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“La obediencia de la
fe” nos ayuda a leer unitariamente los textos de este
domingo. Los diez leprosos se fían de la palabra de
Jesús y se ponen en camino para presentarse a los
sacerdotes, a fin de que reconocieran que están curados de
la lepra (Evangelio). Naamán el sirio obedece las palabras de
Eliseo, a instancias de sus siervos, sumergiéndose siete veces en
el Jordán, con lo que quedó curado (Primera lectura). La
obediencia de la fe hace que Pablo termine en cadenas
y tenga que sufrir no pocos padecimientos (Segunda lectura).
Mensaje
doctrinal
1. El poder de la obediencia. Los dos milagros de
que nos hablan los textos destacan el poder de la
obediencia. No hay gestos curativos ni de Eliseo ni de
Jesús. No se mencionan fórmulas terapéuticas, dirigidas al enfermo, como
sucede en otros relatos de milagros. Hay solamente un mandato.
El de Eliseo a Naamán suena así: “Ve y báñate
siete veces en el Jordán”. A los leprosos Jesús les
dice: “Id y presentaos a los sacerdotes”. Tanto Naamán como
los diez leprosos todavía no han sido curados, ni siquiera
saben si lo serán. Pero se fían y obedecen. Y
la fuerza de su confianza y de su obediencia hizo
el milagro. La obediencia implica ya, al menos, un grado
mínimo de fe en la persona a la que se
obedece. Una fe que no está exenta de tropiezos y
dificultades.
Esto es patente en la historia de Naamán. Él
tenía otra concepción y otras expectativas sobre el milagro y
sobre el modo de realizarse: “¡Saldrá seguramente a mi encuentro,
se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con
su mano mi parte enferma, y sanaré de la lepra!”.
Nada de esto se efectuó. Ni siquiera vio a Eliseo,
pues el mensaje del profeta le llegó por un intermediario.
Naamán estaba hecho una furia, y regresaba a su casa,
habiendo perdido toda esperanza de curación. En el camino, persuadido
por sus siervos, obedeció, se bañó en el Jordán y
“su carne volvió a ser como la de un niño
pequeño, y quedó curado”. Naamán, por fin, se dio cuenta
de que no son las aguas las que curan la
lepra, sino el Espíritu de Dios que se sirve del
Jordán, como de otros muchos medios, para hacer el bien
y salvar al hombre.
Los diez leprosos, ante el mandato
de Jesús, se pusieron en camino hacia el templo de
Jerusalén. Tenían que caminar unos buenos kilómetros. Seguían siendo leprosos
y... ¿cómo subir así hasta Jerusalén y presentarse a los
sacerdotes? ¿No sería mejor esperar hasta constatar que estaban realmente
curados? Vencieron estas dificultades y, en el camino sintieron que
su carne se renovaba y quedaba sanada. La obediencia de
la fe posee la potencia del milagro. ¿No es acaso
también la obediencia de la fe la que hace que
Pablo esté encarcelado por el Evangelio? ¿La que permite a
Pablo soportar cualquier sufrimiento para que la salvación llegue a
todos?
2. La “curación” integral. Naamán quedó curado de lepra,
pero seguía enfermo de ceguera espiritual. Como hombre bien educado
retorna a casa de Eliseo y le ofrece, en señal
de agradecimiento, ricos regalos. Eliseo los rehúsa. Ahora, ante el
hombre de Dios, comienzan a abrírsele los ojos sobre el
verdadero Dios, hasta el punto de llegar a decir: “Tu
siervo no ofrecerá ya holocausto ni sacrificio a otros dioses
más que a Yahvé”. Algo semejante le sucede a uno
de los leprosos al quedar curado. Nueve de ellos prosiguen
su marcha hacia Jerusalén, se presentan al sacerdote y regresan
felices a la casa familiar, olvidándose de Jesús e imposibilitando
con ello el que Jesús les otorgue la salvación que
Él ha venido a traer a los hombres. El último,
un samaritano, al verse curado, siente interiormente el impulso de
volver a Jesús para agradecérselo. Se postra a sus pies
en adoración agradecida. Y Jesús le concede no sólo verse
libre de la lepra, sino también del pecado, de todo
aquello que le impedía obtener la salvación. “Vete, tu fe
te ha salvado”. A Pablo el encuentro con Jesús en
el camino de Damasco le ha abierto los ojos a
la fe en Cristo, liberándole de su mentalidad estrictamente farisaica,
de su odio a los cristianos, incluso de las mismas
debilidades humanas, hasta el punto de soportar serenamente las cadenas
de la prisión y de mantenerse firme en el seguimiento
y anuncio del mensaje evangélico. Jesucristo en verdad es El
gran médico de cuerpos y almas.
