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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Los mártires de Taiyuan
En medio de un clima de conflictos y humillaciones, los misioneros no dejaron de ofrecer el Evangelio a quienes lo deseasen
Los mártires de Taiyuan
El siglo XX puede ser llamado “el siglo de
los mártires”. Así lo ha escrito un estudioso italiano, Andrea
Riccardi, en un libro que lleva precisamente ese título.
Un preludio
a la sangre de tantos mártires del siglo XX tuvo
lugar en China, justo en el año 1900. Estos hermanos
nuestros dieron su vida para confesar el Amor de Dios
presente en el mundo. Querían gritar su fe en Jesucristo
en las tierras de una nación inmensa, entre un pueblo
que todavía anhela el anuncio de la salvación.
La situación política
en la que se colocan los hechos que vamos a
recordar era sumamente compleja. El sistema de gobierno chino se
encontraba en un momento de crisis, debido, entre otras cosas,
a la prepotencia de los gobiernos y de los ejércitos
de diversos países (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Rusia
y Japón, entre otros). Además, en los años anteriores se
habían producido diversos episodios de carestía y epidemias, lo cual
hacía más dramática la vida de los habitantes de las
provincias chinas más afectadas.
En medio de un clima de conflictos
y humillaciones, los misioneros no dejaron de ofrecer el Evangelio
a quienes lo deseasen. Hubo numerosas conversiones, pero también mucha
desconfianza. ¿No hablaban los misioneros los idiomas de los soldados
invasores? ¿No venían de Francia, de Italia, de Alemania, de
Gran Bretaña, de Estados Unidos, es decir, de algunos países
que estaban humillando al Imperio chino?
Este contexto explica, pero no
justifica, el clima de odio que se creó contra los
cristianos en algunos ambientes chinos. Había que acabar con los
misioneros, y había que extirpar la fe cristiana, también de
aquellos hombres o mujeres de China que habían empezado a
creer en Cristo.
En 1899 la rebelión empieza a hacerse realidad.
Grupos de personas buscaban cómo terminar con la presencia extranjera
en amplias zonas de China como reacción contra el dominio
que las potencias extranjeras ejercían sobre el gobierno imperial. La
emperatriz no dudó en apoyar, en algunos momentos, a los
grupos de “patriotas” (algunos de esos grupos recibirán, por parte
de los británicos, el nombre de “boxers”), si bien tuvo
que actuar con mucho tacto, pues estaba bajo la continua
presión de las legaciones extranjeras en Pekín.
La situación explota en
el verano de 1900. A lo largo de la revuelta
se atacará sistemáticamente a los extranjeros, especialmente a los más
indefensos, los misioneros. También morirán numerosos cristianos que no quisieron
renegar de Cristo. Unos 30 mil cristianos dieron su vida
durante los meses de la revuelta.
Vamos a fijarnos en un
grupo de mártires, los mártires de Taiyuan, sobre los que
tenemos numerosas informaciones. Desde el conocimiento de algunos detalles de
su martirio podremos descubrir cómo afronta la muerte quien tiene
los ojos puestos en Jesucristo.
Taiyuan es la capital de la
provincia de Shanxi, en la zona norte de China. La
provincia había acogido a misioneros venidos de distintos lugares de
Europa. La Santa Sede la declaró Vicariato apostólico, y su
gobierno pastoral corría a cargo de los franciscanos. En 1900
el Vicariato de Shanxi tenía como obispos a mons. Gregorio
Grassi (italiano) y su auxiliar, mons. Francesco Fogolla (también italiano).
Había, además, un floreciente seminario formado por estudiantes chinos de
la zona.
Trabajaban en la provincia varios misioneros franciscanos que llevaban
a cabo su tarea en el seminario y en otros
lugares. En 1899, poco antes de la persecución, habían llegado
7 religiosas franciscanas misioneras de María, procedentes de Italia, Francia,
Bélgica y Holanda. Se dedicaron sobre todo a la atención
de niñas huérfanas, y tenían un fuerte deseo de hacer
descubrir el amor de Dios a quienes entraban en contacto
con ellas.
