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Autor: P. Gonzalo Miranda L.C
Existencia y dinamismo de la Ley Moral Natural
Manual de Teología Moral
 
Si la Ley Natural Moral es una serie de principios morales que la razón humana encuentra en la propia naturaleza del hombre, está claro que su existencia dependerá fundamentalmente de cuatro condiciones :
a) Que exista una naturaleza humana.
b) Que esa naturaleza sea universal e inmutable.
c) Que esa naturaleza sea moralmente normativa para la persona.
d) Que la razón humana razone moralmente en función de esa naturaleza.


a) Existencia de la naturaleza humana

El problema fundamental para aceptar la existencia de la naturaleza está en la correcta comprensión del término “naturaleza” al que se refiere la LMN. Algunos autores niegan que la persona tenga una naturaleza porque la entienden como una realidad determinante, estática, fija . Y en ese sentido es contraria a la realidad del hombre en cuanto espíritu, ser libre e histórico; un ser al que corresponde más lo “cultural” que lo “natural”. Pero no es ése el significado de la palabra cuando la aplicamos a la LMN.

La palabra “naturaleza” proviene del vocablo latino natura. Su significado primordial se refiere al nacer, brotar, surgir de algo.

Se refiere, pues, de modo primordial, al estado nativo de un ser, así como nace. De esa raíz, el término ha pasado a tener múltiples acepciones análogas. Se dice, por ejemplo, del mundo de las cosas no elaboradas; y en ese sentido se opone lo natural a lo artificial. Se usa también para referirse a las cosas en su estado originario, no cultivado; lo opuesto a la cultura.

En todas esas acepciones la palabra se aplica al mundo “físico”; es el significado “naturalista” del término. En ese sentido, el término no puede ser aplicado al mundo del espíritu, que es lo contrario de la determinación física. Por eso, Aristóteles que usó la palabra en ese sentido afirmaba que el alma no tiene naturaleza.

Pero Aristóteles dio al término también otro significado muy diverso: la “naturaleza” designa la “esencia” de algo. Es el sentido “metafísico” del vocablo. Y ese sentido puede ser aplicado a todo lo que existe, tanto al mundo físico como a las realidades espirituales.

La reflexión metafísica nos lleva a entender que todo lo que es, es algo. Ese algo es su esencia: aquello por lo que un ser es lo que es y no otra cosa. La esencia de un ser hace que obre de un modo específico, diferente al modo de actuar de otro ser que tiene otra esencia. Pues bien, llamamos naturaleza a la esencia de un ser en cuanto que es el principio de su obrar propio.

También ese sentido “metafísico” pasó luego -igual que el sentido “naturalista”- al patrimonio cultural occidental. Es utilizado incluso en el lenguaje popular , y se aplica a realidades tan espirituales, tan poco “naturales” en el otro sentido, como el mismo Dios: “naturaleza divina”.

Visto así el concepto, es evidente que el hombre tiene una “naturaleza”. Desde luego, en cuanto ser corporal, está situado, como los demás seres físicos, dentro del cosmos de la naturaleza física (sentido naturalista). Pero también considerado en su dimensión espiritual, en su capacidad de hacerse a sí mismo con su propia libertad, tiene una naturaleza, un modo de ser que no depende de él mismo (sentido metafísico). Como cualquier otro ser, también él es lo que es y no otra cosa, y es capaz de actuar de cierta manera y no de otras que son propias de otros seres. Es cierto que él es un ser libre; y en ese sentido no es sólo naturaleza, es “más que naturaleza”, en cuanto que en cierta medida se hace a sí mismo. Pero es más que naturaleza precisamente porque tiene esa naturaleza que le hace libre. En este sentido es muy cierto lo que decía Sartre: el hombre “está condenado a la libertad”. No puede dejar de ser libre (libertad como “libre arbitrio”). Pero, además, su ser libre está configurado con las características de su naturaleza humana: es un ser corporal, histórico y cambiante en el tiempo, es un ser social, se ve afectado por pasiones y sentimientos, etc., etc.

b) Universalidad e inmutabilidad de la naturaleza humana

Como decía arriba, no basta la existencia de la naturaleza humana para fundar la LMN. Se requiere además que sea universal e inmutable; es decir, que sea propia de todos los seres humanos, en el espacio y en el tiempo.

