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Autor: Josep Miró i Ardèvol Newman: la razón al servicio de la fe
El Cardenal Newman y su obra intelectual son una fuente de inestimable valor y utilidad para el Cristianismo de nuestra casa
El Cardenal Newman y su obra intelectual son una
fuente de inestimable valor y utilidad para el Cristianismo de
nuestra casa. Por esta razón he pensado que podía resultar
útil hacer una aproximación libre de su formidable estudio "El
Desarrollo del Dogma". Remarco el calificativo de "libre" porque mi
pretensión es muy modesta: releer a Newman desde la perspectiva
personal - la de un cristiano de a pie, que
forma parte de esta gran mayoría de "pequeños de la
Iglesia" - e intentar hacerlo lo más accesible a todo
el mundo.
Es una evidencia notoria que no soy un
experto en Newman, sino uno de tantos lectores que se
acercó por intuición - o por la gracia del Espíritu,
quién sabe - cuando buscaba referentes para autoexplicarme el por
qué de mi recuperación de ser católico. Después me ha
parecido ver en su planteamiento muchos enfoques razonables para los
retos de nuestro tiempo, que querría compartir.
Mi aproximación a la
obra de Newman no hubiera sido posible sin la colaboración
de uno de los mejores especialistas, el Padre Aureli Boix.
Para interesarse por Newman es suficiente con amar la capacidad
de razonar del hombre, con saber apreciar la belleza de
una buena construcción intelectual que puede mostrarnos un fragmento poético,
una formalización matemática... o con entrever la lógica de
Dios revelada al hombre. El cardenal inglés sabía como pocos
acercarnos.
Lo hace sobre todo con el ejercicio de dos valores
muy humanos. Uno es el ya apuntado de la lógica,
el otro - esencial en nuestro tiempo - el de
la historia; es decir, de la memoria, porque perderla significa,
en buena parte, perder la vida. La absoluta vinculación al
presente, sin vínculos mentales con el pasado, es una forma
perversa, por falsa, de afrontar el futuro, porque también somos
pasado. Un futuro que no acertemos porque no sabemos, porque
saber es siempre "haber sabido". Memoria. Esta elementalidad, esta evidencia,
si hay alguien que no debe descuidarla nunca, esos somos
nosotros, el Pueblo de Dios. ¿Cómo podemos entender lo que
nos pasa y lo que sucederá si no recordamos el
pasado?: nuestra Alianza histórica con Dios.
La importancia de "haber sabido"
Muy al principio de "El Desarrollo del Dogma", Newman introduce
una frase que podría constituir una definición plausible de la
Iglesia católica:
"Papas contra papas, concilios contra concilios, alguno padres de
la Iglesia contra otros. Éstos contra ellos mismos, el consenso
de unos padres de una época contra el consenso de
padres de otra, la Iglesia de un siglo contra la
de otro".
En realidad la frase es algo más que
plausible. Hoy sería una línea de pensamiento de celebración segura
en gran parte de la opinión del "stablisment" e, incluso,
considerada de buen tono por gente de la propia Iglesia.
Y eso quiere decir que en cierto sentido las cosas
no son tan diferentes como lo eran en la Inglaterra
anglicana de la época de Newman, en la primera mitad
del siglo pasado.
Cuando él utiliza aquella frase del protestante
Chillingworth, para introducir el por qué de algunas de las
razones que lo llevaron a escribir una obra de tanta
entidad cómo es "El Desarrollo del Dogma", lo hace como
excusa - digámoslo así - para introducir una reflexión sencilla
y al mismo tiempo poderosa: el Cristianismo tiene suficientes años
de vida como para significar un hecho extraordinario en la
historia del mundo. Pero atención porque lo es, no únicamente
como pueda serlo la del Egipto de los faraones, sino
que además, es historia viva y actuante en el presente.
Es una historia actuante en la persona y en la
sociedad que en parte hemos heredado y, también, que en
parte construimos día a día. Este hecho comporta una consecuencia:
El Cristianismo, su naturaleza, carácter y doctrina, no pueden ser
despachados con una opinión personal, con una experiencia individual, o
con cuatro reflexiones. Como dice Newman, no puede ser tratado
como materia de "deducción privada", si no queremos caer en
la frivolización de la evidencia.
A ningún escritor juicioso se
le ocurriría descalificar a Shakespeare por el hecho de que
la lectura de un de sus textos le desagradara, o
que la representación de una de sus obras - pensara
- que proponía actitudes contrarias a sus criterios. Y si
lo hiciera, sería tildado de ignorante, frívolo u oportunista. Si
por contra la descalificación fuera sobre un autor reciente, poco
conocido, la crítica nos parecería solvente, incluso aunque ignoráramos las
características de la obra criticada.
La verificación de la Historia
¿Cuál es
la diferencia entre uno y otro caso? La historia. Shakespeare
tiene tras de sí cerca de 400 años de historia
literaria, de opiniones y análisis solventes, de millones de lectores
repartidos entre centenares de generaciones por todo el mundo, que
no pueden menospreciarse, u olvidarse. No, no es posible una
crítica privada, subjetiva del autor inglés, que para algunos, como
el experto Harold Bloom, es el centro del canon literario.
Y si es obligado este respeto intelectual por Shakespeare, ¿por
qué no tenemos que exigir - como mínimo - siempre
y a todo el Mundo el mismo enfoque y actitud
para otra realidad que no tiene tras de sí opiniones
de 400, sino de 2000 años y centenares de millones
de partícipes, centenares de millares de testigos históricos e intelectuales
de un valor imprescindible para la Humanidad? ¿Quien puede competir
hoy con el bagaje conceptual y la práctica, en la
capacidad de desarrollar la inteligencia y los sentimientos positivos, con
el Cristianismo? Más todavía Por qué los mismos cristianos no
mostramos esta evidencia que tanto puede ayudar en el mundo
de hoy?
Es indudable que el Cristianismo puede ser objeto de
cualquier interpretación o teoría: podemos preguntarnos sobre su valor moral,
o político. Obviamente podemos inquirir si las ideas que manifiesta
son de origen humano o no, como también si se
trata de una religión vinculada a una determinada civilización, a
una época de la historia o, ciertamente, viviendo en la
historia, la transciende, la "traspasa" de parte a parte. Todo
eso y muchas otras cosas pueden cuestionarse. Pero si lo
hacemos, tenemos que aceptar, al mismo tiempo, la realidad de
su carácter objetivo: El Cristianismo "existe y es" con independencia
de nuestra voluntad y criterio. Y "es" precisamente como consecuencia
de su larga historia y de su presencia por lo
que la "voz se ha extendido por todos los países
".
No, no puede prescindirse, descalificarse sin más, el testigo
de tantos siglos, de tanta y tan diversa gente. Para
opinar sobre el Cristianismo tienen que escuchar necesariamente la opinión
de todo este mundo de la Memoria y de su
testimonio actual. En definitiva, hay que reflexionar sobre el por
qué continuamos aquí después de tantos siglos y tantos errores.
Sobre el por qué somos tantos y tan diferentes que
creemos en lo mismo a lo largo de tanto tiempo
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