de Mc 1,15 y su carácter programático en el conjunto del Evangelio marciano.
1. Fondo veterotestamentario
Es posible afirmar que casi todo el Antiguo Testamento es una demostración de la "conversión" de Dios a su pueblo y de la conversión del pueblo a su Dios. Al tratar del tema, hay una preferencia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, por el verbo respecto al sustantivo. La conversión indica un cambio concreto a un nuevo "camino" de vida y en una nueva dirección; es sobre todo en los profetas del Exilio (Segundo Isaías, Jeremías, Ezequiel) donde se habla con más profusión de "convertirse a Dios", aunque sea éste un tema presente también en los demás profetas (por ejemplo, Jl 2,12-13; Am 7, 1-6; Jon 3, 10; 4,1-2; Zac 8,14-15; Mal 3,6-7), en la historiografía (por ejemplo, 1Re 8, 44-50; 18, 36-37; 2Cro 6, 34-40; 15, 3-4), en los salmos (véanse Sal 50, 15; 85, 2-3) y en los libros sapienciales (Sab 5,3; Sir 17,24; 48,15) del Antiguo Testamento.
Esta comprensión veterotestamentaria de la conversión se prolonga y completa en el Nuevo Testamento, donde la "conversión" de Dios a su pueblo alcanza la plenitud en la encarnación del Verbo, y donde la conversión del pueblo a su Dios se profundiza mediante su relación con la fe (Mc 1,15; Hch 11,21) o mediante imágenes que indican su naturaleza: cambio de la oscuridad a la luz (Hch 26,18); de los ídolos (1Tes 1,9) o de las cosas vanas (Hch 14,15) al Dios vivo.
2. Conversión en el Evangelio según san Marcos
En el segundo Evangelio se dan tres referencias a la conversión, usando el radical "metano-": dos de ellas son verbales (1,15; 6,12) y la otra sustantivada (1,4). Además, en una cita de Is 6,9 se halla el verbo "epistrefo" con sentido de conversión (Mc 4,12). Es significativo que en los tres textos con radical "metano-" se trate de predicar la conversión, pero el predicador sea diverso: en 1,4 es Juan el Bautista, en 1,15 Jesucristo y en 6,12 los Doce Apóstoles. Juan nos lleva al pasado (en 6,14-29 se nos narra la historia de su muerte), al último de los profetas que recoge todo el mensaje profético de la conversión. Jesús al centro de la historia de la salvación, a ese presente "histórico" en el que Jesús traza y actúa su programa salvífico. Los Doce miran más bien al futuro, siendo la misión del momento un "ensayo" de lo que será toda su vida después de la ascensión del Señor. Así vemos que la historia entera está bajo el signo de la conversión, predicada por los grandes mensajeros de Dios (cf. Mc 1,2 que cita Is 40,3 y Mal 3,1).
Juan Bautista predica un bautismo de conversión para remisión de los pecados. Se trata de un genitivo de cualidad: No es que el bautismo produzca como efecto la conversión, sino que más bien la manifiesta, pues sólo un hombre convertido está preparado para recibirlo; el bautismo sería pues el sello del perdón que el bautizado recibía por su conversión. No se puede determinar gramaticalmente si "para la remisión de los pecados" atañe al bautismo, a la conversión o a ambos. Quizá haya que decir que la conversión, manifestada por el bautismo, produce el perdón de los pecados, mostrando así que el perdón es una realidad interior (conversión) pero al mismo tiempo pública y social (bautismo).
Mc 6,12 forma parte de un sumario (6,6b-13) en el que las palabras clave son "enviar" y "conferir poder" (6,6b) que tienen su contrapartida en 6,12 (partieron y predicaron) y 6,13 (expulsaron demonios, ungieron enfermos, curaron), dando lugar de este modo a una inclusión. Jesús, el heraldo del Reino, del que se entra a formar parte por la conversión y la fe, hace partícipes a los Doce de su misma misión: el kerygma de conversión (verba) y las obras de poder (gesta), esas palabras y obras que, al decir del Concilio Vaticano II, "están intrínsecamente ligadas (DV 2), de modo que las obras manifiestan y confirman las palabras; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio.
