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Autor: Juan Pedro Oriol | Fuente: Catholic.net El crimen del Padre Van Thuan
Todos los días, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebraba la Eucaristía
El crimen del Padre Van Thuan
Trece años en la cárcel. Por el crimen de
ser sacerdote. Por el crimen de obedecer y ser fiel
al Papa. Espero que pronto alguien se anime a hacer
una película de este sacerdote entregado y fiel que ha
conmovido a todos con su libro "Cinco panes y dos
peces".
Su nombramiento como Obispo de Saigon fue recibido como una
ofensa por el Gobierno comunista de Vietnam. De inmediato se
ordenó su arresto, aunque no tenían pruebas de que hubiera
cometido delito alguno más que el de servir y predicar.
Tampoco le permitieron llevarse nada. La comunidad católica no tardó
en reaccionar y para calmar un poco las aguas, permitieron
a Van Thuan escribir un mensaje en un papel. Al
final del mensaje, decía: "Por favor, necesito algo de vino,
como medicina para el dolor de estómago". Los fieles entendieron
muy bien lo que quería y le mandaron una botella
pequeña de vino con la etiqueta "Medicina para el dolor
de estómago". Entre la ropa escondieron algunas ostias. El paquete
llegó a la cárcel y el policía que lo revisaba
preguntó extrañado: "¿Le duele el estómago? Pues aquí le mandan
su medicina".
Cuando Van Thuan predicó los ejercicios espirituales a Juan
Pablo II, en marzo del 2000, recordó emocionado este momento:
"No podía expresar mi alegría al saber que ya podía
celebrar Misa. Cada día pude arrodillarme ante la cruz con
Jesús y beber con él su cáliz . Cada día,
al recitar la consagración, confirmé con todo mi corazón y
con toda mi alma un nuevo pacto eterno entre Jesús
y yo, a través de su sangre mezclada con la
mía".
Todos los días, con tres gotas de vino y una
gota de agua en la palma de la mano, celebraba
la Eucaristía. Poco después de su arresto, lo llevaron al
norte de Vietnam en barco con otros mil 500 prisioneros
hambrientos y desesperados. A las nueve y media de la
noche, celebraba la Misa en la cama común que compartía
con otros cinco presos. De rodillas, con los grilletes en
las manos y en los pies, un poco encorvado y
repitiendo las palabras de memoria, consagraba y repartía la comunión
a los que le rodeaban.
El lunes pasado murió el sacerdote
que estuvo nueve años en aislamiento total, encerrado entre cuatro
paredes de cemento sin ventana alguna, con un foco encendido
por la Policía durante largas horas o apagado durante semanas,
que le provocaba una tortura mental, caminando de un lado
a otro de la pequeña celda para evitar enfermedades, teniendo
sólo un pequeño agujero para la respiración en la parte
baja del muro, que cuando llovía se llenaba de agua
y hacía entrar todo tipo de insectos que le picaban
y mordían porque no le quedaban fuerzas para impedirlo.
Pasó cuatro
años más trabajando en las montañas que rodeaban la prisión.
Un día pidió un alambre de la valla eléctrica que
los acorralaba y, ayudado por otros prisioneros, cortó el alambre
en pequeños pedazos, lo enzarzó y formó una pequeña cadena.
Otro guardia le permitió quedarse con un pedacito de madera
en forma de cruz tomada de la leña que él
mismo había cortado. Y hasta el lunes pasado, la cadena
y la cruz formaron el pectoral que llevaba siempre colgado
el Obispo Javier Van Thuan, prisionero desde agosto de 1975
hasta el año 1988.
No supo guardar rencores. Logró numerosas conversiones
de guardias y de prisioneros compañeros suyos. Pregonó y vivió
el camino del perdón hasta el final. Un día, uno
de los guardias de la cárcel le preguntó: "¿Es verdad
que usted nos ama? ¿Nosotros le hemos tenido encerrado tantos
años y usted nos ama? No me lo creo. Cuando
quede en libertad, seguro que enviará a sus fieles a
quemar nuestras casas y a golpear a nuestros familiares". Le
respondió: "Sí, claro que los amo, aunque me maten, porque
Jesús me ha enseñado a amar a todos, también a
los enemigos. Y si no lo hago, no soy digno
de llevar el nombre de cristiano".
Van Thuan vivió a fondo
su vocación. Como lo han hecho y lo siguen haciendo
tantos hoy, en su respectiva vocación y, gracias a ellos
se mantiene izada la bandera de la santidad de la
Iglesia. Son los que nos permiten a los católicos presentarnos
ante el mundo sin demasiada vergüenza, porque la verdad es
que quien juzgue a la Iglesia por el rostro que
ofrecemos la mayoría, tiene motivos para pensar que no somos
gran cosa y que el batallón de mediocres que formamos
no refleja lo que Jesús quiso dejar en la tierra
como presencia de su amor.
¿Veremos pronto en cartelera una película
del padre Van Thuan? ¿Sólo valen para el cine los
sacerdotes que meten la pata y arman escándalo o también
esa gran mayoría de ellos que son fieles a su
vocación y que se entregan día a día, sin hacer
tanto ruido, como el padre Van Thuan? ¿Se filmará en
otro país o en México? Que esta película se haga
realidad y, aunque no llene los bolsillos de dinero, que
pueda llenar muchos corazones con la alegría de la fe
cristiana.
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