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Al compartir « los gozos y las esperanzas, las tristezas
y las angustias de los hombres de nuestro tiempo »,
(10) la Iglesia —además de entregarse a ellos con materna
solicitud, mediante obras de asistencia y de caridad— pide a
los ancianos que continúen su misión evangelizadora, no sólo posible
y justa también en la vejez, sino transformada por la
misma edad en algo específico y original.
En la exhortación apostólica
post-sinodal Christifideles laici sobre la vocación y la misión de
los laicos, Juan Pablo II, dirigiéndose a los ancianos, escribe:
« La cesación [...] de la actividad profesional y laboral
[abre] un espacio nuevo a [vuestra] tarea apostólica. Es un
deber que hay que asumir, por un lado, superando decididamente
la tentación de refugiarse nostálgicamente en un pasado que no
volverá más, o de renunciar a comprometerse en el presente
por las dificultades halladas en un mundo de continuas novedades;
y, por otra parte, tomando conciencia cada vez más clara
de que su propio papel en la Iglesia y en
la sociedad de ningún modo conoce interrupciones debidas a la
edad, sino que conoce sólo nuevos modos. [...] La entrada
en la tercera edad ha de considerarse como un privilegio;
y no sólo porque no todos tienen la suerte de
alcanzar esta meta, sino también y sobre todo porque éste
es el período de las posibilidades concretas de volver a
considerar mejor el pasado, de conocer y vivir más profundamente
el misterio pascual, de convertirse en ejemplo en la Iglesia
para todo el Pueblo de Dios » (n. 48).
La comunidad
eclesial, por su parte, está llamada a responder a las
expectativas de participación de los ancianos, valorizando el « don
» que ellos representan como testigos de la tradición de
fe (cf. Sal 44, 2; Éx 12, 26-27), maestros de
vida (cf. Eclo 6, 34; 8, 11-12) y agentes de
caridad. Y debe, por tanto, sentirse interpelada a reconsiderar la
pastoral de la tercera edad como espacio abierto a la
acción y colaboración de los mismos ancianos.
Entre los ámbitos que
más se prestan al testimonio de los ancianos en la
Iglesia, no se deben olvidar:
– El amplio campo de la
caridad: gran parte de los ancianos gozan de suficientes energías
físicas, mentales y espirituales que les permiten comprometer generosamente su
propio tiempo libre y sus capacidades en acciones y programas
de voluntariado.
– El apostolado: los ancianos pueden contribuir ampliamente al
anuncio del Evangelio, como catequistas y como testigos de vida
cristiana.
– La liturgia: muchos ancianos contribuyen ya eficazmente a cuidar
de los lugares de culto. Las personas de la tercera
edad, si reciben una formación adecuada, podrían desempeñar, en mayor
número, los oficios de Lector y Acólito, ejercer el ministerio
extraordinario de la Eucaristía y desarrollar la actividad de animadores
de la liturgia, así como la de fieles cultores de
las formas de piedad eucarística y de las devociones, sobre
todo de la devoción mariana y de los santos.
– La
vida de las asociaciones y de los movimientos eclesiales: sobretodo
después del Concilio, se ha manifestado una gran apertura, por
parte de los ancianos, a la dimensión comunitaria de la
vida de fe. El desarrollo de numerosas realidades eclesiales —que
representan un gran enriquecimiento para la Iglesia— se debe también
a una participación que integra las generaciones y manifiesta la
riqueza y la fecundidad de los distintos carismas del Espíritu.
–
La familia: los ancianos representan la « memoria histórica »
de las generaciones más jóvenes y son portadores de valores
humanos fundamentales. Dondequiera que falta la memoria faltan las raíces
y, con ellas, la capacidad de proyectarse con la esperanza
en un futuro que vaya más allá de los límites
del tiempo presente. La familia —y, por tanto, toda la
sociedad— recibirán un gran beneficio con la revaloración del papel
educativo del anciano.
– La contemplación y la oración: es preciso
estimular a los ancianos, a que consagren los años que
están ocultos en la mente de Dios a una nueva
misión iluminada por el Espíritu Santo, dando así principio a
una etapa de la vida humana que, a la luz
del misterio del Señor, se revela como la más rica
y prometedora. A este respecto, Juan Pablo II, dirigiéndose a
los participantes en el Forum internacional sobre el envejecimiento activo,
decía: « Los ancianos, gracias a su sabiduría y experiencia,
fruto de toda una vida, han entrado en una época
de gracia extraordinaria que les abre inéditas oportunidades de oración
y de unión con Dios. Les son dadas nuevas energías
espirituales, que ellos están llamados a poner al servicio de
los demás, haciendo de la propia vida una ferviente oferta
al Señor y Dador de vida ». (11)
– La prueba,
la enfermedad, el sufrimiento: estas experiencias representan el momento que
hace « completar », en la carne y en el
corazón, la pasión de Cristo por la Iglesia y por
el mundo (cf. Col 1, 24). Es importante guiar a
los ancianos —y no sólo a ellos— para que sepan
captar, en esas circunstancias, la dimensión del testimonio del abandono
en las manos de Dios, siguiendo las huellas del Señor.
