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Gn 15, 1-6; 21, 1-3 Sal 104 Hebr 11, 8.
11-12. 17-19 Lc 2, 22-40
Nexo entre las lecturas
Abram es el prototipo
del hombre justo que por su fe en Dios obtiene
de Él la promesa de una descendencia tan numerosa como
las estrellas del cielo (1L). Por esa fe, como
afirma Pablo en la carta a los romanos, está dispuesto
incluso a sacrificar a su hijo único, garantía de la
promesa recibida (2L). Del mismo modo, Simeón, varón justo
y temeroso de Dios, por su confianza en Aquel
que nunca olvida sus promesas, (Salmo) alcanza la promesa de
contemplar con sus ojos al Salvador esperado por Israel (EV).
María y José viven también inmersos en un designio
divino que pide de ambos toda su fe y su
esperanza. Ellos se admiran ante el designio que Dios ha
preparado para su Hijo y lo viven en medio de
una vida sencilla en Nazaret en la que contemplan a
su Hijo crecer y fortalecerse en sabiduría (EV).
Mensaje doctrinal
1. Fe como adhesión personal a Dios.
La fe, comenta el catecismo de la Iglesia Católica, “es
una adhesión personal del hombre a Dios que se revela.
Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad
a la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo
mediante sus obras y palabras” (Catecismo de la Iglesia Católica
176). De esta fe, la Iglesia al celebrar hoy la
fiesta de la Sagrada familia, hace referencia a Abraham, el
padre de todos los creyentes, precisamente por su capacidad de
escucha atenta a Dios y por someterse libremente a la
palabra escuchada. Él, al ponerse en camino sin saber exactamente
hacia dónde dirigirse y estar dispuesto a sacrificar a su
hijo Isaac, prueba y garantía que el Señor le había
dado de su compañía y bendición, da su asentimiento con
todo su ser a Dios que se revela (cf Dei
Verbum 5): su inteligencia, su voluntad y, sobre todo, su
corazón, centro de su persona. La fe es un
don de Dios, un obsequio libre de la razón pero
nunca contraria a la razón. Más aún, la fe ilumina
la razón abriéndole horizontes más amplios y profundos de manera
que ésta puede llegar ahí donde por si sola no
puede ni alcanza. (Cf. Fides et Ratio 16). También
la familia de Nazareth vive con fe los planes divinos.
Sin duda alguna no los comprenden del todo, pero los
guardan dentro de su corazón sin evadirlos, viviendo en las
tinieblas de la noche como ese primer peregrino que salió
de su tierra sin saber qué rumbo había de tomar.
Se adhieren al beneplácito de Dios dejando en un segundo
plano los planes personales, los propios gustos, los propios criterios.
Adhieren por completo sus vidas a Él aprendiendo a prescindir
de sí mediante un acto pleno de abandono y confianza,
fundados en Él que es la verdad misma que no
puede ni engañarse ni engañarnos. Se adhieren a Dios por
la fe acogiendo su palabra, cortando amarras de esperanzas amadas,
seguridades e ilusiones, para mantenerse unido al hilo de la
palabra del Señor a pesar de todos los obstáculos y
pesares que su cumplimiento les fue presentando.
2. Venerar el don
y el misterio de la vida. “La familia está llamada
a esto a lo largo de la vida de sus
miembros, desde el nacimiento hasta la muerte. La familia es
verdaderamente el santuario de la vida..., el ámbito donde la
vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de
manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta,
y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento
humano” Con estas palabras, la encíclica Centesimus annus nº 39,
quiere destacar la misión tan alta de toda familia humana.
En realidad, Jesús ha querido formar parte de una familia
natural para participar de algún modo misterioso de la gran
familia humana María y José, acogiendo a Jesús como un
don de Dios, y acompañándole en su crecimiento integral como
hombre (cfr. Lc 2, 52 ) son modelo de aquel
amor responsable y generoso que los padres, como partícipes del
poder creador de Dios, han de ofrecer a sus hijos.
Esto es importante sobre todo en el mundo presente, en
el que “el papel de la familia en la edificación
de la cultura de la vida es determinante e insustituible.”
(Evangelium Vitae, 92).
Sugerencias pastorales
1.
Caminar en la fe. “El justo vive de
la fe” (Heb 10, 38). Fe y vida cristiana se
hallan íntimamente unidas. La fe no es sólo un conjunto
de conocimientos, de verdades para ser creídas. Ésta es ante
todo una vida. fe en Alguien, fe en una persona
viva. Vivir la propia fe significa entonces dejar que
ese conjunto de creencias, de verdades, pasen a formar parte
de mi vida, informen mi vida, guíen e iluminen mi
vida. Una fe así la vivió Abraham, entregando por completo
su vida al Dios en quien creyó. Del mismo modo,
la fe de todo buen cristiano tiene que convertirse en
una vida. Sólo así será una fe transformante. La
vida de un ser humano es un continuo caminar en
la fe. Para nosotros, como lo fue para Abraham, para
Sara y para la Sagrada Familia de Nazaret, caminar en
la fe significa poner por encima de nuestra jerarquía de
valores a Dios, cumplir su voluntad a través de las
manifestaciones concretas y puntuales que se nos van presentando en
la vida.
2. Atención prioritaria en favor de la familia. Para
un pastor de almas, la familia debe ocupar un lugar
prioritario en su acción pastoral ya que constituye el núcleo
y base de toda sociedad, y podemos decir, de una
comunidad parroquial. El Santo Padre no duda en afirmar que
“la evangelización depende en gran parte de la Iglesia Doméstica”
(Cfr. Juan Pablo II, Discurso a la II Asamblea General
de los Obispos de América Latina, 28 de enero de
1979). Podemos decir que ahí donde existen familias sanas, bien
constituidas, instruidas en su fe católica y conscientes de su
misión dentro de la Iglesia, ahí florece la vida cristiana.
Por tanto, el pastor de almas debe ser consciente de
que la familia es el camino de la Iglesia. Más
aún, “el primero y más importante camino de la
Iglesia”. (Carta a las familias, 1994, nº 2).
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