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Autor: P. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E. | Fuente: El Teólogo Responde La situación actual del Lefebvrismo
En el caso lefebvrista la raíz de acto cismático “es individuable en una incompleta y contradictoria noción de tradición”
La situación actual del Lefebvrismo
En varias oportunidades nos han llegado consultas sobre la situación
actual del movimiento lefebvrista, sobre la validez de sus actos
sacramentales y sobre la licitud o no de asistir a
las Misas celebradas por los sacerdotes de la Fraternidad San
Pío X. Los mismos interrogantes se hacen fieles de distintas
partes del mundo. A raíz de esto, Mons. Norbert Brunner,
obispo de Sion (Suiza), diócesis donde se encuentra el Seminario
de Econe, de la Iglesia cismática lefebvrista, consultó el pasado
año de 1996 a la Sagrada Congregación para los Obispos
sobre el actual estado canónico del movimiento. Aprovechando la respuesta
de este dicasterio y otros documentos del Magisterio, y ante
la actualidad del encuentro del Papa Benedicto XVI con
el obispo Bernard Fellay, -sucesor de monseñor Lefebvre en la
Hermandad San Pío X-, quisiera presentar un panorama de la
situación.
1. Un poco de historia
Los problemas entre la Fraternidad San
Pío X, fundada por Mons. Lefebvre y la Santa Sede
datan de muchos años atrás. A raíz de estos problemas,
la Santa Sede trató en varias oportunidades y por varios
medios de encauzarlos y solucionarlos o, al menos de aclararlos.
Los
principales documentos sobre el tema son:
– 6 de mayo de
1975: Carta de la Comisión Cardenalicia a Mons. M. Lefebvre[1].
– 27 de octubre de 1975: Carta del Cardenal
Jean Villot sobre la “Supresión canónica de la ‘Fraternidad San
Pío X’”[2].
– 8 de abril de 1988: Carta
de Juan Pablo II al Card. Ratzinger (“Tradición: no progresismo
ni conservadorismo”)[3].
– 9 de junio de 1988: Carta
de Juan Pablo II a Mons. Marcel Lefebvre[4].
–
16 de junio de 1988: Nota informativa sobre el caso
Lefebvre[5].
– 1 de julio de 1988: Cardenal B.
Gantin, Declaración de la excomunión de Mons. Lefebvre[6].
–
2 de julio de 1988: Juan Pablo II, Carta Apostólica
“Ecclesia Dei”[7].
– 31 de octubre de 1996: Respuesta
de la Sagrada Congregación para los Obispos a Mons. Norbert
Brunner (con una carta adjunta del Consejo Pontificio para la
interpretación de los textos legislativos)[8].
Los problemas con la Fraternidad San
Pío X, erigida en 1970, giraron siempre en torno a
su posición respecto del Concilio Vaticano II y de algunos
actos específicos de gobierno del Santo Padre, primero de Pablo
VI y luego de Juan Pablo II. Después de muchos
avatares e intentos de acercamiento y en vistas a evitar
un cisma, a fines de 1987, después de una visita
canónica efectuada por el Cardenal Gagnon, el Papa expresó al
Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina
de la Fe (en carta del 8 de abril de
1988) que se hiciera todo lo posible para llegar a
una solución, teniendo en cuenta las manifestaciones de disponibilidad que
Mons. Lefebvre parecía demostrar en ese momento.
Con este objeto
tuvo lugar una serie de encuentros, entre el 12 y
el 15 de abril de 1988, entre expertos teólogos y
canonistas de la Sagrada Congregación para la Fe y de
la referida Fraternidad. Se llegó a un acuerdo y el
5 de mayo fue firmado, por las dos partes, un
protocolo. Este protocolo comprendía una declaración de orden doctrinal, el
proyecto de un dispositivo jurídico y medidas destinadas a regular
la situación canónica de la Fraternidad y de las personas
relacionadas con ella.
