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Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net Solemnidad del Corpus Christi
Primera: Ex 24, 3-8; salmo 116; segunda: Hb 9,11-15; Evangelio: Mc 14, 12-16
Solemnidad del Corpus Christi
Sagrada Escritura
Primera: Ex 24, 3-8 Salmo 116 Segunda: Hb 9,11-15
Evangelio: Mc 14, 12-16
Nexo entre las lecturas
El tema central que
nos ocupa en esta solemnidad del Corpus Christi es la
alianza de Dios con los hombres. Esta alianza nace del
amor siempre fiel de Dios, atraviesa toda la historia
de la salvación y encuentra en los hechos del Sinaí,(1L),
un momento de particular importancia. En efecto, en el Sinaí
se estipula de modo solemne una alianza que ya
existía, pero que no había sido aún formalizada. Moisés, el
mediador, lee las leyes (el decálogo), el pueblo acepta, se
erige un altar, se ofrecen sacrificios y se rocía la
sangre sobre el altar y el pueblo. Así, la alianza
queda sellada. Sin embargo, esto no era sino figura de
la nueva alianza que encuentra en Cristo su culminación como
sacerdote de los bienes futuros (2L) quien ya no ofrece
sacrificios y sangre de animales, sino su propia sangre. En
la última cena Cristo anticipa sacramentalmente su oblación, y establece,
por medio de su cuerpo y de su sangre, la
Nueva Alianza, la definitiva, aquella que nos da la plena
revelación del rostro misericordioso de Dios y la salvación del
género humano (EV).
Mensaje doctrinal
La conclusión de la alianza y la
nueva alianza.
El texto del Éxodo es de particular importancia
porque formaliza de modo solemne la alianza (Berit) entre Dios
y su pueblo. En realidad, la historia de la
alianza se confunde con la historia de la salvación.
Esta alianza ya existía antes de que fuera consagrada en
el Sinaí. Había sido prometida a Noé después del diluvio
(Gen 6,18; 9,9-17) y había sido concertada con Abraham (Gen
15,18; 17,2-21) de modo solemne. Dios ya había obrado maravillas
en favor de Israel y lo había liberado de la
esclavitud de Egipto con brazo extendido. Esta expresión:“brazo extendido” quiere
significar la intervención poderosa de Iahveh en favor de los
israelitas. Sin embargo, es en el Sinaí donde el pueblo
acepta la alianza y se compromete a obedecerla de modo
solemne. El Señor lo conduce al desierto y lo lleva
a la montaña para concluir su pacto. La iniciativa siempre
es de Dios. Moisés, el mediador, hace lectura ante el
pueblo de la ley (los mandamientos) que son el contenido
de la alianza que el Señor establece con su pueblo.
El pueblo, por su parte, se compromete a observar
todo aquello que le manda el Señor.
Moisés se levanta temprano
erige un altar con las doce piedras que simbolizan las
doce tribus de Israel. Se ofrecen los sacrificios y se
vierte la sangre de las víctimas sobre el altar y
se rocía al pueblo. Conviene comprender bien el alcance de
este rito. La inmolación de una víctima podía ser de
dos formas: el holocausto, es decir, la víctima era totalmente
consumida por el fuego; y el sacrificio pacífico o de
comunión en el que la víctima sacrificada se dividía en
dos, una se ofrecía a Iahveh y la otra la
consumía el oferente. En el Sinaí tienen lugar los dos
sacrificios. Con el holocausto se establecía, por una parte, la
primacía de Dios sobre todo lo creado; con el sacrificio
pacífico, por otra, se establecía la comunión que el
hombre tenía con Dios por medio de la participación de
la ofrenda. Conviene indicar que el rito de la sangre,
que nos puede parecer extraño y causar repulsa, tiene un
significado muy positivo. Los antiguos pensaban que en la sangre
estaba la vida. Dar la sangre equivalía a dar la
vida. Así, cuando la víctima es sacrificada -se ofrece la
víctima a Dios-, Dios responde dando la vida. El sacrificio,
implica ciertamente una oblación, una muerte, pero su contenido más
profundo es dar la vida. El rito de la aspersión
de la sangre significa, por tanto, la respuesta de Dios
al sacrificio que se ha ofrecido y al compromiso del
pueblo de observar los mandamientos: Dios responde comunicando la vida.
La
alianza sinaítica encuentra su culminación y perfección en la nueva
alianza que Dios establece con los hombres por medio de
su Hijo. La carta a los Hebreos presenta a Cristo
como el sumo sacerdote, aquel que ofrece el sacrificio perfecto.
Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes futuros.
La alianza ha llegado a su máxima expresión. Ya no
es la sangre de animales la que ofrece el sacerdote
en el “santo de los santos” (al cual el sumo
sacerdote entraba una sola vez al año), ahora es la
sangre misma de Cristo, sumo sacerdote, la que se ofrece.
El salvador ha entrado de una vez para siempre en
el santuario del cielo, está junto al Padre para interceder
por nosotros.
En la última cena se anticipa sacramentalmente
el sacrificio de Cristo en la cruz, será el ofrecimiento
definitivo y fundará la alianza definitiva. La sangre que Cristo
ofrece en el cáliz es la sangre de la alianza
que será derramada por muchos, es decir, en lenguaje semítico,
por todos. En esta cena se evoca la liberación de
Egipto y la estipulación de la alianza sinaítica. Esta alianza
no era entre dos “partners” iguales. Dios mismo se comprometía
en favor de su pueblo. El pueblo, por su parte,
se comprometía a observar los mandamientos. Con la sangre de
Cristo se establece la nueva y definitiva alianza. En
su sangre, en el don de su vida, se manifiesta
el amor del Padre por el mundo ( Cf. Jn
3,16), por medio de esta sangre los hombres son liberados
de la esclavitud del pecado y absueltos de sus culpas.
Dios se compromete a manifestar siempre su amor, su “hesed”
(misericordia). Ahora el hombre tiene abierto el camino de
la conversión y de la vida eterna. En el sacramento
de la Eucaristía Jesús no solamente se queda con sus
discípulos, sino que funda con ellos su comunión con Dios.
“Jesús
ofrece a los discípulos su cuerpo y su sangre... El
hecho que Jesús ofrezca su cuerpo y su sangre debe
siempre hacernos recordar el don de su vida, su muerte
en cruz. En la cruz él ha derramado su sangre;
con su muerte ha fundado una nueva alianza, la comunión
definitiva de Dios con los hombres. Jesús permanecerá para siempre
con ellos y será “el crucificado”, que ha donado su
vida por ellos” (Klemens Stock, S.I. Edizioni ADP, Roma 2002
p. 184-85).
Sugerencias pastorales
1. Catequesis eucarística. El Cura de Ars se
había propuesto que los hombres de su parroquia recibieran, al
menos, cuatro veces al año la Eucaristía. Empresa no fácil
para los tiempos que corrían. En algún momento el santo
llegó a confesar: “he promovido siempre la confesión cuatro veces
al año de los hombres. Los que me escuchen alcanzarán
la vida eterna”. Es sorprendente que el santo cura, siendo
tan exigente con sus feligreses, pensara que los hombres que
recibieran cuatro veces al año la comunión estaban en camino
de salvación. En verdad, la comunión es el alimento de
nuestra vida espiritual y cristiana. Nos dice el Kempis:
“La comunión
aparta del mal y reafirma en el bien; si ahora que
comulgo o celebro tus misterios con tanta frecuencia soy negligente y
desanimado ¿qué pasaría si no recibiera este tónico y no acudiera a
tan gran ayuda?
¡Qué maravillosa es tu piadosa decisión con respecto a
nosotros que Tú Señor Dios, Creador y Vivificador de todos los espíritus condesciendas
en venir a estos pobrecitos y satisfacer nuestra hambre con toda tu
Divinidad y Humanidad!
Propongamos nuevamente a nuestros fieles en esta santa
solemnidad la comunión frecuente como medio insustituible de vida cristiana
y amistad con Cristo. No nos cansemos de acercar más
y más personas por medio de la meditación y de
la conversión del corazón a la comunión eucarística. Allí, ellos
encontrarán al incomparable amigo de sus almas que los ayudará
a vivir y a sufrir en esta vida, sin jamás
perder la esperanza.
2. La comunión frecuente en los jóvenes. Pero
una palabra especial va dirigida a los jóvenes. Ellos por
la riqueza de su vida, por el grande abanico de
sus posibilidades, por las energías tan intensas que surcan su
existencia están especialmente necesitados de encontrar a Cristo. Recomendar a
un joven la comunión frecuente, diaria si es posible, es
ayudarlo a vivir en gracia, es darle fuerzas espirituales para
resistir al enemigo; es ayudarlo a jamás perder el ánimo
ante un mundo muy agresivo. No nos cansemos de inculcar
en nuestra juventud un amor muy personal a Cristo eucaristía.
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