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| Fundamentos de la adoración eucarística |
El fundamento primero de la adoración
La Iglesia cree y
confiesa que «en el augusto sacramento de la Eucaristía, después
de la consagración del pan y del vino, se contiene
verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y
hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles» (Trento 1551:
Dz 874/1636).
La divina Presencia real del Señor, éste es el
fundamento primero de la devoción y del culto al Santísimo
Sacramento. Ahí está Cristo, el Señor, Dios y hombre verdadero,
mereciendo absolutamente nuestra adoración y suscitándola por la acción del
Espíritu Santo. No está, pues, fundada la piedad eucarística en
un puro sentimiento, sino precisamente en la fe. Otras devociones,
quizá, suelen llevar en su ejercicio una mayor estimulación de
los sentidos -por ejemplo, el servicio de caridad a los
pobres-; pero la devoción eucarística, precisamente ella, se fundamenta muy
exclusivamente en la fe, en la pura fe sobre el
Mysterium fidei («præstet fides supplementum sensuum defectui»: que la fe
conforte la debilidad del sentido; Pange lingua).
Por tanto, «este culto
de adoración se apoya en una razón seria y sólida,
ya que la Eucaristía es a la vez sacrificio y
sacramento, y se distingue de los demás en que no
sólo comunica la gracia, sino que encierra de un modo
estable al mismo Autor de ella.
«Cuando la Iglesia nos manda
adorar a Cristo, escondido bajo los velos eucarísticos, y pedirle
los dones espirituales y temporales que en todo tiempo necesitamos,
manifiesta la viva fe con que cree que su divino
Esposo está bajo dichos velos, le expresa su gratitud y
goza de su íntima familiaridad» (Mediator Dei 164).
El culto eucarístico,
ordenado a los cuatro fines del santo Sacrificio, es culto
dirigido al glorioso Hijo encarnado, que vive y reina con
el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, por los
siglos de los siglos. Es, pues, un culto que presta
a la santísima Trinidad la adoración que se le debe
(+Dominicæ Cenæ 3).
Sacrificio y Sacramento
Puede decirse que «para ordenar y
promover rectamente la piedad hacia el santísimo sacramento de la
Eucaristía [lo más importante] es considerar el misterio eucarístico en
toda su amplitud, tanto en la celebración de la Misa,
como en el culto a las sagradas especies» (Ritual 4).
Juan
Pablo II insiste en este aspecto: «No es lícito ni
en el pensamiento, ni en la vida, ni en la
acción quitar a este Sacramento, verdaderamente santísimo, su dimensión plena
y su significado esencial. Es al mismo tiempo Sacramento-Sacrificio, Sacramento-Comunión,
Sacramento-Presencia» (Redemptor hominis 20).
Ya Pío XII orienta en esta misma
dirección su doctrina sobre la devoción eucarística (cf. Discurso al
Congreso internacional de pastoral litúrgica, de Asís (A.A.S. 48, 1956,
771-725).
Esta doctrina ha sido central, concretamente, en la disciplina renovada
del culto a la Eucaristía.
«Los fieles, cuando veneran a Cristo
presente en el Sacramento, recuerden que esta presencia proviene del
Sacrificio y se ordena al mismo tiempo a la comunión
sacramental y espiritual» (Ritual 80).
Lógicamente, pues, «se prohibe la celebración
de la Misa durante el tiempo en que está expuesto
el santísimo Sacramento en la misma nave de la iglesia»
(ib. 83).
Esa íntima unión entre Sacrificio y Sacramento se expresa,
por ejemplo, en el hecho de que, al final de
la exposición, el ministro «tomando la custodia o el copón,
hace en silencio la señal de la Cruz sobre el
pueblo» (ib. 99). El Corpus Christi de la custodia es
el mismo cuerpo ofrecido por nosotros en el sacrificio de
la redención: el mismo cuerpo que ahora está resucitado y
glorioso.
