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Autor: Conferencia Episcopal Española | Fuente: conferenciaepiscopal.es Valoración moral del terrorismo
La Conferencia Episcopal Española trata de contribuir a la paz en el País Vasco y en toda España sembrando la esperanza en los fieles católicos y en la sociedad en general
Valoración moral del terrorismo
VALORACIÓN MORAL DEL TERRORISMO EN ESPAÑA, DE SUS CAUSAS Y
DE SUS CONSECUENCIAS
Instrucción Pastoral Madrid, noviembre de 2002
Introducción
Para vivir en
libertad, Cristo nos ha liberado (Ga 5, 1)
1. Proclamar el
Evangelio a todos los pueblos, sin distinción de lengua, raza
o nación (cf. Ap 5, 9), y llevar a todos
los hombres y mujeres al encuentro con Cristo, Camino, Verdad
y Vida (Jn 14, 6), es la misión de la
Iglesia en el mundo. Los cristianos, que saben que en
Cristo está la vida y que la vida es la
luz de los hombres (cf. Jn 1, 4), sienten como
propios los gozos y los sufrimientos de toda persona humana.
«Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su
corazón» [1] . Por eso, cuando la dignidad de la
persona queda ultrajada porque se atenta contra su vida, contra
su libertad o contra su capacidad para conocer la verdad,
los cristianos no pueden callar. Los obispos, como sucesores de
los apóstoles, tenemos de modo singular la responsabilidad de ofrecer
a todos los hombres, creyentes o no, la luz del
Evangelio, anunciando que para vivir en libertad, Cristo nos ha
liberado (Ga 5, 1). Liberados por Él del pecado, que
divide a los hombres, todos podemos encontrarnos en una convivencia
verdadera: Jesucristo es nuestra paz (Ef 2, 14). Desde Él
discernimos y enjuiciamos los caminos de la auténtica paz a
la vez que la violencia e injusticia que la hacen
imposible.
2. En España, el terrorismo de ETA se ha convertido
desde hace años en la más grave amenaza contra la
paz porque atenta cruelmente contra la vida humana, coarta la
libertad de las personas y ciega el conocimiento de la
verdad, de los hechos y de nuestra historia. Sobre tan
doloroso tema, esta Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española,
en comunión con el Santo Padre, Juan Pablo II [2]
, y en continuidad con las anteriores intervenciones de la
propia Conferencia y de diversos miembros del episcopado español [3]
, ofrece la presente Instrucción Pastoral a los católicos y
a todos los que deseen prestarle atención. Damos así cumplimiento
a una de las acciones previstas en el Plan Pastoral
de la Conferencia Episcopal Española para el cuatrienio 2002-2005 [4]
y animamos a todos a trabajar sinceramente, según las posibilidades
de cada cual, para eliminar la lacra social del terrorismo
y consolidar la convivencia en la libertad y el respeto
de los derechos humanos [5] .
3. El profeta Isaías
advierte del peligro del oscurecimiento de la conciencia en su
capacidad de discernir el bien: ¡Ay de los que al
mal llaman bien, y al bien llaman mal; que de
la luz hacen tinieblas, y de las tinieblas luz! (Is
5, 20). El mismo Jesucristo avisa: si la única luz
que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad! (Mt 6,
23).
Ante un dilema moral, adoptar intencionadamente una actitud ambigua
cierra el camino a la determinación de la bondad o
de la maldad de una realidad o de una conducta.
La Iglesia considera una de sus obligaciones básicas iluminar las
conciencias, como maestra y testigo del Evangelio, para que puedan
alcanzar con seguridad y sin error la verdad moral capaz
de guiar la vida [6] .
Al proceder ahora al
análisis moral del terrorismo, en particular del de ETA, deseamos
prestar este servicio a la Iglesia primero y a la
vez a la sociedad. A pesar de las reiteradas condenas
que la inmensa mayoría de personas y grupos sociales hacen
de la violencia terrorista, a veces se observan ambigüedades que
ocultan el enjuiciamiento moral coherente de la asociación terrorista.
4. Presentamos
una valoración moral del terrorismo de ETA que va más
allá de la condena de los actos terroristas, tratando de
descubrir sus causas profundas. Nos lo exige nuestro ministerio pastoral,
una de cuyas principales tareas es ayudar a la formación
de la conciencia de los cristianos y de todas las
personas que buscan en la Iglesia una luz para la
vida. Lo esperan con razón quienes se sienten angustiados e
indefensos ante el problema más grave de nuestra sociedad.
Analizamos
el terrorismo de ETA a la luz de la Revelación
y de la Doctrina de la Iglesia, y lo calificamos
como una realidad intrínsecamente perversa, nunca justificable, y como un
hecho que, por la forma ya consolidada en que se
presenta a sí mismo, resulta una estructura de pecado. Emitimos
un juicio moral sobre el nacionalismo totalitario que se halla
en el trasfondo del terrorismo de ETA, porque no se
puede entender el uno sin el otro.
I. El terrorismo, forma
específica de violencia armada
5. Entendemos por terrorismo el propósito de
matar y destruir indistintamente hombres y bienes, mediante el uso
sistemático del terror con una intención ideológica totalitaria. Al hablar
de terror nos referimos a la violencia criminal indiscriminada que
procura un efecto mucho mayor que el mal directamente causado,
mediante una amenaza dirigida a toda la sociedad. Las acciones
terroristas no se refieren sólo a un acto o a
algunas acciones aisladas, sino a toda una compleja estrategia puesta
al servicio de un fin ideológico. Juan Pablo II ha
señalado que:
“No se pueden cerrar los ojos a otra dolorosa
plaga del mundo actual: el fenómeno del terrorismo, entendido como
propósito de matar y destruir indistintamente hombres y bienes, y
crear precisamente un clima de terror y de inseguridad, a
menudo incluso con la captura de rehenes. Aun cuando se
aduce como motivación de esta acción inhumana cualquier ideología o
la creación de una sociedad mejor, los actos del terrorismo
nunca son justificables“ [7] .
Esta aproximación nos permite captar que
la maldad del terrorismo es más profunda que la de
sus actos criminales, ya de por sí horrendos. Existe una
intención inscrita en esos actos que busca un efecto mayor
con el fin de aterrorizar a una sociedad y hoy,
incluso, al mundo entero. El terrorismo busca una “utilidad” más
allá de sus crímenes; intenta que un grupo muy reducido
de personas mantenga en tensión a toda la sociedad, obteniendo
una amplia repercusión política, potenciada por la publicidad que obtienen
sus nefandas acciones. Los terroristas cuentan con que su actividad
criminal es “rentable” en términos políticos y, por eso, la
justifican como “necesaria” en virtud de sus propios objetivos. No
pueden ocultar la naturaleza lamentable de sus acciones, pero tratan
de darles un “sentido” político que las haría, en su
opinión, legítimas.
