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Autor: P. Fernando Pascual 25 años de la muerte de Pablo VI
"El Señor había dado a Pablo VI dotes incomparables, que él hizo fructificar estupendamente, con una delicadísima modestia.
25 años de la muerte de Pablo VI
El 6 de agosto de 2003 se cumplieron 25
años de la muerte del Papa Pablo VI. Publicamos esta
nota adaptada que recuerda al pontífice que culminó la marcha
del Concilio Vaticano II.
Un joven sacerdote -apenas lleva dos años
de ordenado- escribe a su familia las impresiones que le
ha suscitado la muerte de Benedicto XV.
"Cómo es solemne y
desastrosa la muerte vista en un Papa. Se tiene la
impresión inconsciente de estar delante de una muerte simbólica, pues
el más grande enigma humano, la muerte, viene a cubrir
finalmente también al Pedro que se declara vencedor de la
muerte y dueño y testimonio del más allá. Toda la
multitud que pasa y contempla y no se sacia y
parece querer espiar a través de los párpados cerrados algún
rayo escondido del alba eterna: mira y piensa a lo
lejos; ni siquiera reza, porque cree que la oración haya
terminado en un triunfo. Pasa y ya no habla, casi
como para no despertar al que duerme. Pedro, ¿por qué
duermes?" 1
Son líneas entresacadas de la correspondencia de Giovanni Battista
Montini a sus familiares, que reflejan ya una personalidad abierta,
profunda y sensible ante los grandes misterios de la vida
humana, una visión anhelante de los valores que no acaban.
Es
obligado este recuerdo de Pablo VI porque se cumplen 25
años desde que nos dejó, aquel domingo 6 de agosto
de 1978, solemnidad de la Transfiguración del Señor.
¿Quién fue
Pablo VI?
Semblanza de una historia
Nadie, en Concesio (Brescia), sospecharía que
el nuevo hijo del matrimonio Giorgio Montini-Giuditta Alghisi iba a
ser, con el pasar de los años, sacerdote, obispo, cardenal
y Papa. Pero la vida tiene sus ritmos y sus
sorpresas, y fue niño quien nació un 26 de septiembre
de 1897 de esta familia, tan cristiana en sus convicciones
como en sus costumbres. Todavía como Pontífice, Pablo VI recordará
los ejemplos de valor, del no rendirse nunca al mal,
de preferir antes los motivos del vivir que la misma
vida, que le fue dejando su padre2. Buen inicio de
una fe en Cristo: la que sus padres profesaron junto
a la pila bautismal no era sólo de boca para
fuera, sino una convicción profunda, de esa que los niños
saben descubrir cuando ven a sus mayores en los avatares
de la vida cotidiana.
Giovanni no había cumplido los 16 años
cuando quiso ingresar en el seminario, pero su salud precaria
se lo impidió. Tuvo que esperar hasta que en 1916
fue admitido al seminario mayor de Brescia para seguir el
llamado al sacerdocio, si bien en régimen de estudiante externo,
pues los problemas de su natural poco robusto no le
permitían adaptarse plenamente al ritmo del internado.
Cuatro años después, el
29 de mayo de 1920, Mons. Gaggi le imponía las
manos que le marcaron como sacerdote para siempre. Desde luego,
no sospechaba que un día iba a conocer en el
concilio a quien había nacido ese mismo mes de mayo,
el día 18, en Wadowice: Karol Wojtyla. Ya como Papa,
a un grupo de neosacerdotes que se hallaban presentes en
el Aula Pablo VI, les comentará un recuerdo de su
primera misa sacerdotal:
"Conservad siempre la alegría, la generosidad, el entusiasmo
de la primera misa. A mí me fue dicho esto,
me acuerdo aún, cuando dije la primera misa, por un
gran y santo sacerdote: Os recomiendo una sola cosa: que
cada misa sea como la primera misa. ¡Qué hermoso! Es
siempre una gran novedad que jamás alcanzaremos a agotar en
nuestra meditación"3.
Su ministerio sacerdotal tuvo desde el inicio un marcado
tinte académico. Primero preparó su licenciatura en derecho canónico en
Milán (1921). En 1922 lo encontramos en Roma, simultaneando los
estudios en la Universidad Gregoriana y en la Pontificia academia
eclesiástica. No han pasado dos años cuando ya trabaja en
la Secretaría de Estado, primero como minutante a las órdenes
del Cardenal Gasparri. El trabajo de servicio a la Iglesia
en su mismo corazón romano no impide al joven Montini
dedicarse al fecundo apostolado universitario: en 1924 es nombrado capellán
del Círculo romano de las universidades católicas, y en 1925
es capellán general de las Universidades católicas italianas, en medio
de los problemas que trajo al mundo eclesiástico la irrupción
del fascismo en el gobierno de Italia.