Devoción eucarística y comunión
La presencia eucarística de Cristo siempre «se
ordena a la comunión sacramental y espiritual» (Ritual 80). En
efecto, la Eucaristía como sacramento está intrínsecamente orientada hacia la
comunión. Las mismas palabras de Cristo lo hacen entender así:
«tomad, comed, esto es mi cuerpo, entregado por vosotros». Consiguientemente,
la finalidad primera de la reserva es hacer posible, principalmente
a los enfermos, la comunión fuera de la Misa. En
el sagrario. como en la Misa, Cristo sigue siendo «el
Pan vivo bajado del cielo».
En efecto, «el fin primero y
primordial de la reserva de las sagradas especies fuera de
la misa es la administración del Viático; los fines secundarios
son la distribución de la comunión y la adoración de
Nuestro Señor Jesucristo, presente en el Sacramento. Pues la reserva
de las especies sagradas para los enfermos ha introducido la
laudable costumbre de adorar este manjar del cielo conservado en
las iglesias» (Ritual 5).
Según eso, en la Eucaristía, Cristo está
dándose, está entregándose como pan vivo que el Padre celestial
da a los hombres. Y sólo podemos recibirlo en la
fe y en el amor. Así es como, ante el
sagrario, nos unimos a Él en comunión espiritual. En la
adoración eucarística Él se entrega a nosotros y nosotros nos
entregamos a Él. Y en la medida en que nos
damos a Él, nos damos también a los hermanos.
«En la
sagrada Eucaristía -dice el Vaticano II- se contiene todo el
tesoro espiritual de la Iglesia, es decir, el mismo Cristo,
nuestra Pascua y Pan vivo, que, mediante su carne vivificada
y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los
hombres, invitándolos así y estimulándolos a ofrecer sus trabajos, la
creación entera y a sí mismos en unión con él»
(Presbiterorum ordinis 5).
La adoración eucarística, por tanto, ha de tener
siempre forma de comunión espiritual. Y según eso, «acuérdense [los
fieles] de prolongar por medio de la oración ante Cristo,
el Señor, presente en el Sacramento, la unión con él
conseguida en la Comunión, y renovar la alianza que les
impulsa a mantener en sus costumbres y en su vida
la que han recibido en la celebración eucarística por la
fe y el Sacramento» (Ritual 81).
Adoración eucarística y vida espiritual
La
piedad eucarística ha de marcar y configurar todas las dimensiones
de la vida espiritual cristiana. Y esto ha de vivirse
tanto en la devoción más interior como en la misma
vida exterior.
En lo interior. «La piedad que impulsa a los
fieles a adorar a la santa Eucaristía los lleva a
participar más plenamente en el Misterio pascual y a responder
con agradecimiento al don de aquel que, por medio de
su humanidad, infunde continuamente la vida en los miembros de
su Cuerpo. Permaneciendo ante Cristo, el Señor, disfrutan de su
trato íntimo, le abren su corazón por sí mismos y
por todos los suyos, y ruegan por la paz y
la salvación del mundo. Ofreciendo con Cristo toda su vida
al Padre en el Espíritu Santo, sacan de este trato
admirable un aumento de su fe, su esperanza y su
caridad. Así fomentan las disposiciones debidas que les permiten celebrar
con la devoción conveniente el Memorial del Señor y recibir
frecuentemente el pan que nos ha dado el Padre» (Ritual
80).
Disfrutan del trato íntimo del Señor. Efectivamente, éste es uno
de los aspectos más preciosos de la devoción eucarística, uno
de los más acentuados por los santos y los maestros
espirituales, que a veces citan al respecto aquello del Apocalipsis:
«mira que estoy a la puerta y llamo -dice el
Señor-; si alguno escucha mi voz y abre la puerta,
yo entraré a él, cenaré con él y él conmigo»
(Ap 3,20).
En lo exterior, igualmente, toda la vida ordinaria de
los adoradores debe estar sellada por el espíritu de la
Eucaristía. «Procurarán, pues, que su vida discurra con alegría en
la fortaleza de este alimento del cielo, participando en la
muerte y resurrección del Señor. Así cada uno procure hacer
buenas obras, agradar a Dios, trabajando por impregnar al mundo
del espíritu cristiano, y también proponiéndose llegar a ser testigo
de Cristo en todo momento en medio de la sociedad
humana» (Ritual 81; +Dominicæ Coenæ 7).