Es evidente que muchas cosas cambian con el paso del tiempo, sea en un individuo singular, sea también en los grupos humanos. Pero se trata de modificaciones “accidentales”, no esenciales, de la persona humana, y de cambios “culturales” de los grupos humanos, que siguen estando compuestos de personas con la misma naturaleza humana.

Yo puedo variar en muchas cosas según va pasando el tiempo. Más aún, puedo en cierto modo modificarme a mí mismo, tanto físicamente como psicológica y espiritualmente. Pero me doy cuenta de que hay ciertos límites, más allá de los cuales no podría subsistir mi propia identidad. Esos límites son los marcados por mi propia naturaleza .

La universalidad e inmutabilidad de la naturaleza humana se muestra claramente en el fenómeno de la comprensión universal entre todos los seres humanos. Si leo una tragedia griega o un poema de la antigua China, entro fácilmente en sintonía con sus personajes, capto sus sentimientos, me conmuevo con su drama y con sus alegrías. Por mucho tiempo que haya pasado, y por muchas diversidades culturales que haya entre ellos y yo, hay algo que nos une profundamente, y que me hace capaz de “comprenderles”, de compenetrarme con sus historias humanas. Al fin y al cabo, de aquellas páginas rezuma lo mismo que yo experimento y vivo: amor, dolor, odio, solidaridad, envidia...

Dos seres humanos de cualquier latitud, raza, cultura, e incluso de cualquier época, podrían perfectamente entenderse mutuamente y comprenderse profundamente. Con un poco de tiempo podrían hablar un mismo lenguaje, aunque fuera a base de señas. Aprendería uno el lenguaje del otro (por muy extraño que fuera para él), o podrían incluso crear un nuevo lenguaje común.

Todo esto es posible solamente porque todo ser humano tiene la misma naturaleza, con la misma “estructura” mental, psíquica, sentimental, etc. de fondo. Al fin y al cabo, todo ser humano es humano.

c) Normatividad de la naturaleza humana

No basta aún que exista una naturaleza humana y que ésta sea universal e inmutable. Es necesario que esa naturaleza se presente a la razón humana como normativa para que constituya la base de la LMN. Si cada uno pudiera hacer lo que quisiera con su naturaleza sin rebajarse a sí mismo como persona, sin actuar moralmente mal, no podríamos hablar de Ley Moral Natural.

Podría pensarse, en efecto, que la persona humana, en cuanto sujeto libre, espíritu abierto al absoluto, hacedor de sí mismo, no puede verse sujeta a nada que sea natural, determinado, ya hecho. El hombre, aunque tenga una naturaleza, sería moralmente libre para hacer con ella lo que quisiera.

Pero esta visión muestra una comprensión equivocada de la naturaleza humana. La contempla como algo ajeno al sujeto personal mismo, algo que él posee como se posee un objeto, del cual se puede disponer libremente. Al contrario, mi naturaleza soy yo. Yo soy lo que soy, soy quien soy, porque existo con esta naturaleza humana. Soy libre, abierto al absoluto, etc. porque soy de naturaleza libre y abierta al absoluto. Por ello mismo, todo el valor que me es propio en cuanto persona libre, trascendente, abierta al absoluto, penetra, permea también a mi naturaleza. El respeto que me debo a mí mismo en cuanto persona se lo debo igualmente a mi naturaleza, que es la que me hace existir como persona . No sólo, sino que podemos también afirmar que, dado que la misma naturaleza humana está abierta al absoluto, tiene ya en sí misma (y no sólo como recibida de la persona) una dignidad que exige ser respetada. Desde el punto de vista teológico, tendríamos que decir que la naturaleza humana ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Ciertamente, no existe la naturaleza sin ser la naturaleza de una persona concreta, pero tampoco existe ésta sin naturaleza humana. Y ella ha sido querida y creada por Dios así como es, como naturaleza humana, con todo lo que ella implica.

