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Autor: Fr. Raniero Cantalamessa | Fuente: www.cantalamessa.org Adoro te devote
Primera meditación de Adviento a la Casa Pontificia
Adoro te devote
En respuesta al deseo y a las intenciones del Santo
Padre de dedicar el año en curso a la Eucaristía,
la predicación de este Adviento –y, si es voluntad de
Dios, también la de la próxima Cuaresma— será un comentario,
estrofa a estrofa, del «Adoro te devote».
Con su encíclica
«Ecclesia de Eucharistia» el Santo Padre Juan Pablo II se
ha propuesto, dice, renovar en la Iglesia «el estupor eucarístico»
[1] y el «Adoro te devote» se presta maravillosamente para
lograr este objetivo. Aquél puede servir para dar un soplo
espiritual y un alma a todo lo que se hará,
en este año, para honrar la Eucaristía.
Un cierto modo
de hablar de la Eucaristía, lleno de cálida unción y
devoción, y además de profunda doctrina, expulsado por la llegada
de la teología llamada «científica», se refugió en los antiguos
himnos eucarísticos y es ahí donde debemos ir a buscar
si queremos superar un cierto conceptualismo árido que ha afligido
al sacramento del altar después de tantas disputas a su
alrededor.
La nuestra, sin embargo, no quiere ser una reflexión
sobre el «Adoro te devote», ¡sino sobre la Eucaristía! El
himno es sólo el mapa que nos sirve para explorar
el territorio, la guía que nos introduce en la obra
de arte.
1. Una presencia escondida
En esta meditación reflexionamos
sobre la primera estrofa del himno. Dice así:
Adóro te
devóte, latens Déitas, quae sub his figúris vere látitas: tibi
se cor meum totum súbicit, quia te contémplans totum déficit.
Te adoro con devoción, Divinidad oculta, verdaderamente escondida bajo estas
apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y
se rinde totalmente al contemplarte.
Se hicieron intentos de establecer
el texto crítico del himno en base a los pocos
manuscritos existentes anteriores a la imprenta. Las variaciones respecto al
texto que conocemos no son muchas. La principal se refiere
precisamente a los dos primeros versos de esta estrofa que,
según Wilmart, al principio resonaban así: Adoro devote latens veritas
/ Te qui sub his formis vere latitas, donde «veritas»
estaría por la persona de Cristo y «formis» sería el
equivalente a «figuris».
Pero aparte del hecho de que esta
lectura es todo menos segura [2], hay otro motivo que
empuja a atenerse al texto tradicional. Éste, como otros venerables
himnos litúrgicos latinos del pasado, pertenecen a la colectividad de
los fieles que lo han cantado durante siglos, lo han
hecho propio y casi recreado, no menos que el autor
que lo ha compuesto, frecuentemente, por lo demás, anónimo. El
texto divulgado no tiene menos valor que el texto crítico
y es con él de hecho que el himno sigue
siendo conocido y cantado en toda la Iglesia.
En cada
estrofa del «Adoro te devote» hay una afirmación teológica y
una invocación que es la respuesta orante del alma al
misterio. En la primera estrofa la verdad teológica evocada se
refiere al modo de presencia de Cristo en las especies
eucarísticas. La expresión latina «vere latitas» es densísima en significado;
quiere decir: estás escondido, pero estás verdaderamente (en la parte
en que el acento está en «vere»), y quiere decir
también: estás verdaderamente, pero escondido (donde el acento se pone
en «latitas», en el carácter sacramental de esta presencia).
Para
comprender este modo de hablar de la Eucaristía hay que
tener en cuenta el «gran cambio» que se verifica en
torno a la Eucaristía en el paso de la teología
simbólica de los Padres a la dialéctica de la Escolástica.
Ella tiene sus remotos inicios en el siglo IX, con
Pascasio Radberto y Ratramno de Corbie: el primero defensor de
una presencia física y material de Cristo en el pan
y en el vino, el segundo de una presencia verdadera
y real, pero sacramental, no física; explota en cambio abiertamente
sólo más tarde, con Berengario de Tours (H 1088), que
acentúa hasta tal punto el carácter simbólico y sacramental de
Cristo en la Eucaristía como para comprometer la fe en
la realidad objetiva de tal presencia.