La borrasca empieza a perfilarse a partir del 23
de abril de 1900. Llega a Taiyuan un nuevo gobernador
de la provincia de Shanxi: Yuxian. Yuxian era temido por
su odio contra los cristianos. Es importante subrayar este detalle,
pues la persecución contra los cristianos, en algunas zonas de
China, no fue un movimiento espontáneo de las masas populares,
sino algo promovido y meditado precisamente por quienes debían asegurar
la justicia y la paz en la vida social.
Pronto comienzan
los primeros ataques a las comunidades cristianas de diversos lugares
de la provincia. Las noticias llegan a la capital, Taiyuan,
y los obispos hablan con el gobernador, que con astucia
les tranquiliza y les dice que no tienen nada que
temer. Mientras, el 21 de junio de 1900 la revuelta
de los “boxers” llega a su cumbre en Pekín con
el asedio de la zona donde se encuentran las legaciones
extranjeras.
El 27 de junio, en Taiyuan, la hostilidad contra los
cristianos se hace concreta: es incendiada la misión de los
protestantes. Casi al mismo tiempo, el gobernador, Yuxian, manda una
carta a la emperatriz con calumnias contra los cristianos. Dice
que han escapado a las montañas y que preparan una
revuelta. Pide permiso para actuar y defender así la “paz
entre el pueblo”.
El 28 de junio un grupo de boxers
intenta quemar la catedral católica de Taiyuan, pero al final
les detiene el miedo. Piensan, equivocadamente, que los católicos esconden
numerosas armas en la zona de la catedral.
El 29 de
junio el gobernador emana un edicto en el que se
invita a todos los ciudadanos chinos que sean cristianos a
renegar de su fe. Si no obedecen, serán condenados a
muerte. El decreto es leído en numerosos lugares públicos de
la provincia y de la capital. Muchos cristianos se niegan
a obedecer y se preparan para el martirio. El gobernador,
en un gesto de rabia, manda un mensajero a la
residencia del obispo para pedir que se dé permiso a
los católicos para poder apostatar de su fe y salvar
así la vida...
El 2 de julio llega de Pekín la
respuesta de la emperatriz: el gobernador puede actuar contra los
cristianos, pero sin asesinar a los misioneros extranjeros; a éstos
se aplicará la expulsión. Yuxian pone manos a la obra,
y se inician las ejecuciones.
Los soldados del gobernador sitian la
residencia del obispo. Allí se concentran los dos obispos, otros
sacerdotes y misioneros, las religiosas y los seminaristas. Entre los
sitiadores, sin embargo, sigue en pie la idea de que
en la residencia se esconden numerosas armas, por lo que
no realizan el temido asalto general.
El 5 de julio el
gobernador recibe la orden de acudir a Pekín y apoyar
a las tropas chinas ante la defensa obstinada de los
soldados occidentales. Antes de salir, decide terminar con los misioneros
católicos. Manda una orden para que salgan de la residencia
católica y sean encerrados en una vieja casa de mandarinos.
De este modo, queda eliminado el miedo de los soldados
chinos a las “armas escondidas” (que no existían en ningún
lugar) en la catedral...
Mons. Grassi ve cercana la hora del
martirio, y quiere consolar a sus comunidades cristianas. Escriba una
carta en latín y la envía secretamente, el 8 de
julio, a un sacerdote chino. Pero la carta es interceptada,
y será usada como pretexto para dar la orden de
la ejecución.
El 9 de julio de 1900, a las 3
de la tarde, el viceprefecto se presenta en el lugar
donde están encerrados los católicos (12 extranjeros y 14 chinos).
Pide a dos seminaristas que traduzcan la carta. Los seminaristas
declaran que la carta es una invitación a los católicos
para que estén tranquilos y aumenten sus oraciones.
A las 4
de la tarde llega el mismo gobernador, Yuxian, vestido con
sus insignias militares y rodeado de un grupo de soldados.
Los católicos son llevados afuera, para ser juzgados. Yuxian pregunta
a mons. Fogolla: “¿A cuánta gente de mi pueblo has
dañado hasta este momento?” Mons. Fogolla responde que sólo ha
intentado hacer el bien. Recibe un golpe del gobernador, que
luego ordena: “¡Llevadlos afuera y matadlos!”.
