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Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net A - Misa de la Cena del Señor
Primera: Ex 12,1-8.11-14; Salmo: 115; Segunda: 1 Co 11,23-26; Evangelio: Jn 13,1-15
A - Misa de la Cena del Señor
Sagrada Escritura
Primera: Ex 12,1-8.11-14 Salmo: 115 Segunda: 1 Co 11,23-26 Evangelio: Jn 13,1-1
Nexo
entre las lecturas
“La institución de la nueva alianza en la
sangre de Cristo”. En estas palabras se nos ofrece un
elemento unificador de la lecturas de esta hermosísima Celebración de
la cena del Señor. La primera lectura del libro delÉxodo
nos expone detalladamente los preparativos de la cena Pascual; cena
en la que se sacrificaba y se comía el cordero
con un ritual muy detallado. Se trata de un rito
antiquísimo que se celebraba incluso antes de la estancia del
pueblo en Egipto, pero que, en todo caso, estaba unido
íntimamente a la alianza que Dios hacia con su pueblo.
Israel celebra esta pascua como el paso de la esclavitud
a la libertad (1L). El evangelio nos expone el amor
sin medida del redentor que se ofrece en sacrificio: “habiendo
amado a los suyos los amó hasta el extremo” Cristo
está a punto de entregar su vida en la cruz
y anticipa sacramentalmente su sacrificio. Así, Jesús instituye una nueva
alianza en su sangre. El cordero pascual es ahora él
mismo quien, en obediencia al Padre, se ofrece en resacate
por todos los hombre. Él ha venido a servir, Él
es el maestro y nos dice que el amor cristiano
no puede tener límites (EV). La carta de Pablo a
los Corintios expone la tradición más antigua de la Eucaristía.
Jesús ordena a sus discípulos que respeten y repitan este
gesto: “Haced esto en memoria mía” y, al mismo tiempo,
vincula esta liturgia con “la muerte del Señor hasta que
vuelva” (2L).
Mensaje doctrinal
1. El cordero pascual. En la cena se
debía consumir el cordero pascual, un animal sin defecto, macho,
de un año, cordero o cabrito. Su sangre se debía
rociar en las jambas y en el dintel de la
casa simbolizando la salvación que correspondía a los primogénitos de
Israel. Los israelitas debían comer de pie, con la cintura
ceñida, bastón en mano, de prisa. Era la Pascua del
Señor. Esto lo debían celebrar de generación en generación.
En la
pascua cristiana es Cristo mismo el cordero que se inmola
por la salvación de los hombres. Aquí también se da
un paso de la esclavitud a la libertad, pero los
términos se profundizan: de la esclavitud del pecado a la
libertad de la gracia de los hijos de Dios. Cristo
derrama su sangre en la cruz para liberarnos de la
muerte y del pecado. Se ofrece en holocausto para establecer
una nueva y definitiva Alianza con los hombres. En muchas
ocasiones y de muchas maneras Dios había hablado a los
hombres por medio de los profetas, ahora lo hace por
medio del Hijo amado. Jesús describía su propio corazón cuando
decía: Nadie tiene mayor amor que aquel que da la
vida por sus amigos. Melitón de Sardes en una admirable
página sobre la Pascua comenta: Él (Cristo) es aquel que
nos rescató de la esclavitud para conducirnos a la libertad,
nos llevó de las tinieblas a la luz, de la
muerte a la vida, de la tiranía al Reino eterno.
Ha hecho de nosotros un sacerdocio nuevo y un pueblo
elegido para siempre. Él es la Pascua de nuestra salvación.
(Homilía sobre la Pascua).
2. El lavatorio de los pies. El
gesto del lavatorio de los pies va más allá de
un simple ejemplo. Se puede decir que es una especie
de signo de la misión y obra redentora de Cristo.