El recurso al terror, junto con el intento
de su justificación política ante la sociedad a la que
se aterroriza es lo que da un carácter específico a
la violencia terrorista que la distingue de otros tipos de
violencia.
6. La naturaleza del terrorismo es, por tanto, diversa de
la guerra o de la guerrilla. Esta diferencia ha sido
reconocida por diversos organismos internacionales que entienden que incluso en
la guerra deben ser perseguidos los actos terroristas [8] .
Si las acciones de guerra, nunca deseables, pueden ser reconocidas
en algún caso como respuesta legítima, cuando sea proporcionada frente
a la agresión injusta, el terrorismo nunca podrá ser considerado
como una forma de legítima defensa, precisamente porque no es
una respuesta proporcionada, sino el ejercicio indiscriminado de la violencia
contra toda clase de personas. Es, por principio, una amenaza
para todos, pues todos son, de hecho, considerados como “culpables”,
y podrían ser sacrificados en aras de objetivos políticos “superiores”.
De ahí que no se pueda aceptar de ningún modo
la equiparación del terrorismo a la acción de guerra. Tal
equiparación no corresponde a la realidad y no es justa.
7.
El terrorismo es, también, diverso de la simple delincuencia
organizada. Las organizaciones terroristas suelen mantener contactos con diversas agrupaciones
delictivas. Pero, mientras otros grupos de delincuentes sólo tienen como
fin el propio lucro, el terrorismo tiene fundamentalmente una finalidad
política que presenta como justificativa de sus acciones, a las
que trata de dar la mayor publicidad posible, a diferencia
de lo que hace la delincuencia ordinaria.
8. Dentro de la
ideología marxista-revolucionaria, a la que se adscriben muchos terrorismos, entre
ellos el de ETA, es normal querer justificar sus
acciones violentas como la respuesta necesaria a una supuesta violencia
estructural anterior a la suya, ejercida por el Estado. A
su juicio, la violencia de Estado sería la violencia
originaria, verdadera culpable de la situación conflictiva, en la medida
en que es anterior a todas las demás y puede
ser ejercida con más medios. Hay que denunciar sin ambages
esta concepción inicua, contraria a la moral cristiana, que pretende
equiparar la violencia terrorista con el ejercicio legítimo del poder
coactivo que la autoridad ejerce en el desempeño de sus
funciones. A la vez se debe manifestar también la inmoralidad
de un posible uso de la fuerza por parte del
Estado, al margen de la ley moral y sin las
garantías legales exigidas por los derechos de las personas.
II. El
objeto del juicio moral: terror criminal ideológico
9. Una vez
definido el fenómeno del terrorismo, podemos constatar en qué consiste
su maldad específica y última, a saber: en atentar contra
la vida, la seguridad y la libertad de las personas,
de forma alevosa e indiscriminada, con el fin de llegar
a imponer su proyecto político, presentando sus actos criminales -
el terror - como justificables por su interpretación ideológica
de la realidad. El terrorismo no niega que sus actividades
sean violentas y que están cargadas de consecuencias lamentables, pero
las justifica como necesarias en virtud de la supuesta grandeza
del fin perseguido. Es una explicación ideológica de la violencia
criminal en el peor sentido de la palabra “ideológica”, es
decir, encubridora de algo injustificable [9] .
El terrorismo persigue la
extensión del terror para producir una situación de debilidad del
orden político legítimo, que le permita imponer sus criterios por
la fuerza, a costa del atropello de los derechos humanos
más elementales, como son el derecho a la vida y
a la libertad. Este fin no puede ser compartido jamás.
10.
Por todo ello, es muy importante calificar con precisión a
una organización como terrorista. A causa de la relevancia de
la ideología presente en toda asociación terrorista, estas agrupaciones se
encaminan a hacer plausible una argumentación ideológica mediante la deformación
del lenguaje, usando un discurso que, al ser difundido sistemáticamente,
dificulta en gran medida el análisis sereno de la realidad
del terrorismo y el reconocimiento del objeto moral en cuestión.
Es necesario “dar a cada cosa su propio nombre” [10]
y hablar con claridad y precisión del terrorismo, como de
un problema específico irreductible. Hay que tener una idea clara
de lo que el terrorismo es para poder hacerse un
juicio adecuado sobre la moralidad del mismo.
III. Juicio moral sobre
el terrorismo
11. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?
(Gn 4, 9). Con esta frase Caín se niega a
aceptar la responsabilidad de la suerte de Abel y
esconde la tragedia de un asesinato que quiere ocultar. Si
Adán buscó esconderse de Dios después de haber pecado, Caín
busca escapar de la responsabilidad ante su crimen. Un elemento
fundamental de la actividad terrorista es tratar de eludir el
juicio moral de sus acciones justificándolas ideológicamente. Esto se hace,
en particular, mediante el método que se denomina de la
transferencia de la culpa, que consiste en culpabilizar a quienes
se oponen al terrorismo de ser los causantes de la
violencia que los terroristas mismos ejercen.
La Doctrina de la
Iglesia nos da luz en este punto y nos permite
calificar netamente al terrorismo como una realidad perversa en sí
misma, que no admite justificación alguna apelando a otros males
sociales, reales o supuestos. Es más, hace posible que apreciemos
hasta qué punto el terrorismo es una estructura de pecado
generadora ella misma de nuevos y graves males [11] .
a) El
terrorismo es intrínsecamente perverso, nunca justificable
12. El Magisterio de la
Iglesia es unánime al declarar que el terrorismo, tal como
lo hemos definido anteriormente, es intrínsecamente malo, y que, por
tanto, no puede ser nunca justificado por ninguna circunstancia ni
por ningún resultado [12] . En este sentido, volvemos a
repetir la condena que hicimos en 1986, en la Instrucción
Pastoral Constructores de la paz:
“El terrorismo es intrínsecamente perverso, porque
dispone arbitrariamente de la vida de las personas, atropella los
derechos de la población y tiende a imponer violentamente el
amedrentamiento, el sometimiento del adversario y, en definitiva, la privación
de la libertad social” [13] .
El terrorismo merece la
misma calificación moral absolutamente negativa que la eliminación directa y
voluntaria de un ser humano inocente, prohibida por la ley
natural y por el quinto mandamiento del Decálogo: no matarás
(Ex 20, 13). Los católicos saben que no pueden negar,
o pasar por alto, este juicio sin contradecir su conciencia
cristiana y, en consecuencia, sin ir contra la lógica de
la comunión de la Iglesia [14] .
Denunciar la inmoralidad
del terrorismo forma parte de la misión de la Iglesia
como un modo de defender la dignidad de la persona
en un asunto de la máxima repercusión social. No se
puede aceptar en el caso del terrorismo la posibilidad reconocida
por la Doctrina social de la Iglesia de la legitimidad
de una revolución violenta cuando se la considera el único
medio de defensa ante una injusta opresión sistemática y prolongada
[15] .