En esos primeros años
de sacerdocio Montini sintió la necesidad de elaborar un programa
de vida exigente y completo, que orientase su trabajo en
los principales campos de su vocación ministerial. Por medio de
las preguntas fundamentales (¿qué quiero?, ¿por qué?, ¿cómo?, ¿para quién
y con quiénes?) establece las líneas o consignas de acción:
moral, intelectual, espiritual y social. Transcribimos aquí, aunque sea de
un modo muy sucinto, algunas ideas sueltas de este programa,
que reflejan un poco lo que fue toda su vida
como pastor.
"Consigna moral: el ejercicio del pensamiento adquiere así para
mí suma importancia moral. Debo amar el silencio, la atención,
el método, el horario para volver fructífero y virtuoso el
estudio. No debo desperdiciar en inútiles lecturas ni mi tiempo
ni mi espíritu; por el contrario, debo procurar elegir con
tino, con un criterio que me conduzca a una amplia
cultura, pero con orden y con neta intención de sacar
provecho, por lo menos en algún aspecto, de todas ellas.
Echaré mano de una decidida energía para mantener libre mi
mente de dudas fútiles, de dejadeces pesimistas, de fantasías impuras,
de intenciones astutas, dobles, egoístas, de pereza en la investigación
y en la reflexión.
Consigna intelectual: sea cual sea, por tanto,
el orden de mis estudios, preferiré la literatura que recoge
el pensamiento tradicional de la Iglesia. San Agustín y santo
Tomás gozarán de mi particular veneración. Y será para mí
un precepto el conocer con suficiente precisión y amplitud la
doctrina cristiana. (...) Este propósito de seriedad debe traducirse en
una probidad científica y en una mesurada crítica de mis
escritos, de tal modo que, por un lado, ni las
prisas ni la vanidad me inciten a hacer inmaduras afirmaciones
o publicaciones; y, por otro, me infunda a la vez
arrojo y humildad para tender a algún resultado conclusivo para
provecho mío o de los demás y para hacer fructificar
del mejor modo posible los talentos intelectuales que Dios me
ha concedido.
Consigna espiritual: sólo una nota me debe ser extraordinaria,
a saber: una esencial preferencia por lo que es esencial
y común en la vida espiritual católica. Así tendré a
la Iglesia, madre de la caridad; su liturgia será la
regla de mi espiritualidad religiosa; la parroquia, el lugar preferido
para mi oración; la reverencia al párroco, al obispo, al
Papa, la expresión concreta de mi caridad y sentido de
unidad y de renuncia al egoísmo y al individualismo. Me
sea por lo tanto muy querido que, en mi educación
espiritual, tengan la precedencia la simplicidad de los dogmas fundamentales
de la fe y la armonía de la constitución unitaria
de la Iglesia, bastándole y sobrándole a mi piedad, para
ser viva y veraz, la fortuna de pertenecer sencilla, pero
directamente, al cortejo de Cristo y de participar, por adhesión
a su Cuerpo místico, de sus méritos, de su historia
y de su gloria.
Consigna social: la cátedra, la prensa, la
obra de arte, la conferencia, la correspondencia, y siempre la
amistad y, por lo demás, toda otra forma de comunicación
con los demás, podrán ser, bien consideradas, un deber para
mí; deber que, una vez establecido, he de seguir con
gusto y desinterés. Si encuentro a otros que, como yo,
viven obligados por la misma oferta interior, me serán muy
queridos y gustaré su amistad, añadiendo a otras relaciones ya
existentes, un especial aprecio, dirigido a consolidar nuestros comunes propósitos".
La
vida avanza, y el 13 de diciembre de 1937 Giovanni
Montini recibe el nombramiento de Sustituto de la Secretaría de
Estado para los asuntos ordinarios, mientras ocupa la cátedra de
Pedro el Papa Pío XI. Continúa durante los primeros 13
años del Pontificado de Pío XII en este trabajo, hasta
que el 29 de noviembre de 1952 es nombrado Pro-secretario
de Estado.