Adoración y ofrenda personal
Adorando a
Cristo en la Eucaristía, hagamos de nuestra vida «una ofrenda
permanente». Los fines del Sacrificio eucarístico, como es sabido, son
principalmente cuatro: adoración de Dios, acción de gracias, expiación e
impetración (Trento: Dz 940. 950/1743. 1753; +Mediator Dei 90-93). Pues
bien, esos mismos fines de la Misa han de ser
pretendidos igualmente en el culto eucarístico. Por él, como antes
nos ha dicho el Ritual, los adoradores han de «ofrecer
con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu
Santo» (80). Pío XII lo explica bien:
«Aquello del Apóstol, "habéis
de tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús" (Flp
2,5), exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí
mismos, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que
tenía el divino Redentor cuando se ofrecía en sacrificio; es
decir, que imiten su humildad y eleven a la suma
Majestad divina la adoración, el honor, la alabanza y la
acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten
la condición de víctima, abnegándose a sí mismos según los
preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia,
detestando y expiando cada uno sus propios pecados. Exige, en
fin, que nos ofrezcamos a la muerte mística en la
cruz, juntamente con Jesucristo, de modo que podamos decir como
san Pablo: "estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo"
(Gál 2,19)» (Mediator Dei 101).
Adoración y súplica
En el Evangelio vemos
muchas veces que quienes se acercan a Cristo, reconociendo en
él al Salvador de los hombres, se postran primero en
adoración, y con la más humilde actitud, piden gracias para
sí mismos o para otros.
La mujer cananea, por ejemplo, «acercándose
[a Jesús], se postró ante él, diciendo: ¡Señor, ayúdame!» (Mt
15,25). Y obtuvo la gracia pedida.
Los adoradores cristianos, con absoluta
fe y confianza, piden al Salvador, presente en la Eucaristía,
por sí mismos, por el mundo, por la Iglesia. En
la presencia real del Señor de la gloria, le confían
sus peticiones, sabiendo con certeza que «tenemos un abogado ante
el Padre, Jesucristo, el Justo. Él es la víctima propiciatoria
por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino
también por los del mundo entero» (1Jn 2,1-2).
En efecto, Jesús-Hostia
es Jesús-Mediador. «Hay un solo Dios, y también un solo
Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también,
que se entregó a Sí mismo como rescate por todos»
(1Tim 2,5-6). Su Sacerdocio es eterno, y por eso «es
perfecto su poder de salvar a los que por Él
se acercan a Dios, y vive siempre para interceder por
ellos» (Heb 7,24-25).
Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía
Al finalizar
su estudio sobre La presencia real de Cristo en la
Eucaristía, José Antonio Sayés escribe:
«La adoración, la alabanza y la
acción de gracias están presentes sin duda en la trama
misma de la "acción de gracias" que es la celebración
eucarística y que en ella dirigimos al Padre por la
mediación del sacrificio de su Hijo.
«Pero la adoración, que es
el sentimiento profundo y desinteresado de reconocimiento y acción de
gracias de toda criatura respecto de su Creador, quiere expresarse
como tal y alabar y honrar a Dios no sólo
porque en la celebración eucarística participamos y hacemos nuestro el
sacrificio de Cristo como culmen de toda la historia de
salvación, sino por el simple hecho de que Dios está
presente en el sacramento...
«Por otra parte, hemos de pensar que
la Encarnación merece por sí sola ser reconocida con la
contemplación de la gloria del Unigénito que procede del Padre
(Jn 1,14)... La conciencia viva de la presencia real de
Cristo en la Eucaristía, prolongación sacramental de la Encarnación, ha
permitido a la Iglesia seguir siendo fiel al misterio de
la Encarnación en todas sus implicaciones y al misterio de
la mediación salvífica del cuerpo de Cristo, por el que
se asegura el realismo de nuestra participación sacramental en su
sacrificio, se consuma la unidad de la Iglesia y se
participa ya desde ahora en la gloria futura» (312-313).