13. La calificación moral del terrorismo, absolutamente negativa, se
extiende, en la debida proporción, a las acciones u omisiones
de todos aquellos que, sin intervenir directamente en la comisión
de atentados los hacen posibles, como quienes forman parte de
los comandos informativos o de su organización, encubren a los
terroristas o colaboran con ellos; quienes justifican teóricamente sus acciones
o verbalmente las aprueban. Debe quedar muy claro que todas
estas acciones son objetivamente un pecado gravísimo que clama al
cielo (Gn 4, 10) [16] .
El llamado “terrorismo de
baja intensidad” o “kale borroka” merece igualmente este juicio moral
negativo. En primer lugar, porque sus agentes actúan movidos por
las mismas intenciones totalitarias del terrorismo propiamente dicho. En segundo
lugar, porque las actuaciones de este terrorismo de baja intensidad
están frecuentemente coordinadas con las del terrorismo de ETA, ya
que en la lucha callejera se preparan sus futuros agentes,
como demuestra la experiencia, y con ella se destruye abusivamente
el patrimonio común, se perturba la paz de los ciudadanos
y se amenaza su seguridad y libertad. Ninguna consideración puede
justificar esta forma de violencia, mantenida artificialmente, con el fin
de sostener la influencia del terrorismo y extender socialmente sus
ideas.
14. La presencia de razones políticas en las raíces y
en la argumentación del terrorismo no puede hacer olvidar a
nadie la dimensión moral del problema. Es ésta la que
debe guiar e iluminar a la razón política al afrontar
el problema del terrorismo. El olvido de la dimensión moral
es causa de un grave desorden que tiene consecuencias devastadoras
para la vida social. Siempre existirán pretendidas o reales razones
políticas que resulten capaces de seducir el juicio de algunos
presentando como comprensible e incluso plausible el recurso al terrorismo.
Pero lo que es necesario aclarar es que nunca puede
existir razón moral alguna para el terrorismo. Quien, rechazando la
actuación terrorista, quisiera servirse del fenómeno del terrorismo para sus
intereses políticos cometería una gravísima inmoralidad. Esto supondría aceptar una
vez más el principio inmoral: “El fin justifica cualquier medio”
[17] (cf. Rm 3, 8).
15. Tampoco es admisible el silencio
sistemático ante el terrorismo. Esto obliga a todos a expresar
responsablemente el rechazo y la condena del terrorismo y de
cualquier forma de colaboración con quienes lo ejercitan o lo
justifican, particularmente a quienes tienen alguna representación pública o ejercen
alguna responsabilidad en la sociedad. No se puede ser “neutral”
ante el terrorismo. Querer serlo resulta un modo de aceptación
del mismo y un escándalo público. La necesidad moral de
las condenas no se mide por su efectividad a corto
ni largo plazo, sino por la obligación moral de conservar
la propia dignidad personal y la de una sociedad agredida
y humillada.
b) El terrorismo es una estructura de pecado
16. Al emitir
el juicio de moralidad sobre el terrorismo, es necesario
precisar – como hemos hecho - que se trata de
un acto intrínsecamente perverso. Pero con esta afirmación no está
aún suficientemente explicitada la maldad moral del terrorismo.
La multiplicación y
continuidad de acciones criminales, el intento de justificarlas mediante la
propaganda política y la transferencia de la culpa, que pretende
presentar tales acciones como respuesta a una violencia originaria, dan
lugar a una estructura de violencia moralmente perversa. Esta conjunción
entre el terror y la ideología va más allá de
las acciones criminales concretas que los terroristas perpetran. Además, persigue
y, desgraciadamente, consigue con frecuencia, una perversión sistemática de las
conciencias. Por tanto, al hablar del terrorismo debemos entenderlo como
una estructura de pecado. “Las estructuras de pecado son expresión
y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas
a cometer a su vez el mal. En un sentido
analógico constituyen un pecado social” [18] . Siguiendo la doctrina
de Juan Pablo II, una estructura de pecado es el
resultado de una efectiva intención de alcance social que se
dirige no sólo a la comisión de actos intrinsecamente malos,
sino que busca la deformación generalizada de las conciencias para
la extensión de su maldad de modo estable. O, en
palabras del propio Papa, estructura de pecado es:
“la suma de
factores negativos, que actúan contrariamente a una verdadera conciencia del
bien común universal y de la exigencia de favorecerlo, y
parece crear, en las personas e instituciones, un obstáculo difícil
de superar”[19].
17. Más en concreto, se pueden aplicar al terrorismo
las siguientes afirmaciones de Juan Pablo II, referidas a la
“cultura de la muerte”, reiteradamente denunciada por él. La maldad
del terrorismo no se circunscribe sólo a los actos que
realiza,
“también se cuestiona, en cierto sentido, la “conciencia moral” de
la sociedad. Ésta es de algún modo responsable, no sólo
porque tolera o favorece comportamientos contrarios a la vida, sino
también porque alimenta la “cultura de la muerte”, llegando a
crear y consolidar verdaderas y auténticas “estructuras de pecado” contra
la vida. La conciencia moral, tanto individual como social, está
hoy sometida, a causa también del fuerte influjo de muchos
medios de comunicación social, a un peligro gravísimo y mortal,
el de la confusión entre el bien y el mal
en relación con el mismo derecho fundamental a la vida”
[20] .
La presencia del terrorismo difunde en torno suyo una
verdadera “cultura de la muerte” en la medida en que
desprecia la vida humana, rompe el respeto sagrado a la
vida de las personas, cuenta con la muerte injusta y
violenta de personas inocentes como un medio provechoso para conseguir
unos fines determinados e impulsar de este modo un falso
desarrollo de la sociedad. La vida humana queda así degradada
a un mero objeto, cuyo valor se calcula en relación
con otros bienes supuestamente superiores [21] .
En definitiva, el terrorismo
es un rostro cruel de la “cultura de la muerte”
que desprecia la vida humana por pretender el poder “a
cualquier precio” [22] , y que coloniza las conciencias instalándose
en ellas como si se tratara de un modo normal
y humano de ver las cosas.
c) La extensión del mal: odio
y miedo sistemáticos
18. El terrorismo busca dos efectos directos y
negativos en la sociedad: el miedo y el odio. El
miedo debilita a las personas. Obliga a muchos a abdicar
de sus responsabilidades, al convertirse en objeto de posibles acciones
violentas. No nos referimos sólo a los asesinatos, sino también
a las amenazas, insultos y actos violentos que hacen imposible
en la vida cotidiana la convivencia en paz y libertad,
hasta el extremo de comprometer la propia legitimidad de los
procedimientos democráticos. No pocos son víctimas de una espiral de
terror o de extorsión económica, soportadas dolorosamente. Ceder al chantaje
de la violencia, por temor, lleva a la sociedad (individuos,
grupos, instituciones, partidos políticos) a no enfrentarse con suficiente claridad
al terrorismo y a su entorno, de forma que los
terroristas monopolizan, con frecuencia, el dinamismo de la vida social
y el significado político de algunos acontecimientos. Además, se llega
a aceptar como inevitables violencias menores que extienden el clima
de crispación y confrontación.
