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I. IDEAS GENERALES, CARÁCTER MORAL Y SANCIONES PENALES
Cisma (del griego
schisma, separación, división) es, en el lenguaje de la teología
y el derecho canónico, la ruptura de la unidad y
unión eclesiásticas, i.e. ya sea el acto por el cual
uno de los fieles corta los vínculos que le unen
a la organización social de la Iglesia y que le
hacen miembro del cuerpo místico de Cristo, o el estado
de disociación o separación que resulta de dicho acto. En
su sentido etimológico y pleno el término aparece en los
libros del Nuevo Testamento. Mediante este nombre San Pablo caracteriza
y condena los partidos formados en la comunidad de Corinto
(I Cor x, 12) : «Os ruego, hermanos», escribe, «....
no haya cisma entre ustedes; antes sean acordes en el
mismo pensar y en el mismo sentir». La unión de
los fieles, dice en otra parte, debe manifestarse en la
mutua comprensión y la acción convergente de manera similar a
la cooperación armoniosa de nuestros miembros que Dios ha dispuesto
«de manera que no pueda haber cisma en nuestro cuerpo»
(I Cor xii, 25). Así entendido, el cisma es un
género que abarca dos especies distintas: un cisma herético o
mixto y un cisma puro y simple. El primero tiene
como origen o acompañamiento la herejía; el segundo, el cual
la mayoría de los teólogos designa como cisma propia-mente dicho,
es la ruptura del vínculo de subordinación sin ir acompañado
de un error persistente, directamente opuesto a un dogma definido.
Esta distinción fue delineada por San Jerónimo y San Agustín.
«Entre herejía y cisma», explica San Jerónimo, «hay esta diferencia,
que la herejía pervierte el dogma, mientras que el cisma,
por la rebelión contra el obispo, separa de la Iglesia.
Sin embargo, no hay cisma que no invente una herejía
para justificar su alejamiento de la Iglesia (En Ep. ad
Tit. iii, 10). Y San Agustín: «Mediante las falsas doctrinas
referentes a Dios los heréticos hieren la fe; mediante inicuas
disensiones los cismáticos se apartan de la caridad fraterna, aunque
creen lo que nosotros creemos» (De fide et symbolo, ix).
Pero como San Jerónimo observa, práctica e históricamente, herejía y
cisma casi siempre van de la mano; el cisma conduce
casi invariablemente a la negativa de la primacía papal.
El cisma,
por tanto, usualmente es mixto, en cuyo caso, considerado desde
el punto de vista moral, su perversidad se debe principalmente
a la herejía que contiene. En otro aspecto y siendo
cisma puro, es contrario a la caridad y la obediencia;
contra la primera porque corta los vínculos de la caridad
fraterna, contra la segunda porque el cismático se rebela contra
la jerarquía divinamente constituida. Sin embargo, no toda desobediencia es
un cisma; para que tenga este carácter debe incluir aparte
de la trasgresión a las órdenes de los superiores, la
negativa del derecho divino para ordenar. Por otra parte, el
cisma no necesariamente implica adhesión, pública o privada, a un
grupo disidente o a una secta aparte, mucho menos la
creación de tal grupo. Llega a ser cismático cualquiera que,
aunque desee permanecer siendo cristiano, se rebele contra la autoridad
legítima, sin llegar al rechazo de la Cristiandad como un
todo, lo que constituye el delito de apostasía.
Anteriormente se consideraba
correctamente que un hombre era cismático cuando hacía caso omiso
de la autoridad de su obispo; de allí las palabras
de San Jerónimo citadas arriba. Antes de él San Cipriano
había dicho: «Debe entenderse que el obispo está en la
Iglesia y ésta en el obispo, y no está en
la Iglesia quién no esté con el obispo» (Epis., Ixvi,
8). Mucho tiempo antes, San Ignacio de Antioquía asentó este
principio: «Donde está el obispo, allí está la comunidad, así
como donde está Cristo allí está la Iglesia Católica» (Smym.,
viii, 2). Ahora sin embargo la evolución centralizadora que enfatiza
el papel preponderante del Soberano Pontífice en la constitución de
la unidad eclesiástica, el mero hecho de rebelarse contra el
obispo de la diócesis es a menudo un paso hacia
el cisma; no es un cisma en aquél que permanece,
o reclama permanecer, sujeto a la Santa Sede. En el
sentido material de la palabra existe un cisma, que es
la ruptura del cuerpo social, si hubiera dos o más
reclamantes del Papado, cada uno de los cuales, teniendo de
su lado ciertas comparecencias de derecho y consecuentemente un número
más o menos numeroso de partidarios. Pero bajo estas circunstancias
la buena fe puede, al menos por un tiempo, evitar
un cisma forma; éste se inicia cuando la legitimidad de
uno de los pontífices llega a ser tan evidente como
para hacer inexcusable la adhesión a un rival. El cisma
es considerado por la Iglesia como una falla muy grave
y se castiga con las mismas penas reservadas a la
herejía, debido a que usualmente ésta lo acompaña. Las penas
son: excomunión en la que se incurre ipso facto y
que queda reservada al Soberano Pontífice (cf. “Apostolicae Sedis, I,
3); ésta es seguida por la pérdida de toda jurisdicción
ordinaria e incapacidad de recibir cualesquier beneficios o dignidades eclesiásticos.
Comunicar in sacris con cismáticos, p.e. recibir los sacramentos de
sus ministros, asistir a los Oficios Divinos en sus templos,
está estrictamente prohibido para los fieles.
Algunos teólogos distinguen entre cisma
“activo” y “pasivo”. Por el primero entienden apartarse deliberadamente del
cuerpo de la Iglesia, renunciando libremente al derecho de formar
parte de él. Llaman cisma pasivo a la condición de
aquellos que la Iglesia por sí misma rechaza de su
seno en virtud de la excomunicación, en vista de que
emprenden esa separación al hacerse merecedores de ella, independientemente de
que la deseen o no. Por tanto, este artículo tratará
directamente en forma exclusiva con el cisma activo, o cisma
propiamente dicho. Es claro, sin embargo, que el llamado cisma
pasivo no solamente no excluye el otro, sino que a
menudo lo supone tanto en teoría como de hecho. Desde
este punto de vista es imposible comprender la actitud de
los protestantes que siguen responsabilizando de la separación a la
Iglesia que abandonaron. Se prueba a través de todos los
monumentos históricos y especialmente mediante los escritos de Lutero y
Calvino que, antes del anatema pronunciado contra ellos en el
Concilio de Trento, los líderes de la Reforma habían proclamado
y repetido que la Iglesia Romana era la “Babilonia del
Apocalipsis, la sinagoga de Satán, la sociedad del Anticristo”; que
ellos debían alejarse de ella y que lo ha-cían así
para re-entrar al camino de la salvación. Y en esto
ajustaron la acción a sus palabras. Así el cisma lo
completaron cabalmente antes de que fuera solemnemente establecido por la
autoridad que ellos rechazaban y que transformado por dicha autoridad
en una justa sanción penal.