La naturaleza humana se compone de una dimensión física y otra espiritual. Una composición intrínseca, según la cual los dos componentes forman una totalidad única. Eso significa que el respeto debido a la naturaleza humana se debe tanto al cuerpo como al espíritu. Mi cuerpo no es para mí simplemente un objeto de posesión, del que puedo hacer lo que quiera. En cuanto parte de mi naturaleza humana, es parte también de mí mismo, y me exige moralmente un respeto, en el marco del bien global de toda mi persona.


d) El dinamismo de la razón práctica

Hasta aquí hemos mostrado que existe la naturaleza humana, inmutable y universal, y moralmente normativa para el hombre. Pero, como decía arriba, es necesario comprender también en qué modo la razón humana formula en sí misma esos “principios morales generales” de la LMN a partir de la naturaleza humana del sujeto. Lo he considerado brevemente al final de la explicación del concepto mismo de LMN, pero conviene analizarlo un poco más a fondo.

Hay que partir del hecho de que la razón humana no es una realidad existente en sí misma, sino que forma parte de la naturaleza humana de una persona concreta. Ahora bien, la naturaleza tiene una serie de dinamismos y tendencias “naturales”. Toda la naturaleza humana del sujeto tiende espontáneamente a una serie de realidades que para ella son bienes, así como rechaza lo que va contra sus tendencias. Pero como la razón forma parte de esa naturaleza, ella ve también como bueno o malo, razonable o no, lo que concuerda o se opone a esas tendencias. De ese modo, las tendencias naturales del hombre, aun las más comunes con los animales, no son puramente animales, “naturales”, sino que están como penetradas de racionalidad, son desde el principio actividades humanas, y como tales determinan el juicio axiológico y práctico de la razón .

La percepción por parte de la razón de lo bueno o malo en cuanto conforme o no con la propia naturaleza se realiza ya al inicio de modo espontáneo, incluso irreflexivo, casi como un “sentimiento” natural (que es también racional) . Después, la razón irá explicitando y tematizando esos valores espontáneamente percibidos, e irá formulando juicios morales, conectándolos, traduciéndolos en sentencias universales, etc. que constituirán el conocimiento racional reflejo de la LMN. En ese proceso interviene todo el proceso de socialización, educación y maduración personal que todo individuo realiza en la propia vida. Las normas positivas de la moralidad, recibidas paulatinamente por el individuo gracias a la familia, la escuela, etc. pueden ayudarle a concretar, perfilar y reforzar los contenidos de la LMN.

Me parece que habría que completar esta explicación con la consideración de la libertad como ingrediente. La LMN no consiste simplemente en la identificación de aquello que va a favor o contra la naturaleza humana, sino en la comprensión de unos principios que son morales y por ello mismo orientan, moralmente, el obrar humano. La razón elabora esos principios morales precisamente en cuanto considera lo que va a favor o contra la naturaleza humana como objetos, hipotéticos o reales, de actos humanos concretos, ya sea que los ponga o pueda poner el mismo sujeto, ya que los realice cualquier otro sujeto libre. Hemos repetido varias veces que la moralidad se da sola y exclusivamente en el ámbito de la libertad. Si la razón considerara solamente que “algo” es contrario a las tendencias fundamentales de la naturaleza humana, vería solamente esa relación negativa, se quedaría en la constatación factual de esa oposición. Es el hecho de que ese “algo” sea o pueda ser objeto de un acto humano, consciente y libre, responsable, lo que hace que la razón lo vea como moralmente malo.

A este dinamismo de la razón me refería páginas atrás, cuando decía que la razón “lee en la naturaleza” de la que forma parte los principios morales generales que constituyen la LMN.

Hemos visto, pues, que existe la naturaleza humana, universal e inmutable, que se presenta a la razón con carácter moralmente normativo, y a partir de la cual la razón práctica formula unos principios generales que dirigen moralmente al sujeto. Es decir, existe la Ley Moral Natural. Sólo nos falta analizar el contenido y las características de la misma.


 
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