19. El miedo favorece el silencio. En
una sociedad en la que la violencia y su presencia
cercana acumulan la tensión, determinados asuntos no pueden abordarse en
público por miedo a graves consecuencias. Esto se nota sobre
todo en el uso tergiversado del lenguaje. El peor de
los silencios es el que se guarda ante la mentira
[23] , pues tiene un enorme poder de disolver la
estructura social. Un cristiano no puede callar ante manipulaciones manifiestas.
La cesión permanente ante la mentira comporta la deformación progresiva
de las conciencias.
20. Junto con el miedo, el terrorismo busca
intencionadamente provocar y hacer crecer el odio para alimentar una
espiral de violencia que facilite sus propósitos [24] . En
primer lugar, atiza el odio en su propio entorno, presentando
a los oponentes como enemigos peligrosos. Fomenta con insistencia el
recuerdo de los agravios sufridos y exagera las posibles injusticias
padecidas. Ya se sabe que presentar un enemigo a quien
odiar es un medio eficaz para unir fuerzas, por un
sentido grupal de defensa en común.
En este contexto, la legítima
represión de los actos de terrorismo por parte del Estado
es interpretada como una opresión insufrible de un poder violento
o de una potencia extranjera. Por el contrario, la verdad
que debemos recordar es que la autoridad legítima debe emplear
todos los medios justos y adecuados para la defensa de
la convivencia pacífica frente al terrorismo.
21. Más allá de su
propio entorno, los terroristas tratan también de provocar el odio
de quienes consideran sus enemigos, con el fin de desencadenar
en ellos una reacción inmoderada que les sirva de autojustificación
y les permita continuar con su estrategia de extensión del
terror y de transferencia de la culpa.
La espiral del odio
y del terror se manifiesta, en particular, en sensibilidades exacerbadas
a las que les es difícil hacer un análisis de
la realidad. Genera así un clima de crispación en el
que cualquier detalle hace surgir una respuesta violenta, también la
violencia verbal. La implantación del odio y de la tensión
en la vida social es, evidentemente, un triunfo notable del
terrorismo. Reaccionar con odio indiscriminado frente a los crímenes de
ETA, en la medida en que divide a la sociedad
en bandos enfrentados e irreconciliables es favorecer los fines de
los terroristas, aceptar sus tesis del conflicto irremediable, preparar y
facilitar la aceptación y el reconocimiento de las pretensiones rupturistas.
22.
Otra consecuencia perniciosa de la espiral del odio y del
miedo que el terrorismo genera es la “politización” perversa de
la vida social, es decir, la consideración de la vida
social únicamente en función de intereses de poder. De este
modo la tensión se extiende a los hechos más nimios
de la vida cotidiana: todo resulta relevante para la descalificación
de aquéllos cuya opción política no coincida con los planteamienteos
auspiciados por los terroristas. Esta presión del día a día
juega un papel decisivo en la deformación de las conciencias
que conduce a relativizar el juicio moral que el terrorismo
merece.
Un aspecto especialmente importante en el que se evidencia esta
perversa “politización” es el olvido que, con frecuencia, sufren las
víctimas del terrorismo y su drama humano. Atender a las
personas golpeadas por la violencia es un ejercicio de justicia
y caridad social y un camino necesario para la paz.
Tampoco los presos por terrorismo dejan de ser objeto de
una “politización” ideológica que oscurece su problema humano. La Iglesia
reconoce sin ambages la legitimidad de las penas justas que
se les imponen por sus crímenes, a la vez que
defiende, con no menos fuerza, el respeto debido a su
dignidad personal inamisible.
23. El terrorismo se muestra como una
estructura de pecado, y es una cultura, un modo de
pensar, de sentir y de actuar, aun en los aspectos
más corrientes del vivir diario, incapaz de valorar al hombre
como imagen de Dios (cf. Gn 1, 27; 2, 7).
Y cuando esa cultura arraiga en un pueblo, todo parece
posible, aun lo más abyecto, porque nada será sagrado para
la conciencia.
Al pronunciar nuestro juicio moral queremos mostrar que
es posible una valoración neta y definitiva del terrorismo, por
encima de las circunstancias coyunturales de un momento histórico.
IV. A
ETA hay que enjuiciarla moralmente como “terrorismo”
24. Una primera aproximación
a ETA muestra la complejidad del fenómeno. El grupo denominado
ETA es una asociación terrorista, de ideología marxista revolucionaria, inserta
en el ámbito político-cultural de un determinado nacionalismo totalitario que
persigue la independencia del País Vasco por todos los medios.
Si se desea acertar en la valoración moral de ETA,
será necesario tener en cuenta esta realidad en su totalidad.
25.
ETA manifiesta una hiriente crueldad en toda su actividad. En
la memoria de todos están los casos de secuestros y
de asesinatos a sangre fría y a plazo marcado, así
como agresiones y crímenes contra personas de toda índole y
condición. No se trata de “errores de cálculo” ni de
casos que se les hayan “ido de las manos”. Tampoco
podemos admitir que la diversificación de las víctimas suponga que
algunas de ellas fueran “justos objetivos militares”, mientras que otras
serían tan sólo efectos colaterales indeseados.
La crueldad de ETA
sirve siempre a la estrategia terrorista que hemos descrito y
calificado más arriba: la implantación del terror al servicio de
una ideología en toda la sociedad y la creación de
una espiral de muerte, de odio y de miedo reactivo
y adormecedor de las conciencias.
Aplicando a ETA y a
otras organizaciones con similares características ideológicas el calificativo moral de
“terrorista”, afirmamos que son intrínsecamente perversas en cuanto organización, ya
que su modo de juzgar la realidad, la dirección de
sus acciones y su estructura interna, están orientados a la
provocación y difusión del terror.
V. El nacionalismo totalitario, matriz
del terrorismo de ETA
26. La presente Instrucción
Pastoral no pretende ofrecer un juicio de valor sobre el
nacionalismo en general. Nos ceñimos al juicio moral del nacionalismo
totalitario, en la medida en que constituye el transfondo del
terrorismo de ETA. No es posible desenmascarar, en efecto, la
malicia de ETA sin ofrecer una clarificación moral sobre el
transfondo político-cultural del terrorismo etarra y su incidencia en la
convivencia entre los pueblos de España.