Pero eso será posible sólo en la medida en que
la persona anciana se sienta amada y respetada. La preocupación
por los más débiles, los que sufren, los no autosuficientes,
es deber de la Iglesia y prueba de la autenticidad
de su maternidad. Habrá, pues, que brindar a los ancianos
toda una serie de cuidados y servicios, para que no
se sientan inútiles, o un peso para los demás, y
vivan el sufrimiento como posibilidad de encuentro con el misterio
de Dios y del hombre.
– El compromiso en favor de
la « cultura de la vida »: el momento de
la enfermedad y del sufrimiento remite por excelencia al principio
inalienable del carácter sagrado e inviolable de la vida. La
misión misma de Jesús, con las numerosas curaciones que él
realizó, indica cómo Dios tiene en cuenta también la vida
corporal del hombre (cf. Lc 4, 18). Pero el hombre
no puede elegir arbitariamente entre vivir y morir, entre dejar
vivir y dejar morir: de ello dispone sólo Aquel en
el cual « vivimos, nos movemos y existimos » (Hch
17, 28; cf. Dt 32, 39). Ese cerrarse a la
trascendencia, típico de nuestros días, va alimentando siempre más la
tendencia a apreciar la vida sólo en la medida en
que aporta bienestar y placer, y a considerar el sufrimiento
como una amenaza insoportable de la que es preciso librarse
a toda costa. La muerte, considerada como cosa « absurda
» si interrumpe una vida abierta a un futuro lleno
de posibles experiencias interesantes, se transforma en « liberación reivindicada
» cuando se contempla la existencia como algo que no
tiene sentido, por estar sumergida en el dolor. Este es
el contexto cultural del drama de la eutanasia, que la
Iglesia condena por ser una « grave violación de la
Ley de Dios en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable
de una persona humana ». (12)
Teniendo en cuenta la gran
diversidad de las situaciones y condiciones de vida de los
ancianos, la pastoral de la tercera y la cuarta edad
debería incluir la realización de iniciativas que permitan el logro
de objetivos como los que siguen:
– Dar a conocer mejor
las necesidades de los ancianos, no por última la de
poder contribuir a la vida de la comunidad desempeñando actividades
apropiadas a su condición peculiar. Este conocimiento dará la posibilidad
de estructurar acciones adecuadas y de sensibilizar y comprometer a
las comunidades eclesiales y civiles para que se orienten hacia
aquellas opciones que parecen ser evangélicamente y culturalmente más válidas,
teniendo en cuenta también la renovación de las obras caritativas
y asistenciales de la Iglesia.
– Ayudar a los ancianos a
superar las actitudes de indiferencia, desconfianza y renuncia a una
participación activa, a una responsabilidad común.
– Integrar a los ancianos,
sin discriminaciones, en la comunidad de los creyentes. Todos los
bautizados, en todo momento de la vida, deben poder renovar
la riqueza de la gracia del propio Bautismo y vivirla
plenamente. Nadie debe quedarse sin el anuncio de la Palabra
de Dios, sin el don de la oración y de
la gracia de Dios, sin el testimonio de la caridad.
–
Organizar la vida de la comunidad, de manera que en
ella se favorezca y se promueva la participación de las
personas ancianas, valorizando las capacidades de cada una. Con ese
objeto, las diócesis deberían crear departamentos especiales para el ministerio
de los ancianos; se estimularía, así, a las parroquias, a
que desarrollen actividades espirituales, comunitarias y de recreo para ese
grupo de edad; hay que promover el servicio de los
ancianos en los consejos diocesanos y parroquiales y en los
consejos para asuntos económicos.
– Facilitar la participación de los ancianos
en la celebración de la Eucaristía; darles la posibilidad de
acercarse al sacramento de la Reconciliación y de tomar parte
en peregrinaciones, retiros y ejercicios espirituales, procurando que no se
impida su presencia por la falta de acompañamiento o debido
a barreras arquitectónicas.