II. EL
CISMA A LA LUZ DE LA ESCRITURA Y LA TRADICION
Como
el cisma en su definición y pleno sentido es la
negación práctica de la unidad eclesial, la explicación del primero
requiere una clara definición de la segunda y probar la
necesidad de ésta para establecer la malicia intrínseca del cisma.
En realidad los textos de la Escritura y la Tradición
muestran que estos aspectos de la misma verdad están tan
estrechamente unidos que el paso de uno a otro es
constante y espontáneo. Cuando Cristo construyó sobre Pedro como fundamento
firme del edificio indestructible de su Iglesia, de ese modo
Él indicó su unidad esencial y especial mente su unidad
jerárquica (Mt xvi, 18). Él expresó el mismo pensamiento cuando
se refirió a los fieles como un Reino y como
un rebaño: «Tengo otras ovejas, que no son de este
redil: también debo traerlas y ellas oirán mi voz y
habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn x,
16). La unidad de la fe y adoración es indicada
más explícitamente por las palabras que esbozan la solemne mi-sión
de los Apóstoles: «Vayan pues, y enseñen a todas las
naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo» (Mt xxviii, 19). Estas diversas formas de
unidad son el obje to de la oración después de
la Ultima Cena, cuando Cristo ruega por Él mismo y
pide «que sean uno» como el Padre y el Hijo
son uno (Jn xvii, 21-22). Aquellos que violan las leyes
de la unidad llegarán a ser extraños a Cristo y
a su familia espiritual: «Y si él no escucha a
la Iglesia, sea para ti como gentil o publicano» (Mt
xviii, 17).
A imitación fiel de la enseñanza de su Maestro,
San Pablo a menudo se refiere a la unidad de
la Iglesia, describiéndola como un edificio, como un cuerpo, un
cuerpo entre cuyos miembros existe la misma solidaridad que hay
entre los miembros del cuerpo humano (1 Cor xii; Ef
4). Él ennumera sus diversos aspectos y fuentes: «Porque en
un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un solo cuerpo....
y hemos bebido en un solo Espíritu» (1 Cor xii,
13); porque nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un
solo cuerpo, todos los que participamos de un mismo pan»
(1 Cor x, 17). Él lo resume en la siguiente
fórmula: «Un solo cuerpo y un solo Espíritu....un solo Señor,
una sola fe, un solo bautismo (Ef iv, 4-5). Finalmente
llega a la conclusión lógica cuando anatematiza las novedades doctrinales
y a sus autores (Gal i, 9), igualmente cuando escribe
a Tito: «Al hombre que es hereje, después de la
primera y segunda amonestación, evítalo» (Tit iii, 10); y de
nuevo cuando con tanta energía condena las disensiones de la
comunidad de Corinto: «Hay discordias entre ustedes... cada uno de
ustedes dice: Yo, en realidad, soy de Pablo; y yo
soy de Apolo; y yo de Cefás; y yo de
Cristo. ¿Está dividido Cristo? ¿Entonces Pablo fue crucificado por ustedes,
o fueron bautizados en su nombre? (1 Cor i, 11-13).
«Ahora, les ruego hermanos, por el nombre de nuestro Señor
Jesucristo, que todos hablen la misma cosa y no haya
cismas entre uste- des; sino que tengan el mismo pensar
y el mismo sentir» (1 Cor i, 10). San Lucas
hablando en elogio de la primitiva Iglesia menciona su unanimidad
de creencia, de obediencia y de adoración: «Ellos perseveraban en
la doctrina de los apóstoles, en la unión, en la
fracción del pan y en la oración» (He ii, 42).
Toda la primera carta de San Juan está dirigida contra
los innovadores y cismáticos contemporáneos; y el autor, en contraste
a los miembros de la Iglesia, “los Hijos de Dios”,
los considera como extraños a ésta y les llama
“los hijos del diablo” (1 Jn iii, 10); los hi-jos
“del mundo” (iv, 5), e incluso Anticristo (ii, 22; y
iv, 3).
La misma doctrina es encontrada en todas las evidencias
de la Tradición, comenzando por las más antiguas. Antes del
fin del primer siglo San Clemente escribiendo a la Iglesia
de Corinto para restablecer la paz y la armonía fuertemente
inculca la necesidad de la sumisión al “heugomenos” (1 Cor
i, 3), «a los guías de nuestras almas» (lxiii, 1)
y a los «presbíteros» (xlvii, 6; liv, 2; lvii, 1).
Es, dice, un «grave pecado» despreciar la autoridad de ellos
como lo están haciendo los corintios (xliv, 3, 4, 6;
xlvii, 6); es un deber honrarles (i, 3; xxi, 6).
No debe haber división en el cuerpo de Cristo (xlvi,
6). La razón fundamental para todo esto es el orden
jerárquico divinamente instituio. La obra de Cristo es de hecho
continuada por los Apóstoles, a quienes envió Cristo como Él
fue enviado por Dios (xlii, 1, 2). Fueron ellos quienes
establecieron los «episcopi y diáconos» (xlii, 4) y decidieron que
otros deberían sucederlos en su ministerio (xliv,2). Así explica él
la gravedad del pecado y la severidad de las reprimendas
dirigidas a los fomentadores de problemas. «¿Por qué habría de
haber entre ustedes diputas, querellas, disensiones, cismas y guerra? ¿No
tenemos un único y el mismo Dios, un único y
el mismo Cristo? ¿No es el mismo espíritu de gracia
que ha sido derramado sobre nosotros? ¿No tenemos una vocación
común en Cristo? ¿Por qué dividir y separar a los
miembros de Cristo?, ¿por qué estar en guerra con nuestro
propio cuerpo?, ¿por qué ser tan tontos como para olvidar
que somos miembros un so lo cuerpo?» (xlvi, 5-7). San
Ignacio insiste no menos enérgicamente en la necesidad de la
unidad y el peligro del cisma. Él es el primer
autor en quien encontramos la unidad episcopal claramente delineada, y
ruega a los fieles se coloquen al lado de los
“presbíteros” y diáconos y especialmente a través de ellos y
con ellos se coloquen al lado del obispo: «Es adecuado
que ustedes tengan una misma mente con el obispo, como
la tienen, porque el venerable presbiterado de ustedes está ad-herido
al obispo como las cuerdas a la lira» (Eph, vi,
1); «ustedes no deben aprovecharse de la edad de su
obispo, sino, estando atentos al poder de Dios Padre, muéstrenle
de todas las maneras (posibles) el respeto, como lo hacen
los santos sacerdotes» (Magn., iii, 1). El obispo es centro
y pivote de la Iglesia: «Donde está él, allí debería
estar la comunidad» (Smyrn., xi, 1). Los deberes de los
fieles hacia la jerarquía están resumidos en uno: estar unidos
a ella en sentimiento, fe y obediencia. Deben ser siempre
sumisos al obispo, al presbiterado y a los diáconos (“Eph.”,
ii, 2; v, 3; xx, 2; “Magn.”, ii; iii, 1;
vi, 1,2; xiii, 2; “Trall.”, ii, 1,2; xiii, 2; “Philad.”,
vii, 1; “Smyrn.”, viii, 1; “Polyc.”, vi, 1). Jesucristo siendo
la palabra del Padre y el obispo estando en la
doctrina de Cristo (en Iesou christou gnome) es adecuado adherirse
a la doctrina del obispo (Eph., iii, 2; iv, 1);
«Aquellos que pertenecen a Dios y a Jesucristo se alían
ellos mismos con el obispo. Hermanos, no se dejen engañar;
cualquiera que sigue a un cismático no heredará el Reino
del Cielo» (Phi-lad., iii, 2,3). Finalmente como el obispo es
el centro doctrinal y disciplinario así también es el centro
litúrgico: «Que la Eucaristía es lícita cuando la consagra el
obispo o a quién él designe.... está prohibido bautizar o
celebrar el ágape sin el obispo; lo que él aprueba
es lo agradable a Dios, para que todo lo que
se haga sea estable y válido» (Smyrn., viii, 1,2).