27. “La nación – dice
Juan Pablo II - es la gran comunidad de los
hombres que están unidos por diversos vínculos, pero sobre todo,
precisamente, por la cultura” [25] . Ahora bien, las culturas
no son nunca de por sí compartimentos estancos, y deben
ser capaces de abrirse unas a otras. Están constituidas ya
de antemano a base del rico intercambio del diálogo histórico
entre ellas. Todas necesitan dejarse impregnar por el Evangelio [26]
.
28. Las naciones, en cuanto ámbitos culturales del
desarrollo de las personas, están dotadas de una “soberanía” espiritual
propia y, por tanto, no se les puede impedir el
ejercicio y cultivo de los valores que conforman su identidad
[27] . Esta “soberanía” espiritual de las naciones puede expresarse
también en la soberanía política, pero ésta no es una
implicación necesaria. Cuando determinadas naciones o realidades nacionales se hallan
legítimamente vinculadas por lazos históricos, familiares, religiosos, culturales y políticos
a otras naciones dentro de un mismo Estado no puede
decirse que dichas naciones gocen necesariamente de un derecho a
la soberanía política [28] .
29. Las naciones, aisladamente consideradas, no
gozan de un derecho absoluto a decidir sobre su propio
destino. Esta concepción significaría, en el caso de las personas,
un individualismo insolidario. De modo análogo, resulta moralmente inaceptable que
las naciones pretendan unilateralmente una configuración política de la propia
realidad y, en concreto, la reclamación de la independencia
en virtud de su sola voluntad. La “virtud” política de
la solidaridad, o, si se quiere, la caridad social, exige
a los pueblos la atención al bien común de la
comunidad cultural y política de la que forman parte. La
Doctrina Social de la Iglesia reconoce un derecho real y
originario de autodeterminación política en el caso de una colonización
o de una invasión injusta, pero no en el de
una secesión.
30. En consecuencia, no es moral cualquier modo
de propugnar la independencia de cualquier grupo y la creación
de un nuevo Estado, y en esto la Iglesia siente
la obligación de pronunciarse ante los fieles cristianos y los
hombres de buena voluntad [29] . Cuando la voluntad de
independencia se convierte en principio absoluto de la acción política
y es impuesta a toda costa y por cualquier medio,
es equiparable a una idolatría de la propia nación que
pervierte gravemente el orden moral y la vida social [30]
. Tal forma inmoderada de “culto” a la nación es
un riesgo especialmente grave cuando se pierde el sentido cristiano
de la vida y se alimenta una concepción nihilista de
la sociedad y de su articulación política. Dicha forma de
“culto” está en relación directa con el nacionalismo totalitario y
se encuentra en el transfondo del terrorismo de ETA.
31.
Por nacionalismo se entiende una determinada opción política que hace
de la defensa y del desarrollo de la identidad de
una nación el eje de sus actividades. La Iglesia,
madre y maestra de todos los pueblos [31] , acepta
las opciones políticas de tipo nacionalista que se ajusten a
la norma moral y a las exigencias del bien común.
Se trata de una opción que, en ocasiones, puede mostrarse
especialmente conveniente. El amor a la propia nación o a
la patria, que es necesario cultivar, puede manifestarse como una
opción política nacionalista.
La opción nacionalista, sin embargo, como cualquier opción
política, no puede ser absoluta. Para ser legítima debe mantenerse
en los límites de la moral y de la justicia,
y debe evitar un doble peligro: el primero, considerarse a
sí misma como la única forma coherente de proponer el
amor a la nación; el segundo, defender los propios valores
nacionales excluyendo y menospreciando los de otras realidades nacionales o
estatales.
Los nacionalismos, al igual que las demás opciones políticas,
deben estar ordenados al bien común de todos los ciudadanos,
apoyándose en argumentos verdaderos y teniendo en cuenta los derechos
de los demás y los valores nacidos de la convivencia.
32.
Cuando las condiciones señaladas no se respetan, el nacionalismo degenera
en una ideología y un proyecto político excluyente, incapaz de
reconocer y proteger los derechos de los ciudadanos, tentado de
las aspiraciones totalitarias que afectan a cualquier opción política que
absolutiza sus propios objetivos. De la naturaleza perniciosa de este
nacionalismo ha advertido el Magisterio de la Iglesia en numerosas
ocasiones [32] .
El nacionalismo en que se fundamenta la asociación
terrorista ETA no cumple las condiciones requeridas para su legitimidad
moral, puesto que necesita absolutizar sus objetivos para justificar sus
acciones terroristas; pretende imponer por la fuerza sus propias convicciones
políticas atropellando la libertad de los ciudadanos; y llega a
eliminar a los que tienen otras legítimas opciones políticas. Por
todo ello, el nacionalismo de ETA es un nacionalismo totalitario
e idolátrico.
El nacionalismo totalitario de ETA considera un valor absoluto
el valor “pueblo independiente, socialista y lingüísticamente euskaldún”, todo ello
además interpretado ideológicamente en clave marxista, ideología a la cual
ETA somete todos los demás valores humanos, individuales y colectivos,
menospreciando la voluntad reiteradamente manifestada por la inmensa mayoría de
la población.
33. La organización terrorista ETA enarbola la causa de
la libertad y de los derechos del País Vasco, al
que presenta como una nación sojuzgada y anexionada a la
fuerza por poderes extranjeros de los que sería preciso liberarla.
Ésta es la causa que considera como supuestamente justificadora del
terror que practica. Sin embargo, el nacionalismo de ETA y
de sus colaboradores ignora que todo proyecto político, para merecer
un juicio moral positivo, ha de ponerse al servicio de
las personas y no a la inversa. Es decir, que
la justa ordenación de las naciones y de los Estados
nunca puede constreñir ni vulnerar los derechos humanos fundamentales, sino
que los tutela y los promueve. De modo que no
es moralmente aceptable ninguna concepción para la cual la nación,
el Estado o las relaciones entre ambos se pongan por
encima del ejercicio integral de los derechos básicos de las
personas.
La pretensión de que a toda nación, por el hecho
de serlo, le corresponda el derecho de constituirse en Estado,
ignorando las múltiples relaciones históricamente establecidas entre los pueblos y
sometiendo los derechos de las personas a proyectos nacionales o
estatales impuestos de una u otra manera por la fuerza,
dan lugar a un nacionalismo totalitario, que es incompatible con
la doctrina católica.
34. Por ser la nación un hecho,
en primer lugar, cultural, el Magisterio de la Iglesia lo
ha distinguido cuidadosamente del Estado [33] . A diferencia de
la nación, el Estado es una realidad primariamente política; pero
puede coincidir con una sola nación o bien albergar en
su seno varias naciones o entidades nacionales. La configuración propia
de cada Estado es normalmente el fruto de largos y
complejos procesos históricos. Estos procesos no pueden ser ignorados ni,
menos aún, distorsionados o falsificados al servicio de intereses particulares.