Adoremos, pues,
al mismo Cristo en el misterio de su máximo Sacramento.
Adorémosle de todo corazón, en oración solitaria o en reuniones
comunitarias, privada o públicamente, en formas simples o con toda
solemnidad.
-Adoremos a Cristo en el Sacrificio y en el Sacramento.
La adoración eucarística fuera de la Misa ha de ser,
en efecto, preparación y prolongación de la adoración de Cristo
en la misma celebración de la Eucaristía. Con razón hace
notar Pere Tena:
«La adoración eucarística ha nacido en la celebración,
aunque se haya desarrollado fuera de ella. Si se pierde
el sentido de adoración en el interior de la celebración,
difícilmente se encontrará justificación para pomoverla fuera de ella... Quizá
esta consideración pueda ser interesante para revisar las celebraciones en
las que los signos de referencia a una realidad transcendente
casi se esfuman» (212).
-Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía:
exaltemos al humillado. Es un deber glorioso e indiscutible, que
los fieles cristianos -cumpliendo la profecía del mismo Cristo- realizamos
bajo la acción del Espíritu Santo: «él [el Espíritu Santo]
me glorificará» (Jn 16,14).
En ocasión muy solemne, en el Credo
del Pueblo de Dios, declara Pablo VI: «la única e
indivisible existencia de Cristo, Señor glorioso en los cielos, no
se multiplica, pero por el Sacramento se hace presente en
los varios lugares del orbe de la tierra, donde se
realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado
el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual,
en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo
de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación
ciertamente gratísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa
que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos
no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho
presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos» (n.
26).
-Adorando a Cristo en la Eucaristía, bendigamos a la Santísima
Trinidad, como lo hacía el venerable Manuel González:
«Padre eterno, bendita
sea la hora en que los labios de vuestro Hijo
Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas
palabras: "sabed que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo". Padre, Hijo y Espíritu Santo,
benditos seáis por cada uno de los segundos que está
con nosotros el Corazón de Jesús en cada uno de
los Sagrarios de la tierra. Bendito, bendito Emmanuel» (Qué hace
y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario,
37).
-Adoremos a Cristo en exposiciones breves o prolongadas. Respecto a
las exposiciones más prolongadas, por ejemplo, las de Cuarenta Horas,
el Ritual litúrgico de la Eucaristía dispone:
«en las iglesias en
que se reserva habitualmente la Eucaristía, se recomienda cada año
una exposición solemne del santísimo Sacramento, prolongada durante algún tiempo,
aunque no sea estrictamente continuado, a fin de que la
comunidad local pueda meditar y orar más intensamente este misterio.
Pero esta exposición, con el consentimiento del Ordinario del lugar,
se hará sólamente si se prevé una asistencia conveniente de
fieles» (86).
«Póngase el copón o la custodia sobre la mesa
del altar. Pero si la exposición se alarga durante un
tiempo prolongado, y se hace con la custodia, se puede
utilizar el trono o expositorio, situado en un lugar más
elevado; pero evítese que esté demasiado alto y distante» (93).
Ante
el Santísimo expuesto, el ministro y el acólito permanecen arrodillados,
concretamente durante la incensión (97). Y lo mismo, se entiende,
el pueblo. Es el mismo arrodillamiento que, siguiendo muy larga
tradición, viene prescrito por la Ordenación general del Misal Romano
«durante la consagración» de la Eucaristía (21). Y recuérdese en
esto que «la postura uniforme es un signo de comunidad
y unidad de la asamblea, ya que expresa y fomenta
al mismo tiempo la unanimidad de todos los participantes» (20).
-Adoremos
a Cristo con cantos y lecturas, con preces y silencio.
«Durante la exposición, las preces, cantos y lecturas deben organizarse
de manera que los fieles atentos a la oración se
dediquen a Cristo, el Señor».
«Para alimentar la oración íntima, háganse
lecturas de la sagrada Escritura con homilía o breves exhortaciones,
que lleven a una mayor estima del misterio eucarístico. Conviene
también que los fieles respondan con cantos a la palabra
de Dios. En momentos oportunos, debe guardarse un silencio sagrado»
(Ritual 95; +89).