– Recordar que la atención y asistencia a
los enfermos ancianos no autosuficientes, o a los que por
debilitamiento senil han perdido las propias facultades mentales, es también
una atención espiritual a través de los signos mediadores de
la oración y de la cercanía en la fe, como
testimonio del valor inalienable de la vida, incluso cuando ésta
ha llegado al extremo límite de las fuerzas físicas.
– Otorgar
una especial atención a la administración del sacramento de la
Unción de los Enfermos y del mismo Viático, dando una
preparación catequética adecuada. Si las circunstancias lo consienten, es deseable
que los pastores incluyan la administración de la Unción de
los Enfermos en celebraciones comunitarias, tanto en las parroquias como
en los lugares de residencia de los ancianos.
– Contrarrestar la
tendencia a dejar solos, sin asistencia religiosa y consuelo humano,
a los moribundos. Esta tarea no corresponde sólo a los
capellanes, cuyo papel es fundamental, sino también a los familiares
y a la comunidad de pertenencia.
– Prestar una atención particular,
por un lado, a los ancianos de otras confesiones religiosas,
para ayudarles a vivir su propia fe con espíritu de
caridad y de diálogo; y, por otro, a los ancianos
no creyentes, ante los cuales no se debe dejar de
testimoniar la propia fe con espíritu de fraternidad y de
solidaridad.
– Recordar que si los ancianos tienen derecho a un
espacio en la sociedad, con mayor razón les corresponde un
lugar respetable en la familia. Recordar a la familia, llamada
a ser una comunión de personas, la misión que le
compete de conservar, revelar y comunicar el amor. Insistir en
el deber que ella tiene de proveer a la asistencia
de los familiares más débiles, incluso los ancianos, rodeándolos de
cariño. Y hacer hincapié en la necesidad de apoyos adecuados
para la familia: subsidios económicos, servicios sociosanitarios, y políticas para
la casa, las pensiones y la seguridad social.
– Preocuparse por
los ancianos que viven en estructuras residenciales públicas o privadas.
Estar lejos de la propia familia será para ellos menos
traumático, si cada comunidad mantiene los vínculos con los propios
ancianos. La comunidad parroquial, « familia de familias » tendrá
que transformarse en « diaconía » para las personas ancianas
y sus problemas, buscando una colaboración con los responsables de
dichas estructuras, con el objeto de encontrar los modos adecuados
de asegurar la presencia del voluntariado, la animación cultural y
el servicio religioso. Éste tendrá que garantizar el alimento eucarístico
de los ancianos, procurando que la Comunión asuma el significado
de participación en la celebración del día del Señor, de
signo de la paternidad de Dios y de la fecundidad
de una vida y de un sufrimiento que, si no
están iluminados por el consuelo del Señor, corren el riesgo
de perderse en la tristeza e incluso en la desesperación.
–
No olvidar que, entre los ancianos, hay sacerdotes: ministros de
la Iglesia y pastores de las comunidades cristianas. La Iglesia
diocesana tiene que hacerse cargo de ellos a través de
medidas y estructuras adecuadas. También las comunidades parroquiales están llamadas
a colaborar con el objeto de que los sacerdotes ancianos
que —por la edad avanzada o por motivos de salud—
se retiran del ministerio activo, encuentren una situación conveniente. Eso
mismo vale para las comunidades religiosas y para sus superiores,
que deben prestar una atención particular a sus hermanos y
hermanas ancianos.
– Educar a los jóvenes pertenecientes a grupos, asociaciones
y movimientos presentes en las parroquias, a la solidaridad con
los miembros más ancianos de la comunidad eclesial; una solidaridad
entre generaciones que se expresa también en la compañía que
los jóvenes pueden ofrecer a los ancianos. Los jóvenes que
tienen la oportunidad de estar con los ancianos saben que
esta experiencia los forma y los hace madurar, ayudándoles a
adquirir una visión atenta a los demás que les será
útil durante toda la vida. En una sociedad donde reinan
el egoísmo, el materialismo y el consumismo, y en la
cual los medios de comunicación no contribuyen a disminuir la
creciente soledad del hombre, valores como la gratuidad, la entrega,
la compañía, la acogida y el respeto por los más
débiles representan un desafío para quienes desean que se forme
una nueva humanidad y, por tanto, también para los jóvenes.
Para
realizar toda la acción pastoral en favor de los ancianos
será especialmente ilustrativa y útil una constante referencia al Decreto
conciliar Apostolicam actuositatem y a los documentos publicados por el
Magisterio en los últimos años, especialmente la Exhortación apostólica post-sinodal
Christifideles laici, la Carta apostólica Salvifici doloris y la Exhortación
apostólica Familiaris consortio.
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