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Ciclo C | tema
Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net
Todos los Santos, Solemnidad
Primera: Ap 7, 2-4.9-14; Salmo 23; Segunda: 1Jn 3, 1-3; Evangelio: Mt 5, 1-12a
 
Todos los Santos, Solemnidad
Todos los Santos, Solemnidad



Sagrada Escritura:

Primera: Ap 7, 2-4.9-14
Salmo 23
Segunda: 1Jn 3, 1-3
Evangelio: Mt 5, 1-12a




Nexo entre las lecturas

¿En qué otra cosa puede estar centrada la liturgia de esta fiesta sino en la santidad? El evangelio sintetiza admirablemente los caminos de la santidad cristiana mediante las bienaventuranzas. En la primera lectura, tomada del Apocalipsis, se pone ante nuestros ojos el infinito número de los llamados a ser santos y a participar aquí y en la eternidad del don de la santidad. Finalmente, con la primera carta de san Juan, la asamblea cristiana es introducida en la misteriosa relación existente entre el amor que Dios nos tiene, amor de Padre, y la santidad que nos otorga, en cuanto hijos en su Hijo.


Mensaje doctrinal

1. Bienaventuranzas...y santidad. Los ocho tipos de personas que son llamados dichosos y bienaventurados son, con la máxima propiedad, los santos. Por eso, en lugar de decir "bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz y los perseguidos por causa de la justicia", bastaría con haber dicho "bienaventurados los santos". Porque cada una de esas categorías de personas son expresión y, por así decir, camino de santidad. Los pobres de espíritu son los santos, porque su verdadera riqueza es Dios. Santos son los mansos, porque la mansedumbre o humildad es la actitud propia de los hombres ante el Creador y Señor. Santos son igualmente los que lloran, porque son lágrimas de arrepentimiento por los propios pecados y por los de los hombres, sus hermanos. ¿Quién más que los santos tiene hambre y sed de justicia, es decir, de que Dios justifique y salve a la humanidad entera? Los santos son los más misericordiosos del mundo porque ejercitan la misericordia con los más desgraciados de la tierra, que son los pecadores. Los limpios de corazón son los santos, porque su corazón y sus pupilas han sido lavadas con la sangre del Cordero para que vean con claridad divina las cosas del cielo y las de la tierra. Los santos son quienes más trabajan por la paz, o sea, porque se den en la sociedad humana aquellas condiciones que favorezcan la concordia entre los pueblos, y sobre todo el desarrollo y progreso humano y espiritual. Los perseguidos por causa de la justicia, ¿qué otro nombre habrán de recibir sino santos, mártires cuya vida ha sido santificada en la soledad de la cárcel o en el patíbulo de una cámara de gas? Muchos son los caminos que Dios ha abierto a los hombres con su Evangelio, pero la meta es siempre la misma: la santidad. Una sola santidad, o mejor dicho UN SOLO SANTO, JESUCRISTO, y muchas maneras de pronunciar y confesar su nombre con la vida. "Bienaventurados los santos, porque de ellos es el Reino de los cielos, de ellos es la fecundidad espiritual en la tierra". Del santo es de quien se puede decir con mayor propiedad que estando en la tierra vive ya en el cielo, y, llegando al cielo, no dejará de estar muy presente sobre la tierra.