35. España es el fruto de uno de estos complejos
procesos históricos. Poner en peligro la convivencia de los españoles,
negando unilateralmente la soberanía de España, sin valorar las graves
consecuencias que esta negación podría acarrear no sería prudente ni
moralmente aceptable.
La Constitución es hoy el marco jurídico ineludible
de referencia para la convivencia. Recientemente, los obispos españoles afirmábamos:
“La Constitución de 1978 no es perfecta, como toda obra
humana, pero la vemos como el fruto maduro de una
voluntad sincera de entendimiento y como instrumento y primicia de
un futuro de convivencia armónica entre todos” [34] . Se
trata, por tanto, de una norma modificable, pero todo proceso
de cambio debe hacerse según lo previsto en el ordenamiento
jurídico.
Pretender unilateralmente alterar este ordenamiento jurídico en función de una
determinada voluntad de poder, local o de cualquier otro tipo,
es inadmisible. Es necesario respetar y tutelar el bien común
de una sociedad pluricentenaria.
Conclusión
La esperanza no defrauda (Rm 5, 5)
36.
Hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres
(Hch 4,19). Con esta libertad hablaban los primeros cristianos ante
los jueces que les imponían silencio. Actuaban como personas realmente
liberadas por Cristo del pecado, y por eso no se
sentían atemorizados por nadie ni por nada: ni por los
poderosos, ni siquiera por la muerte. Hemos querido escribir esta
Instrucción con esa misma libertad. Deseamos animar así a todos
los cristianos a ejercer la libertad para la que Cristo
nos ha liberado (cf . Ga 5, 1).
37. En el
mundo tendréis tribulaciones. Pero, ¡ánimo!, yo he vencido al mundo
(Jn 16,33). Las dificultades para acabar con el terrorismo y
construir la paz son grandes. Los poderes que se hallan
implicados en este grave problema, así como los sentimientos de
rencor y confrontación que siguen provocando hacen de la solución
del mismo un asunto tan arduo como urgente. Ante los
signos persistentes de tensión social y de dificultad de convivencia,
la Iglesia propone una verdad moral insoslayable. No será fácilmente
comprendida por algunos. Pero sin la verdad no será posible
la paz. Además, es necesario que todos nos comprometamos en
la construcción de la paz. Construir la paz es tarea
de todos y de cada uno [35] . Hacemos un
llamamiento especial a los educadores (padres, catequistas, profesores y maestros)
para que pongan todo su empeño en la noble tarea
de formar a las generaciones más jóvenes, advirtiéndoles de la
maldad del terrorismo y animándoles a construir una sociedad donde
se vivan los principios morales que garanticen el respeto sagrado
a la persona.
38. La primera responsabilidad de la Iglesia es
anunciar que sólo en Jesucristo encuentra el hombre la salvación
plena. Educar para la paz que nace del encuentro con
el Señor y con la Iglesia es una tarea urgente,
especialmente entre los más jóvenes. Así como donde anida la
semilla de la ideología terrorista se esteriliza la vida cristiana,
donde, en cambio, crece y madura la pertenencia a la
Iglesia de Jesucristo prevalece el amor a los demás, el
deseo sincero de paz y de reconciliación. La pertenencia a
la Iglesia y la educación en la fe no son
maduras mientras no se expresen en un discernimiento moral acertado
de situaciones tan graves como la del terrorismo. Este discernimiento
es una muestra del vigor y coherencia de la fe
profesada.
39. Ante el terrorismo de ETA la Iglesia proclama de
nuevo la necesidad de la conversión de los corazones como
el único camino para la verdadera paz [36] . La
valoración moral que hemos propuesto se ha de comprender dentro
de esta llamada explícita a la conversión, que es sólo
posible una vez reconocida la maldad intrínseca del terrorismo y
una vez gestada la voluntad expresa de reparar los perniciosos
efectos que causa su actividad.
40. Ante cualquier problema entre personas
o grupos humanos, la Iglesia subraya el valor del diálogo
respetuoso, leal y libre como la forma más digna y
recomendable, para superar las dificultades surgidas en la convivencia. Al
hablar del diálogo no nos referimos a ETA, que no
puede ser considerada como interlocutor político de un Estado legítimo,
ni representa políticamente a nadie, sino al necesario diálogo y
colaboración entre las diferentes instituciones sociales y políticas para eliminar
la presencia del terrorismo, garantizar firmemente los legítimos derechos de
los ciudadanos y perfeccionar, en lo que sea necesario, las
formas de organizar la convivencia en libertad y justicia.
41. La
Iglesia en España, reconociendo y agradeciendo el esfuerzo de todos
los que trabajan por una mejor convivencia, ofrece su contribución
a esta tarea llevando a cabo las acciones específicas de
su misión pastoral. En cuanto depositaria y administradora de los
bienes de la salvación, que ha recibido de su Señor,
corresponde a la Iglesia sanar las enfermedades morales que provoca
el fenómeno terrorista. En el sacramento de la Eucaristía, de
modo especial, los cristianos se encuentran con Cristo, quien los
introduce en su comunión, escuela de caridad sin fronteras, de
paz inquebrantable y de reconcialición de los hombres entre sí
y con Dios. Las comunidades cristianas, encontrando su fuerza en
la Eucaristía, deben ofrecerse como centros de comunión de las
personas, donde se rechace sin equívocos el terrorismo, y donde
se comparta la fe capaz de abrir a quienes la
profesan a la fraternidad entre los hombres y entre los
pueblos, con una cercanía, ayuda y solidaridad especial con las
víctimas del terrorismo.
42. Entre las primera obligaciones de los
cristianos y de sus comunidades se encuentra este acompañamiento y
atención pastoral de las víctimas del terrorismo. Es una exigencia
de justicia y de caridad estar a su lado y
atender las necesidades y justas reclamaciones de las personas y
de las familias que han sufrido el zarpazo del terrorismo.
Sentimos como propia la preocupación de los que viven en
un estado constante de amenaza o de presión violenta, conscientes
de que ignorar la realidad de las ofensas padecidas es
pretender un proceso ilusorio, incapaz de construir una convivencia en
paz.
43. La Iglesia, además, guiada por el Espíritu de Jesucristo,
se sabe necesitada siempre de la gracia, y acude constantemente
a la fuente de la misericordia y del perdón, que
es Dios. Al mismo tiempo, invita continuamente a ofrecer y
recibir el perdón, consciente de que «no hay paz sin
justicia, no hay justicia sin perdón» [37] . El perdón
no se contrapone a la justicia, porque no consiste en
inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado.