Exégesis de Mc 1,15
A manera de introducción, voy a hacer algunas anotaciones de carácter literario sobre Mc 1,14-15. Un primer punto se refiere a la ubicación del texto en la estructura general del evangelio. Algunos, por ejemplo Taylor, unen estos versículos con la introducción (1,1-15), viendo una inclusión entre el "evangelio" de 1,1 y de 1,15, subrayando de este modo que en 1,1-15 está "el inicio del Evangelio". Otros, entre los cuales Pesch y Gnilka, prefieren relacionarlos con la primer parte: Ministerio de Jesús en Galilea, indicando en ellos los temas fundamentales de toda la predicación galilaica. Respecto al género literario, los comentaristas son acordes en considerar Mc 1,14-15 un sumario, que podríamos afirmar de carácter programático (Kingsbury, Kertelge), sea para todo el evangelio (Nineham, Van Iersel), sea sólo para la predicación en Galilea (Taylor, Kingsbury). Algunos autores descubren en este sumario un valor estructurante de todo el Evangelio; Taylor señala 1,14-15 y 3,7-12; Van Iersel analiza el valor estructurante de 1,14-15 y 15,40-41; Kingsbury se fija en 1,14-15 (predicación), 1,21-22 (enseñanza), y 1,32-34 (curaciones y expulsiones de demonios). En cuanto a las fuentes, se suele hablar (Pesch, Gnilka) de un trasfondo profético-apocalíptico basado en textos como Is 52,7; 61,6; Dan 7,22; Ez 7,12; 9,1; Lam 4,18. Como "Sitz im Leben" tradicional se apuntan el catequético (Uricchio-Stano) y sobre todo el misionero, tanto en ámbito palestinense como helenístico (Pesch, Gnilka). Por lo que toca a la redacción, los pareceres son bastante variados: composición del evangelista, pero resumiendo lo que Jesús predicó (Taylor, Uricchio-Stano); composición premarciana, que ha conservado en gran parte "ipsissima verba Iesu" (Pesch); una mezcla, según Gnilka, de tradición premarciana (1,15) y labor redaccional del evangelista (1,14).
Puesto que en los documentos del Sínodo de los Obispos sólo se hace referencia a Mc 1,15b, me limitaré a la exégesis de esta parte del versículo, pero haciendo las debidas conexiones con el resto del sumario, cuando lo requiera la comprensión misma del texto en cuestión. En mi exégesis trataré de explicar las tres palabras principales: "conversión", "fe" y "evangelio".
a) Los comentaristas, en su mayoría, intentan explicar qué significa "metanoéo" y "metánoia" en san Marcos, sea en relación a los términos hebreos a los que corresponde en la traducción de los LXX, sea al sentido que tienen en el griego helenístico. En la literatura helenística "metánoia" posee un valor moral, es decir, cambio de mentalidad y consiguientemente cambio de conducta. En Marcos, al igual que ya en los LXX, se recoge este significado moral, pero a él se añade el sentido religioso, que presupone el cambio de mente y de voluntad, pero que añade dos nuevos aspectos: negativamente, aversión hacia el mal cometido, y positivamente, un sincero retorno a Dios en la perfecta adhesión a su voluntad. Este concepto marciano de "metánoia" difiere del de los textos qumránicos, en los que "metánoia" quiere decir el retorno a Moisés y a su ley, como era interpretado y practicado por la secta esenia (Uricchio-Stano). Gnilka define la "metánoia" como el giro de la vida que quiere cambiar de forma radical la dirección de la existencia y que incluye, naturalmente, el ámbito del pensamiento. Se trata de un cambio que debe tener repercusiones en la vida práctica. Meta del cambio de camino, que hasta entonces era equivocado, es Dios porque el reinado de Dios abarca aquí todos los ámbitos de la vida humana, de la individual, de la privada y de la pública, de la ética así como de la política.