Hacia el
fin del siglo segundo San Ireneo alaba en términos resplandecientes
la unidad de la Iglesia universal «la cual tiene un
solo corazón y una sola alma, cuya fe está a
su cuidado» y que parece «como el único sol que
ilumina el mundo entero» (Adv. haeres., i, 10). Condena toda
división doctrinal, basando sus argumentos en la autoridad magisterial de
la Iglesia en general y de la Iglesia Romana en
particular. La doctrina de salvación, predicada por los Apóstoles, es
preservada en las Iglesias fundadas por ellos; pero puesto que
tomaría demasiado tiempo preguntar a todas las Iglesias Apostólicas es
suficiente volverse a la de Roma: «Porque la Iglesia entera,
que son todos los fieles del mundo, deberían estar de
acuerdo con esta Iglesia Romana, debido a su preeminencia superior;
y en la que todos los fieles han preservado la
tradición Apostólica» (iii, 2, 3). Es por tanto de la
máxima necesidad adherirse a esta Iglesia porque donde está ella,
hay toda la gracia y el espíritu es la verdad
(iii, 24). Pero adherirse a esta Iglesia es someterse a
la jerarquía, a su viviente e infalible magisterio: «Los sacerdotes
de la Iglesia han de ser obedecidos, aquellos que son
los sucesores de los Apóstoles y quienes con la sucesión
episcopal han recibido un carisma cierto y seguro de verdad....
Aquellos que dejan a los sucesores de los Apóstoles y
se reúnen en un lugar separado deben ser considerados con
sospecha o como heréticos, como hombres de malvadas doctrinas, o
como cismáticos. Los que rompen la unidad de la Iglesia
recibirán el castigo divino dado a Jeroboam; todos ellos deben
ser evitados» (iv, 26).
Al inicio del tercer siglo, Clemente de
Alejandría describe la Iglesia como la ciudad del Logos que
debe ser buscada porque es la reunión de todos aquellos
a quienes Dios desea salvar (“Strom.”, iv, 20; vii, v;
“Paedag.”, i, 6; iii, 12). Orígenes es más explícito; para
él la Iglesia es también la ciudad de Dios (Contra
Cels., iii, 30), y agrega: «Que nadie sea engañado; fuera
de es ta morada, esto es fuera de la Iglesia,
nadie se salva. Si alguien la deja, él mismo será
responsable de u muerte» (In lib. Jesu Nave, Hom., iii,
5). En Africa, Tertuliano igualmente condena toda separación de la
Iglesia existente. Es famosa su “De praescriptionibus”, y la tesis
fundamental de la obra, inferida de su mismo título, es
resumida en la prioridad de la verdad y la relativa
novedad del error (principalitatem veritatis et posteritatem mendacii), implicando así
la prohibición de retirarse de la guía del magisterio viviente:
«Si el Señor Jesucristo envió a Sus Apóstoles a predicar,
debemos concluir que no debemos recibir a otros predicadores más
que los nombrados por Él. Lo que ellos han predicado,
en otras palabras, lo que Cristo les reveló, solamente puede
ser establecido por las Iglesias fundadas por los Apóstoles mismos,
a quienes ellos predicaron el Evangelio de palabra y por
escrito» (De praescri., xxi).
Pero el gran campeón africano de la
unidad eclesiástica fue San Cipriano, contra los cismáticos de Roma
y de Cartago. Él concibió esta unidad como descansando en
la autoridad de los obispos, en su mutua unión y
en la preeminencia del Romano Pontífice: «Dios es uno, Cristo
es uno, una es la Iglesia y una la sede
fundada sobre Pedro por la palabra del Señor» (Epist. lxx);
«Nosotros los obispos que gobernamos la Iglesia, debemos sostener y
apoyar esta unidad, para mostrar que el episcopado en sí
mismo es uno e indiviso» (De ecclesiae unit., v); «Sepan
que el obispo está en la Iglesia y ésta en
el obispo, y que si alguien no está con el
obispo, tampoco está con la Iglesia.... La Iglesia Católica es
una sola, formada por la armoniosa unión de los pastores
quienes se apoyan mutuamente» (Epist. lxxvi, 5). Para la unidad
de la fe debe haber unidad litúrgica: «Un segundo altar
y un nuevo sacerdocio no pueden establecerse al lado del
único altar y del único sacerdocio» (Epist. lii, 24). Cipriano
no veía ninguna razón legítima para el cisma porque «que
bribón, que traidor, que loco estaría tan extraviado por el
espíritu de discordia para creer que está permitido desgarrar, o
quién se atrevería a rasgar la unidad divina, la vestimenta
del Señor, la Iglesia de Jesucristo?» (De eccles. unit., viii);
«La esposa de Cristo es casta e incorruptible. Quienquiera que
abandona la Iglesia para seguir a una adúltera, renuncia a
las promesas de la Iglesia. El que abandona a la
iglesia de Cristo no recibirá las recompensas de Cristo. Llega
a ser un extraño, un impío, un enemigo. Dios no
puede ser el Padre para aquel quien la Iglesia no
es su madre. Lo mismo que pudo salvarse alguien fuera
del Arca de Noé, así puede salvarse fuera de la
Iglesia.... Quien no respecta su unidad (de la Iglesia), no
respetará la ley de Dios; ése no tiene fe en
el Padre y el Hijo, sin vida, sin salvación» (op.cit.,
viii).
