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Autor: n/a | Fuente: www.vatican.va Aníbal María Di Francia
El Padre Aníbal, «insigne apóstol de la oración por las vocaciones»
Aníbal María Di Francia
Aníbal María Di Francia nació en Messina el 5
de julio de 1851 de la noble señora Anna Toscano
y del caballero Francisco, marqués de S. Caterina dello Ionio,
Vicecónsul Pontificio y Capitán Honorario de la Marina. Tercero de
cuatro hijos, Aníbal quedó huérfano, tan sólo a los quince
meses por la muerte prematura del padre. Esta amarga experiencia
infundió en su ánimo la particular ternura y el especial
amor a los huérfanos, que caracterizó su vida y su
sistema educativo.
Desarrolló un grande amor hacia la Eucaristía, tanto
que recibió el permiso, excepcional para aquellos tiempos, de acercarse
cotidianamente a la Santa Comunión. Jovencísimo, delante del Santísimo Sacramento
solemnemente expuesto, recibió lo que se puede definir «inteligencia del
Rogate»: es decir, descubrió la necesidad de la oración por
las vocaciones, que, más tarde, encontró expresada en el versículo
del Evangelio: «La mies es mucha pero los obreros son
pocos. Rogad (Rogate) pues al dueño de la mies, para
que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38: Lc
10, 2). Estas palabras del Evangelio constituyeron la intuición fundamental
a la que dedicó toda su existencia.
De ingenio alegre
y de notables capacidades literarias, apenas sintió la llamada del
Señor, respondió generosamente, adaptando estos talentos a su ministerio. Terminados
los estudios, el 16 de marzo de 1878 fue ordenado
sacerdote. Algún mes antes, un encuentro «providencial» con un mendigo
casi ciego lo puso en contacto con la triste realidad
social y moral del barrio periférico más pobre de Messina,
las llamadas Casas de Avignone y le abrió el camino
de aquel ilimitado amor hacia los pobres y los huérfanos,
que llegará a ser una característica fundamental de su vida.
Con el consentimiento de su Obispo, fue a habitar en
aquel «gueto» y se comprometió con todas sus fuerzas en
la redención de aquellos infelices, que, se presentaban, ante su
vista, según la imagen evangélica, como «ovejas sin pastor». Fue
una experiencia marcada por fuertes incomprensiones, dificultades y hostilidades de
todo tipo, que él superó con grande fe, viendo en
los humildes y marginados al mismo Jesucristo y realizando lo
que definía: «Espíritu de doble caridad: la evangelización y la
ayuda a los pobres».
En 1882 dio inicio a sus
orfanatos, que fueron llamados antonianos porque puestos bajo la protección
de San Antonio de Padua. Su preocupación no sólo fue
la de dar pan y trabajo, sino y, sobre todo,
la de educar de forma integral a la persona teniendo
en cuenta el aspecto moral y religioso, ofreciendo a los
asistidos un verdadero clima de familia, que favorece el proceso
formativo para hacerles descubrir y seguir el proyecto de Dios.
Hubiera querido abrazar a los huérfanos y a los pobres
de todo el mundo con espíritu misionero. Pero, cómo hacerlo?
La palabra del Rogate le abría esta posibilidad. Por eso
escribió: « ¿Qué son estos pocos huérfanos que se salvan
y estos pocos pobres que se evangelizan frente a millones
que se pierden y están abandonados como rebaño sin pastor?...
Buscaba un camino de salida y lo encontré amplio, inmenso
en aquellas adorables palabras de nuestro Señor Jesucristo: Rogate ergo...
Entonces me pareció haber hallado el secreto de todas las
obras buenas y de la salvación de todas las almas».
Aníbal había intuido que el Rogate no era una simple
recomendación del Señor, sino un mandado explícito y un «remedio
inefable». Motivo por el cual su carisma es de valorar
como el principio animador de una fundación providencial en la
Iglesia. Otro aspecto importante para hacer resaltar es que él
precede a los tiempos en el considerar vocaciones también aquellas
de los laicos comprometidos: padres, maestros y hasta buenos gobernantes.
