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Tiempo de Pascua | tema
Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net
B - Domingo III de Pascua
Primera: Hch 3,13-15. 17-19; segunda: 1 Jn 2, 1-5ª; Evangelio: Lc 24, 35-48
 
B - Domingo III de Pascua
B - Domingo III de Pascua
Tercer domingo de PASCUA

4 de mayo de 2003
Primera: Hch 3,13-15. 17-19
Segunda: 1 Jn 2, 1-5ª
Evangelio: Lc 24, 35-48





Nexo entre las lecturas


El núcleo del mensaje de este tercer domingo pascual lo encontramos en el evangelio. Las profecías debían cumplirse. Es decir, todo aquello que había sido escrito en la ley y Moisés acerca del Mesías, acerca de sus sufrimientos y de su muerte, debía tener cabal cumplimiento en Cristo (Ev). En la primera lectura Pedro muestra la continuidad entre el Dios de Abraham, el Dios de Issac, el Dios de Jacob y el Dios que ha glorificado a Jesús. Ninguna ruptura entre las promesas hechas por Dios y la realidad actual; por el contrario: un cumplimiento cabal y perfecto del plan de Dios, de su pacto de amor con los hombres llevado hasta el amor extremo (1L). Gracias a la muerte de Jesús y a su resurrección tenemos el perdón de los pecados. Él es propiciación por nuestros pecados nos dice san Juan en la segunda lectura (1L). Allí donde se anuncie el misterio de Cristo, el misterio de su muerte y su resurrección, debe anunciarse el perdón de los pecados y la necesidad de la conversión. Así, pues, nos encontramos ante un mensaje con una doble valencia: por una parte el gozo de saber que todas las profecías se han cumplido en Cristo Jesús, en su muerte y su resurrección; por otra parte, la necesidad de arrepentimiento y conversión por nuestros pecados.


Mensaje doctrinal

1. Dios es fiel a sus promesas. En este domingo leemos el texto del segundo discurso de Pedro en el que el apóstol anuncia la resurrección del Señor. La resurrección de Jesús nos dice que Dios es fiel a sus promesas. La resurrección es el culmen hacia el cual tendía la historia de la salvación desde el principio, se trata del cumplimiento pleno de la revelación divina de Dios y de su amor, y la liberación definitiva prefigurada en la liberación de la esclavitud de Egipto. En el evangelio san Lucas comenta que Cristo resucitado abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras. _Abrir el entendimiento_ significa comprender que toda la historia de Israel encuentra su sentido cuando culmina en la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Abraham y Moisés, David y los profetas, la esperanza y el exilio, todo recibe su lugar y encuadramiento a la luz del misterio pascual de Cristo. Dios ha cumplido todo su plan de salvación y lo ha cumplido de un modo misterioso que supera todos nuestros cálculos humanos.

Dios que había hecho al hombre por amor, quiere devolver al hombre la vida que éste había perdido pecando. Dios quiere restaurar en el hombre la imagen primitiva. Para realizar esta obra de redención, de restauración elige un camino largo y penoso: su encarnación, su nacimiento, su vida, su pasión, muerte y resurrección. Dios quiso salvar al hombre mediante el misterio inescrutable de la encarnación. ¡Misterio de Dios! ¡Maravilloso misterio de Dios que nos rescató haciéndose hombre e incorporándonos a la naturaleza divina! De forma bella y profunda dice san Gregorio de Nisa:

«Aquel que es eterno no toma sobre sí el nacimiento carnal porque necesita la vida, sino para llamarnos nuevamente de la muerte a la vida. Puesto que era conveniente que se hiciese la resurrección de toda nuestra naturaleza, (Cristo) tendiendo la mano al caído, y mirando a nuestro cadáver, se acercó tanto a la muerte cuanto supone haber asumido la mortalidad y haber dado a la naturaleza el principio de la resurrección, al haber resucitado con su propio poder a todo el hombre».
Or. Cat. XXXII, PG 45, 80 A

Así pues, que la fidelidad de Dios a sus promesas y a su amor por el hombre, sea aquello que nos dé seguridad en el camino. El Señor no nos ha abandonado. Podrá una madre olvidarse de su hijo, que Dios no lo hará con nosotros, porque en su Hijo muerto y resucitado nos ha dado todo. Nos ha dado su amor.


2. Arrepentimiento y conversión de los pecados. Cristo resucitado anuncia a sus apóstoles que en su nombre (el nombre de Cristo) se predicará la conversión y el perdón de los pecados. Esto también estaba contenido en las Escrituras. Y así, vemos a Pedro mismo ante Israel predicar este arrepentimiento y este perdón. Y así escuchamos a Juan en su primera carta proclamar que, si alguno peca, sepa que tiene un abogado ante el Padre, Cristo el Señor.

Las fiestas pascuales son un momento de reflexión para hacer una conversión en la vida. El que ama a Dios no puede seguir pecando. El que conoce a Dios no puede seguir pecando. Quizá caerá por fragilidad, pero entre él y el pecado se ha dado una lucha que no conoce fin, pues el pecado lleva a la muerte, a la muerte segunda, a la pérdida definitiva de Dios.