Desde el siglo cuarto la doctrina de la unidad de
la Iglesia fue tan clara y universalmente admitida que es
casi superfluo citar testimonios particulares. Las largas polémicas de Optato
de Milevis (“De Schism. Don.”, P. L. XI) y de
San Agustín (especialmente en “De unit.eccl.”, P.L., XLIII) contra los
donatistas, a quienes acusa de estar separados del antiguo y
primitivo tronco de la Cristiandad. Y para aquellos que representan
su grupo como una porción de la Iglesia universal, San
Agustín respondió: «Si ustedes están en comunión con el mundo
cristiano, envíen cartas a las Iglesias Apostólicas y enséñenos sus
respuestas» (Ep., xliv, 3). Estas cartas (litteræ formatæ) entonces constituían
una de las marcas y elementos auténticos de la unidad
visible. Respecto a las diversas formas de esta unidad que
él explica, San Agustín concuerda con San Cipriano al mantener
que fuera de ella no hay salvación: «Salus extra ecclesiam
non est» (De bapt., iv, 24), y agrega en confirmación
de esto que fuera de la Iglesia los medios de
salvación, el bautismo y aun el martirio no servirán para
nada, porque el Espíritu Santo no es comunicado. Durante el
mismo siglo la supremacía romana empezó a enfatizarse como factor
de unidad. Jesucristo, dice San Optato, quiso adjuntar la unidad
a un centro definido; con este fin, El hizo a
«Pedro cabeza de todos los Apóstoles; a él (Cristo) le
dio primero la sede episcopal de Roma, en cuya única
sede debe preservarse la unidad para todos; es, por tanto,
un pecador y cismático aquel que erige otra sede en
oposición a ella» (De schism. Don., ii, 2); «El
cuidado por asegurar la unidad hizo que el bendito Pedro
fuera preferido antes que todos los Apóstoles y recibiera, él
solo, las llaves del Reino de los Cielos, para que
pueda admitir a otros» (vii, 3). Paciano de Barcelo también
dice que Cristo dio únicamente a Pedro el poder de
las llaves «para hacerlo, a él solo, fundamento y principio
de la unidad» (ad unum ideo ut unitatem fundaret ex
uno Epist., iii, 11).
Escritores más contemporáneos en la Iglesia Latina,
Hilario, Victorino, San Ambrosio, el Ambrosiaster, San Jerónimo, hablan de
manera similar y bastante explícita. Todos consideran a Pedro como
el fundamento de la Iglesia, el Príncipe de los Apóstoles,
que fue constituido cabeza perpetua para cortar cualquier intento de
cisma. «Donde está Pedro,» concluye San Ambrosio, «allí está la
Iglesia; donde está la Iglesia no hay muerte sino vida
eterna» (In Ps., xl, 30). Y San Jerónimo: «Ese hombre
es mi elección quién permanece en unión con la silla
de Pedro» (Epist., xvi, 2). Ambos declaran, como San Optato,
que estar fuera de la comunión romana es estar fuera
de la Iglesia, pero ponen especial énfasis en la autoridad
jurisdiccional y magisterial del centro de la unidad. Sus textos
son clásicos: «Debemos tener recurso a tu clemencia, rogándote que
no dejes la cabeza del mundo romano, la Iglesia Romana,
y que no se altere la santísima Fe Apostólica; porque
de ella derivan todos los derechos de la comunión católica»
(Ambrosio, “Ep.”, xi, 4). «Yo, que no sigo otra guía
que Cristo, estoy en comunión con Su Santidad, esto es
con la silla de Pedro. Yo sé que la Iglesia
está construida sobre esta roca. Quienquiera que comparte el Cordero
fuera de esta casa comete sacrilegio. Quien contigo no recoge,
desparrama: en otras palabras, quién no está con Cristo está
con el Anticristo» (Jerónimo, WEpist.”, xv, 2).
El Oriente también vio
en Pedro y en la sede episcopal por él fundada
la piedra angular de la unidad. Dídimo llama a Pedro
«el corifeo, la cabeza, quien fue primero entre los Apóstoles,
a través de quien los demás recibieron las llaves» (De
Trinit., i, 27, 30; ii, 10, 18). Epifanio también lo
considera como «el corifeo de los Apóstoles, la roca firme
sobre la que descansa la fe inamovible» (“Anchor.”, ix, 34;
“Hær.”, lix, 7, 8) y San Crisóstomo habla incesantemente de
los privilegios conferidos a Pedro por parte de Cristo. Adicionalmente
los griegos reconocieron en la Iglesia Romana una preeminencia y
consecuentemente un indiscutible papel unificador reconociendo su derecho a intervenir
en las querellas de las Iglesias particulares, como está probado
por los casos de Atanasio, Marcelo de Ancira y Crisóstomo.
En este sentido San Gregorio Nazianceno llama a la antigua
Roma «el presidente del universo, ten proeodron ton olon” (Carmen
de vita sua), y es también la razón por la
que aun los partidarios de Eusebio estuvieron dispuestos a que
el caso de Atanasio, después que ellos lo habían aprobado,
debiera ser sometido al juicio del Papa (Atan., “Apol.contra Arian”,
20).
III. INTENTOS DE LEGITIMAR EL CISMA
Los textos anteriores son suficientes
para establecer la gravedad del cisma desde el punto de
vista de la economía de la salvación y de la
moral. A este respecto puede ser de interés citar la
opinión de Bayle, un escritor libre de la sospecha de
parcialidad y de juicio tolerante: «No conozco», escribe, «un crimen
más grave que el de desgarrar el cuerpo místico de
Jesucristo, Su Iglesia que Él compró con Su propia sangre,
la madre que nos engendró para Dios, la que nos
nutrió con la le che de la comprensión, la que
nos guía a la vida eterna» (Supplement to Philosophical Comment,
prefacio).
Varios motivos se han alegado para justificar el cisma:
(1) Algunos
han reclamado que la introducción de abusos en la Iglesia,
novedades dogmáticas o litúrgicas, supersticiones, con las cuales no se
les permite, e incluso se les fuerza a no, aliarse.
Sin entrar en los fundamentos de tales acusaciones debería notarse
que los autores citados arriba no mencionan ni admiten una
sola excepción. Si aceptamos sus declaraciones, la separación de la
Iglesia es necesariamente un mal, un acto dañino y culpable,
el abandono del verdadero camino de salvación y esto, independientemente
de todas las circunstancias contingentes. Además las doctrinas de los
Padres excluyen a priori cualquier intento de justificación; para usar
sus palabras, está prohibido para los individuos o para las
Iglesias nacionales o particulares, constituirse en jueces de la Iglesia
universal; el mero hecho de tener tal intento conlleva su
propia condenación. San Agustín resumió toda su controversia contra los
donatistas en la máxima: «El mundo entero sin vacilar los
declara equivocados a quienes por sí mismos se separan del
mundo entero en cualquier porción del mismo» (quapropter secururs judicat
orbis terrarum bonos non esse qui se dividunt ab orbe
terrarum, in quacumque parteorbis terrarum). Aquí puede citarse nuevamente a
Bayle: «Los protestantes presentan sólo razones discutibles; no ofrecen nada
convincente, ninguna demostración: prueban y objetan, pero hay réplicas a
sus pruebas y objeciones; responden y se les contesta incesantemente;
¿por esto vale la pena crear un cisma?» (Dict. crit.,
art. Nihusius).
