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"Rey de Israel,
rey de los judíos, reino del Hijo" son las expresiones
con que la liturgia nos recuerda solemnemente la gozosa realidad
de Jesucristo, rey del universo. El título de la cruz
sobre la que Jesús murió para redimir a los hombres
era el siguiente: "Jesús nazareno, rey de los judíos" (Evangelio).
Históricamente, este título se remontaba hasta David, rey de Israel,
(primera lectura), de quien Jesús descendía según la carne. Recordando
Pablo a los colosenses la obra redentora de Cristo les
escribe: "El Padre nos trasladó al Reino de su Hijo
querido, en quien tenemos la redención: el perdón de los
pecados" (segunda lectura).
Mensaje doctrinal
1. David, rey de Israel. Los
israelitas habían comenzado la conquista de la tierra prometida al
final del siglo XIII a. C., bajo el caudillaje de
Josué. La conquista fue progresiva y se prolongó por mucho
tiempo. Por fin se pudo considerar acabada, al menos en
términos generales, y se procedió a la distribución de la
tierra por tribus. Por largos decenios y lustros, cada una
de las tribus mantuvo su independencia y propia autonomía. Si
alguna tribu se unía con otra, era fundamentalmente en plan
de defensa o ataque de sus enemigos. Durante este período,
se fue estableciendo casi espontáneamente una diferenciación entre las tribus
del Norte y las del Sur. Cuando Samuel ungió rey
a David, lo hizo sólo sobre las tribus del Sur
(Judá, Benjamín y Efraín) y sobre ellas reinó siete años
en Hebrón. La personalidad extraordinaria de David, su genio militar
que logró conquistar la fortaleza de Jerusalén tenida por inexpugnable,
y su capacidad innegable de caudillaje, indujo a los jefes
de las tribus del Norte a proclamarle también su rey.
"El rey David hizo un pacto con ellos en Hebrón,
en presencia de Yahvé, y ungieron a David como rey
de Israel" (primera lectura). Fue un paso decisivo en la
historia de Israel: por primera vez se consiguió la unificación
de las doce tribus, se instauró un solo rey y
por tanto un solo mando político-militar, y se eligió la
ciudad de Jerusalén como capital del nuevo reino de Israel
y Judá. El reino de Cristo, prolongación del reino de
Israel, está compuesto igualmente de doce "tribus", unidas bajo el
mando de un único rey, y que tiene su capital
en Jerusalén, la capital del reino mesiánico, inaugurado por Jesucristo
en la cruz.
2. Jesús, el rey de los judíos.
Esta es la causa por la cual Jesús muere en
una cruz elevada sobre el Gólgota. El texto está escrito
en hebreo, en latín y en griego, para que lo
entendiesen todos los habitantes que habían venido a Jerusalén para
celebrar la Pascua en la primavera del año 30 d.C.
¿Un crucificado, rey de los judíos? Esta ignominia era insoportable
para las autoridades de Jerusalén, por eso acudieron a Pilatos
a pedirle que cambiase el título. Pilatos no cedió. "Lo
escrito, escrito está". El título es ocasión de burla y
sarcasmo de los soldados romanos: "Si tú eres el rey
de los judíos, ¡sálvate!" (evangelio). Solamente uno de los ladrones
intuyó que el reino de ese crucificado tenía que ser
de otra índole que los reinos de la tierra, y
así le dijo: "Acuérdate de mí cuando estés en tu
Reino" (evangelio). El título es, pues, verdadero, pero nos reenvía
a un reino de otras características: un Reino de verdad
y de vida, un Reino de santidad y de gracia,
un Reino de justicia, de amor y de paz" (prefacio).
En el sometimiento "impotente" y doloroso de un crucificado al
reino de la fuerza dominante está la clave y el
fundamento del reino del amor, de la misericordia y del
perdón.
2. El Reino de su Hijo. El Padre, llamándonos
a la fe cristiana, nos ha trasladado al Reino de
su Hijo mediante el bautismo. Su Hijo es Jesús de
Nazaret, el crucificado, ahora resucitado y glorioso. El reino del
Hijo no es ya sólo un pueblo o una raza.