Sugerencias pastorales
1. Razones para
obedecer. Todo hombre, desde el nacimiento a la tumba, se
pasa gran parte de la vida obedeciendo. Como hombres y
como cristianos resulta provechoso que tengamos buenas razones para obedecer.
La
obediencia agrada a Dios. Dios no es un extraño, es
nuestro Padre. ¿Cómo no buscar agradarle?
Jesús, nuestro modelo, es un
testigo supremo de obediencia. Obedeció a Dios en los largos
años pasados en Nazaret, sometiéndose a sus padres. Obedeció a
Dios durante su vida pública, teniendo como su alimento diario
la voluntad de su Padre. Le obedeció hasta la muerte
y tuvo una muerte de cruz.
El Espíritu Santo nos acompaña
y fortalece interiormente, de modo que al obedecer no nos
sintamos solos y débiles.
El “fiat” de María nos interpela en
nuestra obediencia solícita, sencilla y constante a la vocación y
misión que Dios nos ha confiado. El “fiat” generoso de
María, que recordamos tres veces cada día, es un aguijón
en la conciencia cristiana.
El carácter social del hombre y el
carácter comunitario de la fe hablan por sí mismos de
la necesidad de una organización, de una autoridad, y, por
consiguiente, de la necesidad de la obediencia.
La obediencia, cuando se
hace con fe y con amor, infunde una gran paz
en el que obedece. El lema episcopal del Papa Juan
XXIII lo pone de manifiesto: Oboedientia et pax.
La obediencia creyente
y amorosa contribuye poderosamente a la maduración de la personalidad
cristiana, que tiene como programa, por encima de todo, la
voluntad de Dios. “Ante todas las cosas, tu Voluntad, Señor”.
La
experiencia y la prudencia que poseen los padres y educadores,
al igual que la gracia propia que han recibido quienes
detentan alguna autoridad en la Iglesia.
La eficacia que la obediencia
proporciona a una institución civil o eclesiástica en la consecución
de sus fines propios. De la unión y de la
obediencia viene la fuerza.
2. Disensión y obediencia. El individualismo, tan
acentuado hoy día, es una vía amplia que conduce fácilmente
a la disensión en el seno de la familia, de
la sociedad y de la comunidad eclesial. El disentir sobre
cosas opinables, sin mucha importancia, pase. Pero el disentir habitual
sobre aspectos fundamentales de la vida y de la fe,
–y el hacerlo como un derecho inalienable del hombre–,
constituye una osadía rayana en una cierta intemperancia intelectual o
en una clara ignorancia supina. Es verdad que en ocasiones
puede darse una disensión legítima, si surge después de una
madura reflexión, con un sincero afán de búsqueda de la
verdad, y si se manifiesta con discreción y por los
cauces establecidos. A veces, sin embargo, se tiene la impresión
de que hay gente que está a la caza de
una declaración del obispo o del papa para casi automáticamente
disentir de ella. La Iglesia no es una aglomeración de
individuos, ni la razón es el único metro de la
vida eclesial. ¿Por qué no elevarse por encima de todo
ello, y obedecer la tentación de disentir por medio de
una fe robusta y de una obediencia sencilla y eclesial?
¡El Reino de Cristo ganaría credibilidad en el concierto de
los hombres! ¡Y sobre todo seríamos mejores cristianos!
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