(2) Otros cismáticos han defendido la división de los
artículos del Credo en fundamentales y no fundamentales. Bajo ARTICULOS
FUNDAMENTALES se muestra que esta distinción, total-mente desconocida hasta el
siglo dieciséis y repugnante a la concepción misma de la
fe divina, es condenada en la Escritura y, queriendo una
clara línea de demarcación, autoriza las más monstruosas divergencias. La
indispensable unidad de la fe se extiende a todas las
verdades reveladas por Dios y transmitidas por los Apóstoles. La
Tradición repite, a través de diferentes formas, todo lo que
Ireneo escribió: «La Iglesia extendida por toda la tierra, recibió
de los Apóstoles y sus discí-pulos la fe en un
solo Dios» (aquí siguen las palabras del Credo), luego el
escritor continúa: «Depositaria de esta predicación y de esta fe,
la Iglesia que se multiplica a través de todo el
mundo, las vigila tan diligentemente como si ella habitara en
una sola casa. Ella cree unánimemente en estas cosas como
si tuviera un solo corazón y una sola alma; ella
las predica, las enseña y da testimonio de ellas como
si no tuviera sino una sola boca. Aunque hay en
el mundo diferentes lenguajes no hay sino una única e
idéntica corriente de tradición. Ni las Iglesias fundadas en Galia,
ni las establecidas entre los iberos, ni las de los
países de los celtas, ni las del Oriente, ni las
de Egipto, ni las de Libia, ni las del centro
del mundo presentan alguna diferencia de fe o de predicación;
pero como el sol creado por Dios es uno y
el mismo a través de todo el mundo, así una
sola luz, una única predicación de la verdad, ilumina todos
los lugares e ilustra a todos los hombres que
quieren lograr el conocimiento de la verdad» (Adv. Hær., i,
10). Se ha mostrado arriba cómo el Obispo de Lyons
declaró que los continuadores del ministerio Apostólico eran los «presbíteros
de la Iglesia», y que un hombre era cristiano y
católico sólo a condición de obedecerlos sin reservas.
(3) La teoría
del feliz punto medio o via media defendida por los
anglicanos, especialmente por los líderes de Oxford a principios del
siglo XIX como una vía de escape de las dificultades
del sistema de artículos fundamentales, es igualmente inaceptable. Newman demostró
y exaltó al máximo de su talento su “Via Media”,
pero pronto reconoció su debilidad, la abandonó y rechazó aun
antes de su conversión al Catolicismo. De acuerdo a esta
teoría para salvaguardar la unidad y evitar el cisma bastaba
permanecer firme mediante la Escritura como es interpretada por cada
in-dividuo bajo la dirección, o con la ayuda de, la
tradición. En cualquier caso la Iglesia no debería ser considerada
como infalible, sino sólo como testigo digno de confianza con
respecto al verdadero sentido del texto inspirado cuando ella testifica
de una interpretación recibida de los tiempos Apostólicos. Parece innecesario
señalar el carácter iluso y casi contradictorio que tal regla
asigna a la autoridad magistral viviente; obviamente no reúne las
condiciones para la unidad de creencia que requiere conformidad con
la Escritura y, no menos, con la autoridad viviente de
la Iglesia, o más exactamente, que implica la obediencia absoluta
a la infalible autoridad magistral -tanto para la que interpreta
la Escritura como para la que preserva y transmite bajo
cualquier otra forma el depósito de la Revelación.
San Ireneo es
más explícito en todos estos puntos: de acuerdo a él
la fe es probada, y sus enemigos confundidos igualmente, por
la Escritura y la tradición (Adv. Hær., iii, 2), pero
el auténtico guardián de ambas es la Iglesia, i.e. los
obispos como sucesores de los Apóstoles: «La tradición Apostólica se
manifiesta a través de todo el mundo y en todas
partes en la Iglesia está al alcance de aquellos que
desean conocer la verdad; porque podemos enumerar los obispos establecidos
por los Apóstoles, así como sus sucesores hasta el día
de hoy (op.cit., iii). A estos guardianes, y a ellos
únicamente, deberíamos recurrir con confianza: «La verdad que es fácil
de conocer a través de la Iglesia no debe ser
buscada en otro lado; en la Iglesia en la que
como rico tesoro, los Apóstoles depositaron la totalidad de lo
que atañe a la verdad: de ella quien lo desee
recibirá la poción de vida. Ella es la puerta de
la vida; todos los demás son ladrones y salteadores» (iii,
4). Tal es la autoridad de la tradición viva que,
a falta de Escritura, debe recurrirse a la tradición sola.
«¿Qué seríamos si los Apóstoles no nos hubieran dejado las
Escrituras? ¿No tendríamos que recurrir a la tradición que ellos
confiaron a quien encargaron del gobierno de las Iglesias? Esto
es lo que hacen muchos pueblos bárbaros que creen en
Cristo y que guardan la ley de la salvación escrita
en sus corazones por el Espíritu Santo, sin tinta o
papel y que fielmente conservan la antigua tradición» (iii, 4).
Es claro que con la asistencia del Espíritu Santo la
autoridad didáctica de la Iglesia es preservada del error; «Donde
está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y
donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia
con todas las gracias y con el Espíritu de verdad»
(iii, 24). «Esto es
el por qué debe darse obediencia a
los presbíteros que están en la Iglesia, y que habiendo
sucedido a los Apóstoles, junto con la sucesión episcopal han
recibido por voluntad del Padre un cierto carisma de verdad»
(iv, 26). Esto se encuentra bastante alejado de las afirmaciones
del camino-medio y las restricciones de la Escuela de Oxford.
La misma conclusión puede sacarse de la declaración de Tertuliano
sobre la imposibilidad de resolver una dificultad o terminar una
querella recurriendo a la Escritura sola (De præscript., xix), y
de las palabras de Orígenes: «Puesto que entre los muchos
que presumen de una doctrina en conformidad con la de
Cristo hay algunos que no concuerdan con sus predecesores, todos
adhirámonos a la doctrina eclesiástica trasmitida de los Apóstoles vía
la sucesión y preservada en la Iglesia hasta el día
de hoy: no tenemos ninguna ver-dad en la cual creer
sino la que no se desvía de la tradición eclesiástica
y Apostólica» (De princip., præf., 2).
IV. PRINCIPALES CISMAS
1. Cismas de
la Iglesia naciente de Corinto 2. Los Ebionitas 3. Cismas locales en
los siglos tercero y cuarto 4. Los novacianos 5. Donato Fortunato
y Felicísimo 6. El cisma de Melesio 7. El cisma de Antíoco 8.