Mientras que antes se
decía que Cristo en la Eucaristía está presente sacramentalmente, o,
según los orientales, mistéricamente, ahora, con un lenguaje tomado prestado
desde Aristóteles, se dice que está presente sustancialmente, o según
la sustancia. Figura no indica ya, como sacramentum, el conjunto
de los signos con que se realiza la presencia de
Cristo, sino sencillamente las «especies o apariencias» del pan y
del vino, en el lenguaje técnico los accidentes [3].
Nuestro
himno se sitúa claramente en este lado del cambio, si
bien evita el recurso a los nuevos términos filosóficos, poco
apropiados en un texto poético. En el verso «quae sub
his figuris vere latitas», el término figura indica las especies
del pan y del vino en cuanto que ocultan lo
que contienen y contienen lo que ocultan [4].
2. En
devota adoración
Decía que en cada estrofa del himno hallamos
una afirmación teológica seguida de una invocación con la que
el orante responde a aquella y se apropia de la
verdad evocada. A la afirmación de la presencia real, si
bien escondida, de Cristo en el pan y en el
vino el orante responde derritiéndose literalmente en devota adoración y
arrastrando consigo, en el mismo movimiento, las innumerables formaciones de
almas que durante más de medio milenio han orado con
sus palabras.
Adoro: esta palabra con la que se abre
el himno es por sí sola una profesión de fe
en la identidad entre cuerpo eucarístico y el cuerpo histórico
de Cristo, «nacido de María Virgen, que verdaderamente padeció y
fue inmolado en la cruz por el hombre». Es sólo
gracias a esta identidad de hecho y a la unión
hipostática en Cristo entre humanidad y divinidad que podemos estar
en adoración ante la hostia consagrada sin pecar de idolatría.
Ya decía San Agustín: «En esta carne [el Señor] caminó
aquí y esta misma carne nos ha dado para comer
para la salvación; y ninguno come esa carne sin haberla
adorado antes... Nosotros no pecamos adorándola, pero pecamos si no
la adoramos» [5].
¿Pero en qué consiste exactamente y cómo
se manifiesta la adoración? La adoración puede estar preparada por
prolongada reflexión, pero termina con una intuición y, como toda
intuición, no dura mucho. Es como un rayo de luz
en la noche. Pero de una luz especial: no tanto
la luz de la verdad, cuanto la luz de la
realidad. Es la percepción de la grandeza, majestad, belleza, y
a la vez de la bondad de Dios y de
su presencia lo que quita la respiración. Es una especie
de naufragio en el océano sin orillas y sin fondo
de la majestad de Dios.
Una expresión de adoración, más
eficaz que cualquier palabra, es el silencio. Adorar, según la
estupenda expresión de San Gregorio Nacianceno, significa elevar a Dios
un «himno de silencio». Hubo un tiempo en que, para
entrar en un clima de adoración ante el Santísimo, me
bastaba repetir las primeras palabras de un himno del místico
alemán del siglo XVII Gerhard Tersteegen, que aún hoy se
canta en las iglesias protestantes y católicas de Alemania:
«Dios
está aquí presente; ¡venid, adoremos! Con santa reverencia, entremos en
su presencia. Dios está aquí en medio: todo calla en
nosotros Y lo íntimo del pecho se postra en su
presencia». [6]
Tal vez porque las palabras de una lengua
extranjera están menos agotadas por el uso y la banalización,
lo cierto es que aquellas palabras me producían cada vez
un estremecimiento interior. «Gott ist gegenwärtig, Dios está presente, ¡Dios
está aquí!: las palabras se desvanecían rápidamente, quedaba sólo la
verdad que habían transmitido, el «sentimiento vivo de la presencia»
de Dios.
El sentido de la adoración está reforzado, en
nuestro himno, por el de la devoción: «adoro te devote».
La Edad Media dio a este término un significado nuevo
respecto a la antigüedad pagana y cristiana. Con él se
indicaba al principio la adhesión a una persona, expresada en
un fiel servicio y, en la costumbre cristiana, toda forma
de servicio divino, sobre todo el litúrgico de la recitación
de los salmos y de las oraciones.