-Adoremos a Cristo, rezando la Liturgia de las
Horas. «Ante el santísimo Sacramento, expuesto durante un tiempo prolongado,
puede celebrarse también alguna parte de la Liturgia de las
horas, especialmente las Horas principales [laudes y vísperas].
«Por su medio,
las alabanzas y acciones de gracias que se tributan a
Dios en la celebración de la Eucaristía, se amplían a
las diferentes horas del día, y las súplicas de la
Iglesia se dirigen a Cristo y por él al Padre
en nombre de todo el mundo» (Ritual 96). Las Horas
litúrgicas, en efecto, están dispuestas precisamente para «extender a los
distintos momentos del día la alabanza y la acción de
gracias, así como el recuerdo de los misterios de la
salvación, las súplicas y el gusto anticipado de la gloria
celeste, que se nos ofrecen en el misterio eucarístico, "centro
y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana"
(CD 30)» (Ordenación general de la Liturgia de las Horas
12).
-Adoremos a Cristo, haciendo «visitas al Santísimo». En efecto, como
dice Pío XII, «las piadosas y aún cotidianas visitas a
los divinos sagrarios», con otros modos de piedad eucarística,
«han contribuido
de modo admirable a la fe y a la vida
sobrenatural de la Iglesia militante en la tierra, que de
esta manera se hace eco, en cierto modo, de la
triunfante, que perpetuamente entona el himno de alabanza a Dios
y al Cordero "que ha sido sacrificado" (Ap 5,12; +7,10).
Por eso la Iglesia no sólo ha aprobado esos piadosos
ejercicios, propagados por toda la tierra en el transcurso de
los siglos, sino que los ha recomendado con su autoridad.
Ellos proceden de la sagrada liturgia, y son tales que,
si se practican con el debido decoro, fe y piedad,
en gran manera ayudan, sin duda alguna, a vivir la
vida litúrgica» (Mediator Dei 165-166).
Sagrarios dignos en iglesias abiertas
Procuremos tener
sagrarios dignos en iglesias abiertas, para que pueda llevarse a
la práctica esa adoración eucarística de los fieles. Así pues,
«cuiden los pastores de que las iglesias y oratorios públicos
en que se guarda la santísima Eucaristía estén abiertas diariamente
durante varias horas en el tiempo más oportuno del día,
para que los fieles puedan fácilmente orar ante el santísimo
Sacramento» (Ritual 8; +Código 937). «El lugar en que se
guarda la santísima Eucaristía sea verdaderamente destacado. Conviene que sea
igualmente apto para la adoración y oración privada» (Ritual 9).
«Según
la costumbre tradicional, arda continuamente junto al sagrario una lámpara
de aceite o de cera, como signo de honor al
Señor» (Ritual 11; puede ser eléctrica, pero no común: Código
940).
En cada iglesia u oratorio haya «un solo sagrario» (Código
938,1). Y en los conventos o casas de espiritualidad el
sagrario esté «sólo en la iglesia o en el oratorio
principal anejo a la casa; pero el Ordinario, por causa
justa, puede permitir que se reserve también en otro oratorio
de la misma casa» (ib. 937).
Devoción eucarística y esperanza escatológica
Adoremos
a Cristo en la Eucaristía, como prenda y anticipo de
la vida celeste. La celebración eucarística es «fuente de la
vida de la Iglesia y prenda de la gloria futura»
(Vat.II: UR 15a). Por eso el culto eucarístico tiene como
gracia propia mantener al cristiano en una continua tensión escatológica.
Ante
el sagrario o la custodia, en la más preciosa esperanza
teologal, el discípulo de Cristo permanece día a día ante
Aquél que es la puerta del cielo: «yo soy la
puerta; el que por mí entrare, se salvará» (Jn 10,9).
Ante
el sagrario, ante la custodia, el discípulo persevera un día
y otro ante Aquél «que es, que era, que vendrá»
(Ap 1,4.8). El Cristo que vino en la encarnación; que
viene en la Eucaristía, en la inhabitación, en la gracia;
que vendrá glorioso al final de los tiempos.