El diácono Félix 9. Los Luciferianos 10. Los Donatistas 11. El cisma
de Acacio 12. El cisma de Aquilea 13. El cisma de
Focio 14. El Gran Cisma de Oriente o cisma griego 15.
El cisma de Anacleto 16. El Gran Cisma de Occidente 17.
El cisma de Enrique VIII 18. El cisma de Utretch 19. El
cisma de la "Iglesia Constitucional" 20. Petit Eglise o los Incomunicantes 21.
Chatel y la Iglesia Católica Francesa 22. Los “Católicos Alemanes” 23. Comunidades
separadas despues del Concilio Vaticano I
En este mundo
la Iglesia es militante y como tal, expuesta a conflictos
y prebas. Siendo la que es la condición humana, los
cismas locales o parciales han de producirse: «Oigo», dice San
Pablo, «que .... hay cismas entre ustedes; y en parte
lo creo. Porque es preciso que haya herejías, a fin
de que se destaquen los de probada virtud entre ustedes
(1 Cor xi, 18-19). En el pleno y primitivo sentido
de la palabra cada seria ruptura de la unidad y
consecuentemente cada herejía es un cisma. Este artículo, sin embargo,
pasará por alto la larga serie de herejías y tratará
solamente aquellas deserciones o sectas religiosas a las que los
historiadores comúnmente dan el nombre específico de cismas, porque muy
frecuentemente, y al menos al comienzo de cada una de
tales divisiones sectarias, el error doctrinal solamente fue un accesorio.
Serán tratadas en orden cronológico y las más importantes en
forma breve, siendo éstas objeto de artículos especiales en la
ENCICLOPEDIA.
(1) Ya se ha hecho mención de los “cismas” de
la naciente Iglesia de Corinto, cuando se dijo entre sus
miembros: «Yo, en realidad, soy de Pablo; y yo de
Apolo; y yo de Cefas; y yo de Cristo». La
enérgica intervención de San Pablo les puso fin.
(2) De acuerdo
a Hegesipo, la sección más avanzada de judaizantes o Ebionitas
en Jerusalén siguieron al obispo Thebutis contra San Simeón y
después de la muerte de Santiago en el año 63
de nuestra era, se separaron de la Iglesia.
(3) Hubo numerosos
cismas locales en los siglos tercero y cuarto. En Roma
el Papa San Calixto (217-22) fue combatido por un partido
que tomó de pretexto la suavidad con que él aplicaba
la disciplina penitencial. Hipólito se colocó a sí mismo como
obispo a la cabeza de estos malcontentos y el cisma
se prolongó bajo los dos sucesores de San Calixto, San
Urbano I (222-30) y San Ponciano (230-35). No hay duda
que Hipólito volvió al redil de la Iglesia (cf. d’Alès,
“La théol. de s.Hippolyte”. Paris, 1906, introducción).
(4) En el 251
cuando San Cornelio fue electo a la Sede de Roma
una minoría estableció a Novaciano como antipapa, siendo de nuevo
el pretexto el perdón que San Cornelio prometió a aquellos
que después de haber apostatado se arrepintieran. A través de
un espíritu de contradicción Novaciano fue tan lejos como para
negar el perdón aun a los agonizantes y la severidad
fue extendida a otras categorías de pecados graves. Los novacianos
buscaban formar una Iglesia de santos. En Oriente se denominaron
a sí mismos katharoi, los puros. Grandemente bajo el influjo
de esta idea administraron un segundo bautismo a los que
habían desertado del Catolicismo y retornado a sus filas. La
secta se desarrolló grandemente en los países de Oriente, donde
subsistieron hasta el siglo VII, siendo reclutados no solamente de
la defección de católicos sino también del ascenso de los
Montanistas.
(5) Durante el mismo período la Iglesia en Cartago fue
también presa de divisiones intestinas. San Cipriano sostuvo en medida
razonable los principios tradicionales referentes a la penitencia y no
dio a las cartas de los confesores, llamadas libelli pacis,
la importancia deseada por algunos. Uno de los principales adversarios
fue el sacerdote Donato Fortunato quien llegó a ser el
obispo del partido, pero el cisma, que fue de corta
duración tomó el nombre del diácono Felicísimo quien jugó un
papel importante.
(6) Con la llegada del siglo IV Egipto fue
el escenario del cisma de Melesio, obispo de Lycópolis, en
la Tebaida. Sus causas no son conocidas con certidumbre; algunos
autores antiguos lo atribuyen a tendencias rigoristas en la penitencia,
mientras que otros dicen que fue ocasionado por la usurpación
del poder por parte de Melesio, notablemente el hacer ordenaciones
fuera de su diócesis. El Concilio de Nicea trató con
este cisma, pero no tuvo éxito en erradicarlo en su
totalidad; y hubo vestigios de él hasta el siglo V.
(7)
Algo más tarde el cisma de Antíoco, originado por los
problemas del Arrianismo, presenta complicaciones peculiares. Cuando el obispo Eustacio
fue depuesto en el 330 una pequeña parte de su
rebaño le permaneció fiel, aunque la mayoría siguió a los
arrianos. El primer obispo creado por ellos fue sucedido (en
el 361) por Melesio de Sebaste en Armenia, quien por
la fuerza de las circunstancias llegó a ser líder de
un segundo partido ortodoxo. De hecho Melesio no se apartó
fundamentalmente de la Fe de Nicea, y pronto fue rechazado
por los arrianos; por otro lado, no fue reconocido por
los eustacianos, quienes vieron en él la elección de los
heréticos y también lo censuraron por algunas diferencias meramente terminológicas.
El cisma duró hasta cerca del 415. Paulino (m.388) y
Evagrio (m.392), obispos eustacianos, fueron reconocidos en Occidente como los
verdaderos pastores, mientras que en Oriente los obispos seguidores de
Melesio fueron considerados como legítimos.
(8) Después del destierro del Papa
San Liberio en el 355, el diácono Félix fue escogido
para reemplazarlo y tuvo seguidores aun después del regreso del
Papa legítimo. El cisma, apagado un tiempo por la muerte
de Félix, fue revivido a la muerte de San Liberio
y la rivalidad produjo sangrientos enfrentamientos. Tomó varios años después
de la victoria de San Dámaso para que la paz
quedara totalmente restaurada.
(9) El mismo período testimonió el cisma de
los Luciferianos. Lucifer, obispo de Calaris o Cagliari, se disgustó
con Atanasio y sus amigos quienes en el Sínodo de
Alejandría (362) habían perdonado a los semi-arrianos arrepentidos. Él mismo
había sido culpado por Eusebio de Vercelli por su prisa
en ordenar a Paulino, obispo de los eustacianos, en Antioquía.