Para realizar en la Iglesia y en el mundo sus
ideales apostólicos, fundó dos nuevas familias religiosas: en 1887 la
Congregación de las Hijas del Divino Celo y diez años
después la Congregación de los Rogacionistas. Quiso que los miembros
de los dos Institutos, aprobados canónicamente el 6 de agosto
de 1926, se comprometieran a vivir el Rogate con un
cuarto voto. Tanto que el Di Francia escribió en una
súplica del 1909 a S. Pío X: «Me he dedicado
desde mi primera juventud a aquella santa Palabra del Evangelio:
Rogate ergo. En mis mínimos Institutos de beneficencia se eleva
una oración incesante, cotidiana de los huérfanos, de los pobres,
de los sacerdotes, de las sagradas vírgenes, con la que
se suplican a los Corazones Santísimos de Jesús y María,
al Patriarca S. José y a los Santos Apóstoles para
que quieran proveer abundantemente a la Iglesia de sacerdotes elegidos
y santos, de obreros evangélicos de la mística mies de
las almas».
Para difundir la oración por las vocaciones promovió
numerosas iniciativas, tuvo contactos epistolares y personales con los Sumos
Pontífices de su tiempo; instituyó la Sagrada Alianza para el
clero y la Pía Unión de la Rogación Evangélica para
todos los fieles. Creó el periódico con el significativo título
«Dios y el Prójimo» para implicar a los fieles a
vivir los mismos ideales.
«Es toda la Iglesia — escribe
él — que oficialmente tiene que rezar por este fin,
ya que la misión de la oración para obtener buenos
obreros es tal que ha de interesar vivamente a cada
fiel, a todo cristiano, que le preocupe el bien de
todas las almas, pero en particular a los obispos, los
pastores del místico rebaño, a los cuales fueron confiadas las
almas y que son los apóstoles vivientes de Jesucristo». La
anual Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, instituida por
Pablo VI en 1964, puede considerarse la respuesta de la
Iglesia a esta intuición suya.
Grande fue el amor que
tuvo por el sacerdocio, convencido que sólo mediante la obra
de los sacerdotes numerosos y santos es posible salvar a
la humanidad. Se comprometió fuertemente en la formación espiritual de
los seminaristas, que el arzobispo de Messina confió a sus
cuidados. A menudo repetía que sin una sólida formación espiritual,
sin oración, «todos los esfuerzos de los obispos y de
los rectores de los seminarios se reducen generalmente a una
cultura artificial de sacerdotes...». Fue él mismo, el primero, en
ser buen obrero del Evangelio y sacerdote según el corazón
de Dios. Su caridad, definida «sin cálculos y sin límites»,
se manifestó con connotaciones particulares también hacia los sacerdotes en
dificultad y las monjas de clausura.
Ya durante su existencia
terrenal fue acompañado por una clara y genuina fama de
santidad, difundida a todos los niveles, tanto que cuando el
1 de junio de 1927 falleció en Messina, confortado por
la presencia de María Santísima, que tanto había amado durante
su vida terrenal, la gente decía: «Vamos a ver el
santo que duerme». Los funerales fueron una verdadera y propia
apoteosis, que los periódicos de la época puntualmente registraron con
artículos y con fotografías. Las autoridades fueron solícitas en otorgar
el permiso de enterrarlo en el Templo de la Rogación
Evangélica, que él mismo había querido y que está dedicado
precisamente al «divino mandato»: «Rogad al Dueño de la mies
para que envíe obreros a su mies».
Las Congregaciones religiosas
fundadas por el Padre Aníbal están hoy presentes en los
cinco Continentes comprometidas, según los ideales del Fundador, en la
difusión de la oración por las vocaciones a través de
centros vocacionales y editoriales y en la actividad de los
institutos educativos asistenciales a favor de niños y muchachos necesitados
y de sordomudos, centros nutricionales y de salud; casas para
ancianos y para madres solteras; escuelas, centros de formación profesional,
etc.
La santidad y la misión de Padre Aníbal, declarado
«insigne apóstol de la oración por las vocaciones», son hoy
profundamente apreciadas por quienes se han compenetrado de las necesidades
vocacionales de la Iglesia.
El Sumo Pontífice, Juan Pablo II,
el 7 de octubre de 1990 proclamó al Di Francia
Beato y al día siguiente lo definió: «Auténtico precursor y
celoso maestro de la moderna pastoral vocacional».
Canonizado el 16
de mayo del 2004 por el Papa Juan Pablo II.
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