«Dios, en su amorosa disposición al perdón -nos dice el santo Padre el 1 de enero de 1997-, ha llegado a darse a sí mismo al mundo en la Persona de su Hijo, el cual vino a traer la redención a cada individuo y a la humanidad entera. Ante las ofensas de los hombres, que culminan en su condena a la muerte de cruz, Jesús ruega: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen _ (Lc 23, 34). El perdón de Dios es expresión de su ternura como Padre. En la parábola evangélica del _ hijo pródigo” (cf. Lc 15, 11-32), el padre sale corriendo al encuentro de su hijo apenas lo ve que vuelve a casa. No le deja siquiera presentar sus disculpas: todo está perdonado (cf. Lc 15, 20-22). La inmensa alegría del perdón, ofrecido y acogido, sana heridas incurables, restablece nuevamente las relaciones y tiene sus raíces en el inagotable amor de Dios».

Juan Pablo II, Mensaje por la paz 1 de enero de 1997

Quizá sea esta la invitación que a todos nos hace hoy la liturgia pascual.


Sugerencias pastorales

1. ¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? La paz de Cristo. Hemos de confesarlo: surgen dudas en nuestro interior. Dudas sobre el mundo y su bondad; dudas sobre el hombre y su fragilidad para el bien; dudas sobre uno mismo: sobre el sentido de la propia vida, de la propia tarea, de la propia vocación. En fin, a veces, nos surgen dudas sobre Dios y su plan. Pues bien, Cristo resucitado, nos repite como a aquellos apóstoles atemorizados: ¡La paz sea con vosotros! ¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? ¡¡Soy yo!! Es preciso hacer experiencia de Cristo resucitado para caminar sin sospechas por esta vida. Si bien esta vida está transida de dudas, dolores íntimos e insospechables, sin embargo, es también una vida que merece vivirse. El testimonio reciente de la vida íntima de la Madre Teresa de Calcuta es algo muy instructivo. Ella, que era la imagen de la caridad y de la alegría, que predicaba a todos que había que servir a Dios en el prójimo con amor y con una sonrisa en los labios, precisamente ella, experimentaba una honda oscuridad en su alma. -Le venían dudas en su interior sobre el amor de Dios-. ¡Qué noche habrá sido aquella en una alma que no era sino caridad! Ahora entendemos mejor lo que dice santa Teresa de Jesús acerca de las sequedades y obscuridades del alma: “no le conviene al alma refugiarse en sí misma, ni abandonar sus obras de caridad; por el contrario que continúe donándose y entregándose que Dios sabrá sacar provecho de ello para ella y para sus almas”. Así pues, ante las dudas en nuestro interior: que sea la paz y la caridad de Cristo lo que prevalezca en el corazón y a seguir hacia adelante que la eternidad está a la puerta.

2. Predicar la conversión y el perdón de los pecados. Predicar el perdón y la conversión de los pecados es tarea principalísima del sacerdote, pero no sólo de él. Todo cristiano es apóstol, es enviado en misión, tiene una responsabilidad en el establecimiento del Reino de Cristo. Todo cristiano debe anunciar con sus palabras y sus obras que Dios nos ha perdonado en Cristo y que todos debemos convertirnos. ¿Cómo hacer esto? Los caminos son múltiples cuando se tiene el interés. Mencionemos sólo algún ejemplo:

- El consejo sabio y prudente. De frente al misterio del tiempo y la eternidad, el cristiano sabe dar consejo prudente a quien le solicita. Consejo respecto a una vida moral, respecto a una elección difícil, respecto a la enfermedad, la muerte, una desgracia personal... todas éstas son situaciones que nos deben recordar la necesidad de la conversión y del amor de Dios que perdona nuestros pecados. Examinemos todo a la luz de la eternidad.

- La catequesis. Ésta es de muchos tipos. Existe la catequesis en la propia familia, donde se transmite la fe y los valores; existe la catequesis de la parroquia, donde los adultos y jóvenes pueden ofrecer una ayuda insustituible al párroco; existe la catequesis de adultos y aquí cabe decir que los movimientos que suscita el Espíritu Santo hacen un bien incalculable. Pero existe también la catequesis en Internet, en revistas, en periódicos, en asociaciones juveniles, en congresos de diverso tipo. Todo esto es también catequesis que nos debe interesar como responsabilidad primaria.

- La huida de las ocasiones de pecado. Éste es un tema de gran importancia al que no se le presta mucha atención. La conversión del pecado nos impone huir de las ocasiones de pecado. Nadie puede creerse ingenuamente seguro si se expone a una ocasión de pecado. Formemos una conciencia delicada, que sepa descubrir con detalle lo que ofende a Dios y repita con Domingo Savio: primero morir que pecar. Que esta convicción nos lleve a vivir alertas y a vivir en la presencia de Dios.





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