En la primera parte del protocolo,
Mons. Lefebvre declaraba en su nombre y en el de
la Fraternidad San Pío X:
1) Prometer fidelidad a
la Iglesia Católica y al Pontífice Romano, cabeza del cuerpo
de los obispos;
2) aceptar la doctrina contenida en
el nº 25 de la constitución dogmática “Lumen gentium” del
Concilio Vaticano II sobre el magisterio eclesiástico y la adhesión
que le es debida;
3) empeñarse a una actitud
de estudio y de comunicación con la sede apostólica, evitando
toda polémica, a propósito de los puntos enseñados por el
Vaticano II o de las reformas posteriores que les parecían
difícilmente conciliables con la tradición;
4) reconocer la validez
de la Misa y de los Sacramentos celebrados con la
intención requerida y según los ritos de las ediciones típicas,
promulgadas por Pablo VI y Juan Pablo II;
5)
prometer respetar la disciplina común de la Iglesia y las
leyes eclesiásticas, especialmente aquellas contenidas en el Código de Derecho
Canónico de 1983, restando salva la disciplina especial concedida a
la Fraternidad por ley particular.
En la segunda parte
del texto, además de la reconciliación canónica de las personas,
se preveía esencialmente:
1) La Fraternidad sacerdotal San Pío
X sería erigida como sociedad de vida apostólica de derecho
pontificio con estatutos apropiados según las normas de los cánones
731-746, y además dotada de una cierta exención en cuanto
al culto público, la cura de almas y las actividades
apostólicas, según los cánones 679-683;
2) le sería concedida
la facultad de utilizar los libros litúrgicos en uso hasta
la reforma post-conciliar;
3) para coordinar las relaciones con
los varios dicasterios de la curia romana y los obispos
diocesanos, como también para resolver eventuales problemas y contenciosos, sería
constituida por el Santo Padre una comisión romana que comprendería
dos miembros de la fraternidad y provista de las facultades
necesarias;
4) en fin, tenida cuenta de la situación
peculiar de la Fraternidad, se sugería al Santo Padre nombrar
un obispo elegido entre sus miembros, el cual, normalmente, no
debería ser el superior general.
A pesar de este
protocolo, el 6 de mayo de 1988, Mons. Lefebvre escribió
al Cardenal Ratzinger, exigiendo que la ordenación episcopal de un
miembro de la Fraternidad tuviese lugar el 30 de junio,
añadiendo que, si la respuesta fuese negativa, él se vería
en conciencia obligado a proceder igualmente a la consagración. El
Cardenal Ratzinger le contestó invitándolo a reconsiderar esta decisión.
El 24 de mayo Mons. Lefebvre y el Cardenal Ratzinger
se encontraron en Roma, y éste último comunicó a Mons.
Lefebvre que el Papa estaba dispuesto a nombrar un obispo
de la Fraternidad de modo tal que su ordenación tuviese
lugar el 15 de agosto de 1988, como clausura del
año mariano. En carta ulterior, Mons. Lefebvre volvió a insistir
en la fecha del 30 de junio, amenazando con ordenar
él mismo por su cuenta.
El Papa envió personalmente,
el 9 de junio, una carta angustiosa a Mons. Lefebvre
buscando impedir el acto cismático. En ella le decía: “no
solamente lo invito a esto [a renunciar al proyecto de
ordenar obispos sin mandato de la Sede Apostólica], más aún,
se lo pido, por las llagas de Cristo Nuestro
Redentor, en el nombre de Cristo quien, la vigilia de
su Pasión, oró por sus discípulos ‘para que todos sean
una sola cosa’ (Jn 17,20)”.
Sin hacer caso de
este pedido, Mons. Lefebvre (asistiendo como obispo co-consagrante Mons. Antonio
de Castro Mayer) ordenó cuatro obispos el 30 de junio
de 1988, cumpliendo, de este modo, un acto formalmente cismático
e incurriendo en excomunión “latae sententiae”. El 1 de julio
de 1988, el Cardenal Bernardin Gantin, Prefecto de la Congregación
para los Obispos, publicó el decreto “declarando” la excomunión “latae
sententiae” reservada a la Sede Apostólica de los seis implicados:
Mons. Lefebvre, Mons. Castro Mayer, y los neo ordenados Bernard
Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de
Galarreta. Se advertía también a los sacerdotes y fieles que
de adherir al cisma de Mons. Lefebvre, incurrirían “ipso facto”
en la pena de excomunión.
