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Autor: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E. | Fuente: El Teólogo Responde ¿Cuándo pasó la Iglesia de Jerusalén a Roma?
Tres testimonios originales con una fuerza afirmativa que, prácticamente, se equipara a la certeza histórica
¿Cuándo pasó la Iglesia de Jerusalén a Roma?
Respecto del traslado de la sede de la Iglesia
de Jerusalén a Roma, el libro de los Hechos de
los Apóstoles termina su relato cerca de la actividad de
Pedro en la iglesia madre de Jerusalén con la frase,
enigmática, de que “se marchó a otro lugar”(Act 12, 17).
No se ve ni el motivo de la marcha de
Pedro, ni adonde se dirigió.
Nada puede afirmarse en concreto acerca
de los puntos del camino que lo llevó a Roma,
de la fecha de su llegada a la capital del
imperio, ni sobre la duración de su estancia. Es,
en cambio, seguro que tomó parte en el concilio de
los apóstoles en Jerusalén, que ha de fecharse poco después
de mediados de siglo, y que luego estuvo algún tiempo
en Antioquía (Act 15, 7; Gal 2, 11-14).
El fundamento y
sostén de la tradición romana petrina lo integran tres testimonios
originales, muy próximos entre sí cronológicamente y que, tomados en
conjunto, tienen una fuerza afirmativa que, prácticamente, se equipara a
la certeza histórica. El primer testimonio es de origen romano,
y se haya en la carta que Clemente, en nombre
de la iglesia de Roma, envía a la de Corinto.
Clemente viene a hablar, en el capítulo V, de casos
recientes en que los cristianos, “por envidia”, sufrieron tormentos y
hasta la muerte, De entre ellos descuellan Pedro y Pablo:
“Pedro, que, por inicua emulación, hubo de soportar ni uno
ni dos, sino mucho más trabajos y, después de dar
así su testimonio, marchó al lugar de la gloria que
le era debido”[1]. Con el sufrió el martirio una gran
muchedumbre “de elegidos”, entre ellos mujeres cristianas, que fueron ejecutadas
vestidas de Danaides y Dirces. Se trata de una alusión
a la persecución bajo Nerón y ello nos permite relacionar
la muerte de Pedro y situarla cronológicamente a mediados de
los años sesenta. Clemente no da dato alguno sobre la
forma y lugar de la ejecución, y su silencio sobre
el pormenor supone evidentemente en sus lectores conocimientos de los
acontecimientos; a él mismo, como pasados en el lugar de
su residencia y en sus mismos días (en su generación),
le eran sin duda personalmente familiares.
El fondo esencial de ese
testimonio lo hallamos también en una carta que, unos veinte
años más tarde, fue dirigida desde oriente a la iglesia
de Roma. Ignacio de Antioquía, obispo de la iglesia de
la gentilidad de más rica tradición, que podía como nadie
estar informado sobre la vida y muerte de los apóstoles,
ruega a los cristianos de Roma no le priven de
sufrir el martirio intercediendo por ante las autoridades romanas. Ignacio
aclara su ruego la frase respetuosa: “Yo no os mando
como Pedro y Pablo”[2]. Luego éstos tuvieron un día con
la Iglesia de Roma una relación que les dio una
posición de autoridad, es decir, permanecieron allí como miembros activos
de la comunidad, no pasajeramente, como visitantes casuales. El peso
de este testimonio está en el hecho de que una
afirmación venida del lejano oriente cristiano confirma inequívocamente lo que
la iglesia romana sabe acerca de la estancia de Pedro
en ella.
Próximo a la carta ignaciana a los romanos, se
nos ofrece un tercer documento, como testimonio a favor de
la estancia y martirio de Pedro en Roma: la Ascensio
Isaiae (4,2s), cuya redacción cristiana data de hacia el año
100. Ésta habla en estilo de anuncio profético de que
la plantación de los doce apóstoles será perseguida por Beliar,
el asesino de su madre (Nerón), y uno de los
doce será entregado en sus manos. Esta profecía se aclara
por un fragmento del apocalipsis de Pedro, que hay que
atribuir igualmente a los comienzos del siglo II. Aquí se
dice: “Mira, Pedro, a ti te lo he revelado y
expuesto todo. Marcha, pues, a la ciudad de la prostitución,
y bebe el cáliz que yo te he anunciado”. Este
texto combinado, que demuestra conocer el martirio de Pedro
en Roma bajo Nerón, confirma y subraya considerablemente la seguridad
de la tradición romana. A estas tres afirmaciones fundamentales se
añaden aún dos alusiones que redondean el cuadro de
la tradición petrina. El autor del último capítulo del evangelio
de Juan alude claramente a la muerte de Pedro por
el martirio, y sabe evidentemente que fue ejecutado en la
cruz (Jn 21,18s), si bien se calla respecto al lugar
de martirio,. En cambio, en los versículos finales de la
primera carta de Pedro se señala a Roma como su
lugar de residencia, pues la carta se dice estar escrita
en “Babilonia; ahora bien por “Babilonia” hay que entender antes
que nada a Roma, como lo sugiere la ecuación Roma-Babilonia
del Apocalipsis de Juan (14, 8; 16ss) y de la
literatura judía apocalíptica y rabínica.
La tradición romana petrina no se
rompe en el curso del siglo II y es atestiguada
ampliamente por testimonios de los más variados territorios por los
que se ha propagado el cristianismo; así, en oriente, por
el obispo Dionisio de Corinto; en occidente, por Ireneo de
Lyon, y en Africa, por Tertuliano. Aún es más importante
el hecho de que no haya iglesia cristiana que pretenda
para sí esta tradición ni se levante una voz contemporánea
que la combata o ponga en duda. Esta ausencia casi
sorprendente de toda tradición concurrente ha de estimarse sin duda
como un factor decisivo en el examen crítico de la
tradición romana.
Puede ver al respecto: Hubert Jedin, “Manual de
Historia de la Iglesia”, Herder, Barcelona 1980, tomo I, pp.
186-188. Hemos tomado la respuesta de manera prácticamente literal.
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