Por estas dos razones, se separó de la comunión de
los obispos católicos. Por algún tiempo el cisma ganó adherentes
en Cerdeña, donde se había originado, y en España, donde
Gregorio, obispo de Elvira, fue su principal instigador.
(10) Pero el
cisma más importante de los cismas del siglo IV fue
el de los Donatistas (q.v.). Estos sectarios fueron notables por
su obstinación y fanatismo, así como por los esfuerzos y
los escritos que más bien inútilmente multiplicaron contra ellos San
Agustín y San Optato de Milevis.
(11) El cisma de Acacio
pertence al final del siglo V. Está conectado a la
promulgación hecha por el emperador Zenón del edicto conocido como
Henoticon. Emitido con la intención de poner fin a las
querellas cristológicas, este documento no satisfizo ni a católicos ni
a monofisitas. El Papa San Félix II excomulgó a sus
dos verdaderos autores, Pedro Mongo, obispo de Alejandría y a
Acacio de Constantinopla. Siguió un rompimiento entre Oriente y Occidente
que duró durante treinta y cinco años. A instancias del
general Vitaliano, protector de la ortodoxia, Anastasio, sucesor de Zenón,
prometió satisfacción a los adherentes al Concilio de Calcedonia y
la convocatoria de un concilio general, pero mostró tan poca
voluntad en la cuestión de la unión que no se
restauró hasta el 519 por medio de Justino I. La
reconciliación recibió sanción oficial en una profesión de Fe la
cual fue suscrita por los obispos griegos y que, dado
que fue enviada por el Papa San Hormisdas, es conocida
en la historia como la Fórmula de Hormisdas.
(12) En el
siglo VI el cisma de Aquilea fue causado por el
consentimiento del Papa Vigilio a la condenación de los Tres
Capítulos (553). Las provincias eclesiásticas de Milán y Aquilea se
negaron a aceptar esta condena como válida y se separaron
por un tiempo de la Sede Apostólica. La invasión lombarda
en Italia (568) favoreció la resistencia, pero desde el 570
los milaneses volvieron gradualmente a la comunión con Roma; la
porción de Aquilea sujeta a los bizantinos volvió en el
607, después del cual el cisma contó con pocas iglesias.
Se extinguió totalmente bajo el Papa San Sergio I, al
final del siglo VII.
(13) El siglo IX trajo el cisma
de Focio, el cual, aunque transitorio, preparó el camino nutriendo
un espíritu de desafío hacia Roma hasta la defección final
de Constantinopla.
(14) Este tuvo lugar menos de dos siglos después
bajo Miguel Cerulario (q.v.) quien de un golpe (1053) cerró
todas las iglesias de los latinos en Constantinopla y confiscó
sus conventos. El deplorable cisma griego (ver IGLESIA GRIEGA), que
aun subsiste y que a su vez se dividió en
varias comuniones, quedó consumado. Los dos acuerdos de reunificación concluidos
en el Segundo Concilio de Lyons en 1274 y el
de Florencia en 1439, desafortunadamente no tuvieron resultados duraderos.
(15) El
cisma de Anacleto en el siglo XII, como el de
Félix V en el siglo XV, se debió a la
existencia de un antipapa lado a lado con un Pontífice
legítimo. A la muerte de Honorio II (1130) Inocente II
había sido electo en forma regular, pero una numerosa y
poderosa facción se alzó contra él y escogió al cardenal
Pedro de la familia Pierleoni. Inocente fue obligado a huir,
dejando Roma en manos de sus adversarios. Él encontró refugio
en Francia. San Bernardo defendió ardientemente su causa, como lo
hizo también San Norberto. Dentro del lapso de un año
casi toda Europa se había declarado en su favor, salvo
Escocia, el sur de Italia y Sicilia, que constituían el
otro partido. El emperador Lotario trajo a Inocente II de
regreso a Roma, pero apoyado por Roger de Sicilia el
antipapa (Anacleto II) retuvo la Ciudad Leonina, donde murió en
1138. Su sucesor Víctor IV, dos meses después de su
elección, buscó y obtuvo el perdón y la reconciliación con
el legítimo Pontífice. El caso de Félix V fue más
simple. Félix V fue el nombre que tomó Amadeo de
Saboya, elegido por el Concilio de Basilea, cuando entró en
rebeldía abierta contra Eugenio IV, negándose a dispersar sus fuerzas
e incurriendo así en excomunión (1439). El antipapa no fue
aceptado más que en Saboya y Suiza. Él continuó por
breve tiempo con el pseudoconcilio que lo había nombrado. Ambos
se sometieron en 1449 a Nicolás V, que había sucedido
a Eugenio IV.
(16) El Gran Cisma de Occidente es objeto
de un artículo especial (CISMA DE OCCIDENTE); véase también CONSTANZA,
CONCILIO DE; PISA, CONCILIO DE.
(17) Todo mundo sabe los escandalosos
orígenes del cisma de Enrique VIII, que fue el preludio
de la introducción del Protestantismo en Inglaterra. El voluptuoso monarca
se vio obstaculizado en sus proyectos de divorcio y nueva
boda por la oposición del Papa, así que se separó
de éste. Tuvo tanto éxito que en 1531 la asamblea
general del clero y el Parlamento lo proclamaron cabeza de
la Iglesia nacional. Warham, Arzobispo de Canterbury, había al principio
originado la adopción de una cláusula restrictiva: «mientras la ley
divina lo permita». Pero esta importante reserva no fue respetada,
porque la ruptura con la Corte Romana siguió casi inmediatamente.
En 1534 el Acta de Supremacía fue votada conforme a
los términos de que el rey llegaría a ser la
única cabeza de la Iglesia de Inglaterra y que gozaría
de todas las prerrogativas que hasta entonces habían pertenecido al
Papa. La negativa de reconocer la nueva organización fue castigada
con la muerte. Varios cambios siguieron: supresión de los conventos,
destrucción de reliquias y de numerosas pinturas y estatuas. Pero
el dogma no fue de nuevo atacado bajo Enrique VIII,
quien persiguió con igual rigor la adhesión al Papa y
a las doctrinas de los Reformadores.
(18) En los artículos JANSENIO
Y JANSENISMO se han descrito la formación y vicisitudes del
cisma de Utretch, la infeliz consecuencia del jansenismo, no obstante
que nunca se difundió más allá de un puñado de
fanáticos. Los cismas subsecuentes pertenecen al fin del siglo XVIII
y al siglo XIX.