Una de las religiosas entona
el Te Deum (el himno de acción de gracias). Comienza
la masacre a base de golpes de espada lanzados ciegamente,
a diestra y a siniestra. Las 7 religiosas quedan a
un lado, mientras los hombres son asesinados. Luego les llega
a ellas el turno del martirio. Una religiosa, suor María
Clara Nanetti, había escrito años antes que deseaba ser mártir.
La hora había llegado...
Así dieron su vida por ser fieles
a Cristo 2 obispos, 3 misioneros franciscanos, 7 religiosas, 5
seminaristas chinos, y 9 empleados chinos que servían a los
misioneros o a las huérfanas. La persecución apenas estaba empezando:
en la región de Shenxi morirán más de 4 mil
cristianos entre julio y septiembre de 1900.
Para comprender el espíritu
con el que afrontaban la muerte los cristianos de esa
provincia china podemos recoger aquí el testimonio de un anciano
sacerdote, el P. Francis Li, en una homilía pronunciada en
Hong Kong el 29 de noviembre de 2000. El P.
Li había escuchado de sus padres (su padre estuvo a
punto de morir, como leeremos en seguida) cómo iban a
la muerte tantos hermanos nuestros, en ese primer año del
“siglo de los mártires”.
“Mi madre contaba: Hacia las cuatro de
la tarde del 9 de julio, mientras recitábamos las oraciones,
oímos repentinamente descender del cielo una música bellísima. Nunca habíamos
oído una música semejante. Repentinamente vimos una fila ordenada de
banderas blancas venir de Taiyuan hacia nosotros. Esas banderas pasaron
sobre nuestras cabezas y la música se hizo más fuerte
y más deliciosa aún a nuestros oídos. Todos aplaudimos en
nuestros corazones y nos arrodillamos. Comenzamos a animarnos unos a
otros, pensando que se trataba ciertamente de la señal de
que los obispos y los sacerdotes habían entregado ya su
vida por la fe. Al día siguiente, una banda de
soldados llegó a nuestra casa y nos anunció que los
obispos y los otros habían sido matados.
Todos pensamos entonces que
también para nosotros había llegado la hora de dar la
vida por nuestra fe. Comenzamos a prepararnos recitando oraciones sin
interrupción. Después de un poco, un soldado nos gritó: `¿Renegáis
de vuestra religión o no?’. No se oyó siquiera un
sonido de respuesta. Luego, el soldado ordenó que dos de
las mujeres cristianas más ancianas fueran atadas y colgadas en
el jardín. Lo hacían para infundir temor de la muerte
a las muchachas más jóvenes. Las dos ancianas no tenían
ningún temor. Animaban continuamente a las muchachas, diciendo: `Muchachas, ¡no
tengáis miedo; la puerta del cielo está abierta; preparaos para
subir al cielo!’.
El 12 de julio algunos oficiales volvieron y
trataron de atemorizarnos y empujarnos a renegar la fe. Y
volvieron a encontrar un silencio total. Entonces los soldados descolgaron
a las mujeres ancianas atadas y las llevaron fuera. Pasados
unos momentos, los soldados volvieron a entrar con dos vasos
de sangre y nos dijeron que era la sangre de
las dos mujeres que habían matado. No nos mataron, pero
nos enviaron de nuevo a la iglesia.
Lo que sigue es
la narración de mi padre: El 14 de julio, Yuxian,
gobernador de Shanxi, publicó una orden: todos los católicos que
no quieran renegar su fe deben reunirse cerca de la
Puerta Norte. Al oír esta orden, todos los católicos estaban
excitados, sus corazones llenos de alegría. Todos juntos comenzaron a
caminar hacia el lugar establecido. A lo largo del camino
se sostenían y animaban unos a otros. Mi abuelo era
uno de esos fervorosos católicos. Apenas oída la orden, dijo
a mi padre, que entonces tenía 15 años, y a
mi tío: ‘Vamos, hoy estaremos en el cielo’. Luego se
despidió de su familia y comenzó a caminar hacia el
lugar del martirio. Desde sus casas hasta ese lugar había
sólo 20 minutos de camino, pero pasaron por algunas calles
alargándolo.