No es sólo el reino interior en el corazón de
los hombres. Es por añadidura el reino sobre el cosmos,
sobre toda la creación. "En él fueron creadas todas las
cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles
y las invisibles, tronos, dominaciones, principados, potestades: todo fue creado
por él y para él" (segunda lectura). Para el Hijo,
"rey" no es meramente un título, corresponde a su esencia.
Nada está fuera de su reinado ni en el tiempo
ni más allá del tiempo. El Hijo es el rey
del universo en toda su grandeza y esplendor, con toda
su potencia y energía. Es el rey de la historia,
el que domina y dirige todos los acontecimientos humanos hacia
su fin. Es el rey de los individuos, en quienes
reina por la fe, la esperanza y la caridad, por
la justicia, la paz y la solidariedad.
Sugerencias pastorales
1. "El
condicional de la duda". "Si eres rey...": he ahí la
eterna tentación del hombre hundido en su miseria e indigencia.
"Si eres el Hijo de Dios...", así el tentador y
así tantos hombres a lo largo de la historia. "Si
eres bueno..., ¿porqué reina tanto mal a nuestro alrededor?". "Si
me amas..., ¿porqué en lugar de que reine tu amor
en mí, reina, al contrario, el desorden de las pasiones,
el desenfreno del egoísmo?". "Si eres rey..., ¿cómo es posible
que haya gobiernos descreídos y ateos, que persiguen, encarcelan y
asesinan a tus súbditos?". "Si eres rey..., qué clase de
reinado es el tuyo que tanto se oculta hasta el
punto que se desvanece y llega casi a desaparecer?". "Si
eres rey...". La duda nos atosiga y nos sacude interiormente.
El condicional nos muerde el alma hasta la herida mortal.
"Eso de Cristo Rey, ¿no será un cuento de hadas
o una de tantas utopías que recorren la historia?". "Cristo
vence, Cristo reina, Cristo impera", canta la Iglesia. "¿Es esto
verdad o más bien un exagerado triunfalismo?". ¡Seamos valientes! Quitemos
de una vez por todas el "si" condicional de nuestras
relaciones con Jesucristo Rey. En lugar de dudar, agradezcamos al
Padre que no haya querido instaurar un reino como hubiésemos
querido los hombres, a la medida de nuestros deseos y
de nuestras mezquinas concepciones de las cosas. Cristo reina según
su designio y su medida, no según la nuestra. El
Reino de Cristo se recibe como un regalo, como una
revelación del cielo; no es fruto de una mente humana
privilegiada ni del acuerdo decisorio de los hombres. El Reino
de Cristo se instala en la vida de los hombres,
pero no es un árbol ya hecho, sino una planta
que crece. Desde el momento que ponemos el reino de
Cristo bajo la ley del condicional, estemos seguros de que
estamos corriendo el riesgo de no entenderlo y de quedarnos
fuera.
2. ¡Venga tu Reino!. Tertuliano en su comentario al
padrenuestro escribe: "Que tu Reino venga lo antes posible es
el deseo de los cristianos, es la confusión para las
naciones. Nosotros sufrimos por esto, más aún nosotros rezamos por
su llegada". Es un deseo que los cristianos venimos repitiendo
desde hace 21 siglos. Venga a nuestra tierra tu reino
de paz en los Balcanes, en la tierra de Israel,
en Malasia, en el cuerno de África o de los
grandes lagos, en todas las naciones. Venga a nuestra tierra
tu reino de justicia frente a la corrupción invadente, frene
a tantas diferencias sociales y económicas, frente a tanta degradación
moral. Venga tu reino de amor entre los esposos, entre
padres e hijos, entre miembros de diferentes razas o religiones;
de amor hacia los niños y hacia los ancianos, hacia
los pobres y enfermos, hacia todos los más necesitados de
atención, cariño, ternura. Sabemos que el Reino de Cristo vive
en una situación de tensión permanente, porque lo exige su
mismo crecimiento, porque encuentra resistencias a su acción transformadora. Con
todo, porque llegue este reino de paz, de justicia y
de amor trabajamos, sufrimos, oramos los cristianos y todos los
hombres de buena voluntad. ¡Venga tu Reino! Sea ese el
grito con el que amanezcamos a un nuevo día y
con que cerremos el duro bregar de la jornada. "Para
que, digamos con san Cipriano, nosotros que lo hemos servido
en esta vida, reinemos en la otra con Cristo Rey,
como él mismo nos ha prometido".
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