En los grandes
autores espirituales de la Edad media la palabra se interioriza;
pasa a significar no las prácticas exteriores, sino las disposiciones
profundas de corazón. Para San Bernardo indica «el fervor interior
del alma encendida por el fuego de la caridad» [7].
Con San Buenaventura y su escuela la persona de Cristo
se convierte en el objeto central de la devoción, entendida
como el sentimiento de conmovida gratitud y amor suscitado por
el recuerdo de sus beneficios. El Doctor angélico dedica dos
artículos enteros de la Suma a la devoción, que considera
el primero y más importante acto de la virtud de
la religión [8]. Para él consiste en la prontitud y
disponibilidad de la voluntad para ofrecerse a sí misma a
Dios que se expresa en un servicio sin reservas y
pleno de fervor.
Este rico y profundo contenido lamentablemente se
perdió en gran parte después, cuando al concepto de «devoción»
se arrimó el de «devociones», esto es, de prácticas exteriores
y particulares, dirigidas no sólo a Dios, sino más a
menudo a santos o a lugares determinados, advocaciones e imágenes.
Se volvió en la práctica al viejo significado del término.
En nuestro himno el adverbio devote conserva intacta toda la
fuerza teológica y espiritual que el propio autor (si él
es Tomás de Aquino) había contribuido a dar al término.
La mejor explicación de qué se entiende aquí por devotio
está en las palabras que siguen en la segunda parte
de la estrofa: Tibi se cor meum totum subiicit; «a
ti se somete mi corazón por completo». Disponibilidad total y
amorosa a hacer la voluntad de Dios.
3. La contemplación
eucarística
Queda por tomar la llamarada más alta que es
la que se eleva de los dos últimos versos de
la estrofa: Quia te contemplans totum deficit: Al contemplarte todo
se rinde. La característica de ciertos venerables himnos litúrgicos latinos,
como el «Adoro te devote», el «Veni creator» y otros,
es la extraordinaria concentración de significado que se realiza en
cada palabra. En ellos cada palabra está llena de contenido.
Para comprender plenamente el sentido de esta frase, como de
todo el himno, es necesario tener en cuenta el ambiente
y el contexto en que nace. Estamos, decía, en este
lado del gran cambio de la teología eucarística ocasionado por
la reacción a las teorías de Berengario de Tours. El
problema sobre el que se concentra casi exclusivamente la reflexión
cristiana es el de la presencia real de Cristo en
la Eucaristía, que a veces excede en la afirmación de
una presencia física y casi material [9]. De Bélgica partió
la gran oleada de fervor eucarístico que contagiará en poco
tiempo toda la cristiandad y, en 1264, llevará a la
institución de la fiesta del Corpus Domini por parte del
Papa Urbano IV.
Se acrecienta el sentido de respeto de
la Eucaristía y, paralelamente, aumenta el sentido de indignidad de
los fieles de acercarse a ella, a causa de las
condiciones casi impracticables establecidas para recibir la comunión (ayuno, penitencias,
confesión, abstinencia de las relaciones conyugales). La comunión por parte
del pueblo pasó a ser un hecho tan raro que
el Concilio Lateranense IV en 1215 tuvo que establecer la
obligación de comulgar al menos en Pascua. Pero la Eucaristía
sigue atrayendo irresistiblemente a las almas y así, poco a
poco, la falta del contacto comestible de la comunión se
remedia desarrollando el contacto visual de la contemplación. (Observamos que
en Oriente, por las mismas razones, a los laicos se
les sustrae también el contacto visual porque el rito central
de la Misa se desarrolla tras una cortina que después
de convertirá en el muro del iconostasio).
La elevación de
la hostia y del cáliz en el momento de la
consagración, antes desconocido (el primer testimonio escrito de su institución
es de 1196), se transforma para los laicos en el
momento más importante de la Misa, en el que desahogan
sus sentimientos de devoción y esperan recibir gracias. Se tocan
en ese momento las campanas para advertir a los ausentes
y algunos corren de una Misa a otra para asistir
a varias elevaciones. Muchos himnos eucarísticos, entre ellos el «Ave
verum», nacen para acompañar este momento; son himnos para la
elevación. A ellos pertenece también nuestro «Adoro te devote». Desde
el principio hasta el final su lenguaje es el de
ver, contemplar: te contemplans, non intueor, nunc aspicio, visu sim
beatus.