2. Estado actual canónico
Como ya
hemos dicho, a raíz de la consulta de Mons. Brunner,
obispo de Sion, sobre el estado canónico actual de la
Fraternidad y de quienes asisten a sus Misas, la Sagrada
Congregación para los Obispos respondió el 31 de octubre de
1996 adjuntanto una puesta a punto del Consejo Pontificio para
la Interpretación de los Textos Legislativos. Según esto hay que
establecer lo siguiente:
1) Mons. Lefebvre (ya fallecido), Mons.
De Castro Mayer (obispo co-consagrante) y los cuatro sacerdotes ordenados
obispos el 30 de junio de 1988, incurrieron en pena
de excomunión “latae sententiae” (c. 1382); estas censuras pasaron a
ser luego “declaradas” por el decreto de la Congregación para
los obispos (1 de julio de 1988). Los cuatro sacerdotes
ordenados obispos, fueron ordenados válidamente, pero con un acto cismático.
2) Los presbíteros ilícitamente ordenados por Mons. Lefebvre no
están excomulgados por este hecho sino suspendidos “a divinis”. Se
les aplica el canon 265, y al ser presbíteros acéfalos,
tienen prohibido cualquier oficio eclesiástico o el ejercicio del sacro
ministerio, mientras no queden incardinados en alguna institución eclesiástica. Los
sacramentos de Bautismo, Eucaristía y Unción de los enfermos administrados
por estos presbíteros son válidos, pero ilícitos. Sin embargo, si
adhieren formalmente al cisma de Mons. Lefebvre pasan a ser
cismáticos y por tanto quedan excomulgados por este otro motivo
(no por el hecho de haber sido ordenados). Para que
se considere que hay “adhesión formal” a un cisma deben
darse dos condiciones:
– Una de naturaleza interior: aceptar
libre y conscientemente lo esencial del cisma, es decir, optar
por los discípulos de Mons. Lefebvre de tal modo que
esta elección esté por encima de la obediencia al Papa
(habitualmente, tal actitud está en la raíz de las tomas
de posición contrarias al Magisterio de la Iglesia).
–
Otra de naturaleza exterior: es la exteriorización de esta opción.
El signo más evidente de esto es la participación exclusiva
a las funciones eclesiásticas lefebvristas, sin tomar parte en las
funciones de la Iglesia Católica.
Teniendo en cuenta
estas condiciones, parece ser indudable que los presbíteros y diáconos
lefebvristas cuya actividad se desarrolla dentro del movimiento cismático, dan
prueba exterior de cumplir las dos condiciones y, por tanto,
de estar excomulgados por adherirse formalmente al cisma.
3)
La participación a las ceremonias oficiadas por estos presbíteros es
objetivamente ilícita, porque no se realizan en comunión total con
la Iglesia y son fuente de gran escándalo y división
de la comunidad eclesial. Por tanto, la asistencia de los
fieles no está autorizada más que en caso de verdadera
necesidad. Por esta razón, los que participan ocasionalmente, sin intención
de adherirse formalmente a las posiciones de la comunidad lefebvrista
respecto del Santo Padre, no incurren en pena de excomunión.
Para juzgar si un fiel incurre en excomunión por delito
de cisma, habrá que ver si cumple las dos antedichas
condiciones. Evidentemente, en contraposición con los presbíteros y diáconos que
ofician los ritos cismáticos, no basta para juzgar como cismático
a un fiel su sola asistencia ocasional a estas funciones;
sobre todo teniendo en cuenta que puede estar legitimado por
encontrarse en caso de “verdadera necesidad” (si no tiene otra
Misa, por ejemplo).