(19) El primero fue causado en Francia
por la Constitución Civil del clero de 1790. Por esta
ley la Asamblea Nacional constituyente se propuso imponer sobre la
Iglesia una nueva organización que esencialmente modificaba su condición y
la regulaba mediante la ley eclesiástica pública. Los 134 obispos
del reino fueron reducidos a 83, conforme a la división
territorial en departamentos; la elección de párrocos cayó en electores
nombrados por miembros de las asambleas distritales; la de obispos
por electores nombrados por las asambleas de los departamentos; y
la institución canónica devuelta al metropolitano o a los obispos
de la provincia. Todos los beneficios sin cuidado de almas
fueron suprimidos. Una ordenanza posterior hizo de la obediencia a
estos artículos un requisito para la admisión a cualquier oficio
eclesiástico. Un gran número de obispos y sacerdotes, en total,
de acuerdo a algunas fuentes, cerca de un sexto del
clero, y de acuerdo a otros documentos casi un tercio,
fueron suficientemente débiles para tomar el juramento. De allí en
adelante el clero francés se dividiría en dos facciones: los
juramentados y los no-juramentados, y el cisma fue llevado al
máximo extremo cuando intrusos bajo el nombre de obispos reclamaron
ocupar las sedes departamentales, durante el tiempo de vida y
aun en desafío a los derechos de los verdaderos titulares.
La condena de la Constitución Civil por parte de Pío
VI en 1791 abrió los ojos de algunos, pero otros
persistieron hasta que su «Iglesia Constitucional» decayó vergonzosamente y desapareció
irremediablemente durante el torbellino de la Revolución.
(20) Un cisma de
naturaleza diferente y de menor importancia fue el de la
llamada Petit Eglise o los Incomunicantes, formada al principio del
siglo XIX por grupos insatisfechos con el Concordato y el
clero del mismo. En las provincias del occidente de Francia
el partido adquirió cierta estabilidad desde 1801 hasta 1815; en
esta última fecha había llegado a ser una secta distinta.
Languideció aun hasta 1830 y eventualmente se extinguió por falta
de sacerdotes que la perpetuaran. En Bélgica algunos de sus
miembros se llaman a sí mismos Stevenistas, abusando así del
nombre de un reputado eclesiástico, Corneille Stevens, quien fue vicario
general capitular de la Diócesis de Namur hasta 1802, quién
después escribió contra los Artículos Orgánicos, pero aceptó el Concordato
y murió en 1828, como había vivido, en sumisión a
la Santa Sede.
(21) En 1831 el abate Chatel fundó la
Iglesia Católica Francesa, un pequeño grupo que nunca adquirió importancia.
El fundador, quien al principio reclamaba haber retenido todos los
dogmas, había sido consagrado obispo por Fabre Palaprat, un autoproclamado
obispo del tipo “Constitucional”; Chatel pronto rechazó la infalibilidad de
la enseñanza de la Iglesia, el celibato de los sacerdotes
y la abstinencia. No reconoció ninguna regla de fe excepto
la evidencia individual y ofició en francés. La secta estaba
ya a punto de morir por el ridículo cuando sus
lugares de reunión fue-ron cerrados por el gobierno en 1842.
(22)
Aproximadamente en la misma época hubo en Alemania la escena
de un cisma parecido. Cuando en 1844 el Manto Sagrado
fue expuesto en Tréveris para la veneración de los fieles,
un sacerdote suspendido, Johannes Ronge, aprovechó la ocasión para publicar
un violento panfleto contra Arnoldi, Obispo de Tréveris. Algunos descontentos
se pusieron de su lado. Casi simultáneamente Juan Czerski, un
vicario despedido, fundó en la provincia de Posen, una “comunidad
Católica Cristiana”. Tuvo imitadores. En 1845 los “Católicos Alemanes”, como
se autodenomina ron estos cismáticos, sostuvieron un sínodo en Leipzig
en el cual rechazaron entre otras cosas la primacía del
Papa, la confesión auricular, el celibato eclesiástico, la veneración de
los santos y suprimieron el Canon en su Liturgia Eucarística,
la cual llamaron “liturgia alemana”. Ganaron adeptos en pequeña cantidad
hasta 1848, pero luego de esa fecha decayeron, estando en
malos términos con los gobiernos quienes al principio los habían
apoyado pero luego les mostraron mala voluntad debido a sus
agitaciones políticas.
(23) Mientras esta secta declinaba otra apareció en contra
del Concilio Vaticano I. Los oponentes de la recién definida
doctrina de infalibilidad, los viejos católicos, al principio se contentaron
con una simple protesta; en el Congreso de Munich en
1871 resolvieron constituir una Iglesia separa-da. Dos años más tarde
escogieron como obispo al profesor Reinkens de Breslau, quien fue
reconocido como obispo por Prusia, Baden y Hesse. Gracias al
apoyo oficial los rebeldes tuvieron éxito en apoderarse de un
cierto número de iglesias católicas y pronto, como los Católicos
Alemanes y cismáticos en general, introdujeron novedades disciplinarias y doctrinales;
sucesivamente abandonaron el precepto de la confesión (1874), el celibato
eclesiástico (1878), la liturgia romana, que fue reemplazada (1880) por
una liturgia alemana, etc. En Suiza también la oposición al
Concilio Vaticano I resultó en la creación de una comunidad
separada, que también disfrutó del apoyo gubernamental. Se fundó una
facultad Católica Antigua en Berna para la enseñanza de teología
y E. Herzog, un profesor de dicha facultad, fue electo
obispo de la secta en 1876. Un congreso organizado en
1890, en el cual la mayoría de los grupos disidentes,
jansenistas, viejos católicos, etc. tu-vieron representantes, resolvieron unir todos estos
diversos elementos en la fundación de una Iglesia. Como una
cuestión de hecho, todos estos grupos están en la ruta
del librepensamiento y el racionalismo. En Inglaterra un reciente intento
de cisma bajo el liderazgo de Herbert Beale y Arthur
Howarth, dos sacerdotes de Nottingham, y Arnold Mathew, han fallado
en alcanzar proporciones dignas de un aviso serio.
ACTUALIZACION DE ESTE
ULTIMO PUNTO: Mathew cometió el error de invitar al
Rev. Frederick Samuel Willoughby, un clérigo anglicano, a ingresar a
la iglesia. Willoughby era miembro de la Sociedad Tesófica y
convenció a muchos miembros de ésta a participar en la
Antigua Iglesia Católica Romana. Pronto el obispo Willoughby tomó el
control y arruinó la iglesia que se fraccionó en multitud
de grupúsculos.
STO.T.DE AQUINO, Summa, II-II (q-xxxix); TANQUEREY, Synopsis theologi, I
(Roma, 1908); FUNK, Patres apostolici, I (Tübingen, 1902); TIXERONT, Histoire
des dogmes (Paris, 1905-9); FUNK, Lehrb.der Kirchengesch (Paderborn, 1902); ALBERS,
Enchirid. hist.. eccles. (Nimega, 1909-10); DUCHESNE, Hist.anccienne de l’Église (Paris,
1907-10); GUYOT, Dict.universel des hérésies (Paris, 1847).
J.FORGET Transcrito por Douglas J.Potter Dedicado
al Sagrado Corazón de Jesús Traducido por Eduardo Torres
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