Por el contrario, el perdón conduce a la plenitud de
una justicia que pretende la curación de la heridas abiertas
[38] . El perdón que puede alcanzar la paz verdadera
es un don de Dios, por eso se ha de
pedir en la oración:
«La oración por la paz no
es un elemento que “viene después” del compromiso por la
paz. Al contrario, está en el corazón mismo del esfuerzo
por la edificación de una paz en el orden, en
la justicia y en la libertad. Orar por la paz
significa abrir el corazón humano a la irrupción del poder
renovador de Dios» [39] .
No puede haber una pastoral
de la paz sin momentos fuertes de oración, personales y
comunitarios.
44. La esperanza no defrauda (Rom 5,5). Ésta es la
convicción que mueve a la Iglesia. Nuestra esperanza descansa en
la misericordia de Dios, único capaz de tocar el corazón
de los hombres, infundiéndoles sentimientos de paz. «La esperanza que
sostiene a la Iglesia es que el mundo, donde el
poder del mal parece predominar, se transforme realmente, con la
gracia de Dios en un mundo en el que puedan
colmarse las aspiraciones más nobles del corazón humano; un mundo
en el que prevalezca la verdadera paz» [40] .
Convocamos,
una vez más, a los que han recibido el don
de la fe a la oración pública y privada por
la paz; a la oración por las víctimas del terrorismo
y por sus familiares, y por los propios terroristas; a
la oración para que Dios otorgue sabiduría y fortaleza a
los gobernantes en sus decisiones y acciones; a la oración
por la conversión de los corazones.
“Que se eleve desde el
corazón de cada creyente, de manera más intensa, la oración
por todas las víctimas del terrorismo, por sus familias afectadas
trágicamente y por todos los pueblos a los que el
terrorismo y la guerra continúan agraviando e inquietando. Que no
queden fuera de nuestra oración aquellos mismos que ofenden gravemente
a Dios y al hombre con estos actos sin piedad:
que se les conceda recapacitar sobre sus actos y darse
cuenta del mal que ocasionan, de modo que se sientan
impulsados a abandonar todo propósito de violencia y buscar el
perdón. Que la humanidad, en estos tiempos azarosos, pueda encontrar
paz verdadera y duradera, aquella paz que sólo puede nacer
del encuentro de la justicia con la misericordia” [41] .
En
este “Año del Rosario”, ponemos nuestra oración, con filial devoción,
en las manos de la Virgen María, Madre de Jesús
y Madre nuestra, invocándola como Reina de la paz, para
que Ella nos conceda pródigamente los dones de su materna
bondad y nos ayude a ser una sola familia, en
la solidaridad y en la paz.
[1] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, 1.
[2] Ya
Pablo VI (Audiencia General del 27.9.1975) había condenado expresamente el
terrorismo en España. Juan Pablo II lo ha hecho repetida
y enfáticamente: antes de su Visita pastoral de 1982, dos
veces durante aquel viaje – primero en Toledo (4. 11.1982)
y luego en Loyola (6.11.1982) - y, entre otros
muchos momentos, con ocasión del Encuentro de Oración por la
Paz de Vitoria-Gasteiz (13.1.2001).
[3] Recordamos sólo algunas de estas intervenciones:
de la Asamblea Plenaria, Ante el momento presente (1974), “La
Verdad os hará libres” (Jn 8,32) (1990), Moral y sociedad
democrática (1996) y La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada
de fe al siglo XX (1999). De la Comisión Permanente,
Reconciliación, repudio a la violencia e Iglesia sociedad-civil (1975), Nota
sobre algunas situaciones que vive el país (1975), Nota ante
la actual situación española (1977), La responsabilidad moral del voto
(1979), Comunicado por causa de los “atentados terroristas que se
repiten casi a diario entre nosotros” (1979), Ante el
terrorismo y la crisis del país (1981), Constructores de la
Paz (1986) e Impulsar una nueva evangelización (1990). Son importantes
también las intervenciones de los Presidentes de la Conferencia Episcopal
en sus discursos inaugurales de diversas Asamblea Plenarias, como las
siguientes: XXX (1978), XXXII (1979), XXXIV (1981), LIII (1990), LXIII
(1995); LXXIV y LXXV (2000), LXXVI y LXXVII (2001), LXXVIII
(2002). Se pueden encontrar también otras intervenciones sobre este tema
en: J. F. Serrano Oceja (Ed.), La Iglesia frente al
terrorismo de ETA, Presentación del Cardenal A. Mª Rouco Varela
y Epílogo de Monseñor F. Sebastián Aguilar, B. A.
C., Madrid 2001, XXXIV + 823 páginas.
[4] Cf. Conferencia Episcopal
Española, Una Iglesia esperanzada. ¡Mar adentro! (Lc 5, 4),
Plan Pastoral 2002-2005, 58. 78, Edice, Madrid 2001.
[5] Cf. Nota
de Prensa Final de la CLXXXIX Reunión de la Comisión
Permanente de la Conferencia Episcopal Española (19.6.2002).
[6] Juan Pablo II
recuerda en su Carta Encíclica Veritatis splendor que la determinación
de la moralidad de los actos por su objeto es
uno de los servicios específicos que la Iglesia presta al
mundo. No hay otro camino para evitar la gran confusión
que lleva consigo la mentalidad utilitarista o consecuencialista, cuando justifica
fácilmente como mal menor cualquier efecto que conduzca al fin
deseado; cf. Carta Encíclica Veritatis splendor, 83.
[7]
Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis,
24; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2297.
[8] Ya el
16 de noviembre de 1937 por la Convención de Ginebra
y por la ONU con la Declaración del 18 de
diciembre de 1972.
[9] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo
rei socialis, 24.
[10] Cf. San Jerónimo, Epístola, 82,3 (Madrid 1993,
BAC 530,872).
[11] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2297; Juan
Pablo II, Mensaje en el aniversario del 11-S, (14.9.2002).
[12] Cf.
Juan Pablo II, Mensaje en el aniversario del 11- S,
(14.9.2002); cf. Catecismo de la Iglesia Católica 2297.
[13] Comisión Permanente
de la Conferencia Episcopal Española, Instrucción Pastoral Constructores de la
paz, 96, BOCEE 9 (1986) 18; cf. Juan Pablo II,
Homilía en Drogheda (Irlanda), (29.9.1979).
[14] Cf. Juan Pablo II, Carta
Encíclica. Evangelium vitae, 57, afirmación que goza de la
calificación de doctrina de fe divina y católica; Congregación para
la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal aclaratoria de la
fórmula conclusiva de la profesión de fe (29.VI.1998), 5 y
11: cf. Ecclesia 2.902 (18. VII. 1998) 1086-1089.
[15] Cf. Pablo
VI, Carta Encíclica Populorum progressio 31; Congregación para la Doctrina
de la Fe, Instrucción Libertatis conscientiae, 79.