Nosotros ya no tenemos la misma concepción de la
Eucaristía; hace tiempo que la comunión se convirtió en parte
integrante de la participación en la Misa; las conquistas de
la teología (movimiento bíblico, litúrgico, ecuménico) que confluyeron en el
Concilio Vaticano II y en la reforma litúrgica han restablecido
en valor, junto a la fe en la presencia real,
otros aspectos de la Eucaristía, el banquete, el sacrificio, el
memorial, la dimensión comunitaria y eclesial...
Se podría pensar que
en este nuevo clima ya no hay lugar para el
«Adoro te devote» y las prácticas eucarísticas nacidas en aquel
período. En cambio es precisamente ahora cuando esos nos resultan
más útiles y necesarios para no perder, a causa de
las conquistas de hoy, las de ayer. No podemos reducir
la Eucaristía a la sola contemplación de la presencia real
de la Hostia consagrada, pero sería también una gran pérdida
renunciar a ella. El Papa no hace sino recomendarla desde
su primera carta «El misterio y el culto de la
Santísima Eucaristía», del Jueves Santo de 1980: «La adoración a
Cristo en este sacramento de amor debe encontrar su expresión
en diversas formas de devoción eucarística: oración personal ante el
Santísimo, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales... Jesús nos
espera en este Sacramento del Amor. No escatimemos tiempo para
ir a encontrarlo en la adoración y en la contemplación
llena de fe».
Nuestros hermanos ortodoxos no comparten este aspecto
de la piedad católica; alguno de ellos señala amablemente que
el pan está hecho para ser comido, no para ser
mirado. Otros, también entre los católicos, observan que la práctica
se desarrolló en un tiempo de grave ofuscamiento de la
vida litúrgica y sacramental.
Pero a favor de la bondad
de la contemplación eucarística no hay especiales explicaciones teológicas y
teóricas, sino el imponente testimonio de los hechos, literalmente «una
nube de testimonios». Uno bastante reciente es el de Charles
de Foucauld, quien hizo de la adoración de la Eucaristía
uno de los puntos fuertes de su espiritualidad y de
la de sus seguidores. Innumerables almas han alcanzado la santidad
practicándola y está demostrada la contribución decisiva que ésta ha
dado a la experiencia mística [10]. La Eucaristía, dentro y
fuera de la Misa, ha sido para la Iglesia católica
lo que en la familia era hasta hace poco el
fuego doméstico durante el invierno: el lugar en torno al
cual la familia reencontraba su propia unidad e intimidad, el
centro ideal de todo.
Esto no quiere decir que no
existan también razones teológicas en la base de la contemplación
eucarística. La primera es la que brota de la palabra
de Cristo: «Haced esto en memoria mía». En la idea
de memorial hay un aspecto objetivo y sacramental que consiste
en repetir el rito realizado por Cristo que recuerda y
hace presente su sacrificio. Pero existe también un aspecto subjetivo
y existencial que consiste en cultivar el recuerdo de Cristo,
«en tener constantemente en la memoria pensamientos que se refieren
a Cristo y a su amor» [11]. Esta «dulce memoria
de Jesús» (Jesu dulcis memoria) no está limitada al tiempo
que uno pasa ante el tabernáculo; se la puede cultivar
con otros medios, como la contemplación de los iconos; pero
es cierto que la adoración ante el Santísimo es un
medio privilegiado para hacerlo.
Los dos aspectos del memorial –celebración
y contemplación de la Eucaristía--, no se excluyen recíprocamente, sino
que se integran. La contemplación de hecho es el medio
con el que nosotros «recibimos», en sentido fuerte, los misterios,
con el cual los interiorizamos y nos abrimos a su
acción; es el equivalente de los misterios en el plano
existencial y subjetivo; es un modo para permitir a la
gracia, recibida en los sacramentos, plasmar nuestro universo interior, esto
es, los pensamientos, los afectos, la voluntad, la memoria.