La "metánoia" en Marcos está en conexión directa con el Reino de Dios (1,15a). Tanto la "metánoia" como la fe son las condiciones preliminares para participar en el Reino (Uricchio-Stano). Lagrange prefiere ver en la "metanoia" y en la fe el camino para entrar en el Reino. Gnilka, a su vez, considera que "el reinado de Dios que irrumpe actualmente y empuja hacia el reino de Dios...comprende conversión y fe". En la relación que Jesús establece entre "Reino" y "metánoia", difiere él de la predicación precedente y contemporánea por la orientación radical de la conversión a la proximidad de la soberanía divina, entendida no como amenaza de juicio, sino como soberanía de salvación (Pesch).
La exhortación de Jesús, primero a la conversión y luego a la fe, no sólo se ha de relacionar con el Reino sino también con el "kairós", que ha llegado a su final histórico con el Mesías. La expresión, típica del lenguaje profético-apocalíptico, implica que Dios fija los tiempos. Así Dios fijó con antelación el momento temporal de la presentación de Jesús. Con él se lleva a cabo el cambio de los tiempos, la irrupción del tiempo final (Gnilka); Lagrange piensa que "kairós" indica también la justa medida; por ello, traduce la metáfora de Marcos: "El tiempo se ha cumplido; la medida está repleta; nada hay que añadir al tiempo que precede al acontecimiento esperado". Con Jesús de Nazareth, el mesías esperado, ha llegado el "kairós" de la conversión; la exhortación de Jesús tiene, por eso, una fuerza y una intensidad justificadas. Sería imperdonable dejar pasarlo por negligencia, superficialidad, ceguera o endurecimiento del corazón.
b) La expresión gramatical "pisteuein en + dativo" es singular y única en el Nuevo Testamento, imitación del hebreo "ha´amîn be" que se aplica principalmente a personas, pero también a sus palabras. Por lo tanto, el significado más propio no es el de creencia cuanto el de confianza (Lagrange, Gnilka). Podríamos traducir: "Tened confianza en el evangelio". Con toda razón, en el diccionario de Zorell "pisteuein en" significa tener por verdadero lo que la persona afirma de sí misma y entregarse a ella". Más singular todavía es la expresión en su contenido: el Evangelio, pues en el Nuevo Testamento el objeto de la fe es siempre una persona. Esto ha inducido a algunos a dar al verbo "pisteuein" un valor absoluto y a la expresión "en to euaggelio" un valor de mediación, con lo que se traduciría: "Creed (al Mesías) por medio del Evangelio" (Uricchio-Stano).
La expresión marciana se explica mejor si la fórmula "en el Evangelio", objeto de la fe-confianza, tiene un carácter cristológico, con lo que confiar en el evangelio equivaldría a confiar en el Mesías. Con toda razón afirma Gnilka que "en Marcos no decrece la relación personal que el creyente entable con Jesús en la fe, pues éste es el mensajero de alegrías". Esta equivalencia entre evangelio y Mesías en Marcos es aceptada hoy en día por bastantes exegetas (Stock, Kertelge, por mencionar alguno). Un estudio detenido de los textos marcianos en que aparece el término "evangelio" lleva, efectivamente, a la conclusión de que es un sustitutivo del Mesías. Pues resulta evidente que la "Buena Nueva" de los profetas es la persona del futuro Mesías, y que la "Buena Nueva" de los cristianos no es un conjunto de ideas, sino una persona histórica, Jesús de Nazaret, Señor y Cristo.