La providencia tiene sus caminos, a veces difíciles de
comprender para los hombres. Montini ha pasado 30 años en
el apostolado de los bastidores, y le resulta un mundo
sumamente conocido, familiar, casi propio. Pero Dios lo quiere sacar
al palco, a la sede episcopal de una de las
diócesis más importantes del orbe: Milán. Es el día 1º
de noviembre de 1954.
Sería difícil hacer un balance de
su ministerio como arzobispo de Milán durante los 9 años
que transcurrió en la ciudad lombarda. Reciben el ardor y
la fe del nuevo sucesor de san Ambrosio el clero
y los laicos, los intelectuales y los obreros, los estudiantes
y los profesionistas, los enfermos y encarcelados, las congregaciones, órdenes
e institutos laicales. Sus numerosos escritos y homilías de este
periodo reflejan su fina atención a las distintas circunstancias y
a las necesidades de los grupos sociales, sin jamás perder
de vista la centralidad de la figura de Cristo, el
amor supremo de la vida de Montini4.
El 15 de diciembre
de 1958, Juan XXIII quiso conceder la púrpura cardenalicia a
Montini. Mientras, se ponía en marcha la Iglesia hacia una
renovación y revitalización por medio del Concilio. El Cardenal Montini
intervino en él con gran acierto, y dejó una huella
profunda en la orientación inicial de documentos como la constitución
dogmática sobre la Iglesia (Lumen gentium). Pero la muerte de
Juan XXIII significó un momento de incerteza respecto a quién
le iba a suceder y qué dirección imprimiría a los
trabajos conciliares. Cuando el 22 de junio de 1963 se
anunciaba urbi et orbe que el 262 sucesor de Pedro
era el arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini, y que
tomaba el nombre de Pablo para su pontificado (han transcurrido
342 años desde el último Papa Pablo), todos experimentaron la
seguridad de que el concilio seguiría tras las huellas que
había dejado el inmortal Papa Roncalli.
El entonces patriarca de Venecia,
Albino Luciani, a los tres días de la muerte del
Papa Montini, recordaba en una homilía el sentido que tenía
el nombre Pablo para Giovanni Battista Montini:
"«¿Cómo deseas ser llamado?»
le habían preguntado, hace quince años, al término del cónclave.
Y él: «Me llamaré Pablo». Quien lo conocía, habría asegurado
que elegiría ese nombre. Desde siempre Montini había sido un
apasionado de los escritos, vida, del dinamismo del grande apóstol
de las gentes. Y vivió su paolinidad completamente y hasta
el final. El 29 de junio habló sobre los quince
años de su pontificado; hizo suyas las palabras que san
Pablo, también próximo al fin, había escrito a Timoteo: «He
conservado y defendido la fe» (2 Tim 4,7)"5.
Ese ardor de
Pablo le llevó, pues, a seguir trabajando por la Iglesia.
La tarea era ingente. Terminar el concilio, poner en marcha
su ejecución en todos los ámbitos de la vida eclesial,
acudir en apoyo de los cristianos que vivían los ataques
obsesivos de la persecución comunista, o las tentaciones subrepticias del
mundo capitalista, defender a los pueblos que querían romper el
yugo del subdesarrollo y alcanzar una participación digna en la
mesa de los bienes que Dios nos había repartido a
todos.
Sería difícil intentar esbozar, aunque fuera a grandes rasgos, aquellos
15 años de pontificado. Quizá una novedad fecunda, propia del
dinamismo misionero de un nuevo Pablo, la encontramos en sus
viajes. Eran la señal inequívoca de que la Iglesia, evangelizada
en su vida litúrgica por el mismo Cristo, no renunciaba
a ser evangelizadora, siempre con la fuerza del amor y
del respeto. También ese anuncio llegó a América Latina, con
aquellas palabras que fue esparciendo en Colombia del 22 al
25 de agosto de 1968 (el año de las contestaciones).
El encuentro con los campesinos dejó en aquellos corazones hambrientos
de esperanza una semilla imborrable. Algunas frases de aquella jornada
merecen ser reproducidas, pues son reflejo fiel del corazón de
Pablo VI:
"Os amamos con un afecto de predilección y con
Nos, recordadlo bien y tenedlo siempre presente, os ama la
Santa Iglesia católica. Porque conocemos las condiciones de vuestra existencia:
condiciones de miseria para muchos de vosotros, a veces inferiores
a la exigencia normal de la vida humana. Nos estáis
ahora escuchando en silencio; pero oímos el grito que sube
de vuestro sufrimiento y del de la mayor parte de
la humanidad. No podemos desinteresarnos de vosotros; queremos ser solidarios
con vuestra buena causa, que es la del pueblo humilde,
la de la gente pobre. (...) Permitid finalmente que os
exhortemos a no poner vuestra confianza en la violencia ni
en la revolución; tal actitud es contraria al espíritu cristiano
y puede también retardar y no favorecer la elevación social
a la cual aspiráis legítimamente"6.