3. La raíz del problema
Difícilmente se encuentre
un cisma que no tenga errores doctrinales de base. En
el caso lefebvrista la raíz de acto cismático “es individuable
en una incompleta y contradictoria noción de tradición”[9]:
–
Incompleta: porque no tiene suficientemente en cuenta el carácter vivo
de la tradición que toma su origen en los apóstoles
y progresa en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu
Santo.
– Contradictoria: porque es una noción de tradición
que opone ésta al magisterio universal de la Iglesia, cuyo
detentor es el Obispo de Roma y el cuerpo de
los obispos. No se puede permanecer fiel a la tradición
rompiendo el ligamen eclesial con aquél a quien Cristo mismo,
en la persona del apóstol Pedro, confió el ministerio de
la unidad en su Iglesia. Esta contradicción lleva a una
actitud semejante a la que caracterizó algunas sectas de la
antiguedad: “se remiten a los papas del pasado para sustraerse
a la obediencia de los papas de hoy”[10].
El
movimiento lefebvrista surgió como reacción a tendencias y actitudes “progresistas”
que abusivamente se quisieron amparar en la autoridad del Concilio
Vaticano II. La concepción del progreso por parte de estos
movimientos teológicos y autores singulares, lo concebía como una aspiración
hacia el futuro “rompiendo” con el pasado teológico, dogmático y
moral, de la Iglesia. Incurrió en afirmaciones no sólo erróneas
sino claramente heréticas en muchos casos. “La tendencia opuesta, sin
embargo, definida como ‘conservadorismo’ o ‘integrismo’, se detiene en el
pasado mismo, sin tener en cuenta la justa aspiración hacia
el futuro como se manifiesta propiamente en la obra del
Vaticano II... Ve lo justo solamente en aquello que es
‘antiguo’ reteniéndolo sinónimo de la tradición. Sin embargo, no es
lo ‘antiguo’ en cuanto tal, ni lo ‘nuevo’ por sí
mismo que corresponden al concepto justo de la tradición en
la vida de la Iglesia. Tal concepto, en efecto, significa
la fiel permanencia de la Iglesia en la verdad recibida
de Dios, a través de las mutables vicisitudes de la
historia. La Iglesia, como aquel patrón del Evangelio, extrae con
sabiduría ‘de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas’, permaneciendo
absolutamente obediente al Espíritu de verdad que Cristo ha dado
a la Iglesia como guía divina. Y la Iglesia cumple
esta delicada obra de discernimiento a través del magisterio auténtico”[11].
El movimiento lefebvrista no es, pues, tradicionalista sino “fixista”;
y el “fixismo” es, por definición, un antitradicionalismo. En definitiva,
como –según suele decirse– todos los extremos se tocan, el
cisma lefebvrista cae en el mismo “complejo antirromano” con que
Von Balthasar calificaba la actitud del progresismo.
[1] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume S1,
Documenti della Santa Sede (Omissa 1962-1987), nnº 562 ss.
[2] Cf.
Enchiridion Vaticanum, Volume S1, Documenti della Santa Sede (Omissa 1962-1987),
nnº 585 ss.
[3] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume 11, Documenti della
Santa Sede (1988-1989), nnº 535 ss.
[4] Cf. Insegnamenti di Giovanni
Paolo II, Libreria Editrice Vaticana, Unitelm, Padova 1996.
[5] Cf. Enchiridion
Vaticanum, Volume S1, Documenti della Santa Sede (1988-1989), nnº 765
ss.
[6] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume S1, Documenti della Santa Sede
(19881989), nº 1196.
[7] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume S1, Documenti della
Santa Sede (1988-1989), nnº 1197 ss.
[8] El texto de ambos
ha sido publicado en: “La documentation catholique”, nº 2163, 6
juillet 1997, pp. 621-623.
[9] Juan Pablo II, Carta Apostólica “Ecclesia
Dei”, 4.
[10] Cf. Comisión Cardenalicia, “El caso lefebvre”, op. cit.
[11]
Juan Pablo II, “Tradición: ni progresismo ni consevadorismo”, 8 de
abril de 1988.
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