2. Amor...y santidad. La santidad es el precipitado de un encuentro de amor entre Dios y la criatura. "Dios es amor", hemos leído en la segunda lectura. Siendo Dios el principio de todo lo creado, su amor no puede ser sino fecundo, amor de Padre. Puesto que Dios es Padre, la mayor maravilla que ha podido acontecer al hombre es ser hijo de Dios. Y su mayor grandeza no será otra sino el vivir como tal, siguiendo las huellas del Hijo encarnado. El amor de Dios otorga al hombre la capacidad y la fuerza espiritual para ser santo. El amor del hombre a Dios pone en acción la capacidad recibida y la fuerza para la santificación. En esta acción - reacción de amor Jesucristo es el caso único y el portaestandarte. Caso único porque sólo él es Hijo de Dios en sentido estricto, los demás somos hijos en el Hijo en cuanto el Padre ve en el hombre el reflejo de su Hijo. Portaestandarte porque los hombres santos no hacen otra cosa sino mirar a Cristo, Camino, Verdad, y Vida y seguir tras sus huellas. Al venir Jesucristo a este mundo le hemos dado nuestros ojos para que con ellos vea al Padre, aunque sea de un modo opaco e imperfecto. Al pasar nosotros la puerta de la eternidad, Jesucristo nos dará los suyos para que ya no veamos al Padre como en sombra, sino como realmente es. "Veremos a Dios tal como es" (segunda lectura). En la relación amor-santidad se ha de mencionar el infinito número de los llamados, a que hace referencia la primera lectura tomada del Apocalipsis. No doce, como las tribus de Israel, sino doce por doce, juntando así las tribus de Israel y los Doce apóstoles de Jesucristo: los judíos y los cristianos. Pero además, no sólo 144 sino éstos multiplicados por mil, es decir, la entera humanidad. Sí, Dios quiere que la humanidad en su totalidad sea santificada por el amor y la gracia, y así tenga acceso al eterno destino de felicidad en el cielo. El número 144.000 no es un número reductivo, sino símbolo del universo humano.


Sugerencias pastorales

1. La doxología de una vida santa. "Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos": ésta es la doxología que resuena sin cesar en labios de los santos del cielo. Esta doxología la hemos de pronunciar aquí en la tierra, de manera particular, los cristianos mediante una vida santa. Una doxología con la que manifestamos nuestra felicidad y nuestro agradecimiento a Dios. Somos felices en medio del sufrimiento, y alabamos a Dios. Somos felices, aunque a los ojos de los hombres no nos vaya bien, porque intuimos en ello la sabiduría divina. Somos felices, viviendo en la pobreza y en la falta de poder, y agradecemos a Dios las muestras de su providencia sobre nosotros. Somos felices, por más que la enfermedad nos tenga postrados y hasta inutilizados, para que Dios sea glorificado en nuestra carne enferma y haga más patente el poder de su resurrección. Somos felices, porque estamos en paz con Dios y con nuestra conciencia, porque creemos en la victoria de la gracia sobre el pecado, porque buscamos únicamente la voluntad y la gloria de Dios. La ganga de felicidad que vende el mundo al por mayor, pero que dura lo que la flor de un día, y que recibe nombres efímeros como diversión, pasatiempo, placer, alborozo, jarana, contento y otros semejantes, son sólo partículas, átomos de felicidad. Nosotros reservamos el nombre de felicidad para algo más grande: la posesión y el amor de Dios, iniciado aquí en la tierra y que tendrá su culminación en el cielo. Esta doxología de una vida santa se puede cantar, aquí en la tierra, en cualquier parte: en la iglesia y en la casa, en la oficina y en el gimnasio, en la montaña y en la playa, etcétera. Sólo hemos de tener en cuenta el consejo de san Agustín: "Cantate ore, cantate corde; cantate semper, cantate bene": "cantad con los labios, cantad con el corazón; cantad siempre, cantad bien".

2. Comunión con los santos del cielo. La Iglesia, con la fiesta de todos los santos, celebra a todos los difuntos que ya gozan definitivamente y para siempre del amor a Dios y del amor a los hombres y entre sí. Tenemos la certeza, por otra parte, de que si vivimos en la gracia y amistad con Dios ya somos santos aquí en la tierra. Existe por tanto una comunión de los santos. Es decir, los santos del cielo están unidos a nosotros, se interesan por nosotros, iluminan nuestra vida con la suya, interceden por nosotros ante Dios. Todos podrían decir, como Teresa de Lisieux: "Me pasaré en el cielo haciendo el bien a la tierra". Yo quiero, sin embargo, referirme especialmente a la comunión de los santos de la tierra con los santos de cielo. Son nuestros hermanos mayores, que nos han precedido en la llegada a la meta y que anhelan que toda la familia vuelva a reunirse en la eternidad. Son las estrellas de nuestro firmamento que nos iluminan en la noche, no con luz propia, sino con la que han recibido del Sol Invicto, que es Cristo. Son modelos, por así decir caseros, que nos acercan de alguna manera una virtud o un aspecto de la plenitud de perfección y santidad que es Jesucristo. ¿No habrá que renovar y vitalizar nuestra comunión con los santos del cielo? Hoy es un buen día para hacerlo.




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