[16] Cf. Catecismo de
la Iglesia Católica, 1867.
[17] Cf. Juan Pablo II,
Carta Encíclica Veritatis Splendor, 80.
[18] Catecismo de la Iglesia Católica,
1869.
[19] Juan Pablo II, Carta Encíclica, Sollicitudo rei
socialis, 36; Exhortación Apostólica Reconciliatio et Poenitentia , 16.
[20]
Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitae, 24.
[21] El
Papa Juan Pablo II ha recordado cómo del olvido de
Dios se sigue el desprecio de la vida humana (Carta
Encíclica Evangelium vitae, 22):“... cuando se pierde el sentido de
Dios, también el sentido del hombre queda amenazado y contaminado,
como afirma lapidariamente el concilio Vaticano II: «La criatura sin
el Creador desaparece... Más aún, por el olvido de Dios
la propia criatura queda oscurecida» [Constitución Pastoral Gaudium et Spes,
36]. El hombre no puede ya entenderse como «misteriosamente otro»
respecto a las demás criaturas terrenas; se considera como uno
de tantos seres vivientes, como un organismo que, a lo
sumo, ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Encerrado
en el restringido horizonte de su materialidad, se reduce de
este modo a «una cosa», y ya no percibe el
carácter trascendente de su «existir como hombre». No considera ya
la vida como un don espléndido de Dios, una realidad
«sagrada» confiada a su responsabilidad y, por tanto, a su
custodia amorosa, a su «veneración». La vida llega a ser
simplemente «una cosa», que el hombre reivindica como su propiedad
exclusiva, totalmente dominable y manipulable”.
[22] Cf. Juan Pablo II, Carta
Encíclica Sollicitudo rei socialis, 37.
[23] Cf. Juan Pablo II,
Carta Encíclica Veritatis splendor, 1.
[24] Juan Pablo II, Discurso
al Cuerpo Diplomático (12.1.1979): “vencer el virus de la violencia
manifestado en formas de terrorismo y represalias invitan a desterrar
el odio”.
[25] Juan Pablo II, Discurso en la Sede de
la UNESCO (2-VI-1980), 14.
[26] Cf. Juan Pablo II, Carta
Encíclica Redemptoris missio, 37
[27] Cf. Juan Pablo II, Discurso a
la Asamblea General de las Naciones Unidas (5-X-1995), 8:
“El derecho a la propia lengua y cultura, mediante las
cuales un pueblo expresa y promueve lo que llamaría su
originaria “soberanía” espiritual. … Toda nación tiene también consiguientemente derecho
a modelar su vida según las propias tradiciones, excluyendo, naturalmente,
toda violación de los derechos humanos fundamentales, y, en particular,
la opresión de las minorías. Cada nación tiene el derecho
de construir el propio futuro proporcionando a las generaciones más
jóvenes una educación adecuada”.
[28] Cf. Juan Pablo II, Discurso al
Cuerpo Diplomático (14-I-1984), 3-4: “En cambio, países soberanos que hace
mucho tiempo que son independientes, o que lo son desde
hace poco, se ven amenazados alguna vez en su integridad
por la contestación interior de una parte que hasta llega
a considerar o bien a pedir una secesión. Los casos
son complejos y muy diversos y cada uno de ellos
pediría un juicio diferente, según una ética que tenga en
cuenta a la vez los derechos de las naciones, fundados
en la cultura homogénea de los pueblos, y los derechos
de los Estados a su integridad y soberanía. Deseamos que
más allá de las pasiones –y de todas maneras evitando
la violencia-, se llegue a formas políticas bien articuladas y
equilibradas que sepan respetar las particularidades culturales, étnicas, religiosas y,
en general los derechos de las minorías”. Cf. también Catecismo
de la Iglesia Católica, 2239.
[29] Basta recordar en este sentido
la intervención de Juan Pablo II y de la Conferencia
Episcopal Italiana expresando su estima por la unidad del Estado
italiano y criticando las actitudes que disgregan la unidad social;
cf. Lettera ai vescovi italiani circa le responsabilità dei cattolici
di fronte alle sfide dell´attuale momento storico (6 de enero
de 1994). Cf. Comunicato della Presidenza della CEI, 30-VI-1992. Noticiario
CEI 5/1992, pp. 183-186; cf. Juan Pablo II, Discurso ante
el Parlamento de Italia (14.11.2002).
[30] Pio XI, Carta Encíclica Mit
brennender Sorge, 12: “Si la raza o el pueblo, si
el Estado o una forma determinada del mismo, si los
representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la
sociedad humana tienen en el orden natural un puesto esencial
y digno de respeto, con todo, quien los arranca de
esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de
todo, aun de los valores religiosos, y, divinizándolos con culto
idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por
Dios, está lejos de la verdadera fe y de una
concepción de la vida conforme a ésta”.
[31] Cf. Juan XXIII,
Carta Encíclica Mater et Magistra, 262.
[32] Empezando por Pío XI
en el ambiente prebélico: cf. Pío XI, Carta Encíclica Ubi
arcano (23.12.1922), 12; Discurso a la Curia Romana (24-XII-1930); A
los alumnos de Propaganda fide (21-8.1938).
[33] Cf. Pío XII, Radiomensaje
al Pueblo helvético (21.IX.1949): “En nuestra época, en la que
el concepto de nacionalidad del Estado, exagerado a menudo hasta
la confusión, hasta la identificación de las dos nociones, tiende
a imponerse como dogma”; cf. también: Juan Pablo II, Discurso
en la Sede de la UNESCO (2-VI-1980), n. 14; e
Idem,Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas (5-X-1995),
8: “teniendo en cuenta la dificultad de definir el concepto
mismo de “nación”, que no se identifica a priori y
necesariamente con el de Estado”.
[34] LXXIII Asamblea Plenaria de la
Conferencia Episcopal Española, La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada
de fe al siglo XX (26.11.1999), 7. Comunicado de la
XXXIV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (28.2.1981), Amenaza
a la normalidad constitucional. Llamada a la esperanza, 2: “Es
de todo punto necesario recuperar la conciencia ciudadana y la
confianza en las instituciones, todo ello en el respeto de
los cauces y principios que el pueblo ha sancionado en
la Constitución”.
[35] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la
Jornada Mundial de la Paz de 1998, 7.
[36] Cf. Juan
Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo Rei Socialis, 38.
[37] Cf. Juan
Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz de 2002
[38] Cf. Juan Pablo II, Ibid., 3.
[39]
Cf. Juan Pablo II, Ibid., 14.
[40] Juan Pablo II, Ibid.,
1.
[41] Juan Pablo II, Ibid., 15; cf. también las invitaciones
del Papa en los Mensajes anuales con ocasión de la
Jornada mundial de la Paz
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