El Señor nos purifica de nuestros pecados, cancela nuestras culpas,
lava en su sangre nuestros delitos y nos conduce al
Reino de su Padre. Su misericordia se derrama eternamente sobre
nuestra existencia pecadora. Al lavar los pies a sus discípulos,
Jesús hace presente la necesidad de purificación que tiene el
hombre, la necesidad de salvación y les anticipa que gracias
a su misterio pascual (muerte-resurrección del Señor) ellos quedarán libres
de sus pecados.
Sugerencias pastorales
1. El amor a la Eucaristía. Una
de las ceremonias litúrgicas más amadas de los fieles es
la procesión con el Santísimo hasta el monumento y la
subsiguiente adoración eucarística. Lo mismo los niños que los jóvenes
o la gente adulta, participa en esta liturgia con
ánimo cordial, sensibilizada por la belleza y profundidad de la
Celebración de la Cena del Señor. Se mezclan sentimientos de
compasión, de agradecimiento, de amistad con Cristo, de anhelo de
acompañarlo en sus momentos de dolor. Se trata de una
ocasión muy a propósito para crecer en el amor a
Jesucristo Eucaristía, quien ha querido quedarse con nosotros para aliviar
nuestra soledad y nuestras luchas. Conviene, por ello, favorecer la
participación de los fieles en la procesión preparándola detalladamente con
cantos eucarísticos apropiados. Preparemos con esmero y detalle el monumento.
Adornémoslo de flores con arte y buen gusto. Involucremos en
esta preparación a los niños y jóvenes de nuestras parroquias,
pues todo ello constituye la mejor catequesis eucarística. Será muy
conveniente prolongar durante la noche la adoración eucarística. Sabemos por
experiencia que muchos fieles vienen esta noche a visitar a
Jesús. Quizá no lo han hecho en años, sin embargo,
hoy se sienten invitados a hacerlo. Suelen hacer una especie
de síntesis de su vida, vienen a exponer sus penas,
sus alegrías, sus sufrimientos, todo lo vivido y lo realizado.
Aprovechemos esta ocasión para preparar una sencilla y profunda hora
eucarística que comente los momentos de Jesús en el huerto
e invite a todos los presentes a descubrir al “amigo
de su alma”. Como el Cura de Ars, al mirar
al altar, digamos con conmoción a los fieles: “El está
ahí”.
2. En esta noche el hombre está invitado a reconciliarse
con Dios. Hoy experimentamos de una forma muy particular que
Dios es amor y que Dios envía a su Hijo
para darme la salvación. Por eso, la invitación que dio
inicio a la cuaresma: “dejaos reconciliar con Dios” encuentra en
esta noche su punto más alto. En esta noche hay
dos apóstoles que tienen actitudes diversas: hoy Judas se desespera
de su pecado, hoy Pedro se arrepiente de su pecado.
El sacrificio que Cristo está por ofrecer nos reconcilia con
el Padre, pero requiere nuestra condescendencia, nuestra aceptación.
“El amor sobreabundante
de Cristo nos salva a todos. Sin embargo, forma parte
de la grandeza del amor de Cristo no dejarnos en
la condición de destinatarios, sino incluirnos en su acción salvífica
y, en particular, en su pasión” (Incarnationis Mysterium 10). Así,
el hombre que vuelve a la amistad con Dios descubre
un nuevo significado para su vida. Ya nada le es
indiferente, empieza a comprender más afondo el sentido de su
existencia. Se siente responsable por el mundo, por el hombre
y su destino. Siente que, de alguna manera, el hombre,
el ser humano, ha sido encomendado a sus cuidados. Aprecia
cada día más y mejor el valor del tiempo de
cara a la eternidad. Empieza a vislumbrar el sentido del
dolor, de los sufrimientos y contratiempos de la vida y,
sobre todo, de la muerte, encuentro definitivo con el Señor.
Él, reconciliado con Dios y consigo mismo, se convierte en
un don de Dios para los demás y en instrumento
de reconciliación y salvación para sus semejantes.
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