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Autor: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org Juan Pablo II, una luz en la Iglesia
Juan Pablo II nos demuestra, con su sola presencia, que Dios quiere de nosotros una total entrega
Juan Pablo II, una luz en la Iglesia
Nuestro Amado Jesús tuvo dos naturalezas: la Humana, y la
Divina. La Humana provino de Su Madre, Purísima e Inmaculada,
la nueva Eva. Y la Divina provino del hecho de
que El es el Verbo de Dios, Dios hecho Hombre.
Por eso es que el Credo de Nicea dice que
el Hijo de Dios fue engendrado (en Su naturaleza Humana)
y no Creado (en Su naturaleza Divina, y debido a
que Dios es el Creador de todas las cosas, Jesucristo
no puede haber sido Creado). Y ésta doble naturaleza Humana
y Divina, se repite en la Santa Iglesia. Como dijo
San Pablo, la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo,
donde El es la Cabeza, y los bautizados somos los
miembros. Siendo así, también la Iglesia tiene dos facetas, una
humana y otra espiritual, Divina.
La parte humana de la
iglesia es la visible, la que percibimos con nuestros ojos
y nuestros sentidos. Y la parte espiritual es la invisible,
pero que inspirada por el Espíritu Santo se manifiesta permanentemente
ante nosotros, con los ojos de la fe. Cada uno
de nosotros, también, tiene un lado humano y un lado
espiritual, cuestión que no debe hacernos olvidar que somos una
unidad indivisible: cuerpo y alma. Y si bien nuestro cuerpo
debe ser cuidado, ya que Dios nos lo entregó para
que sea el vehículo que transporte a nuestra alma a
lo largo de nuestro derrotero por la vida terrenal, lo
trascendente y no perecedero que Dios nos da es nuestra
alma.
De este modo, los aspectos espiritual y humano, cuerpo y
alma, se conjugan en forma permanente tanto en la vida
de la Iglesia, como en nuestra propia vida individual. Ello
nos obliga a un esfuerzo permanente, ya que el lado
humano, al ser visible y tangible, nos llama y concentra
nuestra atención de manera insistente, minuto a minuto. Nuestro costado
espiritual, el llamado de nuestra alma, requiere en cambio un
esfuerzo adicional: requiere del ejercicio de la fe, para tornarse
en el centro de nuestra vida, como debe ser.
En estos
tiempos vivimos momentos de tristeza y angustia porque nuestro amado
Juan Pablo II parece acercarse al momento del llamado de
Dios, momento tan feliz para su alma, pero tan doloroso
para nosotros que debemos seguir formando parte de la Iglesia
militante sin contar con su liderazgo. Y se debate por
estos días sobre si él debe retirarse de su Trono
Pontificio, o seguir allí hasta el final de su vida
terrenal. Humildemente, quiero hoy hacer una reflexión respecto de este
delicado tema.
Juan Pablo es sin dudas un hombre que
está llegando al final de su etapa en la tierra
con todas las debilidades de un cuerpo agotado por el
paso de los años, pero no es menos cierto que
él posee un alma, una espiritualidad que es luz para
la Iglesia. Como hombre, él esta llegando a su fin,
pero su alma florece y brilla por la entrega, el
amor, la fe, el sufrimiento y el dolor que enfrentó
a lo largo de los años. Como sucesor de Pedro,
hoy Juan Pablo es una roca sólida en lo espiritual,
él es una luz que ilumina la parte espiritual de
nuestra Iglesia. Se puede decir sin miedo a equivocarse, que
si bien se han agotado en gran medida sus fuerzas
humanas, su fortaleza espiritual es más grande hoy que nunca,
su liderazgo espiritual está en su apogeo, reforzado por la
evidente entrega que él hace ante el dolor y el
sufrimiento físico.
La pregunta obligada es, entonces, ¿qué es más
importante para la Iglesia, su liderazgo espiritual o su liderazgo
humano?. Este es un tema opinable, porque los dos aspectos
son necesarios para conducir la Barca de Pedro en mares
tan tempestuosos. Sin embargo, quiero dar mi opinión personal: creo
que para el mundo actual es inmensamente valioso, como faro
de liderazgo espiritual, tener a Juan Pablo sentado en el
Trono de la Iglesia, aún sabiendo que sus fuerzas humanas
llegan a su fin. El es un ejemplo del que
emana el lado espiritual no sólo de un hombre entregado
a Dios, sino también de la Iglesia que él conduce.
Como Cuerpo Místico de Cristo, Juan Pablo nos invita hoy
a admirar los aspectos espirituales de la Iglesia, inspirada y
custodiada por el Espíritu Santo.
Juan Pablo nos demuestra, con su
sola presencia, que Dios quiere de nosotros una total entrega,
sin poner “peros” ni hacer preguntas ante nuestro dolor o
debilidad humana. Verlo así, tan débil en lo corporal pero
tan fuerte en lo espiritual, sentado en el Trono que
Jesús le legó a Pedro, me hace pensar en la
Misericordia de Dios, que nos regala un tiempo más a
Juan Pablo entre nosotros, al timón de la Barca.
Juan
Pablo II se vuelve, así, luz de nuestra Iglesia, guía
de nuestras almas, que lo miramos como un ejemplo de
la parte oculta a nuestros ojos humanos, del costado espiritual
de nuestra vida, reflejado en la Naturaleza Divina de Jesús,
unida a Su Naturaleza Humana surgida por Obra de Dios,
de Su Santísima Madre.
Entonces, como él dijo hace algunos
años, repitamos juntos: ¡Madre, somos tuyos!.
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