Los testimonios de reconocimiento y de
gratitud hacia la personalidad y el pontificado del Papa Montini
han sido tan numerosos que sería una pretensión absurda quererlos
recoger aquí. Quizá sean significativas estas palabras pronunciadas por Juan
Pablo II en 1988, que ofrecen una valoración panorámica de
lo que fue aquel pontificado:
"El Señor había dado a Pablo
VI dotes incomparables, que él hizo fructificar estupendamente, con una
delicadísima modestia: el corazón lleno de comprensión y longanimidad; la
inteligencia aguda, lúcida, sintética; la mirada viva y penetrante; la
voluntad diamantina sin compromisos; la fuerza y la belleza de
la expresión hablada y escrita; los monumentos de sus encíclicas
y de sus discursos; el ardor de sus viajes que
él inició, el primero en este siglo a escala internacional,
en el ansia que le urgía en su interior de
proclamar la verdad, de anunciar a Cristo, de hacer amar
a María, Madre de la Iglesia, de hacer conocer la
misma Iglesia. Su inteligencia y cultura le dieron un sentido
agudo de la grandeza y de la miseria del hombre
en una situación contradictoria como aquella de nuestra generación: pero
su fe y caridad le inspiraron aquella «civilización del amor»
sin la cual, hoy como nunca, la humanidad difícilmente podrá
encontrar la solución a los problemas que la turban profundamente.
Comprendió al hombre porque lo miró con los ojos de
Cristo. Ayudó al hombre, porque lo amó con el amor
de Cristo. Sirvió al hombre, porque le indicó la verdad
de Cristo en toda su plenitud"7.
El corazón del Papa
Es difícil
comprender en profundidad el cúmulo de pensamientos, inquietudes, problemas, esperanzas
y proyectos que van tocando, con el pasar de los
días, el corazón del obispo de Roma. De vez en
vez salieron a luz algunas de esas profundas experiencias, y
dejaron una profunda impresión en no pocos de los oyentes,
que se veían interpelados ante el llamamiento de amor del
Papa.
Una circunstancia especialmente dolorosa fue el secuestro de Aldo
Moro, presidente de la Democracia cristiana italiana e íntimo amigo
desde su juventud de Mons. Montini. El viernes 21 de
abril de 1978 Pablo VI dirigió una carta a los
secuestradores, terroristas de las Brigadas Rojas, que habla por sí
misma:
"Es en este nombre supremo de Cristo, en el que
yo me dirijo a vosotros, que ciertamente no lo ignoráis,
a vosotros, desconocidos e implacables adversarios de este hombre, digno
e inocente; os lo ruego de rodillas, liberad al honorable
Aldo Moro, simplemente, sin condiciones, no tanto por el motivo
de mi humilde y afectuosa intercesión sino en virtud de
su dignidad de común hermano en la humanidad y por
causa de un verdadero progreso social".
Su petición, reiterada en la
Audiencia general del miércoles 26 de abril, no fue escuchada.
Aldo Moro apareció asesinado, en el centro mismo de Roma,
el día 9 de mayo de ese mismo año 1978.
El mismo Pablo VI dio la noticia a una comunidad
eclesial de Roma con un gemido propio sólo de un
Siervo de los siervos de Dios...
Pero ha sido la lectura
de su Meditación ante la muerte, publicada en agosto de
1979, la que más nos puede abrir a la comprensión
del Papa Montini. Si nos resulta desconocida la fecha de
este manuscrito (hay quien lo data en 1973, durante una
tanda de ejercicios espirituales), no se puede decir lo mismo
de su contenido, reflejo fiel de lo que fue su
pontificado, siempre orientado hacia Cristo, su amor supremo, y hacia
la Iglesia. En estas líneas confiesa, con la sencillez de
la verdad, que fue el amor a la Iglesia "quien
me sacó de mi mezquino y selvático egoísmo y me
encaminó a su servicio; y para ella, no para otra
cosa, me parece haber vivido" 8. Ese mismo amor le
llena el corazón de un presentimiento que tiene tintes proféticos:
parece un pronóstico de la próxima llegada de un Papa
con las características que reunirá Juan Pablo II. Todo ello
con una confesión que rezuma amor y donación a la
Esposa de Cristo.
