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Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: es.catholic.net Las Humanidades o los saberes inútiles
El disfraz se les había pegado a la cara como un siniestro tatuaje
Las Humanidades o los saberes inútiles
En el conjunto de los saberes, las humanidades han
desempeñado en nuestro siglo el papel del tonto de la
familia. Y lo peor es que, extasiadas por los logros
de sus parientes listos, han caído en la esquizofrenia de
querer aparentar a toda costa lo que no eran.
En este
absurdo baile de máscaras todos los danzantes se colocaron la
careta de "científicos". El filósofo, avergonzado de sí mismo, se
dedicó a analizar la metodología de la ciencia; el filólogo
-el amante de las palabras- se travistió de lingüista; el
teólogo, para no verse condenado definitivamente al exilio, se convirtió
en un asiduo comentador de estadísticas sobre la incidencia de
los factores religiosos en los comportamientos sociales.
Lo que antaño había
constituido la orgullosa herencia de los tontos fue desdeñosamente almacenado
en el desván de lo no significativo, relegado al cuarto
oscuro de lo irracional, a una estancia umbría poblada de
fantasmas como las torres de un viejo castillo. Al final,
cuando el morador de la casa decidió instalar la antena
parabólica, vendió toda aquella chatarra en un rastro por cuatro
duros.
Pero he aquí que los más listos de los listos
-los científicos de verdad- descubrieron que sus saberes no eran
tan exactos, imparciales y objetivos como los tontos -los científicos
disfrazados- habían ingenuamente creído. Y además, para mayor complicación, las
ecuaciones les estallaron en las manos -como a veces les
sucede con sus artefactos a los pirotécnicos de las ferias-
dibujando en el cielo gigantescos hongos destructivos.
Cuando los listos se
percataron de que no eran omniscientes, de que no tenían
la respuesta al porqué y al para qué de casi
nada, acudieron a sus primos menos aventajados a ver si,
entre todos, eran capaces de llegar a algún resultado. Pero
éstos descubrieron que el disfraz se les había pegado a
la cara como un siniestro tatuaje; tras la máscara veneciana
no quedaba nada del rostro original.
Asustados, buscaron con empeño en
los bolsillos de sus batas blancas, rastrearon en vano los
estantes de sus falsos laboratorios, destriparon los discos duros de
sus ordenadores. La cosecha fue escasa. Aquí y allí quedaba
alguna palabra, algún pequeño fragmento de un manuscrito original, pero
ya casi nadie entendía la lengua en la que había
sido escrito y costaba mucho descifrar su significado.
Los listos, decepcionados,
tocaron la campana a rebato y convocaron una reunión a
la que acudieron una masa enorme de adivinos, hechiceros, augures
y quiromantes. A los tontos no se les dejó entrar,
porque en esa exigente asamblea estaban prohibidos los disfraces. Sólo
hubo espacio para las cámaras de televisión que enfocaban, en
una mezcla extraña y confusa, al físico y al mago,
al bioquímico y a la echadora de cartas.
Sentados en
los salones de sus casas, en una breve pausa entre
la vuelta de la oficina y la salida al supermercado,
los ciudadanos contemplaban, inmutables, el desarrollo de la reunión. No
entendían nada, pero tampoco les importaba. Lo esencial estaba más
o menos asegurado: había provisiones en el frigorífico, una discoteca
cercana y buenas ofertas de la agencia de viajes.
Publicado en
catalán: "Les Humanitats o els coneixements inútils", Teologia Actual 38
(2001) 51-53.
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