Hay
una gran afinidad entre Eucaristía y Encarnación. En la Encarnación
–dice San Agustín-- «María concibió al Verbo antes con la
mente que con el cuerpo» (Prius concepit mente quam corpore).
Es más, añade, de nada le habría valido llevar a
Cristo en su vientre si no lo hubiera llevado con
amor también en su corazón [12]. También el cristiano debe
acoger a Cristo en su mente antes de acogerlo y
después tenerlo en su cuerpo. Y acoger a Cristo en
la mente significa, concretamente, pensar en él, tener la mirada
puesta en él, hacer memoria de él, contemplando el signo
que él mismo eligió para permanecer entre nosotros.
4. Olvido
de todo
Te contemplans, «al contemplarte», dice nuestro himno. ¿Qué
encierra el pronombre «te»? Ciertamente a Cristo realmente presente en
la hostia, pero no una presencia estática e inerte; indica
todo el misterio de Cristo, la persona y la obra;
es volver a escuchar silenciosamente el Evangelio o una frase
suya en presencia del autor mismo del Evangelio que da
a la palabra una fuerza e inmediatez particular.
Pero esto
no es aún la cumbre de la contemplación. Los grandes
maestros del espíritu han definido la contemplación: «Una mirada libre,
penetrante e inmóvil» (Hugo de San Víctor), o bien: «Una
mirada afectiva en Dios» (San Buenaventura). Estar en contemplación eucarística
significa, por lo tanto, concretamente, establecer un contacto de corazón
a corazón con Jesús presente realmente en la Hostia y,
a través de él, elevarse al Padre en el Espíritu
Santo. En la meditación prevalece la búsqueda de la verdad,
en la contemplación, en cambio, el gozo de la Verdad
encontrada. La contemplación tiende siempre a la persona, al todo
y no a las partes. Contemplación eucarística es mirar a
quien me mira.
Esta fase de contemplación es la descrita
por el autor del «Adoro te devote» cuando afirma: te
contemplans totum deficit, al contemplarte todo se rinde. Estas son
palabras nacidas ciertamente de la experiencia. «Todo se rinde», ¿el
qué? No sólo el mundo exterior, las personas, las cosas,
sino también el mundo interior de los pensamientos, de las
imágenes, de las preocupaciones. «Olvido de todo excepto de Dios»,
escribía Pascal describiendo una experiencia similar a ésta. Y Francisco
de Asís amonestaba a sus hermanos: «¡Gran miseria sería, y
miserable mal si, teniéndole a Él así presente, os ocuparais
de cualquier otra cosa que hubiera en todo el universo!»
[13].
Por la misma época en que se componía nuestro
himno, o sea a finales del siglo XIII, Roger Bacon,
un gran enamorado de la Eucaristía, escribía estas palabras que
parecen un comentario a la primera estrofa del «Adoro te
devote» y una confirmación de la experiencia que de ella
se trasluce: «Si la majestad divina se hubiera manifestado sensiblemente,
no habríamos podido sostenerla y nos habríamos rendido (deficeremus!) del
todo por la reverencia, la devoción y el estupor... La
experiencia lo demuestra. Los que se ejercitan en la fe
y en el amor de este sacramento no consiguen soportar
la devoción que nace de una pura fe sin deshacerse
en lágrimas y sin que su alma, saliendo de sí
misma, se licue por la dulzura de la devoción, hasta
el punto de no saber ya dónde se encuentra ni
por qué» [14]
La contemplación eucarística es todo menos indulgencia
al quietismo. Se ha observado cómo el hombre refleja en
sí, a veces también físicamente, lo que contempla. No se
está por mucho tiempo expuesto al sol sin que se
note en la cara. Permaneciendo prolongadamente y con fe, no
necesariamente con fervor sensible, ante el Santísimo asimilamos los pensamientos
y los sentimientos de Cristo, por vía no discursiva, sino
intuitiva; casi «ex opere operato».