"Llega la hora. Desde hace algún tiempo tengo
el presentimiento de ello. Más aún que el agotamiento físico,
pronto a ceder en cualquier momento, el drama de mis
responsabilidades parece sugerir como solución providencial mi éxodo de este
mundo, a fin de que la Providencia pueda manifestarse y
llevar a la Iglesia a mejores destinos. Sí, la Providencia
tiene muchos modos de intervenir en el juego formidable de
las circunstancias que cercan mi pequeñez: pero el de mi
llamada a la otra vida parece obvio, para que me
sustituya otro más fuerte y no vinculado a las presentes
dificultades. Servus inutilis sum".
Conclusión
La tarde del 6 de agosto
de 1978 una noticia nos sobrecogió a muchos en nuestro
descanso dominical: las condiciones de salud del Papa se habían
agravado, y era inminente un desenlace definitivo. No tuvimos que
esperar a la noche para que el luto sobrecogedor que
trae consigo la muerte de un romano pontífice nos dejase
una honda impresión y un sentido profundo de recogimiento. La
pregunta que el joven Montini se hacía ante la muerte
de Benedicto XV (Pedro, ¿por qué duermes?) era la de
todos los que vivimos aquellos momentos supremos de la vida
del Papa. Todavía hoy, cuando nos arrodillamos ante su tumba
sencilla, pobre, velo indefinido de lo que ocurre a la
hora del encuentro definitivo con el Padre, sentimos una extraña
sensación de respeto, de gratitud y de adhesión. Su obra
no puede terminar. Sigue en el pontificado del Papa Wojtyla.
El recuerdo de su persona, del Siervo de Dios Pablo
VI, y ojalá pronto llegue la hora en la que
podamos llamarle santo, durará en muchas generaciones de cristianos.
Quizá el
mejor cierre a estas breves notas pueda ser el que
el mismo Pablo VI escribió, con su puño y letra,
en la Meditación ante la muerte. Son palabras de despedida
que nos recuerdan la propia misión y nos invitan a
un "hasta pronto", en la casa del Padre.
"Ahora hay que
recordar la oración final de Jesús (Jn 17). El Padre
y los míos: éstos son todos uno; en la confrontación
con el mal que hay en la tierra y en
la posibilidad de su salvación; en la conciencia suprema que
era mi misión llamarlos, revelarles la verdad, hacerlos hijos de
Dios y hermanos entre sí; amarlos con el Amor que
hay en Dios y que de Dios, mediante Cristo, ha
venido a la humanidad y por el ministerio de la
Iglesia, a mí confiado, se comunica a ella.
Hombres, comprendedme:
a todos os amo en la efusión del Espíritu Santo,
del que yo, ministro, debía haceros partícipes. Así os miro,
así os saludo, así os bendigo. A todos. Y a
vosotros, más cercanos a mí, más cordialmente. La paz sea
con vosotros. Y, ¿qué diré a la Iglesia a la
que debo todo y que fue mía? Las bendiciones vengan
sobre ti: ten conciencia de tu naturaleza y de tu
misión; ten sentido de las necesidades verdaderas y profundas de
la humanidad: y camina pobre, es decir, libre, fuerte y
amorosa hacia Cristo.
Amén. El Señor viene. Amén". ------------------------------------------ 1 G. B. MONTINI,
Lettere ai familiari, 1919-1943, I, 22 e 23 gennaio 1922
(fragmentos), Studium, Roma 1986, pp. 120-122. 2 Cf. C. CREMONA,
Paolo VI, Rusconi, Milano 1991, pp. 20-22. 3 Audiencia general de
los miércoles, 2 de enero de 1974. 4 Basta con ojear
sus numerosas homilías para poder apreciar su pasión por Jesucristo.
Un botón de muestra lo constituye la obra, varias veces
reeditada y aumentada, Cristo, vida del hombre de hoy, que
recoge homilías de G. B. Montini, sobre todo en el
periodo de su ministerio episcopal en Milán. 5A. LUCIANI, 9 de
agosto de 1978. 6Insegnamenti di Paolo VI, Tipografia Poliglotta Vaticana, VI
(1968), pp. 373 y 376. 7 JUAN PABLO II, 28 de
septiembre de 1988. 8PABLO VI, Meditación ante la muerte, versión española
en L´Osservatore Romano, 6 de agosto de 1979.
(La versión original
fue publicado bajo el título Pablo VI: En camino a
los altares, en Ecclesia 7 (1993), 316-326).
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