Llegados al lugar del martirio, se encontraron con otros muchos
católicos reunidos ya. La mayor parte se conocían. El puesto
no era muy amplio y los cristianos eran muchos. Apenas
conseguían un puesto para sí. Todos se arrodillaron, bien compuestos,
y comenzaron a recitar las oraciones a las que estaban
más afeccionados. Según la costumbre del tiempo, los hombres tenían
los pelos recogidos en una coleta. Para facilitar el trabajo
del verdugo, cada uno alzó la coleta, teniéndola delante de
sí con las manos. Doblaron el cuerpo hacia adelante y
estiraron el cuello todo lo posible. De tal modo había
lugar suficiente para que la espada cortara el cuello con
precisión.
Esperaron durante más de tres horas por la mañana y
no había señal del verdugo. Los cristianos comenzaron a agitarse.
¿Era posible que se les negara la corona del martirio?
Hacia mediodía una banda de verdugos, guiada por algunos soldados,
llegó al lugar. Se intensificó el murmullo de las oraciones
de los cristianos. Y estiraron el cuello todavía más. A
la orden ‘¡Matad!’, los verdugos comenzaron a golpear con la
espada en todas las direcciones. Mi abuelo y mi tío
estaban arrodillados a lo largo del sendero de la plaza.
Sus cabezas rodaron por el suelo. Sucedió, sin embargo, que
mi padre estaba arrodillado cerca de una roca. Por eso,
cuando la espada cayó sobre él, tropezó con la roca
y le cortó sólo parte de la carne de su
cuello. Su garganta no sufrió daño alguno. Dado que los
cristianos eran muchos, los verdugos no prestaban atención a que
las cabezas estuviesen separadas de los cuerpos. De este modo,
a mi padre le fue negado el privilegio de ver
a Dios cara a cara, como, sin embargo, sucedió a
mi abuelo y a mi tío.
Cuando el comandante ordenó terminar
la carnicería, los verdugos habían asesinado sólo al 10% de
los cristianos presentes. Los soldados y los verdugos regresaron a
su campamento. Los católicos que no habían sido martirizados estaban
muy contrariados. Detuvieron a los verdugos, implorándoles que los mataran.
Pero sin resultado. La orden había sido dada ya. Los
verdugos no habrían agitado más sus espadas. Los cristianos cayeron
en los brazos unos de otros y lloraron.
Mi abuelo y
mi tío se encontraban entre lo 39 mártires de la
fe de ese día. Mi padre estaba herido, pero sobrevivió.
Seguidamente comentaría: Cuando la espada del verdugo descendía sobre mi
cuello, lo único que sentí fue el frío de la
hoja. Luego perdí los sentidos. Permanecí en un charco de
sangre durante dos días y dos noches. No sé cuánta
sangre perdí. Por la mañana del tercer día, es decir
el 16 de julio, un no cristiano pasaba por allí
y notó un pequeño movimiento entre los cadáveres. Se acercó
y vio a un conocido. Luego oyó a mi padre
que susurraba con un hilo de voz: ‘tengo sed’. Esta
persona de buen corazón, comprendiendo que mi padre había perdido
mucha sangre, tomó agua de lluvia de un charco y,
sirviéndose de una vaso de barro, la versó gota a
gota en los labios de mi padre. Luego corrió a
casa de mi abuela para decirle que su hijo estaba
todavía vivo. Mi abuela lo llevó temporalmente a otra aldea
a cerca de 10 millas de la ciudad.
Sobre la herida
de mi padre no se aplicó ninguna medicina, ni la
familia tenía dinero para comprar inyecciones o pastillas. Mi abuela
encomendó a mi padre a los cuidados de Dios. Pensaba:
Dios ajustará todo. La herida se cerró milagrosamente y se
curó completamente. Seguidamente, mi padre, narrando la historia de su
casi-martirio, habría dicho: desde el día en que fui herido
hasta la curación no sentí nunca ningún dolor. ¿No es
una prueba de que Dios está siempre conmigo?”
(La homilía del
P. Francis Li fue publicada por la agencia Fides, el
10-11-2000. Varios de los mártires de Taiyuan han sido canonizados
recientemente).
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