No olvidemos, en
efecto, que en la Eucaristía el que vino -«quédate con
nosotros» (Lc 24,29)- viene a nosotros en la fe, «mientras
esperamos la venida gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo». Así lo
confesamos diariamente en la Misa. Como hace notar Tena, «la
presencia del Señor entre nosotros no puede ser más que
en la perspectiva del futuræ gloriæ pignus [prenda de la
futura gloria]» (217).
En los últimos siglos, ha prevalecido entre los
cristianos la captación de Cristo en la Eucaristía como Emmanuel,
como el Señor con nosotros; y éste es un aspecto
del Misterio que es verdadero y muy laudable. Pero los
Padres de la Iglesia primitiva, al tratar de la Eucaristía,
insistían mucho más que nosotros en su dimensión escatológica. En
ella, más que el Emmanuel, veían el acceso al Cristo
glorioso que ha de venir. Y en sus homilías y
catequesis señalaban con frecuencia la relación existente entre la Eucaristía
y la vida futura, esto es, la resurrección de los
muertos: «el que come mi carne y bebe mi sangre
tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último
día» (Jn 6,54).
Esta perspectiva escatológica de la Eucaristía no es
exclusiva de los Padres primeros, pues se manifiesta también muy
acentuada en la Edad Media, es decir, en las primeras
formulaciones de la adoración eucarística. Bastará, por ejemplo, que recordemos
algunas estrofas de los himnos eucarísticos compuestos por santo Tomás:
«O
salutaris hostia, quæ cæli pandis ostium» (Hostia de salvación, que
abres las puertas del cielo: Verbum supernum, Laudes, Oficio del
Corpus).
«Tu qui cuncta scis et vales, qui nos pascis hic
mortales, tuos ibi comensales, coheredes et sodales fac sanctorum civium»
(Tú, que conoces y puedes todo, que nos alimentas aquí,
siendo mortales, haznos allí comensales, coherederos y compañeros de tus
santos: Lauda Sion, secuencia Misa del Corpus).
«Iesu, quem velatum nunc
aspicio, oro fiat illud quod tam sitio; ut te revelata
cernens facie, visu sim beatus tuæ gloriæ» (Jesús, a quien
ahora miro oculto, cumple lo que tanto ansío: que contemplando
tu rostro descubierto, sea yo feliz con la visión de
tu gloria. Adoro te devote, himno atribuido a Santo Tomás,
para después de la elevación).
«O amantissime Pater, concede mihi dilectum
Filium tuum, quem nunc velatum in via suscipere propono, revelata
tandem facie perpetuo contemplari» (Padre amadísimo, concédeme al fin contemplar
eternamente el rostro descubierto de tu Hijo predilecto, al que
ahora, de camino, voy a recibir velado: Omnipotens sempiterne Deus,
oración preparatoria a la Eucaristía, atribuida a Santo Tomás).
La secularización
de la vida presente, es decir, la disminución o la
pérdida de la esperanza en la vida eterna, es hoy
sin duda la tentación principal del mundo, y también de
los cristianos. Por eso precisamente «la Iglesia y el mundo
tienen una gran necesidad del culto eucarístico» (Dominicæ Cenæ 3),
porque ésa es, sin duda, la devoción que con más
fuerza levanta el corazón de los fieles hacia la vida
celestial definitiva.
Y «he aquí -escribe Tena- cómo a través de
esta dimensión escatológica de la adoración eucarística, reencontramos la motivación
fundamental de la misma reserva: para el Viático, para que
los enfermos puedan comulgar... Este pan de vida que está
encima del altar, así como procede del banquete celestial, continúa
ofrecido como alimento de tránsito: es un viático, sobre todo.
Cada uno de los adoradores puede pensar, en el instante
de adoración silenciosa, en este momento en que recibirá por
última vez la Eucaristía: "¡quien come de este pan vivirá
para siempre!" (Jn 6,58). La prenda del futuro absoluto está
ahí: es la presencia del Señor de la gloria, que
aparece en la Eucaristía» (217).

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