Sucede como en el proceso
de fotosíntesis de las plantas. En primavera brotan de las
ramas las hojas verdes; éstas absorben de la atmósfera ciertos
elementos que, bajo la acción de la luz solar, se
«fijan» y transforman en alimento de la planta. ¡Tenemos que
ser como esas hojas verdes! Son un símbolo de las
almas eucarísticas que, contemplando el «sol de justicia» que es
Cristo, «fijan» el alimento que es el Espíritu Santo mismo,
en beneficio de todo el gran árbol que es la
Iglesia. En otras palabras, es lo que dice el apóstol
Pablo: «Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos
como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos
transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así
es como actúa el Señor, que es Espíritu» (2Co 3,18).
Si ahora, sin embargo, de estos fragmentos de luz que
el autor del himno nos ha hecho entrever volvemos con
el pensamiento a nuestra realidad y a nuestro pobre modo
de estar ante la Eucaristía, nos arriesgamos a sentirnos acobardados
y desanimados. Sería del todo erróneo. Es ya un aliento
y un consuelo saber que estas experiencias son posibles; que
lo que nosotros mismos hemos tal vez experimentado en los
momentos de mayor fervor de nuestra vida y después perdido
puede volver a encenderse, gracias también al año eucarístico que
se nos ha dado a vivir.
Lo único que el
Espíritu Santo requiere de nosotros es sólo que le demos
nuestro tiempo, aunque al principio pudiera parecer tiempo perdido. Nunca
olvidaré la lección que un día se me dio al
respecto. Decía a Dios: «Señor, dame el fervor y yo
te daré todo el tiempo que quieras para la oración».
En mi corazón hallé la respuesta: «Raniero, dame tu tiempo
y yo te daré todo el fervor que quieras en
la oración». Lo recuerdo por si puede servirle a alguien
como a mí.
[2] La expresión “latens veritas” recurre en Isidoro
de Sevilla, Sent. III, col. 688, l. 22, pero no
está referida a Cristo. A favor de «latens Deitas» está
el paralelismo con «latens humanitas» de la tercera estrofa y
también la posible alusión a Is 45,15: “vere tu es
Deus absconditus”.
[3] Cfr. de Lubac, op. cit., p. 287.
[4] Cfr. Sto. Tomás de Aquino, Comentario al Evangelio de
Juan, VI, lez. 6, n. 954: «El maná sólo prefiguraba,
mientras que este pan contiene aquello que representa» (continet quod
figurat).
[5] S. Agustín, In Ps. 98,9 (PL 37, 1264).
[6] G. Tersteegen, Geistliches Blumengärtlein 11, Stuttgart 1969, p.340 s.:
«Gott ist gegenwärtig; laßet uns anbeten, Und in Ehrfurcht vor
ihn treten! Gott ist in der Mitte; alles in uns
schweige Und sich innigst vor ihm beuge! »
[7] Cfr.
J. Charillon, art. Devotio, in Dict. Spir. 3, col. 715.
[8] Sto. Tomás, S. Th. II, IIae, q.82 a.1-2, cf.
J.W. Curran, art. Dévotion, Fondement théologique, in Dict. Spir. III,
coll. 716 ss.
[9] La primera fórmula de fe que
se hizo suscribir a Berengario sostenía que, en la comunión,
el cuerpo y la sangre de Cristo estaban presentes en
el altar «sensiblemente y eran en verdad tocados, y partidos
por las manos del sacerdote y masticados por los dientes
de los fieles» : Denzinger - Sch`nmetzer, Enchiridion symbolorum, 690.
Sto. Tomás de Aquino corrige esta afirmación, diciendo que el
cuerpo de Cristo «no es partido, ni quebrado, ni dividido
por quien lo recibe»: cfr. S. Th. III, q. LXXVII,
a.7.
[10] Cfr. E. Longpré, Eucharistie et expérience mystique, in
Dict. Spir. IV, coll.1586-1621.
[11] N. Cabasilas, Vita in Cristo,
VI,4 (PG 150,653).
[12] Cf Agustín, Sulla santa verginità, 3
(PL 40, 398).
[13] S. Francisco, Lettera a tutti I
frati, 2 (FF 220).
[14] Roger Bacon, De sacramento altaris,
in Moralis philosophia, ed. E. Massa, Zurigo 1953, pp. 231
s.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit]
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