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Autor: P. Clemente González Monseñor Juan Zohrabian
"Mi vida no tiene significado si no es para el Señor y para las almas".
Juan Zohrabian nació el 25 de junio de 1881
en Erzerum (Turquía asiática). Era el quinto de ocho hijos.
Su padre era un modesto panadero armeno, hombre recto y
de profunda fe cristiana. Su madre se distinguió por la
caridad y el gran espíritu de sacrificio entretejido por el
deber y la renuncia. Ser cristiano en una sociedad de
mayoría musulmana era entonces, como hoy, una desventaja que, en
el mejor de los casos, permite vivir como ciudadano de
segunda categoría.
En su casa se respiraba un ambiente de pobreza
en donde Juan supo adquirir un notable equilibrio temperamental, que
fue el eje de su personalidad.
A los siete años, un
domingo de julio de 1888, acompañaba a su abuela materna
y se encontraron con un padre capuchino de la Misión
Sui Juris del Mar Negro; de la conversación nació en
él la vocación sacerdotal.
En 1893, al cumplir los doce años,
entró en el Seminario Seráfico del Instituto Apostólico de Oriente,
en Constantinopla. Cinco años más tarde, el 14 de julio
de 1898, entró en el noviciado de los capuchinos. Después
de los votos simples que pronunció en Séirne, el 14
de julio de 1902, hizo la profesión solemne. Tomó como
nombre de profesión religiosa el de Cirilo. Su ordenación sacerdotal
tuvo lugar el 12 de mayo de 1904, fiesta de
la Ascensión del Señor. El confesor sugería al P. Cirilo
que fuera como misionero a la región del Mar Negro,
pero no se sentía capaz de realizar ese trabajo. Al
inicio del siglo XX los superiores mayores enviaron a Turquía
un grupo de celosos sacerdotes italianos que le enseñaron, con
el ejemplo, el valor y la importancia de la obra
misionera.
El P. Cirilo inició su labor como misionero en Trebisonda,
a las orillas del Mar Negro; luego pasó a su
ciudad natal, Erzerum. Se dedicó al apostolado y a la
enseñanza durante nueve años, hasta 1914, y fueron proverbiales su
bondad y caridad universal.
Con la explosión de la primera guerra
mundial, que envolvió a Turquía y al Medio Oriente, los
superiores lo llamaron a Constatinopla. El hecho fue providencial, porque
se salvó del exterminio que padecieron los armenos. Durante los
primeros meses de la guerra fue capellán y profesor. Empeñó
sus fuerzas y recursos para rescatar a los huérfanos y
salvar a cuantos podía, sin reparar en los obstáculos que
se le presentaban hasta olvidarse de sí mismo.
En noviembre de
1914 los turcos otomanos lo expulsaron, y recibió la noticia
de que su padre, su hermano sacerdote y todos sus
parientes habían muerto a manos de los musulmanes. Más tarde
escribió que había quedado solo sobre la tierra, y subrayó:
"Mi vida no tiene significado si no es para el
Señor y para las almas".
De 1916 a 1920 ayudó a
los griegos del mar Negro. Transcurrió cuatro años de misión
en el silencio de los campos de concentración; era prisionero
entre los prisioneros, por amor al Señor. El lapso de
libertad no fue grande. En marzo de 1923 lo capturó
la policía por haber celebrado una misa clandestina en una
barraca. El tribunal lo condenó a la horca. Lo llevaron
a Constantinopla atado de pies y manos y cubierto por
una escolta armada. Entre el 11 y 12 de marzo
de 1923 padeció la tortura turca del palahan: cinco veces
sesenta golpes en las plantas de los pies con un
fuete de nervios de toro. De modo inexplicable la sentencia
de muerte fue conmutada por el exilio perpetuo. Con los
pies deformes y heridos para el resto de sus días,
se embarcó en la nave Galitea hacia Italia, para encontrarse
con sus superiores mayores. Al llegar al mar Jónico, una
borrasca obligó a anclar junto a la isla de Corfú,
donde era Metropolita Mons. Atenágoras (futuro Patriarca de Constantinopla). El
Arzobispo le pidió que se quedara para asistir a los
armenios residentes en la isla.
En muchas islas del mar
Egeo fundó escuelas e instituciones de caridad para los prófugos.
Permaneció en Grecia de 1923 a 1938. El 21 de
diciembre 1925 recibió el nombramiento de Ordinario de todos los
armenos residentes en Grecia. Para no suscitar dificultades con los
ortodoxos renunció a ser consagrado obispo.
Con enorme fe en la
Providencia y poniendo en juego todas sus habilidades personales construyó
escuelas, orfanatos e iglesias en Atenas y en otras ciudades.
Prodigaba su ayuda por igual a los católicos y a
los ortodoxos, de modo que cerca de mil niños gozaron
de educación gratuita.
En 1935 el gobierno griego decretó la expulsión
del P. Cirilo, que pudo regresar el 26 de octubre
de 1936. En 1938 el Card. Agagianian lo nombró vicario
patriarcal de la Alta Gezira, en Siria, y tuvo que
dejar Grecia. En Siria aceptó la ordenación episcopal el 27
de octubre de 1940. Como Obispo atendió sobre todo al
clero y al igual que en Grecia fundó centros de
educación para la juventud. Su celo apostólico le mereció la
cárcel y en 1949 fue expulsado de Siria con prohibición
de volver al país.
A los 71 años, en 1953, recibió
el encargo de ir como visitador patriarcal a las misiones
armenas en América Latina. Recorrió Argentina, Uruguay, Brasil, Venezuela y
Colombia. Al concluir su misión se estableció en Roma donde
murió el 20 de septiembre de 1972. Su causa de
canonización se introdujo el 17 de septiembre de 1985.
El pueblo
armeno, con su historia bimilenaria, tiene su centro en el
Ararat, volcán extinguido sobre el que, según la Biblia, se
posó el Arca de Noé. El último reino armeno cayó
en el siglo XIV; desde entonces se ha sucedido una
cadena de violencia que casi ha exterminado al pueblo armeno.
Después de la primera guerra mundial se creó la República
Armena Nacional Independiente, pero en 1920 el ejercito rojo de
la URSS lo convirtió en estado federal y en 1936,
pasó a ser una república de la URSS. En la
actualidad los armenos católicos son alrededor de doscientos mil; el
40 por ciento vive en la República Soviética de Ucrania
y en Rumanía. Durante los decenios del comunismo sufrieron continuas
persecuciones. El resto del pueblo armeno se encuentra disperso por
Turquía, Irán, Italia, Europa Central y América.
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