Jacques Maritain "Arte y Escolástica"
Editorial "Club de Lectores" Buenos Aires 1972 219
págs.
¿Como sintetizar un libro como arte y escolástica? Al menos,
como podría hacerlo un periodista: simplemente al modo periodístico, mostrando
un testimonio de la calidad de los temas y de
la calidad en el tratamiento de los temas. Por eso,
en estos tiempos en que la "cultura" y el "arte"
reclaman ser fines en sí mismos, el Maritain de los
primeros tiempos, cuando no lo había ilusionado su humanismo integral,
nos guía por este mundo arduo y maravilloso en el
que encontramos un sendero para nuestra sensibilidad.
Si la belleza es
el esplendor de la forma, el arte tiene una obligación
de vasallaje con la filosofía y la teología. Cuando se
emancipa de ellas, se convierte en un "amasijo sentimental", cuyo
fin está en sí mismo, "el arte por el arte",
y ?especialmente a aquellos espiritus privilegiados que han nacido con
el don artístico? conduce a la desesperación, al hartazgo, a
la locura. Este libro es un difícil pero irrenunciable instrumento
para ordenar toda cabeza sensible al arte y perfeccionar sus
disposiciones naturales en hábitos ordenados a su fin último, que
es Dios.
LOS ESCOLÁSTICOS Y LA TEORÍA DEL ARTE
Los escolásticos no
han escrito tratado alguno especial intitulado Filosofía del Arte. Ello
es, sin duda, consecuencia de la ruda disciplina pedagógica a
que estaban sometidos los filósofos de la Edad Media; ocupados
en ahondar y hurgar en todos sentidos los problemas de
la Escuela, poco o nada les inquietaba el dejar, entre
esos profundísimos pozos de mina, regiones inexploradas Sin embargo se
encuentra en ellos una teoría del arte muy profunda, pero,
hemos de buscarla en las disertaciones austeras sobre algún problema
de lógica -"de si la Lógica es un arte liberal"-,
o de teología moral -"¿cómo la virtud de la Prudencia,
virtud a la vez intelectual y moral, se distingue del
Arte, que es una virtud intelectual?".
En estas disertaciones, en las
cuales la naturaleza del arte sólo es estudiada con ocasión
de otra cosa, se considera el Arte en general, desde
el arte del Fabricante de navíos hasta el arte del
Gramático y del Lógico, y no se hace cuestión de
las bellas artes en particular, pues su consideración no interesa
"formalmente" al problema debatido. A la Metafísica de los antiguos
hemos de recurrir para saber qué pensaban de lo Bello,
y desde ahí hemos de avanzar al encuentro del Arte,
y ver qué es lo que resulta de la unión
de estos dos términos. Semejante procedimiento, si bien nos desconcierta,
nos trae al menos una enseñanza útil al ponernos de
manifiesto el error de la "Estética" de los filósofos modernos
que, al considerar en el arte sólo las bellas artes,
y al no tratar de lo bello sino en función
del arte, corre el riesgo de viciar a la vez
la noción de Arte y la de Belleza.
Sería pues posible,
si reuniésemos y volviésemos a trabajar los materiales preparados por
los escolásticos, componer con ellos una rica y completa teoría
del Arte. Sólo quisiéramos indicar aquí algunos de los rasgos
de tal teoría, pidiendo disculpas por el tono dogmático impuesto
así a nuestro ensayo, y esperando que, a pesar de
su insuficiencia, estas reflexiones a propósito de y en torno
a máximas escolásticas podrán atraer la atención sobre la utilidad
de un recurso a la sabiduría antigua, así como sobre
el interés posible de una conversación entre filósofos y artistas,
en una época en la que todos sienten la necesidad
de salir de la inmensa desazón intelectual heredada del siglo
XIV y de volver a hallar las condiciones espirituales de
una labor honesta.
* * *
Dios es bello. Es el más
bello de los seres porque, como lo exponen Dionisio, el
Areopagita y Santo Tomás, su belleza es sin alteración ni
vicisitud, sin aumento ni disminución; y no es como la
belleza de las cosas, que tienen todas ellas una belleza
particularizada, así como tienen una naturaleza particular: "particulatam pulchritudinem, sicut
et particulatam naturam". Dios es bello por Sí mismo y
en Sí mismo, absolutamente bello.
Es bello hasta el exceso (Superpulcher)
porque en la unidad perfectamente simple de su naturaleza preexiste
de una manera superexcelente la fuente de toda belleza.
Es la
belleza misma, porque El da la belleza a todos los
seres creados, según la propiedad de cada uno, y porque
es la causa de toda consonancia y de toda claridad.
Toda forma, es decir toda luz, es "cierta irradiación proveniente
de la claridad primera", "una participación de la claridad divina".