Si nos fijamos en el uso de "pisteuein" en Marcos, observaremos que es muy variado: sentido absoluto en proposición positiva (5,36; 9,24; 15,32), sentido absoluto en proposición negativa (11,31; 16,13.14), participio sustantivado (9,23.42; 16,16.17), indicativo más completiva con "oti" (11,23.24). En la mayoría de los casos "creer" tiene un significado subjetivo: fiarse de Jesús, o no fiarse de los falsos mesías. "Pisteuein + oti" es una fórmula usada por Marcos en contexto de oración; en labios de Jesús responde a la absoluta confianza con que él oraba a su Padre y a la experiencia de la eficacia de su oración. El cristiano debe tener en Dios, su Padre, la misma confianza que Jesús. Estas breves consideraciones son suficiente para reafirmar que el objeto de la fe es Jesús Mesías y que el significado fundamental de "creer" es confiar, fiarse de Jesús.
c) Una palabra tan importante como "Evangelio" no deja de ser compleja en su significado, pues en tal vocablo se mezclan diversas proveniencias y corrientes de pensamiento. En Isaías (52,7; 61,6) y en la teología judía posterior significa la Buena Nueva de Dios, o sea, la llegada del Reino de Dios por obra del Mesías (Gnilka). En el griego homérico quería decir el anuncio de un acontecimiento feliz, mientras que siglos después en el griego helenístico este anuncio viene reservado al nacimiento o a la elección del emperador (Lagrange). En la predicación apostólica adquiere el sentido técnico de "mensaje cristiano", particularmente el kerigma cristológico (Uricchio-Stano; Taylor). En Marcos parece tener una connotación netamente cristológica, de modo que Jesús sería no sólo el sujeto que predica el Evangelio, sino también el objeto del Evangelio predicado (Kertelge, Nineham). Pesch, con todo, anota diversos sentidos ya en la misma tradición premarciana: Anuncio de la venida de Dios para la salvación (o para el juicio) en la predicación de Jesús (1,15; 14,9); anuncio misionero de la Iglesia primitiva, que proclama a Jesucristo (8,35; 10,29; 13,10); fundamento e inicio histórico de la predicación misionera de la Iglesia (1,1).
Un análisis filológico de las referencias marcianas a "Evangelio" ofrece una sólida base a la convicción de que el Evangelio de Marcos es Jesús, Mesías e Hijo de Dios. Tal afirmación es clarísima en el "credo" cristológico de 1,1, que engloba, a modo de título, todo el texto marciano. En Mc 1,14 lo evidencia la relación, característica de Pablo y Marcos, entre el "keryssein" y el "euaggelion"; el objeto personal de "pisteuein en" en Mc 1,15; en 8,35 y 10,29 el carácter epexegético de "kai" en la frase "por mí y por el evangelio" (Marxsen), o quizá la realidad de una fórmula cristológico-soteriológica, en la que se tienen en cuenta las dos dimensiones de la existencia de Jesús: la pre-existencia (por mí) y la pro-existencia (por el evangelio); el parangón entre el heraldo que en el nacimiento o coronación de un emperador proclamaba el "evangelio", la "buena nueva", y los heraldos cristianos que, después de la Pascua, proclaman la "Buena Nueva" del Reinado de Cristo glorioso (13,10 16,15); en 14,9, finalmente, el evangelio está en relación con la pasión-muerte-resurrección de Jesús, misterio y evento que coinciden con la cima de la revelación de su identidad como Mesías(14,62) y como Hijo de Dios (15,39).
Con Kertelge se podría concluir: "El contenido del evangelio es Jesús, y de modo claramente paradójico, el Jesús terreno como el resucitado...En el Evangelio, y esto significa también en la palabra proclama por Jesús en su ministerio público, él está presente como el Cristo resucitado...La epifanía de Jesús, que en el tiempo de su actividad terrena podía solamente estar oculta, se hace presente ahora en la pública proclamación del evangelio".
Estas sencillas notas exegéticas pueden hacernos valorar más la riqueza inagotable de la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura, para de esta manera enriquecer también con la Palabra viva la reflexión sobre las grandes verdades de nuestra fe y los problemas y desafíos con que la Iglesia en América se enfrenta, en el paso hacia el Tercer Milenio cristiano.
 
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