Y toda consonancia o toda armonía, toda concordia, toda amistad
y toda unión cualquiera ella sea entre los seres, procede
de la belleza divina, tipo primitivo y sobreeminente de toda
consonancia, que reine todas las cosas, las unas con las
otras, y las llama a todas a Sí, mereciendo con
razón bajo este aspecto "el nombre de "kalós", [bello] que
deriva de Ilamar". Así "la belleza de la creatura no
es otra cosa que una semejanza de la belleza divina
participada en las cosas", y siendo, por otra parte, toda
forma principio de ser, y conservadora del ser toda consonancia,
o toda armonía, hay que decir que la hermosura divina
es la causa del ser de todo, lo que es.
Ex divina pulchritudine esse omnium derivatur. (De la hermosura divina
se deriva el ser de todas las cosas).
En la Trinidad,
añade Santo Tomás, el nombre de Hermosura se atribuye propiamente
al Hijo, pues en cuanto a la integridad, en efecto,
o en cuanto a la perfección, el Hijo, tiene verdadera
y perfectamente en sí, sin ninguna disminución, la naturaleza del
Padre. En cuanto, a la proporción debida, o a la
consonancia, es la imagen expresa del Padre y perfectamente semejante;
y ésta es la proporción que conviene a la imagen
como tal. Por último, en cuanto a la claridad, el
Hijo es el Verbo, que es la luz y el
esplendor de la inteligencia, "verbo perfecto a quien nada falta,
y por así decirlo arte de Dios todopoderoso".
La belleza pertenece
pues al orden trascendental y metafísico. Por eso ella de
suyo tiende a transportar el alma más allá de lo
creado. Hablando del instinto de lo bello escribe el poeta
maldito -a quien el arte moderno le debe el haber
retomado conciencia de la cualidad teológica y de la espiritualidad
despótica de la belleza- que "es Él, este inmortal instinto
de lo bello, quien nos hace considerar la tierra y
sus espectáculos como un atisbo, como una correspondencia del cielo.
La sed insaciable de todo lo que está más allá
y que revela la vida, es la prueba más viviente
de nuestra inmortalidad. Es a la vez por la poesía
y a través de la poesía, por y a través
de la música, cómo el alma entrevé los esplendores situados
más allá de la tumba; y cuando un poema exquisito
hace asomar las Iágrimas a los ojos, esas Iágrimas no
son la prueba de un exceso de gozo, si no
más bien son el testimonio de una melancolía irritada, de
una exigencia de los nervios, de una naturaleza exilada en
lo imperfecto y que quisiera entrar en posesión inmediata, ya
sobre ésta misma tierra, de un paraiso revelado".
Desde que nos
enfrentamos con un trascendental nos enfrentamos con el ser mismo,
con una semejanza de Dios, un absoluto, la nobleza y
el gozo de nuestra vida; entramos en el dominio del
espíritu. Es de tener en cuenta el hecho de que
los hombres sólo se comunican verdaderamente entre sí pasando por
el ser o por una de sus propiedades. Sólo por
ahí se evaden de la individualidad en que los aprisiona
la materia. Si permanecen en el mundo de sus necesidades
sensibles y de su yo sentimental, por más que traten
de contar se los unos a los otros, no Ilegarán
a comprencerse. Se observan los unos a los otros sin
verse, cada uno infinitamente solos, por más quo el trabajo
o el placer aparenten unirlos. Pero si se llega al
bien o al Amor, como los santos; a la verdad
como Aristóteles; a la belleza, como un Dante, un Bach
o un Giotto, entonces el contacto se ha establecido, y
las almas se comunican. Los hombres sólo se reúnen realmente
por el espíritu, sólo la luz los une, "intellectualit et
rationalia omnia congregans, et indestructitilia faciens, la luz que reune
todas las cosas intelectuales, y racionales, y las hace indestructibles.
El Arte en general tiende a hacer una obra. Pero
algunas artes tiendan a hacer una obra bella, y en
eso difieren esencialmente de todas las demás. La obra para
la cual trabajan todas las bellas artes está a su
vez ordenada a la utililad del hombre; es, por lo
tanto, un puro medio, y está toda entera contenida en
un género material determinado. La obra en que trabajan las
bellas artes está ordenada a la belleza; en tanto qua
obra bella es ya un fin, un absoluto, se basta
a sí misma; y si en tanto que obra a
hacer es material y está contenida en un género determinado,
en tanto que bella pertenece a reino del espíritu, y
se sumerge en la trascendencia y en la infinidad del
ser.
Las bellas artes se destacan así en el género "arte",
como el hombre se destaca en el género "animal". Y
lo mismo que el hombre, son a la manera de
un horizonte en el que vendrían a tocarse la materia
y el espíritu. Tienen un alma espiritual. De donde se
les siguen muchas propiedades distintivas. Su contacto con la belleza
modifica en ellas algunos carácteres del arte en general, principalmente,
como trataremos de mostrarlo, en lo que concierne a Ias
reglas del arte; y al contrario acentúa y Ileva a
una especie de exceso otros caracteres genéricos de la virtud
artística, entre los cuales, en primer lugar, su carácter de
intelectualidad y su semejanza con las virtudes especulativas. |
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